Disclaimer: menos un par de personajes, el resto es de S. Meyer.

Capítulo 20: Ayudando a Athenodora.

La historia de Jane


Alec y Jane se miraron una sola vez, pero aquello bastó para decidir sin decir palabra alguna que debían averiguar algo más sobre lo que le ocurría a Athenodora.

Los gemelos salieron de la biblioteca y se dirigieron hacia el patio siguiendo el aroma de Heidi. La atractiva vampiresa se había convertido en algo parecido a lo que los humanos decían "marujas de peluquería". Conocía cualquier rumor, cotilleo o chisme que rondara por el palacio de los Vulturis.

Ella era la clave para averiguar qué le pasaba a la esposa de Cayo.

Heidi estaba en el patio ojeando varias joyas y prendas que le servirían para atraer más fácilmente a los humanos. Aunque no necesitaba nada más, está claro que era una vampira más que preciosa. Ella notó la llegada de ambos y volteó a verlos.

-¿Qué puedo hacer por vostros?-preguntó amablemente.

-Tú sabes lo que le ocurre a Athenodora.-dijo Alec, y no era una pregunta, era una afirmación.

-No. -respondió secamente- Los problemas de la maestra Athenodora no son de mi incumbencia por lo que no sé ni debo saber nada sobre ellos.

Alec y Jane se miraron sorprendidos. ¿Desde cuándo Heidi hablaba de esa forma? Desde su estadía en Volterra había demostrado ser una persona directa y no muy formal a la hora de hablar con los demás.

-Heidi...

-No me atosiguéis con preguntas. No estoy de humor para hablar sobre Athenodora, ni Cayo, ni Fé... Félix-cortó ella y salió corriendo del patio mientras trataba de no mostrarse débil ante los demás.

-¿Pero qué demonios está pasando?-preguntó la neófita.

Jane corrió seguida por su hermano hacia la habitación de Carlisle, que estaba cerca de la de Athenodora y Caius. Ella recordó que ambos vampiros habían salido a hacer algo mientras ellos estaban buscando a la niña inmortal. ¿A dónde habrían ido? ¿Y para qué?

Alec se quedó en la puerta de la habitación de Athenodora y Caius.

-¿Entramos Jane?-le preguntó a su hermana.

-De acuerdo.-contestó.

Ella tocó la puerta suavemente y una débil voz proveniente de la esposa rubia les dio permiso para pasar.

Sulpicia y Didyme estaban al lado de Athenodora, sentadas en la cama y dadas de las manos. Aquella imagen enterneció a los gemelos en sobremanera. Era tan tierna.

-¿Qué ocurre?-preguntaron los gemelos al unísono.

Didyme y Athenodora miraron a su "hermana mayor" y ella asintió.

-Venid conmigo.-les dijo Sulpicia y los tres salieron de la habitación.

Jane y Alec miraron a su tataratía con unos signos de interrogación marcados en sus caras.

-¿Queréis saber qué le ocurre a Athe verdad?-les preguntó Sulpicia y ellos asintieron- Son problemas... matrimoniales.

-¿Ocurre algo con Cayo?-inquirió Jane.

-Más o menos. Hace un par de días Cayo se fue a cazar licántropos. Un licántropo puede matar a un vampiro fácilmente y viceversa, pero Cayo partió sólo y a la vuelta vino... moribundo. Parecía un humano en sus últimos minutos de vida.-explicó Sulpicia.

Licántropos... pensó Jane. Ella ya había oído hablar de ellos, hombres lobos, lycans, licántropos, hijos de la luna... pero pensaba que eran un mito. Aunque, teniendo en cuenta que ella se había convertido en vampira, no sería una sorpresa que criaturas como aquella también existieran.

-Athenodora trató de convencerlo para que dejara de hacer tonterías como aquella. Pero nada. Cayo es un cabezota sin remedio. Es por eso que el otro día estuvo fuera con Carlisle; juntos investigaron sobre los hijos de la luna y demás mitos, y a vuestro regreso marchó con Félix y Demetri de nuevo a una cacería.

¿Demetri? ¿Demetri había ido a matar licántropos? Jane se quedó más helada de lo que ya estaba.

-Demetri... ¿ha ido matar licántropos?-preguntó tratando de no trabarse con las palabras.

Sulpicia asintió.

-Es un gran rastreador y Cayo pensó que le vendría bien.-dijo.

-¿Y ésto que le ocurre a Cayo es la razón por la que Athenodora estaba sollozando en la biblioteca?-preguntó Alec.

-Así es. Pero...

Sulpicia volteó a mirar la puerta de la habitación de su hermana y cuñado y suspiró, para después pasarse la mano por el cabello, acomodándolo un poco.

-Antes de que Cayo se marchara, él discutió con Athenodora, la cosa acabó mal y-

-Él me dijo que si tantos prolemas me daba que fuera de "caza" que no me preocupara, pues dejaría que un licántropo lo matara en mitad de la cacería, para que yo no tuviera que soportarlo de nuevo.-la interrumpió Athenodora.

Tenía su precioso pelo rubio recogido en una coleta alta, vestía un traje negro y llevaba la capa de los Vulturis por encima. Sulpicia abrió los ojos como platos y fulminó con la mirada a su hermana-cuñada Didyme, la cual, sólo se encogió de hombros.

-Si crees que te dejaré ir así por las buenas estás muy equivocada, hermanita.-le dijo a la rubia.

-No vas a poder impedirmelo Sulpicia. Voy a ir y regresaré con él.-sentenció y se dispuso a correr pero la esposa de Aro le cogió del brazo- Hermana, suéltame.

-Al menos no vayas sola.-suplicó.

Aquellas palabras hicieron volver a la realidad a Jane, que estaba metida en otro mundo desde que se había enterado de que Demetri estaba en peligro. Miró a la esposa rubia y ambas asintieron.

-Voy con ella.-dijo Jane.

-Entonces yo también.-contestó Alec y su hermana le sonrió- Recuerda que ambos siempre vamos en paquete.-le susurró.

Athenodora se despidió de sus hermanas y otorgó una mirada de agradecimiento a Jane y Alec y después salió corriendo de allí junto a ellos. Didyme suspiró y Sulpicia hizo otro tanto, con el tiempo habían descubierto que tanto el rubio Vulturi como su esposa, eran igual de testarudos y cabezotas.


Los gemelos corrían al lado de Athenodora siguiendo el rastro de Cayo, Félix y Demetri, que se podía distinguir perfectamente.

Jane sentía algo en su parado corazón, ella amaba a Demetri. Más de lo que podría expresar con palabras, por ello sufría tanto sabiendo que él corría peligro. Aunque supo que debía cambiar de actitud, pues, no siempre le dejarían ir a "salvar" a su amado. Los Vulturi no eran así.

Alec miraba de reojo a su hermana. Jane había cambiado mucho. Ya no era aquella niña indefensa que era de humana, ahora era toda una vampira, fiera, bella y además enamorada.

Estaban en la frontera de Rusia cuando Athenodora paró en seco y señaló hacia un lugar: Cayo, Félix y Demetri peleaban contra diez lobos gigantes, e iban perdiendo.


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