Resumen: En el fic Zutara completo más largo de este sitio, Iroh envía a Zuko y Katara en una búsqueda para prevenir la caída de la Sociedad del Loto Blanco. Deben encontrar a la Princesa Ursa, antes de que el otoño de paso al invierno. Un cuento épico de una legendaria historia de amor.
La caída del Loto Blanco
Capítulo 20: Atrapado
Música: Thomas Bergersen, Gift of Life
-Hiciste lo correcto, Pies Ligeros –aseveró Toph mientras él observaba la mancha oscura desaparecer en la distancia. El flequillo de ella se alzó levemente con el viento fresco de la tarde.
-Lo sé –ante sus palabras Aang tomó la pequeña mano de ella y la apretó ligeramente. Pero, cuando la siguió al interior, sus ojos permanecieron en el horizonte hasta que la puerta se cerró.
Un viento helado recorría las calles blancas de la capital de la Tribu Agua del Sur, y unas oscuras nubes se movieron rápidamente en el cielo agitado. Incluso los últimos restos de la brumosa luz del día se convirtieron en sombras nocturnas mientras los colores de la ciudad variaban del claro cristal al gris amenazante.
De pie sobre la alta terraza del palacio de hielo, con el cabello castaño oscuro recogido en una cola de lobo de guerrero, estaba Hakoda. La parka azul cielo se infló con el viento mientras él observaba con atención y en silencio como, en el patio a sus pies, tres figuras emergían de una pequeña puerta que no había notado antes. Entornó los ojos al reconocer a su padrastro, a Katara y a Zuko. El alto maestro fuego permanecía un paso detrás de la hija de Hakoda, protegiéndola con su cuerpo del crudo viento polar.
El Maestro Pakku echó un vistazo alrededor con una mirada cautelosa e inquisidora en los ojos. Al retroceder entre las sombras, sabiendo por experiencia que solo alguien muy atento podía verlo parado allí, una ineludible sensación de déjà vu se apoderó del Jefe.
Sus pensamientos volvieron hasta su amada Kya, quien debería de haber estado a su lado en ese momento como la Jefa y que probablemente lo hubiera reprendido por espiar a los niños. La comisura de los labios se le curvó en una sonrisa amarga. Muchas cosas habían cambiado en los últimos nueve años.
Gracias al liderazgo de Hakoda durante la guerra y su ingenio en general, el jefe de una pequeña aldea de la Tribu Agua del Sur, se había convertido en el Jefe de la restaurada Tribu Agua del Sur. Y desde todos los rincones de la costa antártica los habitantes de aldeas pequeñas, miserables y asiladas habían vuelto a la bahía donde los restos de la capital de la tribu todavía descansaban bajo una capa de nieve. En los años sucesivos habían reconstruido la brillante ciudad que se había convertido en un símbolo de la extraordinaria resistencia de la Tribu Agua del Sur. La Tribu se fortaleció con los miembros de su tribu hermana del norte que habían seguido la estela del Maestro Pakku para empezar una nueva vida en el Polo Sur. Fueron bienvenidos con los brazos abiertos.
Por los tres años en que Hakoda había sido jefe y la ciudad se alzaba ahora de las blancas llanuras que rodeaban la bahía, Hakoda había guiado a su gente con determinación hacia un futuro nuevo y lleno de esperanza para la Tribu Agua del Sur. Era respetado por los norteños y amado por los sureños. El Maestro Pakku y sus maestros agua habían construido un palacio digno de un Jefe de la Tribu Agua y todos los días había visto la ciudad florecer y crecer a su alrededor levantándose de las cenizas de la vieja ciudad que la Nación del Fuego había demolido varias décadas atrás. La ciudad era más magnífica que su predecesora. Le hacía bien a Hakoda ver a la prosperidad regresar a su gente con cada día que pasaba, tras haber abandonado sus tierras por tanto tiempo.
Aunque estaba agradecido por el progreso de la tribu, una creciente preocupación le atenazaba el corazón, lo que lo llevaba a subir a los altos muros de la ciudad una vez por semana y dirigir la mirada al norte. A medida que la imagen del enorme océano polar se extendía ante él, sus pensamientos vagaban hasta épocas ya pasadas, cuando se sentaba en su carpa, rodeado de su familia. Una expresión de dolor cruzaba sus facciones cada vez que pensaba en la hija que casi nunca veía.
Seis solsticios habían pasado y Hakoda seguía escudriñando los cielos en busca de un punto negro que se apresurara hacia la Tribu Agua del Sur, esperando que Katara fuera a visitar su tierra natal. Raramente era recompensado.
La sensación de pérdida que le daba la ausencia de su hija, sin embargo, la atenuaba el orgullo que sentía por su hijo tontarrón, que había crecido tan rápido para desempeñar su nuevo papel. Sokka se había encargado de la responsabilidad de reconstruir la ciudad con sorprendente dignidad y autoridad. El Maestro Pakku y su nieto habían hecho un diseño brillante del planeamiento de la ciudad, mientras Sokka se había ocupado con invenciones e innovaciones para aumentar el esplendor de la ciudad en construcción. Innovaciones basadas en su experiencia extensiva de viajero.
Hakoda estaba impresionado por cómo su hijo había manejado la separación de Suki, la guerrera Kyoshi que Hakoda respetaba muchísimo y había reconocido como el amor de la vida de Sokka. A pesar de su aparente soledad, Sokka esperaba con paciencia, respetando el deseo de ella de ayudar a los Kyoshi a fortalecer sus defensas. La mayor parte de su tiempo libre lo pasaba entrenando el arte de la espada con un joven y hábil espadachín de la tribu hermana del norte. Con disciplina de acero practicaban para alcanzar la perfección y se habían vuelto buenos amigos.
Sí, la vida indudablemente había cambiado para mejor para la Tribu Agua del Sur. Una vez había estado al borde de la extinción pero había recuperado su vitalidad y la brillante nueva ciudad reflejaba la confianza de sus habitantes en el futuro.
Sin embargo, Hakoda sabía que Sokka a veces sacaba una de sus canoas y remaba hasta mar abierto para atrapar un pescado para la mesa del Jefe. No era solo por los viejos tiempos que su hijo se aventuraba al mar solo, pero también para mirar hacia el noreste, donde esperaba ver un navío del Reino Tierra que traería al Polo Sur a una joven fuerte con brillantes ojos azules y una melena cobriza. La última vez que había ido a visitar la Isla Kyoshi, la guerrera había aceptado la propuesta de matrimonio de Sokka. Hakoda estaba contento. Ya la quería como una hija y sabía que sería una buena Jefa algún día. El Jefe también dudaba que los de Kyoshi pudieran retener de seguir a su corazón por mucho más tiempo a la líder de sus fieras guerreras. Un elegante título nuevo no serviría, lo sabía. Además, no se desperdiciarían sus talentos en la Tribu Agua del Sur, que siempre había atesorado a sus guerreras. Hakoda en secreto había empezado a pensar en nietos.
Sí, Sokka estaría bien. Había encontrado su lugar en el mundo y Hakoda estaba orgulloso de verlo crecer en su papel en cada día. Pero respecto a su hija, Katara, no estaba tan seguro.
Así como de popular era Sokka con la tribu por su naturaleza encantadora e inventiva, Hakoda sabía que Katara era en verdad venerada por su gente. Era venerada como la maestra del Avatar y la que había puesto en marcha la caída de la tiranía de la Nación del Fuego al liberar a un niñito de un iceberg. Era más que uno de los Jóvenes Héroes de Guerras; ella era como el mismísimo Avatar.
Aunque eso no le había dado demasiada alegría. Las escasas veces que Hakoda había recorrido la ciudad con Katara, había sido testigo de la tristeza en sus ojos mientras miraba alrededor, mientras deslizaba la mirada sobre las casas con formas de iglú al mismo tiempo que agradecía con una inclinación de cabeza a las incontables personas que la saludaban con entusiasmo.
Temeroso, Hakoda le había preguntado por eso cuando llegaron al punto más alto de la ciudad sobre los muros desde donde tenían una vista imponente del mar. Desde entonces siempre había regresado al mismo punto.
Pero la expresión de Katara se había ensombrecido ante la pregunta y por un momento temió que fuera a despedirlo.
Hakoda se sorprendió cuando ella agachó la cabeza y respondió en un momento de completa honestidad:
-Estoy triste porque estoy caminando por la Ciudad de la Tribu Agua del Sur y me siento como una completa extraña en ella. Soy la única maestra agua del sur que queda en el mundo y no pude contribuir en nada a la construcción de nuestra ciudad.
La pena genuina de su voz le había atravesado el corazón y Hakoda envolvió a su hija en un abrazo reconfortante, al que ella no se resistió.
Él había pensado en ese momento desde que ella había dejado el Polo Sur tras su última visita y también había empezado a mirar a Aang bajo una luz diferente. Al principio, Hakoda había estado contento con que su hija hubiera elegido al joven Avatar, un muchacho de buen corazón que obviamente la quería muchísimo. Le había parecido una buena idea que ella fuera de viaje con él, permitiéndole, a ella que había cargado con la mayor parte del peso de la responsabilidad del éxito de Aang, estar completamente libre de preocupaciones por un tiempo.
Pero ya habían pasado tres años desde que Appa había desaparecido en el horizonte y, en los raros momentos en que le pegaban un vistazo al Polo Sur, Hakoda había visto cambiar a su hija y a Aang.
Recordaba con suma claridad esos momentos: el tono metálico y agudo de un niño adquirir las inflexiones de hombre, apremiando a Katara para prepararse para su próximo destino siendo que tan solo habían llegado dos días atrás. Siempre había una selva impenetrable en el Reino Tierra o una montaña nevada y remota en territorio de los Aires Nómadas que necesitaban visitar el día después de mañana. Con el corazón triste Hakoda había sido testigo de su hija partiendo con reticencia. Una nueva carga parecía pesarle sobre los hombros mientras trepaba al bisonte blanco y se volvía peor cada vez que visitaba la Tribu Agua del Sur.
Y luego, cuando los días se acortaron de nuevo, indicando el inminente fin de otro año en paz, una carta inesperada llegó. Hakoda se había sorprendido de descubrir que era de parte del General Iroh, el viejo Príncipe de la Nación del Fuego que vivía en Ba Sing Se ahora, disfrutando de su tienda de té. La carta anunciaba la llegada de Katara al Polo Sur poco después y solo los caracteres que representaba el nombre de la persona con la que viajaría lo distrajeron de la alegría que sintió. Porque escrito en caligrafía elegante y tradicional no estaba el nombre de Aang –el Avatar saltarín, sino el de Zuko, el Señor del Fuego. El joven silencioso con la furiosa cicatriz, que había ayudado a Sokka a rescatarlo de la Roca Hirviente.
Hakoda recordó la primera vez que se había encontrado con el joven maestro fuego. Había notado la agilidad y la fuerza con la que el adolescente se movía entre la caótica multitud del patio de la prisión, preparando el escape durante la revuelta, que ese prisionero enorme había comenzado. El ojo experimentado había notado de inmediato un luchador habilidoso, y fieramente dedicado.
Se había sorprendido cuando Sokka le dijo que el muchacho que los ayudaba era de hecho el hijo del Señor del Fuego. Pero, cuando el muchacho se detuvo ante él, un poco cansado y pálido por el tiempo que había pasado en la celda de castigo y vestido pobremente con las ropas sin color de la prisión, Hakoda vio amabilidad y honestidad en los ojos dorados, escondidos detrás del cabello desordenado y la fiera cicatriz. Más tarde, de veras había probado ser muy diferente de su tiránico padre y estaba contento de que él y Sokka hubieran seguido siendo buenos amigos tras el final de la guerra.
La última vez que había visto a Zuko había sido durante su propia toma de posesión como Jefe de la Tribu Agua del Sur. El nuevo Señor del Fuego había sido un huésped extraordinario, uno de los pocos puntos rojos en una multitud mayoritariamente azul y verde. Sin embargo, no parecía importarle que los demás huéspedes lo trataran con cierta precaución.
Zuko no era tan extrovertido como Sokka y prefería estar solo mientras paseaba la vista sobre la multitud con una mirada inescrutable en los ojos. Había permanecido de pie la mayor parte de la velada, rodeado por un pequeño grupo de cortesanos de la Nación del Fuego que acompañaban a su señor. Solo su burbujeante tío, que había disfrutado intensamente las festividades a su alrededor, había provocado una reservada sonrisa de los labios del joven, suavizando sus facciones. Cuando había participado en un baile con Mai, una muchacha noble, negativa y sombría, que por razones incomprensibles para Hakoda era la novia de Zuko, lo había hecho de manera reticente. Las únicas otras veces que había bailado habían sido con Katara.
Aunque su hija y el Señor del Fuego claramente no lo habían notado en el momento, la mirada atenta de Hakoda había visto como se les iluminaban los ojos mientras hablaban y reían ejecutaban las complicadas figuras al compás de las alegres melodías. Habían participado en una hermosa danza de la Nación del Fuego que había suscitado una pasión cuidadosamente escondida en Zuko, mientras la guiaba por movimientos rápidos y enérgicos. Hasta ese momento, Zuko había logrado permanecer inadvertido para las espectadoras que más que nada se habían comido con los ojos al encantador y llamativo Sokka, pero ahora Hakoda notó las numerosas miradas de envidia que recibía Katara mientras Zuko la hacía girar y le sonreía.
Casi de manera natural, Zuko y Katara se habían quedado sobre la pista cuando ya el baile de la Nación del Fuego había acabado y Katara le había enseñado la danza de la Tribu Agua que le siguió, una danza común, que, o había aprendido muy fácilmente, o secretamente ya la conocía.
Y Hakoda nunca había visto de nuevo al joven sonreír tantas veces como durante aquella danza de la Tribu Agua.
Fue con el corazón preso de miedo que Hakoda había esperado la llegada de Katara tras recibir la misiva del General Iroh, temeroso de lo que esa misión que se le había impuesto le habría hecho a su estado ya frágil. Hakoda sabía que en el pasado el joven Señor del Fuego había hecho mucho para ayudar a Katara a superar la pérdida de su madre. Por lo poco que sabía sobre la desaparición de la Princesa Ursa, sospechaba que había cierta similitud en el modo en que ambos jóvenes habían perdidos a esas personas tan importantes de sus vidas y habían creado un vínculo a partir de ello. Parecía como si la solicitud del General Iroh hacia ese vínculo olvidado había persuadido a su hija para que dejara todo atrás en un santiamén para emprender ese viaje. Y eso le preocupaba. Especialmente desde que había notado que el Maestro Pakku parecía particularmente infeliz con el joven maestro fuego.
Cuando el navío de la Tribu Agua había atracado en el puerto, Hakoda había observado con ansiedad a las dos personas de pie sobre cubierta. Las pesadas capas negras se alzaban suavemente con el viento. Katara parecía inclinarse ligeramente hacia su compañero, como si extrajera sostén de su presencia.
Pero, para el infinito alivio de Hakoda, pudo ver que los ojos de su hija, aunque rebosando de lágrimas, destellaban con un brillo que no le había visto en un largo tiempo y un saludable color había reemplazado la palidez del agotamiento.
Hakoda también había notado que una expresión agradecida y calma había suavizado la mirada de Zuko cuando se posó sobre la familia de Katara. Era tan diferente de la ansiosa inquietud de Aang, que siempre lo tenía concentrado en el próximo destino. Y antes de que la vista se le volviera borrosa por un destello de agua que le traía a su hija a sus brazos, Hakoda había pensado: él la está trayendo a casa.
Durante la cena Hakoda había seguido estudiando el comportamiento de Katara minuciosamente y había sentido su preocupación por ella aquietarse con lentitud. Naturalmente, ella estaba cansada por el viaje en barco y parecía ansiosa por alguna razón, miraba a Zuko por debajo de las pestañas cuando pensaba que nadie la veía. Pero, al mismo tiempo, estaba sentada erguida, en cierta forma relajada, liberada de la carga invisible, que la había estado aplastando por tres años. Parecía genuinamente contenta de estar en casa.
La mirada de Hakoda entonces se había posado sobre el joven sentado junto a ella, las comisuras de los labios se le curvaron risueños ante la inusual apariencia del Señor del Fuego. No obstante, también había notado la tranquila atención de Zuko para con su hija, lo cual en verdad lo complacía.
Si tenía que ser honesto consigo mismo, Hakoda había sentido cierta aprehensión de que Zuko acompañara a su hija en el misterioso viaje, por la obvia desconfianza de Pakku hacia el joven. Pero, el Maestro Pakku había sido más sobreprotector de la hija de Hakoda que Hakoda mismo y Hakoda había sentido sus dudas hacia Zuko desaparecer tras notar el cambio que había tenido lugar en su hija. De alguna forma, el joven había podido rescatar a la verdadera Katara de las sombras de la fatiga y se sentía agradecido por ello.
Por eso, había detenido a Zuko tras la cena, para ofrecerle un lugar entre sus propios hijos cuando él estuviera en búsqueda de un buen consejo en asuntos que no pudiera discutir con su tío. Había sido reconfortante ver esos ojos dorados brillar de sorpresa al mismo tiempo que aceptaba tímidamente la oferta.
Y Hakoda había sonreído cuando el joven maestro había dejado la habitación, porque si sus sentimientos no lo traicionaban en el asunto, también presentía que había un asunto que Zuko no le consultaría, no podía consultarle.
Con un ligero alivio, Hakoda observaba a las tres personas abajo, alegrándose de saberlas a salvo. Aparentemente, el Maestro Pakku había sucumbido al pedido del General Iroh de que ayudara a Zuko y a Katara en su misteriosa búsqueda. Una búsqueda que Hakoda todavía no sabía cómo interpretar.
El anciano había estado reticente a acceder al pedido de su Gran Maestro, pero al mismo tiempo había reconocido de mala gana la necesidad de hacerlo. Aunque le indignaba la tarea de los jóvenes de encontrar a la Princesa Ursa, por considerarla ridículamente sentimental y una trampa emocional para su nieta.
Cuando Hakoda le preguntó a su madre acerca de ello, Kanna le aconsejó que hiciera su mejor esfuerzo para no subestimar el amor del Maestro Pakku ni por su nieta ni por su Orden. Eso lo hizo pensar sobre la naturaleza de esa misión al mismo tiempo que recordaba al Maestro Pakku murmurando entre dientes mientras enrollaba el pergamino con movimientos furiosos.
-No están listos. ¿Cómo se atreve a poner en peligro la Orden de esa manera?
Aunque había tratado de entender, Hakoda todavía no podía comprender el vínculo entre la desaparecida Princesa del Fuego y la Orden del Loto Blanco. Pero el asunto inesperadamente despertó un recuerdo en su interior.
Había sido una noche a principios de verano cuando el sueño le era esquivo y había estado de pie en el mismo lugar donde se encontraba en ese momento. La noche había estado relativamente cálida y la luna completamente velada por las nubes cuando salió sin su parka, saboreando la brisa fresca sobre su piel bajo la camisa de seda.
Mientras paseaba la vista sobre la ciudad durmiente, su mirada fue atraída a una silueta que apareció en el patio a sus pies. Se había sorprendido de reconocer al Maestro Pakku, que miraba alrededor con cautela.
Inconscientemente, Hakoda había retrocedido un paso, sabiendo que era testigo de algo que estaba destinado a que nadie viera, e inmóvil, esperó, preguntándose qué estaría haciendo su padrastro ahí abajo en esa hora tan intempestiova.
El Maestro Pakku había estado de pie inmóvil, con los ojos fijos en la pequeña puerta que conducía a uno de las entradas menores del palacio. Él también estaba esperando. Finalmente, Hakoda vio un brillo suave aparecer en la puerta, el resplandor se volvía más fuerte a medida que se acercaba.
Entonces los vio: un grupo pequeño de gente, hombres y mujeres, todos vestidos con batas azul oscuro y collares blancos. La Orden del Loto Blanco. Hakoda los estudió a medida que se acercaban al Maestro Pakku con un paso rápido y silencioso e inclinaron la cabeza respetuosamente cuando lo alcanzaron.
El joven al frente de la procesión llevaba una caja tallada de madera que era la fuente del resplandor, y Hakoda se sintió embargado por una extraña sensación de paz cuando sus ojos se posaron sobre el misterioso objeto. La gente silenciosa detrás del joven parecía irradiar algo del brillo que se originaba en la pequeña caja. Todos parecían espíritus que habían descendido del Mundo de los Espíritus a su patio trayendo varios atributos con ellos.
Hakoda entornó los ojos ante el espectáculo. Parecía como si cada uno de ellos sostuviera un componente de los cuatro elementos.
Notó un tazón de granito en las manos robustas de un maestro tierra, y que una mujer de la Tribu Agua del Norte con facciones arrugadas llevaba un lazo de agua reluciente.
Luego su mirada se entretuvo sobre una joven mujer pálida con cabello sedoso, negro como la tinta y ojos almendrados, que llevaba una pequeña llama que parecía parpadear en una corriente de aire artificial que alimentaba la llama. Tenía un porte elegante y calmo, mientras mantenía con delicadeza la llama en sus manos y la miraba con devoción y concentración tiernas. La suave línea de sus pómulos le daba un aspecto amable. Conmocionado, Hakoda entonces se percató de que ella era una maestra fuego. Y probablemente también una noble.
Por un momento, Hakoda contempló la posibilidad de darse a conocer a la pequeña procesión, para confrontar al viejo maestro agua con el hecho de que lo había atrapado mientras usaba el palacio para algo que obviamente el Jefe no debía saber. Pero algo en la expresión seria y casi de reverencia de sus rostros lo retuvo mientras un miedo inexplicable lo embargaba por si acaso se atreviera a ponerse a la vista de Pakku.
Por lo tanto, Hakoda había permanecido en las sombras de su escondite y el Maestro Pakku había procedido a conducir a las personas hacía la puerta por donde había parecido más temprano esa misma noche.
Formando una pequeña fila de gente, los hombres y mujeres fueron entrando al palacio detrás del anciano maestro agua. Hakoda siguió contemplando a la mujer que sostenía la llama mientras se acercaba a la puerta secreta. Su sedoso cabello negro a veces se inflaba con la corriente de aire que circulaba alrededor de la llama, y parecía como si en realidad estuviera manipulando dos elementos. Un pensamiento inconexo se abrió paso por su mente: tal vez así era como el Maestro Pakku había resuelto el problema de no tener un maestro aire a disposición. Despectivamente, Hakoda sacudió la cabeza y sus ojos siguieron la fuente del resplandor mientras desaparecía en el interior. La ausencia del brillo súbitamente lo dejó con una sensación de vacío en su interior, que no podía explicar.
Se estremeció y fijó los ojos en la gente resplandeciente que desaparecía una a una, hasta que de repente la mujer que llevaba el fuego alzó la vista y Hakoda enfrentó una mirada suave y ligeramente melancólica. Hakoda se había paralizado bajo el contacto visual repentino y mientras se miraban fijamente notó que los ojos de ella habían brillado con un dejo de risa. Era como si la maestra fuego encontrara secretamente gracioso que el mismísimo Jefe descubriera la operación secretísima de Pakku y los observara en silencio mientras se escabullían en su hogar. Sutilmente había curvado sus labios en una sonrisa discreta y agradecida dirigida a la oscura y alta silueta de pie sobre la terraza y finalmente Hakoda le había correspondido.
Entonces ella también desapareció en el interior.
Ahora, Hakoda reconocía el brillo ligero que irradiaban Katara y Zuko como el mismo brillo que rodeaba en aquel entonces a aquellos misteriosos miembros de la Orden.
También notó un cambio distintivo en ellos, como si toda la inseguridad, tan característica de los jóvenes, hubiera sido borrada, y la hubiera reemplazado una calma y una determinación nuevas. Fuera lo que fuera que el Maestro Pakku les hubiera mostrado, de hecho no había tenido opción más que mostrárselos, había cambiado a su hija y al Señor del Fuego para bien.
La noche empezaba a caer y algunos copos de nieve giraban en su descenso, a medida que el viento se hacía más fuerte. Mientras Hakoda meditaba sobre las diferencias en los aspectos de Katara y Zuko, el sonido débil de una campana tañendo llegó al palacio, y Hakoda alzó la vista con la mirada atenta.
Sabía el significado de ese sonido. Esa noche el puerto cerraría para todos los barcos que intentaran llegar al Polo Sur y por los próximos meses, la Tribu Agua del Sur permanecería cerrada para el resto del mundo.
En ese momento, Zuko alzó violentamente la vista hacia el cielo que oscurecían, sus ojos pasaron de Hakoda, conmocionados, mientras el Maestro Pakku parecía explicar el significado desalentador del repique de las campanas, a saber que estaban atrapados en la Tribu Agua del Sur.
El estómago de Hakoda dio un vuelco. Un par de ojos almendrados, suaves, a pesar de la expresión de horror en ellos, lo miraba. Enmarcada por un rostro pálido, la suave línea de los pómulos rodeada de cabello sedoso y negro como la tinta. Hakoda retrocedió un paso cuando la noción realmente llegó a él.
-No –susurró conmocionado-, no puede ser.
-¿En verdad? –La voz de una anciana sonó de repente pero con calma a sus espaldas y se giró para encontrarse con su madre que le sonreía divertida.
-¿Por qué no me di cuenta antes? –Inquirió Hakoda con los ojos todavía como platos.
Había diversión en los arrugados ojos de Kanna cuando lo miró.
-Ah, la percepción. Yo diría que todos los destinos se enlazan en este punto y nada es coincidencia. Ahora ven –de súbito, su voz se volvió severa-. Mi nuera seguramente no hubiera aprobado que estuvieras espiando a los niños.
Katara sintió el viento crudo soplar contra su rostro, el cabello le cortó la piel ya fría al girar. Sentía como si alguien los hubiera estado observando, pero cuando alzó la vista no pudo ver más que oscuridad.
Mientras se hundía en la parka, Katara oyó el débil tañido de una campana empezando a repicar, lejos, en el puerto. Solo llegaban al palacio fragmentos del sonido, llevados por el viento. Entornó los ojos y se preguntó que significaba la campana. Jamás la había oído antes.
Pero el Maestro Pakku frunció el ceño de repente y su expresión se volvió rígida cuando los sonidos vagos alcanzaron sus oídos.
-Esto no es bueno –determinó y por primera vez en su vida, Katara descubrió una cierta agitación en la voz de su abuelo-. La campana indica que el puerto está cerrando por el invierno. Nadie puede entrar o salir de la ciudad ahora. No hasta la primavera.
Katara y Zuko agrandaron los ojos. Sin palabras, se miraron, el pánico comenzaba a inundarlos a medida que se daban cuenta de lo que eso significaba. Estaban atrapados en el Polo Sur.
Incluso si Zuko se las arreglaba para hacer llegar un mensaje al puesto más cercano de comercio de la Nación del Fuego, les llevaría semanas a los maestros fuegos derretir un camino hasta la ciudad. Para entonces el invierno ya habría llegado y sería demasiado tarde. La Orden del Loto Blanco habría caído, con efectos desconocidos para el mundo.
Con pánico absoluto, Zuko miró el cielo embravecido. Sus ojos dorados se fijaron sin ver esa nada grisácea y oscura, mientras trataba de controlar el horror. Había acabado. Todo había sido para nada. Ya no importaba que Aang hubiera derrotado al Señor del Fuego. La Orden del Loto Blanco estaba perdida. Y mientras su rostro se contorsionaba de agonía, sabía que esto también significaba el final de su viaje con Katara.
La nevada pronto se convirtió en tormenta, y el viento helado le tironeaba de la parka, cuando cerró los ojos contra la dolorosa sensación de la nieve cortándole la piel. Lo distraía de la exasperación que ahora corría por su cuerpo mientras miraba ceñudo los cielos plomizos que cubrían el Polo Sur.
Entonces lo vio. Un punto negro, apenas visible contra el vorágine oscuro de copos de nieve girando, acercándose a la ciudad con velocidad anormal. Frunció el ceño y trató de enfocar la vista en el objeto volador no identificado. En ese momento, una descarga lo recorrió.
Katara sintió que Zuko se movía a su lado y también alzó la vista. Agrandó los ojos como platos.
Entonces simultáneamente echaron a reír con ganas.
-¡Es Appa!
N/A: ¡Muchas gracias a todos por los encantadores comentarios que recibí en el capítulo anterior! Me halaga escuchar que muchos de ustedes sientan que la historia encaja con el programa.
Este capítulo es en gran parte sobre Hakoda. Me gusto explora su punto de vista como padre y Jefe de la Tribu Agua del Sur. Respecto a esto, me gustaría agregar que Hakoda no ha estado siguiendo a Katara. Simplemente está parado en el lugar de siempre y sucede que ve a Zuko, Katara y al Maestro Pakku aparecer en el patio. Pero mientras está allí, naturalmente se queda a ver si los jóvenes están bien, sabiendo la actitud reticente del Maestro Pakku hacia la misión.
Quiero agradecerle a mi beta Lieta por su apoyo.
¡Gracias por leer y hasta la próxima semana!
NT.: ¡Hola! ¡Sí, estoy viva! El vocabulario de este capítulo, la facultad y mi nueva obsesión por Justicia Joven (veánlo) me obligaron a tomarme un tiempo, pero más que nada la facultad... jaja, pero con orgullo puedo decir que estoy de vacaciones hasta abril. :D
Y cómo regalo de Navidad acá tenemos el capítulo 20 :) El próximo no va a tardar tanto, lo prometo.
¡Funny-life, patousky, Bell-Star, HeeroRoot,RashelShiru y Ainums GRACIAS POR LEER Y COMENTAR! Que en estas fiestas reciban todo los que desean más diez actualizaciones de sus historias favoritas :)
¡Felices Fiestas para todos!
PD. ¿No puedo creer que estemos tan cerca de los 150! ¡Parece que sale fiesta junto con la de fin de año! :D
