CAPÍTULO 18
Se vistieron rápidamente, en silencio, y Bella recogió una pequeña bolsa con lo que necesitaba. Como el libro -Edward había estado encantado de verlo- unas pocas túnicas, bocadillos y una cantimplora con agua. Tania no había traído ninguna arma para que Odette usara, un hecho que decepcionó a Bella aunque no la sorprendió.
—¿Cómo vas a invadir sus sueños? —le preguntó a Edward.
—Te lo contaré todo —se puso enfrente de ella y la tomó de los hombros. Una vez más usaba la máscara de esclavo—. Cuando termine.
Sabía lo que significaba -él podría estar en peligro- y su respuesta fue diablos, no.
—Voy contigo.
Él suspiró como si esperara la respuesta y se hubiera resignado de antemano a ello.
—Quiero llevarte al sueño conmigo e intentaré conseguirlo. Nunca antes he hecho nada parecido, no sé si funcionará. Mientras tanto, quiero que te quedes aquí.
—¿Por qué?
Movió la lengua sobre un incisivo.
—Si no puedo obligarla a dañarse a sí misma, voy a absorber sus poderes. Todos los poderes y todos los hechizos que se ha vertido sobre sí misma.
Los ojos de Bella se abrieron.
—¿Puedes hacer eso?
Asintió severamente.
—Lo más seguro es que vaya a seguir por ese camino. Traté de invadir sus sueños mientras estabas dormida y encontré una resistencia inesperada. Si la resistencia sigue todavía ahí, mientras signifique que estoy cerca, tendré que hacer algo para derribar sus defensas y robar su magia. Algo...no violento.
Ella empezó a entender y quiso vomitar. O quizás soltar un puñetazo.
—¿Cómo... besarla?
¿O algo más?
Otra vez asintió, ésta vez casi imperceptiblemente.
—¿Y no podrías simplemente apuñalarla? —preguntó esperanzada.
—No sin morir yo también. Ella tiene un hechizo que causa que cualquier daño que intente afligirle me será devuelto.
—Está bien, entonces está decidido —Bella se mordió el labio inferior, sintiendo las heridas que ya tenía allí y dándose cuenta que se había hecho varias mordidas de nervios últimamente—. Eso explica el poder que siento emanando de ella, creo.
—¿Lo sientes?
—Sí —cuadró los hombros—. Y está bien. Si tienes que besarla, tienes que besarla. Y créeme, no te envidio. Eso es llevar lo de sacrificarse por el equipo muy lejos. Digo, creo que preferiría soportar apuñalarme a mí misma en lugar de tener que besarla.
Él casi se ahogó con la risa.
—Esto no es divertido, Bella.
—Lo sé. —pero prefería con mucho que él se riera a que se preocupara por su reacción—. Mientras sobrevivas, me parece bien el plan. Por favor dime cuando podrás hacerle daño una vez que absorbas sus poderes.
—Sí —la absoluta determinación absoluta irradió de él—. Lo haré.
—Entonces creo que pegar tu lengua al fondo de la garganta del demonio tiene una recompensa lo suficientemente buena.
Le dio un golpe en el brazo.
—Buena suerte, tigre.
El rió de nuevo, esta vez menos forzado.
—Gracias. Ahora. ¿Podrías por favor quedarte aquí?
—Nop, lo siento. Puede que yo no posea magia alguna por mí misma, pero Tania todavía asume que soy Odette. Puedes necesitarme. Por lo tanto, estaré pegada a tu lado como si tuviese pegamento.
Pasó un momentáneo silencio, entonces otro. Finalmente se frotó el puente de la nariz. —Está bien. Puedes venir conmigo. Si las cosas no progresan como espero, correrás a Elden, y buscarás al príncipe Jacob. No confíes en nadie más. Dile que me perteneces. Dile que eres mi prometida.
Qué triste había sonado repentinamente. ¿Por pensar en perderla?
—¿Y él me creerá?
No es que ella quisiera irse. No quería, por ninguna razón. Ellos debían estar juntos.
—Te he marcado, así que sí. Sí, lo hará. Es un bebedor de sangre, como yo.
Cuando se alejó, ella lo tomó del brazo. Un movimiento insignificante pero que funcionaba al mismo tiempo.
—¿Encontraste a tu hermano?
—Todavía no. Tengo el presentimiento que él va a triunfar donde yo he fallado.
De nuevo quiso marcharse. Una vez más lo retuvo.
—¿Entonces eres tú el príncipe?
—Sí —repitió—. El príncipe regente, destinado a gobernar sobre todo Elden.
Esta vez, se quedó en su sitio, esperando la respuesta.
Ella lo soltó y se encogió de hombros.
—Eso explica muchas cosas.
Parpadeó hacia ella.
—¿Y eso es todo lo que tienes que decir al respecto?
—Sí —entonces él era de la realeza. ¿Y qué? Todo el mundo tenía algún defecto.
Se agachó, cogió la correa de su mochila y se echó la pesada cosa sobre el hombro. La correa se le clavó en el músculo, pero no se permitió a sí misma una mueca de dolor. Edward insistiría en llevarla él y era el que necesitaba tener las manos libres.
—No esperes de mí que sea toda humilde y obedezca cada uno de tus caprichos. Eso no va a pasar. ¿Así que vamos a hacerlo o qué?
Sus pestañas bajaron, ocultándole los iris, mientras se inclinaba, la envolvió en sus brazos y la besó suave, dulcemente, como un tierno amante expresando su gratitud. ¿Para qué? se preguntó ella, y luego se olvidó de la pregunta. Sus labios se estremecieron. Sus lenguas se encontraron brevemente, y ella lo saboreó. Quería más. Siempre quería más.
Él se enderezó y suspiró.
—No quiero que su magia te afecte,Bella. Si fallo y ella se vuelve contra ti...
—Podrán molerme a palos, pero también podría ser un vampiro así que me importa una mierda. Voy a curarme.
Su ceño se frunció, con ira y confusión.
—Nadie va a molerte a palos.
Ella le acarició la mejilla.
—Creo que ya te he dicho que voy a ir contigo y eso es definitivo. Deja de intentar de disuadirme de ello.
Quizá podía sentir su determinación. Quizás odiaba la idea de estar separados tanto como ella. De cualquier manera, sus manos la soltaron y asintió.
—Equipaje testarudo.
—Tomaré eso como que significa hembra deliciosa.
—Tendrías razón —movió los dedos y la condujo afuera, a la noche. La luna estaba oculta tras unas nubes densas y oscuras, el aire era fresco y húmedo. Debía estar acercándose una tormenta.
Se produjo el crujido en una fogata a unos pocos metros de distancia, lanzando rayos dorados y calientes, pero no había guardias alrededor. En realidad, no había señal de vida por ninguna parte. Ni siquiera enfrente de la tienda de Tania. Sin embargo Bella sabía que había hombres patrullando el perímetro. Podía oír el latido de su corazón. Tum- Tum. Tum-Tum.
—Algo no encaja —dijo Bella.
—Lo sé —replicó Edward, su voz era plana.
—Debería tener guardias delante de su tienda. ¿Por qué los echaría?
—Debe estar esperándome.
¿Podrían alguna vez tener un respiro?
—Debemos irnos. Regresar otro día. Si ella sabe dónde estás, te atacará.
—Oh, sí, lo hará —su voz seguía siendo plana, pero su determinación le dio un filo peligroso.
—Quizá le estemos dando mucho crédito. Podría no saberlo, sólo sospecharlo. De cualquier manera, morirá ésta noche.
Habló como un hombre que sabía que no contaba con mucho tiempo. Bella recordó su necesidad de regresar a Elden. Una necesidad física que lo estaba matando lentamente, había dicho.
Quizás ese era el caso aquí. Así que, cuando el recorriera la pequeña distancia que quedaba y entrara rápidamente en la tienda sin pausa, Bella no protestaría. Las linternas seguían encendidas, y sus ojos se ajustaron instantáneamente. A diferencia de antes, no había esclavos bailando en interior.
Para su consternación, Tania no estaba dormida en su cama, estaba recostada todavía en su diván, bebiendo de una copa. Esperando.
—Al fin —dijo casualmente. Acarició un reloj que colgaba de su cuello. Un reloj que no había estado ahí antes—. Y ahora tendré mis respuestas.
—¿Acerca de? —Edward empujó a Bella atrás de él.
Ella puso las manos en su espalda, sintiendo el nudo de músculos.
Se dibujó una expresión de furia en el rostro de Tania por una fracción de segundo antes de suavizar sus rasgos.
—Te quedarás dónde estás, esclavo. Y créeme, no serás capaz de moverte de un lugar a otro con un sólo pensamiento, por lo que ni siquiera lo intentes.
¿Había usado su magia para dejarlo inmóvil en un lugar? Bella se movió a su lado, y sí, eso fue precisamente lo que Tania había hecho, se percató así mismo que sus propios pies se habían vuelto tan pesados como rocas. Tania no se había movido, ni siquiera había parpadeado, y de alguna manera había usado su magia.
El terror la recorrió, como pequeñas bombas soltando rápidamente su veneno.
—Madre hubiera estado muy decepcionada contigo —dijo ella.
—¿Ah sí? —Tania sonrió, centrando su atención en Bella—. ¿O estaría orgullosa de mí por haber destruido a una impostora?
Respira, sólo respira.
—Antes, cuando le di muerte a aquella humana, sentí malestar y disgusto. Me pregunté el porqué. No era algo que mi hermana alguna vez hubiera sentido. Entonces, sentí a alguien excavando a través de mis poderes. Me pregunté quién era, pero no hice ningún hechizo para que parara, o dañara, a esa persona, porque también me preguntaba qué era lo que quería. Imagina mi sorpresa cuando ellos, él, escogió mi espejo mágico. —no quería preguntar. No podía. No todavía.
—Entonces, imagina mi sorpresa adicional cuando mi esclavo más leal dejó de desearme. De la misma manera que otro esclavo mío cesó de desearme.
—Edward nunca te ha deseado —escupió Bella.
Tania se encogió de hombros, despreocupadamente.
—Él tampoco te ha deseado a ti. De hecho, creo que se sintió aliviado cuando me hice cargo de tu cuidado. Entonces, repentinamente, regresas de la tumba, y él no puede apartar sus ojos de ti. Anhelándote, secuestrándote. No para usarte como un escudo, sino porque no soporta estar lejos de ti. Algo estaba mal, y lo sabía. Ahora, se qué es.
—¿Y qué es lo que sabes? —preguntó calmadamente Edward como si estuviera en un almuerzo de domingo y discutiendo sobre el clima que haría al día siguiente.
Bella lo miró. Había dejado caer la máscara. Ahí estaba su cabello oscuro, sus ojos de plata. Sus anchos hombros, sus músculos tensando la tela de la camisa azul oscuro. Un hombre hermoso que protegería con su propia vida.
—La mujer a tu lado no es mi hermana —dijo Tania—. Su nombre es Bella, ¿no?—
Respira.
—Soy Odette. No puedes probar nada.
—¿De verdad? Bueno, quizás tengas razón —había ira en el tono de la princesa, sus palabras eran afiladas como dagas—. Antes podía mirar a través de los ojos de los demás. Ahora esa habilidad me ha sido arrebatada. De todos modos, no importa. Recuerdo cómo Edward solía hablarle a alguien dentro de su celda. A una mujer. Bella. Nadie la podía ver. Asumimos que estaba loco —ella se rió presuntuosamente, incluso con algo de humor—. Pero tu nombre es Bella y puedo apostar, que eres humana.
Bella pudo sentir como la furia pulsaba en Edward.
—Quizás eres tú la que está loca.
Tania se enderezó del diván y se puso de pie. Su mirada se deslizó hacia Edward.
—Oh, no, no lo harás, esclavo. Cómo puedes ver, te he lanzado un hechizo para prevenir que me sigas robando alguno de mis poderes. Mientras vosotros dos... retozabais, fortalecí mi magia —¿Lo habría intentado?
—Excepto —dijo con una sonrisa por su parte, toda blanca y mortífera—, que cualquier poder que uses lo usaré yo también. Eso, no puedes evitar que suceda.
—No, no puedes... —chilló Tania. Trató de acercarse a ellos, pero sus pies se detuvieron en el aire.
—Sí, puedo. Manteniéndote en tu lugar no te hiere físicamente, y, de hecho, te salva de mis garras. Así que alégrate, tu hechizo de parálisis funciona.
—Suéltame, o llamaré a mis guardias.
Él arqueó una ceja, burlándose de ella.
—¿Y crees que te creerán sobre Odette? No lo harán, y ambos lo sabemos. Tu única oportunidad es dejarla libre. Hazlo, y hablaremos. Tú y yo. Solos.
—Por supuesto. Ni que fuese tonta.
—Bueno... —dijo Bella.
Tania frunció el ceño, pero continuó.
—Jura que no intentarás matarme o utilizar los mismos poderes que yo use y lo consideraré.
Edward abrió la boca para contestar, probablemente para aceptar, pero Bella lo detuvo. —No voy a ir a ningún lado. No me importa lo que decidáis —Y tan pronto como le fuera posible, tomaría un curso de magia para principiantes. Quería conocer las reglas. Lo que una bruja podía y no podía hacer. Saber cómo detenerlas. Cómo vencerlas.
—¿Qué tal eso Edward? —dijo Tania, sonriendo de nuevo—. Veremos qué clase de daño puedo hacerle a tu Bella sin dar ni un solo paso.
Un momento después, Bella sintió como si su cabeza fuera a explotar. Sollozó, cubriéndose los oídos, sintiendo gotas tibias de sangre salpicando las palmas de las manos. Su mundo entero se concentró en su cerebro palpitante y perdió de vista todo lo que estaba a su alrededor.
Sus rodillas flaquearon, pero sus pies continuaban unidos al suelo cubierto por la moqueta. Sólo podía doblegarse, gritando y llorando y rezando por la muerte. Pareció pasar una eternidad, pero entonces el dolor se detuvo tan repentinamente como había llegado.
Gradualmente empezó a ser consciente de lo que la rodeaba y se percató de que Tania era la que estaba ahora gritando.
Edward, pensó Bella distantemente. Edward debía de haber robado su habilidad para apretar mentes –o lo que fuera que hubiese hecho ella- y ahora estaba usándolo en contra de la princesa. Pero él también estaba gruñendo como si el dolor explotara a través de él.
Los gritos de Tania cesaron abruptamente. Edward se calmó segundos después.
El único sonido que se oía eran las respiraciones jadeantes y dificultosas. Bella intentó ponerse de pie, pero no tenía fuerzas. Vio como su mochila se había caído y estaba a unos centímetros de ella. Estaba bañada en sudor, su túnica parecía cientos de kilos más pesada.
Se las ingenió para girar la cabeza y mirar a Edward. No la estaba mirando a ella, pero si a Tania, con los ojos entrecerrados, el odio irradiaba de él.
—Viste lo mismo que yo, —espetó Tania—. Tu preciosa humana estudiaba a los de tu clase. Los diseccionaba, los hería. Dime, ¿eran amigos tuyos?
Oh no, pensó Bella. No, no, no. De alguna manera él sabía que ella había experimentado e investigado a los de su especie, pero él no sabía la identidad de sus víctimas. ¿Habría herido a unos de sus amigos?
—¿Todavía quieres protegerla? —demandó Tania—. ¿Sigues deseando ser su amante?
Silencio.
Un silencio muy pesado.
Por favor dime que no conocías a ninguno de ellos. Si era así, la odiaría.
—¿Qué quieres, princesa? —dijo Edward, su voz estaba desprovista de toda emoción.
Un nudo creció en la garganta de Bella, prácticamente cortándole el aire. Lo hacía. La odiaba. Tenía que disculparse, explicarle, pero no podía hacerlo ahí, ahora.
No te odia. Te ama. Te perdonará. Eventualmente. Así lo esperaba.
Las mejillas de Tania se elevaron, el triunfo se reflejó en sus ojos. En sus crueles ojos verdes.
—Quiero que te vincules a mí. Para siempre.
Él resopló.
—No. ¿Qué gano yo a cambio? Nada.
—Te permitiré matar a la chica —ella señaló a Bella con un movimiento de su mano.
El ácido hizo un hueco en su estómago.
—La mataré —dijo de manera flemática—, pero no necesito encadenarme a ti para hacerlo.
Oh, Dios. Bella se había convertido en uno de sus enemigos, en su odiada y debe-ser-destruida-a-toda-costa enemiga.
—Edward. Por favor. Yo... lo siento mucho.
No se dignó a mirarla. Sólo levantó su mano para silenciarla.
—Robé tus recuerdos. Yo. Quería que me salvaras. Así que, como puedes ver, nunca te quise de verdad. Sólo lo que podías hacer por mí. Ahórrate tus disculpas.
¿Qué él... qué? ¿Por qué habría hecho...?
Todo regresó, como si la jaula de cristal se destrozara dentro de su mente. Habían hablado, habían compartido. Descubierto que ella estaba maldita. Él sabía que forzándola a cruzar, para salvarlo, lo pondría en peligro. Por esa razón, ella se había opuesto. Había robado su memoria y la había forzado a hacerlo.
En ese momento, pensó que se enfadaría con él. En vez de eso, estaba contenta con lo que había hecho. Contenta de haberlo ayudado, de liberarlo, hacer el amor con él. Hasta había entendido su razonamiento. Cuando había estado atada a la cama, había negociado con Dios por su libertad. En ese estado de la mente, habías hecho cosas. Cosas de las cuales no siempre te enorgullecías.
¿Sin embargo por que no había regresado a casa para siempre tal y cómo dictaba la maldición? Lo amaba. Y justo ahora acababa de perderlo.
¿O habría sido su odio lo que los había mantenido apartados, no su ausencia? Su estómago se sobresaltó.
—La mataré, entonces —dijoTania.
—¿Con magia? —rió Edward—. Por favor, hazlo. Entonces tendré el poder de matarte a ti.
—No si te mato primero, y luego a la chica.
—No me quieres muerto, princesa. Me quieres dispuesto —su cabeza se inclinó a un lado.
—¿Por qué enterraste mis recuerdos? No los de niño, sino todo lo demás. Entiendo por qué bloqueaste mis poderes, pero mis recuerdos...
Un brillo petulante entró en sus ojos.
—Quieres saberlo, está bien. Te lo diré. No soy la bestia que crees que soy, sabes.
Él cruzó sus brazos sobre su pecho.
—Apareciste en el mercado de esclavos en Delfina y todos asumieron que eras un doble del príncipe Edward. Todos querían comprarte. Yo, Odette. Los ricos, los pobres. Sólo Odette y yo sabíamos que eras el verdadero príncipe de Elden, el príncipe regente, el vampiro, poderoso mas allá de lo imaginable —una vez más acarició el reloj—. Luchaste salvajemente y te las ingeniaste para matar a mucha gente que simplemente se acercó a ti para estudiarte de cerca. Entonces, te escapaste.
Sus ojos se abrieron levemente, una reacción involuntaria estaba segura Bella. Supuso que todavía no había recordado esa parte de su vida. Quería estar con él, pero temía que la rechazara.
—Odette te había liberado, después de bloquear tus poderes. Te quería lejos del mercado, lejos de las miradas indiscretas de los demás. Acababan de llegar noticias de que el rey y la reina habían sido asesinados.
Una fuerte bocanada de aire fue la única respuesta de Edward. Bella sufría por él.
—Cómo puedes adivinar, Odette no te hubiera liberado si no hubiera tenido la manera de capturarte. De todas formas resultaste difícil de alcanzar. Casi lo consiguió una docena de veces, pero seguías intentando regresar a Elden, siempre encontrando la manera de abandonarla. La última vez que te capturó, recorrió las profundidades de tu mente. Quizás no habías sido testigo del evento, pero lo sabías. Habías escuchado las noticias, como nosotras y la magia había completado el resto.
—Dímelo —dijo con voz áspera.
—En un intento de controlar las tierras, el Hechicero Sangriento atacó. Tu padre y tu madre estaban muriéndose y cada uno lanzó un hechizo. Tu madre, te mandó lejos poniéndote a salvo. Tu padre, te llenó con sed de venganza.
Bella podía sentir la furia de Edward creciendo... afilándose.
—Odette no podía dejar que siguieras intentando regresar —continuó Tania—, o dejarte que buscaras a tus hermanos y a tu hermana. Si ellos sabían que seguías con vida, habrían venido por ti. Así que, tenían que pensar que estabas muerto, que te habían asesinado junto con tus padres. De esa manera, nadie vendría nunca a rescatarte.
Las manos de Edward se convirtieron en puños.
—Y ahora —continuó Tania—, ahora es muy tarde.
—¿Qué quieres decir? —espetó él.
—Han pasado veinte años desde que el Hechicero de Sangre atacó el palacio.
—No —agitó su cabeza uno, dos veces—. No.
—Oh, sí —sonrió fugazmente—. Eres tan inconsciente del paso del tiempo así como lo fuiste de tu pasado. Odette se aseguró de eso —Tania estiró sus mejillas—. ¿Qué tal eso como moneda de cambio? Te ayudo a derrotar al Hechicero de Sangré, si matas a la humana. Aquí y ahora.
—¿Y olvidar todos los crímenes que cometiste en mi contra? —dijo él hirviendo.
Al menos no lo había aceptado de inmediato, pensó Bella con amargura. Que se hubiera vuelto contra ella tan salvajemente... no podía perdonarlo. A menos que fuera un truco. A menos que quisiera ganarse la confianza de Tania.
Lo esperaba fervientemente.
—Es eso, o tendré que borrar tu memoria una vez más. Tuvimos que hacerlo varias veces, sabes.
Sus manos se apretaron tensamente.
—¿Confiaras en que yo no te haré daño?
—No. Harás un juramento de sangre de no hacerlo. Antes de que te libere y después de que mates a la chica.
Bella tragó saliva, se le estaba secando la boca.
En este momento, Edward no dudó.
—Muy bien. Libéranos de tu dominio mágico, y te juro nunca matarte o herirte. Ayúdame a matar a mi enemigo, y yo... mataré a la chica.
Falta poco para el final
¿Qué pasará entre Bella y Edward?
¿Tania logrará sus objetivos? ...
