Sophia Weasley, la directora de Hogwarts, tenía treinta y seis años y una estatura media. La piel muy blanca, de rostro con facciones agradables y ojos marrones claros. Su cabello lacio y castaño claro, apenas pasaba de los hombros.
Muchos se preguntaban cómo había llegado a ser directora de esa prestigiosa escuela, con esa juventud. E incluso se comentaba que era por su ascendencia directa. Pero lo cierto es que Sophia Weasley era una bruja extraordinaria. La mejor de la descendencia de Ronald Weasley y Hermione Granger. Y eso no era poca cosa, ya que todos ellos eran muy bien considerados dentro del mundo mágico. Quizás de toda la familia, la única que podría estar a la altura, o quizás por encima de la brillante Sophia, era su abuela, Hermione Granger; por supuesto, comparándolas a la misma edad. Pero eso era algo difícil de comprobar, ya que su abuela, tenía alrededor de ochenta y cinco años. Además, la misma directora, admiraba tanto a su abuela, que cuando alguien insinuaba una posible comparación, ella la desestimaba, alegando que no podía equipararse con su abuela.
Los cuatro amigos llegaron a Hogwarts. Comenzaban el segundo año. Luego del discurso del sombrero seleccionador y el reparto de los alumnos de primero en las diferentes casas, habló la directora, dando la bienvenida a la escuela. Y posteriormente disfrutaron del banquete.
En su primer momento libre, Lucas Lunagan y Bruno Callahan, se dirigieron a la casa de Kana, la guardabosques. Esperando tener suerte y poder hablar con ella. Ya que no la habían visto hasta ese momento.
Lucas golpeó la puerta y luego de unos instantes, vieron a Kana con su largo, ondulado y colorado cabello, recibirlos con una sonrisa.
—Hola niños —dijo eso con su potente voz—. Que bueno verlos después de tanto tiempo.
Los niños abrazaron a Kana cariñosamente.
—Pasen a tomar un té.
—Gracias Kana —respondió Bruno.
Ambos sonrieron y pasaron.
La casa de la guardabosques estaba tal cual la recordaban.
Los jóvenes se sentaron y la silla de Lucas hizo un ruido molesto al sentarse.
—¿Que los trae por aquí?
—Además de querer verte —se apresuró Lucas—, quería contarte algo.
Kana sirvió los té y se sentó con los niños.
—Pues bien —comenzó el joven Lunagan, mientras entrelazaba sus manos incesantemente.
—Cálmate, Lucas. Te escucho.
Lucas le relató el primer sueño con todas las circunstancias. Como por ejemplo, que él no conocía a Alexandra. Y luego el segundo, que tuvo lugar en el Castillo de Inveraray, en Escocia.
Kana hizo silencio, pero su cara denotaba preocupación.
Se hizo un breve pero profundo silencio.
—¿Crees qué pueda significar algo? —Preguntó Lucas—. Nosotros pensamos, aunque parezca una locura, que esos sueños pueden relacionarse con las desapariciones que están ocurriendo.
Esto último lo dijo cada vez con un tono menor. Como si se avergonzara de lo que estaba diciendo. Le sonaba muy tonto al consultarlo con un adulto. Y pensaba lo torpe que debería estar viéndose para los demás.
Kana mantenía un silencio que ya comenzaba a molestar a los niños.
—Les pido que vengan a verme apenas terminen las clases —manifestó ella—. Por favor no lo comenten con nadie.
—Ocurre que Michelle y Alex ya lo saben.
—Está bien. Ellas que vengan.
—No sé si podremos —respondió Bruno—, porque no creo que nos permitan salir después de clases.
—No se preocupen por eso —volvió a decir Kana—, yo hablaré con Sophia. Pero por favor, recuerden que esto tiene que ser un absoluto secreto.
Después de finalizar el sabroso té remoto que preparó Kana, los jóvenes se marcharon.
—¿No crees que lo tomó muy en serio? —consultó Bruno.
—Sí. Está claro que algo le preocupó mucho.
La intriga fue mayor, luego de contarles a las chicas lo sucedido.
—¿Seguro qué estará bien que vayamos después de hora? —Preguntó Michelle.
—A mí también me preocupa —respondió Bruno—. Pero parecía estar muy segura.
—¡No puedo con esta intriga! —Exclamó Alexandra.
Al terminar las clases, los cuatro amigos se juntaron con una velocidad asombrosa, producto de la gran expectativa, en la puerta del colegio. Y fueron rápidamente hacia el hogar de Kana.
En una taberna en la ciudad de Londres, dos amigos magos de unos dieciocho años, terminaban de beber unas copas y salían de la misma.
—Que lástima que no pudieran venir las chicas —se lamentó uno de ellos.
Sus pasos resonaban en las desiertas calles de esa noche londinense.
—Seguramente hubiese bebido menos y ahora no me sentiría tan mal.
—¿Tú crees? —se rió su amigo, el cual estaba en un estado de ebriedad un poco menor.
Dieron algunos pasos más y comenzaron a sentir frío. Las luces de la calle se volvieron más tenues.
Ambos jóvenes se detuvieron y sacaron sus varitas. Casi de golpe se pusieron en guardia. El estado de alerta pudo contra el alcohol consumido minutos antes.
—¿Qué está pasando? —preguntó uno con voz tensa.
Mientras tanto las luces se desvanecían por completo.
—Parecen dementores —razonó uno de ellos.
Una sombra negra, como un espectro, se acercó volando velozmente contra los dos muchachos.
—¡Expecto patronum! —gritaron al unísono—. Apuntando con sus varitas al espectro.
Pero quizás por el temor infundido, no salió el patronus de ninguno de los dos jóvenes.
El espectro abrazó con fuerza al amigo más bebido. Y este luego de luchar unos segundos, se fue desvaneciendo ante la vista aterrada de su compañero. Quien estaba en el suelo. Luego de caer sentado ante la envestida. El temor no le daba movimientos fluidos a su cuerpo y le costaba incorporarse.
—¡Expecto patronum! —Se escuchó una voz muy firme—. Y un rinoceronte plateado se avalanzó contra el espectro.
Este fue lanzado para atrás, pero rápidamente volvió a la carga. Pero ante la sorpresa del joven encapuchado que lanzó el patronus, el supuesto dementor sacó una varita.
—¡Ahhh! —el grito del espectro fue aterrador—.
Un rayo oscuro salió de la varita del mismo y cuando iba a impactar en el joven encapuchado, una joven vestida de similar forma, se arrojó quitándolo del camino del hechizo.
Ambos cayeron al suelo y el enemigo se les acercaba.
—Expecto patronum —una ardilla luminosa golpeó por la espalda al aterrador rival—. Esta vez lanzada por otra compañera que se había mantenido oculta.
—Vete de aquí y por favor no cuentes nada hasta que te contactemos —le dijeron al joven que aún estaba en el suelo, incrédulo de lo que veía.
El muchacho se levantó asintiendo y agradeciendo y huyó del lugar.
—Stella, John ¿están bien? —preguntó preocupada la última de los tres en aparecer en escena.
—¡¿Qué les dije sobre no decir nombres?! —reclamó el joven encapuchado.
La muchacha, que parecía ser algo menor asintió. Aunque velozmente tuvieron que volver a lanzar sus patronus contra el espectro que nuevamente se acercaba, amenazador.
Un ornitorrinco era el patronus de Stella.
El espectro tenía una cara de maldad pura. No era un dementor. Parecía una mezcla entre estos y una calavera.
El impacto de los tres patronus hizo retroceder algo al mortal enemigo. Pero no lo derrotaron.
Los tres jóvenes encapuchados tomaron un teléfono que el joven tenía y se desvanecieron. Era un traslador.
—Cindy —dijiste nuestros nombres.
—Lo siento John —respondió ella mientras ya estaban a salvo y lejos del lugar.
—Está bien —agregó Stella—. Por suerte no escuchó nadie. Además, creo que nos salvaste.
John también asintió.
—Hay que llevar la información a los demás —concluyó John.
