Los personajes de CC no me perteneces a mí - etc. etc…

Dedicado a Mónica– cariño sé que no necesito decir nada más…

Reika – Thank you for the effort that you take in translating and reading each chapter…

Y especialmente a Chiquita BA Andrew (¿? -¡!) como siempre… gracias por todas tus desveladas…

Capítulo 20 – Cenizas

15 Junio, 1915 – Nápoles, Italia.

Confinado a un mundo de oscuridad, mudo y solo, el que alguna vez fue un joven fuerte, sano y apuesto se esforzaba por aferrarse a la vida con cada aliento, desesperado por no poder terminar la única misión que le había importado en su corta vida. Sabía que cada noche la muerte susurraba canciones de cuna en su oído, dando un par de palmadas a su hombro con manos macabras, mas él estoicamente se negaba a prestar atención a su llamada seductiva.

Maldito destino…

En las horas interminables de su penumbra, él poseía nada más que tiempo; tiempo para examinar una vida en la que fue generalmente un ser inútil y engreído, llegando a la conclusión que fue condenado a sufrir por la sangre maldita que corría por sus venas. Era un maldito, tal como su padre; maldito por un nombre y un destino que a muchos parecía un privilegio pero en realidad no era nada más que una condena indefinida a un infierno de riqueza y poder vacío de significado o valor.

Incapaz de moverse o emitir un sonido, Jonathan solo podía recordar una y otra vez cómo durante toda su vida sintió esa maldición viva en él, alimentada con cada aliento y cada paso que tomó. Todos los placeres de la carne jamás lograron disminuir el vacío enorme que era su vida.

Bebió hasta que el vino se convirtió en vinagre, imitando la amargura ya existente en su paladar. Acudió a los mejores salones de sociedad y besó mil labios tratando de sofocar esa angustia latente en su ser con lujuria, mas cada aliento le parecía rancio. Comió en banquetes dignos de una orgia Romana, y sin embargo con el tiempo cada bocado suculento se hizo cenizas en su boca. Viajo a cada rincón del mundo, siempre buscando satisfacción a una necesidad que no podía palpar ni ser saciada. No sabía exactamente de dónde provenía esa hambre... hasta que decidió, en contra de su buen juicio, volver al lugar donde sus pesadillas comenzaron: su casa ancestral de castillo Floors en Kelso.

Fue ahí que lo que pensó era un mal sueño se convirtió en una pesadilla. Su madre, esa mujer que tanto amaba y que siempre trato de proteger de la furia de su padre, no fue la mujer que le dio vida. Esa desdicha le pertenecía a una mujer a quien él desconocía y cuya existencia explicaba tantas discrepancias...

Esa mujer extraña era la pieza ausente en el perplejo rompecabezas que había sido su vida.

Siempre se había esforzado por entender el desdén obvio de su padre por él, pero ahora sabía con certeza que su nacimiento no había sido nada más que un método inescrupuloso de obtener un fin deseado. Fue concebido para que un legado que había perdurado durante siglos pudiera seguir impasible e ininterrumpido, haciendo que el rechazo de su padre desde su nacimiento tuviera más sentido.

En lo que tendría que ser la vida pulcra y perfecta de James Innes-Kerr, Jonathan representaba una grieta en una armadura por otra parte sin defecto. Él era el producto de una aventura ilícita entre su padre y la prometida virginal de su tío Stirling Douglas-Hamilton.

Recordó cómo se escabullo en el estudio del castillo para abrir la caja fuerte, buscando un anillo o pulsera de oro para venderse en la ciudad ya que tenía que tener dinero en efectivo para resolver algunas deudas de juego sin el conocimiento de su padre y recibir una paliza por ello.

Buscando alguna pequeña joya discreta, encontró un montón de cartas envueltas en un pañuelo de seda y atada juntas con esmero, cuidadosamente escondidas bajo toda la joyería. Creyendo que finalmente su pobre madre había encontrado un atisbo de felicidad en los brazos de un amante clandestino, un curioso Jonathan deshizo la cuerda roja que las ataba, temblando de incredulidad después de leer los primeros párrafos en las misivas.

Maldito, estúpido destino…

Ese día salió del estudio como un diablo escapando el infierno, agarrando la pila de cartas y buscando a la mujer que llamaba 'madre'. Al encontrarla en su salón privado, el joven lanzo las cartas a los pies de la aturdida dama de cabellera castaña antes de pronunciar palabra.

"¿Te gustaría explicar que significa esto?" rugió a la vez que el rostro de Mary perdía todo el color en un solo aliento, "¿Quién diablos eres tú? ¿Quién soy yo?" exigió saber, mirando fijamente un par de enormes ojos jade asustados.

Mary ahogó un sollozo, dejando su asiento inmediatamente y corriendo hacia él para estrecharlo en sus brazos mientras un torrente de lágrimas se derramaron como un riachuelo sobre sus mejillas pálidas.

"¡Jonathan! ¡Por favor déjame explicar, hijo! ¡No hagas nada descabellado y te diré todo que quieras saber... pero prométeme que no te irás, por favor! Tu eres todo lo que tengo en este mundo" rogo su madre, hundiéndose en el piso frente a él para arrodillarse ante el joven que siempre consideraría su hijo.

El corazón de Jonathan se estrujo en medio de la bruma negra al recordar la visión de aquella mujer pequeña y frágil que lo amo incondicionalmente durante toda su vida. Las pocas memorias joviales que tenía eran gracias a su madre... su risa alegre sonó clara en su mente como la música que acompañaba los momentos alegres en una infancia por otra parte desprovista de felicidad. Siendo un niño pequeño y solitario viviendo en un castillo lúgubre, su madre siempre fue su cómplice en sus travesuras y su amiga fiel cuando los interminables días lluviosos los obligaban a permanecer encerrados en la residencia durante la mayor parte del tiempo.

En medio de las tiniebla, Jonathan continuó recordando angustiadamente cada detalle de esa conversación tan difícil con dolorosa claridad.

Al ver a su madre postrada en el piso, él se arrodilló a su lado para recogerla en sus brazos fornidos, llevando a la frágil mujer, tan liviana como una pluma, a un sofá de brocado rojo en la estancia. "Nunca te dejaré, madre... Nunca te dejaría sola con él... ¿Él es mi padre, o no?" pregunto tentativamente. Una pequeña parte en lo más hondo de su alma había deseado de todo corazón en ese momento que la sangre corriendo por sus venas fuese de otro hombre, rogando que tal vez ese simple hecho le otorgaría la única forma de escapar la maldición que asediar a su familia.

"Lamento confirmar que el duque es realmente tu padre, mi querido hijo. Y te diré toda la verdad... con la esperanza de que perdones mis pecados al final de mi relato" confeso su madre, leyendo la oración muda dibujada en los ojos azul cobalto de su hijo.

Y fue así que Jonathan descubrió sus impúdicos origines, finalmente escuchando toda la verdad de la propia boca de Mary.

Su verdadera madre fue una chica de 17 años, Beatrice Howard, hija de uno de los nobles más importantes en Escocia: Charles Henry Angus Howard, el gran duque de Norfolk. Beatrice estaba comprometida con el hermano de Mary, Stirling Douglas-Hamilton, desde su infancia y el propósito de su visita al castillo Floors en Kelso era para comenzar a congeniar con la familia del que sería su futuro esposo.

Con una cascada de pelo rojo incandescente enmarcando un rostro delicado adornado por un par de ojos azules tan brillantes como zafiros, Beatrice era el epítome de la belleza escocesa y una mezcla seductora de altanería aristocrática con el espíritu ardiente de una mujer albergando un corazón salvaje en su pecho. Beatrice era una dama cuando la ocasión lo requería, mas en privado era tan indómita y libre como la brisa de verano en las praderas de Escocia. Su encanto embrujaba a los afortunados mortales que encontraban su mirada, su risa era contagiosa y poseía un entusiasmo por la vida sin rival.

La joven adolescente añoraba una vida que jamás le pertenecería y la influencia de su juventud insensata claramente afectaba sus pensamientos. Beatrice afirmaba con pasión en lo más profundo de su alma que solo le ofrecería su cuerpo por completo al hombre que fuera capaz de captivar su corazón. Antes de llegar a Kelso, ella aún era una muchacha ingenua, criada en los confines de un castillo remoto en Edimburgo y siendo protegida del mundo entero por sus padres ya que ni siquiera le habían permitido el lujo de conocer a su prometido antes de la boda.

Sin embargo, a pesar de su ignorancia en asuntos de amor, Beatrice, sin necesidad de conocer a su futuro marido, ya sabía que su matrimonio seria desdichado antes de efectuarlo.

Su prometido era un buen hombre, pero Stirling era una marioneta desapasionada que haría siempre todo lo que su padre tiránico le indicara, tal como la joven Mary Louise. Desde el momento que llegó en Kelso para conocer a su futura cuñada, Beatrice estaba convencida de que su futuro esposo no sería la clase de hombre del que ella podría algún día llegar a enamorarse. Ella sería su esposa sólo de nombre... pero su corazón de espíritu indomable seguiría siendo libre, buscando a su verdadero dueño por el resto de su vida. Si tenía suerte, su marido pronto se cansaría de ella y después de proveer el heredero necesario ella estaría libre de su obligación como esposa para dedicarse a su pasión por la música o idiomas. Si era desafortunada… bueno… ella realmente nunca se permitía reflexionar sobre esa posibilidad por mucho tiempo.

Siendo aún una jovencita, Beatrice no podía expresar con palabras absolutamente todo lo que sentía... solo sabía que su sueño se había esfumado antes de comenzar. Nunca se casaría por amor: ella nunca podría amar a ese hombre tan insípido y cobarde que había sido elegido para ella. Todo lo que podía aspirar, antes de cumplir con la inevitabilidad de su destino, era a ser cautivada por un torbellino… un romance de verano que le dejaría suficientes recuerdos para toda su vida.

Y cuando esa cálida ráfaga de viento se materializó finalmente ese verano en Kelso, se convirtió en un torbellino feroz… y su nombre era James Innes-Kerr.

Sólo bastó con una mirada de sus penetrantes ojos azul cobalto para que Beatrice comprendiera que en ese momento había encontrado su cielo e infierno en la tierra.

El duque de Roxburghe no tenía nada en común con los jóvenes aburridos y altaneros que generalmente solicitaban su atención en cada baile de sociedad. Él era un hombre serio, pero ella presentía que bajo ese gélido exterior latía un hombre lleno de pasiones y convicciones fuertes.

James era un hombre criado en el campo que manejaba sus vastas tierras y propiedades desde el lomo de su caballo; un hombre temido mas respetado por todos sus inquilinos. A pesar de que nunca sonreía abiertamente sus ojos penetrantes parecían mirar directamente a través de las profundidades más recónditas de las almas de quienes cruzaban su mirada. Era considerablemente mayor que ella, casi veinte años, pero su físico muscular y su excelente estado de salud le hacía parecer más seductor y lleno de vitalidad que la mayoría de los hombres con la mitad de su edad.

Ante los ojos de Beatrice, James parecía un ser tan esquivo, tan distante…un hombre perseguido por muchos demonios y esperando un ángel que le ofreciera un descanso de la miseria que era su vida.

James se mostraba como un hombre perfectamente entumecido por su vida y rango, desprovisto de emociones desde la cuna... y Beatrice ingenuamente estaba convencida de que ella era la única mujer que le podría ayudar a que su corazón latiera por amor.

Beatrice se enamoró absolutamente de los tranquilos bosques de Kelso y pasaba horas explorando los alrededores cabalgando en su yegua Kyra al lado de James. Ella se convirtió en su compañera de recorridos diariamente, ya que Mary rara vez dejaba la comodidad del castillo. El duque y la chiquilla cabalgaban por las praderas como rayos efímeros de luz, a través de valles y prados, tal como un par de míticos espíritus del bosque explorando un nuevo Edén.

Durante esas largas excursiones, Beatrice vio destellos fugaces del hombre que James podría ser... y su corazón salvaje se rindió conquistado, quedando perdidamente enamorada de ese espejismo falaz.

Los primeros meses Beatrice y James vivieron un idílico y apasionado romance en secreto que culminó en la consumación de sus sentimientos sobre la suave hierba a la orilla del río Tweed. En ese fatídico momento de perfección absoluta, nada parecía importar: solamente existían ellos dos con sus cuerpos desnudos entrelazados en medio de la hierba alta, ocultos del resto del mundo, descubriendo los secretos de lo prohibido. Lujuria y amor… una mezcla embriagadora y seductora conquistó sus dudas. Cada uno bebió de la taza de exaltación carnal, y Beatrice se ofreció en el altar de lujuria a James por el precio de la memoria de un amor fugaz que siempre albergaría en su corazón.

Seis semanas más tarde, al llegar el momento en el que Beatrice tenía regresar a su hogar en Edimburgo para su boda, la joven se horrorizó al descubrir que lo que pensaba era un malestar estomacal severo, según el médico personal de Mary, en realidad eran los primeros síntomas de un embarazo.

James inicialmente recibió las noticias en un estado eufórico, mas la realidad de la maldita situación no tardó en ser evidente al ver a Beatrice comprensiblemente histérica ante la posibilidad de tener un hijo fuera de matrimonio que no fuese de su prometido. James sabia la razón por la que la joven se sentía tan inconsolable, pues a pesar de su ingenuidad ella comprendía que su vida estaba ya en ruinas...

En un contraste absurdo, la de él quedaría más o menos intacta. El compromiso con Stirling seria cancelado sin pretextos, pero aun siendo así, él jamás seria libre para amarla y ofrecerle un hogar, ya que nunca podría divorciarse de su esposa sin ceder una vasta porción de su fortuna personal...

Tras el escándalo que se produjo por la noticia en la familia de Mary Louise, James tomo medidas drásticas para 'manejar' la situación de la mejor manera posible. Tenía sentimientos profundos por Beatrice, y en los receptáculos más recónditos de su corazón sabía que la amaba tanto como un hombre roto y vacío como él podría amar a una mujer, pero para él las opciones eran claras: el bebé nacería en secreto para ser criado como su propio hijo por él y su esposa. Beatrice tendría que volver a su casa en Edimburgo después del nacimiento y recibir el veredicto final de su futuro de los labios de su propio padre.

Traicionada, herida, sola y sin nadie más a quien recurrir, Beatrice no tuvo otro remedio que aceptar el destino que nuevamente había sido construido para ella, pero esta vez por otro hombre con una agenda muy diferente a la de su progenitor.

Después de una carta humillante para su familia y a su destrozado prometido, Beatrice se retiró a una de las casas de veraneo de James a orillas del lago Hirsel acompañada por Mary y unas cuantas doncellas discretas, donde Jonathan nació meses después tras veinte horas agonizantes de parto en una fresca mañana de primavera. Beatrice apenas tuvo la oportunidad de darle un vistazo a su nuevo hijo, cuando el bebé fue tomado por su padre para volver al castillo Floors.

Sin una palabra o un simple agradecimiento, James salió de la habitación de Beatrice y de su vida sin mirar atrás. Se alejó de aquella casa de verano, sosteniendo el futuro de su clan en sus brazos, mas dejando atrás, sin darse cuenta, lo poco que quedaba de su árido corazón.

Desde la profunda oscuridad rodeando sus sentidos, Jonathan luchaba por mantener el dolor de sus recuerdos a la bahía. Quería gritar, maldecir y llorar todas las frustraciones y el dolor que albergaba en esa cárcel vacía que era su cuerpo. Sin embargo todo lo que podía oír era el sonido de su propia respiración cansada, la vibración en sus pulmones que le avisaba que su final estaba ya cerca. Si tan solo hubiera seguido a Albert Johnson al hospital militar en el frente italiano después de la explosión del tren en que viajaban… quizá entonces no hubiera sido tan estúpido como para intentar cruzar solo el campo de batalla disfrazado de soldado. Inicialmente había sido idea de Albert, pues era la manera más eficiente de conseguir transporte de un lado a otro en ese ambiente de incertidumbre y temor. Pero aquella explosión en Italia cambio todos sus planes inexorablemente

Cuando salió huyendo del castillo en Kelso, Jonathan solo poseía un pensamiento firmemente planteado en su mente: tenía que conocer a su madre. Gracias a Mary sabía adónde encontrar a Beatrice, mas la estúpida guerra hizo su trayecto a Chicago una verdadera pesadilla. Su buque tuvo que hacer puerto en Marruecos después de que el capitán respondió a una llamada de auxilio de un barco de carga cerca de la costa Portuguesa. Una vez en Marruecos, Jonathan se asombró al descubrir que todos los modos del transporte fueron afectados de un día a otro por el conflicto repentino que exploto en el continente europeo durante su trayecto. La guerra se extendía más rápido de lo que nadie podría haber esperado, y él se encontraba en medio de la nada, tratando desesperadamente de obtener paso seguro hacia Chicago. El temor de quedarse extraviado en un país extranjero durante un tiempo indefinido hizo que, en su desesperación, enviara una carta a su madre en Escocia, explicando su situación... no deseaba que la única madre que conocía estuviera preocupada por él innecesariamente. Le prometió a Mary Louise que le enviaría un telegrama cada semana para mantenerla al día.

Y fue así que aconteció, que una tarde de calor sofocante, después de enviar el telegrama semanal a su madre, encontró a un joven con quien tenía un asombroso parecido físico en la oficina telegráfica, con una mofeta como mascota posada en su hombro tal como el perico de un pirata. Aliviado por encontrar a otro extranjero en ese país, Jonathan se acercó a él y se presentó. El joven dijo que su nombre era Albert Johnson, y él también quería encontrar paso seguro para regresar a Chicago lo más pronto posible. Los dos jóvenes congeniaron durante el trascurso de una cena jovial, compartiendo un poco de vino y sus historias mutuas. Albert dijo que necesitaba desesperadamente regresar a Chicago porque estaba preocupado por una chica a la que parecía tenerle un profundo cariño, y Jonathan se sintió con la confianza suficiente como para contarle acerca de Beatrice. Al final de la velada, ambos se convirtieron en firmes amigos y compañeros de viaje.

Pero la guerra y el destino truncaron sus planes de una manera inadvertida. ¡Si tan solo pudieran haber cruzado el estrecho de Gibraltar... todo hubiera sido tan sencillo! Pero sin barcos con los que hacer la travesía, la única forma de abordar un buque para llegar a Chicago seria viajando de la manera más larga y peligrosa: viajarían desde Marruecos para desembarcar en Italia, abriéndose paso a través de Mónaco, recorriendo el sur de Francia para finalmente llegar a España. Parecía inconcebible, pero la guerra había hecho esa opción casi inevitable.

Albert hizo que el trayecto fuera un viaje jovial y una aventura; su entusiasmo y actitud positiva afectaron a Jonathan de una manera auténtica. He ahí un hombre que, por todo lo que comento acerca de su vida, sufrió probablemente tanto como él mismo había sufrido, y su paciencia nunca parecía disminuir ni su espíritu flaqueaba a pesar de lo difícil que era esa jornada.

Al abordar el tren en Italia, los jóvenes forzosamente se separaron al ver que el carro de Albert estaba atestado de personas. Dos horas después cuando la explosión destruyó el tren en añicos, Jonathan, quien se encontraba en el primer vagón y como tal permaneció en gran parte inafectado, saltó inmediatamente para ver los daños en el resto de la maquinaria. Para su horror mayor, vio el carro en el que viajaba Albert completamente destrozado. El joven se apresuró a revisar la montaña de leña y metal torcido, buscando desesperadamente a su amigo. Fue así que Jonathan encontró a Albert inconsciente, tirado a varios metros lejos de los restos del tren, con una gran herida en la parte posterior de su cabeza.

Jonathan arrancó la pierna de su pantalón, vendando rápidamente la cabeza herida y así detener la hemorragia de sangre chorreando sobre el rostro pálido del joven. Viendo que Poupett todavía estaba sana y salva con Albert, el joven llevó a ambos a un llano despejado a una distancia segura, volviendo a los restos retorcidos del tren para ayudar y encontrar otros supervivientes.

Uno por uno llevo a más de 20 personas a la seguridad del llano, y cuando la ayuda del ejército Italiano finalmente llegó casi una hora después, él todavía estaba removiendo sobrevivientes y cadáveres de los escombros. Se las había arreglado para encontrar la mochila de Albert, pero cuando quiso volver con ella al lado de su amigo, los soldados ya habían tomado a él y al resto de los heridos a un hospital militar en la ciudad más cercana. Varios días después, Jonathan fue al hospital buscando a Albert, sólo para descubrir que nadie parecía tener un registro de su amigo.

Unas enfermeras recordaban a alguien correspondiendo con su descripción que fue enviado a otro hospital de campaña en Padua, y cuando hizo su camino a Padua al llegar le dijeron que el paciente desconocido fue enviado a Chicago. Después de eso, Jonathan perdió la pista de su amigo y decidió quedarse en la ciudad para ayudar con los heridos como camillero voluntario hasta que, alentado por una mejora inesperada en las condiciones climáticas, decidió continuar su viaje solo.

Nuevamente abordó otro tren, pero él y todos los que viajaban dentro de los vagones encontraron otra curva en el destino, esa vez en la forma de una lluvia de balas, ya no bombas, en una estación de tren desierta y rodeada por soldados enemigos. Esa madrugada fue la última vez que Jonathan vio el sol.

Ahora… abandonado a su suerte en un país desconocido, el joven podía sentir el aliento agrio de la muerte casi en su rostro.

Ojala Albert pudiera haber llegado sano y salvo a Chicago… tal vez recordaría su promesa de visitarlos cuando regresara a la ciudad y le relataría su odisea a la mujer que Jonathan jamás conocería. Su único consuelo en las tinieblas era ese rayo de esperanza: su verdadera madre sabría por medio de Albert que él deseaba conocerla y que se había enterado de toda la verdad.

Y Mary Louise… todos los telegramas que le envió para contarle sus aventuras, sus temores, sus anhelos, su encuentro con Albert Johnson. En aquellos momentos, ella seguramente estaría agonizando por no tener noticias de él por más de ocho meses. Su madre en Escocia jamás se enteraría de su muerte y su cuerpo descansaría eternamente en una fosa común, lejos del mausoleo histórico del Clan Innes. Si su cuerpo pudiera derramar una tan sola lágrima, tal vez sentiría un poco de alivio a ese gran pesar en su corazón. Su madre… la mujer que lo adoro toda su vida, siempre dispuesta a perdonar sus muchos errores. La existencia se le apagaba con cada aliento y su único arrepentimiento era abandonar a Mary en las manos de su padre.

Maldita prisión de carne y hueso. ..

¿Cómo decirles a las enfermeras que escuchaba diariamente revoloteando a su alrededor que llamaran a su madre y que su nombre no era Albert Johnson?

No… su nombre no era Albert Johnson.

Su nombre era Jonathan Angus Innes-Kerr, mejor conocido como el maldito…

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20 Junio, 1915 - Lakewood, Estados Unidos –Anochecer

"Creo que hice un trabajo bastante bueno cortando tu pelo esta noche, mi amor, aun si lo digo yo misma," declaró Candy sonriendo desde la cocina mientras se disponía a lavar los platos después otra cena deliciosa preparada por Albert, "creo que incluso pareces más guapo, pero el cabello corto seguramente será mejor para tu trabajo, ¿no estás de acuerdo?"

"Sí, mi hermosa prometida, en efecto hiciste un trabajo muy bueno" acordó Albert, volteando lentamente una página de un libro recetas y tomando un sorbo de su té, "Parece que todos esos años de recortar el pelo de niños en el orfanato te sirvieron bien".

"¡Indudablemente tuve mucha práctica! ¡Y si los niños tenían piojos era una batalla para mantener la infestación bajo control!" se rió divertida, recordando maravillosas memorias con la hermana Mary y la señorita Pony, "¿cómo está ya tu dolor de cabeza amor? ¿Te ayuda un poco el té? Albert…" el silencio de la noche fue interrumpido por un gruñido gutural y el ruido de algo rompiéndose contra el suelo.

"¡Albert! ¿Qué te pasa?" grito Candy, al escuchar la taza de porcelana estrellándose en el piso de pequeña cabaña, volteando su vista del fregadero justo a tiempo para ver a Albert desvaneciéndose en el sillón en el que se encontraba leyendo un libro frente a luz de la chimenea con Pouppet descansando en su regazo.

"¡Albert! ¡Contéstame por favor!" demandó la joven, corriendo al lado de su prometido.

"Candy…" murmuro Albert, antes de que su cuerpo empezara a sacudirse con una convulsión fuerte en el sillón, "Candy... no se.."

"Albert! Dios Santo! Auxilio!" gimió Candy, acunando la cabeza de su amado en su regazo mientras su cuerpo alto y fornido se sacudía sin control como un trapo al viento.

"Ayuda! Necesito ayuda!" rogaba la joven a gritos, viendo como los ojos de Albert rodaban en sus órbitas.

"Candy… aun puedo escuchar tu voz…" pensó el rubio, luchando con las tinieblas que rápidamente robaron el control de su cuerpo, "Candy…"

América…

Chicago…

Italia…

Fueron las últimas palabras que Albert escucho en sus oídos antes de rendirse a la oscuridad…

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Continuará. ...

Chicas, les agradezco de todo corazón su apoyo y paciencia con este fic, que ya parece largometraje…

Aprecio sus reviews y trato de responder a cada comentario tan pronto como los recibo, y a las que no puedo mandar un PM, aquí les dejo mis sinceras gracias.

Celebrando el capitulo 20 (yipee!) tengo una firma de regalo que estará en FB para las que deseen tenerla: en FB soy Candy Fann así que anímense a decir 'hola!'

También, a las que desean leer algo diferente, recomiendo el nuevo fic de mi compañera de travesuras y retos Chiquita Andrew 'Marcados por el destino', un fic muy distinto y divertido! Claro, no se olviden de nuestro fic en pareja 'Buscando a Anohito' y voten para su continuación.

OK! Las dejo hasta la próxima!

Gracias y que la paz siempre reine en sus corazones.