Disclaimer: Los Juegos del hambre y todo ese magnífico universo no me pertenecen, son de Suzanne Collins. Está adaptación, junto con un ojo morado gracias a no poner atención en las clases de Kick Boxing, sí, me pertenecen.

Nota: Este capítulo es especial para mí... Mmm... no sé cómo explicarlo, no quiero soltar algún tipo de spoiler. Mejor dejo que lo lean y me reservo mis comentarios para más tarde. Nos leemos al final.

Nota #2: Comenzamos con POV Katniss - POV Peeta - POV Katnis, sucesivamente.


Han pasado tres días desde las entrevistas y en el Capitolio no dejan de hablar de ello. Las repiten a cada instante y nos abruman con los "mejores momentos" o "los momentos más dramáticos", que, para mi mala suerte, éstos últimos tienen que ver conmigo, Peeta y Prim, incluso Gale y lo desafortunado que es, también, que su prima y amigo en algún momento luchen a muerte entre sí.

Mi supuesto primo ha estado con nosotras estos días; afortunadamente, ninguno de los tres hace mención de lo dicho en las entrevistas. Estoy tentada a preguntarle el motivo de su participación y ayuda para con Peeta, pero me abstengo, ya que no quiero que él me pregunte sobre lo que yo dije.

No me queda más que agradecerle silenciosamente su apoyo.

El día después de las entrevistas, llevaron psicólogos para analizar a los Tributos y sus familias y rescatar los rasgos distintivos que los hacen ser cómo son y que, quizá, atraigan al público. En conclusión, los familiares de los Tributos del 1 y 2, son personas conservadoras, competitivas, serias y comparten una fuerte idiosincrasia hacía el Capitolio, lo que demuestra el comportamiento de Glimmer, Marvel y Cato: su seguridad e inmunidad al miedo ante Los Juegos y lo infinitamente agradecidos con el Capitolio por la oportunidad de ser partícipes de un evento así. Los del 11, por un lado, la familia de Tresh es hostil y huraña, cosa que se ve reflejada en Tresh y su negativa en dar a conocer una estrategia; por otra parte, la familia de Rue, son personas abiertas, alegres y efusivas, lo que explica el comportamiento aventurero y expresivo de Rue. Y, en el 12, los Mellark son personas fluidas, espontaneas, agradables, extrovertidos con mascara de introvertidos, respetuosas, honestas y una larga lista más de adjetivos positivos –se nota que están encantados con ellos-, y que eso se ve claramente en el comportamiento de Peeta –con quien también se desviven en halagos. Por nuestra parte, "curioso caso el de las Everdeen", exclamaron. Somos agradables, pero no tanto como los Mellark, directos, concretos y prácticos, pero, curiosamente, eso no se ve reflejado en la encantadora personalidad de mi hermana: ella es un poco insegura pero más agradable, expresiva y fluida que nosotros. Es más parecida a Peeta –excepto en la seguridad.

Es en este punto donde me dieron ganas de azotar mi cara en la mesa: los mentados psicólogos argumentaron que, probablemente, este comportamiento se deba a la compañía de Peeta –ya que antes de reencontrarse con él, era más insegura, menos fluida y menos feliz-, y a su desafortunado enamoramiento.

Segura de haber escuchado lo suficiente, me levanté enojada de la mesa y me enterré bajo mis cobijas decidida a descifrar el comportamiento de mi hermana y sus, supuestos, sentimientos por él.

Pero no lo logré.

No sé si se deba a las constantes y obsesivas afirmaciones de esa gente sobre su enamoramiento o a mi sorpresiva y resignada certeza de que tienen razón, pero no puedo negar lo obvio.

Siente algo por él.

Y el desagrado que me inunda no tiene nada que ver con cuestiones de edad o de lo terrible del momento: tiene que ver conmigo y las sensaciones que me despierta el hijo del panadero.

Dos días después de las entrevistas, una comitiva de expertos en lenguaje corporal y facial se presentaron en el estudio para ahondar más en las familias: las conclusiones fueron exactamente las mismas que la de los psicólogos, con un pequeño cambio: se centraron en mí y en tratar de descubrir si estoy enamorada de Peeta.

Según ellos, sí lo estoy. Y lo afirmaron mostrando repetidamente todos y cada uno de mis gestos cuando hablaba de él: "El evidente y continuo sonrojo, su rigidez y nerviosismo, nos revela que la señorita Everdeen tiene sentimientos hacía él que, por un lado, no quiere decir o no quiere aceptarlo, incluso es probable que lleve años guardando el secreto, al igual que nuestro singular Tributo", aseguraron.

El público y los conductores no hacían más que mostrar lo sorprendidos que estaban por tan particular situación en unos Juegos.

Y yo no hacía más que confundirme.

Hoy, no hay psicólogos ni expertos en esto o lo otro, hay apuestas, encuestas y ya se resiente la falta de actividad y acción por parte de los Tributos.

Estos últimos días no han hecho otra cosa más que sobrevivir, planear estrategias de caza (más que nada, los Profesionales) y aburrir al público.

Nos muestran la tabla de favoritos hasta el momento y terminan la transmisión:

Primer lugar:

Distrito 12, Primrose Everdeen

Distrito 12, Peeta Mellark.

Distrito 11, Tresh Okeniyi.

Segundo lugar:

Distrito 2, Cato Ludwig

Distrito 11, Rue Stenberg.

Tercer lugar:

Distrito 2, Glimmer Rambin.

Distrito 2, Marvel Quaid.

¡Vaya! No sé si sea gracias a su alianza con el 12, pero la pequeña Rue ha logrado subir en la tabla.

Me dedico a hacer cosas para mantener mi mente ocupada hasta la repetición de las cuatro. Regreso a mi comportamiento obsesivo de hace unos días: baño a la cabra, incluso al apestoso gato –lo que me gana unos cuantos rasguños en los brazos, me dan ganas de ahogarlo pero me contengo por Prim-; hago, deshago y vuelvo a hacer las camas; lavo nuestra ropa y trato de hacer que mi casa se vea presentable. Mi madre, por su parte, se encuentra haciendo un inventario de las plantas y pocos medicamentos que tiene, afortunadamente todavía tiene provisiones: curiosamente, nadie se enferma en tiempos de Los Juegos.

Cuando ya va a ser hora de la repetición, recuerdo la mención del panadero –el día que Prim y Peeta se reencontraron- de que esperaba vernos por la plaza para ver juntos lo que ha pasado. En un acto de no sé qué, le digo, más bien, le pido a mi madre que vayamos a la plaza a ver la repetición. Ella sólo sonríe y asiente. Agradezco que no pregunte el porqué de mi petición, no sabría explicarlo.

De camino a la plaza, nos encontramos con Gale, quien ya venía a hacernos compañía. Hizo un gesto de incomprensión cuando preguntó a dónde íbamos y mi madre le dijo que a ver la repetición. Él sólo suspiro y nos siguió. También le agradezco que no haya hecho más preguntas.

Al llegar, vemos a casi toda la gente del Distrito reunida ahí –por el hecho de que el Distrito 12 se encuentra entre los finalistas, las actividades, tanto de escuela como de trabajo en las minas, se suspenden hasta que sea la final o los dos mueran; lo bueno de esto, es que a los mineros se les paga el salario normal aunque no laboren. Mi intención era quedarme lo más atrás posible pero en cuanto se dieron cuenta de nuestra presencia, se alejaron sutilmente y nos abrieron paso. Sentí que regresaba casi dos semanas en el tiempo: esta misma acción fue lo último que vi antes de perder la conciencia, sólo que en lugar de ser nosotros los que caminamos hacía en frente, lo hacía mi Patito. Sacudo la cabeza para alejar esos pensamientos. No puedo permitirme verme vulnerable ante tanta gente; suficiente tuve con el día de la entrevista.

Nos encontramos ya en medio de la plaza y comprendo el porqué de la actitud de la gente: rodean a los Mellark, quienes ya están aquí.

Al darse cuenta de nuestra presencia, nos saludan con un leve asentimiento de cabeza.

Su presencia me reconforta; siento que al estar aquí, con ellos, y apoyarnos mutuamente, una parte de mis múltiples deudas se disipa.

El programa comienza.

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—De ninguna manera —exclamo—. Si alguien tiene que ir, soy yo. No voy a permitir que te expongas.

—Es mejor si voy yo, me es fácil desplazarme por los árboles y pasar desapercibida. No me descubrirán —me vuelve a decir Rue.

—Yo también puedo ir, no soy igual de cuidadoso que tú pero lo intentaré.

—Peeta, cuando caminas arrastras todo a tu paso —interviene Prim—. Haces mucho ruido. ¿Qué no te has dado cuenta?

—No… realmente no había prestado atención —digo, confundido.

Han pasado cuatro días desde el incidente del incendio… —Y lo de Clove y Jeff —pienso. Y no hemos tenido actividad alguna, más que la de sobrevivir y escondernos.

Al despertarnos, hicimos lo mismo que los anteriores días: desayunar, recolectar y merodear por los alrededores en busca de algún tipo de peligro. Pero nada. Cosa que nos preocupa. No es muy bien visto que en Los Juegos del Hambre se den este tipo de situaciones –aunque debo decir que me sorprende que los Vigilantes no hayan hecho nada por arreglarlo. Pero mejor, así las niñas no corren peligro alguno.

Ante esta falta de actividad, me decidí a ir al campamento de los Profesionales y averiguar cómo está la situación y saber dónde estamos parados en esta recta final, pero las niñas no me lo permiten.

Y ahora me entero de que soy un desastre total en mí andar.

—Prim tiene razón. Cuando caminas en vez de parecer tres, es como si fuéramos toda una manada. Los Profesionales se darían cuenta inmediatamente de que los están espiando —me regala una sonrisita inocente y Prim la secunda.

Par de brujas chantajistas —pienso, mientras reprimo una sonrisa y niego repetidamente.

Pero no me van a convencer. Si alguien irá, ese seré yo.

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El plan es este: dos de nosotros vamos a prender una fogata para atraer a los Profesionales, mientras que el tercero hace su andar seguro y despejado hacia el campamento y trata de obtener pistas de algún plan por parte de ellos –quién va hacia la fogata, quién se queda a cuidar los suministros, qué armas llevan consigo, cualquier cosa.

Estamos en el bosque, a mitad de camino –o eso es lo que creemos- entre nuestro escondite en el arroyo y la Cornucopia. Prim y yo estamos esperando y calculando hasta que pase una hora, aproximadamente, para encender la fogata.

Sí. Rue es quien se dirige al campamento de los Profesionales.

Esa niña es… tremenda manipuladora: "Tú estás cansado, se te ve… además haces mucho ruido. Yo voy a ir, y si tratas de impedirlo, escaparé… y no podrás alcanzarme", sentenció. Y no pude hacer nada por hacerla cambiar de opinión, tuve que ceder pero con la condición de acompañarla la mitad del camino por cualquier cosa que pase. Antes de irse a su misión –como ella lo llamó- nos enseñó su silbido de cuatro notas para reencontrarnos y yo le advertí, incluso se lo repetí incesantemente, que no se acercará a los suministros de los Profesionales porque se encuentran minados.

Confío en que será prudente.

Mi compañera y yo juntamos un poco de madera y unas cuantas ramas con hojas grandes, y cuando decidimos que ya pasó una hora, o lo que parece serlo, la encendemos y nos escondemos detrás de unos arbustos, más o menos a 20 metros de donde está la hoguera, y esperamos en el silencio más absoluto.

Trato de estar alerta por si alguien se acerca, pero me cuesta. Mi herida duele, y mucho. Estos días he sentido un inmenso cansancio y debilidad que no pasó desapercibido por mis pequeñas y han estado al tanto de mí, prohibiéndome hacer grandes esfuerzos y obligándome a descansar, lo que me dificulta la tarea de revisar cómo va mi herida y limpiarla. Incluso el apetito se me ha ido. Sólo espero que no sea nada grave y sea cosa de un simple desgaste físico -que es lo más probable- ya que no estoy acostumbrado a aventuras de este tipo.

— ¿Peeta, estás bien? —me susurra Prim.

La verdad es que no me siento bien. Me duele el cuerpo, la parte frontal de la cabeza y estoy sudando frío. Si pudiera, me echaría a dormir.

—Sí… estoy bien —miento.

—No lo pareces… estás pálido.

—Debe ser por los nervios… nadie se acerca y Rue ya se tardó en aparecer.

—Quizá la Cornucopia se encuentra más lejos de lo previsto. No te preocupes, Rue es muy astuta —dice, tratando de tranquilizarme.

Yo solamente asiento y volvemos a guardar silencio.

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No sé cuánto tiempo ha pasado, pero para mí es demasiado. Estoy preocupado y tengo que ir a buscarla.

Le digo, más bien, le ordeno a Prim que permanezca escondida mientras voy en búsqueda de Rue pero, como era de esperarse, se niega rotundamente a dejarme ir solo. Resignado y derrotado, por segunda vez en el día, acepto que vaya conmigo y salimos de nuestro escondite. Suficiente con el incendio que provocaron los Vigilantes, apagamos la fogata echándole grandes cantidades de tierra, para no provocar otra catástrofe, y nos dirigimos hacia la misma dirección que Rue.

Es un martirio estar en movimiento, me siento terriblemente cansado y hasta creo que voy a vomitar, incluso Prim me ha pedido ser un poco más silencioso en mí andar: "Estas arrastrando mucho los pies", me dice. Contrario a lo que ella piensa, yo siento que camino sobre una cama, hasta me da la impresión de estar flotando.

De repente, escucho una melodía, pero no cualquiera: es la de Rue. Prim y yo nos volteamos a ver, esperanzados, y tratamos de ir más rápido hacia el silbido. Después de avanzar un gran tramo, un pequeño y alegre grito nos sobresalta:

— ¡Peeta, Prim!

Y ahí está: volando entre los árboles.

Cuando se acerca a nosotros, no puedo evitar el impulso de abrazarla desesperadamente.

— ¿Estás… cómo estás? ¿Estás herida?

—Peeta, estoy bien —deshacemos el abrazo y puedo notar un leve sonrojo en sus mejillas.

— ¿Qué pasó? ¿Los viste?

—Sí, están en el mismo lugar —comienza a explicar—. Cuando llegué, me escondí entre los arbustos que rodean el lago y esperé hasta que encendieran la fogata; cuando lo hicieron, los Profesionales la miraron, dos de ellos dijeron que algún tonto les dio su ubicación y que era una buena oportunidad para atacar, pero el otro, el chico grande, les gritó que no fueran estúpidos, que seguramente se trataba de una trampa. Que ni tú —me señala— ni Tresh cometerían un error tan grande… por eso decidieron permanecer ahí.

Eso explica porque nadie se acercó.

— ¿Y no escuchaste si estaban tramando algo?

—No, sólo que tenían que conseguir comida. Es raro, pero la pila de suministros ya no está; en su lugar solamente hay destrozos y basura.

¿Destrozos y basura? Eso sólo significa que hicieron volar su comida. ¿Qué habrá pasado? Ellos sabían que no podían acercarse demasiado, que el único que sabía el lugar exacto de las minas era Jeff. ¿Habrá sido él el que destrozo su comida cuando pensó que iban a matarlo? Quizá. ¿O habrá sido alguien más? ¿Pero quién? No creo que haya sido Tresh… en todo el tiempo que pasé con ellos nunca dio señales de acercarse… pero no puedo descartar la posibilidad.

Bueno, haya sido quien haya sido, eso nos da una ventaja.

— ¿De qué te ríes? —me pregunta Rue.

—Bueno… los Profesionales han reducido sus probabilidades… los verdaderos Juegos del Hambre han comenzado y estamos en igualdad de condiciones. Así que tenemos que comer, descansar y ponernos fuertes para lo que se avecina… quizá debamos armar un plan y atacar… no lo sé. Tenemos que regresar al arroyo y pensar en algo. Vámonos.

— ¿No podemos quedarnos aquí un momento? —-dice Rue—. Mira, hay mucho pasto, flores de colores… está tranquilo… y… me recuerda a casa.

—Rue, no podemos exponernos de esta manera…

—Sólo un momentito, te lo prometo —ruega—. Además, ellos estarán más preocupados por conseguir comida y nosotros no tenemos problema con eso, ¿sí?

—Quizá podamos quedarnos una media hora, el campamento de los Profesionales está algo retirado. Tenemos el tiempo suficiente —argumenta Prim, lanzándole una mirada cómplice a Rue.

Mi parte racional me dice que esto está mal, que no debo ser tan complaciente con las niñas. Mi deber es cuidar de ellas y no exponerlas… pero mi lado irracional me dice que no debo ser tan exigente y dejarlas disfrutar antes de los terribles días que nos esperan.

Y por tercera vez en el día, suspiro derrotado.

—Está bien, ustedes ganan. Pero con la condición de que no se aparten de mi vista.

Me siento en el suave pasto, Prim se me une, y Rue se va a cortar flores –sin alejarse demasiado.

Me gusta verla de aquí para allá, cortando flores de colores y adornar la cabellera de Prim, incluso adorna su abultada melena, sonriente y dejando de lado las preocupaciones. Me encanta su actitud tan valiente, luchadora y sin miedo… me recuerda tanto a Katniss. No es por decir que Prim sea una cobarde, eso sería una mentira, pero sí es más temerosa: Rue se atrevió a acercarse a la fogata donde yacía la chica moribunda del 8; el día del incendio, a pesar de devolver lo que había comido y quedarse sin fuerzas, luchó por alcanzar a Prim y salir de ese infierno; hoy, se aventuró a acercarse a los Profesionales, sola, sin ningún arma más que su valentía. La admiro de todas las formas posibles.

En mi lucha entre seguir admirando a Rue, el cansancio y el dolor que me agobian, no me doy cuenta de lo que sucede: Todo pasa tan rápido que sólo estoy conciente de que algo va mal cuando veo cómo la pequeñita se pone de rodillas y, lentamente, cae al piso, dejando al descubierto a Marvel.

Clavo mí vista en Rue y la observo detenidamente… y es cuando, de verdad, me doy cuenta de lo que pasa: la punta de una lanza le atraviesa el estómago.

Rue, en el suelo, llora; Prim, a un lado de mí, grita; Marvel, corre hacia nosotros; y yo, exploto.

Todo mi desgaste se transforma en adrenalina, en rabia… en odio. Tanto que no soy conciente de en qué momento logré derribar a Marvel. Estoy montado sobre él, golpeándolo repetidamente y sin piedad. Pienso en Rue, cantándole a sus hermanitos en una acogedora casa, todos amontonados en una pequeña cama; la imagino en un bosque, sembrando semillas y cantando alegremente con sus amigos los sinsajos; la veo, valiente y decidida, ayudando a su familia pidiendo cantidades inimaginables de teselas para que no mueran de hambre; la siento, pequeña y hambrienta, cediendo su porción de comida… todo, a sus trece años.

— ¡No tenías derecho! —le grito mientras asesto golpes en su cara y mi vista se nubla—. ¡Es sólo una niña! —la ira, desesperación y dolor comprimidos de todos estos días explotan a través de mi cuerpo. Marvel intenta golpearme en el estómago, en la cara… se remueve desesperadamente debajo de mí, una y otra vez, pero yo no dejo de golpearlo… no puedo dejarlo ir.

— ¡Peeta!

El grito de Prim, seguido de un bum, hace que me aleje de Marvel. No, no, no. Ese cañonazo no puede ser por Rue. Un frío me recorre la espalda, la presión en el pecho es tan fuerte que parece que de un momento a otro me va a estallar.

Me acerco a rastras a Rue, quien es sostenida por Prim, y veo que todavía vive. ¿Entonces quién fue? Regreso mi vista a Marvel y me doy cuenta que no se mueve… está quieto… su pecho no sube y baja como debería. Antes de procesarlo, me concentro en mi pequeña y en tratar de salvarle la vida.

—Rue… resiste, ¿sí? No tarda en caer un paracaídas con ayuda… Haymitch… él… él está consiguiendo patrocinadores —le echo un vistazo a su herida y me percato de que es grave… mucho… demasiado—. Prim… ¿puedes hacer algo, verdad? —miro a mi compañera, suplicante. Su carita está empapada de lágrimas y niega levemente.

No puedo respirar. Estoy aterrado.

—Haymitch… alguien… por favor, ayúdenla —miro hacia arriba, esperando por un paracaídas, por un milagro.

—Peeta… —jadea Rue—. Cuenta… cuéntame un cuento.

Eso es lo mismo que me pedía durante estos últimos días antes de ir a dormir. Yo me quedaba callado, tratando de recordar alguno, o inventarlo, pero no daba resultado. "No me sé ninguno", le respondía. Ella solamente me sonreía y se acomodaba para dormir. Pero ahora no puedo decirle eso. Me devano los sesos tratando de inventar, de hilar algo, lo que sea… pero no puedo, verla así, al borde de la muerte, llorando y aferrando su mano a la mía, no ayuda.

—Sí, claro… —inhalo y exhalo—. Espera un minuto. Bien, algo se me ocurrirá… Por favor, resiste, la ayuda no tarda. Nosotros no nos separamos por nada del mundo, ¿recuerdas?

Contarle un cuento. No pensé que fuera tan difícil. La verdad es que nunca me han contado alguno –que yo recuerde-, ni siquiera mi papá. No teníamos tiempo para esas cosas, más que para trabajar y sobrevivir.

'Piensa rápido, Peeta, piensa.'

—Está bien, está bien. De acuerdo…—sin querer, bajo la vista a mí pecho y veo el pin que me dio Prim, lo que me da una idea—. Verás, hace mucho tiempo, alguien me habló sobre las cualidades de los sinsajos. En un principio me emocioné, pensé que era maravilloso que hubiera unos animalitos tan curiosos que pudieran cantar una canción completa; después, me decepcioné: no había tenido la oportunidad de ver uno. Fue tanta mi frustración, que me enojé y juré que ya no sería tan iluso. Meses después, en mi primer día de clases, una niña, alegre y hermosa, con su uniforme a cuadros rojos, cantó una canción. Cuando terminó, todos los pájaros de afuera se quedaron callados. Me quedé atento, esperando a que repitieran la canción… pero no lo hicieron. Durante once años me resigné a que nunca sería testigo de algo así, o que simplemente todo era una mentira, hasta que conocí a uno… sí, uno real, de carne y hueso.

La carita de Rue está surcada en lágrimas, pero sonríe, me mira atentamente, igual que Prim. No sé en qué momento pero me doy cuenta que mis lágrimas también fluyen y mi voz se quiebra cada vez más.

—La primera vez que vi a ese sinsajo, mi estómago se contrajo en dolor: ese pequeño ser sería enviado a un corto viaje del que, probablemente, no regresaría…, igual que yo. Pero el destino me dio la oportunidad de conocerlo, de platicar y reír con él. Y juntos nos acompañamos en ese viaje al que fuimos enviados. Vi cómo era capaz de volar entre los árboles y ser libre, a pesar de encontrarse encerrado, incluso pude ser testigo de otros pajaritos repitiendo su canto… fue hermoso. En ese momento descubrí que no me habían mentido, que todo lo que me dijeron era verdad. ¿Y… sabes que es lo mejor? Que ese pequeño sinsajo, de piel morena y cabellos alborotados, es mi amigo. Es el amigo más valiente y maravilloso que he tenido.

—Es el cuento más bonito que he escuchado —susurra entre dolorosos jadeos y pequeñas lágrimas bajando por sus mejillas—. Peeta… ¿Me alcanzarás? ¿Verdad que no me dejarás… sola en este viaje? Volveremos a vernos, yo te enseñaré a volar y tú me cuidarás… serás mi novio…y…

—Te lo juro. Tú y yo estaremos juntos.

—Vas a ganar… Tienes que hacerlo. Promete que Prim regresará a casa… sana y salva.

Sana y salva —repito, asegurándole que lo haré.

Siento un fuerte remordimiento porque se dio cuenta de mi primera intención, quizá piensa que no me importa dejarla morir con tal de salvar a Prim. ¿Cómo le explico que también estaba dispuesto a hacer todo por ella? ¿Qué pienso que merecía ganar? Quiero hacerle saber lo mucho que me importa y lo tanto que la quiero pero no encuentro las palabras. El nudo en mi garganta es tan fuerte que no me deja hablar… duele… quema.

Rue cierra los ojos y respira con menos fuerza. Atraigo a Prim hacia mí y la envuelvo con mi otro brazo; ella se aferra a mí y llora desconsoladamente. Estúpidamente, sigo creyendo que algo va a pasar, que un paracaídas caerá o que alguien del Capitolio se apiadará de Rue y encontrará la forma de enviar a un médico para salvarle la vida… Que un Haymitch alcohólico los obligará de algún modo a hacerlo… Que Effie los convencerá de que alguien con buenos modales y una perfecta educación salvarían a la pequeña…

Lo único que recibo es el sonido de un cañonazo.

El llanto desesperado y doloroso se abre camino, partiendo de mi pecho, pasando por mi garganta hasta instalarse en mis ojos y busca brotar amargamente. No me muevo, muerdo mi lengua y aprieto mis labios, ni siquiera pestañeo. Miro fijamente a algún punto lejano y me repito que no voy a llorar. No puedo llorar. Si lo hago, no pararé. Ralentizo mi respiración y trago fuertemente; siento cómo el nudo raspa desde mi garganta hasta mi pecho, haciendo su camino de regreso. Estoy temblando.

Pego a Rue a mi pecho y me aferro a las dos niñas… Sé que es momento de irnos, que un aerodeslizador viene en camino para recoger a la pequeña y mandarla de regreso a su Distrito, pero no quiero soltarla. Eso sólo haría más real el hecho de que Rue se fue… para siempre.

Pienso que esto es una terrible pesadilla y que en cualquier momento voy a despertar. ¿Cómo es posible que hace unos cuantos minutos Rue volara por los árboles y adornaba su cabello con flores? ¿Cómo es que hace unas horas escuché su risa y ahora ya no más? ¿Por qué no vi a Marvel? Me doy cuenta que todo esto es total y absolutamente culpa mía: debí ser más cuidadoso, menos flexible y no tan estúpido. Debí seguir mi instinto.

Aflojo mi agarre de las niñas, saco la lanza del cuerpo de Rue, lanzándola lejos, y la acuesto, despacio y delicadamente en el suelo.

— ¿Qué haces, Peeta? —pregunta Prim, sollozando—. No debemos retirar las armas… de… eso es contra las reglas.

Al diablo con las reglas —contesto furioso, secando un par de lágrimas traicioneras—. Rue no merece irse como un animal al que acaban de cazar.

Prim asiente, temerosa de mi reacción, y acomoda las flores del pelo de Rue; y le da un pequeño beso en la frente. Yo contemplo a mis dos pequeñas durante unos segundos y decido que es suficiente.

Debo terminar con esto.

Le doy una última mirada a mi pequeño sinsajo, a Marvel también, y me levanto. Le prometí a Rue que Prim regresaría a casa y que ella y yo estaríamos juntos otra vez… entre más pronto, mejor.

Prim se pone de pie y toma mi mano; con la otra, le demuestra su respeto y admiración a Rue. Yo la imito.

Trato de acomodar mis ideas y comienzo a alejarme. Retomo el camino hacia el arroyo. Tengo que mantener a salvo a Prim y lo mejor será que ella se esconda ahí. Hago caso omiso de la llegada del aerodeslizador. No quiero pensar en lo que está pasando a nuestras espaldas. Sé que si volteo a ver cómo se la llevan, estaré perdido… y no puedo permitírmelo.

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— ¿Prim, recuerdas cómo llegar al arroyo? —pregunto, después de unos minutos de silenciosa caminata. Ella asiente—. Bien. Necesito que regreses y te escondas… no salgas hasta que ya no haya nada, ¿entendiste?

— ¿Por qué? ¿Qué vas a hacer? ¿Adónde vas? —responde, asustada.

Me agacho hasta quedar a su altura y la tomo de sus hombros. No será fácil esto pero así tiene que ser. Y ella lo tiene que entender. Esta vez no aceptaré ningún tipo de objeción, reclamo, amenaza o chantaje.

—Terminar con esto…

—No, a dónde vayas tú, yo voy.

—De ninguna manera —aprieto mi agarre a sus puntiagudos hombros y la miro fijamente—. Por una maldita vez me vas a obedecer: regresarás y te esconderás… y no saldrás de ahí hasta que tú seas la única persona en el estadio —me desprendo de la mochila, pero Prim aprovecha el momento para enroscar sus brazos en mi cuello y aferrarse a mí.

—No, Peeta, por favor… yo quiero ir contigo… o, mejor, tú ven conmigo. No me dejes.

—Prim, basta —le digo, en el tono más duro y seco que me sale—. No voy a ceder. Te vas y punto —la tomo de sus pequeños brazos, y en un tirón rápido y nada delicado, la aparto de mí.

— ¡No! —grita fuerte y jala mi chamarra.

—Eso es lo mismo que digo: No. Ahora, suéltame y vete de aquí.

— ¡Te dije que no! ¡No me voy a apartar de ti!

Pero ni sus lágrimas me van a convencer. Sujeto sus manos fuertemente, sin ninguna consideración, hasta que afloja su agarre. Sé que la he lastimado pero no me voy a detener. La empujo bruscamente y estallo:

— ¡Demonios, Prim, no lo entiendes! —-ahora soy yo quien grita y paso mi mano repetidamente por mi cabello—. No quiero estar contigo… no te quiero cerca de mí… solamente me estorbas. Así que, ¡AGARRA LA ESTÚPIDA MOCHILA Y LÁRGATE DE AQUÍ!

Y me voy, dejando a una dolida Prim atrás.

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Camino demasiado rápido; respiro demasiado rápido; pienso demasiado rápido. El dolor agudo en mi costado regresó y mi corazón late con fuerza.

Me prometí cuidar de Rue, protegerla, pero hice todo lo contrario. Otra muerte más, otra familia destrozada por mi culpa…, otra carga más a mi pesado cuerpo…, otro nombre más a mi conciencia…, otra cosa que no pude hacer bien.

Pero no voy a cometer el mismo error otra vez. No, con Prim no va a ser así: En este mismo instante iré en busca de los Profesionales, de Tresh… de todos… de quien sea. No me importa no llevar nada más que mi rabia y la idea de matar a quien se me ponga en frente. Eso es lo que esa estúpida gente del Capitolio quiere; seguramente gritaron de felicidad cuando Rue murió. Pues bien, yo les daré motivos para que estén satisfechos y vivan felizmente a costa nuestra.

Nunca había sentido tanto odio en mi vida; nunca me había indignado tanto por culpa de unos Juegos. Nunca creí que tendría que estar aquí para comprender, plenamente, el horror que esto significa. Nunca creí sentir estas ganas asesinas que inundan todo mi ser.

Siento que si no hago algo, ya, en este momento, voy a explotar.

Cierro el puño fuertemente y lo dejo ir, con todas mis fuerzas, en el primer árbol que veo. Uno, dos, tres golpes antes de que alguien tire de mí.

Es Prim.

— ¡Detente… detente, Peeta, no lo hagas! Te vas a lastimar —suplica, abrazándome por detrás.

Me giro, tratando de apartarla de mí, pero no puedo. Es demasiado fuerte… o yo soy muy débil… o simplemente no quiero apartarla. No quiero que me deje solo; no cuando siento que ya no puedo más. No porque no me siento aliviado. De hecho, me siento física y mentalmente enfermo.

Toda mi fuerza y mi rabia se han ido de repente y apenas puedo sostenerme. Me dejo caer de rodillas.

Ahora soy yo quien se aferra a Prim. Soy yo quien suplica que no me deje solo. Soy yo quien no soporta más. Todas mis emociones se vuelven en mi contra, mis pensamientos también. El horror de todo lo que sucedió está empezando a golpearme sin piedad: deje morir a Rue… maté a Marvel… todo frente a Prim. Tengo miedo de que piense que soy un monstruo, de que, por fin, haya visto mi verdadero ser.

—Lo… lo siento… perdóname. Yo no… no… yo no quería —intento secar mis ojos pero las lágrimas, las malditas traicioneras, fluyen y no soy capaz de detenerlas—. Debí cuidarlas… debí ser más firme y llevarlas de regreso al arroyo… no debí matar a Marvel… —los sollozos explotan con cada palabra—. ¡Ayúdame, Prim, no sé qué es lo que está mal conmigo!

—Tranquilízate, Peeta, no es tu culpa. Eres humano y los humanos cometemos errores —dice, sin dejar de abrazarme.

—Esto… esto no es un simple error… soy… soy un asesino, Prim. ¿No lo ves?

—No, eres una persona que se ha visto obligada a… a matar, sólo eso.

—No veo la diferencia.

—Yo sé que no querías hacerlo, que no es algo que disfrutes como los Profesionales… y también sé que eres una buena persona. Y eso es suficiente para mí. No eres un asesino.

Me siento peor que basura. He lastimado de todas las formas posibles a Prim, y ella, sin embargo, sigue confiando y creyendo en mí. La he descuidado, he estado tan preocupado en tratar de salvarla cuando es ella quien, con un simple gesto, unas cuantas palabras, evita que me hunda.

Siempre lo supe, pero ahora compruebo qué tan fuerte es.

Aprieto mi agarre contra ella, quizá la esté lastimando pero no quiero soltarla, la necesito. A pesar de sus palabras, me horroriza imaginar que en el momento en que nos separemos, se irá… o que alguien la alejará de mí. Sentir su delgado cuerpo y su fuerte espíritu es lo que hace que no me caiga en pedazos.

—Peeta, te quiero —dice de repente y mirándome a los ojos, sin soltarme. Nuestros rostros están demasiado cerca, frente con frente, y puedo ver su sinceridad.

—Y yo a ti, pequeña. ¿Sabes? Siempre… —el llanto descontrolado no me deja hablar bien. No puedo parar—. Lo siento. —inhalo y exhalo… pero el dolor no se va… el llanto tampoco. Tengo que calmarme—. Siempre quise… tener una hermanita…

—No —me interrumpe—. Yo te quiero de otra forma… es diferente.

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.

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Tengo que calmarme.

Mientras Prim y Peeta están de rodillas y abrazados el uno al otro, y lo único que se escucha es su llanto, comienzo a digerir todo lo que sucedió.

Caesar y Claudius se presentaron como siempre, hicieron chistes y comentaron lo aburridos que se encontraban: "Parece que están pasando unas vacaciones o un día de campo… ¡No se siente el espíritu de Los Juegos!, protestaron, medio en broma, medio en serio, ante la falta de muertes y de acción.

Cuando por fin dejaron de exclamar estupideces, enlazaron al estadio y a lo que sucedía en esos momentos: Peeta y Prim juntaban madera y ramas para hacer una fogata –no entendía por qué; Rue corriendo durante un tramo para después desplazarse sobre los árboles –no sabía a dónde iba. Por un momento pensé que la alianza había terminado, pero inmediatamente después de que llegó a su destino, supe que no.

Se escondió entre los arbustos que rodeaban el lago, silenciosa, y espió a los Profesionales. Juro que la respiración se me fue al verla tan cerca de ellos; rogaba para que no la vieran y maldecía a Peeta por haberla mandado allá. ¡Por qué no fue él! Afortunadamente no se dieron cuenta de su presencia y hacían sus cosas como si nada –aunque no era como si estuvieran haciendo mucho, solamente discutían, más bien Cato, sobre conseguir comida (lo mismo de estos días).

Glimmer le dio un codazo a Marvel y gritó que alguien había encendido una fogata. Vieron su oportunidad de cazar a algún Tributo, pero Cato, inteligentemente, percibió una trampa… y, de nueva cuenta, les gritó. Convencido de que se trataba de una trampa, no permitió que los otros dos fueran a asegurarse, y dio el tema por terminado. No sé cómo es que no se han hartado de sus malos tratos y aliarse para asesinarlo. No es un pensamiento del todo correcto, pero la opción es tentadora. Yo lo haría.

Y Tresh… bueno, si yo fuera él, ya hubiera muerto de aburrimiento. Parece un elemento más del paisaje: no se mueve, no habla, no tiene algún gesto con el que pueda demostrar su humor, no nada. Si no fuera porque parpadea, juraría que está muerto. Se limita a estar sentado y pensando.

Rue, al ver que no hacían nada más que discutir, se alejó tan sigilosa como llegó. No pasó mucho para reencontrarse con Peeta y Prim.

Es en este momento que todo se arruinó: las niñas lo convencieron para permanecer ahí y disfrutar un momento de la tranquilidad del lugar. Mientras ellos se distraían, no podían imaginar lo que pasaba con los Profesionales: Cato, como siempre, mandón y grosero, le exigió a Marvel que buscara bayas, frutas o algún tipo de planta que se pudiera comer ya que él y Glimmer (por el arco) se encargarían de buscar un animal que cazar.

A regañadientes, el chico del 1 se fue, haciendo el mismo camino, sin saber, de los aliados.

Se tensó durante unos segundos al escuchar ruido, pero después, al ver que nadie o nada se acercaba a atacarlo, suspiró. Siguió caminando, y el ruido se incrementó, igual que su curiosidad. Sin proponérselo, llegó al lugar donde se encontraban Peeta y las niñas. Su cara mostraba la sorpresa y después cambió a una de maldad. Al ver que no se habían dado cuenta de su presencia, se acercó más a ellos, siendo sigiloso, y se escondió detrás de un árbol. Diez metros, más o menos, es lo que separaba a unos del otro.

El escenario era tan calmo y aterrador a la vez: Rue, cortando flores y adornando su cabello y el de Prim, quién reía feliz; Peeta sentado, con semblante pálido y fatigado, sin despegar la vista de Rue; Marvel espiando y buscando el momento para atacar.

Cosa de unos segundos fue lo que le tomó formar un plan… plan que, antes de llevarlo a cabo, yo ya lo sabía. Pude leer en su mirada maliciosa las opciones que tenía y cuál era la adecuada: si atacaba a Peeta, directamente, corría el riesgo de fallar y las niñas, a pesar de no ser peligrosas, podrían ser un obstáculo y entorpecerlo; o, podía atacar a una de las niñas, en este caso Rue, quien se encontraba más cerca de él y dándole la espalda, eso serviría de distracción, confusión, sorpresa y el momento perfecto.

Infló y desinfló su pecho tres veces antes de hacerlo.

Se posicionó en cuclillas, subió su mano y miró fijamente a su víctima. Infló y desinfló una vez más, relajando su cuerpo, y mandó a volar su lanza –haciendo notar su formación Profesional; no dudó y lo hizo en un movimiento ligero, fuerte y seguro.

La gente del Capitolio, en el Círculo de la Ciudad, y yo, nosotros, el Distrito entero, contuvimos la respiración mientras la lanza volaba hacia Rue. Cuando ésta dio en el blanco, todos, como si fuera ensayado, exhalamos un pequeño quejido de asombro.

Lo siguiente fue inquietantemente rápido: Rue cayó, de lado, con la lanza traspasando su estómago; Prim gritó, asustada e incrédula; Marvel se quedó quieto, un instante, admirando su obra y satisfecho por ello, después, corrió con la vista fija en Peeta; él, el Chico del Pan, cuando Rue cayó, vio a Marvel, lo ignoró, como no creyendo que él estuviera ahí, y fijó su vista en la pequeña del 11, al darse cuenta de lo que pasó reaccionó velozmente: apenas y tuvo tiempo de incorporarse un poco, dejando una rodilla y el pie de la otra pierna pegados al suelo. Marvel ya estaba encima de él, pero no contaba, y no sabía, de las habilidades de Peeta en la lucha libre: Peeta abrazó las piernas del chico y, como si fuera a cargarlo, las alzó y empujó a Marvel hacía adelante. Él cayó de espalda haciendo un fuerte sonido; Peeta, con una rapidez increíble, se montó sobre de él… y comenzó a golpearlo como un loco.

Todos, o la mayoría, clavamos la vista en la familia Mellark. No puedo decir las razones que tuvieron los demás para hacerlo, pero mi razón fue que nunca me imaginé ver a Peeta así. Los panaderos son una familia tranquila –excepto la bruja-, nunca han tenido problemas con nadie –excepto la bruja, otra vez- y no parecen ser del tipo agresivo –de nueva cuenta, excepto la bruja. Es por eso que me sorprende la fiereza animal con la que Peeta reparte golpes a diestra y siniestra en la cara del chico. Nunca lo había visto así, ni siquiera en las clases de deportes del colegio.

Y me sorprende aún más, lo incrédulos que ellos están. Tampoco creen lo que están viendo. Es la primera vez que veo a la bruja con una cara de terror y no de amargada; los hermanos, falta poco para que su boca toque el piso; el panadero mira el suelo con los ojos abiertos como platos -quizá trata de esconder su sorpresa, miedo, terror o lo que sea que la reacción de su hijo le provoca pero no lo logra.

Mi madre, sin importarle donde estamos o que la estén viendo, permite que sus lágrimas caigan. Gale, como siempre, no demuestra nada. Y yo, no sé la expresión que mi cara demuestra, pero sí sé que por dentro soy un caos: me da terror, asombro y orgullo la forma en que Peeta pelea; siento una enorme tristeza y unas inmensas ganas de llorar por la suerte de la pequeña Rue; me lleno de impotencia por no poder hacer nada para consolar a Prim y evitarle este horror.

Mientras Peeta pelea como un poseso, mi hermana se encuentra a un lado de Rue, llorando a mares y viendo con angustia la herida de la pequeña. Sin yo ser una sanadora como ella o mi madre, sé que nadie puede hacer nada por la pequeña. La herida es mortal. Va a morir.

Prim, como si estuviera hipnotizada, mira a Peeta con horror; Marvel torpemente trata de luchar contra Peeta pero no puede; la pequeña Rue llora dolorosamente; se escucha un cañonazo y un grito de Prim. El Chico del Pan se sobresalta y se dirige hacia las niñas. Se puede ver el alivio en su rostro al comprobar que el cañonazo no fue por Rue. Sorprendido, voltea a ver a Marvel, no entendiendo lo que pasa, pero le resta importancia y se concentra en la niña moribunda.

Se me encoge el corazón al ver la forma desesperada en que le pide ayuda a Prim, al borracho de Haymitch a alguien para que ayuden a la pequeña, y siento que algo dentro de mí se rompe cuando Prim, delicadamente, dice que no puede hacer nada. Yo ya lo sabía, supongo que Peeta también, pero es difícil aceptarlo. No puedo evitar pensar que esa niña pudo haber sido mi Patito atravesada por una lanza y sin ninguna posibilidad de seguir con vida.

Quiero llorar. Pero me repito que tengo que calmarme, no quiero que me vean así.

Entonces, Rue le pide a Peeta que le cuente un cuento. Me parece una petición absurda; me imaginé que rogaría por ayuda, no eso. ¿Será que ya se dio por vencida? Quizá.

Me queda claro, por los primeros días de Los Juegos, que Peeta sabe muy bien cómo actuar y esconder sus emociones, pero desde que se alió con las niñas, esa careta de seguridad, frialdad e indiferencia se fue. No ha sido capaz de esconder lo que siente, y ahora no es la excepción: su cara muestra dolor y desesperación. Se ve que no es capaz de coordinar algo coherente.

Pero después de unos segundos, empieza a relatar un cuento. Habla con tanta pasión, con tanta pena, tanta tristeza y tanto cariño que es inevitable no dejarte llevar por sus palabras. Es tan deprimente y hermoso lo que dice que, cuando termina y nos damos cuenta que de quien hablaba era de Rue, comparándola con un sinsajo, me percato que la gente en la plaza llora, incluso su familia. Yo también me permito unas cuantas lágrimas; ya no me importa si me ven, total, no soy la única. Gale cambia su expresión a una de tristeza, pero no deja caer ni una sola lágrima.

—Es el cuento más bonito que he escuchado —susurra la pequeña—. Peeta… ¿Me alcanzarás? ¿Verdad que no me dejarás… sola en este viaje? Volveremos a vernos, yo te enseñaré a volar y tú me cuidarás… serás mi novio…y…

—Te lo juro. Tú y yo estaremos juntos.

—Vas a ganar… Tienes que hacerlo. Promete que Prim regresará a casa… sana y salva.

—Sana y salva.

Y Rue cierra los ojos lentamente. Un par de minutos después, suena el cañonazo.

Las últimas palabras de Rue me han robado el aliento y me inquietan: ella también sentía algo por Peeta y le hizo prometer que salvaría a Prim. Entiendo lo de sus sentimientos; Peeta, desde que la encontró en aquella fogata y hasta el día de hoy, se portó bien con ella. Es lógico que viera en él algún tipo de salvador, amigo o amor platónico, es lo que él inspira. Pero de eso a pedirle, casi, que muera por mi hermana, es ridículo, incluso egoísta. Mi madre lo dijo, ellos tienen que pelear por sus vidas; no sé qué es lo que haya orillado a Rue a pedirle eso pero no es justo. Y espero que la promesa de Peeta haya sido sólo por dejarla ir en paz.

Pero una inquietud más se cierne sobre mí: la gente del Capitolio, llora… a mares. Chillan y gritan el nombre de Rue, algunos la nombran sinsajo, pero, por primera vez, no están festejando la muerte de un Tributo que no estaba entre sus favoritos. La aclaman.

Y eso no es normal.

Mi hermanita llora desconsoladamente abrazada a Peeta; él, aferrándose a las niñas, es notorio que está luchando por no llorar. Tiempo después, Peeta deja a Rue en el piso, delicadamente, y saca la lanza del cuerpo de la niña. Prim le dice que eso no está bien, que va contra las reglas pero Peeta, en tono furioso, contesta que las reglas se pueden ir al diablo, que Rue no merece irse como si fuese un animal. Su contestación me deja atónita. Tengo miedo. Eso se podría considerar una falta de respeto al Capitolio. Pero como la gente ni los conductores hacen mención alguna o se muestran enojados o sorprendidos, me calmo. Supongo que con tanto drama ni siquiera pusieron atención a lo que dijo.

Prim acomoda las flores en el cabello de Rue y le da un pequeño beso en la frente. Peeta ayuda a Prim a levantarse y, llevando sus dedos centrales a la boca y señalar a Rue con ellas, le muestran su respeto y admiración. Se toman de la mano y comienzan a alejarse de ahí, dejando que el aerodeslizador, con sus horribles garras, se lleve el cuerpo frágil e inerte del pequeño y valiente sinsajo del Distrito 11.

Mientras ellos caminan en silencio, absortos en sus pensamientos, los conductores dicen que, en definitiva, estos están siendo unos Juegos fuera de lo común. Muestran al par de Profesionales que quedan: están nerviosos y teorizando sobre las posibles muertes. Cato dice que ojalá hayan sido Tresh o las niñas; no desea la muerte de Peeta: "El Chico Amoroso, es mío", dijo, cuando Glimmer mencionó la posibilidad de que haya sido él. Ninguno cree que haya sido Marvel. Y no quiero ni imaginarme cómo se pondrán cuando se enteren que fue su aliado.

Tresh, por su parte, sigue sin responder. Solamente dio una de sus típicas sonrisas cuando escuchó los cañonazos. A estas alturas, creo que ha sido el jugador más inteligente: ha logrado sobrevivir por sí solo y está dejando que los demás se maten entre sí. Me pregunto por qué no se habrá aliado con Rue y qué hará cuando se entere de su muerte. Tal vez ni se inmute, no parecía importarle mucho la suerte de su compañera.

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— ¿Prim, recuerdas cómo llegar al arroyo? —mi hermana asiente—. Bien. Necesito que regreses y te escondas… no salgas hasta que ya no haya nada, ¿entendiste?

— ¿Por qué? ¿Qué vas a hacer? ¿Adónde vas? —responde, asustada. ¿Qué estará tramando?

Se agacha a la altura de mi hermana y la toma por los hombros. Inhala y exhala, como si lo que dirá a continuación fuese horrible.

—Terminar con esto…

¿Terminar con esto? ¿De qué habla?

—No, a dónde vayas tú, yo voy —lo interrumpe Prim.

—De ninguna manera. Por una maldita vez me vas a obedecer: regresarás y te esconderás… y no saldrás de ahí hasta que tú seas la única persona en el estadio —dice, con gesto de pocos amigos.

—No, Peeta, por favor… yo quiero ir contigo… o, mejor, tú ven conmigo. No me dejes —Prim enrosca sus brazos en el cuello de Peeta, desesperada por no querer alejarse de él.

—Prim, basta —la regaña, en tono seco y duro —. No voy a ceder. Te vas y punto —toma los delgados brazos de Prim y los jala agresivamente, soltándose de su agarre. ¿Qué demonios le pasa? No tiene ningún derecho a tratar así a mi hermana.

— ¡No! —grita Prim. No se va a dar por vencida, ya que sujeta la chamarra de Peeta con fuerza.

—Eso es lo mismo que digo: No. Ahora, suéltame y vete de aquí.

— ¡Te dije que no! ¡No me voy a apartar de ti! —Prim sigue aferrándose a la chamarra de Peeta; él la sujeta de las muñecas y, por la expresión de dolor de mi hermana y el afloje de su agarre, puedo saber que la ha lastimado.

Estoy enojada con Prim. Me molesta ese tipo de dependencia que ha desarrollado hacia Peeta. Y es el maldito colmo que la lastime de esa manera. Si no quiere estar con Prim, porque no se larga de una maldita vez en lugar de hacerle daño.

Puedo soportar cualquier cosa, incluso he logrado pasar por alto el hecho de que nos llamó pobretonas e interesadas –a mí-, delante de todo Panem, pero que le haga eso a Prim, no. Nunca. Si la bruja de su madre los acostumbró a los golpes, ese es problema suyo, no nuestro.

— ¡Demonios, Prim, no lo entiendes! —-ahora es Peeta quien grita—. No quiero estar contigo… no te quiero cerca de mí… solamente me estorbas. Así que, ¡AGARRA LA ESTÚPIDA MOCHILA Y LÁRGATE DE AQUÍ!

Y se va, dejando a mi hermana sola y dolida.

No lo puedo creer.

¡¿Quién se cree que es para hablarle así?! Prim no es ningún estorbo. Parece que todo lo que había pensado en un principio sobre Peeta, era cierto. Que oportuno que, ahora que quedan cinco jugadores, decida que no quiere estar cerca de mí hermana porque le estorba. Es un idiota, pero más idiota soy yo por creer en él. Seguramente quiere alejarse para que sea otro quien mate a Prim y así, si gana, no tener que sentirse culpable cuando regrese.

—Katniss, cálmate —me susurra mi madre—. Deja de ver así a los Mellark.

—Oh, discúlpame. ¿Crees que debería felicitarlos por la basura de hijo que tienen en lugar de asesinarlos con la mirada? ¿O prefieres que comience a organizar los preparativos para cuando su hijo regrese? —siseo rabiosa, y ahora es a ella a quien fulmino con la mirada.

— ¡Demonios, Katniss! No queremos que los felicites ni que organices nada, sólo queremos que controles tu maldito carácter —susurra Gale y me toma fuertemente del brazo. Trato de zafarme pero no puedo. Ya está empezando a doler, pero no le voy a dar el gusto de demostrárselo. Tal parece que podría ser un buen amigo de Peeta—. No entiendes nada.

—Bueno, como parece que todo lo que ese imbécil le dijo a mí hermana me lo imaginé, entonces, dime, ilústrame, ¿qué pasa?

—Eres una idiota —escupe, soltándome delicadamente para no llamar la atención. Realmente está enojado: nunca me había tratado ni hablado así—. Deberías poner atención a lo que estás escuchando.

Algunas personas nos miran pero guardan su distancia. Los Mellark están absortos en la pantalla -quizá ni cuenta se dieron de que, casi, me les voy encima, pero en cuanto tenga la oportunidad y no haya tanta gente les diré de una buena vez todo lo que pienso de ellos, en especial de Peeta… y de la bruja. Será un buen momento para vengarme de todas las cosas horribles que me gritó aquella tarde.

La voz de mi hermana es lo que hace que, momentáneamente, me olvide de ellos y fije mi atención de nuevo a lo que sucede.

— ¡Detente… detente, Peeta, no lo hagas! Te vas a lastimar —solloza, abrazándolo por detrás y atrayéndolo hacia ella para que deje de golpear un árbol.

Él se gira, tratando de apartar a mi hermana pero no puede. Esta respirando rápidamente y da la impresión de haber envejecido. Tiene un aspecto terrible.

Sin más, cede y se deja caer de rodillas, igual que Prim, y se aferra a ella en un abrazo desesperado… necesitado, suplicándole que no lo deje solo. Su llanto es tan doloroso, derrotado, que toda mi bravuconería desaparece como por arte de magia. Si hay algo más fuerte que yo, es la empatía que siento hacía él. Se me estruja el pecho al verlo así de destrozado.

—Lo… lo siento… perdóname. Yo no… no… yo no quería —dice entre fuertes sollozos—. Debí cuidarlas… debí ser más firme y llevarlas de regreso al arroyo… no debí matar a Marvel. ¡Ayúdame, Prim, no sé qué es lo que está mal conmigo!

—Tranquilízate, Peeta, no es tu culpa. Eres humano y los humanos cometemos errores.

—Esto… esto no es un simple error… soy… soy un asesino, Prim. ¿No lo ves?

—No, eres una persona que se ha visto obligada a… a matar, sólo eso.

—No veo la diferencia.

—Yo sé que no querías hacerlo, que no es algo que disfrutes como los Profesionales… y también sé que eres una buena persona. Y eso es suficiente para mí. No eres un asesino.

Mi hermosa Prim. Tan buena y bondadosa. No entiendo su capacidad de ver más allá de las malas acciones de la gente: Peeta le gritó, la lastimó, y en vez de dejarlo, fue detrás de él y, no contenta con eso, lo consuela. Lo mismo hizo cuando mi madre regreso de su mundo de tristeza, la recibió con los brazos abiertos he hizo como si nada hubiese pasado. Es la mejor persona en todos los sentidos.

Se quedan unos minutos en silencio, sólo se escuchan sus sollozos. Prim se aleja un poco y alza su carita, quedando frente a frente, nariz con nariz, están muy cerca. Lo primero que pienso es que se van a besar, pero no. Es peor.

—Peeta, te quiero —suelta, mirándolo a los ojos. Una punzada de algo me atraviesa el estómago.

—Y yo a ti, pequeña. ¿Sabes? Siempre… —su llanto es tan fuerte que no puede hilar las palabras—. Lo siento. Siempre quise… tener una hermanita…

—No —lo interrumpe—. Yo te quiero de otra forma… es diferente.

Los conductores rápidamente comentan que Prim hará su confesión de amor; en el Círculo de la Ciudad están expectantes, aunque siguen sollozando, no sé si por Rue o por lo que pasó en los últimos minutos con el Trágico Distrito.

Cállate, Prim, no lo hagas, no lo hagas —le grito en mi interior, aunque sé que es en vano.

Este es el momento que, inconscientemente, temí llegar. No quiero escuchar a mi Patito confesar algo que no será correspondido; se me hiela la sangre porque sé que todo Panem será testigo de la desilusión de mi hermana: se lamentarán, llorarán, reirán y, después, esperarán por su muerte… o que lo maté en venganza por no corresponder a sus sentimientos. "La tragedia de todas las tragedias", nadie dejará de hablar de eso durante mucho tiempo, años quizá.

Esto está mal, ella no puede decirle lo que siente, qué tal que la rechaza o se burla de ella o… o… peor aún, ¿y si le corresponde? ¡No, no, no! Él no puede hacer eso...

— ¿Diferente? No te entiendo, Prim. ¿De qué hablas? —pregunta Peeta, frunciendo el ceño.

—Es un poco complicado —duda—. Yo… yo no te quiero como un hermano, digo, sí, me encantaría que lo fueras, pero tú eres más que eso.

—Lo siento, Prim, pero no te sigo —dice, sin tener ni la más remota idea de la bomba que mi hermana va a lanzar.

— ¿Recuerdas cuando llegamos al Capitolio? —él asiente—. Antes de ir con los estilistas, me dijiste que estabas seguro de que podía tener una oportunidad. Y ese mismo día, después del Desfile, me dejaste llorar sobre ti y te quedaste conmigo hasta que me dormí. Los días de entrenamiento me tuviste paciencia, me cuidaste y me enseñaste muchas cosas, aunque no lo pareciera —sonríen, dándose una mirada cómplice—. Y la noche de las calificaciones, de nueva cuenta, me abrazaste y consolaste… Lo que quiero decir es que no me has dejado sola, Peeta. Tú eres… yo —suspira fuertemente—. Eres… te pareces a mi papá.

¡¿Qué?! ¡Escuche bien! ¿Dijo… le dijo que se parecía a mi… a nuestro padre? No entiendo. Definitivamente no entiendo qué es lo que está pasando.

La sorpresa se instala en todos, desde la plaza hasta el Capitolio y, supongo, el resto del país.

— ¡¿Qué?! ¿Es broma, verdad? —exclama Peeta, con los ojos abiertos como platos. Y yo deseo que así sea.

—Hablo en serio.

—Prim, yo… no sé qué decirte —afloja su agarre de mi hermana—. Quizá sólo estés confundida… Puedo jurar que tu padre era una buena persona, aunque nunca lo conocí… pero yo no soy así. Yo he…

—No, no lo digas —interrumpe Prim, un poco molesta—. Dime, ¿recuerdas la primera vez que me dijiste "pequeña" y acariciaste mi cabeza al mismo tiempo? ¿Recuerdas cómo hace unos días trenzaste mi cabello? —-suaviza su expresión—. Eso, Peeta, esos pequeños detalles son los que me importan… Cuando sentí miedo, peleaste contra mis miedos; cuando lloré, secaste mis lágrimas y cuando pensé que era una inútil, me hiciste sentir fuerte; has hecho lo mismo que mi padre haría. Y lo sé porque eso es lo que hizo con mi hermana.

Mi mente me regala un viaje al pasado. Todo, absolutamente todo lo que dice Prim, es cierto. Mi padre me llamaba su "pequeña cazadora", decía que él y yo éramos parecidos y que cuando creciera sería muy fuerte. Me enseñó todo lo que sabía, nunca me dejo sola. Me hizo fuerte. A Prim le llamaba "pequeña", ese único adjetivo lo utilizaba porque decía que mi hermana era todo lo contrario a mí: miedosa y frágil. Y que por esa razón, siempre sería su pequeña, a la que debíamos cuidar y proteger. Pero eso no significa que la menospreciara, al contrario, siempre la animaba, alababa su forma de ser y que, detrás de esa fragilidad, había una guerrera. Confiaba en ella, incluso lo de trenzar su cabello es cierto. Él lo hacía.

Las piezas comienzan a encajar. Estoy comenzando a entender la actitud de Prim hacía con Peeta: su ciega confianza en él, su manera de obedecerlo sin rechistar, su comodidad al estar a su lado, su confianza en ella misma, su negativa a alejarse de él. No quiere perderlo.

Ella no disfrutó tanto a nuestro padre como yo.

Tanto me centré en mi propia perdida, en mi soledad y mi deber de proteger a mí familia, que nunca me pregunté realmente sobre el sufrimiento de Prim y cuánta falta le hacía una figura paterna. Egoístamente pensé que con mi cuidado era suficiente.

Soy una tonta.

—Prim… me halaga tanto esto que me dices. No lo merezco. Espera —pone un dedo en la boca de mi hermana al ver que lo iba a interrumpir—. Al ser el más chico de mi familia, y siendo puros hombres, mis hermanos me cuidaban. Había veces que eran una verdadera molestia y me hacían la vida imposible, pero ese es otro asunto —sonríe. Los Mellark también—. Lo que quiero decir es que siempre tuve la inquietud, la necesidad de ser yo quien cuidara de alguien. Me hubiera gustado mucho tener una hermana… y el hecho de haber salido mi nombre en la Cosecha fue, irónicamente, un golpe de suerte. Puede sonar estúpido, pero agradezco la oportunidad de haberte conocido: Los Juegos prometen una vida llena de riqueza y fama al ganador, pero desde ya, puedo decirte que soy un Vencedor. El mejor premio que pude haber ganado fue encontrarte. Y si tú ves en mí al padre que perdiste, por favor, permíteme verte como la hermana que nunca tuve.

Peeta realmente es bueno y sincero hablando. Ha logrado convertir una terrible situación como Los Juegos en algo bueno. No sé cómo lo hace. Todo mundo llora, y si digo todos, es todos. Bueno, Gale no, pero su rostro se ha suavizado un poco. Puedo decir que está conmovido.

—Te lo permito —dice, secando sus lágrimas—. Pero… no quiero que te expongas por mí —Peeta enarca una ceja en señal de confusión—. No soy tonta, Peeta, sé cuál es tu intención. Cuando supe que estabas enamorado de mi hermana, sospeché, pero como el inicio de Los Juegos estaba cerca, lo deje pasar. Y cuando nos reencontramos, aquí en el estadio, lo comprobé. Si a ti te pasa algo, yo no quiero regresar a casa.

—No digas eso, Prim. Piensa en el dolor que le estás ocasionando a tu familia al decir eso. Ellas te esperan, puedo asegurarte que confían en ti y en tu fortaleza.

—A ti también te esperan, Peeta. Tienes una familia que te necesita, no puedes causarles un dolor… además de que está el hecho de que quiero que regreses a casa… quiero que le digas a mi hermana lo que sientes por ella. Quiero que la enamores, que la cuides como lo haces conmigo y que la hagas feliz. Se lo merece.

A esto me refiero con que Prim es la mejor persona. Siempre pensando en los demás.

—Pídeme todo menos eso, pequeña. Yo le… le prometí a Rue que —su voz se quiebra y su vista se nubla por las lágrimas—. Le prometí que regresarías sana y salva, no puedo fallarle.

—Ella lo entendería. ¿Te diste cuenta que le gustabas? —él niega, confundido—. Tenía un cierto enamoramiento hacia ti, y por eso mismo sé que ella querría que fueras feliz —Prim suspira, con los ojos aguados—. Era una buena persona… la quiero… y la voy a extrañar.

—Yo también —dice y limpia las lágrimas de Prim, y mi hermana limpia las de él. Tienen una afinidad sorprendente—. Nunca me voy a perdonar…

—No, Peeta, no fue tu culpa. Tú no sabías que el chico del 1 estaba cerca. No había forma de saberlo.

—Pero si pude haberlo evitado. Debí haberlas llevado, aunque sea a la fuerza, de regreso al arroyo… ahora, estaríamos los tres juntos —dice, con dolor.

—En ese caso, la culpa es mía. Fui yo quien dijo que no habría problema si nos quedábamos un momento —agrega Prim, también con dolor.

Antes de que Peeta pueda decir algo, un paracaídas cae a un lado de ellos. Se miran sorprendidos. Peeta anima a Prim a abrirlo, diciéndole que, seguramente, es para ella. Abre el paracaídas y saca una especie de collar.

—Es… es el amuleto de Rue —dice Prim, en un hilo de voz.

¿Un regalo de parte del Distrito 11? Esto es una verdadera sorpresa, es la primera vez que ocurre: nunca antes un Distrito le ha dado un regalo a un Tributo que no le pertenece.

Se quedan unos instantes contemplando el collar, con expresión de tristeza, hasta que Prim rompe el silencio:

—Gracias, Distrito 11 —dice, mirando al cielo—. Significa mucho para nosotros —regresa su vista a Peeta y le extiende el collar—. Toma, tú deberías tenerlo.

—No, yo tengo esto —señala el pin de sinsajo en su pecho—. Quédatelo tú. Los dos tenemos que estar bien protegidos.

Prim asiente y Peeta le ayuda a ponérselo.

—Deberíamos regresar al arroyo. Hay que lavar tu mano —fija la vista en los nudillos de la mano con la que golpeo el árbol.

Se ponen de pie, pero Peeta no puede reprimir un quejido de dolor. Se toca su costado.

Es cierto, se me había olvidado que está herido.

— ¿Estás bien? —pregunta mi hermana, mirando fijamente su costado.

—Sí, no es nada —responde, apretando los dientes.

—A ver, déjame revisarte.

—No, Prim, en verdad, no es necesario. No tengo nada —pero Prim, como ella mismo dijo, no es tonta. Le lanza una mirada inquisitiva y, a pesar de las protestas, le alza la playera.

Retira el pedazo de tela que sirve como venda y ahoga un grito.

Se me cae el alma a los pies. Su herida está peor, y parece más grave de lo previsto: supura sangre y pus, y esta hinchada.

— ¿Desde… desde cuándo estás…? ¿Por qué no me dijiste que estabas herido, Peeta? —pregunta una enojada Prim.

—No quería preocuparlas —contesta, lanzando un suspiro.

— ¿Cómo te has sentido? ¿Te has sentido raro, mal, cansado…? —pregunta mientras inspecciona la herida.

—Un poco de todo. Dolor de cabeza, cansancio… escalofríos.

—Espérame aquí. No te muevas ni te vayas ni nada, o seré yo quien te traiga a rastras —sentencia mi hermana, y sé que habla en serio. Peeta sólo sonríe de lado y asiente, como niño regañado.

Mi hermana echa a correr, se aleja hasta llegar al lugar donde Rue murió, busca entre unos arbustos y cuando da con lo que necesita, hace su carrera de regreso, rescatando la mochila que se había quedado tirada. Peeta, cansado y con gesto de dolor, se recarga en el árbol y se deja caer.

Cuando llega a él, Prim le ordena que se quite la chamarra y la playera. Él lo hace torpemente mientras ella rebusca algo en la mochila. Saca la botella de agua y un pedazo de tela que, al desenrollar, tiene unos cuantos cuchillos. Toma uno y hace un corte en la tela. Lava sus manitas con un poco de agua y moja el pedazo de tela, y comienza a limpiar la herida.

—Peeta, voy a hacer un poco de presión para sacar sangre y pus. Aguanta —dice, y sin esperar una respuesta, comienza a hacerlo. Él cierra los ojos fuertemente y reprime el dolor. Me imagino que es insoportable.

Me siento orgullosa de Prim y su habilidad innata de sanadora. Está tan concentrada, tan seria, tan segura de sí misma haciendo su trabajo. Mi madre tiene razón al decir que un sanador nace, no se hace. Si yo hubiera estado en su lugar, lo más seguro es que hubiera salido huyendo… o le hubiera vomitado encima.

Retira una cantidad espantosa de pus con sangre –siento que me voy a desmayar-, vierte agua en la herida y la limpia delicadamente. Veo como Prim se tensa durante un momento, pero como lo buena sanadora que es, rápidamente se recompone y continúa con su trabajo. Pero Peeta parece haberse dado cuenta.

— ¿Qué pasa, Prim? —pregunta. Ella no contesta, solamente niega imperceptiblemente con la cabeza y sigue haciendo lo suyo. Él fija su vista en la herida y después toma las manos de Prim: —Pequeña, sé lo que es la septicemia aunque mi madre no sea sanadora.

¡Septicemia! ¡No puede ser!

Hacen un morboso acercamiento a la herida de Peeta: ya no hay pus ni sangre pero la piel esta roja y muy, muy inflamada. Entonces veo unas diminutas líneas rojas que comienzan a brotar y subir hacia su pecho. No hay nada que Prim pueda hacer, si no recibe atención médica, morirá.

Y esa sola idea me aterra.

—Entonces sabes que tienes que resistir, ¿verdad? —-dice Prim—. Estamos a un paso de la final y con estás plantas que encontré será más fácil —suelta las manos de Peeta y retira la parte alta de la planta, dejando caer el zumo en la herida—. Está planta se llama equinácea y es perfecta para combatir las bacterias, funciona como un antibiótico. Vas a estar bien.

Pero esa seguridad con la que habla, no llega a sus ojos. Tiene miedo.

—Sí, supongo —contesta Peeta, con una sonrisa cargada de pena. Él también sabe que su única oportunidad es la costosa medicina del Capitolio.

—Vámonos. Necesitamos regresar al arroyo para que te des un baño; hay que quitarte toda la tierra y la suciedad de la ropa para que la infección no empeore.

Prim lo obliga a ir descubierto del torso, se pone la mochila y lo abraza de la cintura, dejando que él pase su brazo por sus hombros, facilitándole el paso.

Es todo.

Inmediatamente después de que cortan la transmisión, enlazan al Círculo de la Ciudad. No hay comentarios por parte de los conductores.

La gente está eufórica y la única emoción que inunda el lugar es la tristeza. Se oye un grito de "Rue", por allá; Unos sollozan "sinsajo"; otros "Pobre Peeta"; unos "Prim tiene un gran futuro médico"; unos tantos "Oh, es hermosa la relación del Trágico Distrito"; y otros más "Pobre Prim. Perdió a su papá y, ahora, Peeta puede morir. ¡Es una desgracia!"

Nadie festeja.

Los reporteros, después de tanto parloteo, terminan la emisión y nos invitan a revivir los acontecimientos hoy en la noche.

La gente mira con tristeza y pena a la familia de panaderos. Su hijo está a las puertas de la muerte y no hay mucho qué hacer… a menos que todo termine ya, de un día para otro, y si, por un milagro, él resulta ganador tendrá la atención necesaria. Es su única opción.

Están desconsolados y un poco alterados. Parece que están discutiendo. Quisiera acercarme, decirles que lo siento mucho pero mi cuerpo no responde. Nuevamente, mi enojo contra Peeta ha desaparecido para darle lugar a una profunda tristeza. Parece que la chica del 2, a final de cuentas, terminará cumpliendo su amenaza de matarlo… poco a poco.

Veo al hermano mayor de Peeta jalando al otro, quien se resiste y no nos aparta la vista. Está conmocionado, llorando descontroladamente. De un tirón, logra zafar su agarre y camina hacia nosotras.

—Señora Everdeen, ¿es verdad? —-pregunta entre sollozos—. ¿Es cierto que su hija, Primrose… ella puede ayudarlo? ¿Puede hacer algo por mi hermano?

—Bran, cálmate…—dice el panadero, que llegó siguiendo a su hijo.

—No me pidas que me calme cuando mi hermano está a las puertas de la muerte —contesta desesperado. Regresa la vista a nosotras: —Por favor, dígame, ¿se va a salvar?

—Bran, la septicemia es una infección muy grave, afortunadamente no está tan avanzada —empieza a explicar mi madre, con la misma calma que un médico—. Están en un lugar donde hay muchas bacterias y gérmenes, y falta de comida e higiene adecuadas, lo que baja sus defensas. Las plantas que encontró Prim, sí, van a ayudarlo a retrasar la infección pero necesita medicamentos más fuertes. Sólo tiene que resistir un poco más y…

— ¿Cuánto tiempo? —pregunta, horrorizado.

—72 horas, máximo —suspira mi madre con pesar. No me gustaría estar en su lugar. No creo que se sienta bien tener que decir noticias fatales.

—Tres… tres días —sopla más que habla. El color se le fue del cuerpo. Está blanco, pálido, mirando a un punto detrás de nosotras—. No, no es justo…

—Bran, vámonos —el panadero lo abraza. Trata de hacerse el fuerte pero se le ve la conmoción—. Lo siento —nos mira con los ojos aguados y la voz rota—. No era nuestra intención molestar.

—No, digas eso, Vince, no es molestia —dice mi madre al tiempo que posa una mano en el hombro del panadero—. Peeta estará bien, es muy fuerte… y Prim no va a permitir que le pase nada.

El señor solamente asiente y se aleja llevándose a su hijo. Antes de alejarse mucho, alcanzo a escuchar unas cuantas palabras de Bran: — ¡No, no! Es mi culpa… yo debí ir en su lugar… haberme presentado como voluntario… Papá, no quiero que muera…

— ¿Es cierto lo que dijiste? ¿O es más grave? —le susurro a mi madre. Quizá sólo dijo eso para consolarlos.

—Es verdad, pero es fundamental tratarlo. Prim sabrá qué hacer, quien me preocupa es él.

— ¿Por qué?

— ¿Todavía lo preguntas, Katniss? —responde Gale. Me había olvidado que estaba aquí—. No es posible que Prim se haya dado cuenta y tú, que ves todo lo que pasa, no.

—Explícate —le escupo. ¿No me doy cuenta de qué? ¿De qué Peeta está herido? Eso lo vimos todos. Estoy harta de que me tome por idiota.

—Hija… Peeta se va a dejar morir.

.

No puedo dormir.

Vivir en el Distrito más pobre y ridiculizado tiene sus ventajas. Los Agentes de la Paz no nos molestan mucho, no son tan estrictos y hasta tienen tratos ilegales, como la mayoría de la gente. No sé si el gobierno central tenga conocimiento de esto o no, pero no hacen nada; a ellos sólo les interesa que entreguemos a tiempo nuestro lote correspondiente de carbón. Nuestro alcalde, el señor Undersee, es una persona amable y comprensiva. Rara vez aplica castigos severos –depende del delito y cuáles fueron las causas-, pero siempre es una temporada en la cárcel.

La muerte no es aplicada por alguna autoridad. La muerte es como una enfermedad latente que todos padecemos, sólo basta que algo la detone para comenzar a carcomernos por dentro; no sangras pero duele; no te acuchilla o te atraviesa con algún arma pero lastima; no te golpea hasta el cansancio pero debilita; es brutalmente agresiva pero delicada; le temes pero cuando llega te alivia; es natural y antinatural al mismo tiempo.

La muerte no se llama muerte. En el Distrito 12 se llama hambre. Es irónico que una palabra que remite a vida, también sea causante de muerte.

Aquí, a pesar de eso, la gente lucha contra esa enfermedad. Sueñan con ganarle un poco más de tiempo y no dejar que se los lleve cuando ella lo quiere. Aún tenemos esperanza, incluso cuando sientes que todo está perdido algo –o alguien- es capaz de demostrarte que no.

Así que no entiendo cómo es que alguien se puede dejar morir.

Peeta tiene una familia que lo necesita, que sufren por él y que aceptaron valientemente las consecuencias de sus actos del primer día. Entonces, ¿por qué dejarse morir? Él tiene la oportunidad de regresar, ha hecho todo lo posible –y lo imposible- por sobrevivir, incluso tomó responsabilidad por dos niñas que no eran nada suyo… que no tenían por qué importarle.

"—Porque desde el principio, su plan ha sido proteger a Prim."

Recuerdo las palabras de Gale después de que mi madre me hizo ver su intención. ¿Por qué querría proteger a Prim? No lo entiendo.

Hago un recorrido mental de todas las acciones de Peeta, desde el regalo que me dio hasta el día de hoy, y no veo nada malo en su actitud. Es raro. He pasado por todas las emociones posibles por su culpa pero no hay rastros de odio; bueno sí, si lo odio, si me siento furiosa, enojada e indignada con él. No puedo perdonarle que haga lo que yo no pude hacer por Prim y tampoco le perdono que se deje morir. No puedo ni quiero perdonarlo porque, de ser cierto, no podré agradecerle, no podré volver a verlo y decirle lo que pienso y siento por él. Me arrebatará la oportunidad de conocerlo, descubrir quién es él…

Lo odio porque me devolverá a mi hermana mientras él me hará falta.

Lo odio porque es una buena persona.

Lo odio porque anhelo su presencia.

Mi madre se remueve un poco, me quedo quieta, reprimiendo los pequeños sollozos de dolor. No quiero despertarla y vea mi estado, no sabría qué contestar.

Trato de no pensar en él pero hasta pareciera que me esfuerzo en hacerlo. Me concentro en pensar en otra cosa pero palabras como Juegos, Prim, Peeta y muerte son lo único que ronda en mi cabeza.

Y como no tengo otra opción, revivo los últimos acontecimientos.

En la repetición nos mostraron los últimos momentos de la alianza: el feliz desayuno, la preocupación por la calma que vivían, el plan, la necedad de Rue, la debilidad de Peeta, la creciente seguridad de Prim. Todo. Incluso entendí la grosera actitud de Peeta hacia mi hermana: la culpa fue lo que lo hizo actuar así.

Rue no era solamente su compañera, su aliada, era importante para él… como aquella hermana que siempre deseó. Le nacía protegerla, no lo hacía por deber, lastima o como parte de una estrategia. La manera en que atacó al chico del Distrito 1 lo prueba.

Los conductores dijeron que Marvel murió porque Peeta, de tanto golpe, le rompió la nariz y esto le provocó asfixiarse él mismo con su propia sangre, además de contusiones y fractura en el cráneo.

Los Profesionales, al enterarse, se enfurecieron e, inmediatamente, sacaron conclusiones: "Fue el Chico Amoroso", dijo Cato. Glimmer no lo contradijo. Lo último que salió de sus labios fue que tenían que buscar a Peeta y deshacerse de él lo antes posible. "A pesar de ser del 12, es demasiado peligroso", concordaron.

Tresh, por primera, vez mostró algo más que seriedad y aburrimiento: furia. Al aparecer la imagen del chico del 1, su sonrisa ladina apareció pero se borró completamente al ver a la pequeña Rue. Respiraba demasiado rápido, agitado, y sus ojos denotaban puro odio. No pude evitar odiarlo de vuelta. Esa rabia está injustificada. Fueron Peeta y Prim quienes le hicieron compañía a Rue; fueron ellos quienes lloraron y sufrieron por su muerte. Fue Peeta quien la vengó, cuando él se quedaba escondido y cómodo esperando que los demás se mataran entre sí.

Por su parte, Prim, al llegar a su escondite, obligó a Peeta a tomar un baño y lavó toda su ropa, toda. Al verlo desnudo, no pude evitar mirar a otro lado y sentir el calor subir por mis mejillas. Siento una fuerte vergüenza ante la desnudez, cosa que en Prim no tiene ningún efecto, y, por lo visto, para él tampoco. Si esto hubiera pasado antes, lo más seguro era que me volviera loca de indignación, pero al saber los verdaderos sentimientos de mi Patito me quedé más tranquila. Todo es inocente.

Después de que la ropa de Peeta se secó, mi hermana lo ayudó a vestirse y trató nuevamente la herida. Lucía un poco mejor, pero la infección sigue avanzando hasta su corazón. Comieron, más bien, Prim lo obligó a comer un poco y lo dejo dormir. Cayó rendido. Las emociones y el esfuerzo del día lo agotaron de todas las maneras. Prim tampoco resistió más y se acurrucó a un lado de él, abrazándolo protectoramente. No alcanzaron a ver el recuento de muertes. Fue lo mejor.

Sólo me queda desear que sus posibles patrocinadores se conmuevan con la situación y le envíen la medicina que necesita…

Y que resista un poco más.


¿Y bien? ¿Qué opinan? ¿Les gustó? *se muerde las unas hasta sangrar*

Nota: Ahora sí. Este capítulo es especial para mí porque uno de los personajes que más amo en la trilogía es el de Rue; a pesar de tener una participación muy pequeña, logró marcarme de una manera muy tierna y depresiva. Es muy triste la vida que le tocó y eso logró hacer mella dentro de mí. Demás está decir que unas cuantas lágrimas rodaron al escirbir esto. No será el mejor capítulo pero les prometo que lo escribí con mucho cariño.

Robstar, itzy, Dannie, LuisaAndrea, Mary Mellark, Lisan, Pauli, itzel, Cecy: Muchas gracias por sus reviews, me emocionan mucho y son muy significativos para mí, todos y cada uno de ellos.

LuisaAndrea y Mary Mellark, prometo hacer algo para ya no ser tan insegura en lo que hago y pienso. Estoy segura que debajo de está gran masa de inseguridad, hay un autoestima un poco más alta. Trabajaré en ello.

De nueva cuenta, agradezco a los demás lectores que tienen cuenta en FF., ya lo había hecho, pero no hace daño hacerlo una vez más.

Y también a los lectores anónimos les agradezco que me lean.

Besos y abrazos para todos.

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