Querida Annie, Llevo sus cartas y todas mis esperanzas para nuestro futuro junto a mi corazón…
—¡Johnson!
Cuando ese grito familiar resonó por los pasillos de Fairchild Park, todos los sirvientes de la mansión se pusieron firmes. Sus miradas aturdidas se clavaron en el techo mientras sonaba un golpe ensordecedor seguido de una retahíla de juramentos lo bastante fuertes como para levantar la capa dorada de los zócalos.
Se oyeron unos pasos bajando atropelladamente las escaleras y luego un agudo chillido seguido de otro juramento.
—¡Si te apartaras de mi camino no te pisaría la maldita cola!- Unas uñas repiquetearon en el suelo de mármol mientras Candy se retiraba rápidamente.
Johnson intercambió una mirada ansiosa con la señora Elroy antes de decir:
—Estoy en el comedor, señor.- Terrence entró en el comedor hecho una furia con el ceño fruncido. Sólo llevaba una bata, y estaba blandiendo su bastón como si fuese un arma.
—¿Has visto a Candice? Cuando me he despertado esta mañana se había ido.- Alguien soltó un jadeo escandalizado. Terry se volvió despacio, dándose cuenta demasiado tarde de que no estaban solos. Olfateó el aire abriendo bien sus fosas nasales.
—Sólo puedo oler a beicon y a café recién hecho. ¿Quién más está aquí?
—Oh, casi nadie —dijo Johnson tartamudeando—. Sólo la señora Elroy. Dorothy. Su madre. Su padre. Y… —se aclaró la garganta con incomodidad— sus hermanas.
—¿Cómo? ¿No está Willie el guarda? ¿Qué ocurre? ¿No ha podido librarse de su trabajo el tiempo suficiente para desayunar con el resto de la familia? —Terrence movió la cabeza de un lado a otro—. No importa. La única persona que me interesa es Candice. ¿La has visto?- Johnson frunció el ceño.
—Ahora que lo dice, creo que no. Lo cual me sorprende, porque son casi las diez y la señorita White es normalmente muy activa. Está muy entregada a su trabajo.
Mirando a Terrence de arriba abajo desde sus pies desnudos hasta su pelo despeinado, su padre se rió entre dientes.
—Sí, ya se ve.- Eliza, Flammy y Karen se echaron a reír.
—¡Niñas! —exclamó su madre lanzándoles una mirada furiosa—. Podéis levantaros de la mesa. Dejadnos solos.- Mientras empezaban a arrastrar las sillas de mala gana intervino Terrence.
—Deja que se queden. Ya no son unas niñas. No es necesario que las mandes a su habitación cada vez que hay una especie de drama familiar.
—¿Ves?—susurró Karen dando un codazo a Flammy mientras volvían a sentarse—. Te dije que era el mejor hermano mayor del mundo.
—Iré a ver si puedo encontrar a la señorita White, señor —dijo la señora Elroy—. Quizá la haya visto alguno de los otros criados.
—Gracias —respondió Terry.
Mientras el ama de llaves salía de la habitación, el marqués se reclinó en su silla y entrelazó sus manos dando un melancólico suspiro.
—Recuerdo que cuando era un poco más joven que Terrence, había una atractiva doncella…
—¡Richard! —Su mujer lo miró airadamente. Él se acercó para darle una palmadita en la mano.
—Eso fue mucho antes de conocerte, querida. Cuando puse los ojos en ti no volví a desviarlos. Sólo estaba intentando decir que eso les ocurre a los mejores hombres. No es ninguna vergüenza flirtear con las criadas.- Terry se volvió hacia su padre.
—¡Yo no estoy flirteando con Candice! La quiero y tengo intención de casarme con ella.- Sus padres se quedaron boquiabiertos.
—¿Voy a buscar el amoniaco? —Susurró Eliza—. Parece que mamá va a desmayarse.
—¿Con una plebeya? —preguntó Flammy horrorizada—. ¿Vas a casarte con una vulgar plebeya?
—Puedo asegurarte que la señorita White no tiene nada de vulgar —dijo Terry.
—¡Es lo más romántico que he oído en mi vida! —exclamó Karen con sus ojos marrones resplandecientes—. Puedo verte cabalgando en tu caballo blanco para rescatarla de una vida de pobreza.- Terry resopló.
—Si alguien ha rescatado a alguien aquí, es ella.
—Hijo mío —dijo su padre—, no es necesario que tomes ninguna decisión precipitada. Anoche te enteraste de que ibas a recuperar la vista. Puedo comprender que estuvieras abrumado por la emoción. Que te dejaras arrastrar a los brazos de esa…
—¿Sí? —preguntó Terry con una expresión amenazadora.
—Encantadora muchacha —concluyó su padre alegremente—. Pero eso no significa que tengas que precipitarte a un matrimonio con unas perspectivas tan inoportunas. Cuando recuperes la vista y vuelvas a Londres puedes ponerle un piso cerca de tu casa para que sea tu amante si quieres.
La cara de Terry se oscureció, pero antes de que pudiera responder la señora Elroy volvió a entrar en el comedor.
—Lo siento, señor, pero no hay ni rastro de ella en ninguna parte. Nadie la ha visto. Pero he encontrado esta nota en su habitación. —Su voz se convirtió casi en un susurro, haciendo que todos se preguntaran qué más había encontrado—. Sobre su almohada.
—Léela —ordenó Terrence buscando a tientas la silla vacía más cercana.
Mientras se sentaba, la señora Elroy le dio la nota a Johnson. El mayordomo desdobló a regañadientes el papel temblando un poco.
—Querido lord Grandchester —leyó—, siempre le dije que llegaría un día en el que ya no me necesitaría. Aunque sé que es un hombre de honor, no espero que cumpla con las promesas hechas en el calor de… —Johnson vaciló, lanzando a Terrence una mirada angustiada.
—Sigue —Contesto con sus ojos sombríos.
—No espero que cumpla con las promesas hechas en el calor de la pasión. Esos fuegos arden con demasiada intensidad, cegando incluso a quienes deberían ver. Pronto recuperará la vista y su vida. Una vida de la que no puedo formar parte. Le ruego que no me juzgue con demasiada dureza. Espero que en un rinconcito de su corazón pueda recordarme con cariño. Siempre suya… Candice.
Mientras Johnson doblaba la nota, la señora Elroy se acercó más a él buscando su manga con los dedos temblorosos. A Karen le caían las lágrimas por las mejillas, e incluso Eliza tuvo que pasarse el pañuelo por la punta de la nariz.
—Tenías razón —dijo su madre con suavidad dejando la taza de té sobre la mesa—. Es una muchacha muy especial.- Su padre suspiró.
—Lo siento, hijo, pero sin duda alguna es lo mejor.- Sin decir una palabra, Terry se levantó y fue hacia la puerta moviendo su bastón por delante.
—¿Adónde vas? —le preguntó su padre francamente desconcertado. Entonces se dio la vuelta para mirarles con la cara tensa de determinación.
—Voy a buscarla, eso es lo que voy a hacer.- Su padre intercambió una mirada de preocupación con su madre antes de hacer la pregunta que todos tenían en mente.
—¿Y si no quiere que la encuentren?
Candice entró en el dormitorio del ático de la gran casa de campo sin molestarse en cerrar la puerta detrás de ella. Aunque olía a cerrado y las sombras cubrían la espaciosa habitación, no se atrevía a descorrer las cortinas y abrir las ventanas. El sol de la mañana sólo le haría daño en los ojos.
Apoyó la maleta en la cama dejando caer los hombros de cansancio. Después de arrastrarla a lo largo de varios viajes en coches abarrotados de gente, parecía que llevaba en ella piedras en vez de algunas prendas de ropa interior, un paquete de viejas cartas y un fino volumen de poesía. De no haber sido por las cartas podría haberla tirado a la acequia más cercana en su largo paseo desde el pueblo. El alegre gorjeo de los pájaros que anidaban en los setos que bordeaban el camino parecía burlarse de ella.
Aún llevaba la ropa con la que tres días antes había salido de Fairchild Park al amanecer. El dobladillo de su falda estaba cubierto de polvo, y en la chaqueta tenía una mancha de leche que el hijo de una asistenta le había escupido en un viaje especialmente movido de Hornsey a South Mims.
Candy sabía que debería estar riéndose de esas cosas, pero un entumecimiento misericordioso había descendido sobre su alma. Incluso mientras se preguntaba si volvería a sentir algo alguna vez, tuvo que reconocer que el entumecimiento era preferible al dolor que le había desgarrado el corazón cuando dejó a Terrence durmiendo en su cama.
Se sentó en el taburete delante del tocador. Había dejado esa habitación siendo una niña, pero quien la miraba desde las sombras del espejo era una mujer. Por su expresión sombría nadie habría pensado que sus ojos podían brillar de felicidad o que tenía hoyuelos en las mejillas al sonreír.
Le dolían los brazos de agotamiento mientras los levantaba para quitarse las horquillas del moño. Cuando su cabello cayó sobre sus hombros parpadeó con los ojos somnolientos, unos ojos del color de la más pura esmeralda.
En las escaleras sonaron los pasos de su madre, tan enérgicos y familiares que Candice sintió un arrebato de nostalgia inesperado por la época en la que ella podía aliviarle cualquier dolor, por intenso que fuera, con un fuerte abrazo y una taza de té caliente.
—A mí me parece —dijo su madre mientras subía por las escaleras—, que cuando a una le da permiso su madre para viajar al extranjero con una amiga rica, al menos podría enviarle una carta para que sepa que sigue viva y no se está pudriendo en una sucia cárcel francesa. Tampoco debería entrar en casa a hurtadillas como los ladrones en vez de anunciar su vuelta. No me habría enterado de que estabas en casa si tu hermana no…
Candice se dio la vuelta en el taburete. Su madre se quedó en la puerta horrorizada con una mano sobre el corazón.
—¡Dios mío, Annie! ¿Qué has hecho con tu precioso pelo?
