Empecé este capítulo al acabar el otro, lo he terminado hoy. Verdaderamente, no es de lo mejor que he escrito. Es más, no me termina de convencer, pero es lo mejor que soy capaz de escribir. De todas formas, espero que os guste y disfruteis. Y, si no se me atragante de nuevo el próximo capítulo, espero continuar pronto.
Ah, muchas gracias a todos por los RR ^^ Me recuerdan que tengo que continuar la historia no solo por mi.
¡A disfrutar!
21 de Mayo
Primero eran periódicas, cada diez minutos más o menos. Poco a poco, aumentaron más y más. 7… 5… 3 minutos.
-¡Oh, Dios mío! –sollozó aguantándose el vientre. Ya había perdido la cuenta de cuándo fue la última vez. Empezaba a doler demasiado y supo que el momento se estaba acercando, aunque ella no hacía nada más que ponerse nerviosa allí tumbada en silencio.
Tenía que hacer algo. ¡No podía parir sola! Además, estaba asustada. ¿Qué pasaría ahora? Nunca había visto a una mujer dar a luz y no sabía que era lo que tenía que hacer.
Lo primero era calmarse y pensar con la cabeza. El problema, era que su cabeza estaba demasiado ocupada en otra cosa. Así que hizo lo único que se le ocurrió en aquellos agobiantes instantes.
-¡Toooooooooby! –chilló sin mover un músculo de su cuerpo.
Escuchó sus pasos corretear rápidamente hacia su habitación. No estaba acostumbrado a oírla gritar de aquella manera.
-¿Qué pasa, señora? –preguntó preocupado desde fuera. Todo hombre sabía que no podía interrumpir en la habitación de una dama sin permiso. Podría encontrarse "indispuesta" en el peor de los casos.
-Toby, sube y dile al Sr. Todd que baje inmediatamente.
Por el tono de su voz, supo que era verdaderamente importante y no tardó en obedecer. Pero el Sr. Todd no parecía tener tanta prisa.
-Estoy ocupado. La Sra. Todd va a tener que esperar –contestó con aquel tono suyo de indiferencia. La inminencia del nacimiento de su primogénito no parecía ocasionarle la más mínima excitación.
-Pero, señor…
-No me repliques, Tobias –pasó suavemente las hoja por la garganta de su cliente que parecía importarle menos todavía.
-Mujeres… no saben esperar a que acabemos asuntos importantes –comentó el hombre barbicano.
¿Acaso no es más importante lo que sucede un piso más abajo que una simple afeitada? No. Cualquier suceso donde intervenga un hombre siempre debe de estar por encima de las prioridades.
Aquella indiferencia hacía que Toby se pusiese rojo de rabia. Sabía que la Sra. Lovett lo estaba pasando mal y él no podía hacer nada por ayudarla.
Por suerte, el hombre ya estaba despachado. Quizá, si ella hubiese sabido que aquel hombre le causaría algunos momentos más de dolor y angustias, no le habría recordado tanto a su marido la estación a la que acababan de entrar. Ah, y recuerde, querido. Es primavera; le había dicho.
-¿Qué demonios ocurre, Nellie? ¿A qué viene tanto grito? –el Sr. Todd no fue tan educado como Toby y entró sin llamar, quejándose de los gemidos que ya inundaban el pasillo. Aunque, de todas formas, aquella también era su habitación.
-¡Ya viene! –jadeó mientras se mordía el labio con fuerzas.
-¿Quién vi…?
Entonces, al verla allí recostada, con gesto de terror y resoplando comprendió lo que sucedía.
-Ahora vengo –fue lo único que dijo.
Si una cosa se puede destacar de Sweeney Todd es que no miente. Al menos, no ante las personas a las que tiene por seguro que puede combatirlas. Para la Sra. Lovett se hizo más corta su partida, que cuando le mandó llamar. No supo cuanto tiempo precisamente pasó, pero antes de lo que esperaba reapareció acompañado de la matrona y su ayudante.
Resultó bastante alivio ver como ambas se desenvolvían con tanta soltura y naturalidad. La prepararon y le explicaron que pasos debía seguir básicamente. Y sobre todo, que no tuviese miedo. No tenía porque morir aunque el primer parto siempre era el más duro.
Todo lo demás que recuerdan son gritos, suyos la mayoría, y mucho dolor. Tanto era, que creyó que no aguantaría. Sus huesos se separaba, sus músculos se contraían abriendo paso a una nueva criatura. Los intentos de tranquilizarla por parte de las mujeres eran inútiles. Sin tan solo se diese un poquito más de prisa…
Entonces, cuando estaba segura de que iba a perder el conocimiento, el pequeño terminó de salir de ella, junto con un torrente de fluidos.
-Oh, Dios mío… -gimió desmayándose del esfuerzo.
Abrió los ojos. Todo a su alrededor todavía se veía semiborroso. Estaba tumbada en su cama, tapada. Las sábanas olían limpias, y así no era como las recordaba de antes. Algo sobre su pecho se movía, algo vivo.
Después de un esfuerzo sobrehumano, consiguió llevar a tocarle con la mano. Era cálido, y pequeño. Estaba envuelto en una sábana. En algún momento, empezó a llorar.
-La matrona dice que está bien – la voz del Sr. Todd la sobresaltó- Es un niño sano.
¡Un niño! Su niño.
-Preciosidad… –susurró acariciando a su bebé, meciéndole entre sus brazos para calmarle.
Trató de incorporarse, para ser más cómodo, pero le resultó doloroso. Los fuertes brazos del Sr. Todd la ayudaron.
-Y tú debes de descansar. Prohibido levantarse de la cama –continuó con las explicaciones- Y si te dan más mareos, que tomes azúcar.
-Ahá –asintió absorta en los rasgos de la criaturita- Se parece tanto a usted –observó sonriendo. El Sr. Todd se asomó sobre su hombro para comprobarlo.
-Si tú lo dices… -encogió los hombros no muy convencido. A él le parecía que tenía cara de bebé simplemente.
-Será guapo, grande, fuerte, todo un hombre…
Amor de madre. En realidad, era un bebé normal, sin nada que destacar que crecería como cualquier otro. Pero para la Sra. Lovett, era lo más importante del mundo. A partir de ese día, siempre lo sería, por el simple hecho de ser su hijo. Aunque, eso es suficiente.
-Charles… -fue lo último que sus labios pronunciaron antes de caer los dos en un profundo y reparador sueño.
