Disclaimer: Los personajes de Twilight no me pertenecen.


Sí, amo

Veinte:
Dulce. (Primera parte).

No es fácil hablar de mis emociones…

.

Lo sentía tan cerca. Su rostro estaba a escasos centímetros del mío, y permanecía tan hermoso como el más bello de los sueños. ¡Esto no era justo! Debía existir una ley que prohibiera tanta belleza en un ser humano; Edward definitivamente se llevaría la pena máxima. O quizás cinco cadenas perpetuas, como mínimo.

Su aliento me golpeó dulcemente cuando sonrió de forma torcida. Me dispuse a algún día buscar una explicación lógica a cómo hacía eso. Es decir, doblar la boca de esa forma tan tierna, masculina y sexy era imposible. Se relamió los labios lentamente, como si quisiera que yo apreciara ese movimiento suave de su lengua. Lo hice.

Cerré mis ojos lentamente esperando aquello que tanto había anhelado.

Y entonces susurró mi nombre de forma sensual antes de acercarse a acariciar mis labios con los suyos…

—¡Oh por todo lo que es santo y virgen!

Esperen, esa no es la voz de Edward. Levanté una ceja, incrédula.

—¡Alice, Alice! Ven a ver. ¡Dios mío!

Me revolví sobre esa cómoda superficie que desconocía, acurrucándome más contra mí misma, como si eso pudiera alejar esa molesta voz que gritaba.

—¿Qué sucede?

—Pequeña Alice… ¡demonios! Se me olvidó que eras menor de edad, pero no importa. Mira, ¿a que es más interesante que tener pechos falsos?

Alguien gruñó.

—Maldita sea, cállense —esa no fue la voz que gruñó, pero mi corazón latió rápidamente cuando la escuchó tan cerca. Algo suave, muy suave, chocó contra mi cuerpo. Y olía de maravillas. Es como el olor de…

—¡Oh, Dios! ¡Edward está cansado! Miedo, miedo. ¡Edward y Bella están durmiendo juntos y en la misma cama!

¿¡Qué!?

Abrí los ojos de golpe al escuchar eso. Lo primero que vi fue el rostro más hermoso del mundo a centímetros del mío. Lo segundo, fue el techo de una habitación que no era la mía. Lo tercero, el suelo.

Otro golpe se escuchó al tiempo que yo me levantaba, y la cama en que yo yacía recostada hacía unos segundos estaba vacía, sábanas esparcidas en ambas direcciones, como si las hubieran estado tirando.

—¡Emmett Cullen, voy a matarte! —rugió Edward, levantándose del otro extremo de la cama por el que había caído. Su rostro no mostraba más que enojo puro y duro.

—¡Oh, Eddie! ¡Mi pequeño Eddie tuvo su primera vez! —sollozó Emmett dramáticamente, cubriendo sus ojos con una mano—. ¡Qué orgulloso estoy!

Emmett —advirtió Edward.

—Edward y Bella, acostados en una cama, haciendo b-e-b-é-s —cantó el mayor de los Cullen (que en estos momentos parecía el menor), deletreando la última palabra. Era una pésima adaptación de "El beso bajo el árbol".

Cuando capté la idea central de su infantil canción, la cara me ardió más que si estuviera en el desierto de Atacama, o incluso el Sahara. Al parecer mi mente no trabajaba tan rápido como yo lo deseaba.

¿Que Edward y yo qué?

—Ya sabía yo que Bella se hacía la santa —comenzó Emmett, parecía que hablaba solo—. ¡Eres una pequeña picarona!

No me di cuenta del momento cuando ingresó al cuarto, se acuclilló a mi lado y me piñizcó las mejillas con dulzura. Todo lo que pude hacer fue quedarme quita mientras él se divertía; no tenía nada coherente que decir en mi defensa, la boca se me abría y cerraba sin que algún sonido saliera de ella. ¡Me habían hallado acostada en la habitación de Edward! ¡En la cama de Edward! ¡Con Edward!

Vi, por sobre el hombro de Emmett, que Alice hacía todo lo posible por no reírse en mi cara. Ella sabía que cualquier comentario al respecto me haría enfadar.

—Emmett, lárgate de mi habitación. Alice, tú también.

—Yo estoy fuera de tu habitación —se defendió Alice con tono inocente, levantando las manos.

—¡Uy! Eddie sólo quiere más intimidad con Bella —molestó Emmett. ¿Es que nunca se cansaba?

—¡Largo!

Todos se me quedaron mirando cuando estallé. Si estaba ya roja, ahora lo estaría más, gracias a la atención que recibía.

Alice no dijo nada, y sólo dio media vuelta. Emmett rió por lo bajo, y le susurró algo a Edward antes de salir. Cualquier cosa que le haya dicho hizo que el oji-verde se enojara y golpeara el hombro de su hermanastro mayor con ira. No quise preguntar al respecto. Di gracias a Dios que Esme no se hubiera acercado a preguntar el por qué del escándalo. ¿Qué pensaría la dulce Esme Cullen al verme acostada en la misma cama con uno de sus hijos? Me estremecí al pensarlo.

La habitación quedó en silencio un rato. Levanté la vista para ver cómo Edward me miraba, parecía divertido y curioso, tan bien algo… ¿preocupado? Me di cuenta que anoche no había echado un «buen ojo» a su aspecto; ese bóxer oscuro y aquella camisa nocturna le quedaban tan bien…

—Esto… Bella, yo…

¡Se veía tan culpable! Sólo me dieron ganas de reírme.

Y fue lo que hice. Edward, por su expresión, pensó que estaba loca, intuí. Pero no pude evitarlo. Me abracé el estómago y reí como si me hubieran contado un muy buen chiste. Unos segundos después escuché la nerviosa risa de Edward acompañarme. Y su el sonido de su melódica risa sólo trajo a mí ciertos recuerdos. ¡Oh, Dios mío! Yo había soñado que Edward… que él y yo… ¡en ese momento de ayer!


¿Quieres dormir conmigo?

¿¡Qué!? —susurré, impactada.

Edward bajó la mirada, algo avergonzado.

Eso: si quieres dormir conmigo. No tengo inconveniente alguno, en serio. Es que, como has dicho que te sientes extraña y sola… ¡Si no te molesta, claro! Si no quieres está bien, lo entiendo. Debe ser raro para una chica que un chico la invite a dormir con él, ¿verdad?

Sí.

Él carraspeó, estaba nervioso. No pude contener las ganas de sonreír. ¡Se ve tan mono cuando está nervioso! Sólo me dan ganas de acariciarle las mejillas, igual que a un niño pequeño.

¿«Sí», qué? ¿Sí quieres dormir conmigo? ¿O sí es incómodo y raro que te pregunte esto? —rió nerviosamente.

Sonreí con dulzura.

Ambas.

Mi corazón galopeaba feliz cuando me di cuenta de que yo dormiría con Edward. ¡La idea se me hacía sacada de un sueño!

¿Estás segura? —preguntó.

Puse los ojos en blanco.

Edward, estoy aquí, en pijamas, diciéndote que no puedo dormir porque me siento sola. ¡Además acabo de decir que sí!

Oh, bueno, ya sabía que querías estar cerca de mí, pero no te conocía esas mañas, Bella —rió.

Arrogante —reí.

y hermoso, y divino, y perfecto.

¿Vamos? —me propuso, poniéndose de pie, estirando su mano hacia mí.

Me estaba dando a elegir. Me ofrecía la posibilidad de no ir con él, y supongo que el lado más cordial de mí me decía que no aceptara. Pero decidí callar esa molesta voz por esta noche. Así que sólo escuché los latidos de mi corazón alegre.

Tomé la mano de Edward con suavidad, maravillándome de lo perfectamente cálida que era ésta cuando envolvía la mía.

Dios, me gusta tanto…

Vamos.


Bien, mi estómago me mata. ¿Qué tal unos huevos fritos y un jugo de naranja recién exprimido?

Sí, amo —suspiré resignada.

Me había ido a vestir a mi habitación, no sin antes darme una ducha rápida, en cuanto él empezó con lo que más sabía hacer: torturarme. Cuando me saqué el pijama tuve la necesidad de olerlo, porque olía a él. Esto sólo era una prueba de la cercanía que teníamos en esa cama. Era un sueño, o fue un sueño. ¿Puede haber chica más afortunada que yo? Lo dudo.

Nunca jamás le agradeceré tanto al creador de las camas matrimoniales.


Ven.

¿S-Sabes? Como que mejor me voy a mi habitación.

¿Ya te dio vergüenza?

Edward, eres un chico, y yo soy una chica…

¡Qué observadora! —se burló.

Puse los ojos en blanco.

La cosa es…

—Ven, esclava.

Su voz había dejado la pizca amable de hace unos segundos. Bueno, si bien la mantenía, ahora había agregado ese tono prepotente y mandón que le caracterizaba cuando tomaba su papel de «amo». Me mordí el labio, debatiéndome.

Por donde mirara el asunto quería ir. No podía negarme. Además no deseaba tener otro día más adicional, ya sentía yo que el 15 de Noviembre estaba demasiado lejos.

Okey —suspiré.

Caminé lentamente, con pasos dudosos, hacia el extremo de su cama. ¿Por qué tenía él una cama matrimonial cuando sólo era uno? ¿Por qué una habitación tan espaciosa? Siempre me lo pregunté, pero ahora agradecía todo aquello.

Ahogué un gemido de satisfacción cuando probé lo cálida que estaba la cama de Edward.

¿Frazada eléctrica? —pregunté.

Claro, es un lujo que un Cullen (en este caso, Masen) puede darse.

Sí, Esme nos dio a todos una. Desgraciadamente el cuarto de huéspedes es la única habitación que no tiene.

Me acurruqué más al centro, donde el calor más emanaba.

Tal vez debería venir a dormir contigo todas las noches… —dije como broma.

No tengo problema en ello.

Sonreí como estúpida cuando dijo eso.

No sé cómo pasó, pero al segundo ya estaba recostada en el pecho de Edward, escuchando la cadencia acompasada de su respiración, y el latir rítmico de su corazón. No sabía si estaba despierto o no, lo único que recuerdo fue su mano acariciando mi cabeza y una melodía conocida, oculta en los rescoldos de mi memoria, cuando quedé frita.


—¿First Beach? —intenté.

—No.

—¿Port Angeles?

—No tan lejos.

—¿Olympia?

—Nop.

¿Por qué estoy preguntando lugares? Simple: Edward insistió en una pequeña salida, con la excusa de que quería 'tomar aire fresco'. Después del desayuno —el cual tuve que preparárselo yo, por supuesto— dijo de repente que íbamos a salir.

¿Dónde vamos? —pregunté entonces.

Es una sorpresa.

Odio las sorpresas —mascullé, cruzándome de brazos.

Estoy seguro que esta te gustará.

No dijo más, y entonces mi curiosidad comenzó a matarme, así que mencioné lugares al azar para que Edward me dijera si era el correcto o no, de eso ya diez minutos, y aún no averiguó nada.

—¿Seattle? —era estúpido, Seattle quedaba horriblemente lejos…

… aunque quizás con su aterrorizante conducción llegaríamos en cuestión de un par de horas.

Él negó lentamente, con una enorme sonrisa. Se lo estaba pasando en grande, disfrutando de mi frustración al no saber a qué lugar íbamos.

—Por suerte has traído tus zapatillas —murmuró más para sí que para mí.

—¿Vamos a caminar mucho? —temí. Me iba a caer.

—Oh sí.

Gemí.

Había tomado la 101 y conducía más deprisa. Nos quedamos en silencio después de eso, y decidí mirar por la ventana, para probar si es que en mi memoria había algún rescoldo de recuerdo del lugar, si el paisaje se me hacía familiar… pero no.

Entonces el Volvo se detuvo frente al espeso bosque. Árboles, árboles y más árboles. Desde la ventana delantera pude apreciar un pequeño sendero, suspiré aliviada, no quería pasar una humillación cayéndome frente a Edward entre tanta rama y musgo.

Nos bajamos juntos del coche, y él se sacó el sweater azul de cuello ancho que llevaba, y se lo ató a la cintura. Su camisa blanca destellaba un poco con los débiles rayos del sol que traspasaban en cielo encapotado. Como una nota curiosa: seguía viéndose espantosamente apuesto. Yo no quise sacarme la cazadora que llevaba, además de que no tenía calor, temí desentonar a su lado, como siempre.

—Sígueme —me ordenó.

Cuando vi que se dirigía a otra entrada alternativa, y no el sendero, me entró el pánico de hacer el ridículo, otra vez.

—¿No iremos… por la senda?

Edward se volteó, arqueando una ceja perfecta.

—No, ¿hay algún problema con eso? —detrás de la curiosidad, pude escuchar perfectamente su tono divertido. ¿Qué cojones le veía de gracioso a esto?

Jugué con mis dedos para no tener que ver su sonrisa burlona cuando le confesara lo patosa que era, y cómo temía caerme entre toda esa espesura verde.

—Temo caerme —admití a mi pesar. Esperaba que sintiera lástima por mí y fuéramos por el sendero.

No se rió ni nada, hubo mucho silencio.

Entonces el suelo desapareció de mis pies, y me vi flotando en el aire, más bien sostenida por dos fuertes brazos que me sujetaban con fuerza y confianza.

—Puedo cargarte todo el camino —ofreció con una sonrisa orgullosa.

—No, ¡bájame! —chillé.

Pataleé, pero su agarre era fuerte. La cercanía de su cuerpo me trajo recuerdos involuntarios de la noche pasada. No pude evitar el sonrojarme.

—Entonces, ¿no hay problema en no ir por el sendero?

—Es que… ¡me caeré! —gemí, pataleando más, ya que aún no me soltaba.

Miré hacia otra dirección, para que mi cabello hiciera de cortina y no viera mi sonrojo.

—Nunca te dejaré caer —musitó con ojos cerrados y una sonrisa, su rostro demasiado cerca del mío, aunque sólo me besó la coronilla.

Bum, bum, bum, bum… Mi corazón podía ser escuchado hasta en Japón.

Y me dejó suavemente en el suelo, tomó mi mano y nos internamos en el bosque. Me sujetó siempre que daba indicios de que caería, y aunque soltó ciertas risitas, no me enojé. Es más, me uní a ellas siempre que encontraba lo patético de mis tropezones.

No sé exactamente cuánto tiempo estuvimos caminando, parecían horas,, sólo sentía el dolor en la planta de mis pies, pero no se lo diría a Edward, o sino se ofrecería a cargarme y yo no quería eso, no quería ser una molestia. Mucho menos para él.

El bosque se extendía a nuestro alrededor, como queriendo saltarnos encima. No sabía cómo Edward podía ubicarse entre tanto verde, yo ya estaría perdida, pero confiaba en él ciegamente. Ya sabes, el que te guste alguien te pone estúpida.

—Ya casi, Bella.

Al fin, suspiré internamente.

—¿Puedes ver la luz? —preguntó.

—¿Qué luz?

—Hacia allá —y apuntó con nuestras manos unidas hacia adelante.

Un halo de luz se filtraba entre un umbral de troncos, ramas y hojas. ¿Es que el sol había decidido mostrarse por unos instantes? Ojalá. Caminamos más deprisa hacia la salida, emocionados ya por llegar; yo sólo quería tumbarme un rato para poder descansar las piernas y los pies. Odié que mi estado físico no fuera perfecto.

Cuando cruzamos el umbral de troncos y musgo, un hermoso claro se extendió por mi visión. El sol había decidido hacer acto de presencia por unos minutos, al parecer; el rocío de los árboles en sus hojas brillaba con magnificencia. El césped parecía no acabar nunca en extensión, tan verde y con altura perfecta. Tantas flores, de muchos colores, soltaban sus aromas, aturdiendo y complaciendo mi nariz. Y podía escuchar cerca, o tal vez lejos, la carrera de las aguas en algún riachuelo por ahí. Definitivamente era un pedacito de Edén que quedó olvidado. La porción de prado parecía estar perfectamente cortado, como si hubieran sacado los árboles para ese fin. A veces la madre naturaleza te sorprendía de una manera realmente asombrosa.

—Wow —musité por lo bajo, maravillada.

—Este es mi lugar privado —parecía orgulloso de que el lugar me gustara.

—Es precioso.

Di un par de pasos hacia adelante.

—Lo encontré hace unos años. Había salido de casa, gracias a una discusión que había tenido con Carlisle una tarde, y mi Volvo me trajo hacia aquí, y mis pies, ya ves —me pregunté qué recuerdos estarían llenando su mente en esos momentos. Cuando mencionó el tema de aquella discusión, su voz se tornó levemente amarga. Obviamente era una mala memoria—. Me gusta venir aquí para estar solo, ordenar mis ideas… pensar con claridad, meditar.

—Ya veo —yo aún seguía intrigada por el tono de su voz.

—¿Quieres sentarte? —preguntó, como si de una invitación a la mesa se tratase.

—¿No está húmedo el césped? No deseo ensuciar mi ropa.

Edward sólo sonrió de manera torcida. Ya me había echo a la idea de que esa curvatura de labios era mi favorita. Se desató el sweater de su cintura, y lo dejó con suavidad sobre el suelo. Apuntó con su mano para que procediera a sentarme.

—Oh, no Edward, no quiero que se ensucie.

—No hay problema, Bella, ya podrás lavarlo luego.

Puse los ojos en blanco ante eso, a veces podía ser tan infantil.

—No quiero ser yo quien lo ensucie.

—Descuida, yo también me sentaré —y así lo hizo.

Vi que ya no había espacio para mí en esa porción de tela azul. Pero Edward abrió sus piernas, y me indicó que me sentara en el hueco que formaban, su sonrisa era imborrable.

Tragué de manera dificultosa antes de obedecerle. Mi espalda chocó contra su pecho.

Suspiré. De un momento a otro comenzó a hacer calor…

—Ya está.

—Siento que se manche tu sweater —me disculpé.

—No importa, Bella, yo no quiero que ensucies tu ropa, así está bien.

Giré sobre mí misma, para no darle la espalda, sentía que era descortés. Quedé de lado, abrazando mis piernas, la suya pasaba por el hueco inferior que éstas dejaban. Estaba muy cómoda, y así podría verle las facciones cuando hablara. No era algo que deseaba perderme, en absoluto.

—¿Me dirás por qué me trajiste aquí? —pregunté de repente cuando el silencio se me hizo no muy grato. Además que quería escuchar su voz.

—¿Debería? —cuestionó de vuelta, sonriendo.

—Por supuesto, me has sacado de la casa contra mi voluntad.

—Bueno… —meditó un segundo—, si quieres podemos regresar.

—¡No! —me apresuré a contestar.

Él rió realmente divertido. ¿Era mi imaginación, o esta mañana le había visto sonreír y escuchado reír más que en ninguna otra situación? Se veía realmente encantado con este viajecito que nos habíamos mandado.

—Sólo… quería distraerme un poco —dijo, encogiéndose de hombros.

—Ah, vale.

—Lamento lo de esta mañana, Emmett es tan discreto —dijo lo último con un tono sarcástico que me hizo reír.

—No hay problema, supongo que no es la mayor humillación que he pasado en mi vida.

—Claro, que te encuentren dormida en la cama de un chico es algo de todos los días, ¿a que sí? —me molestó, la ironía fue rota por el dulce sonido de su risa.

Lo miré en todo momento, cómo sus ojos se cerraban al reír, cómo sus labios se contraían de forma graciosa, cómo su voz salía de su boca. Si había un Edward más hermoso que el de la sonrisa torcida, era el Edward riendo.

Aún cuando terminó de hacerlo, me le quedé viendo, y él a mí. ¡Tenía una mirada tan profunda! Sentía que traspasaba mi cuerpo, observando todo dentro de mí, viendo más allá. Apoyó sus manos tras de sí, dándose soporte, y se dejó caer un poco. Saqué la idea de que se veía como si se estuviera entregando a mí. Inclinó la cabeza hacia un lado, y susurró:

—Te ves adorable cuando te sonrojas.

Me toqué las mejillas, asombrada cuando sentí el calor en éstas. ¿En qué momento la sangres e había acumulado en ese punto exacto?

—¿Cómo estás? —preguntó de repente.

—Bien —contesté, confundida, bajando la mano.

Y entonces él desvió su mirada.

—He de admitir que te traje aquí para que tú también pudieras distraerte.

—¿Distraerme?

—Ayer… —comenzó, entrecerrando los ojos—, parecías tan afligida, Bella, tan preocupada por tu padre. Tal vez tú no pudiste verte la cara, pero yo sí que podía. Me dije a mí mismo que intentaría hacerte sentir mejor de una u otra manera —se encogió de hombros, y plantó su mirada sobre la mía—. Aunque supongo que no estoy haciendo un buen trabajo, trayendo el tema mismo a colación, qué idiota.

—¿Tú… estás haciendo esto… por mí?

Sus ojos se ampliaron de la sorpresa, seguro no se esperaba esto.

Edward se encogió de hombros, restándole importancia, pero yo bien podía ver ese color rosado sobre los pómulos de sus mejillas.

—Esto… velo así, si quieres.

A ver si había comprendido: el hombre, aquí presente, me había hecho caminar por horas y horas con tal de llegar a un lugar precioso, donde pudiera recostarme a su lado y hacer cualquier trivialidad con tal de distraerme de los problemas que llenaban mi mente.

Dios…, el corazón se me derritió.

No sé cómo pasó, o por qué lo hice: le dejé un beso en su mejilla, acto seguido recosté mi cabeza en su hombro, inhalando su aroma.

—Gracias, Edward.

No pude ver su rostro, pero me imaginé la sonrisa en su boca cuando contestó:

—Cuando quieras.

Reí ante sus palabras. Quizá tomaría aquello como una promesa, en serio.

La cadencia acompasada de su respiración hizo que su pecho aumentara cuando tomó aire, y luego lo exhaló en un profundo suspiro, y dijo:

—Y de ese modo la oveja se dio cuenta que el león no es tan malo…

Apreté los labios para no volver a reír.

—¡Qué oveja tan inocente y pre-juiciosa! —dije, para molestarle.

—¡Qué león tan arrogante y orgulloso! —contraatacó.

Nos miramos durante un par de segundos, de una manera que no podía ser normal, era demasiado profunda.

Y, entonces, ambos nos reímos de nuestras ocurrencias tan alocadas.

-


+ ¡No quedó tan dulce como yo esperaba! Snif.Cuando venía lo mejor me di cuenta que ya me había pasado en palabras; así que me dije a mi misma que sería mejor agregar más al siguiente capitulo... you know. Siento mucho la demora, pero es que ahora estoy en época de exámenes semestrales y debo estudiar y asdf, odio los exámenes.

En fin, hay muchas cosas que quiero decir sobre el próximo capitulo, pero las guardaré todas porque creo que así es mejor. ¡Amé el dialogo final! Hacía tanto tiempo que lo tenía en mente... Aw.

¡Espero sus comentarios respecto al capítulo! Y me alegra que cada vez se sumen más escritoras, me hacen muy feliz. ¡Saludos!

+ Janelle.

P.D. Cemetery Drive ya lleva su tercer capítulo, por si alguien está interesado en leerlo. x)