El caos reinó en el valle de Erebor mientras la sombra alada danzaba sobre las cabezas del millar de soldados Elfos y Enanos que batallaban desesperadamente por sus vidas. El rugido de Smaug hacía temblar la tierra y los corazones de sus enemigos, tentándoles a arrojar las armas y huir; algunos ya lo habían hecho, pero muchos otros continuaban enfrentándose a la guerra perdida. Las flechas no eran capaces de traspasar las escamas duras como el acero que protegían al dragón de cualquier ataque, junto con la coraza de oro fundido que resguardaba la delicada piel blancuzca de su vientre, esa que era el único punto débil de la bestia. El batir de las alas causaba vientos huracanados con la suficiente fuerza como para derribar a los caballeros o desviar una flecha lanzada hacia la cabeza de un aliado. Las casitas pintorescas que otrora se hubiesen erguido por el valle estaban ahora envueltas en llamas carmesíes, sumidas en nada más que sombras y fuego devastador que se propagaba con gran rapidez asistido por los endemoniados vientos calientes que envenenaban el aire.
Thranduil sabía que mientras Smaug no tocara tierra sería imposible conseguir abatirlo. Sus arqueros malgastaban las flechas que se incineraban al contacto con las escamas rojas de la bestia mientras los demás caballeros corrían de un lado a otro protegiéndose del fuego y los escombros que el viento arrastraba consigo. La batalla tan sanguinaria desencadenada por la avaricia de Thrór por el oro, le proyectó esos horrorosos recuerdos de lo que había sucedido en Beleriand hacía mucho tiempo atrás, donde la próspera tierra de Valar en Arda había quedado reducida a nada más que cenizas y lodo ardiente.
Las esperanzas de conseguir la victoria eran opacadas por la monstruosa sombra que el dragón proyectaba desde las alturas. Thranduil miraba a la criatura alada batir sus enormes alas sobre el cielo poblado de nubes negras, que continuaban derramando lágrimas ámbares que repiqueteaban y manchaban las armaduras de todos los caballeros Elfos y Enanos por igual. Por todos lados había cuerpos calcinados o heridos que rogaban por clemencia, porque una espada amiga acabara con la tortura del beso de fuego. Thranduil sabía que debía marchar hacia el interior de la montaña en busca de Thrór, pero no le era posible abandonar a sus soldados en aquel momento tan crítico. Si los caballeros veían al Rey marcharse, la retirada completa del ejército no tardaría en suceder, aunque seguramente la ira del dragón les caería encima de todos modos, sin importar hacia donde huyeran. Necesitaba esperar por la señal…
Vio como algunos guerreros presas de la desesperación se despojaban de sus armaduras que los escocían por dentro, amenazando con asar a su portador. Thranduil también sentía que el calor de la armadura traspasaba sus ropas de cuero y lino hasta quemarle la piel, pero prefería ser cocinado lentamente por su propia armadura a morir súbitamente por una flecha perdida.
- ¡APUNTAD A LAS ALAS! – gritó a sus arqueros, quienes mantenían su posición aún cuando las llamas lamían sus pieles y consumían sus largos cabellos de plata y oro - ¡DISPARAD CONTRA VIENTO! – Las flechas que habían sido cargadas con fuego fueron lanzadas en dirección a las alas del dragón; Thranduil pensaba derribarlo con su propio elemento. Sus alas eran dos membradas delgadas de piel tan inflamables como las de sus enemigos que se debatían en la superficie. Algunas asestaron el golpe, pero la mayoría cayó a tierra de nuevo. El dragón se estremeció en un largo grito que amenazaba con destrozar los tímpanos de sus oyentes, sacudiendo sus alas para liberarlas de las flechas incendiadas que buscaban propagar el fuego por toda su extensión. Thranduil ordenó apuntar, y las flechas con sus picos danzantes y escarlatas se levantaron hacia el cielo, esperando por la orden. Pero entonces, el Rey enmudeció ante el horroroso sonido de lo que invadió sus oídos. Para el resto de caballeros en el valle no fue más que un largo y gutural retumbo que nacía de la garganta del dragón, pero a los oídos de Thranduil aquel ruido monstruoso cobró significado.
Veo el miedo en los ojos del Rey que ha sido besado por el fuego.
Veo avaricia.
Veo traición.
Thranduil jadeó, presa del terror más auténtico. De repente se sintió expuesto, como si fuera el único adversario que se mantuviera en pie contra la bestia alada. Sintió las viejas heridas de fuego abrirse paso por su rostro, retorciéndole la piel, la carne, descubriendo hasta sus huesos. Los monstruosos ojos rojos súbitamente estuvieron sobre Thranduil, observándolo desde las alturas, con la voz maliciosa y perversa inundándole los sentidos.
Consumiré tu carne pretensiosa y roeré tus huesos hasta no dejar más que cenizas vulgares esparcidas y mezcladas con la escoria sucia que quedará en el valle ante mi desolación.
Te quemaré, te quemaré y te quemaré junto con todos los reyes que osen interponerse en mi camino. Yo seré el único dueño y soberano absoluto del Este. Mías son las riquezas que aquí yacen, y las reclamaré sobre vuestra sangre y vuestros huesos apestosos.
Thranduil se desvaneció sobre los escombros del valle, con la respiración atrapada a medio camino y los ojos desorbitados de horror. Sentía la mirada llena de furia y maldición que lo cogía y lo encerraba en una prisión invisible e inexorable.
El Rey del Mirkwood olvidó el propósito que lo había llevado a Erebor, a librar aquella batalla atroz contra el demonio de fuego. Sus ojos que ahora se habían teñido de escarlata miraron la enorme llamarada que surgió del hocico afilado del dragón surcando el aire en dirección hacia él.
El comandante vio las figuras que cabalgaban a su encuentro y supo que habría problemas. Volvió su vista hacia el Este, donde el cielo todavía permanecía rojo, anunciando que la batalla que se libraba en el valle de Erebor estaba muy lejos de terminar. Ninguno de los guardias se había atrevido a detenerlos y ciertamente tampoco él lo haría. Los jinetes se acercaban al centro del campamento a paso lento, y el comandante sentía aquellos ojos llenos de sabiduría y magia encima de él, juzgándole, advirtiéndole, permitiéndole reconsiderar su posición.
Miró la jaula a sus espaldas. El príncipe Enano aún permanecía inconsciente, sumido en un sueño lejano. Se preguntó qué era lo que buscaban, o si lo que traían eran malas noticias…
- Mi señora… - exclamó hincando la rodilla ante la figura de plata que traía a la tierra el resplandor mismo de la luna reservada tras la espesa cortina de nubes oscuras. Aunque el comandante miraba hacia el suelo, sabía, sentía la mirada de Lady Galadriel sobre su cabeza.
Tras ella llegaron sus acompañantes: Lord Celeborn y el mago gris, Mithrandir. Aunque no los vio, supo que el ejército de Lórien estaría por los alrededores.
- De pie. – demandó la señora del bosque dorado y el comandante así lo hizo. – El pueblo de Eryn Vorn tomará órdenes de mí desde este momento hasta que nuestros males sean eclipsados y se haga justicia. Por decreto del Concilio Blanco, el Rey Thranduil ha sido desposeído de sus derechos sobre la corona, por conspirar contra la paz y la soberanía de los reinos del Este.
- Mi pueblo solo le debe lealtad al rey Thranduil. – contestó el hermoso caballero de cabellos plateados y ojos violeta. – Y las órdenes ya fueron pronunciadas.
– Tenéis dos alternativas: - continuó Lady Galadriel haciendo caso omiso de las palabras del comandante - Apartaos del camino o pagad el precio de la espada por traición, por levantar vuestra mano contra la sangre Real que corre por las venas de ese que tenéis metido en una celda y oprimido bajo conjuros oscuros. - La voz de la Dama de Plata era bella, melodiosa, pero al mismo tiempo tan llena de poder que no hubo nadie en aquel ejército que se atreviera a poner un paso al frente para desafiarla. El comandante no respondió pero tampoco se movió de su lugar frente a la entrada de la jaula en la que el príncipe Thorin yacía prisionero. Lady Galadriel se apeó de su inmaculada yegua blanca y se acercó al caballero con una sonrisa sagaz en el rostro. – Lord Elrond ha tomado el control del castillo de Eryn Vorn. Ahora el Rey Thranduil ya no es más vuestro Rey. No sufriréis deshonra alguna puesto que habéis obrado con lealtad; pero ahora debéis apartaros y permitirnos cumplir con nuestro deber o no mostraré clemencia alguna por vuestra insubordinación.
La mano blanca de la Dama se deslizó con gracia por el cuello del caballero hasta su hombro cubierto por la armadura; y manteniendo sus antiguos ojos fijos en el sindar, concluyó – Esto es justicia. No opondréis resistencia.
Entonces Mithrandir se bajó de su montura y caminó en dirección a la jaula, mientras el caballero no hizo movimiento alguno con intenciones de detenerlo. La entrada estaba bajo llave, pero el mago destruyó el candado con un movimiento simple de su báculo. Después la portezuela cedió obediente con un pequeño chillido que pareció escucharse por todo el bosque que permanecía paralizado.
El mago desató al príncipe de las cadenas que lo apresaban al grueso tronco y lo sostuvo sobre su regazo. Con un solo vistazo reconoció el somnífero que Thranduil había utilizado sobre él y supo además que ahí fueron convocados más encantamientos que el simple poder del té de Seregon. El Rey Elfo definitivamente se había asegurado de tomar todas las precauciones necesarias para que Thorin no despertara antes de su regreso. No obstante, derribar aquellas barreras de inconsciencia era parte de las especialidades del mago, por lo que procedió a hacer su trabajo. Tocó las sienes y los ojos del Enano con las yemas de sus dedos, y entonó conjuros antiguos en susurros que llenaron los oídos de todos los presentes en aquel páramo penumbroso como una voz lejana que se alzaba desde los confines de la tierra.
Mithrandir sintió como la vida volvía al cuerpo del príncipe Enano quien también batallaba contra sus prisiones en la subconsciencia. Las oraciones en lenguas olvidadas continuaron recitándose, venciendo al paso las poderosas resistencias que el sabio Rey Thranduil había tenido el poder de erigir y que sin duda estaban presentándole buena pelea al mago.
No obstante, las fuerzas opresoras fueron finalmente acorraladas y Mithrandir vio como los ojos azules del príncipe de los Enanos fueron desvelándose poco a poco, volviendo al mundo de los vivos.
NOTA: Sé que he estado subiendo capítulos bastante cortos últimamente (más de lo normal creo), pero este era el último que necesitaba para terminar de "ordenar las piezas", prometo que el 21 será más largo y suficientemente caótico como para recompensar el que hayan leído hasta aquí :'). ¡Muchas gracias!
