Los personajes de VA pertenecen a Richelle Mead
Capítulo XX
PoV Rose
El resto de la noche transcurrió lentamente entre deslices breves e involuntarios a la mente de Lissa. Mis sueños eran intranquilos porque mis defensas se habían averiado de alguna manera. Cada vez que intentaba subirlas para proteger mi mente el desgaste físico era demasiado y terminaba cayendo en sueños trémulos e inquietos. Era un constante ir y venir entre el sueño y la vigilia, a mi realidad de dolor o la mente de Lissa que sólo me ofrecía frases e imágenes fuera de contexto. Por alguna razón que desconocía, Lissa y Adrian, con Christian, se dirigían a Las Vegas para encontrar a un tal Robert Doru.
Cuando finalmente me desperté y permanecí en mi propia realidad habían pasado más de treinta horas desde el ataque. Devora me dijo que el estrés había tomado mucho de mí y había empezado a sintomatizar el cansancio. Me mantuvieron dos días en reposo antes de que Devora me permitiera dejar mi habitación y recorrer el campamento en compañía de Lara o Nisha. Las actividades de la comunidad se habían suspendido hasta el día de los funerales. Las ceremonias religiosas en honor a los caídos fueron breves y emotivas: Nina, Bianca y Sarah fueron enterradas en el cementerio privado de la comunidad; en cambio Jonah tuvo que ser enviado a La Corte, donde sería sepultado con el servicio típico que se le daba a los guardianes. Él, técnicamente, había muerto en servicio y debía ser honrado como tal, pero su anciana madre lo había celebrado diciendo algunas palabras lindas sobre él. El cuerpo de Richard Conta fue enviado a su esposa e hija, aunque dudaba que se sintieran muy empáticas por él cuando descubrieran que el Strigoi que lo había degolladlo lo había sorprendido muy cómodo en una de las habitaciones del llamado "Hotel para Moroi".
Aquella tarde el hijo de Devora y dos jóvenes novicios de Santa Várvara volvían a sus "hogares" después de la breve visita a sus familias. Fue ese mismo día tuve un encuentro inesperado mientras recogía fresas frescas con Lara y Nisha en la huerta. O cuando Lara recogía fresas y Nisha y yo nos las comíamos.
─ ¡Oye Rose!─ Estaba parado, mirando con diversión como Nisha y yo, sentadas junto a una de las parcelas de la huerta, nos reíamos histéricamente por los refunfuños enojosos de Lara. Prontamente Nisha se tensó a mi lado. Era la forma en que actuaba siempre alrededor de Damián. Miré brevemente a mi amiga antes de encogerme de hombros y asentir. Con poca gracia me levanté del piso y seguí al joven dhampir. El hijo de Devora era sin duda alguna el hijo de Devora. Sus ojos marrones eran como los suyos, grandes y redondos, con enormes pestañas enmarcándolos. Cada ángulo de su rostro era similar al de su madre. E incluso el cabello, hebras finas y rubias, era como el de Devora.
Mientras nos alejábamos más de las chicas y nos adentrábamos lentamente en los arboles pensé que quizás quisiera hablarme del ataque. Pero eso no tenía sentido. No era yo la persona con la que debería hablar acerca de las defensas que había prometido revisar antes de marcharse.
─ Siento hacerte caminar... no debe ser la actividad más agradable ahora mismo─ dijo con una sonrisa cuando nos detuvimos en una zona tranquila, donde los arboles comenzaban a aparecer pero sin cubrir totalmente la vista del complejo. ─ Pero necesitaba hablar contigo, en privado. Y siempre hay alguien dando vueltas por allí.
─ ¿Ocurrió algo? ¿Se trata de Nisha?
─ ¿Nisha?─ me miró sorprendido y algo avergonzado de que conociera sus sentimientos por la dhampir. Si antes había tenido alguna duda, ahora, estaban todas disipadas. O algo así. ─ No de Nisha. Se trata de ti.
─ ¿Mi? ¿Qué hay conmigo?─ pegunté nerviosa. Damián era agradable, pero nosotros no habíamos tenido algún tipo de amistad cercana que nos hiciera tener temas en comunes. No había motivos, más que quizás Nisha -aunque Lara era la opción más viable para esa conversación-, para que nosotros hablásemos en privado.
─ De acuerdo. No sé cómo decir esto. Lo he sabido por un tiempo ahora... cuando te conocí no estaba seguro, pero entonces volví a casa y revisé la información y ya no tenía dudas. Mi madre nunca me dijo tu nombre completo, porque es una de las normas de la comunidad. Entonces, ¿sabes que trabajo en La Corte, cierto? Allí se nos informó a unos pocos guardianes, muy pocos realmente porque se está tratando el tema con mucha discreción, acerca de una novicia de St. Vladimir que estaba prófuga. Rosemarie Hathaway─ Tenía un nudo en la garganta con cada palabra que pronunciaba. Lo vi sacar algo de su bolsillo e inmediatamente di un paso hacia atrás y rodee mi vientre cruzando los brazos protectoramente frente a él. Pero no tenía armas a la vista, sólo una fotografía vieja de mi archivo de estudiante. ─ No hay dudas de que la Rose de mi madre y la que busca el gobierno Moroi es la misma.
─ Da... Damián─ sacudí la cabeza con incredulidad. ¿Había dicho que era una prófuga del gobierno Moroi? Realmente no pensé que las autoridades del colegio se fueran a preocupar por mi huida. Antes había sido diferente, porque me había llevado a un miembro de sangre real conmigo. ¿Pero ahora? No tenía sentido. Y no era St. Vladimir de lo que estábamos hablando, era la reina.
Por segunda vez en menos de una semana me estaba preguntando si ellos podían saber mi secreto. Sabía que había dejado algunos cabos sueltos atrás al hablar con la doctora Olendzki, pero ellos no podrían realmente comprobarlo ¿cierto? Y fue entonces, justo ahí, parada junto al hijo de la mujer que me había refugiado y que ahora conocía mi secreto -o eso creía-, que recordé el examen de paternidad al que había accedido a someterme casi medio año antes.
─ No sé que hiciste, Rose, porque se trata de un caso confidencial. Ni yo ni ningún guardián de mi rango tiene acceso a ese nivel de información. Pero es bastante claro que tuvo que ser algo serio. La reina no gastaría ni el tiempo ni los recursos que está invirtiendo en esta caza si no se tratara de algo importante. Pero como he dicho, no sé que pasó. Mi madre... no sabe esto, pero he indagado y ella cree que has sido abusada por algún Moroi─ Había sospechado que era la idea que Devora tenía de mi. Por algún motivo era lo que todas las mujeres dhamp de aquella comunidad pensaban cada vez que una muy joven llegaba embarazada. ─ Y si ese es el caso, me lleva a pensar que quizás te defendiste. O no, y alguien está tratando de ocultarlo. No sería la primera vez que pasa, realmente. Sobre todo si él es alguien importante. ¿Es ese el caso, Rose?
─ Están tratando de cubrir algo─ reconocí, pero sin dar mayor información. Estaba tratando de permanecer sosegada en el exterior, pero por dentro estaba derrumbándome ─ Pero no hice nada malo, Damián. Realmente. Nada ilegal.
─ Es mi trabajo reportar esto, lo sabes. Tú fuiste educada de esa manera, quizás más que yo porque creciste en el seno de una institución Moroi, así que comprendes mi obligación a con ellos.─ Asentí con los ojos llorosos, porque ya podía imaginar a los guardianes entrando en cualquier momento para sacarme de la comunidad y llevarme ante la reina. Y aunque si Damián hubiera procedido a atacarme aquella tarde yo me hubiera defendido sin tener en cuenta ni un sólo segundo de quién era hijo, también comprendía y hasta admiraba su lealtad y su deber. ─ Pero si hago eso, el corazón de mi madre se rompería. Y quizás hasta no me lo perdonaría. Es tan protectora... más con todas ustedes que conmigo. Pero lo entiendo, porque también me crié aquí. Mi madre era apenas una niña cuando yo nací, diría que prácticamente crecimos juntos. No sé si lo sabes, pero antes de que llegáramos aquí mi madre y yo vivimos con... ese hombre, sería... mi padre. Era un animal. Creía que podía tener lo que quería en el momento y de la forma en que deseaba. Así que comprendo más de lo que crees. Por eso no voy a dar aviso a los Moroi o los guardianes. Debes estar preguntándote por qué te lo digo entonces.
Asentí, suspirando de alivio, pero todavía precavida. Había más que mi vida en juego, si daba un paso en falso -demasiada confianza- perdería todo en un abrir y cerrar de ojos.
─ En primer lugar, para que tengas más cuidado. Así como yo otros pueden averiguar tu secreto, y no todos serán tan indulgentes. Ni siquiera nuestra especie, Rose. No tenemos muchas visitas de guardianes o alquimistas, pero ocurre de vez en cuando como has visto. Y aparentemente la reina no ha distribuido esta información entre los humanos aún, pero cuando lo hagan o cuando la ley del censo se apruebe, tu secreto no tardara en salir a la luz.
─ Entiendo. Encontraré la forma pasar más desapercibida. Es... es importante para mí no volver a tener contacto con los Moroi─ argumenté, todavía preocupada. ─ ¿Y la otra razón por la que me lo dices?
─ No tienes que decirme qué pasó, pero si a mi madre. Si lo que hiciste peligra la estabilidad de la comunidad y la seguridad de todas estas mujeres y niños, ella debe saberlo. Y si aún así decide que puedes quedarte, entonces está bien. Pero tienes que decírselo o... o le diré lo que sé, y eso será peor. Si sabe que no le has dicho toda la verdad, Rose, ella estará muy decepcionada─ Por el breve tiempo que había conocido a Damián sabía que sus palabras no tenían la intención de parecer una amenaza, pero también tenían todo el potencial de serlo. El miedo que había comenzado a enterrar salió a flote una vez más y el pánico por su exigencia latía en mi interior con fuerza. Negué con la cabeza. No tenía certeza de muchas cosas por esos días, pero sabía una cosa: si hablaba a alguien de mi secreto no tardaría mucho en comenzar a correrse la voz, y esa sería mi perdición.
─ No puedo hacerlo─ Traté de verme lo más vulnerable posible, lo que en realidad no requería de mucha actuación, porque era así, expuesta, perdida, como me sentía. Si Damián tenía un poco de consideración por mi estado y por lo que creía que había pasado podría salir de allí sin la necesidad de comenzar a hablar. ─ Damián, por favor. No le digas a Devora. No entenderá por qué no lo conté todo... y no volverá a confiar en mí. Pero juro, juro que no he hecho nada malo o ilegal, no he lastimado a nadie y nadie saldrá herido a causa de ello. Lo prometo.
─ ¿Cuál es el problema con decírselo a mi madre, entonces?─ Negué con la cabeza, con lágrimas en los ojos, porque podía ver empezar a derrumbarse todo frente a mí. Me sentía como un animal enjaulado, a tiempo de ser sacrificado. Y Damián debió darse cuenta, porque levanto las manos y se alejó unos pasos. ─ No tengo intención de causar ninguna dificultad en tu vida, Rose. No te conozco mucho, pero no pareces alguien que quisiera que todas estas personas se vieran perjudicadas por algún secreto que guardes. Pero...tengo que velar por la seguridad de mi madre y las personas a las que ella protege. ¿Entiendes eso? Y tú eres una de esas personas, por eso, si no hablas con ella, cuando el momento de aprobar y poner en uso la nueva ley llegue nadie podrá ayudarte.
Podría decir, sin temor a equivocarme, que había sido esa conversación y el miedo a lo que de ella fuera a surgir lo único que me había motivado aquella noche a salir de mi habitación luego de que mis compañeras de vivienda se hubieran dormido. Las palabras de Damián perduraron en mi memoria incluso cuando hubo abandonado el complejo, y resonaban como ecos en mi mente murmullos acusadores y amenazantes.
Sabía mientras tocaba la puerta de la cabaña de la mujer que lideraba la comunidad que era demasiado tarde para tener cualquier tipo de conversación. La luna estaba alta en el cielo cuando escuché el sonido ajetreado de alguien moviéndose dentro de la casita de madera, y unos minutos después el picaporte de la puerta.
─ ¿Rose?─ Devora estaba en su ropa de cama y mirándome con una expresión preocupada en el rostro. ─ ¿Estás bien, querida? Vamos, pasa, debes estar congelándote.
En efecto, lo estaba. Había salido tan apurada una vez que me convencí a hablar con ella, que por miedo a cambiar de opinión no había tomado conmigo ningún abrigo. Estaba vestida con una delgada camiseta gris que utilizaba para dormir; una de las pocas de mis antiguas prendas que aún me cabía y cubría todo mi vientre, y unos viejos pantalones sueltos que solía usar para los entrenamientos con Dimitri.
Asentí, rodeándome los brazos con las manos, pero permanecí inmóvil en mi lugar. Devora me miró, ladeando la cabeza en mi dirección. ─ ¿Podemos hablar, por favor?─ me sentía débil, asustada, y pérdida, pero la mirada cálida de aquella dhampir sabía tranquilizarme de una manera casi similar y entonces distante de las manos o las palaras de Dimitri. ─ Yo-yo-yo...
─ Oye, respira─ me tranquilizó, extendiendo una mano y apoyándola sobre mi hombro. ─ Puedes decirme cualquier cosa, Rose.
─ Yo lo siento─ respiré profundamente, sintiendo como mi bebé comenzaba a inquietarse. ─ Yo no... No te dije toda la verdad cuando... cuando llegué aquí. Y entonces Damián me dijo que debía hablar contigo. Pero no tuve la intención de ocultártelo... lo juro... no lo sabía. Pensé que... pero no lo sabía... y no... Yo...
─ Oye, oye, cálmate. Vamos a entrar y a hablar tranquilas, ¿de acuerdo?─ sugirió, ofreciéndome una de sus manos. Esa fue la primera vez que entraba a su cabaña. Era idéntica a las otras, aunque ella le había dado su propio estilo. Me llevó a la pequeña sala, donde tenía un sofá de cuero y una mesita de té de cristal. Empujó suavemente mi cuerpo tembloroso al sillón.
─ Te prepararé algo para beber y entonces me contaras todo. ¿De acuerdo?─ Asentí, ahogando un sollozo.
Mirando atrás, puedo por fin entender que mi miedo ese día no sólo era por el bienestar de mi bebé. Me había acostumbrado tanto a ese lugar, a esas personas que tanto me habían ayudado, que la idea de que me pidieran marcharme me era aterradora. Sin Dimitri, sin Lissa, y sin mis nuevos amigos sólo éramos mi bebé y yo, solas contra la realidad.
Devora volvió con una taza humeante de chocolate caliente. Por unos minutos nos sentamos silenciosamente una frente a la otra en el sofá; ella pacientemente esperando e instándome a tomar la bebida cuando aún estaba caliente, yo sosteniendo la taza con ambas manos. Mis soplidos eran el único sonido perceptible.
─ Hablaste de Damián. ¿Mi Damián?─ susurró después de algún tiempo. Sacudí la cabeza en afirmación, mirándola por encima de mi taza. ─ ¿Quieres empezar por ahí?
─ Hoy vino a hablar conmigo, sobre algo que descubrió en La Corte─ Dije con la voz pequeña. Ella asintió, animándome a continuar. ─ En La Corte... le asignaron a él y a otros pocos guardianes una misión especial. Él no sabe nada acerca de ella, más que lo necesario para cumplirla.
─ ¿Cuál es esa misión?─ Estaba confundida. Estaba allí para halarle de mí, pero estaba yo contándole sobre el trabajo de su hijo.
─ Encontrarme─ confesé después de un largo periodo de tiempo. Miré más allá, a la madera ardiendo en la chimenea, y continúe mi explicación con los ojos llorosos y sin mirarla a la cara. ─ Dijo que los Moroi estaban buscándome, que se trata de una caza organizada por la reina. No lo sabía, no sabía que los Moroi me buscaban. Nunca habría venido y arriesgado a todos, lo juro. Lo supe esta tarde.
─ Te creo─ dijo sin pestañear. Levanté mis ojos de las llamas y pude ver en su expresión la fe y la seguridad. ─ ¿Por qué te buscan? Tienes que contarme todo.
─ No me creerás... pero te lo diré igual─ ella asintió. ─ No es a mí a quien quieren, es a mi bebé. Cuando me fui de la academia, lo hice por temor a que esto sucediera. Ya había pasado antes, ya habían lastimado a otros bebés como el mío, sólo quería protegerlo. Pero fui muy torpe, le dije a alguien más sobre esto, y ella... la doctora de la academia... se los dijo.
─ De acuerdo─ levantó una mano tratando de calmarme. ─ Quieren a Anna, ¿Por qué? ¿Tiene que ver con su padre?
Asentí─ Pero no es cómo crees. No me violaron. Yo, yo estaba en una relación con un dhampir. Y eso es todo. Sólo había... mmm... estado una sola vez con él y yo estaba embarazada. Se lo dije a la doctora de mi escuela y ese fue mi error. Hizo ese examen de paternidad, y supongo que se lo dio a los Moroi
Devora estaba mirándome con los ojos abiertos. No esperaba otro tipo de reacción, y estaba segura de que en los siguientes minutos estaría riéndose de mi y diciendo que aquellas no eran horas para bromas. Pero si me creía, si había una posibilidad, sólo esperaba que pudiera tener una mente abierta, comprender la inocencia de mi bebé y cumplir su promesa de siempre protegernos como si fuéramos sus hijas.
Ella volvió a asentir, mirando en intervalos mi rostro y mi vientre. ─ ¿Dijiste que había pasado antes?
─ Una vez. Al menos es todo lo que yo conozco. Hace unos años. Anna, así se llamaba─ Sus ojos se iluminaron con reconocimiento. ─ Era una guardiana. La de San Vladimir. Ellos, ambos, eran especiales. Él tenía este poder curativo y con eso él la salvó después de morir ahogada de niña. Ese poder se llama espíritu y mi mejor amiga también lo posee. Es un elemento Moroi, pero diferente.
─ ¿Moriste? ─ Ella hablaba de ese suceso como algo tan corriente, sin hacer tanto asunto de él, que me infundió en una confianza que me impulsó a seguir hablando.
─ Hace tres años─ susurré. Aquel día siempre permanecería con siniestra claridad en mi memoria. ─ Un accidente. Lissa estaba allí y me salvó. Y entonces pasó esto─ Deslicé una de mis manos por el vientre. ─ Y ellos temen, supongo. Si dos dhampir tienen un hijo juntos, ¿sabes lo que eso significa?
─ Todo el sistema Moroi se desestabilizaría─ reconoció, acercándose más a mí en el sofá. ─ ¿Qué hicieron con el otro bebé? ¿El de Anna?
─ Lo mataron─ susurré, mirándola a través de las lágrimas. Era la primera vez que decía en voz alta todo aquello, y era un alivio, pero también le daba toda otra dimensión a la situación. ─ Y quieren matar a mi bebé también, Devora.
Esa imagen, aquella que había enterrado por meses en el baúl de mis temores, salía a relucirse ahora en todo su esplendor. Desde que me había enterado de la existencia de Anna mi temor había sido la incertidumbre, el nunca saber qué harían los Moroi al enterarse de ella, pero entonces el peligro se convirtió en algo certero, concreto, algo que realmente podía alcanzarnos.
─ Ellos no le harán daño ─ prometió, acercándose mucho más y tomando una de mis manos con fuerza. Algo en su convicción me pareció sincero, pero no creía que ella pudiera hacer algo en contra de los Moroi si ellos aparecían por aquí con órdenes directas de la reina. ─ No mientras estés aquí. Nunca ignoré que los Moroi fueran tan despreciables con nuestra especie, pero lo que quieren hacer con tu bebé... bueno, eso es simplemente inhumado. Querer forzar a alguien a deshacerse de su bebé pasa por encima de un centenar de derechos. No vamos a permitir que eso ocurra, Rose.
x*X*x
Y durante un mes completo nadie se enteró. Con el paso de los días volví a sentirme segura, aunque ahora había vuelto para quedarse aquella sensación de alerta constante. No me preocupaba tanto el hecho de que Devora supiera todo. Era más la posibilidad de que alguien llegará tan fácilmente a mí como Damián lo había hecho. Él me había dicho sin equivocarse que la próxima vez tendría menos suerte, que no todos serían tan indulgentes como él.
Estaba tan preparada para que alguien entrara por el sendero de la comunidad para arrastrarme a la Corte que me tomó bastante desprevenida la invasión de Lissa y Adrian en uno de mis sueños la noche antes a víspera de año nuevo.
La navidad había pasado, y con ella mi semana número treinta y seis de gestación. Eso también me había sacado un peso de encima, porque a pesar de que aún faltaban otras cuantas semanas para que Anna llegara, sabía que a partir de entonces, si algo salía mal, ella tenía más posibilidades de salir con vida. Estaba a tres días de llegar al primer momento del embarazo que era considerado a término ya y mi vida con un vientre entre medio se había vuelto toda una hazaña. No tenía idea de cómo sobreviviría un día más así.
El día que ellos llegaron, o más precisamente la noche en que lo hicieron, yo estaba sentada en la parte trasera del complejo, detrás de las cabañas. Junto con el oasis privado de las chicas, la vista hacia las montañas se había vuelto mi sitio favorito del lugar. El río que pasaba por ahí estaba congelado en esa época del año, incluso en mis sueños. Y fue, quizás, el hecho de que fuera consciente de que estaba soñando lo que me percató de su visita.
No sentía frío, a pesar de que estaba descalza y llevaba únicamente un vestido de estampa floreada. Esa fue la primera pista. Así como el calor me era insoportable en verano, el embarazo también me había hecho más susceptible a las bajas temperaturas, así que era improbable que estuviera allí, de esa manera, sobre un piso nevado sin sentir nada. Aquella prenda de vestir me hacía ver incluso más embarazada de lo que estaba, o al menos no lo disimulaba en absoluto. Aunque era bastante difícil disimular mi embarazo a aquella altura de los tiempos.
Mi mano se deslizaba por sobre la nieve, y cada tanto recogía un poco de ella para verla derretirse entre mis dedos. No sospechaba que a mis espaldas había una pareja de observadores esperando a mi reacción. No hasta que sentí sus manos apoyándose sobre mis hombros.
Cuando volteé a verlos estaban allí, tal como los recordaba, a excepción de las bolsas debajo de sus ojos que me demostraban que estaban durmiendo muy poco. Ella se veía de la misma manera que la última vez que la había visto, el día que me fui de la academia. Su cabello rubio se deslizaba por sus hombros, como un manto liso enmarcando su rostro y sus ojos jade. Él tenía la mirada más triste que recordaba haber visto en sus ojos. Era incluso más desgarrador verlo así que recordar nuestra última conversación. Anhelaba tanto volver a verlos, pero entonces se acercó y me habló, y de alguna manera supe que aquel sueño no era un producto de mi imaginación, sino una construcción suya.
─ Pequeña dhampir─ susurró, doblando sus rodillas y agachándose para estar a mi altura. Lissa ya estaba allí también, apoyando una mano cálida sobre mi vientre. Es sólo cuando ella me tocó, con su cuerpo tibio, cuando me di cuenta del entorno frío que me rodeaba. Reprimí un escalofrío.
─ ¿Dónde estás Rose?─ preguntó ella. Su rostro aún expresaba un sutil desconcierto, como si no pudiera creer lo que estaba ocurriendo. Probablemente no había esperado encontrarme con un vientre sobresaliente en un mini pueblo "salvaje" congelado.
Y fue entonces cuando me di cuenta de que si Lissa sabía, pronto lo sabría Dimitri. Y entonces el pánico regresó.
La imagen de mi bebé, aquella que había reprimido por meses, de aquel primer sueño aterrador regresó con violencia. Allí había estado Lissa, y también Adrian, pero era ella quien había lanzado a la construcción onírica de mi hijo -cuando aún no conocía nada de él- a una muerte horrorosa. Esta Lissa no le haría daño, lo sabía, incluso porque no tenía conocimiento de su naturaleza milagrosa. Pero me habían pasado los siete meses construyendo una barrera protectora para poder esconder a aquel pequeño ser, no era fácil echarlas abajo, ni siquiera junto a ellos.
Negué con la cabeza, retrocediendo mientras me amujaba con ayuda de mis pies. ─ No. No ─Seguí negando frenéticamente. Lissa se paró inmediatamente, levantando una mano, como si quisiera rendirse. Pero seguían allí. Ambos me tenían encerrada en aquel sueño, y yo no era capaz de encontrar una salida en él. ─ Váyanse. Tienen que... Déjenme salir de aquí, por favor.
Recordaba vagamente haber escapado de los sueños de Adrian. Sólo tenía que despertarme en la realidad. Pero la fuerza que me mantenía atada a aquella fantasía era más fuerte de lo que recordaba. O el embarazo me hacía mucho menos capaz de luchar contra el espíritu, o la fuerza que unían aquellos dos era realmente más poderosa.
─ Rose ─intentó tranquilizarme Lissa, pero yo no oí nada después de mi nombre. Si me esforzaba mucho, el mundo a mí alrededor podía comenzar a desvanecerse. Ellos también. Pero suponía que estaban poniendo tanto o más que yo en mantenerme dentro del sueño, porque cada vez que esa realidad comenzaba a desdibujarse todo se recomponía con rapidez.
─ ¡Déjenme ir!─les exigí. No recordaba que pudiera sentir dolor en un sueño, pero allí estaba comenzando a resurgir aquella familiar palpitación en mi nuca.
─ Vas a hacerte daño, pequeña dhampir, deja de luchar contra el espíritu─ exigió Adrian, y parecía sinceramente alarmado. ─ Déjala, suéltala Lissa.
─ ¡No! Acabamos de hallarla. Rose, escúchame...─Negué, mientras el mundo a mi alrededor se balanceaba entre su existencia y su extinción. No estaba muy consciente de cómo estaba logrando hacerlo, pero era como si tuviera al menos un mínimo de control sobre aquel sueño. Y sabía que no podía ni debía estar haciéndolo.
─ ¡Se va a matar a sí misma, déjala irse!─ volvió a ordenarle Adrian, y algo en aquellas palabras la convencieran. Pude ver sus hombros caerse en derrota. ─ Te vamos a dejar ir, pero tienes que saber que sólo queremos saber si te encuentras bien, Rose. Sólo tienes que hacernos saber, o a Dimitri, que estás bien.
Y con esas últimas palabras se perdieron en la niebla de la realidad. Yo estaba sola otra vez, en mi habitación, sentada sobre mi cama y temblando con violencia.
(Capítulo reescrito)
