¡Reedición! Este capítulo ha pasado por la temible etapa de la reedición. Arreglados ciertos detalles, el contenido en si ha sido cambiando en gran parte, ciertos detallitos agregados y escenas borradas.
Disclaimer: Harry Potter pertenece a J.K. Rowling y quien haya pagado los derechos por él. Esta historia se hace sin fines de lucro.
Capítulo 18:
Maia Isadora Malfoy
Hermione llevaba una semana en cama, pero su condición no parecía mejorar en lo absoluto. Madam Pomfrey había trabajado con el resto del profesorado de Hogwarts para descubrir la causa de tan repentina pérdida de la conciencia, pero nada se pudo lograr. Tanto ella como Malfoy seguían sin responder ni despertar. Mirado desde cierta perspectiva, la situación no era mala en absoluto, ambos estudiantes se encontraban en perfectas condiciones, pero no despertaban. Sin embargo, era esto último lo que estaba mal.
Harry y Ron habían pasado todos los días junto a la cama de Hermione, velando por su amiga, hablándole a ratos e interrogando a Madam Pomfrey sobre su estado, en el caso de Harry, varias veces durante la misma visita. Al igual que en segundo año, cuando Hermione fue petrificada por el Basilisco, no podían hacer nada por ella salvo esperar, situación que tenía a Harry Potter malhumorado y saltón. Cada segundo libre que había tenido aquellos días, lo había pasado junto a su novia, haciéndole cariño, tomándole una mano y más que nada preguntándose por qué en su vida el amor no podía ser una constante. De más estaba decir que este patético estado anímico tenía a otros miembros de Gryffindor preocupados por él.
-Harry, tenemos clases –dijo Ron poniéndole una mano en el hombro.
-Lo sé, pero no quiero ir –murmuró Harry que en esos momentos se dedicaba a la contemplación de Hermione, cuyo pecho subía y bajaba rítmicamente.
-Vamos, si llega a despertar Madam Pomfrey nos va a avisar y no puedes quedarte aquí todo el día, vas a terminar deprimido amigo.
Ron hacía lo mejor que podía, animando a Harry, acompañándolo horas de horas en la enfermería y aguantándose un humor que estaba llegando a ser peor que el que su amigo tuviera el año pasado, y eso era decir mucho.
Harry por su parte se sentía la víctima de la situación y aunque cierta parte de su cerebro le decía que ése no era el caso, el sentimiento iba tan acorde con su humor que no hacía mucho por rechazarlo. No era su culpa que las clases se sintieran inútiles y que él estuviera más torpe que Neville en Pociones. Después de todo, era humano y tenía sus límites, o eso era lo que él se decía cada vez que se enfrentaba a una tarea mal hecha o iba desmotivado a las prácticas de Quidditch.
Perder a Hermione luego de perder a Sirius, era un pensamiento trágico y por más que intentara alejarlo de su cabeza, volvía cada vez con más fuerza. Sabía que debía dejar de pensar en ello, distraerse, salir de la enfermería y quizás prestarle un poco de atención a su vida. Hermione no estaba muerta, Madam Pomfrey le repetía constantemente que simplemente no podían despertarla y que la situación no se parecía en absoluto a eso del coma que él le había estado explicando en una de sus numerosas visitas.
-¡Por última vez, señor Potter, vaya a clases! –dijo la enfermera al notar que su visitante frecuente estaba sentado en su enfermería en vez de estar en clases-. La señorita Granger no ha despertado y usted ya me tiene cansada. No quiero verlo más en mi enfermería hasta que madure un poco y comprenda que la vida sigue.
Harry Potter salió de la enfermería furioso y sin prestarle atención a Ron que caminaba varios metros detrás de él. ¡Qué sabía esa enfermera! Era su vida, él podía hacer con ella lo que se le venía en gana.
Botánica no fue una clase fácil, pero la profesora Sprout era compasiva y Harry consiguió sobrevivir. Lo mismo no se podía decir, sin embargo, de Transformaciones. La profesora McGonagall no esperaba nada menos que la perfección o el máximo esfuerzo de sus alumnos y ni el mismísimo Harry Potter podía escaparse de su severidad.
-¡Potter, qué se supone que está haciendo! –ladró al ver que era el único sin poder lograr una transformación que debía saber del año pasado.
-Transformando este tenedor en una cuchara.
-¿Y ves algún tipo de cambio en tu tenedor? Potter, estas simples transformaciones deberías ser capaz de dominarlas con los ojos cerrados. La clase de hoy era una práctica para el próximo tema que veremos, pero tu dejadez deja mucho que desear.
Enrojeciendo de vergüenza, Harry intentó una vez más transformar su tenedor en cuchara, pero los resultados no fueron lo que la profesora esperaba.
-Un ensayo, Potter, para la próxima clase sobre los correctos pasos para este tipo de transformación, cómo los distintos metales influyen en las propiedades de la magia y la importancia de la concentración.
Harry, rojo de vergüenza y rabia, abrió la boca para alegar su caso, pero una severa mirada de la profesora McGonagall lo congeló en su sitio.
-Así me gusta, Potter, no te busques problemas innecesarios.
Para la hora de almuerzo, Harry había pasado el límite de la furia y comía en silencio, ajeno al resto del mundo. Ron y Ginny habían decidido después de varios intentos por sacarle algunas palabras dejarlo tranquilo y ambos conversaban muy animados.
-¿A dónde vas? –preguntó Ron.
-Voy a ver a Hermione –respondió Harry-. No tengo hambre, así que no voy a almorzar –gruñó de mal humor.
Ron dejó a su mejor amigo seguir su camino sin decir nada al respecto de la prohibición que la enfermera le había puesto esa mañana, Harry sabría arreglárselas solos y él necesitaba pasar tiempo fuera de esa enfermería. Ginny miró al pelinegro irse a grandes zancadas con los ojos tristes. Le dolía ver a Harry en tal estado, así como le dolía aceptar el hecho de que él y Hermione hacían una buena pareja. Sinceramente no se había puesto en el caso de qué tendría que hacer si Harry encontraba novia hasta ese año, ya que el héroe del mundo mágico podía enfrentarse al mismo Innombrable, pero era un caso perdido con las mujeres.
-¿Va a estar bien? –le preguntó a Ron, sin necesitar oír la respuesta.
Quizás era hora de seguir el consejo que Hermione le diera el año pasado después de toda la situación con Cho Chang y buscarse otro chico con el cual poder olvidar a Harry. Tenía que dejarlo ir.
Harry siguió solo su camino. La verdad es que tenía hambre y su estómago rogaba por comida, pero su preocupación por Hermione era mucho mayor. Sabiendo que iba en contra de las reglas, al estar cerca de la enfermería sacó la capa de invisibilidad de su mochila y entró a la enfermería para continuar su auto-impuesta tarea de no abandonar a Hermione para encontrarse con una inquietante escena.
-¿No despiertan?
Una mujer que Harry tuvo problemas identificando, arreglaba las almohadas de una y otra cama. Se giraba, miraba con cariño a los dos enfermos y si su percepción no estaba equivocada, se veía aterrada e impotente.
Tenía la impresión de conocerla, pero al estar ésta dándole siempre la espalda, no podía estar seguro, por mucho que su cabeza le gritaba que la conocía.
-No hemos podido identificar qué provoco que perdieran la conciencia, pero ya llevan varios días así. Draco fue el primero en caer y temo que Hermione lo siguió unas horas después.
-¿Cómo fue?
-Debo decir que todo comenzó con lo que creímos era un trágico accidente de Quidditch. No hay mucho más que pueda decirle, Narcissa, no tienen absolutamente nada de malo, pero no logramos que despierten.
-¿Por qué no se me informó de esto antes, Albus? ¿Debo creer que estaba intentando esconder esto de mi conocimiento? –la voz de la mujer era fría y sus ojos brillaban de resentimiento.
-Las políticas de nuestro colegio no permiten que los padres no conozcan el estado de salud de sus hijos. Siempre avisamos, pero queríamos asegurarnos de que no se tratara de una falsa alarma.
-Si este es un intento tuyo para alejar a mí hija de nuestra familia por segunda vez, Albus…
Los ojos de Harry se abrieron desmesuradamente, su corazón comenzó a latir con rapidez y tuvo que llevarse un puño a la boca para no gritar. Muchas piezas habían caído en su lugar, pero no era posible lo que estaba escuchando. Como se llamase Malfoy, aquella fría mujer con expresión de asco que había conocido en el Mundial de Quidditch, estaba en la enfermería de Hogwarts y lo peor es que por sus palabras no estaba ahí sólo para ver a Malfoy hijo.
El cerebro de Harry comenzó a hacer una rápida revisión de lo que había pasado desde el cambio de Hermione, y aunque no encontraba muchos indicios que lo llevaran a la conclusión que la mujer ahí presente indicaba, quizás…
-¿Por qué querría yo apartarte de tu hija, Narcissa?
Por todo lo que era sagrado. Hermione era una ¿¡Malfoy!?
-¿Por qué querrías? ¡Eso me gustaría saber a mí! –la controlada, pero gélida mujer Malfoy perdía la compostura-. Una vez no debe haber sido suficiente. Después de ocho años no la volveremos a perder, su lugar está con nuestra familia, ahí es donde le corresponde estar. ¡Con los suyos!
-Narcissa, deberé pedirte que te calmes. Esto es una enfermería.
-No me pidas que me calme, Dumbledore. No será posible mientras mis hijos no despierten. Además, somos los únicos aquí, mi tono de voz no altera a ningún enfermo.
-Aún así, te pido un poco de control.
Aunque encontrara que simpatizar con un Malfoy era merecedor de al menos dos o tres malintencionadas maldiciones de parte de Fred y George, Harry debía reconocer que aquella mujer tenía motivos de sobra para estar alterada. Si lo que oía era verdad y Dumbledore venía recién a decirle que su hijo (no estaba listo para admitir nada sobre Hermione) llevaba toda una semana sin despertar, bueno él también perdería la calma. Después de todo, Albus Dumbledore era el tipo de persona que hacía cosas así.
-Asumo que nadie fuera de este castillo está al tanto de la situación.
-Lo hemos tratado con la mayor discreción posible.
-Muy bien, muy bien. Prefiero mantener la vida privada de mi familia fuera del oído público.
-Respecto a eso, Narcissa, debo estar de acuerdo contigo. Es por eso que no hemos pensado en mover a los chicos de la enfermería de Hogwarts. Aún no es tiempo para revelar ciertas verdades.
A pesar de que Dumbledore le estaba dando la espalda, Harry podía estar seguro de que cierta parte del discurso iba hacia él.
-¿Magia negra, una maldición o alguna poción? ¿Qué puede ser esta vez? Espero que hayan hecho todas las pruebas en su poder, que la seguridad alrededor de mis hijos haya sido máxima. No quiero seguir viendo esto, Dumbledore, no soportaré que la historia se repita dos veces, esa vez nos tomaron por sorpresa y no pude hacer nada al respecto, pero son mis hijos y por ellos estoy dispuesta a hacerlo todo.
-Narcissa…
-Juro que me vengaré del que haya hecho esto. Por mí nombre, no dejaré que el maldito responsable de esto siga su vida. Lo mataré a él y a toda su familia.
El cerebro de Harry estaba saturado de información y a pesar de que no se perdería una sola palabra de lo que se estaba diciendo, no quería seguir escuchando. Era mucho e incomprensible. El cambio de Hermione, la visita de Lucius Malfoy, el secreto de su mejor amiga, lo que pasó en el partido de Quidditch, la guardia o acoso del que Ron se quejaba cada vez que veía a un Slytherin cerca de ella, las miradas, cada vez que lo evitaba, todo.
-Esas son palabras muy fuertes para ser dichas en esta ocasión. Estoy seguro de que ambos se recuperaran y que no tendremos nada que lamentar.
-Al contrario, director, son las palabras indicadas para decir en este momento. Y por su bien, yo también rezaría porque ambos despierten sin la menor secuela.
Harry vio como la madre de Malfoy miraba desafiante al director, que no se veía tan tranquilo y feliz como solía estarlo en toda ocasión. Podía decir que la tensión era sofocante y que la necesidad de gritar y pedir una explicación estaba quemándolo por dentro, aún así eran la confusión y el aturdimiento las emociones líderes. ¿Cómo creer algo por el estilo? Tenía que tratarse de una horrible pesadilla.
No se sentía muy bien. El mareo y la fuerza que estaba haciendo para que ningún ruido saliera de su boca, con puño incluido, no lo dejaban respirar bien, o simplemente se le había olvidado seguir con una función tan vital de su cuerpo.
Harry jamás hubiera puesto sus manos al fuego apostando que un miembro de la familia Malfoy tuviera otro sentimiento que no fuera el racismo. Jamás. Pero como la vieja señora Figg decía "ver para creer". Una mujer que no hubiera creído estar hecha de otra cosa que del más frío hielo, demostraba una nueva gama de sentimientos, aunque todos ellos vinieran en forma de amenazas.
Harry se sentía egoísta, pero quería que aquella mujer fuera como su imaginación la había retratado. Que no viera a sus hijos comos seres queridos por los que haría lo que fuera, sino que fueran para ella una obligación, la única manera de continuar con el legado oscuro de la familia. Una obligación más, casi reproducción.
Se sentía incapaz de quedarse por más tiempo bajo la capa invisible. Muchas preguntas plagaban su mente y resulta que quien podía respondérselas estaba ahí, con él, a pesar de que no sabía de su presencia. Sabía que no podría seguir adelante sin saber toda la verdad, pero su nuevo dilema era si no se arrepentiría luego de ese conocimiento. Su curiosidad lo había llevado muchas veces al borde de la muerte. Siempre debía saberlo todo, entrometerse donde nadie lo llamaba y de esa forma, no había vivido como el niño que se suponía que era. Sin entenderlo, se había adjudicado en sus hombros el peso de salvar a la comunidad mágica, pero ahora que una de las personas más queridas y cercanas a él necesitaba ser salvada, no podía decidirse a interferir o no.
Llegó a la Torre de Gryffindor con la respiración entrecortada y tuvo que dar la contraseña dos veces al no poder pronunciarla bien debido al cansancio. Consumido por la impaciencia, Harry no se molestó en caminar hacia la Torre, simplemente corrió. Quedaban diez minutos del almuerzo, luego tendría que irse a clase y por su apellido que no podría soportar la cantidad de dudas y pasajes oscuros de su mente si no obtenía algo de información ahora.
-¿Harry, venías corriendo? –la voz de Ginny le llegó desde su izquierda.
-Um, sí. Escapaba de Peeves –mintió evitando mirarla a los ojos y dejando sus cosas sobre una mesa de trabajo cercana.
-He oído que está especialmente molesto estos días. Tiene que ser por la Navidad, siempre se aburre cuando no tiene a quien molestar. Luna se topó con él hace dos días, iba leyendo "El Quisquilloso" y por eso no lo vio. Me la encontré en ese mismo pasillo con ella, olía a pescado y estaba rodeada de cabezas que debían estar podridas.
-Pobre Luna –dijo Harry imaginándose a su amiga en esa posición. A pesar de que eso le solía suceder, Luna nunca se quejaba. Se encogía de hombros y seguía su camino.
-Ya sabes como es Luna, estaba más preocupada por su revista que ella misma. Dijo que eran ejemplares antiguos y valiosos. Algo sobre esas extrañas criaturas en las que ella cree y después se quedó hablando sobre cómo dentro de poco todos querrían leer la información que ella tenía. No pude quedarme mucho más, tenía con Slughorn y a pesar de que soy parte de su club, no me libré de que me quitara puntos por llegar tarde.
-¿Dónde está Ron?
-Fue a buscarte, creí que te habías encontrado con él en el camino.
-Oye, Ginny, ¿me haces un favor? Hermione tiene unos apuntes que necesito, pero no sabría decirte dónde. ¿Me puedes traer su mochila para ver si están ahí?
Se sentía mal por mentirle a Ginny, pero todo esto lo dejaba en un rincón alejado de su mente y su conciencia la calmaba diciéndose a sí mismo que lo hacía por el bien de Ginny. No podía explicar todo lo que sabía sin estar mejor informado. Después de haber aguantado tanto, decirlo en voz alta de seguro lo quebraba. No quería pensar en los "y" u "o" de la situación, empezaba a experimentar lo que él se imaginaba había sentido Hermione todo este tiempo y aquello lo hacía sentirse aún peor.
Sin sospechar nada, Ginny subió por la escalera que llevaba a los dormitorios de las mujeres y volvió a bajar con la mochila de Hemione en un hombro y una cantidad considerable de pergaminos en la otra.
-Aquí está todo lo que pude encontrar al alcance de mi mano –dijo satisfecha-. ¿Qué es lo que estás buscando?
Harry no se molestó en responder. Ginny se había puesto a revisar el montón de pergaminos y parecía haber encontrado algo valioso pues estaba escaneando un ensayo con una sonrisa complacida.
-¿Tú crees que Hermione se enojaría conmigo si tomo prestado este ensayo? Resulta convenientemente útil para un trabajo que tengo y no quiero darme el trabajo de hacer.
-Supongo que si no lo sabe, no tiene por que enojarse –razonó Harry, buscando algo de consuelo en sus propias palabras.
La mochila de Hermione obviamente no podía ser una mochila común y corriente: su interior estaba extrañamente organizado por tamaño y las puntas de sus pergaminos no estaban dobladas, como solían estar las suyas. Buscó con cuidado, sin querer revolver nada. Recordaba que Ron había metido la carta ahí el día que la encontraron inconsciente en la enfermería. No estaba seguro si podía tratarse de una pista, pero ahora todo le parecía sospechoso.
-¿Encontraste lo que necesitabas? Tenemos que irnos a clases y tengo que llevar la mochila de Hermione a su dormitorio.
-Ten –dijo Harry sacando la carta del bolsillo delantero y dándole la mochila-. Gracias por la ayuda, Gin.
-No hay de qué, Harry –respondió la pelirroja sonriéndole con dulzura y subiendo las escaleras que llevaban a las piezas de las mujeres.
Su próxima parada fue Adivinación. Las escaleras que llevaban hasta el séptimo piso de la Torre Norte siempre poco amigables, no hicieron una excepción. Llegó tan cansado como le ocurría cada vez que subía y pudo entrar a la sala antes de que la profesora Trelanwey cerrara la puerta trampa.
Se sentó junto a Ron, cerca de la ventana y lo más alejado que podía de la chimenea que la excéntrica profesora mantenía prendida toda estación del año para sofocar a sus propios alumnos.
-¿Dónde estabas? –preguntó Ron escondiendo la cabeza tras su libro, fingiendo que leía.
-En la enfermería, pero no podemos hablar de eso ahora.
-Te traje algo para comer –Ron le pasó un sándwich envuelto en una servilleta-, supuse que luego sí te daría hambre.
Tuvieron que callarse para escuchar una letanía de basura sobre la predestinación del hombre y cómo el uso de los números podía ser usado a favor o perjuicio del mago. Con sus grandes ojos y cantidad de chales colgándole del cuerpo, la profesora Trelanwey parecía estar hablando de algo verdaderamente importante y tenía la atención de más de la mitad de la clase, lo que a ojos de Harry era toda una hazaña.
Aprovechando de que Ron empezaba a dormirse, Harry sacó la carta que Hermione había recibido, pero no abierto y pidió perdón por la indiscreción que estaba a punto de cometer. Si la carta confirmaba la horrible verdad, esa misma noche se lo contaría todo a Ron, en el caso contrario, tendría que contárselo y juntos seguir investigando.
Hermione:
Me alegró haber recibido tu carta y que pensaras en nosotros para resolver tus dudas.
No te equivocaste, aquél recorte te lo envié para que tuvieras una ligera idea de tu historia y pasado. No son temas que podamos tocar por escrito, pues me temo que una historia como la nuestra sólo puede ser contada en una entrevista formal. Me hubiera gustado que tu hermano fuera el que tomara la iniciativa y te hablara, pero esto no ha sido fácil para ninguno.
Iré dentro de estos días a Hogwarts para que podamos conversar las dos solas y puedas resolver todas tus dudas.
Narcissa Malfoy.
Luego de leer la carta y creyendo que ya nada podía sorprenderlo, el tren de pensamiento de Harry giraba en torno a su primera teoría. ¡Debía tratarse de un truco! Nada más hacía sentido y todo su ser se sentía mucho mejor con aquella idea. Si Hermione no había confiado tal noticia en nadie, quizás estaba bajo chantaje o intentaba proteger a alguien… él.
Continuará
Por Ar-Nárwen.
¿Qué puedo decir? Así me gusta mucho más.
