Capítulo 20

Bebé de la A hasta la Z

Me subo al taxi con gran determinación en la mirada. Conmigo llevo mi bolso, un atuendo cómodo, mis zapatos anti derrapantes, lentes de lectura, un peinado bastante suelto y un enorme libro que habla sobre todo —lo básico— que hay que saber de bebés.

Con un marcatextos, subrayo todo lo que creo relevante y más a recordar. Aunque para ser honesta, siento que he estado exagerando un poco, pero no puedo evitar querer informarme. Doy vuelta la hoja y mejor busco en las primeras páginas del tomo en Todo sobre los primeros meses de embarazo. Sí, es mejor, aún no hay bebé, mejor concentrémonos en el ahora. La primera página dice lo siguiente:

"Una vez el test de embarazo ha confirmado que estás esperando un bebé, debes pedir cita al ginecólogo para tu primer control. En esta visita, entre la seman del embarazo, se elabora la historia clínica y se realiza una ecografía vaginal. "

Yo abro los ojos de golpe.

—¡LA QUÉ! ¿ME VAN A METER QUÉ COSA EN DONDE? — grito espantada y el chofer se me queda viendo por el vidrio retrovisor con cara de espanto.

Yo bajo los hombros en forma de pena y continúo leyendo en silencio con los nervios a flor de piel. Hoy es el día, mi gran día. Hoy veré a la doctora Esme.

Marzo llegó y yo no puedo creer que la panza me está creciendo demasiado rápido. Ya es bastante suerte que no he podido estar tan de cerca de Edward por el trabajo, pero esto de ocultar la barriga no durará mucho.

Estimo que estoy cerca de la semana ocho y no puedo esperar más para saber cómo está mi peque. Sí, ya tiene sobrenombre. Me gusta dirigirme a él o ella así, pues Alice ha optado por el de arrozcito o frijolin pues asegura que ese es el tamaño justo que tiene ahora. Continúo leyendo para mí:

"La realización de un ultrasonido transvaginal se realiza durante esta primera visita para confirmar el embarazo. Además, esta ecografía vaginal permite comprobar si la gestación se ha formado dentro del útero, lo que descartaría el embarazo ectópico.

También permite ver la presencia del saco amniótico, que descartaría el embarazo anembrionario. Esta ecografía permite establecer el tipo de embarazo de la futura mamá, para ver si es único o múltiple, y en algunas ocasiones, aunque no siempre es posible, permite percibir el latido fetal. Si todo va bien, el bebé estará anidando en el útero y el ginecólogo confirmará su correcto desarrollo."

Para ser sincera, no entiendo mucho, pero lo que logro entender es que voy a confirmar el embarazo y vigilar que todo esté bien. Muerdo el marcatextos y subrayo las palabras complicadas.

—Necesito saber qué significa esto.

La lluvia acelera y se forma una enorme fila de tráfico. Checo mi reloj de mano y para mi suerte, he salido con bastante tiempo de casa.

El chofer tamborilea los dedos sobre el volante y de vez en cuando me mira por el espejo.

—Creo que eligió un mal día para ir al doctor.

Yo bufo.

—No lo elegí yo, me lo dieron de cita. El hombre intenta ser parlanchín.

—¿Dolor de cabeza? ¿Gripa? Mi esposa tiene agruras y colitis. ¿Acaso piensa que tengo la panza abultada por comer mal?

—Chequeo general— respondo para que no continúe las interrogaciones.

Me mira de nuevo por el espejo y yo sigo la lectura.

"Durante esta primera visita al ginecólogo, se elabora el historial clínico de la futura mamá. Para ello, el médico evaluará tu estado de salud y el de tu pareja..."

Ugh. Tema sensible.

Mi pareja no sabe de este bebé, aún. ¿Cómo podría evaluar la salud de Edward? ¿De qué serviría?

—¡Por favor, ayúdeme! Grito asustada cuando se arrodilla, abre las piernas y empieza a gritar.

—¿Qué pasa? ¡Qué tiene?

—Mi bebé, mi bebé ya viene.

Oh no. No, no, no.

—Pero... No soy médico.

—Señorita, por favor— implora —le suplico que me deje entrar. No permita que mi bebé nazca en la calle.

Yo niego despavorida.

—Pero ya me iba.

Grita antes de que siquiera termina la frase, se sube a gatas casi encima de mí y yo levanto las manos en forma de rendición cuando sus piernas quedan encima de las mías.

—¡Ahhhh! — vocifera agarrándose del cinturón de seguridad y del tirante de mi overol.

Grito con ella asustada, esta mujer ha hecho que mi día tomase un rumbo bastante distinto.

—¿Qué hago? ¿Qué hago? — pregunto desesperada.

—¡Quíteme el pantalón! — aprieta los dientes. Yo comienzo a reírme por los nervios y mi sonrisa se borra cuando su pecho agitado y rojo se mueve con violencia.

¿Es un parto o una película porno lésbica?

En algún lado he escuchado esto.

¡Deja las estupideces, Isabella! ¡Te necesita!

Obedezco como puedo y le quito la ropa con cuidado, y muy lento para su gusto.

—¡Los calzones!

—¿Los qué? — inquiero espantada.

—¡Ahora! — ordena. Yo niego y me quedo petrificada. El taxista vuelve más enojado que nunca mientras decenas de marchantes rodena el carro.

Sus ojos casi salen de sus orbitas cuando nota que ahora en lugar de un pasajero hay dos, y uno de ellos tiene la ropa interior a mitad de las nalgas.

Definitivamente parece una película porno, pero a mi perspectiva, una de alíen.

—¿Qué rayos sucede aquí?

—¡Va a tener un bebé! — balbuceo como una idiota.

—¡Voy a tener un bebé! — reafirma la mujer y después suelta un alarido que me irrita los oídos.

—Oh no, no en mi taxi, ¿sabe cuánto costará lavar la tapicería?

—¡No sea idiota! — lo regaño—, llame una maldita ambulancia.

El hombre asombrado por mi tono de voz, parpadea.

—Dudo mucho que logre entrar en este tráfico.

—¡Inténtelo! — ordenamos la chica y yo al mismo tiempo. De nuevo gime y flexiona las piernas por el dolor, no sé cómo rayos termino con la mejor y más cercana vista de su vagina. Sus marcadas mejillas manchadas de lápiz negro con un mensaje protestante, se ven borradas por el aparatoso sudor que escurre desde su frente.

Muy bien, Isabella. Tienes que hacerlo, ayudarla. Eres su única opción. La mejor. Es hora de que mis malditas manías de adelantarme a los finales de un libro, rindan frutos. Ya leía la parte en que el bebé ya está en casa, incluso, me atreví a leer la parte en que el bebé sale de tu vagina.

—Tienes que... —se me quiebra la voz.

—¡¿QUÉ?!— gime después, ya me empiezo a preocupar por la menuda mujer que se pelea consigo misma por no romper el auto por dentro, su cuello se retuerce por el dolor. El libro no decía que sacara cita con el quiropráctico.

—Tienes que respirar profundamente, tomar... Tomar aire profundo.

La mujer y sus mejillas roja a reventar, por fin me hace caso. Inhalo y exhalo como aquella vez que equivocadamente decidí ayudarle a Alice a inflar globos en el primer año de los mellizos. Casi tuve que usar respirador luego de tres globos. Ella me imita, no deja de mirarme y eso me pone nerviosa.

—¡No puedo, no puedo! — gimotea.

—¡Sí, puedes! — le grito—, tu bebé necesita que lo ayudes.

—¡Ahhh, santa mierda, mi vaginaaaaaa! —aúlla de dolor. Yo siento como la sangre abandona mi cara.

—¿Dónde está su esposo? — pregunto espantada.

—¡Bill, hijo de puta! — grita enfurecida. Bien, creo que no hay esposo. El taxista vuelve más nervioso y sudado.

—Ya vienen para acá. Tardarán un poco, no hay calles vacías.

—¿Qué? —Lo siento, es todo lo que pude hacer— se disculpa—, ¿Cómo va?

—¡AHHHHH! — grita de nuevo y mi brazo es pellizcado fuertemente por ella. Yo me quejo en silencio.

—¿Quiere apoyarla? El chofer niega avergonzado. Mi teléfono empieza a sonar insistentemente. Los gritos de la mujer y el ringtone me ponen más de nerviosa hasta que logro localizarlo.

—¿Hola?

¿Bella? ¿Qué pasa? ¿Estás bien?

Un alarido de repente, corta mi contestación.

¿¡BELLA!?— Pregunta asustado.

—Estoy bien, estoy bien—me apresuro a decir—, venía en el taxi para ir a mi...—cayo abruptamente— . A una cita con Alice y... Una chica empezó a dar a luz sobre mis piernas. Edward jadea.

¿Estás bien?

—Sí, la chica no tanto.

De nuevo grita.

—¿Dónde estás?

—Cerca de la alcaldía, enfrente de la pastelería Baker's— explico.

—¿En la quinta? — pregunta con voz cortada

—Sí, ¿por qué? — pregunto sin entender.

—Voy para allá.

—No, Edward. No podrás llegar hay una manifestación cerca. No hay paso.

—Iré a pie. No te preocupes— murmura con voz agitada. ¡Viene corriendo!

—¿Qué?

—Vamos ayudar a esa chica. Necesita asistencia y la ambulancia no llegará.

—Pero... Edward.

—Te veo en cinco— cuelga sin más. Yo parpadeo sin entender.

—¿Quién era? ¿La ambulancia ya viene? — flexiona las rodillas de nuevo por las contracciones que cada vez son más fuertes y frecuentes.

El chofer se pasea nervioso enfrente del motor del auto.

—Mi... Mi novio es médico, viene a asistirte

—¿De veras?

—Si-i— murmuro nerviosa.

—¿Tú también? —inquiere temblorosa.

—¿Qué cosa?

—Tendrás un bebé— gimotea a media oración.

—Sí, ¿cómo lo sabes? — parpadeo sorprendida.

—Por tu forma... De... Vestir... Tus estúpidos zapatos, tu cara es un amanecer bonito a comparación del mío y ese libro raro que dejaste sobre el asiento...

¡Ah! ¿Mis zapatos son estúpidos?

—Tengo casi dos meses.

Ella por fin sonríe después de un rato.

—¿Tu novio lo sabe?

Niego lentamente.

—Díselo—me aprieta de la mano cual moribundo ordenando última petición—, no sabes lo que es que nadie te apoye.

—Lo sabrá... Pronto—casi juro.

Ella asiente y por primera vez en mi vida, mi asombro sobre pasa los límites. Un bulto de cabellos negros se asoma por su vagina y yo instintivamente me hago hacia atrás.

—¡Puedo verlo! — grito entre horror y fascinación. La mujer gime y puja con fuerza. Yo estoy en shock.

—¡Ya estoy aquí!— una mano toca mi hombro y yo miro perpleja hacia ningún lugar—.

¿Bella? ¿Estás bien?

Asiento como puedo. Edward me sonríe jovialmente mientras su cabello negro escurre en agua.

—¿Quién eres? — gime la parturienta.

—Soy médico. No te preocupes, estás en buenas manos. Bella — me llama—, necesito tu ayuda. ¿Bella? —insiste.

Reacciono lentamente.

—¿Eres el novio?

Edward sonríe con orgullo.

—Lo soy— dice triunfal.

—Que guapo— comenta coqueta.

Frunzo el ceño.

—Pensé que estabas dolorida teniendo un bebé— me cruzo de brazos.

La mujer se carcajea y de nuevo empieza a pujar.

—Bella—me llama Edward—, ayudame.

—¿Qué hago?

—Sube a los pies de la señora y coloca su cabeza encima de sus piernas, necesito que la tomes de las manos. El espacio es reducido y un movimiento brusco podría afectar al bebé. No es una amplia cama de hospital. ¿Tienes algún pañuelo?

Busco en mi bolsa, lo único que tengo son pedazos de tela sin bordado que compré en la tienda de telas para poder hacer los míos propios y se lo entrego, la tela no es blanca, tiene muchos dibujos alusivos de bebé y también saco una mantita amarilla nueva que vi en un aparador de camino acá.

Me mira extrañado, evado su mirada y su escrutinio. Me coloco como me ordenó. —Bien, necesito que abra más las piernas y que puje, su bebé viene en camino, por favor haga un esfuerzo y puja.

Edward se concentra en ella y empieza la labor. Observo detenidamente el rostro de mi novio, es un buen médico, es bueno en absolutamente todo.

Creo que después de tanto misterio, me bombardeará de preguntas acerca de las telas para bebé. Claro que es raro. Claro que lo hará. Merece saber.

—¡Puje! — ordena.

Y lo imagino feliz, rebosante cargando a mi hijo, carne de mi carne, suyo de corazón. Una pequeña lágrima se asoma y cierro los ojos.

Edward caminando lentamente hacia mí con el pequeño en brazos, o pequeña, no lo sé. Su sonrisa resplandece ante su devoto amor. Rostro cansado pero reluciente de alegría. Me lo da en brazos y miro su pequeño rostro de ángel complacido mientras duerme. Lo meso suavemente mientras tarareo una nana que escuché hace mucho tiempo cantada por Charlie.

Dulce y lindo amor, dulce y buen bebé, duerme en una curva de la luna, Para que sea tu cuna, yo de aquí te cuidaré.

Edward también la aprendió.

Quiso que se la cantáramos juntos para que pronto reconociese la voz de mamá y papá.

Lo veo feliz, tomando las pequeñas manos del ángel mientras se retuerce en mis brazos acurrucado, apoyando su frente en la mía, cuando por fin va a dormir.

—¡Más fuerte! ¡Tiene que pujar más! Ya está coronando.

La voz de Edward me saca de mi ensoñación sin darme cuenta de que mis brazos están siendo arañados por la mujer. No había notado el dolor.

—¡Ah!— grita una última vez.

Lo seguido de eso, es el llanto sano de un recién nacido. La lágrima resbala, mi novio sonríe fascinado y la mujer por fin descansa. El bebé es envuelto en las telas y es entregado a la madre.

—Es una hermosa niña— murmura Edward—, buen trabajo. La madre llora. Él me mira fijamente complacido por haberlo apoyado y le correspondo, segundos después la ambulancia llega y la lluvia cede un poco.

Edward sale a dar el informe a los paramédicos que atienden a la madre, el taxista incluso moquea de la emoción. La mujer arrulla a la niña despacio.

—Felicidades— le digo. La madre me mira.

—Lamento haber usado las cosas de tu bebé.

Niego.

—Ella las necesitaba más ahora, este bebé— me sobo la barriga—, aún está calientito aquí dentro.

Me sonríe.

—Gracias a Dios que te encontré— reza—, no sabría que hubiera hecho sin la ayuda de nadie.

—Cuídala— tomo y acaricio a la bebé de su manita—, es bellísima.

Salgo hacia la calle y me despido cuando la ambulancia se la lleva al hospital para recuperación y revisión de la niña.

Edward recoge sus cosas y el taxista me ofrece llevarme pero creo que es suficiente por ahora el hecho de haber estado en un parte en el asiento trasero de un taxi, obviamente los paparazis no tardan y el orgulloso policía narra su espectacular ayuda en el labor de parto.

Yo doy de paso, me acerco a mi novio.

—¿Y a dónde ibas?— pregunta curioso. Enarco una ceja.

—Es lo mismo que quisiera saber yo, estabas demasiado cerca.

—Salí a tomar café, me preocupé pues no había recibido ni una llamada tuya en toda la mañana y no fuiste a trabajar. ¿Estás bien?

Sudo frío.

—Claro, iba a ver a Alice— miro mi reloj, mierda llevo diez minutos retrasada en mi cita con la doctora Esme— voy retrasada. Asiente sin convencimiento.

—¿Quieres que te acompañe? Mala idea, no puede verme entrar a la clínica de planificación familiar. Pero recuerdo que hay un centro comercial cerca.

—Claro, vamos —le sonrío. Me toma de la mano y caminamos sin mucho que decir.

Me cuenta la aventura que pasó para poder llegar hasta donde la mujer estaba y cómo fue fácil localizarme — por mis nuevos zapatos feos sobresaliendo de la puerta del taxi—, hago caso omiso de ese segundo comentario hacia lo que visto. No me gustan ni a mí, no es necesario que todos me lo recuerden.

—¿Me dirás por qué traías tela para pañales para bebé? — suelta sin más. Mi cuerpo se pone tieso.

—Para mi sobrina— contesto vacilante.

Ladea la cabeza y respira.

—La más pequeña de tu hermana, cierto.

Chasqueo los dedos.

—Está probando usar menos desechables— sigo mintiendo.

Asiente no muy convencido cuando llegamos a la puerta del centro comercial, una cuadra más y podré llegar a la cita, aunque vaya casi media hora demorada.

—Pues, dile que le mando saludos y a los niños.

Me besa dulcemente.

—Lo haré.

—Ah, por cierto, esta noche pasaré a tu casa, iremos a cenar con mis padres.

—¿Hoy? —paso un trago enorme de saliva.

—¿Hay algún problema?

—No, para nada, solo me tomó por sorpresa.

—Ya te lo había comentado— me recuerda.

—Lo sé, pero sabes como soy. Además, es la primera vez que conozco a unos padres. Me... Me... pone nerviosa.

Edward sonríe y me besa apasionadamente, ahí a plena calle. Yo siento el calor entre mis piernas.

—Les encantarás— me asegura. —Deseo tu confianza.

—Tranquila, mi madre no es un verdugo malvado si eso te preocupa.

¡Ah! ¡Las madres! Recuerdo cuando Alice llevó a Jasper la primera vez, fue todo un interrogatorio. Mi pobre hermana quería llorar.

—Intentaré calmarme. ¿Qué debo llevar?

Me toma entre las manos y me besa.

—Tu hermosa sonrisa.

—Hablaba de ropa.

—No esos zapatos— apunta a mis pies y se ríe.

—Muy gracioso.

—Quizá un lindo vestido y esos lindos zapatos para bailar que usaste la otra noche— me recuerda y yo me sonrojo.

—Vaya... Me toma de la cintura — la que aún no se ha perdido, y susurra en mi oído.

—Y una bonita ropa interior... —muerde el lóbulo de mi oreja enviando escalofríos a todo mi cuerpo.

—¿Para qué? — cierro los ojos complacida.

—Creo que quiero enseñarte mi antigua habitación. ¿Vendrías? — besa escandalosamente mi cuello— . Dios, hueles delicioso—gruñe.

Yo me derrito.

¡La consulta, mujer! ¡La consulta!

—Tendrás mucha diversión hoy—le prometo—, pero tengo que irme. ¿Podrás esperarme?

—El tiempo que sea, nena— me mira lujuriosamente—, pero no tardes demasiado. Ya te extraño. Me muerdo la boca.

—No será demasiado. Me deja en la puerta del lugar y se aleja apenas finjo meterme y cuando no hay rastro de él, salgo directamente a la clínica.

—Buenas tardes, soy Isabella Swan— digo con un nudo en la garganta—, tenía cita a las tres de la tarde, tuve un... Contratiempo. La recepcionista me sonríe y asiente.

—Entiendo y no se preocupe, la doctora dijo que llegaría un poco tarde, salió a comer después de su hora y apenas volvió—me da un pase y sonríe de nuevo—, pase la está esperando.

—Gracias — digo apenas y camino hasta la bonita puerta del consultorio de la doctora Esme. Cuando me mira entrar se sonríe abiertamente, incluso se para y camina hasta mi y me recibe con un fuerte abrazo.

—Bienvenida, Isabella. —Parece que se me extrañaba. —Me alegró mucho ver esa cita en mi agenda, no sabes cuánto. Eso significan buenas noticias.

Intento sentirme feliz pero los nervios dominan.

—Pasa, toma asiento.

—Gracias...

—Dime, ¿Qué te trae de nuevo aquí?

Yo paso un enorme trago de saliva como si fuese una adolescente culpable. De cualquier forma, lo sabe pero quiere que lo diga en voz alta, más para mí que para ella.

—Yo...

—¿Sí? —sonríe tiernamente.

—Yo estoy embarazada. La mujer sonríe y complacida me toma de las manos.

—No sabes cuánto me place saberlo, Isabella y hoy lo vamos a confirmar.