¡Mis queridos! Llegamos a las 2 decenas de caps. Disfruten! gracias, como siempre. Me hacen felices, y gracias a las personitas que comentan, alegran mi día.
XX. El demonio adentro
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Sé que Andrómeda se moría de ganas de peguntarme a dónde iba, pero puedo apostar a que mi padre se lo prohibió tajantemente. Ella jamás se aguantaba algo, pero agradecí que esta vez se mordiera un poco la lengua. Mi estómago estaba a punto de estallar de los nervios y no necesitaba que contribuyeran al esparcimiento de mi sistema digestivo por toda la casa.
Llegué con diez minutos de antelación y estuve a punto de irme para regresar más tarde. Mas decidí quedarme allí, en el oscuro y silencioso interior, que de vez en cuando crujía con la humedad. Hogsmeade estaba mucho más fresco que Londres y parecía que había caído llovizna durante la tarde.
—Lumos —mascullé apuntando con mi varita el techo de la sala principal. Las paredes estaban desgastadas y había marcas de enormes rasguños… Rasguños de una bestia.
¿Y si Remus quería estar conmigo? Tal vez quería verme por eso… No me quería hacer ilusiones, ¡pero era tan difícil!
—Tonks —dijo una voz a mi espalda. Me giré y lo vi en el umbral, serio y con las manos en los bolsillos.
No sé por qué lo hice, sólo cedí a mis deseos. Di dos zancadas largas hasta él y lo abracé con fuerza enterrando mi rostro en su cuello y respirando el aroma de su perfume.
—No… no —farfulló separándose de mí tras unos segundos. Su voz sonó fría. Mi estómago dio un vuelco.
Me alejé de él distinguiendo sólo su silueta. La luz de mi varita se había apagado de pronto y no había nada más que oscuridad y el contraste de la luz que venía del pueblo más abajo.
—Lo siento —me dijo —, siento que tenga que ser de este modo —mi corazón se aceleró.
—¿A qué te refieres? —inquirió mi voz temblorosa.
—Sé que fui un cobarde al dejar que las cosas se complicaran —reconoció —, y no voy a negar… no negaré que me gustaste.
"No negaré que me gustaste." Esas palabras me atravesaron como una flecha. Más bien, como diez.
—No te quiero —soltó de pronto.
—No te creo —dije automáticamente, sintiendo que las lágrimas comenzaban a resbalar en mi rostro. Di un paso hasta él, y lo agarré de la túnica —. Quiero ver tu rostro. Muéstrame tu rostro —demandé zarandeándolo.
—Lo siento mucho —repitió —. No quería hacerte daño, nunca fue mi plan…
Encendí la araña del techo que parecía estar pendiendo de un hilo con mi varita. Me miró. Su rostro estaba tenso, incómodo y sus ojos… no demostraban nada más que frialdad y, ni siquiera se conmovió al verme llorando. Los trozos de mi corazón que estaban por todo el suelo se redujeron a polvillo.
De pronto estaba atrapada en una maldita pesadilla.
—¿No querías hacerme daño? —me burlé, riendo como una loca — Bueno, Remus, lamento decirte que fallaste estrepitosamente en tu plan. Entonces, ¿esa vez me besaste porque aún te gustaba o porque sólo respondiste a tu instinto masculino? —pegunté con rabia.
Me miró fijamente sin contestarme.
—¡Eres un imbécil! —grité y le di un empujón con tanta fuerza que estuve a punto de derribarlo —¡Vete! ¡Vete!
No esperó a que se lo repitiera más veces. Dio media vuelta con una expresión que no supe definir en ese momento. Una ráfaga de viento entró para apagar la araña de luces mientras veía que Remus se alejaba hasta la verja y desaparecía en medio del aire.
Me agaché afirmándome el pecho, como si temiera que el corazón se me fuera a caer de verdad. Fue un dolor tan intenso, tan ardiente y gélido a la vez, que me llenó cada partícula del cuerpo, haciéndome llorar, teniendo sólo el silencio como público. Hubiese sido más fácil lidiar con la situación si de verdad la Casa de los Gritos gritara. Pero no había nadie más que yo y mi sufrimiento. Era una vergüenza, completamente patética, allí, tirada como un estropajo.
Remus había recogido mi corazón roto, lo había reparado con su simpatía, calidez y sencillez, para luego tirarlo como comida para cerdos, antes de devolvérmelo. Eso fue lo que sentí en ese momento.
Oí mi llanto durante horas que parecieron infinitas, en suelo en posición fetal, sintiendo tanto frío…
Desperté a las siete de la mañana, entumida. La luz del amanecer se colaba débilmente por las rendijas de las ventanas tapadas con tablas. Por un segundo me sentí desorientada, creyendo que había tenido una horrible pesadilla. Un segundo más tarde, me di cuenta que todo había sido cierto y me volví a encoger. Me hubiese quedado tirada si no hubieran sido por las ganas de orinar y porque sentí que algo me estaba caminando por la cabeza. Me llevé un susto de muerte cuando vi caer una enorme araña peluda de mi cabeza al suelo. No era aracnofóbica, pero en esa situación cualquier hubiese salido corriendo asustado del lugar, como lo hice yo.
Entré a escondidas a la casa, plan que se vio frustrado cuando me tropecé con la alfombra de la sala y caí encima de la mesa de centro.
—¡Mierda! —farfullé, esperando a que mi madre apareciera a regañarme. Pasaron los segundos y nadie apareció. Oí a mi padre roncar con fuerza. Tal vez no me habían oído.
Me fui a la ducha, donde pasé gran parte de la hora. Me iba a saltar el desayuno. No tenía ganas de nada. Hubiera sido grandioso ahogarme mientras me bañaba, así hubiera acabado con el sufrimiento que me allanaba en esos instantes.
¿Por qué es tan difícil olvidarme de Remus?
¡Porque ni siquiera ha pasado un día, estúpida!
Cuando llegué al trabajo, cabizbaja y fea, me di cuenta que, a pesar de lo fatal que me sentía, que no iba a superar al sentimiento principal que me salía por los poros: estaba enamorada de Remus, ¿cómo iba a luchar contra eso? Si el amor se escapara por las lágrimas… y los mocos… y la orina… y la mierda… todo sería más apacible; todos alcanzaríamos la paz interior.
Por supuesto, si hubiese sabido qué estaba pensando Remus, por qué había actuado como lo había hecho —como un completo descerebrado —, por qué había dicho lo que me dijo, hubiese podido sobrellevar mejor la situación. O en parte. O tal vez no. Desde luego, de eso me enteré tiempo más tarde.
—Bueno, Tonks, no te puedes pasar el resto del tiempo sorbeteándote los mocos y viéndote fea —mascullé sentada en mi escritorio con determinación —. Tienes trabajo que hacer y los Mortífagos no se van a matar solitos.
Respiré profundamente y decidí que, por ese día, debía hacer un poquito de esfuerzo para lucir y estar mejor.
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Por Severus Snape había sentido cosas que jamás creí superar; en el colegio, había caído casi en depresión por él y, en el último tiempo, había sufrido lo suficiente como para darme por vencido con él y comprender que no estábamos para nada hechos el uno para el otro. A pesar de todo, de algún modo u otro, y a pesar de nuestras diferencias, habíamos quedado "en paz". Pero Remus Lupin… era otra cosa. Era una tortura, era estar en estado zombie, eran mil cuchillos atravesándome el corazón y una juguera triturando mi alma, eran dragones echándome fuego y un gigante hambriento comiéndose mi cuerpo, entre muchos otros innumerables sentimientos y emociones.
Me pregunté cómo podía seguir sintiendo tantas cosas en medio del desastre. De pronto, Ollivander y Florean Fortescue habían desaparecido de sus tiendas del Callejón Diagon sin dejar rastro alguno. Y, el mismo 31 de julio, día del cumpleaños de Harry —Arthur me invitó pero rechacé la oferta nuevamente, no estaba de ánimo para fiestas y tampoco el trabajo me lo iba a permitir — hubo dos ataques más de dementores, y tuve que presentarme en Haltwhistle, Northumberland, porque Igor Karkarov había sido encontrado muerto en una choza. Alguien había visto la Marca Tenebrosa y avisó de inmediato al Ministerio de Magia. Kingsley y yo llevamos el caso junto con otro par de compañeros.
Sólo había visto a Karkarov en fotografías, pero pude darme cuenta que el hombre estaba hecho un desastre. Desnutrido, envejecido y evidentemente sucio. Los ojos casi se le salían de las cuencas por el terror.
—Fue torturado —dije a Shacklebolt en voz alta. Él asintió lentamente.
—Era un Mortífago. Debió haber pensado en qué se estaba metiendo primero. Y mira donde terminó.
—Viviendo en un lugar de lujo… mucho glamour —susurré observando el reducido lugar. El lugar no era más grande que mi habitación y crecía musgo por todos lados —. No sé cómo no se murió antes de frío… Bueno, será porque es verano, pero estoy congelada…
—Hay que avisar a Remus. Tonks…
—No —salté un tanto violenta. Mi amigo me miró ceñudo.
—¿"No" qué?
—No voy a enviar el patronus.
—¿Por qué?
—Porque no puedo.
Sus cejas descendieron aún más.
—¿No puedes?
Resoplé.
—No tengo la energía suficiente para hacerlo —reconocí en voz baja. Para que sólo él oyera.
Creí que me preguntaría el motivo, pero se abstuvo y salió del lugar sin decirme nada. Mientras tanto me puse a tomar notas en un rollo de pergamino acerca de la escena del crimen.
Agradecí que no me interrogara.
Fue, sin embargo, dos días después que ya nadie me pudo pasar por alto mis actitudes. Primero Kingsley, luego Dumbledore y, por último, mi madre.
Había tenido pesadillas, así que no había amanecido con mi mejor ánimo. Reviví la escena con Remus y estaba dándole vueltas al asunto cuando llegué al Ministerio de Magia. Había decidido usar la red Flú, porque mi magia estaba mermando. Era una maldita Auror y no podía estar en peores condiciones. La preocupación por mí misma sólo conseguía empeorar la situación.
Vislumbré a Shacklebolt, quien hablaba cerca de la pileta con un miembro del Ministerio, a quien no reconocí. Éste me miró y me hizo una seña al momento en que Eric Munch se me acercaba, saludándome y diciéndome algo. Tal vez debí haber sido más amable y saludarlo, tal vez me debí haber girado y hacerle un asentimiento con la cabeza o, incluso, haberle sonreído, pero nada, nada le daba derecho a tomarme del brazo, ni menos decirme en el tono que habló "¡Hey, te estoy hablando, Nymphadora!". Y sin embargo, fue el "Nymphadora" el que detonó mi ira.
Cada músculo de mi cuerpo se tensó, tomé impulso y, dos segundos después, sentí un agudo dolor en los nudillos de mi mano derecha, porque ésta se había plantado en un puñetazo directo en su frente, donde seguro aproveché de reventar varios granos.
Los oídos se me habían tapado y sólo reaccioné cuando Kingsley había llegado a mi lado en cosa de segundos. Eric estaba agachado con ambas manos en la cara, quejándose en silencio, mientras magos y brujas caminaban de un lado a otro, apurados para llegar a sus lugares de trabajo. Para mi suerte, nadie más había visto, pero que Shacklebolt hubiera presenciado ese acto denigrante, era suficientemente malo.
—Lo siento —me disculpé sin aliento, percatándome de lo que había hecho. Miré hacia todos lados. Definitivamente nadie más nos observaba. Me giré hacia Eric —. Eric, lo siento…
—Ven conmigo, inmediatamente —indicó mi amigo, inadmisible. Me observaba como si acabara de ver a alguien morir.
No opuse resistencia, sencillamente le hice caso en silencio. Subimos en el ascensor entre un grupo de funcionarios, sintiéndome peor a cada segundo que transcurría. Me llevó hasta su oficina e hizo unos cuantos encantamientos tras cerrar la puerta.
—Siéntate —señaló la desvencijada silla frente a su escritorio. Me senté, agachada como una niña taimada, con la mano doliéndome a morir —. Explícate.
—Lo siento…
—¡No me vengas con eso, Tonks! —saltó —¡Has estado rara hace semanas! Y no te había querido decir para no herirte, ¡pero no estás rindiendo bien tu trabajo!
Lo observé subiendo la mirada, avergonzada.
—¡Ni siquiera te regañé por no haberme entregado el informe de Fortescue! —cerré los ojos, dándome cuenta que lo había dejado a medio escribir —. He tratado de dejar pasar algunas situaciones, pero eso… Te necesitamos, Tonks. Tendré que dar cuenta de esto a Dumbledore…
—No, Kingsley, por favor, a Dumbledore…
—No —contestó tajante —. Le diré, porque veo que te vas a derrumbar en cualquier momento, y la verdad, es que no puedo presenciar algo así.
Asentí con calma.
—Haz lo que te parezca conveniente —susurré tragándome las lágrimas, orgullosa.
—Perfecto. Y quiero el informe de Fortescue antes de las dos.
—Ya.
Una vez afuera, odié a hombre de chocolate con todo mí ser y pateé lejos un basurero que estaba en medio del pasillo, como si un poder demoníaco se hubiese apoderado de mi cuerpo. Dejé un hilo de desechos. Un par de magos que caminaban se giraron para mirarme.
—Mi torpeza —dije, haciendo una reverencia —. Lo siento, soy demasiado torpe y he tropezado con el basurero — Era evidente que no había sido así, porque el tarro estaba tres metros más allá de su lugar de origen. Antes que alguien me reprochara algo, saqué la varita y con una floritura lo devolví todo a su lugar. Tomar la varita me causó dolor, así que tuve que ir al baño para curarme mediocremente.
Pensé que mi amigo se había marcado un farol con lo de llamar a Albus Dumbledore, porque transcurrieron un par de días sin que ni un mensaje me llegara. Eric no tardó en manifestarse, de hecho, a las horas de haberlo golpeado, fue a increparme, con un tremendo chichón en la frente, y a exigirme explicaciones de por qué le había golpeado y que planeaba decirle a mi superior de mi comportamiento inapropiado.
—Shacklebolt es mi superior, imbécil —le respondí con sarcasmo, sin hacer comentario de mi puño herido. Tenía los nudillos pelados, rojos e hinchados, pero no me iba a quejar. Ni siquiera me había quejado ante mi amigo —. Vete de aquí, deja de fastidiarme. ¿Qué quieres?
Frunció el ceño y se puso súbitamente colorado.
—Eres una creída —me soltó de pronto —. Sólo quería invitarte a un concierto de Dead King…
—No me gusta ese grupo — una mentira. Sus mejillas se arrebolaron aún más.
Se puso tenso, me fulminó con la mirada, dio media vuelta y salió de mi despacho dando un portazo.
Dumbledore se presentó en el momento en que menos esperaba. Yo había tenido una misión en una playa con unos duendes mafiosos, y estaba pendiente de sacudirme la arena cuando entré a mi oficina. No me fijé que el anciano adicto a los caramelos estaba adentro, precisamente sorbeteando un caramelo, hasta que me habló.
—Muy buena fotografía —señaló, sobresaltándome, apuntando un cuadro que pendía de la pared. Salíamos Mis abuelos, mis padres y yo, una fotografía de hacía unos diez años atrás. Yo sonreía, luego mi abuelo me pellizcaba la nariz y yo me ponía a estornudar exageradamente, cambiando el color de mi cabello a cada estornudo. La fotografía original era en blanco y negro, pero mi padre había logrado transformarla muy talentosamente… aunque nos veíamos un poco naranjos.
No pude ocultar mi decepción al ver a Albus allí.
—Hola, profesor —saludé con una sonrisa tirante.
—Buenas noches, Nym…
—Por favor, dígame Tonks —pedí de mala gana. No creía poder soportar oír mi nombre una vez más.
—Lo siento, Tonks. Aunque debo decir que tienes un nombre único, muy bonito. Así como tú.
Asentí con lentitud. Me sonó a que lo último lo estaba diciendo con lástima.
—¿Qué tal si nos sentamos? —dijo con alegría, señalándome mi silla.
Le hice caso y, a pesar de estar frente a frente, tuve que rehuir de su mirada. Siempre era tan perceptivo, analizando tras sus gafas con forma de media luna. Decir que me sentí desnuda, es poco. Más bien me sentía despellejada.
—No vale la pena dar tantos preámbulos cuando creo que sabes a qué vengo.
—Sí, por el puñetazo que le di a Eric Munch —contesté haciendo una mueca.
—Es difícil para mí decir esto. Entiendo por lo que estás pasando…
—¿Y qué estoy "pasando"?
—Sé que sabes que sé —dijo mirándome por encima de sus gafas, arqueando las cejas —. Sólo diré que tiene que ver con Remus. No quiero obligarte a que me digas cosas que no quieres revelar.
Maldito viejo sabelotodo.
—Pero quiero estar seguro si estoy hablando con alguien consciente. Fue una suerte que sólo Kingsley se diera cuenta de lo que hiciste, y necesito saber si esto se volverá a repetir o no.
—Por supuesto que no se volverá a repetir —dije con pesadumbre.
—Bien. Y quiero saber si estás en todas tus aptitudes para continuar en la Orden del Fénix.
—¡Por supuesto que sí! —contesté más fuerte de lo que pensé —Digo… no estoy bajo mis mejores condiciones —reconocí—, pero haré lo posible para estarlo, porque ocurra lo que ocurra… No me retiraré de la Orden.
El mago sonrió.
—Eso era lo que quería escuchar —se puso de pie —. Espero que tengas una buena tarde —caminó hasta la puerta —. Me mantendré en contacto contigo.
Asentí.
—Gracias, director.
—Y, Tonks, tú no eres de las que se rinde tan fácilmente. Dale tiempo al tiempo… Y no temas a amar incondicionalmente.
Tuve ganas de lanzarle una bola de pergamino que estaba encima de mi escritorio, pero tras pensar la frase, cuando cerró la puerta tras él, le encontré mucho sentido.
—Dumbledore debería ser terapeuta de parejas en vez de luchar contra magos tenebrosos.
