MI PRINCIPE ENCANTADO
Hola chicas aquí les traigo una adaptación de la novela de Julie Garwood con los personajes de Inu-Yasha de sensei Rumiko
Así que ACLARO: esta historia no es mía, pero cuando la leí solo pude imaginarme a Sessho y a Kag en estos personajes jejeje :)
SI VEN PALABRAS SEPARADAS ES CULPA D FANFICTION NO MIAS JEJEJEJEJEJE
DILCULPEN CHICAS POR NO RESPONDER COMO ANTES DE NUEVO SOLO QUE SI NO SUBO EL CAP. SE QUE ME MATAN NO HE TENIDO TIEMPO MIL DISCULPAS A TODOS LOS QUE LEEN.
GRACIAS POR SUS REVIEWS A IOSI E IUKI, HEKATE AMA, MIA, JAVITA0SAN, LLYL, AKYMAYSESSHOMARU, LADY ADRIANA DE GRANDCHESTER, MADELINEMARIPOV, AZULDCULLEN, JOS Y A NATSUMI NO CHIHARU! EN EL ANTERIOR CAP.
SALUDOSSSSSS
Cap. 20
El amor no mira con los ojos, sino con la mente.
Shakespeare
Las alegres comadres de Windsor
Kagome analizó seriamente la posibilidad de de morar la partida por un día más. Preparar el equipa je incluyendo todas sus adquisiciones iba a llevar más tiempo de lo que había calculado. Las gemelas se metían en todo, haciéndole la tarea diez veces más difícil. Rin había convertido en casita de jugue te uno de los baúles comprados por Kagome, y Lin saltaba sobre todo lo que no se moviera. Entre am bas pusieron a prueba la paciencia de la joven; al mediodía estaba convencida de que no sería posible terminar con todo. Dio de comer a los niños, acostó a las gemelas para que durmieran la siesta y retomó el intento de organizar sus cosas. Daniel, que ese día se llamaba David, le prestó ayuda.
Kagome trataba de no pensar en Sesshomaru. Por dos ve ces, durante la mañana, los ojos se le llenaron de lágri mas sin motivo aparente. Por fin admitió la fastidiosa verdad: lo echaba de menos. Oh, cómo se arrepentía de no haberle hecho decir todo sobre el hombre al que iba a perseguir. Su preocupación no habría sido tanta si hubiera conocido todos los datos. Suponía que Sesshomaru iba tras un hombre buscado por la ley, es decir, peligro so; cuanto más pensaba en eso, más se afligía.
Sus temores se multiplicaron al recibir un telegrama de Goshinki, el banquero de Boston, en el que le comunicaba que su tío Naraku había solicitado ante los tribunales la anulación del testamento de su madre, aduciendo como vergonzoso motivo que ella estaba mentalmente incapacitada y bajo una terrible tensión. Goshinki agregaba que, mientras la corte no dictami nara, no se podrían tocar los depósitos hechos en Ingla terra. Los asesores legales de Naraku tenían más difi cultades para obtener la colaboración de los bancos norteamericanos.
Sango, que acababa de entrar en la habitación cuando llegó el telegrama, quedó alarmada ante la noti cia. Para Kagome no fue ninguna sorpresa, pues había previsto que su tío utilizaría todas las tretas posibles pa ra evitar que el dinero se escurriera entre sus dedos co diciosos. En cambio, le llevó algunos minutos imaginar cómo había hecho Goshinki para localizarla; por fin re cordó que había dado su dirección provisional al banco de Cincinnati, al efectuar la transferencia de una parte de sus fondos.
La noticia de su paradero viajó con increíble veloci dad. Apenas había tenido tiempo de acordar con Sango que postergarían la partida hasta el día siguiente cuando le entregaron un segundo telegrama. Ése no le provocó sorpresa, simplemente, la asustó a muerte. Lo enviaba Naraku, para informarle que había solicitado la custodia de sus sobrinas-nietas a los tribunales londinenses, que acababan de otorgársela. Por lo tanto, enviaría a una escolta armada para que se hiciera cargo de las gemelas y las llevara a Inglaterra, donde él pudiera vigilarlas.
-¿Cómo supo lo de Rin y Lin? -preguntó Sango-. Tú tenías la esperanza de que no se entera ra de la muerte del padre, ¿verdad?
-Ha hecho sus deberes-susurró Kagome, tan pre sa de pánico que le temblaban inconteniblemente las manos-. La Señora mencionó a las gemelas en su testamento. Dejó para ellas una suma considerable. Naraku ha de pensar que, como tutor de ambas, podrá manejar esa herencia. Oh, Dios, no conozco las ramificaciones legales. Las autoridades de este país, ¿le ayudarán a apo derarse de las niñas? ¿Hay algún tipo de acuerdo entre los tribunales norteamericanos y los de Inglaterra?
-Tendremos que averiguarlo -resolvió Sango-. Cuando lleguemos a Redención. En quince mi nutos estaré lista para partir.
Media hora después abandonaban el hotel. Kagome dejó una nota para Miroku, sacó los pasajes en la esta ción y, en menos de una hora, todos iban rumbo al Territorio de Montana.
Miroku pasó el día recorriendo la ciudad en busca de un alojamiento conveniente. Cuando volvió al hotel, ya avanzada la noche, se enteró de que Kagome se había marchado. Tuvo que leer dos veces su nota antes de convencerse. Esa idiota le agradecía su amabilidad, es pecificaba que había pagado la habitación que había utilizado él y concluía la carta invitándolo a cenar con ella, Sango y los niños, una vez que estuvieran insta lados en su nuevo hogar de Redención.
Convencido de que ella había perdido la cabeza, Miroku preparó su maleta y, dejando una nota para Sesshomaru a cargo del personal del hotel, partió a la carrera para tomar el tren siguiente.
Su humor era negro como la noche. Kagome y su enfermiza amiga estaban chifladas. ¿En qué cuernos es taban pensando? Habían perdido la chaveta, sin duda alguna. Cuando terminara de decirles lo que pensaba de ese absurdo plan, ajustaría cuentas con el verdadero culpable: Taisho. Por Dios, toda amistad tiene sus lími tes, y eso de correr tras dos mujeres dementes iba mu cho más allá. Si esa castaña volvía a vomitar sobre él, la única manera de saldar la cuenta sería vérselas con Sesshomaru a punta de pistola.
Cuando abordó el tren de medianoche, estaba ira cundo. Había llegado a la conclusión de que su amistad con Sesshomaru Taisho había sido un error desde el principio. Si hubiera sido posible volver a los comienzos, nunca jamás habría robado ese cuchillo inútil y desafilado. Kagome y su grupo tardaron ocho semanas enteras en llegar a Redención. Primero fueron en tren hasta Sioux City, lowa. Allí permanecieron dos días, para que los niños pudieran correr y jugar mientras Kagome compra ba algunos artículos de suma necesidad. El primero de su lista era una carreta grande. Las había en abundancia, por lo que tardó muy poco en completar la transacción. Mucho más difícil fue hallar cuatro caballos fuertes. Tardó bastante en escoger. El precio era absurdo, pero ella sabía que, si esperaba a estar en Fort Benton para hacer sus compras, el costo se elevaría por los cielos. Miroku los alcanzó justo cuando abordaban el pa quebote llamado Colmillo Sagrado. Kagome lo había escogido porque llevaba tanto pasajeros como carga. Un camarote costaba la exorbitante suma de ciento vein ticinco dólares, cosa que puso bien en claro cuando Miroku trató de hacerla regresar.
Cuando acabó de explicarle sus planes de criar a los niños en Redención, en la mejilla del pobre hombre había aparecido un tic bastante notable. Fue entonces cuando él trató de arrastrarla, con Sango y los tres pequeños, de nuevo hacia la estación ferroviaria.
No le importaba cuánto dinero hubiera gastado ella en llegar hasta allí. Hasta le sugirió que lo echara '' todo a la basura". Cuando Sesshomaru la atrapara no le haría ninguna falta. Las muertas no necesitaban efectivo, concluyó con una mirada fulminante.
Kagome no se dejó impresionar por esa táctica de amedrentamiento.
-Puede ayudarnos o abandonarnos: elija usted -anunció-. Claro que nos encantaría contar con su compañía -tuvo la gentileza de agregar-. ¿No es así, Sango?
Su amiga soltó un bufido. Miroku comenzó a po nerse rojo. Sango se acercó a él, con los brazos cruzados contra esa cintura que empezaba a engrosar a ojos vista, y dijo:
-De un modo u otro, vamos a Redención.- Kagome rezaba pidiendo que el hombre decidiera acompañarlas. Les haría mucha falta su ayuda, su fuerza y su protección. Dio un codazo a su amiga para que no siguiera mirándolo de ese modo.
Pero la castaña no pensaba retroceder.
-Nos gustaría mucho contar con usted, sí -di jo-, pero...
-Pero irán igual, o no? -le espetó Miroku.
Ella asintió. Reconociendo la derrota, él alzó las manos en un gesto de desesperación y fue a reservar su propio camarote.
Esa noche, cuando Kagome y los niños ya estaban acostados, Sango subió a cubierta para tomar un poco de aire fresco. Como el camarote de Miroku estaba justo frente al suyo, él la oyó salir y fue tras ella, para cuidar de que no se metiera en problemas. Una mujer tan bo nita no dejaría de llamar la atención. Bastaban veinti cinco dólares para viajar en el paquebote, siempre que uno estuviera dispuesto a dormir en cubierta y alimen tarse con sus propias provisiones. Siempre había hom bres de baja estofa que navegaban de ciudad en ciudad, buscando dinero fácil, y para ellos Sango sería un pre cioso bocado. Ella era demasiado bien criada como para saber defenderse de los borrachos. Además, puesto que era amiga de Kagome, no debía tener una pizca de sentido común. Mientras Sesshomaru no se reuniera con ellos, Miroku se consideraba en el deber de cuidarlas.
Sango se había reclinado contra la barandilla para contemplar las estrellas. En cubierta, al otro extremo, dos hombres fumaban sus cigarros, observándola. Ella no parecía enterada. Uno de los hombres hizo ademán de levantarse. Miroku se acercó, interponiéndose entre Sango y sus babeantes admiradores y el hombre volvió a sentarse.
No se lo podía criticar por mirarla así. Esa noche Sango era digna de ser contemplada. Se había quita do las hebillas, dejando los cabellos sueltos, y estaba hermosa. Miroku recordó con dificultad que esa mujer no le inspiraba ninguna simpatía. De cualquier modo, no sirvió de nada. Aún sentía deseos de deslizar los dedos por entre ese cabello denso y llamativo.
-Ha hecho mal en subir sola, Sango. -Delibe radamente usó un tono amedrentador, para inducirla a pensar un poco.
-¿Había visto usted tantas estrellas, señor Miroku? -Sí -respondió él, conteniéndose para no son reír-. ¿Cuándo ha decidido dejar de tenerme miedo? Ella respondió sin mirarlo.
-Cuando descubrí que usted me tenía un poco de miedo a mí.
Él se reclinó contra la barandilla, contemplando el cielo.
-Se equivoca, señora. Yo nunca le he tenido miedo. Ella no pensaba discutir. La noche era demasiado hermosa para echarla a perder con disputas. Apoyando los codos en la borda, se quedó mirando la noche.
-Dice el capitán que recorreremos ciento sesen ta kilómetros diarios.
-Todas las mañanas tendremos que detenernos a cargar leña. Dado el tamaño de este barco, calculo que necesitaremos entre noventa y ciento diez metros cúbi cos de madera por día.
-¿Podremos desembarcar para estirar las piernas mientras se carga la leña?
-Sí -respondió él-. ¿Cuándo debe nacer su bebé?
Ella dilató los ojos ante la pregunta. Por lo visto, el señor Miroku había detectado el abultamiento de su vientre.
-En septiembre.
Pasaron cinco minutos largos sin que ninguno de los dos dijera otra palabra. No fue un silencio incómo do. Miroku cambió de posición y su brazo quedó ro zando el de Sango. Ella no se apartó.
-¿Su esposo llegó a saber que usted estaba em barazada?
-Sí.
-¿Tiene usted idea de las dificultades que le espe ran? Dar a luz en el páramo será difícil, Sango. Si hace falta la ayuda de un médico, no la tendrá. Dependerá de sus propios recursos y, si se presentan compli caciones, nadie podrá solucionarlas.
-¿Trata deliberadamente de asustarme? -pre guntó ella.
-Aún estamos a tiempo de regresar. Trato de ha cerle comprender que estará mejor en la ciudad.
Parecía sinceramente preocupado por ella. Sango empezaba a sentirse culpable por haberle mentido sobre su estado civil. Miroku era un hombre bueno y decente. Ella lo había visto ayudar en la búsqueda de los niños.
Le había mentido para que no pensara mal de ella. Y eso no hacía sino agravar su culpa. La confundía su propia actitud ante ese hombre. Su reacción le importaba más de lo que estaba dispuesta a admitir. El la atraía, quizá por ser tan fuerte. Ella siempre se sentía insegura, mientras que él era una persona imponente, casi intimidante, con esos ojos violaceos y esa expresión ceñuda. Tenía el pelo largo, casi hasta los hombros, tan negro como las panteras y amarrado en una coleta. Se parecía a ese magnífico felino, por sus movimientos elegantes.
Sólo cayó en la cuenta de que lo estaba mirando fijamente cuando él se lo hizo notar. Entonces se disculpó.
-El señor Taisho mencionó que su abuela era in dia, señor Miroku.
-Sí.
-Me preguntaba si... -¿Sí?
-¿Todos los indios son tan apuestos como usted? Se ruborizó en cuanto lo hubo dicho. Se sentía tonta e ignorante. Soltera y embarazada. ¿Tenía que actuar como una colegiala estúpida?
-He hecho mal en decirle eso. Ha sido un terri ble atrevimiento por mi parte, pero sin mala intención -agregó precipitadamente-. Además, usted debe de estar habituado a que las mujeres le digan...
-¿Su esposo era apuesto?
Miroku no había podido explicar el porqué de esa curiosidad por el difunto marido; también sabía que no era correcto interrogarla sobre él. Cuando la pobre todavía guardaba luto, él la obligaba a desenterrar re cuerdos dolorosos.
-No era apuesto -respondió ella-. Pero el amor es ciego, como decía William.
-¿Eso decía él? -se extrañó Miroku, deduciendo que William era el difunto esposo-. No estoy muy seguro de que eso sea cierto.
-Claro que es cierto. Lo escribió William.
Él se encogió de hombros. Entonces ella hizo una pregunta:
-¿Le importa la opinión que otros tengan de usted? -No.
-A mí sí -admitió ella. Y se apresuró a acla rar-: Sólo a veces. Y me importa la opinión de ciertas personas, no de todas-. "Por eso miento", completó para sus adentros, suspirando. De pronto, habría pre ferido que Miroku no la creyera casada. "Mi culpa es más fuerte que mi fuerte intención" -susurró, repi tiendo una de sus citas shakespearianas favoritas. -¿Qué ha dicho usted?
Ella repitió la frase y agregó:
-No son palabras mías, sino de William. Miroku decidió que su esposo habría sido algún tipo de erudito intelectual. Seguramente no habían pa sado mucho tiempo juntos, pues ella era muy joven. Pero lo amaba, sin duda. De otra manera no habría memorizado todas sus palabras. Cuanto más la miraba, más citaba ella al inglés.
-A ellos no les importará que usted esté de luto -le advirtió-. Los hombres vendrán a verla y se pe learán por conquistarla.
-No me casaré jamás.
-¿Que no se casará de nuevo, quiere decir?
-Sí, por supuesto. De nuevo.
Hablaba con vehemencia. Él habría querido disua dirla. El hecho de que hubiera amado apasionadamente a un hombre no significaba que no pudiera volver a amar.
-Las mujeres son escasas allí donde usted va -se ñaló-. Caramba, la gente misma es escasa. Va a sentir se sola. Apuesto a que dentro de un año estará casada. Acuérdese de lo que le digo.
Ella emitió un bufido muy poco elegante. Luego cambió de tema.
-¿Hay muchas mujeres en Redención?
-En la ciudad, no. Pero hay dos a una jornada. No parecía estar bromeando.
-¿Sólo dos? -se extrañó ella.
-Mamá Browley y su hermana, Alice Browley, que están pisando los sesenta años.
-¿Y los colonos?
-¿Qué pasa con ellos?
Sango suspiró. El señor Miroku comenzaba a ponerse nervioso. Ella se preguntó qué habría causado su cambio de humor. Durante varios minutos se había mostrado muy simpático. Ahora volvía a ser agrio.
-Lo más probable es que usted muera en esos lugares.
-Tal vez -concordó ella-. ¿Qué puede impor tarle, señor?
-No me importa.
Ella se apartó de la barandilla.
-Soy fuerte, señor Miroku. Tal vez se lleve una desilusión.
Y volvió a su camarote, dejándolo apoyado contra la borda.
Los días y las noches seguían un patrón fijo. Todas las mañanas el Colmillo Sagrado se detenía a cargar la leña para la jornada. Generalmente el capitán podía comprar la necesaria a ciertas familias emprendedoras que ya la tenían cortada y apilada. Otras veces solicitaba a los pasajeros varones que ayudaran a cortar y acarrear.
A los niños se les permitía desembarcar para jugar en la orilla. Pocos días después, Miroku puso fin a esa activi dad con una sola palabra de explicación a Kagome: víboras. Inmediatamente la joven llevó a los pequeños a bordo.
No era nada fácil vigilar a las dos mujeres. Eran mucho más bonitas de lo que les convenía. Atraían a los hombres como los perros atraen a las pulgas. Gracias a Dios, Kagome llegaba exhausta a la noche y se acostaba a la misma hora que los niños. El problema era Sango, que a esas horas se sentía inquieta y le gustaba subir a cubierta. Miroku siempre la seguía y siempre termina ba discutiendo con ella. Era inevitable que la muchacha volviera al camarote enfurruñada. Mejor para él. Ya es taba harto de las inteligentes palabras de su William. Ese hombre debía de haber sido un insoportable pom poso. A Miroku no le gustaba el lenguaje florido. Si uno tenía algo que decir, lo decía sin más vueltas.
Una soleada tarde de lunes, el mestizo notificó al capitán que su grupo abandonaría el paquebote por la mañana. Luego fue a indicar a Kagome que preparara el equipaje.
-¡Pero si todavía estamos lejos de Fort Benton! -informó ella.
Miroku sólo tardó uno o dos segundos en com prender que no era una broma. Entonces se enfureció.
-¿Usted pensaba navegar hasta Fort Benton y luego viajar en carreta hasta Redención?
Kagome corrió hacia su maleta para sacar el mapa y lo agitó frente a la cara del hombre.
-Según se ve aquí, es preciso llegar hasta Fort Benton y luego retroceder.
Él le arrebató el mapa y le echó un vistazo. Parecía dibujado por un borracho. Había fuertes a lo largo de todo el Missouri, pero allí sólo figuraba uno.
-¿Quería retroceder más de ciento sesenta kiló metros?
-No, por supuesto, pero, a falta de senderos ade cuados, me pareció que... ¿Se puede tomar un atajo?.- Miroku giró en redondo para marchar hacia la puerta. Si se quedaba un solo minuto, acabaría gritán dole. Esa mujer no sabía siquiera a dónde iba. -Prepárese -murmuró, mientras salía.
A la mañana siguiente, mientras Kagome vigilaba a los niños, la tripulación del Colmillo Sagrado desembarcó los caballos, la carreta, los baúles, los cajones de embalaje
y las maletas. Después de contar los bultos, Miroku deci dió que necesitarían una carreta más. En Jilly Junction consiguió una adecuada y repartió el peso entre las dos. Los caballos escogidos por Kagome no lo hacían nada feliz, pero después de estudiar los que se podían comprar en Jilly, decidió conservar aquéllos. Una yunta de bueyes ha bría sido mucho más conveniente para esa carga.
El viaje en carreta hasta Redención requirió más de una semana. El paisaje era estupendo. Por todas partes reinaban los colores de la primavera. Había flores rosadas, rojas, purpúreas, anaranjadas y blancas diseminadas sobre una alfombra de lozano verdor. La belleza de ese territorio tenía sobrecogida a Kagome, que recogía todas las tardes una muestra de las flores que nunca antes había visto. A la hora de la cena, Miroku le decía sus nombres. A veces las llamaba, simplemente, flores silvestres. Pero la zona no tenía nada simple. Era un calidos copio de color. Kagome se sentía como si estuviera en el paraíso. A cada recodo del camino había algo nuevo y maravilloso que ver y apreciar. A veces la belleza era tal que se le llenaban los ojos de lágrimas y su voz se redu cía a un susurro.
Los niños estaban asombrados por los animales con que se encontraban. Un venado los hizo reír por sus gigantescas orejas. Rin persiguió a una gacela de cola blanca y Daniel se jactó de haberse acercado tanto que estuvo a punto de tocarle el anca.
El aire también afectaba a Kagome. Era tan puro y cristalino que mareaba, y le inspiraba una paz enor me. Aunque no conocía Redención, ya la considera ba su hogar.
Había algunos factores irritantes, por supuesto. El primer día usó guantes blancos para protegerse las ma nos, pero aun así las riendas le despellejaron los dedos.
A la mañana siguiente se puso un viejo par de guantes de trabajo que pertenecían a Miroku. Eran demasiado grandes y muy poco atractivos, pero a ella le encantaron.
Daniel era dulce y nunca se quejaba, pero eso acabó el día en que Kagome puso a Rin en la carreta de Miroku, para que viajara con él durante la mañana. Lin quería sentarse junto a su madre y llevarlas riendas un rato. El niño, que no podía estar en dos sitios al mismo tiempo, se lanzó en una rabieta digna de aplausos. Esa muestra de carácter dejó atónita a Kagome. El chico, fu rioso al ver que ella no cambiaba de idea, dio una pa tada a la rueda con el pie descalzo y soltó un aullido de dolor capaz de ahuyentar a un oso. Kagome se lo sentó en el regazo para apaciguarlo, mientras Sango le frotaba el pie para calmar el dolor. Sólo que él no se dejó apaci guar. Quería que las cosas se hicieran a su modo. Acabó sentado en la parte trasera de la carreta de Kagome, sin hablar con nadie durante una hora, por lo menos.
En el fondo, esa conducta alegró a Kagome. Obvia mente ya se sentía a salvo y no veía peligro en bajar la guardia. Por fin dejaba de comportarse como un per fecto caballerito, para permitir que emergiera su verda dero modo de ser. Daniel podía ser tan fastidioso como cualquier niño de siete años, para gozo de Kagome:
Después del segundo día Miroku tuvo que cargar con Rin. Sólo a la cuarta mañana comprendió que Kagome lo hacía adrede. La pequeña se apretaba a su lado en el pescante, con la muñeca de trapo en el rega zo, y hablaba desde el momento en que iniciaban la marcha hasta que se detenían para almorzar. A esa hora él ya sentía deseos de amordazarla. Por la tarde, Rin viajaba con Kagome y siempre dormía una larga siesta con su hermana.
Tanto a Sango como a Kagome les encantaba el a tardecer, pues significaba que faltaba un día menos para llegar a destino. Juntas preparaban la cena en la lumbre que Miroku encendía para ellas. Como eran muy malas cocineras, sólo preparaban platos sencillos. Kagome freía bizcochos todas las noches; no estaban mal del todo, si se los cargaba con mermelada de fresas. Sango freía y quemaba los peces que Miroku pescaba y limpiaba. Generalmente eran truchas, increíblemente deliciosas. Luego agregaban las manzanas que habían llevado y cual quier otra cosa que les resultara fácil de cocinar.
Daniel y Rin comían todo lo que Kagome les pusiera delante. Lin era la melindrosa: si en su pla to había algo que tocara otro tipo de comida, no lo probaba. Si por casualidad le ponían el bizcocho demasiado cerca del pescado, las dos cosas quedaban sin comer. También era exigente con las manzanas: Kagome tenía que mondarlas, quitarles el centro y cor tarlas en cuatro partes, como había hecho la primera vez. ¡Y Dios no permitiera que Lin sintiera los de dos pegajosos! Esa criatura, habitualmente dulce, chillaba como un demonio hasta que le lavaban y secaban las manos.
Cada uno de ellos tenía su propia peculiaridad. Sango solía experimentar una oleada de energía en cuanto se ponía el sol. Daniel seguía empecinado en dormir abrazado a sus botas, y Rin parloteaba has ta quedarse dormida. El sonido de su voz era su propia canción de cuna.
Miroku se ponía pesado todas las noches. Consi deraba su deber recordarles, una vez más, que aún esta ban a tiempo de regresar. Como Kagome y Sango no estaban de acuerdo, él perdía la paciencia.
Al terminar la jornada Kagome solía estar bastante dolorida. Parecía tener fuego en los músculos de los hombros y la espalda. A esas horas no quería escuchar los comentarios de Miroku sobre la estupidez que esta ba cometiendo. La noche antes de llegar a Redención, su paciencia estalló. Le dijo que estaba segura de haber envejecido por lo menos veinte años y de estar conver tida en un espantajo. Que le dolía todo, desde la cabeza hasta la punta de los pies. Por sus dolores y su aspecto no podía hacer nada, pero sí por la conducta de Miroku: si él no dejaba de recordarle que estaba chiflada, la obligaría a actuar como tal.
En su aflicción no se le ocurrió nada con que amenazarlo. De cualquier modo, él no le habría creído. Por lo tanto, giró en redondo para volver a su carreta. Estaba tan dolorida que sentía deseos de llorar, pero no pudo permitirse el lujo, que habría requerido demasia das energías.
Miroku debió de comprender que había sido de masiado duro con ella, pues a la mañana siguiente no la despertó con una sacudida al rayar el alba. Permitió que ella y Sango durmieran hasta pasadas las nueve. Las despertó la risa de Rin.
Sango se quedó en la carreta para lavarse y ves tirse, pero Kagome se puso una bata y salió en busca de los niños. No le fue difícil hallarlos: bastaba con seguir la voz de Rin.
Miroku los había llevado al arroyo y estaba senta do en la orilla, con el rifle a su lado, vigilándolos. Da niel, ya con los calcetines y los pantalones puestos, lu chaba por calzarse las botas.
-Antes de ponerte las botas -aconsejó Miroku-, siempre debes darles la vuelta y sacudirlas bien.
-¿Por qué?
-Pueden tener algún bicho que se haya metido dentro durante la noche.
Kagome agachó la cabeza para pasar bajo una rama y se adelantó. Se le agrandaron los ojos al ver a las ge melas: ambas estaban completamente desnudas y empapadas. Lin, sentada en el agua, peinaba a su muñeca de trapo, mientras Rin saltaba para ver el chapoteo del agua a su alrededor.
El agua era tan límpida como el aire. Miroku había escogido un rincón del montecillo donde el agua tenía apenas cinco centímetros de profundidad. Más allá el arroyo formaba una hoya bastante más honda.
El agua no debía de estar muy fría, pues las geme las no estaban temblando. De pronto, Kagome sintió de seos de estar con ellas. Ansiaba lavarse la cabellera y oler a jabón de rosas en vez de apestar a caballo y cuero viejo.
Lin fue la primera en descubrirla.
-Mira, mamá -clamó-. Estoy bañando a mi bebé.
Kagome dio un paso adelante, sonriendo. -Ya veo.
-Buenos días, madre. Se volvió hacia su hijo.
-Buenos días, Daniel. ¿Has dormido bien? -Hoy voy a ser David -informó él-. Creo que he dormido bien. No me desperté.
Kagome caminó hacia el borde del arroyo. Rin trataba de alcanzarle puñados de agua. Al menos pare cía ser Rin, puesto que parloteaba. La joven se quitó los zapatos y, al llegar a la orilla, siguió caminando, para alegría de los niños. Miroku, también sorprendi do, dejó escapar una carcajada que Rin imitó al instante.
Cuando la muchacha se sentó en medio del arro yo, en camisón y bata, hasta David esbozó una sonrisa. Sango apareció tras el recodo, deseosa de ver a qué se debía tanto barullo. Le bastó echar una mirada a su amiga para romper en risas.
Mientras Kagome jugaba con las niñas, ella regresó a las carretas en busca de jabón y toallas. Luego ambas lavaron la cabeza a las niñas. David aseguró que él ya lo había hecho. Estaba totalmente dedicado a limpiar sus botas.
Una vez que las gemelas estuvieron perfectamente limpias, Kagome las puso en una manta junto a Miroku y se alejó por el arroyo, en busca de mayor profundidad. Allí se quitó la ropa para bañarse. Sango permaneció en la orilla, con el revólver en la mano. Sólo cuando su amiga salió para vestirse reconoció que no sabía usar el arma. Kagome prometió enseñarle en cuanto estuvieran instaladas en el nuevo hogar.
Sango fue la siguiente en bañarse. Cuando Miroku mandó a David a preguntarles cuánto más pen saban quedarse, ella respondió a gritos, para que él la oyera, que no quería darse ninguna prisa.
Kagome tendió una manta y, con el revólver en el re gazo, comenzó a secarse el pelo. No apartaba la vista de la orilla opuesta, pues había visto un movimiento en la maleza, sin distinguir qué lo causaba. Su amiga disfruta ba plenamente, sin prestar atención a nada. Se había enjabonado la cabellera y ahora comenzaba a enjuagarla. David, ya aburrido, se alejó para jugar con sus hermanas.
Otro movimiento llamó la atención de Kagome. En tornó los ojos para protegerlos del sol, pero aun así no logró ver nada. Probablemente era el viento el que movía las hojas. En ese momento vio los ojos. Eran amarillos. A continuación apareció el contorno del cuerpo. Se tra taba de un felino, sin lugar a dudas el más grande que ella hubiera visto en su vida.
En una novela había leído que los felinos no entra ban en el agua por miedo a mojarse. Ese gato parecía no saberlo. Kagome se puso lentamente de pie para tomar puntería. El animal volvía a adelantarse y parecía listo para saltar. En el momento en que ella iba a lanzar un grito de advertencia a Sango, una mano le cerró la boca.
-No haga ruido. No se mueva.
Era Miroku quien lo ordenaba, susurrándole junto al oído. Kagome quedó petrificada. Ni siquiera hizo un gesto para darse por enterada, pues había adivinado la Preocupación del hombre: si Sango se ponía de pie en el agua, quedaría interpuesta entre el animal y el rifle de Miroku.
Ninguno de los dos miraba ya a la castaña. Am bos tenían toda la atención fija en el monstruoso felino. Sango estaba disfrutando como nunca. Se su mergió de nuevo, perezosamente, y se puso de espal das bajo el agua, para que el pelo no le cubriera la cara al emerger. Luego se levantó, de frente hacia Kagome. Estaba sonriendo, pero al ver a Miroku ahogó una excla mación y se cubrió los pechos con las manos, bajo el agua.
De pronto notó que los dos estaban vigilando la ribera, a sus espaldas. Miroku tenía el rifle preparado y apuntaba. Ella tuvo miedo de moverse. Sus ojos se vol vieron frenéticamente hacia Kagome, que marcó una pa labra muda con los labios: "¡Abajo!". A Sango se le aflojaron las rodillas y se hundió lentamente.
El animal saltó en un arco. Miroku disparó dos veces en rápida sucesión, aunque estaba seguro de haberlo matado con la primera bala. El felino cayó con un fuerte chapoteo, a un par de metros de Sango.
La castaña salió precipitadamente del agua, con la vista fija en el animal que se hundía hacia el fondo. Luego lanzó un alarido penetrante y cayó hacia atrás, desmayada. Fue Miroku quien la sacó, escupiendo y llorando. En cuanto él la alzó en brazos, Sango le echó los brazos al cuello aferrándose como si de él dependiera su vida. Kagome la envolvió en una manta, en resguardo del pudor.
Los niños acudieron corriendo para ver qué ocu rría. Kagome se los llevó a las carretas, pues su amiga estaba sollozando y necesitaría de cierta intimidad hasta que pudiera dominar sus emociones. Había sido una experiencia pavorosa. Kagome notó que le temblaban las manos al guardar el revólver en el bolsillo del delantal. Las gemelas, mudas y con los ojos dilatados, escucha ron su explicación. Rin quería ir a ver el gato, pero Kagome no se lo permitió. Cuando terminó de vestirlas y peinarlas, Lin lanzó un grito penetrante: acababa de notar la falta de su muñeca.
Kagome ya tenía los nervios destrozados, pero se aferró a su paciencia. Después de sentar a las gemelas en el pescante, les ordenó que no se movieran mientras ella regresaba al arroyo. El niño se ofreció a ir en su lugar.
-Tú debes quedarte, Daniel -ordenó-. Volveré en seguida. Basta de gritos, Lin. Voy a traerte ese bebé. -Hoy me llamo David -le recordó su hijo ¿Te habías olvidado?
Ese asunto de los nombres se estaba volviendo muy complicado. Kagome giró en redondo.
-¿Qué te parece si te llamo Daniel David hasta que te decidas? -sugirió-. Sería más fácil de recordar. -¿Dos nombres? -exclamó él, sonriendo. -Dos nombres, sí.
-Pero ¿y si quiero ser David Daniel en vez de Daniel David?
"Ya empezamos otra vez", se dijo Kagome. Mientras el niño estudiaba las posibilidades, ella regresó al arroyo, murmurando por lo bajo. La muñeca estaba en una pie dra, cerca del agua. En vez de agacharse para recogerla, la joven dio un rápido paso atrás. En la piedra, junto al juguete, había una serpiente enroscada, cubierta de motas pardas. La miraba emitiendo una especie de repiqueteo. Kagome quedó petrificada. Iba a llamar a Miroku, pero de pronto le llegó el gimoteo de Lin. Lo único que im portaba era recuperar esa muñeca, para que la niña deja ra de llorar. No siempre contarían con Miroku para que los cuidara. Y tampoco con Sesshomaru. Era preciso que ella aprendiera a valerse sola, aunque no le gustara.
Sacó el revólver del delantal. Habría preferido que la serpiente se fuera por su cuenta, para no verse obligada a matarla, pero de pronto se le ocurrió otra cosa; y si hubiera enviado a Daniel por la muñeca?
Tomó puntería y mató a la serpiente con un solo disparo. La potencia del proyectil hizo que el animal saltara hacia atrás, hundiéndose en el agua.
Miroku estaba besando a Sango y disfrutando mucho de la experiencia cuando el ruido del disparo lo volvió a la realidad. Dejando a la muchacha en el suelo, tomó su arma y echó a andar hacia allí, bra mando:
-¡Kagome!
-Era sólo una asquerosa serpiente, señor Miroku -anunció ella.
Sango se acercaba también, pero él la detuvo por un brazo. Iba a indicarle que no se moviera de allí mientras él averiguaba lo sucedido. Al oír la explica ción de Kagome habría debido soltarla, pero no lo hizo. Ella se estaba acomodando la manta para cubrirse el pecho, con la cabeza inclinada.
-Ha matado a una serpiente -susurró, levan tando la vista hacia Miroku.
-No: ha matado a una asquerosa serpiente -co rrigió él.
La castaña asintió.
-Yo me habría puesto histérica. Kagome se puso furiosa. ¿Por qué me ha besado?
De inmediato él encontró una mentira adecuada. -Para que dejara de llorar.
-Ah -suspiró ella.
Pero Miroku no podía dejar de mirarla. ¡Qué ado rable era! En su vida había visto ojos tan penetrantes. Y su pelo parecía tener destellos con el sol. Tenía una salpicadura de pecas en el puente de la nariz. Él tuvo que contenerse para no besarlas.
Debía de estar loco para pensar esas cosas. Por un momento había olvidado quién era ella y qué era él. Una dama y un mestizo, combinación imposible.
-¿Piensa pasarse el día ahí, de pie?
El enfado de su voz la hirió en el amor propio.
-Sólo hasta que usted me suelte.
De inmediato él se apartó para volver al campa mento. Sango lo siguió a una distancia respetable. Media hora después estaban listos para partir, por fin. Lin aún estaba alterada; apenas había tocado su desayuno. No quería una muñeca mojada y Kagome no pudo hacerla entrar en razones. Por fin sujetó la muñe ca a la lona que cubría la carreta, explicando a la llorosa gemela que el sol la secaría en un abrir y cerrar de ojos. Como su promesa no bastó para serenar a Lin, Kagome declaró que el bebé estaba durmiendo la siesta. Rin tampoco ayudaba, pues estaba atormen tando a su hermana con su propia muñeca. Aún no era mediodía y Kagome ya estaba agotada.
Al atardecer llegarían a Redención, y ésa era la raíz de su inquietud. La ponía nerviosa la perspectiva de presentarse a sus habitantes y la preocupaba la nece sidad de hallar un albergue adecuado.
Miroku aumentó sus tribulaciones al insinuar que Sesshomaru bien podía estar ya en la aldea, esperándolos. A ella no le parecía posible, pero el mestizo la conven ció: si el asunto de Chicago no lo había entretenido mucho, Sesshomaru podía haber viajado en tren desde Cincinnati a Sioux City, para luego embarcarse en alguno de los barcos que viajaban constantemente por el Missouri.
-Aun así, le llevaríamos varios días de ventaja -objetó ella.
Miroku negó con la cabeza.
-Él no viaja en carreta. Ni habrá perdido tiempo en comprar cosas, como hizo usted en Sioux City. Via jó a caballo, Kagome, y puede tomar todas las rutas directas que no son transitables para una carreta. Bien pue de estar ya allá.
Kagome rezó por que Sesshomaru no se le hubiera adelanta do. Primero debía hallar alojamiento. Luego se las vería con él. Sin duda se pondría furioso, y a ella la inquieta ba la perspectiva de enfrentarse a su ira.
Miroku sonreía al enganchar los caballos. Kagome llegó a la conclusión de que sólo buscaba preocuparla. Ya le ajustaría cuentas. En cuanto él tomó las riendas de la segunda carreta, ella se acercó con Rin. Él la miró como si supiera por qué lo condenaba a soportarla. Kagome se encogió de hombros y le entregó también a Lin.
Rin quedó apretada contra su lado izquierdo y la hermana, a la derecha, todavía gimiendo como un animal herido.
Miroku la miró.
-¿Vas a llorar mucho tiempo más? -preguntó. Ella asintió con la cabeza. Miroku se echó a reír. Su carcajada corrió por el bosque, en derredor, y resul tó contagiosa. Kagome se descubrió sonriendo. Al mirar a Sango vio que su amiga también sonreía.
Ahora todos estaban esperando a Daniel David, que estaba entre las dos carretas, tratando de decidir en cuál debía viajar. No le gustaba mucho que lo separa ran de sus hermanas, pero tampoco le parecía bien que las dos mujeres viajaran sin compañía.
Fue Miroku quien resolvió su dilema, ordenándole que subiera a su carreta de inmediato. Daniel David no vaciló. Por lo visto, le gustaba que otros decidieran por él.
Miroku encabezó el descenso por la última loma hacia el valle. Daniel David pasó casi una hora sentado en la parte trasera, observando a Kagome. Cada cinco minutos la saludaba con la mano y recibía su respuesta con una sonrisa. Por fin se aburrió de esa vigilancia y se instaló en el pescante, junto a Lin.
Algo pasadas las dos de la tarde llegaron a la última pendiente. La aldea se veía ya con toda claridad, acurru cada entre colinas y montañas coronadas de nieve. Por todas partes los rodeaba la gloria de la madre Naturaleza. Kagome se dijo que ésta había utilizado el pincel para salpicar las laderas con todos los colores del arco iris.
Pero al llegar a Redención se había quedado sin pintura. La primera impresión que le causó la aldea fue de desencanto. Sango pareció horrorizada por el espectáculo. Sesshomaru había tenido razón al decirle que no había allí sino trece o catorce construcciones. Ella estaba pre parada en ese sentido, pero no esperaba tanta fealdad. Todas las viviendas eran parduscas y sucias.
Miroku los condujo hasta el centro de la población A ambos lados del camino de tierra había entablados para andar. Todo estaba construido en madera, y Kagome trató de imaginar lo bonita que sería la aldea si se pin taran los edificios.
-Mira, allí hay un almacén de ramos generales -señaló Kagome a su amiga.
-Y una taberna, justo enfrente -agregó Sango, con cierta crítica en la voz.
-Ojalá esto no fuera tan silencioso.
Las mujeres mantenían la mirada fija hacia ade lante, tratando de no reparar en los hombres que las miraban boquiabiertos.
Los había por todas partes: de pie a la entrada de los edificios, colgando de las ventanas y reclinados en los postes. No había dos iguales por supuesto, pero la expresión era la misma: todos parecían estupefactos.
La noticia de que habían llegado mujeres se es parció con la celeridad de una inundación. Antes de que las dos carretas llegaran al almacén general, toda la población había salido a observarlas. Los diecinue ve habitantes.
No era un cálculo aproximado. Sango los contó para asegurarse.
Kagome no sabía qué se esperaba de ella. ¿Debía sonreír y saludar en general? ¿o eso sería demasiado atrevido? Quería comenzar bien pero no estaba segura de cómo.
El gentío se estaba acercando. Varios comenzaron a lanzar exclamaciones de entusiasmo. Miroku sujetó las riendas a los postes y se volvió para ayudarla a apearse.
-¿Por qué nadie habla? -preguntó ella, en voz muy baja.
-Les cuesta creer en lo que tienen a la vista -res pondió él.
Kagome suspiró, decidida a no ponerse nerviosa, y se quitó el sombrero Entonces estalló el caos. Todos se adelantaron en tropel para ser presentados. Miroku les indicó por señas que retrocedieran. Después de dejar a Kagome en el suelo, se volvió hacia la multitud.
-Es la esposa de Taisho.
Un hombre de camisa a cuadros y pantalones hol gados se adelantó a los otros. Su barba indócil estaba veteada de gris; tenía una nariz gigantesca y ojos par dos. Después de mirar a Kagome con los ojos entorna dos, se acercó un poco más.
-Llevo tanto tiempo sin ver una mujer bonita que ya no me acordaba de cómo eran.
-Yo nunca he visto ninguna tan bonita como es tas dos -gritó otro-. Hace años que Mamá y Alice Browley ya no nos parecen mujeres.
-Atrás, Kagewaki -ordenó Miroku-. Deja respi rar a las señoras.
-Sólo quiero olfatearlas-admitió el nombrado. Kagome sintió que enrojecía, pero cuadró los hom bros y se abrió paso rodeando a Miroku. El llamado Kagewaki aspiró hondo al pasar ella y luego exclamó, como si estuviera en éxtasis:
-¡A rosas! Huele a rosas, amigos. -Eso sí que es bueno.
Kagome no pudo dejar de sonreír ante ese extraño comentario. Al llegar a la parte trasera de la carreta conducida por Miroku, retiró la lona apenas lo suficien te para mirar adentro.
Rin estaba completamente despierta. Por lo visto acababa de usar la bacinilla, pues Daniel David le estaba acomodando los calzones. Kagome se hizo cargo de la tarea y luego levantó a la pequeñita en brazos.
Ella quería bajar, pero al ver a todos esos hombres que la observaban echó los brazos al cuello de Kagome y sepultó la cara contra su hombro.
Miroku estaba tratando de ayudar a Sango para que se apeara, pero cada vez que le ofrecía los brazos ella negaba con la cabeza.
-No puede pasarse el día sentada allí -le espetó él-. No voy a permitir que nadie le haga daño.
-Ya lo sé -susurró ella-. Además, puedo cui darme sola. No tengo miedo.
-Demuéstrelo.
Ella decidió hacerlo. Después de quitarse el som brero, lo arrojo a la parte trasera de la carreta y luego aceptó la ayuda de Miroku para descender.
Todo el mundo estaba bombardeando a Kagome con preguntas. Los hombres hablaban en voz baja. Ella olvidó su nerviosismo al comprender que lo hacían para no asustar a Rin.
-¿Adónde se dirige, señora Taisho? -preguntó un hombre de gafas gruesas.
-Hemos llegado a destino, señor -respondió ella-. Vamos a establecernos aquí.
-¿La castaña está casada?
Era un hombre joven y pecoso el que había hecho la pregunta. Kagome se volvió hacia su amiga, pensando que tal vez quisiera responder personalmente. Pero Sango no le estaba prestando la menor atención. Había aferrado a Miroku por el brazo y no lo soltaba. Él estaba procurando desprenderse de sus dedos.
-Estuvo casada, sí -explicó Kagome-. Su espo so murió hace pocos meses.
Nadie pareció lamentar mucho la noticia. Sango recibió tres propuestas matrimoniales mientras daba la vuelta a la carreta para detenerse junto a Kagome.
-Estoy de luto -anunció-. Y me encuentro esperando familia. Ninguno de esos datos cambió la actitud de los hombres. No sabían siquiera su nom bre, pero seguían solicitando su mano. Un caballero le dijo que estaría muy dispuesto a dejarle conservar al bebé.
Sango estudió la posibilidad de dar un puntapié al ofensivo, pero Kagome se echó a reír. Por fin Rin estaba dispuesta a explorar el nuevo ambiente. Kagome subió los peldaños para depositarla en el entarimado. De inmediato, la niña corrió al interior del almacén.
Kagome irguió la espalda, pero de inmediato dio un veloz paso atrás. Otro hombre, vestido con una gruesa camiseta gris, de mangas largas, y traje de mecánico azul, había rodeado a la muchedumbre y se erguía ante ella en toda su estatura. Era un verdadero gigante, que se acercaba a los dos metros de altura, de hombros enormes y brazos musculosos. Tenía pelo castaño largo y densa barba. Su aspecto era temible. Agitó como en loquecido un periódico delante de su nariz.
Ella apartó el diario de una palmada.
-¿Qué hace usted, señor?
-¿Es usted lectora?
-¿Cómo dice?
El hombre bramó la pregunta por segunda vez. A Kagome empezaban a retumbarle los oídos.
-¿Me pregunta usted si sé leer? En ese caso, la respuesta es sí.
Esa afirmación lo dejó satisfecho, al parecer, pues lanzó un grito de satisfacción que estuvo a punto de derribar a la muchacha.
Sango se acercó, rodeando con cuidado al gi gante para entrar en el almacén. Varios hombres co rrieron tras ella.
Daniel David bajó de la carreta y fue a plantarse junto a su madre. Kagome lo presentó a su público. Miroku la observaba. Cuando ella dijo que el chico era su hijo, alguien trató de discutir, pero una mirada de Kagome acalló la protesta.
-Daniel David es mi hijo -repitió-. Yo soy su madre y Sesshomaru Taisho, su padre.
Paseó la mirada por el público, desafiándolos a desmentirla, pero nadie dijo una palabra. Varios hicie ron un gesto de asentimiento. Kagome, satisfecha, echó un vistazo a Miroku y lo vio sonreír. Luego se volvió hacia el niño y le dio una palmadita, sugiriéndole que entrara en el almacén para averiguar si allí vendían ca ramelos de menta.
-Pero Lin...
-Yo voy por ella -prometió Kagome.
El niño entró corriendo, mientras ella volvía a la carreta. Lin continuaba durmiendo profundamente. Después de cerrar la lona, ella se volvió hacia Miroku, quien le hizo una señal afirmativa sin darle tiempo a pedirle que vigilara la carreta. Kagome le agradeció con una sonrisa y giró para entrar.
El gigante fue tras ella, con el periódico bajo el brazo. Sango, que estaba conversando con el propieta rio, lo presentó a Kagome. El hombre se llamaba Goryomaru y estaba felicísimo de conocerla. Le agitó el brazo durante un minuto entero, con un entusiasmo que alegraba el corazón. Goryomaru aparentaba unos cincuenta años; usaba gafas, con una de las lentes quebrada; tenía hombros estrechos y manos deformadas. Sus ojos llama ron la atención de la joven: eran del color de las avellanas e irradiaban calidez, igual que su sonrisa. Repetía, una y otra vez, lo complacido que estaba por conocerla.
Rin echó a andar hacia la trastienda del local. Pocos segundos después apareció Lin, apoyada contra la puerta de la calle, mirando fijamente a la muchedumbre.
-Rápida, la pequeña -anunció Goryomaru-. Tiene que haber corrido como el rayo para llegar tan pronto al frente.
Lin vio a su madre y corrió hacia ella, con la mu ñeca en las manos. El propietario se puso en cuclillas a su lado. De inmediato la niña se escondió tras las faldas de Kagome. En ese momento Rin apareció a la carrera, rodeando la esquina. El señor Goryomaru dio un respingo. -Gemelas -susurró.
-¿Cuando tenga un minuto libre, señora Taisho, me atiende?
Era el gigante, a sus espaldas, quien hacía ese rue go. Kagome giró en redondo y de inmediato esquivó el diario que él le agitaba en la cara.
-¿Puede leer esto?
-Sí, claro que puedo -respondió ella, tratando de disimular su exasperación-. Hace años que sé leer, señor.
-Oye, Gakusaijin, acaba de llegar. Déjala recobrar el aliento. No la molestes con ese diario.
El propietario protestó por ella. Luego se incorpo ró, dejando escapar un gemido, y se llevó las manos a la parte inferior de la espalda.
-Tiene usted una bonita familia, señora Taisho.
-Gracias, señor Goryomaru.
-Me haría felicísimo si me llamara solo Goryomaru.
-En ese caso, usted debe llamarme Kagome. -Será un honor -aseguró Goryomaru.
Gakusaijin no se dejó ignorar ni intimidar.
-Ella me dijo que sí, Goryomaru. La oí muy bien.- Kagome no sabía de qué estaba hablando. Antes de que pudiera preguntarle a qué había dicho que sí, Gakusaijin le tomó la mano, la sujetó bajo el codo y se la llevó de nuevo hacia la puerta. Para salir a la calle tuvo que pa sar junto a Miroku. Se detuvo para echarle una mirada de preocupación. Luego murmuro:
-Miroku... -y agregó una inclinación de cabeza para completar el saludo.
El mestizo actuó con igual descortesía; respondió a su cabezazo con un gesto ceñudo y agregó, en un tono gruñón:
-Gakusaijin.
Continuaron la marcha. Gakusaijin se detuvo al llegar a los peldaños y aulló su orden.
-Traed el cajón, muchachos. Tenemos una lec tora.
Se alzó un estentóreo grito de alegría. Kagome que dó atónita ante esa reacción. Apareció un cajón, como salido de la nada, y lo pusieron en el entarimado, junto a ella. La joven le echó un vistazo y se volvió hacia el gigante.
Él le entregó el periódico y la levantó, dejándola de pie en ese cajón. Otro hombre trajo una mecedora del almacén. Gakusaijin se la agradeció con la cabeza y tomó asiento.
-¿Qué haces, mamá? -preguntó Rin. Kagome se encogió de hombros, susurrando:
-No tengo la menor idea.
-Tu mamá va a leernos las noticias-explicó Gakusaijin. E hizo una señal a Kagome-. Empecemos.
Ella miró a Miroku, para ver qué pensaba sobre la conducta del hombre. El mestizo estaba de pie a la en trada del almacén; parecía aburrido, pero no preocupado. Desplegó el diario. Era EI Heraldo de Rosewood. Ella nunca había oído hablar de esa ciudad. Entonces reparó en la fecha.
-¡Pero si este diario es de hace dos semanas!
-Para nosotros todavía es nuevo -explicó Gakusaijin. -Antes recibíamos muchos diarios de los campamentos que armaban los mineros en las montañas -a ñadió otro-. Pero todos preferimos El Heraldo de Rosewood
Kagome se moría por preguntar si su impresión era correcta: ¿acaso nadie allí sabía leer? No obstante, no quería ofenderlos. Sin duda se equivocaba. A esa altu ra del siglo alguno de ellos debía de tener alguna ins trucción.
Decidió dar un rodeo para averiguarlo. -¿Quién leía el periódico antes de que me conce dieran ese honor?
Todo el mundo esperó a que Gakusaijin respondiera. -Bueno, lo hacía Goryomaru, generalmente. Pero se le rompieron las gafas y no ha tenido tiempo de hacerlas arreglar.
-Después fue Shishinki continuó alguien. El gigante asintió.
-No nos gustaba su manera de leer. Tenía una tos seca que interrumpía las noticias.
-Una vez leyó Henry -recordó Goryomaru, desde la puerta.
-Tartamudeaba -interpuso Gakusaijin-. Me volvía loco. Casi le disparé.
-Le disparaste -le recordó Goryomaru. Kagome dilató los ojos, pero Gakusaijin aclaró:
-Eso fue por otro motivo. Comience -ordenó a Kagome, una vez más.
Ella contempló a la muchedumbre, que la miraba con grave expectativa. Sólo había una cosa que pudiera hacer. Leyó.
No le permitieron saltar ninguna sección. Que rían que leyera cada una de las palabras impresas. Eso le llevó casi cuarenta y cinco minutos, pues había cua tro páginas; era una bendición que Gakusaijin no recibiera periódicos de ciudades importantes; en ese caso habría tardado horas enteras en leerlo. La interrumpían con carcajadas ante cualquier insinuación humorística y con largas discusiones sobre las malas noticias.
El público era muy agradecido. Cuando ella, termi nada la lectura, plegó el diario, todos aplaudieron y le dieron las gracias a gritos. Alguien que aún no le había sido presentado le dijo que tenía una voz muy bonita. Acababa de aprender dos cosas. La primera, que esos hombres se morían por tener noticias del mundo exterior; era obvio que no se contentaban con vivir en su pequeño territorio, sino que deseaban saber lo que sucedía a su alrededor; no eran ciudadanos pasivos y, por lo acalorado de sus debates, ella comprendió que se interesaban por los actos de gobierno. La segunda cosa se refería a Gakusaijin: los otros habitantes de la aldea preferían no vérselas con él. Lo dejaban sentarse a solas y, por las miradas que otros le echaban, era evidente que le tenían miedo. Sin embargo, a ella le había parecido bastante inofensivo. Kagome bajó del cajón y le entregó el periódico.
-Tome usted, señor Gakusaijin. Y ahora, si me discul pa, tengo cien cosas que hacer antes de que caiga la noche.
El gigante se levantó.
-¿La veremos el domingo, pues?
-¿El domingo?
-Para la lectura -explicó él-. Harrison trae el diario el viernes o el sábado. Todos esperaremos hasta el domingo para escucharla leer.
-Será un placer leerles el domingo. Gakusaijin le hizo una reverencia.
-Estoy dispuesto a demostrarle mi agradecimien to, señora Taisho. -Se volvió hacia la multitud con una enérgica mirada-. Es lo que corresponde.
Las cabezas se movieron afirmativamente en rápi da sucesión. Kagome dedujo que Gakusaijin no quería pecar de excesivamente considerado o cortés.
-¿Hay algo en especial que usted necesite? -pre guntó él.
-Necesitamos alojamiento, señor Gakusaijin -explicó ella-. ¿Podría decirme si hay alguna casa desocupa da en la zona? Sé que es mucho pedir, pero estamos dispuestos a pasar un tiempo en cualquier choza aban donada. ¿Sabe de alguna?
Gakusaijin le dedicó una sonrisa; luego se volvió hacia el público que observaba la escena desde la calle. -Ella quiere una casa, amigos. ¿Alguien se opone? -Esperó todo un minuto antes de volverse hacia Kagome-. Asunto arreglado.
-¿Qué es lo que está arreglado? -preguntó ella. -Su casa, señora. Mañana mismo comenzaremos a construirle una.
Ella quedó boquiabierta. Gakusaijin levantó la mecedo ra para llevarla de nuevo adentro. Al pasar a su lado le sugirió que esa misma tarde eligiera un lugar.
No estaba bromeando. Ella le dijo que era demasia do generoso. Gakusaijin aseguró que no le molestaba. Y a los otros tampoco, obviamente, pues un caballero le dijo que sólo podían asegurarse de su presencia allí si le proporcionaban una casa.
-No queremos que Taisho la esconda en las mon tañas -admitió un joven de aspecto severo.
Goryomaru se había quedado afuera para es cuchar la lectura. Ya había echado un vistazo a las noti cias, pero le gustaba escuchar su voz.
-Podrían pasar la noche en la casa de Totousai -sugirió-. Es sólida y bonita.
-Tiene suelos de madera -apuntó alguien.
-Y Totousai no volverá hasta el verano -agre gó Goryomaru.
-¿No se molestará él si usamos su casa? -dudó Kagome.
-No es de Totousai -explicó Gakusaijin-. A él le gustó y echó a los dueños hace años. Ellos se la dejaron a Touran.
El joven pecoso se adelantó. -Cuando Totousai viene a la ciudad, se hospeda en esa casa. Nadie sabe cómo entra, porque hay cuatro buenas ventanas de vidrio y ninguna ha sido rota. No es por allí por donde entra. Las dos puertas también tienen cerraduras. Es un viejo montañés loco -agregó-. No le conviene tropezar con él.
-¿Un verdadero montañés? -repitió Kagome, en un susurro.
-No creo que usted deba hospedarse allí, a me nos que su esposo esté de acuerdo -observó Goryomaru-. ¿Dónde está Taisho?
-Resolviendo un asunto importante -respondió ella-. ¿Ese hombre es un verdadero montañés? -¿Quién? -preguntó Gakusaijin.
-Totousai.
-Sí, de veras -confirmó Gakusaijin, asintiendo con la cabeza.
-Y el señor Touran ¿estaría dispuesto a venderme la casa? -inquirió Kagome.
-Él quiere venderla. Es lo que le encomendaron los dueños. Touran tiene los papeles. Si logra venderla, se quedará con su comisión y enviará el resto a St. Louis. Hacia allá fueron los antiguos dueños. No que rrá usted comprarla, ¿verdad?
-Touran es el abogado de la ciudad -Goryomaru.
Kagome quedó impresionada. Resultaba toda una sor presa que una aldea de esa magnitud tuviera un asesor legal. Entonces Goryomaru comentó que Touran no tenía ninguna instrucción formal. Había leído un par de libros y pasó un año trabajando con un abogado, cuando vivía en Virginia City; al instalarse en Redención había puesto su propio letrero. Al parecer no se exigía diploma a los abogados.
-El señor Touran ¿atiende con algún horario espe cífico?
Los hombres se divirtieron mucho con esa pre gunta. Cuando dejaron de reír, Goryomaru explicó que Touran no tenía oficina. Era el dueño del establo y, cuando no estaba atareado con los caballos, se ocupaba de cual quier asunto legal que se presentara.
-¿Y por qué no les lee el periódico? -preguntó Kagome.
-Cobraba demasiado -explicó Gakusaijin-. Creo que ella no corre peligro, Goryomaru. Totousai la dejará en paz cuando sepa que es la mujer de Taisho. No quiere líos con él.
Sango entró en el almacén seguida por las gemelas.
-¿Dónde está David Daniel? -le preguntó Kagome.
-Ayudando a Miroku con los caballos.
-¿No se llamaba Daniel David? -se extrañó Goryomaru-. Creo que he entendido mal.
Kagome sacudió la cabeza.
-No entendió mal, Goryomaru. El niño tiene ambos nombres hasta que decida cuál le gusta más. Señor Gakusaijin, ¿tendría la bondad de indicarme el camino hacia el establo del señor Touran?
-Será un honor, señora Taisho.
Kagome se acercó a Sango para hacerle un rápido resumen de la conversación que no había escuchado. -¿Y la casa tiene suelos de madera? -preguntó ella. Gakusaijin le dijo que sí. Sango pareció a punto de desmayarse de puro gusto.
Una hora después, sin que hubieran surgido incon venientes, Kagome era la orgullosa propietaria de una casa de dos plantas, con suelos entablados y cuatro lujosas ventanas de vidrio. Ella y su amiga habían solicitado también sesenta y cuatro hectáreas de tierra, según los términos de la Ley de Colonos. Touran no creía que nin guna de ellas reuniera las condiciones: Sango era to davía súbdito británico y, por lo tanto, quizá no le permitieran poseer tierras en Norteamérica. En cuanto a Kagome, estaba casada, y Sesshomaru ya debía de haber soli citado una porción.
Kagome llegó sin pérdida de tiempo a la conclusión de que el señor Touran era un perfecto ignorante cuando se trataba de entender e interpretar la ley. Hasta ella sabía que Sesshomaru debería firmar los documentos de trans ferencia de la propiedad, pero Touran se mostró dis puesto a registrar la escritura con su firma solamente. Utilizaba palabras difíciles para enturbiar los asuntos legales y disimular su ignorancia.
Ella insistió en llevarse los papeles para hacerlos firmar por su esposo y le dio veinte dólares como señal. Él la felicitó por su nueva propiedad. Kagome no estaba segura de ser dueña de nada, pero de cualquier modo le estrechó la mano.
Miroku aguardaba con Sango y los niños fuera del establo. Después de mostrarle los documentos, Kagome le explicó lo que había hecho. El mestizo no trató de discutir con ella ni de recordarle que aún estaba a tiem po de emprender el regreso a la civilización. Su reac ción fue, en realidad, bastante extraña: rió hasta que se le llenaron los ojos de lágrimas.
Miroku, Sango y Daniel David echaron a andar por el centro de la calle, seguidos por Kagome y las geme las. Rin tenía un zapato desatado. Cuando su madre logró que dejara de bailotear el tiempo suficiente para hacerle un lazo como Dios manda, el terceto de delante ya había llegado al almacén.
Todo el mundo quería ver la casa antes de que cayera la noche. Miroku levantó a Sango hasta el pescante y sentó a Daniel David junto a ella. Luego se volvió para esperar a Kagome.
Venía con las niñas de la mano, tratando de apretar el paso rumbo al oeste. El cielo era una gloria crepuscular. Una vibrante corona anaranjada y roja circundaba el sol. Kagome quedó sin aliento ante ese magnífico espectáculo. Rin la devolvió a la realidad.
-Mira, mamá, el hombre.
-¿Qué hombre, tesoro? -preguntó ella, interrum piendo apenas su adoración para bajar la vista. -Nuestro hombre, mamá -aclaró Lin.
Kagome se detuvo en seco. Por Dios, ¿cómo podía no haberlo visto? "Nuestro hombre", como lo había lla mado su hija, estaba de pie en el centro del camino. La distancia era demasiado grande para juzgar su expresión, pero parecía estar ceñudo.
-Ahora sí que estamos listos -susurró.
Habría querido girar en redondo y huir hacia un sitio seguro, pero de inmediato apartó la idea. Sesshomaru no la asustaba. Se enfadaría con ella, sin duda, pero después de un rato comprendería lo acertado de sus actos. Sólo cabía esperar que no la matara antes.
Cuadró los hombros y reanudó la marcha. Cuanto más se acercaba más crecía su alarma. Él vestía de piel de venado y tenía los dos revólveres colgando de las caderas. Mantenía las manos a los lados. De pronto, ella tuvo la extraña sensación de estar encaminándose hacia un duelo. Sesshomaru tenía toda la ventaja. Caramba, tenía que dominarse. Era la luz del sol lo que le daba ese aspecto mágico e invencible. Los rayos dorados lo ro deaban, como si él acabara de salir del mismo sol.
Por fin pudo verle la expresión. ah, Dios, estaba furioso, sí. Sus ojos eran de hielo.
No supo qué decirle. Al echar un vistazo a Miroku vio su gesto ufano, como si le dijera: "Ahora verás", y lamentó no estar cerca para darle un puntapié. Continuó caminando hacia Sesshomaru y se detuvo a un par de metros de él.
Se miraron durante largos segundos. Kagome notó que estaba cubierto de polvo. También le había crecido la barba, lo cual le daba un aspecto aún más intimidante. Y maravilloso. En su alegría por verlo, Kagome sintió deseos de llorar. Él era todo lo que podía pedir de un hombre, pero lo que la enmudecía era ese aspecto de montañés.
-¿Mamá? -llamó Rin.
Eso la sacó de su trance. Aspiró hondo y, pegán dose una sonrisa a la cara, miró a sus pequeñas para ordenarles:
-Niñas, saluden a su papá.
QUE LES PARECIO?
Miroku y Sango avanzan ^.^ a ver cómo le va a Kag ahora que tiene a Sessho enfrente jajajajajaja
SALUDOSSSSSSSSSS
GRACIAS A TODOS LOS QUE LEEN ESTA HISTORIA DESDE VARIAS PARTES DEL MUNDO!
Gracias por sus reviews a lov3Sesshumaru, jos, yan-01, Perla, AZUL D CULLEN, Ewaso chan, Mia, hanniane, shinystar200, yam, azuldcullen, hinatita4eva, hekate ama, Llyl, Goshy, Iosi e Iuki, Anilem, goshi y Ayma secret. A las nuevas y a las siempre m escribn GRACIAS!
Pero sobretodo a las q en todos los caps. Me los envían, no sabn q alegría m da leerlos, GRACIASSSSSS!
Y Gracias a los q han puesto la historia en FAVORITOS y en ALERTA!
GRACIAS POR LEER!
