Gracias a Charlaine Harris por dejarme jugar con algunos de sus personajes, los demás son míos.


20.

Salió de la habitación temblando, las lágrimas en los ojos de Sookie eran mucho más de lo que podía soportar. Se apoyó contra la puerta y cogió aire, y se dispuso a salir de allí y de su vida para siempre. Ahora estaban en paz, su hermano se la había quitado y ahora su mujer le había engañado con él. El equilibrio se había restablecido y podría seguir con su vida, pero si eso era así, ¿por qué coño se sentía tan mal? Joder, qué rabia le daba que aún le afectase tanto, no debería después de tanto tiempo.

Doce años, once meses y veintiún días después, pero, claro, ¿quién los contaba...?

Llegó al restaurante y buscó a Margaux con la mirada. Nada más verle, supo que algo había pasado. La llevó al despacho para pedirle que se ocupara de todo, que tenía que irse de la ciudad unos días. Ella le miraba sin decir nada, simplemente asintió, el tono de su voz había sido lo suficientemente elocuente como para que viese la gravedad y la necesidad que sentía de huir. En media hora estaba en su casa preparando una maleta y poco después en la estación cogiendo el primer tren que salía para Londres.

Anabel le recogió en la estación y le miró con preocupación, también se cuidó de preguntar, eran ya muchos años conociéndole para saber que cuando se sintiera preparado lo diría. Pero Pam no era tan sutil, en cuanto llegó a su casa se le paró delante en jarras.

_ Y ahora, ¿qué, Northman? – le espetó- Porque esto seguro que tiene que ver con la puta rubia...

_ ¡Pam...! – le recrimó Anabel- Pero qué bruta eres, déjale en paz.

_ No, está bien... – murmuró bajando los ojos-, tiene razón, tiene que ver con ella.

Se sentó frente a sus amigas en el sofá y les contó lo que había pasado.

_ Hay que joderse – murmuró Anabel mirándole con reproche-, te has pasado mucho, guapo...

_ ¿Cómo que se ha pasado mucho? Ha hecho lo que tenía que hacer, ponerla en su sitio y equilibrar la balanza. Tirársela hasta sacársela de dentro – le rebatió Pam.

_ Sí, claro, porque es evidente que se la ha sacado... – Anabel puso los ojos en blanco.

_ Pero está en el camino.

_ ¿En el camino de qué, si puede saberse? ¿De ser odiado por la única mujer que ha querido en su vida?, ¿de sentirse mal y asqueado consigo mismo?, venga, reina, dime...

_ Sabéis que estoy aquí, ¿verdad? – las dos se volvieron para mirarle- Pues dejad de hablar como si no lo estuviera – hizo una pequeña pausa- Anabel tiene razón, no ha conseguido que me sienta mejor. Me sentía bien cuando estaba con ella, no al herirla e intentar humillarla.

_ ¿Y qué vas a hacer? – Pam se encogió de hombros- El daño ya está hecho, asúmelo y sigue hacia delante, eso sí, tu plan para las vacaciones... Va a estar mucho más jodido ahora, porque cuando se entere la madre, después de esto, se va a poner histérica.

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Había quedado con Silvia, iban a ir a su casa y, con un poco de suerte, se encontraría también con David. Suspiró, le había echado tanto de menos, se había acordado tanto de él en las largas y tediosamente soleadas tardes de California... En los meses que había pasado en su nuevo hogar había hablado con él casi más que con su amiga. Sabía cuando Silvia no estaba en casa y siempre le echaba la culpa al cambio horario al que no se acostumbraba. Al principio, David la creía, pero después de la tercera vez, seguro que sospechó que con quien quería hablar era con él. Cuando estaba en Londres, él nunca le había prestado atención, ella era la amiga de su hermana, era una niña para él, además, la conocía desde siempre, era una más en casa, pero empezaron a crecer y ella empezó a ver al chico mayor y guapo que era. Maldito el día, porque un mes después su madre se presentó con Alcide en casa y ya se sabía cómo había acabado aquello.

Su vida era un asco.

Por si fuera poco, tenía una misión que cumplir, tenía un padre que conocer y al que conquistar en cuanto su madre volviera de París y se fuese pitando para Los Ángeles. Misión que, por descontado, no sabía cómo llevaría a cabo y que le quitaría tiempo para pasarlo con David... Y con Silvia, claro.

La mañana era muy bonita, hacía una temperatura muy agradable, fresquita, sonrió y se dirigió al mercado que ponían en alrededor de la plaza del Duque de York, la casa de Silvia no estaba lejos y había quedado allí con ella para que la recogieran, pasear entre los puestos le ayudaría a ordenar sus ideas y su estrategia para cuando su madre se fuera. Le encantaba ir allí, dejarse arropar por los olores, todo lo que vendían tenía muy buena pinta. Ahora que lo pensaba, tanto su madre como Leif la habían llevado muchos sábados a ese mercado, alimentando, sin querer, esa parte heredada de su padre. Se paró en uno de los puestos de repostería, los pasteles se veían tan bonitos que casi no apetecía comérselos. Oyó a Silvia gritar su nombre y se volvió, se abrazó a ella y luego dio un beso incómodo a David que sonreía sabiendo el efecto que causaba en ella, intentaba huir de ese momento "tierra, trágame" cuando le vio. Un hombre guapo y alto la miraba sorprendido con media sonrisa.

David pareció darse cuenta de lo que pasaba.

_ ¿Quién es? ¿Le conoces?

_ Es el hermano de Leif – respondió en un susurro.

David se volvió y encontró su mirada de asombro y complicidad, durante muchos días había sido su paño de lágrimas. Notó su mano cogiendo la suya y el corazón le dio un vuelco, la apretó y le sonrió intentando disimular su vergüenza, ¡Dios! ¡David la estaba cogiendo de la mano! Le devolvió la sonrisa y también apretó la suya. Se volvió hacia Silvia que seguía mirando los pasteles y le dijo que no se moviera de ahí, que iba a ir con ella a saludar a alguien. Y fueron de la mano hasta aquel hombre que no había querido formar parte de su vida, fue a conocer a su padre.

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Nunca se había sentido más humillada. La había utilizado para su estúpida revancha, ¿cómo había sido tan tonta de confiar en él? Por el amor de Dios, había perdido el oremus, se había dejado hacer lo que él había deseado como una puta. En cuanto se fue no pudo reprimir las lágrimas, se encogió en la cama y se dejó llevar por la pena. Sólo se había acostado con ella porque pensaba que se había casado con Leif, se había cobrado en su cuerpo la ofensa de su hermano, y cómo dolía. Se arrastró hacia la ducha y lloró bajó el agua un poco más. Cuando salió, comprobó que tenía varias llamadas perdidas de Alcide. Dios, ¿qué clase de esposa era? A las primeras de cambio, se había tirado a otro, vale que ese otro era Él, así, con mayúsculas, pero no tenía excusa, por más que, pese a todo, le amara, nunca debería haberlo hecho.

El cansancio y el llanto la acabaron venciendo, al día siguiente se excusó con Maurice diciéndole que no se sentía demasiado bien y se quedó toda la mañana dormitando en la cama. El teléfono la despertó al mediodía, miró el identificador de llamadas, Alcide. Suspiró, no podía rehuirle eternamente.

_ Hola – dijo fingiendo una alegría que estaba muy lejos de sentir.

_ ¡Hola, por fin te encuentro...! – su voz sonó aliviada.

_ Acabo de ver tus llamadas, lo siento.

_ ¿Mucho trabajo? ¿Se han portado bien contigo? – se rió y a ella se le encogió el estómago.

_ Bueno, sí, anoche ya estaba agotada y no me sentía bien – dijo esperando que fuese una buena excusa por no haber querido contestar sus llamadas.

_ Pobre, mi cielo – se rió- ¿quieres que vaya a hacerte mimos?

_ Estaría bien – su voz casi se quebró-, los necesito en este momento.

Se levantó de aquella cama como pudo, se guardó sus lágrimas y sus remordimientos, hizo lo que aún le quedaba que hacer con Maurice y dos días después estaba en Londres terminando su encargo. Un cantante y Leif.

En cuanto Leif la vio entrar supo que había pasado algo. Elegantemente vestido por Maurice y su equipo, en cuanto éste le comentó entre risas que su hermano también había posado y que habían saltado chispas entre ellos, sus ojos se fueron hacia ella comprendiendo mucho más de lo que a Sookie le apetecía que hiciera. A la primera ocasión que tuvo, la arrinconó.

_ ¿No pensabas decírmelo?

_ No hay nada que decir, Leif...

_ Ya, pongamos que te creo..., ¿a qué viene esa cara de mártir entonces?

_ Ahora, no, por favor... – suplicó.

_ Está bien, pero cuando terminemos aquí te vas a venir conmigo y me vas a contar todo lo que ha pasado – su voz sonó autoritaria y firme, tanto, que no supo cómo negarse.

Durante el resto de sesión tuvo que escuchar a Maurice hacerle comentarios sobre los magníficos hermanos Northman, sobre que no sabría por cuál decidirse, que éste era interesante y distinguido pero el otro tenía algo salvaje que... Se rió sin ganas con él y cuando le pidió que se manifestara se excusó con un nudo en la garganta diciendo que estaba casada, pero cuando la vio irse con Leif soltó una carcajada, un "cacho perra" se dibujó en su sonrisa y le tiró un beso.

Leif abrió la puerta de su casa y la dejó pasar. Soltó sus bolsas en la entrada y fue al salón, se dejó caer en el sofá ante su mirada atenta, a veces se sentía tan desnuda ante sus ojos...

_ ¿Qué ha hecho? – se acuclilló ante ella y le cogió las manos. Levantó los ojos al borde de las lágrimas y él soltó un suspiro-. ¿Tan grave ha sido?

_ Estuve con él... – Leif frunció el ceño sin acabar de entender y de repente, sus ojos se abrieron comprendiendo-. Fue..., bueno, no voy a entrar en detalles, pensé... – la voz se le quebró y necesitó un momento para poder seguir- Sólo quería vengarse, vio mi anillo y no sé porqué pensó que me había casado contigo – bajó el tono y la cabeza hasta sus manos entrelazadas-. Dijo que ahora estábamos en paz.

_ Cabrón rencoroso... – le oyó decir entre dientes y la rabia en su voz la estremeció.

_ No..., la culpa es mía, de aquello y de esto también. Me equivoqué las dos veces y ahora me voy a volver a casa con mi marido y me voy a olvidar de él porque nunca mereció que le quisiera ni que le haya estado buscando en todos desde entonces – su voz era triste pero su mirada era firme y resolutiva-. Ahora sí que puedo seguir adelante.

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Pasear entre los puestos siempre le sentaba bien, le gustaba pararse en ellos y siempre salía de allí con especias o con algún otro condimento exótico para echar a sus comidas. Pam y Anabel habían intentado animarle, pero ahora necesitaba estar solo y pensar. Se sentía mal consigo mismo, aún la quería, no servía de nada negárselo, estar con Sookie otra vez había sido como un sueño hecho realidad. ¿Cuántas veces había soñado con su cuerpo en los últimos trece años? Más de las que deseaba, muchas más de las que estaba dispuesto a admitir. Pero entonces, la rabia se apoderaba de él y recordaba la foto de familia feliz que había visto en la casa de su madre, ella le había engañado con su propio hermano, tenían una hija y estaban casados, ¿por qué amar a la puta sin corazón que le había arrancado el suyo de cuajo?

Llevaba una hora dándole vueltas a la cabeza para llegar a la misma conclusión, joder, qué rabia le daba seguir queriéndola pese a todo, cómo odiaba tener la certeza de que si ella le hubiese hecho la mas leve insinuación se habría humillado ante ella y le habría perdonado cualquier cosa. ¿Por qué tanto tiempo después no podía arrancársela de su corazón muerto?

Y entonces la vio. El corazón le dio un vuelco, esa niña era idéntica a la que estaba en la foto con Sookie pero bastante más mayor, claro, la recordó saliendo abrazada a Leif en Estocolmo, se parecía a las fotos que había visto de niño en casa, de cuando su madre era pequeña, él mismo se parecía mucho a ella en esas fotos, y se entristeció pensando que esa niña podría haber sido su hija, no, debería haber sido la suya. Estaba parada en un puesto de repostería, admirando las formas de los pasteles y las tartas, al cabo de unos minutos, otra niña y un chico algo mayor que ellas, probablemente el hermano de la otra, llegaron y la saludaron. Sonrió pensando que el chico le gustaba por la reacción incómoda que tuvo cuando él besó su mejilla y, ante la mirada presumida de él, deseó ser su padre y ponerle las cosas difíciles a ese chulo. Hablaron unos instantes y como si fuese consciente de lo que pasaba, ella levantó los ojos y le miró. Se quedó quieta, mirándole con asombro, como si le hubiese reconocido, lo que era una tontería porque no se conocían. El chico la miraba extrañado, se hablaron algo e intercambiaron una mirada, él le cogió la mano y ella sonrió con timidez. Se volvió a hablar con la que probablemente era su hermana y, para su sorpresa, fueron hacia él.

_ Hola – dijo simplemente-, soy Adele.

El estómago se le encogió, ese nombre le resultaba familiar, se lo había oído a Sookie años atrás, era el nombre de su abuela. No podía ser...

_ Y yo Eric, hola.

_ Lo sé – él frunció el ceño extrañado-. Te he visto en la tele.

_ ¿En la tele? ¿Cómo?

_ En Estocolmo y luego por internet, me gusta tu programa, tus recetas son fáciles.

_ ¿Te gusta cocinar? – su sonrisa se ensanchaba por segundos.

_ Me encanta – sonrió y se perdió en sus ojos, hizo una pequeña pausa y se mordió el labio antes de continuar, como sopesando lo que le diría a continuación-. Voy a estar aquí aún algunos días y después iré a Estocolmo a pasar unas semanas con la abuela. Me gustaría verte si vas a estar allí.

_ Será un placer, Adele – sacó su cartera del bolsillo de sus vaqueros y cogió una tarjeta de su interior. Se buscó algo con lo que escribir en los bolsillos y vio que ella le tendía un bolígrafo con dibujitos de algún manga que ya buscaría una vez en casa. Le apuntó su móvil y su correo personal y se la dio-. En cuanto estés en Estocolmo, llámame o ponme un correo.

_ Lo haré – se empinó y tiró de él con suavidad hasta tenerle a su nivel y besó su mejilla.

Se estremeció y una sensación indefinible le recorrió el cuerpo, sonrió, hacía años que su corazón no daba señales de vida y esa niña había conseguido con su beso que volviera a latir, era la princesa del cuento.

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