Disclaimer: Rose, Scorpius, sus cuestionables parientes y demás personalidades reconocidas pertenecen a J. K. Rowling. Lo demás, humildemente, me pertenece a mí.

Ron no quería a Scorpius Malfoy cerca de su hija, pero alguien tenía otros planes. Una muchacha inocente y un joven manipulable en medio de una disputa que siempre les será ajena. Una venganza, tres corazones rotos y una historia que no se deja olvidar. La tormenta está por llegar.

Me he ausentado mucho.Me he pasado una semana, y me disculpo –si bien creo que no sirve de nada :c– aquí voy con el siguiente. ¡Gracias por leer!

Capítulo XX

Límites

(Parte II)

Rose se arrebujó en su abrigo, echándole un último vistazo a la estación de tren. Hogsmeade era todo blancura y luz aquella mañana, blancura, luz y bullicio estudiantil.

Las vacaciones de invierno por fin habían llegado, y con ellas, Rose sabía que venía una avalancha de definiciones. Scorpius y ella habían mantenido su relación, por llamarla de alguna manera, durante las semanas que acababan de pasar. Ya podía decirse que habían estado viéndose cuatro semanas, un mes para simplificar. Rose suponía que era tiempo suficiente para que Scorpius decidiera lo que tuviera que decidir. Mientras tanto, durante aquellas vacaciones el tiempo sería de ellos.

–Rose–La llamó Albus, sacándola de sus pensamientos–, si no subimos nos van a ganar los mejores compartimentos.

– ¿Y cuáles son los mejores compartimentos, si se puede saber? –Le preguntó Rose, divertida, acomodándose a Salvador en los brazos para poder subir al tren– ¿Qué tienen de especial?

–Por empezar, están cerca de los baños–Repuso Albus con severidad. Patricio, somnoliento en sus brazos, parpadeó con dignidad–. No sabes lo horrible que es tener que recorrerte quinientos compartimentos cuando te agarra una descompostura.

–Eso te pasa cuando mezclas ranas de chocolate con varitas de regaliz–Le dijo Rose, sacudiendo la cabeza–. Sabes que te hacen daño y las comes igual.

Albus y Rose, contra todo pronóstico, viajarían juntos. El mismo Albus se había ofrecido, sorprendiendo a su prima. Cathy se quedaba en el colegio, según le había dicho Albus, y además –y esto era hasta inquietante–quería hablar con ella a solas.

–Bueno, mira, espero que estés contento–Rose, fingiendo enojarse, se dejó caer pesadamente sobre el asiento–. Un compartimento justo al lado del baño. Pero por tu bien, espero que no me llegue ningún aroma desagradable.

–Al menos trataré de que no sea mío–Albus se rió de su supuesto chiste, y Rose arrugó toda la cara.

–Realmente no es tan lindo como piensan tener tanta confianza con tu primo–Declaró, sacudiendo la cabeza. Intentando desentenderse de Albus, se inclinó para rascar a Salvador detrás de las orejas, como sabía que le gustaba–. Oh, sí, pequeña bola de pelo naranja. Sí que sí, eres la cosita más hermosa, sí que lo eres… ¿Quién es la cosita más hermosa? –Empezó a hablarle con voz chillona, al tiempo que el gato ronroneaba. Ahora le llegó el turno a Albus de fruncir el rostro.

–Si yo fuera Salvador me sentiría ofendido de que me hablen como si fuera estúpido.

–Pero tú no eres Salvador, Albus, así que chitón.

–Y me alegra, que lo sepas–Le espetó su primo, y ambos guardaron silencio por un rato. Entonces Albus la miró, con una expresión extraña, y Rose supo que algo se le venía–. Oye, Rose…

– ¿Qué? –Preguntó sin apartar la vista de Salvador.

–Recuerdas que yo quería hablar contigo, ¿No? –La muchacha asintió–Bueno. Yo…quería preguntarte una cosa.

– ¿Qué cosa? –Rose empezaba a cansarse de la vaguedad en las palabras de Albus, pero al mismo tiempo se sentía inquieta por lo que pudiera llegar a decirle.

–Uhm, esto es muy raro…–Albus suspiró, y entonces la miró fijamente, soltándolo todo de golpe–Te noto muy rara… ¿Estás saliendo con alguien?

– ¿Qué? –Rose, sorprendida por aquella inusitada perspicacia en Albus, tardó un momento en reaccionar–No, no… ¿Por qué piensas eso?

–Ya te dije, estás rara–Albus ladeó la cabeza, analizándola con la mirada–. Como distraída, y tienes algo raro en los ojos…a veces pareces borracha.

– ¿Borracha?

–Pero no estás borracha, sé darme cuenta de eso. Es distinto, pero parecido; ya sabes, toda colorada, y con los ojos brillantes. Y he pensado–Concluyó Albus–, que o bien estás borracha, o bien estás enamorada. Y tu aliento nunca huele a alcohol, así que…

– ¡Pero qué conclusiones son esas! –Exclamó Rose, intentando reírse, como si aquello le pareciera gracioso–Realmente Albus, eres terrible.

– ¿Entonces no es cierto? –Preguntó el muchacho, ligeramente desconcertado.

–No, no…–Rose sacudió la cabeza, y volvió a soltar otra carcajada forzada–Francamente, qué graciosa idea…

–Bueno, tampoco para tanto, ¿Eh? –Se irritó Albus un poco–Eres una chica como cualquier otra, hasta dónde sé, y las chicas se enamoran a veces, ¿No? Y también tengo que decir que pasas mucho tiempo con ése Alan Macmillan…

–Me da clases de Transformaciones–Repuso Rose, ahora sí dejando ver su sorpresa.

–No es únicamente tu tutor…–Albus entornó los ojos.

–No, pero sí es sólo un amigo–Entonces la muchacha lo miró con curiosidad–. ¿Qué te pasa? Pareces…enojado.

– ¿En serio no sales con nadie, Rose? –Le preguntó Albus en lugar de responderle.

–No–Mintió ella con total descaro–, ¿Por qué tanta insistencia?

Albus la contempló en silencio por un momento, todavía con los ojos entrecerrados.

–Sólo quería asegurarme–Dijo finalmente, y sonrió–. La única razón por la que me mentirías sería porque sabes que no voy a aprobar con quién estés saliendo. Y eso significaría que sales con la persona equivocada, incorrecta, con alguien malo, como quieras llamarlo.

Rose se sintió fatal.

Y entonces, como si se tratara de una salvación, Sam y Lily entraron en el compartimento.

– ¿Qué hay? –Sam se recargó sobre la puerta, y Lily tuvo que empujarla para poder entrar.

–Nada–Albus se encogió de hombros–. Hablábamos.

–Ah…–Sam asintió con gesto distraído, y luego espetó sin ninguna clase de preámbulo– ¿Entonces nos la prestas un ratito? Es importante.

– ¿Pasó algo? –Se inquietó él, pero Lily sacudió la cabeza.

–Es su compañera, esa tal Cameron–Puso los ojos en blanco–. Está como histérica. Piensa que está embarazada–Añadió con toda naturalidad, y Albus y Rose se crisparon.

– ¿Qué? –Rose se puso de pie, repentinamente alterada– ¿Cómo?

–No sé, test de embarazo muggle y esas cosas–Lily alzó los hombros, y Sam sacudió la cabeza.

–Tienes que venir, está loca en serio–Aseguró, y Rose asintió resueltamente.

–Seguro. Albus, cuídame a Salvador–Le encajó el gato a su todavía desconcertado primo y siguió a las dos muchachas fuera del compartimento–. ¿Para dónde vamos? –Lily intercambió una mirada con Sam, pero ninguna de las dos dijo nada– ¿Dónde está Cameron?

–En el otro vagón, así que camina rápido–Repuso Sam finalmente, y ella y Lily guiaron a la inquieta Rose por el tren.

Finalmente se detuvieron frente a un compartimento con las cortinas corridas, que más allá de eso no tenía ninguna marca distintiva. Rose abrió la puerta sin tocar, preocupada por la desdichada Cameron.

– ¿Tu mamá no te enseñó modales, Weasley? –Arremetió contra ella la voz ácida de Agatha Dolohov. Rose abrió los ojos como platos al verla, incapaz de responderle debido a la sorpresa–Se debe tocar antes de entrar en un compartimento ajeno. Mira si había alguien desnudo.

–No hay nadie desnudo, Agatha–Aaron Yaxley, sentado junto a la irritable muchacha, sonrió–. Gracias a Merlín. Hola, Weasley.

–…–Rose sacudió la cabeza, incapaz de reaccionar aún–No entiendo…

Entonces escuchó una risa más que familiar. Scorpius, repantigado en el asiento enfrentado al de sus dos amigos, la miraba con ojos divertidos.

–Tienes una cara de miedo impresionante–Le sonrió, y luego les echó una ojeada a Sam y a Lily, detrás de Rose en el umbral–. ¿Qué te dijeron ésas dos para que hayas entrado así?

Rose se giró para mirar a las dos chicas, quienes parecían divertidas; luego volvió a mirar a Scorpius. Entonces ató cabos, y suspiró.

–Me dijeron que una de mis compañeras estaba embarazada–Repuso con voz lúgubre, avergonzada. Scorpius se echó a reír.

– ¿En serio? Bueno, entonces es seguro que te alegras de verme a mí.

Rose esbozó una pequeña sonrisa.

–Sí, el cambio es agradable.

–Parece que no puede vivir sin ti–Se quejó Agatha de mal talante–. No podía conformarse con estar aquí, con amigos, pasando el rato. Tenía que traer a la no-novia.

–También me da gusto verte, Agatha–Ironizó Rose con un asomo de sonrisa. No era que hubiera hablado mucho con ella, pero ya estaba acostumbrada a la hostilidad de Agatha, ya no le afectaba en lo más mínimo. La muchacha bufó, y se concentró en un libro, ignorándolos a todos.

–Alguien no se cepilló hoy–Aaron le sonrió a Sam, quien se tocó automáticamente el cabello.

–Tenía que fingir desesperación, ¿No? –Se justificó, frunciendo el entrecejo al tiempo que se aplastaba el pelo con ambas manos–Casi que corrí.

–Pero Potter no se despeinó nada–Observó Aaron, más divertido todavía.

–Pero Lily nunca se despeina–Dijo Sam, mirando a la chica con ojos entrecerrados–. Yo sé tú secreto–Le dijo con voz lúgubre, y todos alzaron las cejas, todos excepto Agatha, intrigados.

– ¿Secreto? –Repitió Lily, confusa.

–Sé por qué nunca te despeinas, o no te salen barros horrendos en la cara–Los ojos de Sam se convirtieron en dos rendijas mientras hablaba en susurros–: eres un vampiro–El comentario provocó las risas generales, de nuevo exceptuando a Agatha de dicha observación.

–Sí, la sangre humana es el mejor remedio para el acné adolescente–Bromeó Lily a su vez, y Aaron se apartó un poco de Agatha, cediendo espacio para que se sentaran. Sam se apresuró a ocuparlo, y Lily se vio obligada a sentarse en el suelo–. Mira lo que hago por ti, Rose–Le dijo al sentarse–. Estos son mis pantalones favoritos.

– ¿Era necesario que me mintieran? –Inquirió Rose, y Scorpius se irguió en su asiento para hacerle sitio. Se sentó a su lado, y dejó que el muchacho le toqueteara el pelo–Podrían haberme dicho que venía al compartimento de Scorpius, no era necesario que embarazaran a nadie.

– ¿Y quién era la embarazada? –Curioseó Aaron, muy sonriente.

–Esa tal Cameron de Gryffindor–Repuso Sam, también sonriendo–. Se parece a Marilyn Monroe, ¿La han visto?

– ¿Quién es Marilyn Monroe? –Inquirió Scorpius.

–Un ícono de los años cuarenta, según creo–Repuso Rose–. Los muggles tienen su cara en todas partes, hasta en sus camisetas–Sacudió la cabeza, volviendo al tema–. Pero siguen sin decirme…

–Yo sólo quería darte una sorpresa–Le dijo Scorpius–. Además de verte, claro. Pero como estaba Albus contigo en el compartimento tuve que mandar a Blow y a Potter. Sin embargo, yo no les dije que inventaran eso del embarazo…aunque hay que admitir que fue muy chistoso.

– ¡Exactamente, Malfoy nos comprende! –Exclamó Lily, y Sam se rió con ella.

– ¿Estás enojada? –Le preguntó Scorpius a Rose, con franco interés en los ojos, y la muchacha negó suavemente con la cabeza.

–No. Una vez salida del estado de shock puedo reírme–Repuso también con franqueza, y miró los dedos de Scorpius, medio enredados en su cabello, con las cejas enarcadas–. Siento curiosidad, ¿Eso es divertido?

– ¡No seas arisca! –Exclamó Lily, desde su lugar en el suelo, y Scorpius se encogió de hombros, desconcertado.

–Me gusta tocarte.

– ¡Epa! –Exclamó Aaron, enarcando las cejas, y Sam y Lily se echaron a reír.

–No quiso decir eso–Protestó Rose, enrojeciendo, y Aaron le echó una mirada maliciosa.

– ¿Qué creíste que quise decir yo? –Inquirió él a su vez con tono sugerente, y Rose frunció el entrecejo, todavía más avergonzada.

–Déjala tranquila–Lo regañó Scorpius–. Rose no es una pervertida como tú.

–Como nosotros, dirás–Lo corrigió Aaron, y Scorpius se rió también, sin poder evitarlo.

–Tratas de hacerme quedar mal, Yaxley, no te lo perdonaré–Se fingió enojado, todavía sonriente.

Aaron se encogió de hombros, fingiendo desprecio, y sacó una rana de chocolate de su bolsillo. Se la ofreció a Sam, quien la tomó del empaque con una sonrisa tonta. Aaron se inclinó cerca de ella, y le leyó el cromo en voz baja, con expresión enfática.

–Míralo–Le susurró Scorpius a Rose con una sonrisa pícara, inclinándose cerca de su cuello–, el idiota quiere hacerle creer a tu amiga que sabe de Historia de la Magia.

–No le costará mucho–Repuso Rose, también en murmullos, pero ella se reía–. A Sam la Historia no le interesa en lo más mínimo, pero también se hace la entendida con Aaron.

– ¿Sabes? Siempre me ha sorprendido esa cosa tuya de llamar por su nombre a todo el mundo–Le dijo Scorpius, mirándola con curiosidad–. Si hasta lo haces con Agatha, y hay que ser valiente.

–No sé, es algo que me sale–Rose se encogió de hombros–. Tú también me llamaste "Rose" desde el principio.

–Sí, pero tú eres especial–Scorpius le dio un beso fugaz en el cuello, y Rose se rió de una forma que sabía debía verse muy tonta.

La puerta del compartimento se abrió de par en par, y todos se quedaron de piedra al ver entrar a un sulfurado Albus, jadeando ostensiblemente, con Salvador y Patricio en brazos.

–Les pregunté a unas chicas de por ahí si las habían visto, y vine–Empezó a hablar atropelladamente, sin aliento–. Me habían dejado solo, y Cameron…–Y se quedó helado y mudo al ver la escena– ¿Qué hacen aquí? –Miró a Rose, a quien creía la más sensata, en busca de una explicación para aquella bizarra situación– ¡Creía que tú y Scorpius no se hablaban!

–Baja la voz–Le dijo Rose, enojada–. Te van a escuchar.

– ¿Quién me va a escuchar? –Exclamó Albus acaloradamente– ¿Es secreto? ¡Pues lo hubieran pensado antes de excluirme así…!

–Potter–Siseó Agatha, cerrando su libro de un golpe–. Sigue gritando como marrano y te quedarás sin escroto. Te lo aseguro.

Agatha silenció a Albus completamente. El muchacho se dejó caer en el suelo, con cara de sapo disecado, mirándolos a todos de hito en hito. Los gatos huyeron de sus brazos, protestando con maullidos ostensibles.

–No entiendo…–Farfulló finalmente– ¿Lily? ¿Sam? ¿Rose? –Suplicó, mirándolas de una en una– ¿Alguien me explica?

–Rose y yo nos estamos viendo en secreto–Todos se volvieron a mirar a Scorpius, quien había hablado con naturalidad. Deslizó una mano hasta posarla en la cintura de Rose, quien, roja como un tomate, no soltaba palabra.

– ¡¿Qué?! –Chilló Albus nuevamente, pero otra mirada de basilisco por parte de Agatha lo hizo controlarse– ¿Pero cómo?

–Ella me gusta, yo le gusto…–Scorpius se encogió de hombros–Las cosas pasan, Albus.

– ¡Y yo no sabía nada! –Protestó entre atónito e indignado.

–Te digo que es secreto–Repitió Scorpius con cuestionable paciencia.

–Rose–La llamó Albus, azorado. La muchacha, avergonzada, alzó la vista para mirarlo–. Rose, ¿En serio?

–Sí–Rose suspiró, y se encogió ligeramente, esperando que Albus se enfadara, o cuando menos se sintiera dolido.

Definitivamente Rose no había pensado que su mentira se descubriera sin que hubiera pasado una hora desde que la había dicho; siempre había sabido que las mentiras tenían patas cortas, pero aquello era el colmo.

Pero Albus soltó una risotada.

– ¡Cuándo tu papá se entere! –Exclamó, ridículamente divertido, y Rose se puso pálida ante la idea.

–No se va a enterar, Albus–Le dijo con dureza y énfasis quizá innecesarios–, así que no digas nada.

– ¿Qué? –Inquirió él– ¿Por qué no?

–No tengo por qué contarle toda mi vida, yo…–Rose bajó la vista, sin querer mirar a nadie–ya estoy grande. Además no hemos formalizado nada, ni que nos fuéramos a casar como para que tuviera que…

–Excusas–La cortó Albus con simpleza–. No se lo quieres contar, como no me lo quisiste contar a mí, porque sabes que se va a enojar.

Rose agachó la cabeza, pero no respondió. Ya no tenía sentido seguirle mintiendo a Albus, el condenado había resultado mucho más perspicaz de lo que nunca se hubiera imaginado. Guardó silencio, y entonces la mano con la que Scorpius sujetaba la cintura de Rose cayó pesadamente a un costado. Rose se atrevió a mirarlo de reojo, pero él no la estaba mirando a ella.

– ¿Todo bien? –Murmuró Rose.

–Sí–Repuso Scorpius, sin expresión alguna en el rostro. Tampoco la miró–. Todo bien.

Aaron y Sam al poco rato perdieron el interés por la situación, y volvieron a concentrarse en sus cromos de ranas de chocolate; Lily, sin nadie con quien hablar pero no por eso pareciendo incómoda de estar allí, se dedicó a jugar con Patricio y Salvador. Albus, por otra parte, parecía inquieto. Le echó una ojeada vacilante a Agatha, quien leía su libro con gesto enfadado.

– ¿Qué estás leyendo? –Le preguntó entonces.

–Un libro–Repuso con brusquedad, sin dignarse a mirarlo siquiera.

–Sí, pero… ¿Cuál libro? –Insistió él. Agatha apartó la vista con lentitud, como si hacerlo le produjera una molestia terrible.

– ¿Para qué preguntas? Dudo que sepas leer–Le espetó con crueldad, y Albus dio un respingo.

–No soy prefecto porque sí–Repuso finalmente, intentando recobrar el aplomo–. Tengo las mejores notas de los varones de mi curso.

–De Gryffindor–Precisó Agatha con desdén–. No es decir mucho.

–Los dos mejores promedios de nuestra generación están en Gryffindor–Le recordó Albus, esta vez con cierta dureza en su voz. Agatha le echó una ojeada furiosa, pero no tuvo nada que refutarle al respecto.

–De cualquier forma–Dijo al fin–, tú no estás entre ellos, así que no te enorgullezcas tanto.

–Siempre es un orgullo cuando se trata de mi casa–Insistió Albus, con la tirantez cada vez más evidente en sus palabras.

–Qué conmovedor–Agatha puso los ojos en blanco, pasando la página de su libro.

–Mi casa, y mi familia–Añadió con obvia intención, y Agatha alzó la vista para mirarlo velozmente.

– ¿Quieres revolver la mierda? –Le espetó de mal talante, abandonando todo cinismo tanto en la voz como en los gestos–Porque la verdad a mí no me interesa.

–No sé de qué "mierda" me estás hablando–Repuso Albus finalmente, apartándose el cabello de la frente, aunque en su voz había una frialdad imposible de ignorar.

–Mencionaste a tu familia, ¿No? –Le preguntó ella, y Albus enrojeció de pura rabia.

–No te atrevas a insultar a mi familia, Dolohov, que yo tengo mil motivos más que tú para meterme con la tuya.

–No fue eso lo que quise decir…–Intentó justificarse ella, pasmada y por una vez sin burla ni bronca en su semblante, pero Albus no la creyó.

–Como digas–Gruñó con amargura, apartando la vista–. Esto me pasa por tratar de ser amable–Añadió para sí.

–Sólo me hablaste porque estabas aburrido–Murmuró Agatha, recuperando su actitud distante.

–Quizás sí, pero al menos yo no te he insultado sin motivo–Repuso Albus, todavía con los ojos fijos en sus zapatos. Entonces se volvió hacia Lily, tomando a Patricio en sus brazos, desentendiéndose de Agatha. La muchacha, entre indignada y atónita, abrió la boca al mirarlo, como si quisiera decirle algo; pero luego pareció pensárselo mejor y volvió a su libro, pasando las páginas con una bronca innecesaria.

Se hizo un silencio, interrumpido apenas por los murmullos de Aaron y Sam y las carantoñas de los hermanos Potter a los gatos. Scorpius tampoco soltó ninguna broma al respecto, cosa nada usual en él, y Rose se mordió el labio. Tenía una desagradable sensación en el pecho.

El viaje se prolongó en aquella situación extraña. Finalmente Rose se levantó de su asiento, incapaz de soportar la tensión del momento, y se sentó con sus dos primos en el suelo para jugar con los gatos. Scorpius estaba inquietante, preocupantemente taciturno, Sam y Aaron estaban en su mundo, y Agatha…bueno, Agatha, como ya había demostrado, era un caso completamente aparte de la sociedad.

Finalmente, antes de bajarse del tren y después de despedirse de los amigos, Scorpius se dirigió a ella. Había algo en su mirada, algo apagado y doliente que Rose no supo explicarse.

– ¿Me das un momento? –Le preguntó, con voz también apagada, y la muchacha asintió, inquieta.

Rose dejó a Salvador en brazos de Lily y siguió a Scorpius de nuevo al interior del compartimento. El muchacho se paró junto a la ventana, y contempló la noche a través de ella. Las luces de la estación arrancaron destellos a su cabello, y a sus ojos, y Rose lo vio más triste y más hermoso que nunca. Finalmente suspiró, y se volvió a mirarla. Sus ojos seguían transmitiéndole aquella oscura y dolorosa emoción.

– ¿No quieres que tu padre sepa? –Le preguntó, casi en un susurro. Rose apartó la vista, fijándola en la ventanilla.

– ¿El qué?

–No te hagas la tonta, Rose, por favor–Le dijo Scorpius en un tono que era medio de censura y medio de súplica–. No quieres que sepa que sales conmigo.

Rose lo miró fijamente, y en sus ojos también había reproche.

–No salgo contigo, eso ya lo dejaste muy claro.

–Te pedí tiempo, ¿Sí? –Repuso Scorpius–Poder aclararlo todo.

–Podríamos haber salido en secreto–Murmuró ella, titubeante, más luego volvió a recuperar su determinación–. No eres mi novio–Y añadió, sin poder ni querer evitar que se notara lo herida que se sentía al respecto–. Ya dejaste en claro que no quieres serlo.

–Yo jamás dije eso–Protestó él, mirándola con los ojos muy abiertos–. Sabes que todo esto es muy difícil, Rose, estoy atado de pies y manos. No me pongas en esta situación.

–No te pongo en ninguna situación–Terció ella a su vez, molesta por sus palabras–, jamás me he mostrado inconforme con lo que tenemos. Recién está empezando.

– ¿Entonces?

–Entonces, por esa misma razón, no creo que sea necesario decirle a mi papá, Scorpius–Repuso Rose–. No somos nada todavía.

Extendió una mano conciliadora en su dirección, intentando tocarlo, pero Scorpius retrocedió un paso, repentinamente, como si sus palabras lo hubieran quemado.

–Dices que no somos nada–Murmuró, asintiendo con aquella mirada doliente en los ojos, ahora más intensa.

–No somos nada formal–Precisó Rose, avanzando la distancia que él había retrocedido–. Por favor, no te lo tomes así…

Scorpius sacudió la cabeza, apartando la mirada.

–Te avergüenzo–Murmuró.

–No–Exclamó Rose, sacudiendo la cabeza velozmente al tiempo que acortaba el espacio que los separaba por completo. Extendió una mano, y le acarició una mejilla–. No–Entonces su voz se llenó de determinación–. Pero yo sí te pongo en peligro. Estamos bien así como estamos.

Scorpius alzó una mano, para posarla sobre la que Rose había puesto sobre su rostro. La miró, todavía con ojos tristes, pero algo en su expresión le dijo a Rose que las nubes ya se habían apartado.

–Sí–Cedió él finalmente–, quizá sea cierto.

Rose lo abrazó, fuertemente, dejando caer la frente sobre el hombro del muchacho. Scorpius también se aferró a ella, y lo oyó suspirar, muy cerca de su cuello.

–Odio pelear contigo–Murmuró Rose, cerrando los ojos.

–También yo–Repuso Scorpius, en voz baja–. Pero adoro las reconciliaciones.

La besó, lentamente al principio, recorriendo su boca entre suspiros y caricias, recorriendo su rostro con los dedos. Rose apretó la tela de su camisa en sendos puños, y se apretó contra él, y el beso aumentó en intensidad, y pronto empezó a hacer mucho calor, y todo daba vueltas, y las manos de él se deslizaron por su espalda, y por su cintura, y las de ella por la piel suave de su nuca y la curva de sus omóplatos; aquel beso sabía a despedidas, aquella sensación dolorosamente dulce, como las lágrimas de alegría. Rose suspiró dentro de su boca, y Scorpius tanteó su labio inferior con los dientes. Rose se sorprendió, pero no hizo ademán alguno de apartarse, lo besó casi angustiosamente, desesperadamente, como si no hubiera un mañana; aquello parecía una fiebre, y deseó que no se terminara nunca.

– ¿Recuerdas? –Le dijo Scorpius agitadamente, después de que se separaran en busca de aire, todavía muy cerca el uno del otro. Le acariciaba las mejillas con los pulgares, como si no pudiera dejar de tocarla– ¿Recuerdas esa noche junto al lago, cuando te dije que eres una de las mujeres más hermosas que jamás haya visto?

Rose asintió, sonriendo, también jadeante.

– ¿Cómo podría olvidarme?

–Pues ahora puedo decirte la verdad–Murmuró él, y dejó que su frente descansara sobre la de ella–. Mi madre–Dijo de repente, y Rose no entendió–. Sólo puedo pensar en ella cuando busco a alguien tan hermosa como tú. A veces pienso que nunca me cansaré de mirarte.

–Nunca habías sido tan dulce conmigo–Susurró Rose, sumamente conmovida por sus palabras–. Muchas gracias.

–No lo agradezcas. Lo he estado pensando mucho–Repuso Scorpius, todavía acariciándole el rostro. De repente, parecía cohibido–. Me ha encantado cada momento que he pasado contigo.

–A mí también. Todos–Saltó ella, pero guardó silencio al notar que Scorpius seguía pareciendo turbado.

–Pero ha sido de manera diferente. Contigo me he sentido de manera diferente–Scorpius alzó la vista, mirándola fijamente, y Rose distinguió valor en sus ojos, como así un rubor inusitado en sus mejillas–. Rose–Dijo su nombre, y la forma en que lo hizo, le pareció solemne, casi reverencial–, después de todo lo que ha pasado, todo lo que hemos pasado, juntos, yo creo…creo…–Vaciló, y luego guardó silencio.

– ¿Qué? –Farfulló Rose, mirándolo atentamente, una cálida esperanza brotando en su pecho– ¿Qué crees?

–Creo que te…

Pero Rose no pudo saber qué creía Scorpius, pues Albus entró en el compartimento, haciendo mucho ruido y rompiendo la atmósfera.

–Perdonen la interrupción–Dijo, avergonzado, evitando mirarlos–, pero ya el tren se paró hace rato, y ya bajaron todos…

–Pero…–Protestó Rose.

–Tiene razón–Murmuró Scorpius, apartándose de ella–. Ya tendremos tiempo para hablar–Le dijo finalmente, besándola en la frente–. Adiós, Albus–Se despidió, dándole unas palmaditas en el hombro, y salió del compartimento de forma un tanto precipitada.

Rose contempló la puerta abierta sintiendo una fuerte desilusión.

–Lo siento–Masculló Albus, y Rose lo fulminó con la mirada. Scorpius había hablado de sus sentimientos, con tanta fluidez y franqueza como nunca había creído que pasaría, y el idiota de su primo llegaba para arruinarlo.

–Sólo vámonos–Gruñó, saliendo del compartimento sin dedicarle una sola mirada.