Hola!

La mayoría de vosotros sabéis, porque lo he comentado en algún review o en alguna nota, que últimamente no tengo conexión a internet, y se me hace realmente díficil encontrar un ciber que me permita manejar mis archivos en el lápiz de memoria. Por eso, aprovechando que estoy en mi casa del pueblo, intentaré dejar todos los capitulos que pueda. A ver que tal..

Ah, Lynn está muy cerca, por si alguien lo pregunta.


Capítulo 20. El chico del viento.

Cuando Tetra se acostó esa noche, después de explicar a todos como llevar el timón para mantener el rumbo, el resto de la improvisada tripulación se reunió para tratar un tema importante.

- Debemos decirle la verdad a Tetra. Sobre quienes somos, la misión, todo... – expuso el rey.

- ¿Qué necesidad hay de ello? – preguntó Reizar. – Tetra parece una persona confiada y tranquila, pero se altera con facilidad y hace cosas como la de la otra noche.

- Si se entera que tú eres ese famoso prometido del que huye, entonces, se arrojará al mar. – terminó de decir Zelda. Por su expresión, Link no supo si aquello le hacía gracia o hablaba en serio.

- Tarde o temprano lo descubrirá. En Lynn, Zelda es muy famosa, seguro que alguien la llama como a ella tanto le gusta... – Leclas iba a añadir Sir Zanahoria, pero la mirada venenosa de Zelda le indicó que no estaba para bromas. La verdad, es que durante todo el día la guerrero había estado de un humor de perros.

- Tienes razón, gruñón. – comentó Zelda. – Yo soy contraria a decirle la verdad, pero es obvio que lo va a descubrir. Y si le dan ataques de histeria, entonces tenemos a Reizar para sostenerla¿cierto?

Otro que había estado de morros todo el día. El mercenario asintió, aunque no muy convencido. Link dio una palmada, y dijo que, en cuanto él recuperara su color de cabello normal, él mismo se ocuparía de contarle la verdad.

"Estupendo, estupendo... Otra escenita en el puente con el timón, y me darán arcadas" pensó Zelda, mientras caminaba hacia su camarote. Demasiado tarde, recordó que la princesita capitana se había acomodado en su camarote, el segundo mejor después del despacho del capitán. Tetra se habían negado a dormir en él, por el olor que desprendían las sábanas.

Maldiciendo su suerte, Zelda cogió una manta y salió al exterior. La primera guardia la haría Reizar, y ella había decidido dormir en el puente, a la espera de su turno. Le importaba poco el frío o la humedad que le rizaría el cabello. Lo único que quería era apartarse de Tetra la Repelente.

"Kafei, ojalá estuvieras aquí. Me vendría muy bien que me dijeras que pasa por la mente de la princesita"

Lejos, muy lejos, rodeado de colinas que subían y bajaban como olas inmóviles, Kafei cabalgaba sobre el lomo de su fiel Dújar. Nada más ver que los otros se habían marchado, intentó salir de inmediato de Salamance. Hizo bien, pues los guardias establecieron un férreo control, como si le esperasen. Kafei logró pasar gracias a Minaya, después de un día de espera. La pintora le acompañó hasta la muralla. Al ver el control, le ayudó provocando un incendio en uno de los carros. Los guardias se vieron obligados a extinguirlo y Kafei, acompañado de otros criminales que deseaban huir de la ciudad, logró alcanzar el otro lado sin llamar mucho la atención.

Desde entonces, no se había detenido nada más que para comer un poco y para asearse. No sentía sueño ni cansancio. Con el corazón encogido por la idea de que Maple estuviera sufriendo, recorrió las llanuras del reino de Gadia. Esa noche, había sentido por primera vez un estremecimiento, y supo que los otros se habían enfrentado a alguna dificultad. Si se concentraba, podía sentir que aún estaban vivos.

"Pero también presiento... que estoy en peligro" Kafei golpeó las ancas de Dújar, pero de repente su caballo, que había sido un fiel compañero de fatigas, se derrumbó como un muñeco de trapo y le arrojó a un lado del camino. Kafei se quitó el aturdimiento y trató de socorrer a su montura, pero Dújar, tras emitir unos lamentables relinchos, dejó caer la cabeza, con los ojos en blanco.

- Perdóname... No sabía que estabas tan cansando... Yo... estaba demasiado ocupado tratando de saber de los demás que no me di cuenta. – Kafei acarició las crines de su caballo, y bajó la cabeza, avergonzado y entristecido.

Hasta ese instante, se encontraba bien, pero, mientras acariciaba las crines de Dujar, el cansancio comenzaba a hacer mella. El calor de Dújar iba dejando este mundo, mientras la mirada vacía de Kafei recorría los paisajes de su infancia.

Muchos años antes, a la edad de 9, Kafei Suterland acariciaba los cabellos oscuros de su madre. Era el recuerdo más firme que conservaba de ella: el brillante y suave pelo negro, que siempre se cepillaba con la cabeza echada hacia atrás. De su padre recordaba las manos, callosas y firmes, que le daban golpecitos en la cabeza para indicarle que había hecho bien sus tareas.

Del otro lado de la sala que servía de velatorio, le llegaban voces susurrantes de las mujeres de Kakariko. Una semana antes, sus padres habían llegado con su espectacular carromato-tienda. Vendían de todo: desde telas de algodón con estampados a cuadros o rayas, hasta sartenes, pasando por productos de cosmética, sandalias, baratijas, medias, calcetines... Era díficil moverse en aquel carro, pero se las apañaban bien. Debido a que la mayoría de los caminos estaban cortados por culpa de los fuertes impuestos y los bandidos, era díficil que llegaran mercaderes, por lo que pronto la mercancía de los Suterland se acabó.

¿Quién iba a pensar que ese día, cuando todo parecía que les sonreía, su madre iba a enfermar de esa manera? En menos de dos días, tanto Terry Suterland como su joven esposa Nalea fallecieron. Kafei fue apartado de sus padres por orden del médico, para evitar el contagio, y no estuvo con ellos cuando murieron. El día del velatorio, solo en medio de una villa desconocida, sin familiares que le consolaran, Kafei solo podía rezar para que la muerte le escogiera.

- ¿Qué va a ser del niño? – preguntó una de las mujeres.

- Ni idea... El dinero puede que le salve una temporada, pero cuando no pueda pagar el impuesto, se lo llevarán a un orfanato. – declaró alguien más.

- Pero es de Holodrum, a él no le afectan las leyes.

- Su madre era de Hyrule, por tanto, también es ciudadano de este reino. – dijo un hombre con voz pedante. Kafei cerró los ojos. ¿Qué más le daba donde iba a vivir ahora, si ya no tendría a sus padres?

- Puede permanecer en mi casa un tiempo. Los guardias no vendrán, no les gusta ver mi fea cara.

Dampe, el enterrador, emitió una carcajada lúgubre. La primera vez que Kafei le vio, retrocedió del susto. Era el hombre más feo que había visto en su vida: jorobado, con los ojos uno casi encima del otro, la boca ladeada llena de dientes más grandes de lo normal. La piel estaba cuajada de agujeros y granos del tamaño de guisantes... no era nada agradable. Sin embargo, esa larga noche del velatorio, Dampe le puso un cuenco de sopa entre las manos y le acarició el pelo como hacía su padre.

- Um... Eres un chico fuerte y alto para tu edad, seguro que alguien te contrata para trabajar. – comentó con su voz gutural. – Creo que se quién puede permitirselo...

El enterrador vivía en una cabaña muy pequeña, pero no le importó cederla para Kafei. Dampe decía que prefería dormir en el exterior, que en verano era su actividad favorita. Tan triste estaba Kafei que no pudo siquiera darle las gracias en aquel entonces, y mucho menos tratar de convencerlo para que no dejara su cómoda cabaña. Después del entierro de sus padres, Kafei durmió durante un día entero. Dampe tuvo mucha paciencia con él esos días: le hizo la comida, no le pidió ni una sola vez que le ayudara, ni le atosigó con palabras de ánimo.

En su lugar, primero le preguntó si tenía algún pariente en Holodrum. Kafei sabía que su madre tenía unas primas lejanas que vivían en Términa. Él no se acordaba ni de sus nombres ni de algún dato útil.

- Lo mejor será que trabajes. Mañana, vendrá una persona, tienes que ser amable con él...

En efecto, al día siguiente, mientras Kafei (un poco más despejado) limpiaba la cabaña del enterrador, aparecieron en la puerta un hombre alto y muy delgado. Tenía perilla, ojos grandes y caídos, que le daban un aire triste. Vestía un peto de tela fuerte y unas gruesas botas. Miró a Kafei con altivez.

- Es un niño.

- Eso ya lo sé. – dijo Dampe. Tomó a Kafei del hombro y le obligó a dar un paso. – Se llama Kafei, y es bastante fuerte.

- A mi... no me lo parece. Y yo necesito a alguien que lleve el carro y descargue las cajas de leche. – el hombre le siguió observando como si Kafei fuera una estatua. – Además, tendría que pagar una cantidad desorbitada por los impuestos de la reina Estrella. Le quedan muchos años para cumplir los 18.

- Ya ves, es bastante alto. Puedes decir que tiene 12 años, y así te ahorras ese tiempo. – Dampe dio una carcajada. Kafei empezaba a reaccionar. ¿Cómo se atrevían a tratarle como un trozo de carne, como si fuera idiota?

- Señor. – se atrevió a decir entonces el muchacho. – Me llamo Kafei Suterland, soy hijo de Terry y Nalea. Sé conducir un carro y también puedo descargar mercancías. Sin embargo, no deseo trabajar para usted.

Dampe y el señor le miraron como si en vez de un niño quién les hablaba fuera una de las estatuas que decoraban las tumbas, fuera de la cabaña.

- Supongo que deseas acabar en un orfanato, entonces... – declaró el hombre de la perilla. Dampe, situado un paso atrás de este tipo, hacía gestos con la cabeza negando, para decirle a Kafei que fuera más educado.

- No soy un criado ni un tonto. Si quiere hablar de contratarme, puede hacerlo directamente. – a pesar de la dureza de las palabras, Kafei lo dijo de forma suave. El tipo de la perilla negó con la cabeza.

- Para trabajadores contestarios ya tuve bastante con mi hermano y con el chico que tuve antes. Se rompió el cuello en un accidente. – el tipo de la perilla negó con la cabeza. – Lo siento, Dampe, vas a tener que pensar en otra cosa.

Y tras esto, se marchó. Entonces, Kafei se giró, y percibió ver a alguien que les observaba, a través de la cortina de entrada. El hombre de la perilla cruzó el umbral con la cabeza bien alta. Dampe le siguió.

- Sr. Ingo... Recuerda que lo estuvimos hablando en la reunión... Si podemos salvar a los niños de ir a los orfanatos, debemos hacer algo.

- No hay dinero apenas...

Kafei se asomó. Sí, había una tercera persona allí. Una chica, con los cabellos castaños recogidos en dos coletas y unos impresionantes ojos azules. Como el tal Ingo, también lucía una especie de peto de granjera, pero en el bolsillo llevaba flores. Del brazo le colgaba una cesta de mimbre llena de frutas y verduras.

- Tío. – dijo la niña. Tiró de la manga de Ingo y luego señaló con la cabeza hacia Kafei. - ¿Por qué tiene esa mirada tan triste?

Esta pregunta lo hizo muy baja, pero Kafei la escuchó.

- Señorita Maple, hable con su tío. Ustedes necesitan alguien que les haga los repartos de leche, el chico tiene experiencia: sus padres tenían un carro, y yo mismo le vi como lo conducía y también como ayudaba a cargar y descargar. – insistió Dampe.

Maple, la niña, le miró directamente a los ojos. Luego, alargando la mano, se presentó como Maple Lon-Lon.

- ¿Te gustan las vacas? – preguntó, mientras su tío Ingo se dedicaba a mirar las tumbas y poner cara de circunstancias.

- No...mucho, la verdad. – declaró Kafei, tras dudar.

- ¿Y la música?

- Sí, la música sí, pero no se tocar ningún instrumento...

- Yo puedo enseñarte... a ordeñar las vacas y a tocar un instrumento. Bueno, solo sé tocar la ocarina y el piano, pero este último regular y... Se me dan mejor las vacas. – Maple había empezado a coger cuerda. Entonces, cuando hablaba, podía estar horas y horas diciendo una frase tras otra sin pensar mucho. De las vacas pasó a hablar de la música, y luego de las materias que tenía que estudiar, aunque no iba a la escuela. Maple se calló cuando vio que Kafei, a pesar de estar muy atento a lo que decía, seguía con la mirada triste. – Tío, yo le contrato.

- ¿Cómo? – preguntó Ingo.

- Que le contrato yo. – Maple se metió las manos en los bolsillos, e imitó en la forma de andar a su tío. Hasta levantó un poco la barbilla. - Tengo la mitad del rancho, y me dijo que debía implicarme en las decisiones. Pues bien... Deseo que Kafei se quede con nosotros.

"Si no hubiera sido por Maple, yo... habría acabado en un orfanato. No sé si hubiera sobrevivido o no, pero desde luego, mi vida habría sido diferente. A los 14 años, me di cuenta que estaba enamorado de Maple, y ella también de mí... Le debo la vida, no puedo abandonarla sin al menos ayudarla"

Kafei dejó el cuerpo de Dújar a un lado del camino. Le daba rabia abandonar a su fiel compañero en años, el caballo que conducía con el carro. Pero no podía perder más el tiempo. Ahora, tendría que ir caminando, hasta que pudiera hacerse con otro caballo. Tenía el consuelo de pensar que los demás parecían estar bien. "Zelda y Link son realmente fuertes. Leclas es un bocazas, pero a la hora de la verdad, es alguien en quién confiar... Pero Reizar... es tan extraño. ¿Qué eran esas imágenes que vi en su cabeza? Cuando me veía tratando de practicar mis poderes, se alejaba o se refugiaba en alguien o en alguna tarea... de tal forma que no podía percibir nada, excepto eso. Cuando le pillé con la guardia baja... fue porque estaba Tetra"

Kafei tocó el boomerang, enganchado en el cinturón. El viento había cambiado de dirección, de una forma tan brusca que no podía ser por naturaleza. Las ramas verdes de los árboles dejaron de agitarse, aunque el viento se había hecho más fuerte. Kafei desenfundó el boomerang y aguardó, controlando la respiración.

"Ahora mismo, la idea de separarme del resto no me parece tan buena"

El primer ataque le pilló del todo desprevenido. Salió despedido golpeado por una maza de aire. Sin embargo, aterrizó en el suelo aturdido pero de pie. Lanzó el boomerang hacia un lugar, de donde provenía la magia, y acertó a algo. Escuchó el golpe, y luego, su arma regresó hacia él, describiendo una elipsis. Kafei lo recogió al vuelo.

- Da la cara... cobardica. – gritó al viento, que le devolvió una risa fría.

- Esta vez, no tenéis a la luz dorada con vosotros para protegeros.

Kafei reconoció enseguida la voz: era el ser que les había atacado en casa de Minaya, el que Zelda y Link reconocieron como Vaati. Estaba en todas partes del aquel bosque, provenía de cada rama que se agitaba y de cada brizna de hierba bajo sus pies. Una sensación de ahogo y desesperación paralizó los músculos del descendiente de sheikans.

- Sois tan ridículos. – proclamó la voz. La sombra dio un paso al frente, y Kafei contempló con horror el rostro del chico, pálido. Recordó los delirios de Link en aquella cabaña cerca del árbol Deku: la piel blanca, la cicatriz bajo el ojo, el cabello plateado y el aliento gélido... como si estuviera muerto. Caminó con elegancia, como si portara una gran corona imaginaria, aunque sus atuendos eran sencillos. – Es una ironía... que haya acabado con el sabio de la luz y el siguiente en la lista sea el sabio de la sombra.

Kafei se irguió.

- Si tan ridículos somos¿por qué te cuesta tanto acabar con nosotros?

Vaati se echó a reír. Formó una bola oscura entre sus manos heladas, sin ninguna prisa. Kafei no podía moverse: los pensamientos del hechicero le llegaban llenos de ira y odio. ¿Hacia quién?

- Antes de finalizar con tu pobre vida te diré... que eres una vergüenza como sheik. No mereces pertenecer a esa raza. Los sheikans eran mucho más fuertes e inteligentes. A tí te han contaminado demasiado los humanos. – Vaati sonrió de forma triste. - Hubo un tiempo... en el que yo fui un poco sheik¿lo sabías? Me llamaban así, "el sheik". Sin embargo, me arrebataron el poder. Fue una lástima...

En esta última frase, la voz de Vaati había cambiado, a una más dulce, más humana. Kafei dio un respingo. Aquella forma de hablar le había hecho pensar en algo, pero no podía ubicarlo dentro de sus recuerdos. Los ojos con los iris corintio relucieron como los de una fiera salvaje.

Kafei reaccionó al fin. Se liberó del miedo pensando en la persona que más quería del mundo: el rostro de Maple. No iba a dejarse matar de esa forma estúpida, sin presentar batalla. Había prometido reunirse con los demás y rescatar a su prometida, y cumpliría ambas cosas.

- Diosa Nayru, dame fuerzas. – musitó. El boomerang vibró entre sus dedos. Kafei lo lanzó con todas las fuerzas, a la par que esquivaba unos murciélagos, surgidos de debajo de la capa oscura de su enemigo.

Alrededor de la madera del boomerang se formaron unos surcos violáceos y rosáceos. Al girar en el aire, de vuelta hacia su dueño, estos surcos formaron un pequeño torbellino. Vaati retrocedió para esquivarlo, y la bola oscura se desvaneció en el aire. Kafei no apartó la vista de su enemigo: podía leerle el pensamiento, sabía que haría a continuación. Vaati formó otra esfera oscura, más pequeña y manejable, y la lanzó hacia las copas de los árboles. Kafei ya no estaba allí: de un par de saltos, se había alejado del peligro antes siquiera de aparecer. Aquello podría haber desanimado a Vaati, pero en su lugar se echó a reír.

- Estupendo, estupendo... – musitó.

De repente, las hojas de los árboles se transformaron en puñales. Kafei trató de esquivarlas, pero recibió varios golpes. Evitando que se le clavaran más puñales, chocó contra uno de los árboles, y se quedó aturdido. Al recuperar la vista, pudo ver que Vaati tenía entre sus manos el boomerang.

- En algún lugar leí que es una deshonra morir a manos de tu propia arma. – Vaati levantó el boomergang por encima de su cabeza. – Si fuera una espada, tu agonía duraría menos...

Kafei aguardó a la muerte con los ojos abiertos de par en par.

- ¡Ah!

Reizar, del susto, se cayó de la hamaca. Le pareció escuchar un grito sonoro, pero ahora que estaba despierto del todo, escuchaba esos gritos en todas partes. El mercenario se puso en pie, confuso. La puerta del camarote se abrió de golpe y Zelda entró como un vendaval, seguida de Tetra.

- ¿Qué pasa? – preguntó la princesa. Llevaba puesta una de las túnicas que habían encontrado en el barco, y que empleaba como camisón.

- ¿Por qué gritan los dos? – Zelda le dio un golpe a Leclas, que dormía en un jergón en el suelo, y luego se acercó hacia Link. El sabio del bosque se incorporó confuso, pero se limitó a bostezar, dar la vuelta y volverse a dormir. Link había dejado de gritar, y miraba al techo con los ojos vacíos. - ¡Link¿Qué te pasa¿Otro sueño¿Qué has visto?

Link bajó de la hamaca.

- Nada grave. Hubo un segundo que... – Link observó el rostro de Zelda, y negó con la cabeza. – Kafei está bien, no te preocupes. Creo... que se nos olvidaba que tenemos buenos aliados.

- ¿Cómo? – Zelda envainó la Biggoron y se giró hacia Leclas, que seguía durmiendo.

- Nada... – Link observó otra vez a Zelda. - ¿Ha acabado tu turno en el timón?

La labrynnessa se giró corriendo, seguida de Tetra, quien como capitana, le dio una buena regañina por dejar el timón desatendido.

Kafei tendría que aguardar a la muerte muchos, muchos años (al menos, eso pensó entonces). Pues Vaati soltó el boomerang tras dar un sonoro grito. Un dardo de fuego le atravesó la palma. No debía ser una gran herida, pero la sorpresa y la indignación se reflejaron en su rostro. Perdió la concentración.

El granjero rodó por el suelo, recuperó su boomerang y volvió a levantarlo. Rezó a la diosa Nayru otra vez, y esta vez el boomerang golpeó en el pecho al mismo Vaati. Solo que el hechicero se volatizó al instante, tras dejar un rastro de carcajadas y maldiciones.

Kafei tuvo que sentarse en el suelo. Le dolían las heridas terriblemente, y no le quedaban ya fuerzas. Ni siquiera se preguntó quién o qué le había salvado la vida. Cuando levantó la vista, sus ojos volvían a ser azules.

Una silueta femenina se acercaba hacia él. Vestía unos bombachos negros, una camiseta escotada y un velo que ocultaba su rostro. Sus brazos estaban decorados con tatuajes oscuros y unos brazaletes de oro puro. Kafei se vio a si mismo reflejado en los ojos negros, profundos como un pozo y tan brillantes como el agua. A cada lado de la cadera pendían dos sables curvos. La misteriosa mujer desenvainó uno de ellos, y, usándolo como quién usa un palo para tocar algo que quema, rozó el orbe de Nayru.

- Menos mal... que no lo ha obtenido. – dijo la chica. Se agachó y se quitó el velo.

Kafei tardó en reconocerla: hacía unos años que no veía a Nabooru IV. La sabia del Espíritu, siempre tan alta y esbelta, tenía los pómulos aún más marcados y la piel aún más oscura. El granjero dio un suspiro de alivio.

- Menos mal... que has venido. – bromeó Kafei mientras trataba de ponerse en pie.

Nabooru sonrió para sí.

- Disculpa por mi tardanza. La muerte de Saharasala me pilló realmente muy lejos, y primero quise asegurarme de que los gorons estaban bien. Ya conozco parte de la historia... Supongo que Zelda y Link están camino del Orbe de Zaeta. – Nabooru tomó una cantimplora dorada de su cinto y se la tendió a Kafei. – Con esto, te sentirás mejor. Vamos, ese malvado de Urbión puede regresar.

Kafei casi escupe el contenido de la cantimplora.

- ¿Quién? Ese era Vaati, no... ¿Urbión? Pero ese es un amigo de Leclas, el que...

Nabooru negó con la cabeza.

- Ya te lo explicaré... Antes, debemos regresar a Hyrule.

El elixir que se había tomado tuvo un buen efecto: Kafei empezó a sentirse mejor, las heridas se cerraron y el cansancio desapareció.

- ¿No quieres reunirte con el resto? – preguntó.

- De momento, es más importante rescatar a tu prometida y ver qué tal se las apañan los gorons. – Nabooru le hizo un guiño. Silbó y una escoba se materializó a su lado. – Ya ves que una se entera de todo, jejeje... Cierra la bocaza y en marcha.