Nota de Camiko No Punishment:
Éste és el penúltimo capítulo.
Nos quedará el 21 y en el 22 conoceremos el final!
Contengan el aliento que se pondrá cada vez más intensa la trama. Llegamos a la parte del Summary en donde habrá muerte... se pone oscuro. Pero al final. Veremos la luz del sol brillar. Gracias por los 80 reviews! Éste capítulo me llena de calidez. Se desplazan un poco los otros personajes para leer de como Syaoran y Sakura disfrutan de un amor pleno y verdadero.
A leer!
CAPÍTULO 20: La flor del capitán
La brisa suave agitaba las cortinas y hacía parpadear la llama de la vela, proyectando sombras sobre el techo e iluminando los cuerpos que yacían en la cama. Sakura, en los brazos de Syaoran, se sentía extrañamente incorpórea, como si flotara en una nube separada del mundo que la rodeaba. Tenía los ojos cerrados y una sonrisa placentera en los labios mientras Syaoran recorría con un dedo su rostro, acariciando sus labios, sus ojos y sus cejas sesgadas.
—Siempre había creído que para disfrutar del amor era necesaria una mínima experiencia —susurró Syaoran—, pero ahora veo que también en eso estaba equivocado. Nunca antes había saboreado el placer con tanta dulzura. —
—Oh, querido —Sakura sonrió abriendo los ojos y mirándole con amor—. Si hubiera sabido antes cómo era, hubiese exigido mis derechos yo primero—Rió un poco y lo rodeó con sus brazos—. Es una lástima que hayamos perdido tanto tiempo—
Syaoran la besó tiernamente mientras musitaba:
—Me odiabas, ¿lo recuerdas? —
—Mmm, muy al principio quizá sí —respondió Sakura devolviéndole los besos —. Luego tal vez no. Solo sé que me asustabas más de lo que era capaz de soportar. —
Él soltó una carcajada, rodando con ella sobre la cama, hundiéndose en su cuello,deleitándose con la sensación de la suavidad de su desnudez.
—También yo tenía miedo de mí mismo —afirmó—. Temía perderte por completo. —
Sakura se puso encima de él con una expresión de mal humor.
—Eras tan mezquino como un animal en celo, Syaoran Lee, y lo sabes —le reprendió.
Syaoran esbozó una media sonrisa mientras recorría el hombro, el pecho, el pezón rosado de su esposa con el dedo, jugando con él.
—Iba en contra de mis principios que me obligaran a casarme —murmuró—. Y no ayudó a mejorar mi mal humor que tu tía me tratara como si fuera un zoquete de las colonias. Luego tener que pasar la noche de bodas bajo el escrutinio de Lord Kerberos, puso de nuevo a prueba mi temperamento. Pero cuando dijiste que me odiabas, entonces me puse furioso, y como eras la única a quien podía atacar, me vengué en ti. Ten cuidado, mi vida. La venganza no es un arma de doble filo. Solo tiene uno y, cada vez que la blandía, podía sentir su destrucción. —
Sakura lo miró, de verdad, con ojos inocentes.
—¿Qué es lo que hice para herirte? —
Syaoran volvió a apoyar la cabeza sobre la almohada, cerró los ojos y dejó escapar un suspiro.
—Oh, pregúntame mejor qué es lo que no hiciste, mi amor. Realmente sería más sencillo de responder. Jugaste a ser una mujer y me tuve que quedar de brazos cruzados, el macho indefenso, y observar cómo abusabas de mi corazón. Desnudaste tus senos frente a mí, excitando mis sentidos, y te hubiera tomado por la fuerza al menos unas mil veces. —
Sakura rió tontamente. Luego apoyó su mejilla en el hombro de su esposo y le pasó un dedo sobre el pecho, pensativa.
—¿Sabes, Syaoran?, casi siento lástima de tía Seika. Nunca ha sabido lo que es ser amada o incluso tener un amigo. —
Syaoran esbozó una sonrisa y abrió los ojos.
—No te sientas mal por ella, cielo —le aconsejó—. Probablemente estará disfrutando del dinero que le di. —
Sakura se incorporó sobresaltada buscando el rostro de su marido.
—¿Le diste dinero a tía Seika? —
Syaoran asintió.
—Una cantidad importante —confirmó—. Dijo que era para pagar los dos años que viviste con ellos. —
—¡Y le pagaste! —gritó ella indignada—. Oh, Syaoran, ya se lo había cobrado al vender todas mis pertenencias. Y además, ya le pagué con mi trabajo durante esos dos años. No tiene derecho a reclamar esa deuda. Estoy tan avergonzada. Debiste creer que éramos unos ladrones. —
Él soltó una carcajada, atrayéndola de nuevo hacia sí.
—Se lo dí por más de una razón, mi amor —repuso—. Esa mujer podría haber tratado de reclamaros a ti y a mi hijo, creyendo que tenía suficiente riqueza para mantenerla cómodamente. No tenía ganas de tener que soportar su presencia diaria cerca de mí y mucho menos de ti. Una cosa es tener una esposa reticente y otra muy distinta, una suegra ofensiva para complicar las cosas. Habría matado a esa bruja si hubiera vuelto a ponerte una mano encima. Así que le di el dinero sin discutir. De hecho, se lo entregué con tanta rapidez que incluso ella misma se asombró. —
—Oh, Syaoran. —Sakura rió, alegre—. Eres maravilloso... —
Él se echó a reír mientras acariciaba su cuerpo con la mano.
—Bueno, ya nos la hemos quitado de encima ¿verdad, mi amor? —
La sonrisa de Sakura se desvaneció al recordar el cuerpo sin vida de William Court en el suelo, y echó sus brazos alrededor del cuello de su esposo, apretándose a él con firmeza.
—Espero que nos hayamos deshecho de ella, Syaoran—afirmó.
Syaoran apartó el cabello de su rostro y al hablarle lo hizo con dulzura.
—¿Me vas a decir por qué estás tan asustada, mi amor? ¿Vas a dejar que te ayude? —inquirió.
La joven se apartó y cerró los ojos temiendo lo que les ocurriría si descubría que había matado a un hombre. Sacudió la cabeza consiguiendo sonreír...
—No es nada, querido —lo tranquilizó—. De verdad, no es nada. —Abrió los ojos y lo sorprendió mirándola, expectante, tratando de adivinar sus pensamientos.
Luego se inclinó para besarla presionando su espalda contra las almohadas.
—Te amo, Sakura —declaró—. Te amo más que a mi propia vida. Confía en mí, amor mío. —
Sus labios se fundieron con los de su amada y Sakura volvió a derretirse en sus brazos. Tras un largo rato, la joven le susurró al oído: —Yo también te amo, Syaoran, mi esposo amado. —
La voz de Hatti en el vestíbulo despertó a Syaoran.
Cuando sus pasos se aproximaron, este se incorporó dándose cuenta de repente de dónde estaba. Sus movimientos despertaron a Sakura, que se acercó a él con los ojos todavía cerrados, sonriendo adormilada. Cuando Hatti abrió la puerta, él se cubrió de nuevo con la sábana, renuente a levantarse. La criada se paró en seco al verlos a los dos en la cama, luego sonrió, y prosiguió con su actividad frenética como si fuera un día normal.
Haciendo caso omiso de la expresión de disgusto de su amo, se dirigió a las ventanas para retirar las cortinas y dejar que los brillantes rayos del sol llenaran la habitación. Se detuvo con los brazos en jarras riendo entre dientes.
—Sí señor, hace un día espléndido —afirmó—. Creo que no había visto tanto sol desde hace veinte años, desde que su mamá vivía en esta casa, señorito Syaoran—
Sakura ahuecó los almohadones para recostarse en ellos y se cubrió el pecho con la sábana. Syaoran se incorporó, colocando la mano sobre el muslo de su esposa y lanzó a Hatti una mirada llena de furia. Al verla caminar de un lado a otro de la habitación, recogiendo ropa y colgándosela del brazo, ordenando aquí y allá, Sakura tuvo que hacer un esfuerzo para no reír.
—Supongo que querrán desayunar pronto —dijo Hatti—. No sabía que fuese usted una persona que se levantara tarde, señorito Syaoran. Estoy segura de que el señorito Eriol estará sufriendo amargamente preguntándose dónde está usted. Ja ja ja. —
Rió a carcajadas sin poder ocultar su felicidad, pero de pronto se puso seria al coger el camisón azul transparente de Sakura del suelo y colocarlo con cuidado sobre una silla cerca de la joven. Luego continuó hacia el armario y descolgó una bata que dejó junto al camisón—. Supongo que va a subir enseguida —prosiguió—. Hace rato que desayunó y me dijo que deseaba hablar con usted. —Una amplia sonrisa volvió a iluminar su rostro al dirigir la mirada a la pareja que estaba en la cama—. También el señorito Alger va a querer venir a esta habitación muy pronto. Tampoco a él lo había visto dormir tanto antes. Lo tiene usted educado, señorita Sakura. —
—Tiene mejores modales que algunas de las personas que conozco —replicó Syaoran, arrancando una carcajada a la criada.
Hatti se dirigió hacia la puerta, y antes de salir, se volvió para lanzar a Syaoran una mirada traviesa.
—Sí señor, hace un día espléndido. —
Antes de que se hubiera ido, la voz de Eriol sonó en la habitación contigua.
—¿Dónde está el tonto perezoso? —inquirió Eriol—. Se retira de la fiesta pronto, olvidándose de sus invitados, y se queda en la cama hasta mediodía. —
Asomó la cabeza por la puerta y Sakura se tapó hasta el cuello. Se hizo un momento de silencio al verlos en la cama.
—Bueno, no estáis exactamente presentables, pero entraré de todas formas —dijo Eriol con una sonrisa.
Pasó al lado de Hatti al marcharse esta, y entró en el dormitorio, colocándose a los pies de la cama para contemplar a la pareja.
Esbozó una sonrisa desigual, observando principalmente a su hermano, mientras este se revolvía incómodo ante el escrutinio. Luego se dirigió a la ventana con paso firme, echando una ojeada al camisón azul de Sakura al pasar por delante de la silla. Con una mano apoyada en el alféizar y la otra en la cintura, permaneció contemplando meditabundo las tierras bañadas por los rayos del sol.
—Sí, señor —murmuró, pensativo—. Va a ser un día magnífico. —Soltó una carcajada al pensar en un chiste privado.
Syaoran lanzó una maldición mirando al techo y apretó las mandíbulas.
—Es un día bastante lamentable —espetó—, cuando tu propio dormitorio se convierte en algo tan público como una casa de subastas. Voy a ordenar a Yamazaki que ponga cerraduras en estas puertas. —
Eriol se volvió e hizo una reverencia.
—Le ruego me disculpe, señor —comentó burlón—. Si hubiera estado enterado de su cambio de aposentos, hubiera sido más discreto. Sin embargo, te recuerdo, querido hermano, que tenemos invitados a los que atender, y que se están poniendo nerviosos ante tu ausencia. ¿Debo decirles que estás indispuesto? —
Tras el gruñido de Syaoran como respuesta se echó a reír y prosiguió.
—. Muy bien, simplemente les diré que eres muy perezoso y que en breve te reunirás con ellos. —
Se dio la vuelta como para marcharse, pero se volvió hacia ellos de nuevo
—Debo acordarme de felicitar a Yamazaki. Se sentirá muy feliz al saber que no ha fracasado como casamentero—
Los contempló en silencio, divertido, hasta que entendieron el significado de lo que Eriol acababa de decir. Lo contemplaron perplejos.
—Está bien —les tranquilizó—. Conozco los detalles desde hace algún tiempo, pero no culpéis demasiado a Yamazaki. Estaba bastante ebrio y además creía que estaba solo. —Volvió a soltar una carcajada dirigiéndose hacia la puerta y, allí, echó un vistazo al camisón azul de Sakura, luego miró a su hermano—. Has tenido más fuerza de voluntad de la que yo habría tenido, querido hermano. —Le guiñó un ojo a su cuñada, se volvió riendo entre dientes y se marchó.
Syaoran farfulló algo desagradable acerca de la falta de privacidad y se sentó en el borde de la cama. Sakura, riendo alegremente, lo abrazó por detrás con ardor.
—Oh, es un día hermoso ¿verdad Syaoran? —comentó la joven.
El hombre sonrió con los ojos cerrados y acarició con la espalda los senos desnudos de su esposa, deleitándose con el contacto.
—Ciertamente, cielo —corroboró en voz baja—. Ciertamente. —De repente la cogió en brazos, la dejó en el suelo y le dio una palmada en las nalgas desnudas—. Si no te encargas de nuestro hijo pronto, va a tener que esperar un poco para desayunar —la amenazó.
Sakura rió abrazándolo y poniéndose de puntillas para besarle los labios.
—No te vayas. Tengo la intención de tenerte a mi lado la mayor parte del día. —
Syaoran la besó apasionadamente, estrechándola firmemente entre sus brazos, y le susurró al oído:
—Vas a tener problemas para deshacerte de mí, milady. —
Contagiado por el buen humor de sus padres, Alger estaba juguetón tras haberse llenado el estómago adecuadamente. Daba pataditas alegremente en el agua, salpicando a su madre, y reía contento cuando su padre le reprendía por sus malos modales. Cuando Sakura lo bajó al salón, estaba encantado con la atención que los invitados le dispensaban, arrullándolo y mimándolo.
La señora Daidouji observó el brillo en los ojos del padre y asintió lentamente con el bastón en la mano.
—Bueno Syaoran, se te ve de mejor humor que ayer noche. El descanso nocturno debe haber hecho maravillas en tu estado de ánimo. —
—Gracias, Tomoyo. Lo ha hecho —confirmó Syaoran—. Me siento considerablemente mejor esta mañana. —Alzó la vista y se encontró con los ojos sonrientes de su esposa por encima de la cabeza del bebé. Él le devolvió una mirada cálida y feliz.
Ya era casi de noche cuando los últimos invitados ascendieron a sus carruajes. Habían servido una comida ligera previamente; los hombres habían tomado el último trago del whisky de Eriol para calentar sus estómagos, y las mujeres, un último vaso de agua fría o un sorbo de vino para aliviar un poco el largo recorrido hasta sus casas.
Cuando en la mansión solo quedó la familia Lee, esta se reunió en el salón para gozar de una velada tranquila. Sakura se acomodó con Alger en un edredón sobre la alfombra, donde el niño empezó a balbucear al tiempo que agitaba los brazos y observaba con curiosidad las motas de polvo que flotaban en un rayo de sol cercano. Syaoran, en el sofá muy cerca de su esposa, y Eriol, en una silla frente al matrimonio, disfrutaban de sus respectivas bebidas contemplando al bebé.
El traqueteo de un carruaje y el estruendo de unos cascos rompieron la tranquilidad del momento familiar. El landó de Meiling se detuvo frente al porche. La mujer, con una expresión de gravedad en el rostro, descendió rápidamente del coche y subió por las escaleras a paso ligero, apartando a Yamazaki de su camino e irrumpiendo en la escena sin preámbulos. Antes de abrir la boca, le arrebató el vaso a Syaoran y apuró la copa de un trago. Luego depositó el vaso en la mesa con una mueca de desagrado.
—Bien, Syaoran —espetó—. Una vez más has conseguido ser el centro de los cotillees de Charleston. —
Syaoran miró a la intrusa con una expresión de interrogación y la mujer se explicó casi sin aliento.
—Han encontrado asesinada a Sybil esta mañana. —Ante la sorpresa de Sakura la mujer esbozó una media sonrisa—. Y ayer, en la calle Meeting, te vieron en su compañía. De hecho, parece ser que fuiste la última persona que habló con ella. —
Una sensación fría y horrible empezó a crecer en el interior de Sakura. Apretó el muslo de su marido, y este, a su vez, presionó su mano para tranquilizarla. El silencio llenó la habitación y todos los presentes contuvieron la respiración por unos segundos. Al ver las manos apretadas, Meiling se irguió, arrugó la frente y prosiguió hablando desenfrenadamente.
—La encontraron en los bosques, a las afueras de la ciudad, con el cuello roto. La habían maltratado brutalmente. Pobre chica, y nadie la echó de menos en el baile ayer noche ¿verdad? Le habían arrancado la ropa y el médico afirma que la violaron. — Arqueó de nuevo la ceja mirando a Sakura deliberadamente, luego sonrió a Syaoran —. Por supuesto, sé que nunca has tratado a una mujer de ese modo, querido, pero el sheriff tiene algunas dudas. De hecho, llegará aquí muy pronto. Parece ser que la señora Scott tiene una idea de quién puede haber sido la bestia. —
Eriol soltó una fría carcajada en medio del silencio.
—Como de costumbre, la lengua de Maranda Scott supera su actividad cerebral —espetó.
Meiling lo miró con desprecio.
—Han salido a la luz una serie de extrañas circunstancias acerca de las cuales estoy convencida de que el sheriff te interrogará. Pero claro. —Soltó una risilla estúpida y lanzó una mirada llena de odio a Sakura—. Syaoran puede explicarlas todas. —Se volvió hacia él y exigió—: Solo dime dónde te metiste ayer noche, querido. —
Sakura, sin soportarlo por más tiempo, salió en defensa de su marido.
—Estuvo conmigo toda la noche, Meiling, y todo el día de hoy y puedo dar fe de ello —constató.
—¡Oh! —exclamó Meiling entornando los ojos hacia el bebé—. Y supongo que tendrás otro retoño para probarlo. Pero entonces... —Se volvió hacia Syaoran—. Supongo que dejarla embarazada es la mejor manera de probar tu inocencia, ¿no, querido? —
Sakura ahogó un grito ante los insultos maliciosos de la intrusa, pero los dos hermanos se levantaron violentamente de sus asientos. La mirada de Syaoran se obscureció y el tic nervioso reapareció en su semblante. Avanzó hacia ella con las manos medio alzadas como si fuera a estrangularla y Meiling reflejó el miedo en sus ojos. Pero Syaoran consiguió controlarse ante lo cual la mujer esbozó una sonrisa frívola y espetó:
—Debes vigilar ese mal genio, querido. ¿Qué va a decir el sheriff? —Se volvió—. De todos modos, ahora debo marcharme. No creo que le guste que te haya prevenido. —De camino hacia la salida soltó una carcajada—. Saldré por la parte trasera, así no sabrá que he estado aquí. Gracias, querido. —
Pocos minutos después su carruaje rodeaba la mansión y se alejaba por el camino. Sakura cogió en brazos al bebé que lloraba y los tres adultos se miraron consternados.
—Quien crea que has tenido algo que ver con el asesinato de Sybil, está loco Syaoran —dijo furioso Eriol, depositando de golpe el vaso sobre la mesa. Blasfemó en voz baja y empezó a caminar por el salón—. Esa estúpida... Todos lo viciosos de la ciudad llamaban a su puerta. Pero ¿por qué alguien desearía inculparte a ti? Dios santo, si ni siquiera te habías fijado en ella. Y estoy seguro de que si lo hubieras hecho, ella te habría violado a ti. —
Sakura alzó la vista hacia su marido, preocupada, mientras intentaba calmar a Alger que berreaba impaciente demandando su cena.
Fue Syaoran el que habló con tranquilidad.
—Naturalmente la señora Scott está preocupada y es responsabilidad de Townsend como sheriff investigar todas las posibilidades, incluyendo los delirios de una señora histérica. Ayudé a Sybil a llevar los paquetes a su carruaje ayer, y estoy seguro de que hubo mucha gente que nos vio juntos. Pero por ello no deberían pensar que yo soy el asesino. Townsend no es tonto. Atenderá a razones. —
Sakura intentó levantarse con el bebé en brazos y, al verlo, Syaoran se apresuró a ayudarla. El hombre la miró a los ojos de tal forma que disipó cualquier duda que la joven pudiera tener. Era imposible que fuera capaz de mirarla con tanta ternura y tanto amor y ser culpable de un acto tan horrible. La joven lo besó suavemente, sin prisas.
—No estaré arriba mucho tiempo —aseguró en voz baja al separarse. Se marchó de la habitación y subió las escaleras con Alger en brazos.
Cuando Sakura descendió tras haber amamantado y acostado al bebé, oyó una voz desconocida. La réplica furiosa de su esposo hizo que se detuviera en las escaleras.
—Maldita sea, Townsend, es una pregunta estúpida —maldijo Syaoran—. No, nunca me acosté con ella. No la encontraba atractiva ni deseable, y me habría resultado físicamente imposible excitarme con ella. —
—La señora Scott no dice lo mismo, Syaoran —apuntó el sheriff—. Ella afirma que mantenías una aventura secreta con Sybil desde hace años... que cuando empezó a ver a otros hombres después de tu matrimonio te pusiste celoso, y que en un arrebato de ira la violaste y luego la asesinaste.—
—¡Eso es una sarta de mentiras! —exclamó Syaoran colérico—. Es incuestionable que Maranda cree que obtendrá algún tipo de compensación por su lengua viperina. Ha estado intentando casarme con su hija durante años, pero te juro Townsend, por la tumba de mi madre, que jamás toqué a esa chica. —
—He oído que ayer noche celebrasteis un gran baile —comentó el sheriff con un marcado acento sureño—. Y también he oído que algunos invitados decían que estabas de muy mal humor. —
—Nuestra atenta Mei, sin duda —apuntó Eriol despectivamente.
—Le aseguro, Townsend —declaró Syaoran—, que mi comportamiento de ayer noche no tuvo nada que ver con Sybil. Ni me había enterado de su ausencia en el baile hasta que Meiling nos lo ha dicho hace escasos minutos. —
—Entonces ¿cuál fue el motivo de tu irritación? —inquirió Townsend.
Eriol se echó a reír.
—Estuvo intentando evitar que los invitados devoraran a su esposa con los ojos. —
—Luego, parece ser que tienes ataques de celos —observó el policía.
—Por lo que respecta a mi esposa, sí —admitió Syaoran.
—¿Y por qué solamente ella? Pudiste sentir lo mismo hacia Sybil con ese temperamento —apuntó Townsend.
Syaoran soltó una carcajada.
—Es indudable que no ha visto nunca a mi esposa, porque si lo hubiera hecho, entendería enseguida todo este asunto. Al lado de la señora Lee, Sybil quedaba en evidencia. —
Townsend se aclaró la garganta y prosiguió, reticente.
—Entre tus amistades corre el rumor de que no duermes con tu esposa, Syaoran. ¿Es eso cierto? —
Al oír el comentario, a Sakura se le encendió la sangre. Entró bruscamente en el salón donde se encontraban los tres hombres y se encaró con el extraño, que la miró sorprendido durante unos segundos y, ruborizado, bajó la cabeza. Townsend era tan alto como los Lee pero mucho más pesado. Era extraño ver cómo un hombre tan grande se moría de vergüenza. Se dirigió a su esposo, deslizó una mano por su cintura y habló en un tono comedido.
—Lo que ha oído es falso, señor —lo corrigió la joven—. Es cierto que cuando estaba embarazada dormíamos en habitaciones separadas, pero no veo nada raro en ello si una mujer tiene un esposo tan atento como el mío. Temía hacer daño al bebé o a mí mientras dormía. —Con una expresión inquisitiva preguntó al hombre—: ¿Es usted tan considerado con su esposa, señor? —
Nervioso, Townsend musitó una respuesta negativa, luego tosió y corrigió su contestación sonrojado.
—No estoy casado, señora. —
Eriol rio para sí.
—Ah. —Sakura suspiró, alzando la cabeza—. Entonces sabe usted muy poco acerca de mujeres en estado. Pero en lo tocante a su pregunta: ¿Dormimos juntos? Sí, señor, lo hacemos. —Sus ojos brillaron de rabia—. Y soy una esposa muy exigente, señor, y no puede existir la posibilidad de que mi marido pudiera desear a otra mujer, y mucho menos asaltarla. —
Sakura finalizó la frase furiosa y Eriol le dio un golpe en la espalda a Townsend riendo ligeramente.
—Será mejor que le prevenga, Townsend. Nuestra dama es medio oriental, así que cuando el asunto lo requiere, no duda en enseñar las uñas. —
El sheriff, incómodo, miró alrededor manoseando el sombrero.
—Bien, puedo ver que lo que dices es cierto, Syaoran, pero espero que comprendas que debo comprobar cada detalle en un asunto tan desagradable como este. —Se volvió para marcharse, no sin antes disculparse de nuevo.
Los tres Lee oyeron alejarse el carruaje como perseguido por el demonio, y exhalaron un suspiro aliviados.
—Nunca había visto a Townsend tan avergonzado —afirmó Eriol riendo—. Creo que por lo que a él respecta, Syaoran, eres tan inocente como un recién nacido. —
—Gracias a mi exigente esposa —apuntó Syaoran, animado.
Sakura se separó de él y lo miró con la cabeza alta.
—Era demasiado personal —observó—. Tenía que pararle los pies. —
—Cariño, lo hiciste en cuanto apareciste por la puerta —dijo Eriol con una sonrisa.
Poco después, Syaoran cerró la puerta del dormitorio y se situó detrás de Sakura, sentada en el tocador, para desabrocharle el vestido. Ella le sonrió a través del espejo y apoyó su mejilla en su mano mientras él le acariciaba el hombro.
—Oh, Syaoran, te quiero tanto —dijo—. Si un día te cansaras de mí y buscaras a otra, me moriría. —
Él se arrodilló y la atrajo hacia sí con fuerza, depositando un beso en su cabello perfumado.
—Nunca he hecho nada a medias tintas y mi amor por ti no es una excepción, Sakura —respondió—. Cuando digo que una persona es amiga mía, me comprometo con ella por entero, de la misma forma que, cuando afirmo que tú eres mi amor, me doy a ti en cuerpo y alma. —
Sakura esbozó una sonrisa y suspiró.
—Debe de ser obvio que temo a Meiling y supongo que también temía a Sybil — confesó—. La pobre chica te amaba tanto que con pasar un momento contigo ya era feliz. Yo soy más egoísta. Quiero estar contigo a todas horas sin tener que compartirte con nadie. —
—¿Crees que yo siento de forma distinta de ti, mi amor? —preguntó en voz baja —. Señor, mataría al hombre que intentara separarte de mí. Y ninguna mujer puede alejarme de tu lado. En cuanto a Sybil... era una chica ingenua y confundida que esperaba comerse el mundo, y de todos modos habría acabado mal. —
—¿Tienes idea de quién pudo haberla asesinado, Syaoran? —inquirió Sakura.
Él dejó escapar un suspiro y empezó a desvestirse.
—No lo sé, cielo. Muchos hombres la cortejaban... incluso algunos que estaban casados. —
—¡Casados! —exclamó ella, asombrada. Se levantó y se quitó el vestido, dejándolo caer al suelo—. Seguro que su madre... —
—¡Esa bruja estúpida! —Gruñó Syaoran—. Cuando Sybil no pudo conseguir un marido rico, la señora Scott dejó de interesarse por lo que hacía su hija. Sam Bartlett era uno de los pretendientes de Sybil. —
—¡Sam Bartlett! —exclamó Sakura casi sin aliento. Recordaba muy bien la experiencia vivida con él. —
—El mismo —apuntó Syaoran en tono áspero.
—Y el sheriff Townsend viene aquí a interrogarte cuando ese hombre se paseaba a sus anchas. ¡Imagínate! —masculló Sakura, furiosa.
Syaoran soltó una carcajada.
—Tranquila, cielo —dijo—. Puede que sea un viejo obsceno, pero no por ello tiene por qué ser un asesino. —
—Cualquier hombre que forzara a sus esclavas... —
—Calla —la interrumpió besándole el hombro y acariciándole el pecho por dentro de la enagua—. No hablemos de él. Hay cosas mucho más interesantes de las que hablar... como lo hermosa que estás sin ropa. —Le quitó la prenda con las manos —. Así está mejor. —Sonrió y la cogió en brazos.
Los largos días de verano se convinieron en semanas, y julio pasó con el decimonoveno cumpleaños de Sakura. Al no descubrir el autor del crimen, el asesinato de Sybil dejó de ser un tema de conversación. Todos sus pretendientes conocidos habían tenido una coartada aquella noche. Sin embargo, muchas mujeres seguían mostrándose excesivamente cautas en los callejones, las entradas oscuras y los bosquecillos durante la noche.
Con el paso del tiempo, Sakura fue sintiéndose cada vez más segura en el papel de esposa de Syaoran, desempeñando las tareas propias de su posición, con una eficiencia extraordinaria.
Disfrutaba compartiendo el dormitorio con él; su presencia en la enorme cama durante las noches. Se deleitaba al sentir sobre el cuerpo las manos de su marido. Lo conocía mejor que a ella misma. Hacer el amor era un arte, en el que era un maestro por derecho propio. Su técnica era tan imprevisible como sofisticada. A veces la cortejaba, la mimaba, la seducía como si no existieran los lazos del matrimonio, como si ella fuera todavía una doncella. Le hablaba con dulzura, la excitaba, la mordisqueaba hasta que todo su cuerpo se estremecía de placer. Luego había otras noches en las que Sakura, de forma inocente, encendía su pasión, y como respuesta él le rasgaba la ropa y la echaba en la cama poseyéndola con una violencia que casi conseguía volverla loca de goce. Ambos acababan jadeando exhaustos, pero habiendo sentido la mayor de las satisfacciones.
Syaoran le enseñó a gozar de los juegos eróticos como tiempo atrás le había prometido que lo haría. La animaba a ser, además de una esposa, una amante que se entregara libremente, que despertara sus deseos para luego satisfacerlos, cosa que al final le había resultado una tarea bastante sencilla.
—¿Hay hombres tan románticos? —preguntó Sakura una noche mientras Syaoran yacía sobre ella—. ¿Tienen las esposas la suerte de contar con esposos tan amorosos? —
Syaoran sonrió y le apartó el cabello del rostro.
—. ¿Son las demás esposas tan hermosas y deseosas de complacer a sus maridos? —contestó su pregunta con otra.
El mes de agosto comenzó con un día soleado y caluroso. Muchas familias se trasladaron a la ciudad en busca de la fresca brisa marina. Los Lee pasaron varios días como invitados de la señora Daidouji en su mansión de la playa. La anciana había disfrutado contando a sus amistades que Syaoran y su joven esposa realmente compartían el lecho y eran, ciertamente una pareja de lo más amorosa.
Poco después, Syaoran había tenido que irse al molino para poner al día los libros de contabilidad, y los Flowright habían extendido la invitación a Sakura para que fuera con su hijo a cenar. La primera vez que vio a Elda, Sakura se quedó sorprendida ante el cambio que había experimentado la mujer, pues ahora la señora Flowright poseía cierta belleza. Había ganado algo de peso y el sol había bronceado su piel y aclarado su cabello rubio. Sus ojos cafés habían perdido la tristeza y parecía varios años más joven que antes.
—Qué aspecto tan espléndido tiene, Syaoran —comentó Sakura mientras su esposo la ayudaba a descender del birlocho—. Parece otra persona. —
Él asintió mientras Fye bajaba las escaleras de la casa a toda prisa y les daba la bienvenida. Elda ayudó al menor de sus hijos a bajar los escalones, siguiéndolo de cerca mientras el pequeño caminaba torpemente detrás de su padre. La mujer saludó a Syaoran amistosamente, pues ya estaba acostumbrada a su presencia en el molino, y sonrió con timidez a Sakura, que no pudo contener un comentario acerca de su aspecto.
—Oh, Elda, no hay duda de que las Carolinas te han sentado bien —le dijo alegremente—. Estás tan hermosa. —
La mujer se ruborizó, halagada, mientras Fye le pasaba un brazo por los hombros.
—He intentado decírselo, pero cree que no lo digo en serio —comentó el señor Flowright.
—Nunca me había sentido tan bien —admitió Elda cohibida—. Y apenas noto que hay otro bebé en camino. —
Sakura y Syaoran esbozaron una sonrisa, sorprendidos ante la buena nueva, y les felicitaron.
—A mi esposa le llevará unos cuantos años alcanzarla, Elda —bromeó Syaoran —. Pero tengo razones para sospechar que lo hará. Hice poco más que mirarla y se quedó de este. —
Alger contemplaba a los extraños desde la seguridad de los brazos de su padre, sin importarle que hablaran de él. Sakura lanzó una mirada de reprobación a su marido, quien se echó a reír sonrojándose un poco.
—Nadie puede negar de quién es, señor Lee —aseguró Elda—. Es igual que usted y con esos ojos ámbar no hay equivocación posible—.
Syaoran sonrió con orgullo y le susurró algo a su hijo haciéndole reír. Con los dos rostros juntos no había duda de que eran padre e hijo. El bebé tenía los ojos iguales a los de Syaoran: dorados con largas pestañas negras. Sakura supo entonces que si no hubiera vuelto a ver a Syaoran tras su huida del Clow, siempre lo habría recordado al mirar a su hijo.
—¿Querrá venir conmigo? —preguntó Elda con los brazos abiertos.
Pero Alger declinó su ofrecimiento con un gruñido y se volvió para apoyar la cabeza sobre el hombro de su padre.
—No te sientas mal, Elda—se disculpó Sakura—. No dejaría a su padre por casi nadie. —Ladeó la cabeza para estudiar el rostro de su marido y prosiguió con un brillo en los ojos—. Debe de ser la barba. —
El comentario arrancó las carcajadas de los cuatro, mientras los hijos de los Flowright deambulaban por el porche intentando ver al pequeño Lee. Al cabo de un momento, la mayor de las niñas persuadió a Alger para que dejara a su padre y se marchó paseando orgullosa con el bebé en brazos. Poco después, Fye se disculpó para atender sus quehaceres en el molino y se alejó con Syaoran. Las mujeres se relajaron en las mecedoras del porche; la señora Flowright se levantaba de vez en cuando para vigilar la comida.
—Me hace más ilusión este bebé que cualquiera de los anteriores —confesó Elda con timidez—. Antes, como no disponíamos de dinero, siempre albergábamos dudas y temores. A veces teníamos buena suerte, pero casi siempre mala. Ahora nos da la impresión de estar en el paraíso y en nuestras plegarias se lo agradecemos a su esposo. Nos sacó de la nada para dárnoslo todo. —
Sakura dejó de beber el té, con los ojos anegados en lágrimas.
—Es extraño, Elda, pero es exactamente lo que me ocurrió a mí. Me arrancó de una pesadilla para devolverme felicidad. Mi vida no era nada hasta que apareció él. —
Elda la observó durante unos segundos.
—Lo ama mucho, ¿verdad? —preguntó suavemente.
—Sí —admitió rápidamente Sakura, y dejó escapar un suspiro antes de proseguir —. Lo amo tanto que a veces hasta me da miedo. Nuestra vida es tan perfecta que temo que ocurra algo malo, y si lo perdiera a él o a su amor, me moriría. —
Elda esbozó una sonrisa.
—La primera vez que vi a su marido, señora Lee, estaba sentado sólo en una posada, en el norte. Había varias mujeres pintarrajeadas que lo observaban admiradas desde lejos, pero él no les echó ni un solo vistazo. Solo contemplaba, pensativo, el vaso de vino, y por su aspecto no había duda de por qué estaba triste. Luego nos explicó que usted estaba aquí, embarazada de su hijo, y su expresión cambió. Entonces pensé que debía de quererla mucho. Desde entonces lo he ido conociendo y he comprobado que mi primera impresión era certera. Nunca he visto a un hombre que ame tanto a su esposa. —
Sakura se secó una lágrima y se disculpó riendo.
—Parece que hoy estoy un poco sensible; lloro por todo. No piense mal de mí, Elda. No suelo llorar. —
Elda le sonrió dulcemente.
—Al revés, señora Lee en todo caso pienso mejor. Una mujer que derrama una lágrima o dos por el amor de su esposo, es que es muy sensible a la vida. —
Poco después, Elda preparó un poco de limonada para los invitados, los niños y los trabajadores del molino. Pidió a Sakura que les acercara a los hombres unos vasos y, al llevarles la bandeja, ésta pudo ver el molino en funcionamiento por primera vez. Los pinos altos descollaban sobre los edificios y el olor a brea que desprendía el tanque de ebullición del patio llenaba el aire. Troncos gruesos flotaban en la represa del molino, y más allá, se veía girar la gigantesca rueda hidráulica. El zumbido de las sierras y la yunta de las mulas que tiraban de los troncos para llevarlos hasta sus fauces, formaban un verdadero caos sonoro. Varios hombres estaban sobre un armazón alrededor del tanque, controlando la pasta que se había formado en la parte superior de la caldera.
Sakura encontró al señor Flowright fuera del molino, discutiendo con varios obreros. Al verla, la saludó con una sonrisa afectuosa, y se ofreció a ayudarla con la bandeja. Pero ella declinó su ayuda y les sirvió la bebida mientras el capataz la presentaba como la esposa del señor Lee.
Los trabajadores asintieron con la cabeza admirados y observaron cómo se alejaba, maravillados ante su belleza, hacia un edificio más pequeño, donde el señor Flowright le había dicho que se encontraba su esposo. El capataz dio una orden enérgica para que los hombres cerraran la boca y continuaron con su tarea, lanzando miradas furtivas a la muchacha por encima del hombro.
Sakura permaneció durante unos segundos junto a la puerta de la sórdida oficina. Esta disponía de los muebles esenciales y sus paredes de madera jamás habían sido empapeladas o pintadas de blanco. Su esposo estaba sentado sobre un taburete alto junto al escritorio, de espaldas a ella. Como hacía tanto bochorno, se había quitado la camisa para aprovechar la brisa fresca que de vez en cuando se colaba por las ventanas abiertas. Sakura contempló encantada su espalda musculosa y sonrió al pensar en acariciarla. Al moverse, una de las tablas de madera del suelo crujió, y Syaoran se volvió. Al ver la silueta de su esposa en la puerta, suspiró aliviado. Por fin lo rescataba de la tediosa contabilidad. El hombre se acercó sonriente y cerró la puerta tras ella. Depositó la bandeja sobre una mesa rudimentaria y se llevó el vaso de limonada a la boca, apurándolo de un trago.
—Ah. —Syaoran suspiró—. Era justamente lo que necesitaba para combatir mi aburrimiento, una bebida refrescante. —La abrazó—. Y una muchacha hermosa con la que regodearme. —
Sakura se echó a reír, arrimándose a su torso poblado de vello.
—Recuerdo que una vez te interrumpí mientras trabajabas y te enfadaste muchísimo conmigo. ¿Acaso tu trabajo es menos apetecible ahora, o yo lo soy más? —bromeó la joven.
Syaoran la besó en la cabeza y se puso serio.
—Perdóname por aquello, mi amor —se disculpó—. Fui muy cruel ese día. Tu negativa a compartir la cama me hizo demostrar lo tonto que puedo llegar a ser. —
—¿Mi negativa? —protestó Sakura—. Pero Syaoran, jamás hice nada por negarte tus derechos. Fuiste tú el que se negó a dormir conmigo en el Clow tras mi enfermedad y el que me rechazó la primera noche que llegamos a Harthaven. Yo estaba felizmente dispuesta a complacer tus deseos maritales en ambas ocasiones, pero tú decidiste marcharte a tus lechos solitarios. —
—Veo que nuestro matrimonio ha estado lleno de malentendidos —murmuró Syaoran—. Tú tenías la idea equivocada de que debido a nuestro matrimonio y desde la primera noche de verano en la que te tomé, mi deseo por ti había disminuido. Y yo estaba convencido de que no soportabas que te tocara y que lucharías conmigo si trataba de poseerte. Es extraño el modo en que las mentes han jugado en nuestra contra. Debimos hacer caso a nuestros instintos. —Se inclinó para besarle el cuello —. Habríamos podido disfrutar del amor mucho antes. —
Sakura sintió un hormigueo por todo el cuerpo y supo que, mientras su corazón latiera, seguiría estremeciéndose cada vez que su esposo la tocara. Su alma era de él y su cuerpo respondía más a la voluntad de su marido que a la suya propia. Syaoran tenía el poder de hacer que su vida pareciera un sueño maravilloso o, como había ocurrido tiempo atrás, hacer que el infierno, a su lado, pareciera un paraíso terrenal. Era de él sin restricciones.
Syaoran cubrió su cuello de besos hasta llegar al hueco de la garganta, en la que su descenso se vio obstaculizado por una serie de volantes blancos. Entonces sus manos empezaron a juguetear con los botones del vestido mientras susurraba palabras cariñosas al oído de su esposa. Le desabrochó el segundo botón, el tercero... el séptimo... hasta llegar al último. Sin dejar de sonreír, lo abrió, luego le bajó la enagua, dejando sus senos al descubierto y a ella casi sin respiración. Besó su cuerpo suave, ahora desnudo, haciendo que temblara ante la intensidad ardiente de cada beso.
—Puede entrar alguien, Syaoran —susurró Sakura, casi sin aliento.
—Mataré al primero que se atreva a abrir esa puerta —soltó Syaoran sin detener sus caricias.
—Pero ¿y si alguien irrumpe de pronto? —protestó ella débilmente, casi sin poder resistirse.
Las manos expertas se deslizaron hasta la espalda de la muchacha y la atrajeron hacia él hasta que los pezones rozaron su torso desnudo.
—Tendría que haber un cerrojo en la puerta —murmuró Syaoran con voz ronca mientras le besaba la frente—. Y una cama sería de agradecer. Estas sillas son de lo más incómodo. —Exhaló un suspiro y se apartó un poco exasperado—. Muy bien, señora. Me rindo ante sus súplicas. —
Sakura se subió la enagua, todavía angustiada. Intentó abrocharse el vestido, pero sus dedos tropezaron torpemente y decidió aminorar los movimientos para disimular su falta de destreza con los cierres. Ahora Syaoran la observaba desde el escritorio con una mirada intensa pero amorosa. Ella alzó la vista y se encontró con los ojos de ámbar fundido, que consiguieron que se ruborizara y se hiciera un lío con las cintas y botones. Syaoran se echó a reír acercándose a ella y apartando sus manos.
—Mi amor, tientas al más santo —comentó él—, de modo que será mejor que te vistas de nuevo antes de que te haga el amor aquí mismo. —
Al dejar la oficina todavía tenía las mejillas coloradas y, estaba tan despistada, que casi tropieza con Alice, una de las niñas pequeñas de los Flowright, que estaba inspeccionando una seta.
—Oh, señora Lee, mire lo que he encontrado —dijo Alice.
Sakura se agachó junto a ella.
—¿Crees que pertenece a un duende que vive en el bosque? —inquirió con una sonrisa.
La niña alzó la vista con los ojos, muy abiertos y ansiosa.
—¿De verdad lo piensa? Quizá se la olvidó. —
—Es muy posible —respondió Sakura, disfrutando de la agitación de la chiquilla.
—¿Podemos entrar en el bosque para buscarlo? —preguntó Alice.
—Claro. A lo mejor encontramos un corro de hadas —apuntó Sakura.
—¡Oh, sí vamos! —exclamó la niña, tirando de su brazo.
Riendo, Sakura dejó que Alice la guiara hasta el bosque. Este era tan frondoso que solo lo penetraban ocasionales rayos de sol. Pronto llegaron a un claro, en el que un pájaro llamaba a su compañero y una ardilla sentada parecía regañarlas desde la rama de un árbol. Un roble dominaba majestuosamente el lugar y pequeñas flores salvajes cubrían la tierra. Los pinos despedían un perfume tan dulce como las flores de vivos colores.
—Aquí es donde yo viviría si fuese un duende —afirmó Alice, dando vueltas con los brazos extendidos.
Sakura esbozó una sonrisa.
—¿Habías estado aquí antes, Alice? —preguntó.
—Sí, señora. Muchas veces.
—Es un lugar encantado —comentó Sakura—. Me gusta. —
—Oh, señora Lee, sabía que le gustaría —gritó Alice alegremente.
Sakura se echó a reír y apartó el cabello rubio de los ojos de la niña. Luego miró a su alrededor.
—Pero no hay rastro del duende, ¿no? —
La chiquilla frunció el entrecejo.
—No, señora —contestó—. Pero creo que hay uno que me está mirando. Puedo sentirlo —comentó sonriendo de nuevo.
Sakura sonrió, disfrutando tanto como Alice.
—Eso es incluso mejor que encontrar el lugar donde vive ¿no crees? —observó —. No todo el mundo tiene la suerte de que le observe un duende. Quizá tendríamos que hacer ver que no nos hemos dado cuenta.—
Dos hoyuelos se dibujaron en las mejillas de la niña al sonreír, y le brillaron los ojos.
—¿Qué debemos hacer? —
—Cogeremos flores y le haremos creer que no sabemos que está aquí —indicó Sakura—. Quizá entonces aparezca. —
—Oh, sí. Vamos —dijo Alice.
Sakura vio cómo la niña se alejaba, fingiendo más entusiasmo por las flores que por el duende que según ella la vigilaba. Con poco interés en lo invisible, Sakura se dedicó a componer un ramo para la mesa de la señora Flowright. La chiquilla, cansada pronto del duende de las flores, se dedicó a perseguir una mariposa durante un rato, hasta que al final regresó al molino. Entretanto, Sakura siguió recogiendo tantas margaritas y lirios como le fue posible.
Transcurrió bastante tiempo ocupada en la tarea, antes de tener la extraña sensación de que alguien la observaba también a ella. El cabello de la nuca se le erizó al tiempo que un escalofrío le recorría la columna vertebral. Se volvió lentamente para comprobar si sus sospechas eran ciertas, medio esperando encontrarse con el duende imaginario de Alice, pues de una cosa estaba segura: la vigilaban.
Buscó con los ojos en la densidad de los árboles hasta que al final lo vio. No era un duende, sino un hombre montado a caballo, a unos setenta metros de distancia. Su figura era oscura y siniestra, pues a pesar del calor que hacía, una capa negra cubría todo su cuerpo. El cuello alto y rígido de la prenda y un sombrero negro ocultaban su rostro, dejando entrever apenas sus ojos. El extraño empezó a avanzar lentamente, amenazador. Sakura, incapaz de huir, empezó a retroceder con cautela. El hombre animó al caballo a agilizar el paso. Entonces la joven se volvió, gritando presa del pánico, y atravesó el claro corriendo en dirección al camino serpenteante que conducía al molino.
Caballo y jinete ganaron terreno casi alcanzándola. Los golpes de los cascos contra el suelo sonaron como hierro contra metal en sus oídos. Sakura chilló, dejando caer las flores al suelo, esquivando los árboles. Echó una ojeada hacia atrás por encima del hombro para ver la figura espantosa persiguiéndola. De pronto, de algún lugar delante de ella, Sakura oyó la voz de su esposo llamándola a voz en cuello. El hombre se detuvo para escuchar. Sonaron unos azotes y la muchacha huyó en su dirección pronunciando entre sollozos el nombre de Syaoran. El jinete tiró de las riendas para detener al animal, haciendo que se encabritara, dieron media vuelta y se adentraron de nuevo en el bosque. Antes de que desapareciera en la oscuridad, Sakura consiguió echarle un último vistazo a su espalda.
Había algo familiar en él que no podía explicar con palabras.
Syaoran llegó corriendo de entre los árboles. Sakura e echó en sus brazos llorando.
—¡Oh, Syaoran, era horrible! —gritó—. ¡Horrible! —
—¡Cielo santo! ¿Qué ha ocurrido? —inquirió él—. Iba a buscarte para comer y te he oído gritar. —La estrechó entre sus brazos—. Estás temblando—
—Había un hombre... a caballo —dijo ella, ahogándose con el llanto—. Me perseguía. Casi me atrapa. —
Syaoran la apartó de él para mirarle a los ojos.
—¿Quién era? ¿Lo habías visto antes? —quiso saber.
Sakura negó con la cabeza. —No. No —repuso—. Llevaba un sombrero y una capa, y no pude verlo con claridad. Estaba recogiendo flores y sentí que me estaban vigilando. Al verlo, empezó a acercarse y cuando me puse a correr, me persiguió. — Se estremeció—. Parecía un ser diabólico—
Él volvió a abrazarla con fuerza, intentando apaciguar sus temores.
—Ya ha pasado, cielo —murmuró—. Ahora estás a salvo en mis brazos y no dejaré que nadie te haga daño. —
—Pero ¿quién puede haber sido, Syaoran? —preguntó Sakura—. ¿Qué hacía aquí? —
—No tengo ni idea, mi amor —respondió—, pero todavía no han cogido al asesino de Sybil. Será mejor que no pasees sola. Debemos avisar a los Flowright también. Si el hombre vuelve, no me gustaría que se encontrara con la mujer o las niñas en su camino. Voy a poner a varios vigilantes. Eso lo mantendrá alejado. —
—Me ha hecho tirar las flores —dijo llorando al darse cuenta—. Cogí un ramillete para la mesa de Elda, pero me asusté tanto que las dejé caer. —
Syaoran esbozó una tierna sonrisa.
—Está bien, cielo. Volveremos a recogerlas. —Le secó las lágrimas con el dobladillo de su vestido—. Ahora deja ya de llorar antes de que tu nariz se ponga colorada. —La besó—. Ya no estás asustada, ¿verdad? —
Sakura se apoyó en él. —Contigo aquí, no. —
Los temores de Sakura volvieron a aparecer al llegar a Harthaven. Joseph les anunció que la señorita Meiling Wells les esperaba en el salón. La joven miró a su marido y comprobó que estaba nervioso y preocupado. Entró en el salón con el bebé en brazos detrás de él.
Meiling, atractiva, estaba sentada en el sillón favorito de Syaoran, vestida con un hermoso traje de muselina. Se había servido un poco del whisky de Eriol con un chorrito de menta. Sonrió a Syaoran por encima del vaso, luego apoyó la cabeza en el sillón.
—Tienes buen aspecto —dijo con voz perezosa—. Pero claro, querido, siempre lo tienes. —Lo devoró con los ojos antes de dirigirse a Sakura—. Pobre querida, debes encontrar espantoso el calor de las Carolinas viniendo de Inglaterra. La pequeña flor parece un poco marchitada. —
Sakura se sentó en una silla con afectación y se atusó nerviosamente el cabello. Syaoran, imperturbable, se dirigió al bar para servirse un trago.
—¿A qué debemos este inesperado... placer, Meiling? —inquirió con sarcasmo. Se colocó detrás de Sakura con la bebida—. No te habíamos visto desde que viniste a anunciarnos la muerte de Sybil, y me pregunto de qué nos vas a informar ahora. Espero que no sea de otro asesinato. —
Meiling se echó a reír con calma.
—Claro que no, querido —contestó—. He ido a visitar a mi tía a Wilmington acabo de regresar. Quería presentaros mis respetos a todos. Estoy decepcionada de que no me hayáis echado de menos. —Dejó escapar un suspiro y se levantó—. Pero me temo que no habéis tenido mucho tiempo para vosotros. —Echó una ojeada a Sakura con los párpados entornados y le entregó un paquete envuelto—. Esto es para Alger, querida, una pequeña cosa que compré en Wilmington. No... —Sonrió con suficiencia—. No le había prestado mucha atención antes—
Sakura bajó la mirada dándole las gracias, pero le resultó imposible hablar. Su confianza estaba tambaleándose. El susto que se había llevado durante la tarde había crispado sus nervios y ahora, frente a Meiling, estaba tensa e insegura. Desenvolvió el regalo. Era una taza de plata con un grabado que rezaba «Alger» y el año, «1800».
—Gracias, Meiling —dijo suavemente—. Es encantador. —
Meiling notó el estado de su adversaria y aprovechó la ocasión.
—No me hubiera sentido bien si no le hubiese regalado algo al hijo de Syaoran—
—Echó un vistazo al bebé, que reposaba en los brazos de su madre, y prosiguió—. Después de todo, con lo unidos que estamos... que estábamos. —Sonrió—. Hubiera sido de muy mal gusto ignorar a su hijo.. ¿No estás contenta, Sakura, de que se parezca tanto a su padre? Quiero decir... hubiese sido una lástima que se pareciera a ti, aunque era lo que yo estaba esperando. Sabía que la pequeña sería la viva imagen de su madre. Quizá porque es también como un bebé. —
Sakura no supo qué decir. Era muy duro tener que permanecer sentada mientras la mujer intentaba contrariarla. Pero Syaoran no fue tan cortés.
—¿Qué demonios quieres, Meiling? —preguntó, enojado.
La mujer hizo caso omiso de él y se inclinó sobre Alger, exhibiendo cada centímetro de su abundante busto. Le hizo cosquillas en la barbilla, pero el niño no tenía humor para jugar con extraños al minuto de despertar, así que empezó a llorar tirando del cuello del vestido de su madre.
Meiling se irguió lanzando una mirada colérica a Sakura, que trataba de sosegar al bebé. Syaoran esbozó una sonrisa al observar a la mujer por encima del vaso. Como no había forma de calmar a Alger, Sakura tuvo que desabrocharse el vestido, no sin antes lanzar a Meiling una mirada de odio, y darle el pecho al niño. El bebé se tranquilizó en el acto sin dejar de observar a Meiling con recelo. Syaoran soltó una carcajada y dio un cachete en el trasero de su hijo antes de sentarse junto a su esposa.
Sakura desvió su atención del bebé un segundo y descubrió una expresión en el rostro de la invitada. Fue tan breve, que por un momento creyó que tal vez se la había imaginado. ¿Podía ser que por fin la mujer se hubiera dado cuenta de lo que significaba ser la madre del hijo de Syaoran? Era un vínculo muy difícil de romper, Syaoran amaba a su hijo. Era evidente. No iba a cambiar a la madre tan fácilmente. —
Meiling sintió que estaba perdiendo terreno y trató de recuperarlo, pero se equivocó.
—Creo que es adorable el modo en que te ocupas de amamantar a tu hijo, Sakura, en lugar de contratar a una nodriza —comentó—. Muchas mujeres lo harían, ¿sabes? Pero ya veo que tú eres de las que disfrutan haciendo cosas como esta. Por supuesto, le exige mucho a una mujer. Yo creo que no podría atarme tanto. —
—No, imagino que no podrías —intervino Syaoran—. Por eso nunca nos hemos llevado bien, Meiling—
Meiling retrocedió un paso, como si la hubieran golpeado, e intentó rectificar sus palabras.
—Lo que quiero decir... es que no podría dedicar toda mi atención al bebé y no hacer caso a mi marido —apuntó.
—¿Crees que ella hace caso omiso de mí, Meiling? —Inquirió él con sarcasmo—. Porque si es así, permíteme que te corrija. Sakura posee la maravillosa habilidad de hacer que tanto su hijo como su esposo se sientan amados por igual. —
Meiling dio media vuelta en dirección a su sillón, pero no se sentó, y le dijo a Syaoran por encima del hombro:
—He venido a hablar de negocios. Puede que estés interesado en comprar mis tierras. Pensé que debía venir aquí primero para ver qué precio estabas dispuesto a ofrecerme por ellas. —
—Ah, ya veo —observó Syaoran.
—Bueno, hubiera sido muy indecoroso por mi parte vendérselas a otra persona sabiendo que tú estabas interesado. Llevas mucho tiempo intentando comprármelas.
—Sí —dijo Syaoran sin atisbo de ansiedad.
—¡Maldita sea, si no estás interesado se las venderé a una persona que lo esté! — exclamó Meiling, furiosa, volviéndose.
—¿A quién? —inquirió Meiling con expresión de mofa.
—Bueno, hay... hay mucha gente esperando a comprarlas. Podría venderlas en un momento —contestó Meiling, no muy segura.
—Meiling... —Syaoran suspiró—. Basta de farsas. Soy el único interesado en comprarte las tierras. Quizá a un granjero pobre le gustaría tenerlas, pero creo que no podría permitirse el precio. —
—¡Eso no es cierto! —declaró Meiling—. ¡Podría vendérselas a cualquiera! —
—Tranquilízate, Meiling —le aconsejó Syaoran—. Sé perfectamente lo que intentas hacer, pero no funcionará. Ahora expondré dos razones por las que soy el único interesado. A nadie que tenga dinero le sirven tus insignificantes hectáreas. Nuestras plantaciones están casi abandonadas y nadie va a venir hasta aquí para preocuparse de tu pequeño pedazo de tierra, especialmente cuando no tienes intención de vender Oakland. Soy el único que puede permitirse el lujo de ser un poco generoso. Pero no me vengas con tus estratagemas esperando que me entre el pánico y doble la oferta. No soy tan estúpido. Discutiremos los detalles dentro de un rato. Ahora voy a sentarme aquí, voy a relajarme y a acabar mi copa. —
—Syaoran, te estás burlando de mí —Meiling rió—. ¿Por qué te divierte tanto fastidiarme? Siempre que he anunciado que vendería mis tierras has estado interesado en comprármelas. —
—Yo negocio, Meiling, nunca me burlo —comentó secamente.
Cuando Meiling se marchó al estudio dejando tras de sí un fuerte olor a perfume, Syaoran se inclinó para besar a su esposa, deleitándose con su fragancia suave y delicada.
—Intentaré no demorarme mucho, mi amor —le prometió—. Si deseas acostarte cuando termines con Alger, me inventaré cualquier excusa con Meiling una vez hayamos llegado a un acuerdo y la mandaré derecha a su casa. —
—Hazlo, te lo ruego —murmuró Sakura—. Me temo que todavía no me he recuperado de lo de esta tarde. Preferiría no tenerla que ver de nuevo esta noche. — Se mordió el labio inferior—. Oh, Syaoran, está tan decidida a que tú y yo nos separemos. La odio. —Miró a Alger, que sobaba su pecho con la manita y rio un poco histérica—. Lo que necesito es un buen chapuzón en la bañera para olvidarla. —
Syaoran soltó una carcajada.
—Ahora les digo a los chicos que calienten un poco de agua. ¿Algo más, cielo? —Sí —repuso ella, suavemente—. Bésame para que sepa que esa mujer no tiene ninguna oportunidad contigo. —
Él sonrió y la satisfizo disipando sus dudas.
Ahora la tierra era suya, meditó Syaoran mientras subía las escaleras.
Estaba infinitamente contento con haberle ahorrado el regateo a Sakura. Suspiró. Una cosa que debía reconocer a Meiling era su valor y su descaro.
Había empezado las negociaciones con la propuesta indecente de restablecer sus relaciones, aproximándose a él de forma ordinaria e indigna. Y a él no le había despertado otro sentimiento más que el de asco.
Al final, le había ofrecido la tierra a un precio desorbitante y, tras una fuerte discusión, habían llegado a un acuerdo razonable. Le había suplicado sin asomo de orgullo, amenazándolo con no vender, haciéndole proposiciones como una vulgar prostituta. La reunión le había hecho sentir sucio, por decir algo suave, y le había hecho pensar en lo bajo que era capaz de llegar en su búsqueda de fortuna. Todo el mundo sabía que sus finanzas no andaban bien y que necesitaba dinero, pero Sakura había estado en peores apuros y no había sucumbido a vender su cuerpo o a suplicar abiertamente su sustento.
Sakura... su amada. Solo con pensar en ella se dulcificaba el amargo estado de ánimo en el que Meiling lo había dejado. Recordaba cuando ella se había apoyado contra él medio desnuda en el molino y cómo se le había acelerado a él el pulso. Tendría que poner cerrojos en el interior de esas puertas para que la próxima vez no se pusiera tan nerviosa. Rió para sí.
Cuando estaba a su lado, era peor que un animal en celo. Siempre pensaba en rodearla con sus brazos, en su cuerpo cálido y suave arqueándose, en sus encantadoras piernas abrazándolo. La sangre empezó a bullir en sus venas a medida que sus pensamientos pasaban veloces por su cabeza y se detenían en un día no muy lejano, en el que habían salido a montar a caballo y él la había convencido de bañarse en el arroyo. Se había mostrado muy tímida a la hora de desnudarse a plena luz del día, temiendo que pudiera venir alguien. Pero tras asegurarle que era un lugar escondido, señalando los árboles y arbustos, incluso había admitido que podría ser divertido. Al observarla tranquilamente mientras se desvestía, desnudo como estaba, su deseo por ella había quedado patente. Al verlo, Sakura había comprendido cómo iba a acabar el baño y juguetonamente, lo había esquivado lanzándose al agua. Al emerger, había nadado jadeando por el frío, hasta tomar cierta distancia. Pero él se había echado a reír ante sus esfuerzos y la había alcanzado con facilidad. Había buceado, tirado de su tobillo y abrazado bajo el agua. Sonrió al recordarlo. Había sido un día de lo más placentero.
Abrió la puerta del dormitorio y se detuvo para contemplar la escena. Sakura estaba en la bañera, tan hermosa como cuando la había conocido en Londres. Dulce, deseable, irresistiblemente bella, la luz de las velas resplandecía sobre su piel húmeda y su cabello recogido, algunos de cuyos caireles caían sobre su espalda. Ella le sonrió. Syaoran cerró la puerta y se acercó.
—Buenas noches, cielo —murmuró.
Sakura pasó uno de sus dedos mojados por la boca de su esposo.
—Buenas noches, milord —respondió ella con dulzura mientras deslizaba la mano por el cuello de Syaoran y este la atraía hacia él.
AVANCES PRÓXIMO CAPÍTULO
Sakura estaba aterrada.
Nunca antes había estado tan asustada. Ahora tenía un esposo y un hijo a los que amaba y no soportaría que la separaran de ellos.
Si la acusaban de asesinato se los arrebatarían sin piedad y ella se pudriría en la cárcel. Importaba muy poco que William la hubiera atacado primero. No la creerían, no si el señor Thomas Hint afirmaba que se había ido con William Court voluntariamente.
Y Thomas Hint le haría tanto daño a Syaoran . Oh, Señor, apiádate de mí, suplicó.
REVIEWS PORFAVOR! ES LO QUE ME ANIMA A SEGUIR LA HISTORIA.!
