Capítulo beteado por Flor Carrizo, Beta de Élite Fanfiction
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La maldición de la marioneta.
Capítulo 18.
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El mayordomo conduce a Edward por unas escaleras hacia la segunda planta. Mientras van caminando, el chico observa a su alrededor con cautela; las fotografías de los miembros de la familia Swan se encuentran colgadas sobre las paredes en un orden del mayor al más joven de la generación.
En los cuadros, se encuentran el señor John Swan sentado en una silla de la sala de estar, luego le sigue su hijo Charlie junto a su esposa Renée y, después de ellos, hay un último cuadro de dos jóvenes, el chico parece ser pocos años mayor que él y, si había leído bien la información acerca de esa familia, el moreno de cabello negro y ojos cafés es Jacob Swan. Mientras que la chica pelirroja, piel blanca y ojos azules que debe tener unos dieciséis años es Renesmee Swan. El parecido de ella y su madre es impresionante, la joven es el retrato vivo de Renée Swan en su juventud.
—Por aquí, señor Cullen —dice el mayordomo cuando llegan a la segunda planta, luego lo guía hacia una gran puerta de roble y, después de tocar tres veces, una voz al otro lado de la habitación dice:
—Pase.
El mayordomo abre la puerta y, con un gesto de su mano, le indica a Edward que pase. El chico así lo hace y, cuando ya está dentro de la habitación, siente como un escalofrío recorre todo su cuerpo, al tener la mirada fija de Charlie Swan sobre él.
—Tome asiento —indica el hijo de John Swan al señalar la silla que se encuentra enfrente de su escritorio.
—Buenas tardes —Edward dice mientras camina, luego toma asiento donde se le ha indicado y espera a que él comience la entrevista.
—¿Por qué desea trabajar aquí, señor Cullen? —Charlie pregunta mientras revisa la hoja de vida que él le ha llevado.
—Porque los gastos en la universidad son grandes y pensé en qué ocupar mi tiempo libre y que ganar algo de dinero para ahorrar no sería tan malo.
Charlie aleja la mirada de su currículum y, sin decir nada, teclea en la computadora que se encuentra en su escritorio. Edward espera durante unos tres minutos y para el momento en que el señor Swan vuelve a fijar la mirada en él se sorprende al escuchar.
—Pero los gastos de su universidad están a cargo de su hermana, Esme Cullen, ¿verdad? ¿O me equivoco? —Charlie puede percibir el asombro del chico al escuchar esa información y, para evitar que él se asuste, prosigue—: Entiendo que se sorprenda, pero no se preocupe, en nuestra familia es algo común el querer saber todo de quien vamos a contratar y su información personal es muy valiosa, ya que trabajar en esta casa es un motivo de confianza y no podemos permitir que personas inadecuadas entren en ella.
Edward asiente y, dejando el nerviosismo con el que entró en la habitación, decide ser más convincente con la persona que tiene enfrente.
—Sí, es verdad, mi hermana Esmeralda cubre mis gastos en la universidad, pero no puedo pensar que eso sea para siempre, ya que nadie sabe qué sucederá el día de mañana y si alguna vez ella me llega a faltar no quiero tener que dejar mis estudios por no haber tomado precauciones antes.
Charlie sonríe ante su respuesta y, luego, responde satisfecho:
—Excelente, me parece que sabes lo que quieres en la vida y no puedo más que felicitarte porque la ambición que tienes te hará llegar muy lejos, Cullen.
—Eso espero, señor —Edward contesta.
—Sabes, muchacho, me has convencido; así que mañana mismo empiezas a trabajar. Después de la universidad, el señor Albert irá a recogerte para que no tengas que gastar en el viaje.
—Entendido, señor —Edward dice al ver que sus palabras no son una sugerencia, sino una orden que no permite contradicción alguna.
Charlie le indica que puede marcharse y Edward así lo hace. Al salir de la habitación, deja escapar un suspiro de alivio, pero la alegría le dura poco.
—Veo que lo han contratado —dice el mayordomo saliendo de la nada y asustando a Edward.
Al ver la reacción del chico el mayordomo pregunta inocentemente:
—¿Lo he asustado? Si es así, discúlpeme, no era mi intensión.
—No se preocupe, fue mi culpa al estar distraído. Y sí, desde mañana comenzaré a ser parte del personal de esta casa.
—Me parece muy bien, ¿quiere que le indique la salida? —pregunta el mayordomo al ver que Edward se dirige a las escaleras.
—No, no es necesario. Gracias —responde y apresura su paso para salir lo antes posible de esa extraña casa.
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—Carmen, llegaré un poco tarde, ya que la reunión se alargó más de lo que esperábamos.
—Está bien, no hay problema —la señora Denali contesta a su esposo, que está al otro lado de la línea telefónica.
Ella cuelga y los pasos de una persona que sale de la cocina la hacen darse media vuelta.
—¿Papá aún no vendrá? —pregunta Kate Denali, la hija menor de Carmen y Eleazar.
—No, salió tarde de la junta de socios así que estará llegando al amanecer.
—Ni modo, sólo seremos tú y yo esta noche, madre —dice la adolecente mientras ambas suben las escaleras hacia el segundo piso de la mansión. Al llegar allí, cada una se va a sus respectivas habitaciones.
Carmen se encuentra sentada frente a su chifonier, peinando su cabello azabache cuando, de repente, escucha un ruido en el pasillo. Se levanta y sale de la habitación, el pasillo está oscuro ya que pasan de las diez de la noche, por un momento la mujer piensa que lo ha imaginado pero nuevamente el ruido se vuelve a escuchar, pero esta vez en la habitación de su difunta hija, Tanya.
Ella camina hasta la habitación, que no ha vuelto a ser abierta desde que su hija murió, ella espera un momento y, luego, abre la puerta y entra.
La luz entra por la ventana e ilumina tenuemente el cuarto, la mujer comienza a caminar hacia la mesita de noche que está cerca de la cama y, cuando ella está a punto de presionar el interruptor de la lámpara, el grito de Kate la asusta provocando que la lámpara caiga al piso.
Ella, rápidamente, se vuelve para ir a ver qué le sucede a su hija, pero en ese momento alguien cierra la puerta de la habitación.
—¿Quién está ahí? ¡¿Exijo que me diga quién es?!
El silencio es lo único que recibe en respuesta y el miedo comienza a crecer en su interior. Carmen, que jamás ha tenido miedo en su vida, por primera vez siente algo parecido a eso.
Una sensación extraña es la que está dominando su cuerpo, ella se encuentra inmóvil cerca de la cama, siente como la persona que está en la puerta la observa; no sabe quién es, pero sabe que está ahí.
Una pequeña brisa de viento golpea su cara y, de repente, una voz escalofriante le pregunta:
—¿Tienes miedo?
La figura que aparece ante ella es de una hermosa joven, Carmen intenta hablar pero su voz se ha ido, no consigue que de su boca salga ni el más pequeño sonido. Su cuerpo está temblando, como tratando de decirle que corra, que se aleje de ahí; pero su mente simplemente no reacciona.
Nuevamente, vuelve a escuchar el grito doloroso de su hija que, poco a poco, va desvaneciéndose. Carmen al fin reacciona y camina hacia adelante, sin importarle quién esté en ese momento con ella.
La mujer se sorprende al pasar donde se suponía que se encontraba la joven que le habló hace unos instantes, pero no es así. Ella llega a la puerta y, cuando toca la perilla, la siente fría como el hielo. Su cuerpo vuelve a temblar al sentir que hay alguien detrás de ella.
—¿Qué es lo que quiere de nosotros? —Carmen deja salir en un susurro.
La persona que está detrás de ella se acerca hasta quedar a unos centímetros de su mejilla. La risa que sale es tan armoniosa, al igual que la voz que le susurra.
—Venganza, Carmen Denali. —Isabella pone sus manos en la espalda de la esposa de Eleazar, luego deja salir sus dagas de la palma de su mano y las pequeñas armas traspasan el camisón de seda y lo manchan de sangre al incrustarse en el cuerpo.
Carmen deja escarpar un grito de dolor.
De repente, la puerta se abre e Isabella se aparta para que el cuerpo de Carmen caiga al piso; pero antes de que eso suceda, Rosalie la toma de la cintura y una sonrisa cínica aparece en su rostro.
—Detesto a la gente que es ruidosa —dice y hace aparecer una cuchilla de su mano derecha y la incrusta en el cuello de Carmen, luego la baja hasta su pecho, dejando que la sangre brote y manche todo el cuerpo de la mujer.
Carmen inhala con desesperación su último aliento y, después, su cuerpo pierde totalmente la vida.
Rosalie quita la mano de su cuerpo y lo deja caer. Isabella se acerca a ella y le dice:
—Terminamos aquí, es hora de irnos.
—Ellos están planeando algo y lo sabes.
Isabella asiente, luego responde:
—Sí, es por eso que Alice y tú tienen que impedir que alguien más se meta en esto. Sabes muy bien, Rosalie, que el mundo no debe saber lo que está sucediendo con estas familias y el día en que todos mueran nadie tiene que indagar o buscar más información de la que nosotros vamos a proporcionar.
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Esme se encuentra sentada en la mesa de un restaurante muy elegante. Después de despertar en la cabaña, regresó a su casa y, como era su día libre, no tenía por qué preocuparse por el trabajo. Carlisle había pasado por ella a las ocho en punto como habían acordado.
Ella no ha visto a Alec desde que despertó y no sabe dónde se encuentra.
—¿Tus padres viven en Inglaterra? —Carlisle pregunta sacándola de sus pensamientos.
—Eh… No, ellos murieron hace cuatro años.
—Lo lamento, no era mi intención, yo… —Carlisle intenta disculparse pero ella lo interrumpe.
—No, está bien. En realidad no hablo de esto desde que ellos murieron, para Edward fue muy duro y creo que aún no lo ha superado.
Ella mira el reloj de su muñeca ansiosa porque, la verdad, es que Esme tampoco ha superado la muerte de sus padres. Edward tenía catorce años y el quedar huérfano le afectó más de lo que ella pensó. Él era muy apegado a su madre, tanto que después de que murieron sufrió un shock emocional, se negó a salir de su habitación y comenzó a estar siempre solo. Después de tres meses de estar en la casa, él finalmente volvió al colegio, pero ya no era el mismo; él se había convertido en un chico solitario.
No permitió ni que ella se le acercara, Edward no soportaba su presencia, no podía ni verla al principio y una de las razones era que Esme era la viva imagen de su madre y recordarlo era muy doloroso para él; por eso siempre la trata con tanto desprecio.
Carlisle pide la cuenta y, al llegar a la salida, él le pone el abrigo rozando sus dedos en la piel de los brazos de ella.
Los dos caminan hacia el oscuro estacionamiento, Carlisle abre la puerta del copiloto para ella, luego la cierra y rodea el auto para subirse y ponerlo en marcha.
Carlisle conduce por la carretera, pero el coche comienza a presentar problemas para al final detenerse.
—¿Qué sucede? —pregunta Esme preocupada.
—No, nada, sólo quería saber si te gustaría ir a mi casa a tomar un café.
Esme ve a su alrededor y siente un poco de miedo al estar solos en un lugar tan oscuro y solitario, todo lo que hay ahí son árboles.
—No lo creo, Carlisle, tengo que regresar, así que por favor llévame a mi casa.
Carlisle aleja la mirada de ella por un momento, luego suspira y vuelve a fijar su vista en Esme.
—En todo este tiempo siempre había querido invitarte, Esme, pero no había encontrado el momento adecuado para hacerlo; y cuando ocurrió lo de tu hermano pensé que si lo hacía tú no podrías rechazarme porque lo tomarías como un agradecimiento hacia mí…
Esme se siente incómoda.
—¡Y te lo agradezco, Carlisle, en serio! Pero… si buscas algo más que sólo amistad, entonces déjame decirte que lo siento, no puedo corresponderte —responde sin querer ofenderlo ni mucho menos enfadarlo
Él asiente y se lleva una mano a su rostro antes de contestar.
—Lo sé, te vi el otro día mientras iba pasando por el restaurante francés que se encuentra cerca del museo, tú estabas con un chico que parece ser menor que tú, Esme.
El rostro de ella se vuelve pálido al escuchar eso y, nerviosa, intenta dar una explicación que sea más o menos convincente.
—Él es… yo… Me encontraba almorzando con él porque es un vecino y me pidió ayuda con un trabajo del museo, nada más.
—¿Entonces por qué me estás dando explicaciones? —Carlisle dice con sarcasmo.
Esme se disgusta por tener esta conversación con él.
—Es mejor que nos vayamos, ya no quiero estar aquí.
—¿Qué tiene un niño tan insípido como ese para que te guste tanto?
Ella se sorprende al escuchar su atrevimiento, al darse cuenta de que se está metiendo en lo que no le importa.
—¡Ya basta! No quiero seguir hablando, así que enciende el auto y vámonos.
De repente, él desabrocha el cinturón de seguridad y toma a Esme del brazo. Ella se asusta e intenta zafarse, pero Carlisle la sujeta con más fuerza.
—¿Te molesta tanto que hablemos de tu supuesto amante? Nunca creí que fueras tan astuta, Esme, pero sabes que eso es un delito, porque te estás aprovechando de un niño. ¿Por qué no mejor te fijas en alguien que si esté a tu altura y dejas esos tontos juegos de adolescentes?
—¡Suéltame! Yo no tengo por qué estar soportando esto. —Esme intenta liberar su brazo, pero Carlisle se lo impide nuevamente, apretándolo más hasta doler.
—¡Déjame mostrarte que yo puedo complacerte mejor, Esme, te aseguro que no te vas arrepentir!
—¡No! —ella grita cuando Carlisle la besa.
Esme intenta empujarlo, pero él la agarra de la parte de atrás de la cabeza y le impide alejarse.
Carlisle, con una de sus manos, rompe el delicado vestido de ella y deja su sujetador a la vista, él toca uno de sus pechos sin delicadeza, lastimando a Esme en el proceso.
—¡No! ¡No! —ella dice cuando él libera sus labios.
Las lágrimas comienzan a caer por sus mejillas, Esme busca su cinturón de seguridad mientras Carlisle baja su mano de la parte de atrás de su cabeza para sujetarla fuertemente de un brazo y con su mano libre manosea uno de sus pechos.
Cuando al fin lo encuentra ella se arma de todo el valor que posee, lo empuja con toda su fuerza y en el mínimo segundo que él se aparta, Esme abre la puerta y sale del coche.
Ella corre sin rumbo por la carretera, cuando siente como alguien la sujeta de su cintura y la hace caer a la fría calle.
—¡Eres una maldita perra, pero haré que cuando te folle supliques por más!
Esme intenta luchar, pero él le pega una bofetada que hace que la piel de ella arda. Los gritos que salen de su boca no pueden ser escuchados.
—¡Jamás debí de haber aceptado que me sacaras de la ciudad!
Cuando Carlisle le dijo que irían a cenar a un lugar que él conocía pensó que era en Berlín, pero no era así, si no que se trataba de un club privado que se encontraba a las fueras, a unos veinte kilómetros. Así que se encuentran en una carretera en donde las personas casi no transitan. Esme se siente sucia al tener los labios de Carlisle besando su piel y las manos de él tocando su cuerpo; ella sólo quiere morir antes de que su abusador termine lo que ha empezado.
Al no poder soportar más tiempo, ella vuelve a luchar contra su agresor, porque no puede darse por vencida; pero al ver que es inútil, Esme hace lo único que le queda, gritar el nombre de la única persona que quiere ver en ese momento, la única persona que le importa además de su hermano.
—¡Alec! —Esme grita con todo el aire que sus pulmones pueden permitirle—. ¡Alec! ¡Alec! ¡Alec! —ella repite una y otra vez, teniendo una pequeña esperanza de que pueda escucharla.
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HOLA CHICAS, YA ESTAMOS DE REGRESO POR AQUÍ CON ÉSTE NUEVO CAPITULO. LAMENTAMOS LA TARDANZA PERO AL PRINCIPIO NO TENIA INTERNET Y LE ENTREGUE DEMASIADO TARDE LOS CAPS A MI BETA, ASÍ QUE ESPERAMOS QUE LES GUSTE Y ES DECISIÓN SUYA SI MERECEMOS REVIEW…
BYE BYE… EL SABADO 20 DE SEPTIEMBRE, ACTUALIZÓ A TE LO RUEGO…LIBÉRAME.
