Disclaimer: Naruto y sus personajes son propiedad de Masashi Kishimoto
Desde algún lugar del universo con internet, porque hace más de diez días que en casa no tengo, pucha digo T_T
Advertencia: CAPÍTULO NO APTO PARA DIABÉTICOS
Hola, gracias por entrar n.n
Caigo en la cuenta después de ocho años de fanficker de que los capítulos finales suelen salirme más cursis y melosos que el resto del fic, de allí la necesidad de poner la advertencia. Más allá de mis intenciones, me salen así. Tal vez sea la ansiedad de terminar o de haber logrado consolidar la pareja… No lo sé. Uno de los desvelos del fanficker es la búsqueda de palabras y expresiones que ofrezcan una descripción distinta o una mirada renovadora, pero a veces uno fracasa atrozmente y termina por caer en las frases más trilladas que pueda haber. En todo caso, pido disculpas.
Yendo a la historia, debo hacer dos aclaraciones. En primer lugar, verán que en este capítulo se cierra la serie de pequeños flashbacks. En algunos de ellos nuestros protagonistas interactúan y en otros no. El sentido de hacer esto es muy simple y obvio, creo: ya que el sasuhina de por sí nunca existió en la historia original, tenemos que trazar y fomentar el vínculo a partir de nuestra propia imaginación. En las escenas que ambos comparten de niños, dibujé fundamentos de conexión. En las escenas de más grandes y por separado, traté de esbozar una afinidad. Hinata es quien hablará de ello.
En segundo lugar, siendo que el eje de la historia ha sido el olvido, el capítulo final también estará centrado en este concepto. El conocidísimo dicho popular afirma que "un clavo saca a otro clavo", y aunque pueda resultar algo brusco y desacertado, creo que tiene su parte de verdad. No porque una persona valga más que otra, ni mucho menos porque sea fácil olvidar un amor "cambiándolo" por otro. No es así como funciona. Pero sí es cierto, me atrevo a afirmar, que a veces exaltamos exageradamente el significado y el peso que la pareja que perdimos tenía en nuestra vida. Sin duda uno pasa por diversas etapas hasta entender qué busca y qué quiere, y a determinada edad todo parece más doloroso y definitivo. Pero no hay que desgarrarse las vestiduras ni creer que la vida se terminó con la persona que nos dejó, perdimos o ni siquiera tuvimos. Conoceremos a muchas otras a través de los años y a cada una de ellas habrá que darle su justo valor. Supongo que Hinata sabrá darle su justo valor a Naruto así como sabrá darle su justo valor a Sasuke.
Desde luego, se aceptan objeciones y tomatazos, ¡que nadie tiene la fórmula de la felicidad!
La cuestión es, y ya voy cerrando, que en todo caso se trata de encontrar a la persona adecuada, tan simple y tan… condenadamente difícil como eso. La felicidad, en mi humilde opinión, no es un estado de exaltación perpetua, sino de serenidad, de satisfacción con lo que uno es, con lo que uno tiene y con las personas que conoce. Me sentiré muy afortunada el día que lo consiga y desde ya les deseo a todos los que leen que puedan alcanzar sus propias formas de felicidad.
Les agradezco por última vez a los anónimos de Misael, Guest y Vanessa Acosta. A los que han comentado con cuenta el capi anterior les debo la respuesta para cuando tenga internet, porque estoy en el trabajo y no puedo hacerlo como se debe. También les doy las gracias a todos los que han seguido la historia en silencio, a quienes abrazo con el corazón. Gracias de verdad a todos por haber aceptado a este Sasuke y a esta Hinata y por haber confiado en esta forma de hacerlos interactuar.
Disculpen por la cháchara y muchas gracias por leer. Y felices fiestas!
XX
Olvida
Los vio de lejos, experimentando sentimientos que a su corta edad todavía no podía reconocer como celos. El mayor cargaba al más pequeño sobre sus hombros con gran cuidado y afabilidad, y se regocijaban en su mutua compañía. Parecían volver a casa.
A Hinata le hubiera gustado tener un hermano mayor. O tal vez le hubiera gustado pertenecer a esa familia, una familia donde los hermanos se cuidaban entre sí y velaban por el otro incluso en el simple camino de regreso de la escuela…
Perdida en su fantasía infantil, desconocedora aún de ciertos códigos, no alcanzó a identificar el símbolo del clan estampado en sus atuendos. Quizás estuviera asociado al fuego.
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La felicidad siempre había sido una sensación elusiva, ajena y misteriosa en su torcido acontecer. Recordaba haber sido feliz durante su infancia, en su casa y junto a los suyos, pero habían pasado tantos años y circunstancias, tantas travesías y desengaños, que su niñez se le antojaba un sueño, el sueño de un mundo lejano, el sueño de un desconocido. O el sueño de un pequeño llamado Sasuke Uchiha que alguna vez había tenido una casa donde vivía con su familia.
Después, durante largos y enrevesados años, había mirado al costado para constatar que estaba irremediablemente solo. Circulaban rostros a su alrededor, pero para él no significaban nada, ya había trazado sus propósitos y nadie significaba nada ni tenía espacio entre sus pensamientos. Las únicas personas importantes habían muerto miserablemente y tenía que vengarlas.
Ni siquiera la mirada de Naruto había podido penetrar en el cascarón de rabia que había forjado. Apenas si había registrado la existencia de una niña llamada Hinata.
Y sin embargo ahora, cuando todo había pasado, su presencia era lo más concreto en el vasto páramo de su soledad. A través de mecanismos insospechados, su sola gentileza y la calidez de su amor habían conseguido reconciliarlo, si no con el mundo, al menos con Konoha, y tal vez hasta con él mismo y una parte de su sinuosa historia. Hinata era la única promesa de felicidad.
Todavía habría dificultades, lo sabía, la vida no se terminaba en la aceptación del ser amado o en una unión formal. A muchas personas les costaba entender lo que había sucedido entre ellos. Sin embargo, no podía pararse a pensar en ello, porque, para su asombro, también había muchos otros apoyándolos de manera tácita o declarada. Y si le importaba en algo esta disparidad era más que nada por consideración a Hinata, porque a él en el fondo honestamente le daba igual.
La aprobación de los Hyuuga sería lo más difícil de obtener, Hiashi ya se los había advertido. Sólo en ellos pensaba Sasuke con especial interés, esperando hallar el modo de demostrarles cuán fuerte y auténtico era el lazo que los unía. Con ellos se esforzaría, lucharía día por día para ganarse su respeto. Aunque tenga que ejercer también el rol de pretendiente de telenovela, farfullaba.
Más allá de estas cuestiones, no obstante, continuaban con su vida y su relación de forma normal. Incluso empezaron a transitar, Dios nos asista, la natural –y contraproducente- etapa de las preguntas, ésas que apuntan a indagar en los gustos, pensamientos y –inconvenientemente quizá- en el pasado de los enamorados.
-¿Por qué Naruto? –le preguntó un día a Hinata, inspiradísimo interrogante que podía terminar poniendo a prueba el ánimo del novio más templado.
Sin embargo, lejos de asombrarse o de sentirse importunada, Hinata entendió el planteo y se detuvo a pensarlo durante algunos instantes. En cierto modo le pareció interesante, sobre todo al recordar que la totalidad de sus compañeras sólo habían tenido ojos para Uchiha Sasuke, su pareja actual, mientras que ella apenas lo había registrado en contadas ocasiones.
Vaya ironía de la vida… Insólita y abrumadora ironía.
-Tal vez porque era como yo en ese entonces –dijo por fin, algo dubitativa en la medida en que reflexionaba-. Nadie le prestaba atención, lo mismo que a mí.
-Lo recuerdo. Pero, para serte franco, me parece que la indiferencia está sobrevalorada.
-Pues en este caso, funcionó.
-Evidentemente –concedió él, algo irritado.
-Me admiraba el esfuerzo que ponía en todo –continuó ella sin hacerle caso. Al fin y al cabo, él se lo había buscado al iniciar esa clase de conversación-. Era solitario, fallaba en la academia, los entrenadores lo reñían constantemente, indignados de sus travesuras… Pero nada de eso lo afligía. Siempre terminaba sonriendo, lo intentaba de nuevo, procuraba mejorar.
Maldita sea, hasta yo me hubiera enamorado de él, rumió Sasuke para sí.
-Nunca entendí de qué están hechos, ni él ni tú –declaró. Hinata lo miró con interrogación y él desestimó el comentario con un gesto-. Supongo que tenían mucho en común –terminó por admitir de mala gana.
-Supongo. Fue mi primer maestro.
-No me gusta que lo llames así –masculló Sasuke sin poder contenerse más ni posar de superado, celoso y molesto por sentirse de ese modo.
Hinata sonrió al darse cuenta.
-Entonces diré que fue mi primer modelo a seguir.
-Tampoco sé si me gusta eso –siguió murmurando él entre dientes, más molesto aún, aunque lo supiera desde hacía tiempo-. En todo caso, te enamoraste de él.
El enunciado sonó tanto a conclusión como a reproche, Sasuke no pudo manejarlo. Hinata sonrió con disimulo esta vez para no aumentar su irritación.
-Ya he olvidado ese amor, Sasuke-kun –optó por señalar.
El susodicho asintió con la cabeza, visiblemente satisfecho ahora de la madurez de su pareja, ya que a él en esos momentos le estaba flaqueando un poquito.
-Olvidar es lo mejor para ti –tuvo el tupé de decir cuando por dentro pensaba Más te vale que así sea, con inclinaciones muy poco edificantes-. Las cucarachas no lo sienten.
-Seguro, shisho.
-Que no me llames…
-¿Y tú? ¿Qué recuerdas de nuestra niñez?
Ahora Sasuke compuso un desdeñoso mohín, en parte fastidiado por la forma como siempre le cortaba ese reclamo y en parte incomodado por la súbita pregunta. Sus recuerdos, al menos los buenos, distaban tanto en el tiempo como en sus sentimientos.
Tal y como lo pensara antes le pertenecían a otro niño, un niño que ya no era él.
-No tengo ganas de recordar, Hyuuga.
Ella no se desanimó con su reserva.
-¿Ni siquiera las cosas buenas?
-Si hubo algo así, prefiero que se quede como está.
-Hablar de ello no hará que desaparezca.
-Pero puede hacer que cambie de valor.
Hinata, algo remisa aún, tuvo que ceder a esa postura. Podía parecer terco e incluso huraño, pero en realidad Sasuke tal vez fuese más sentimental de lo que parecía o de lo que él mismo suponía. A ella, en cambio, los recuerdos buenos le ofrecían un refugio, constituían una forma de repasar quién había sido en el pasado para reafirmarse en el presente. Los buenos recuerdos, en ocasiones, hasta tenían el poder de sanar.
En el instante que siguió permanecieron en silencio, pensativos, como repasando imágenes a pesar de las intenciones de uno y de la nostalgia de la otra. A Sasuke en particular le hubiera gustado reconciliarse un poco con el niño que había sido, pero hasta lo bueno le amargaba cuando terminaba por contrastarlo con lo sucedido después.
-A veces te recuerdo, o creo que te recuerdo –murmuró de pronto Hinata-. Recuerdo una carrera en la academia, de niña. Recuerdo haberme caído y que alguien me levantó, y que tal vez hayas sido tú. –Sasuke la escuchaba con atención, asombrado de esas memorias-. Recuerdo a un niño convidándome chocolate, un niño dormido al que le acerqué un refresco, un niño sentado sobre los hombros de su hermano mayor –continuó Hinata, abstraída-. Tal vez ese niño, en todos los casos, hayas sido tú.
-Tal vez –convino Sasuke, en quien esas imágenes apenas destellaban, y quizá ni eso.
-Casi no tengo recuerdos contigo, nunca hemos compartido nada.
-Es verdad.
-Pero no me importa –siguió diciendo ella con sinceridad-. No me importa porque esa es otra historia y ahora sé que, si quiero tenerte, tengo que contar una historia nueva y entretejer nuevos recuerdos… contigo.
A Sasuke se le hizo un nudo en la garganta. Diablos… El amor lo había idiotizado si ni siquiera entonces podía encontrar las palabras más adecuadas para expresar lo que sentía, cuando Hinata merecía más que nunca una devolución.
-Quiero esto, estoy segura de que quiero lo que tenemos –agregó la kunoichi en voz baja, tratando de mantener a raya la timidez-. ¿Qué es lo que quieres tú, Sasuke-kun?
-¿Qué quiero yo? –repitió él, como si la pregunta lo hubiera descolocado.
Y así fue en realidad, hacía mucho tiempo que nadie le preguntaba qué quería. Era una pregunta que ni él mismo se hacía, porque, siendo conciente de sus inclinaciones egoístas, no creía que tuviera derecho a hacérsela, no al menos desde que recorría el camino de la expiación. Había traicionado a los suyos y tenía que pagarlo, esa era la convicción que lo guiaba.
¿Qué quería él…? Era lo que menos importaba. En todo caso él debía, y como deudor de su destino se había dedicado a compensar y a devolver, en la medida de lo posible, aquello que egoístamente había sustraído, tanto de los otros como de sí mismo. Si había algo que quisiese, ese algo sería recuperar la dignidad.
Y no sólo la dignidad perdida en una misión espiritual de dama de compañía improvisada, desde luego. Su dignidad como shinobi de Konoha, como compañero, como protector, como el último sobreviviente de uno de los clanes fundacionales más importantes de la aldea.
La dignidad que ni siquiera sus padres pudieron proteger y que su hermano mayor se había esforzado tanto en restaurar… ¿Estaba él a la altura del sacrificio de Itachi? ¿Había ya rozado al menos ese grado de entrega, de olvido de sí mismo en pos de una causa superior?
Quizá nunca lo consiguiese. Y si por la vía elegida sólo alcanzaba más desazón y frustraciones, entonces muy probablemente tuviera que perseguir lo que buscaba por otro lado, por el rumbo menos pensado pero, a la vez, quizás, el más prometedor.
-Qué es lo que quiero… -Hinata esperó con paciencia, entendiendo su vacilación-. Quiero… quiero volver a ser un ninja de Konoha, quiero ser reconocido por mis compañeros por mi cambio y mi empeño, y no debido al miedo o a una mala elección.
Hinata asintió con la cabeza. Una tenue semisonrisa asomaba a sus labios.
-Quiero construir una casa y fundar mi propia familia –continuó Sasuke ahora que lo veía, ahora que entendía que el deseo había estado siempre allí, latente, y que sólo le habían faltado palabras para dilucidarlo y un oído dispuesto para escuchar-. Quiero un hogar… contigo. Quiero llegar a un lugar donde sea natural que llegue, donde no tenga que mirar sobre mi hombro, donde ya no importe lo que fui.
-Sasuke-kun…
-Quiero que me veas de esta manera siempre, quiero que al final del día sólo se trate de ti, de nosotros, sin preguntarme cuánto va a durar ni preocuparme de lo que queda por hacer…
De mayor, sólo había llorado después de la batalla con Naruto, y bastante avergonzado se sentía cada vez que le venía a la mente, por lo que ni siquiera con Hinata se lo permitiría aunque se le hubiese quebrado la voz. Al menos no todavía. Tuvo que callar y darle espacio a la hojarasca de sentimientos que se arremolinaba en su interior.
Ella, quizás, hubiese podido decirle que para eso estaban también, que podían llorar juntos si lo necesitaban, pero seguramente estimó que Sasuke requería de más tiempo y permaneció en el mismo silencio, acompañándolo desde allí. La intimidad es algo que se construye y ambos tenían varios obstáculos que superar aún.
De todas formas lo hizo por él. Calladamente, interiormente, lloró por él, liberó las lágrimas que Sasuke todavía se guardaba en el orgullo y la soledad y que dolían tanto como las cosas que ya no tienen remedio. Lloró por la forma de llorar de Sasuke, por su búsqueda, por todo lo que aún tenía que recomponer. Por fuera, sin embargo, le ofreció una de sus cálidas sonrisas.
-Al final de cada día, entonces –susurró, sellando el pacto.
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Observaron el solar durante un largo rato. El verde se extendía hasta más allá de la cerca que lo delimitaba, donde se alzaba una pequeña arboleda que, de contar con los recursos, también podrían adquirir. Allí mismo, si todo iba bien, construirían su casa.
Sasuke le agradeció a Hinata la elección. Había mucho espacio en Konoha destinado a la construcción, pero ese en particular le parecía perfecto: alejado de la zona más trajinada de la aldea, cerca de la casa de los Hyuuga, a buen trecho de la academia y no muy distante de la salida, para cuando ambos tuvieran la necesidad de algo más que de sí mismos.
Hasta en eso lo entendía. Tendría que haberme fijado en ella hace tiempo, se reprochó el joven, aunque sin arrepentimientos. Había conocido a Hinata cuando tenía que conocerla y había conectado con ella cuando debía conectar, lo demás sería enredarse en absurdas entelequias. No podía permitirse perder el tiempo lamentando los "acaso" sino procurar el que les quedaba por delante, el tiempo real que pasaría a su lado, una filosofía de vida que pensaba ejercer a rajatabla.
Porque, para que sepan, el oso de felpa se ha convertido por fin en el Iluminado, en el Sapiente, en el digno Exégeta del Gran Libro de la Condición Humana. Vacío de inclinaciones materiales, limpio de impurezas espirituales, ungido en la Fuerza Cósmica y la Energía Astral, esta inopinada reencarnación de Osho, este eterno aspirante a Dalai Lama, este ensayo de Buda renacido y purificado, por fin se ha liberado de la duda y de la insoportable histeria masculina de las últimas semanas para unirse en cuerpo, alma y chakras al devenir universal.
Que estaba listo para sentar cabeza, bah.
-¿Entonces te casas conmigo? –indagó de pronto rompiendo abruptamente el silencio, carente también, al parecer, del tacto conveniente. Que el proceso de su metamorfosis en Profeta de lo Insondable hubiese culminado no significaba que el muy negligente se hubiera enterado de ello.
Del sobresalto, Hinata empezó a toser. La kunoichi había creído que ya no sería necesario caer en los procedimientos convencionales de la propuesta, pedido de mano o como quiera llamársele, pues la unión se había ejecutado tácitamente entre ellos desde hacía tiempo. De hecho, por esa razón precisamente se encontraban allí, contemplando su futura propiedad. No se esperaba ese súbito abordaje, ni lo había requerido.
Lo miró de reojo, turbada, como si se hubiese materializado a su lado una criatura desconocida. Aludir de forma tan explícita a una situación que los involucraba tanto desde lo emocional –y que insinuaba tantas… cosillas que les quedaban por hacer, aunque ya hubiesen "practicado" varias y de diversos "modos", la verdad-, actitud tan fuera de lugar en el ninja, la dejó francamente desconcertada, hasta el punto en que por un momento… dudó, de veras dudó acerca de qué debería contestar.
Me lleva el diablo, rumió Sasuke para sus adentros al caer en la cuenta de lo que había generado. Hinata estaba más roja que un tomate, seguramente por la inconveniente alusión a las… cosillas que ya habían tenido ocasión de "practicar". Lo dicho: el amor lo idiotizaba, o su mal llevado sentido de la oportunidad lo había traicionado, o le venía fallado de fábrica, o se lo había contagiado la cucaracha de su amigo. En todo caso, había tropezado como pretendiente.
-Pu-Pues… -Hinata continuaba vacilando, abrumada por el inusitado abordaje y el recuerdo de las… cosillas. Sasuke volvió a maldecirse por su atrofiado sentido de la ubicación-. ¡De-Desde luego, shisho! –terminó por responder con torpeza y un nivel de seriedad tan innecesario como la pregunta formulada.
Lógicamente, ante semejante formalidad Sasuke se crispó, como de costumbre, pero como él mismo se lo había buscado, y como las imágenes de las… cosillas se le estaban propagando por la mente sin que pudiera evitarlo, optó por dejarlo pasar. A esas alturas, todos y cada uno de los diversos matices que adquirían sus intercambios le daban igual mientras pudiesen entenderse.
-Bien –repuso con brusquedad.
-Bi-Bien –secundó Hinata, tragando saliva con dificultad.
A continuación, carraspeos aislados, atolondrados mohínes y una buena cantidad de suspiros evasivos fueron proferidos con gran industria por parte de ambos en un noble intento por zanjar la cuestión. Después, algo más repuestos, se enfocaron en lo principal.
-Me gusta –dijo Sasuke, de cara a la verde extensión.
-Eso creí –repuso Hinata.
-Dentro de poco podremos empezar a construir.
-Así lo espero.
-Llevará tiempo, pero tendremos nuestra propia casa.
-Nuestro propio hogar.
-Para cuando nos… hum… para cuando nos… casemos –empezó él con voz áspera por verse en el aprieto de volver a mencionar aquellopor su nombre, reiniciando para su completa desgracia el espinoso momento y la proyección mental de las… cosillas-. Quiero decir… para ese entonces tal vez ya contemos con un sitio habitable.
Hinata, por las dudas, se aclaró la garganta antes de contestar, procurando eludir las referencias a futuros estados civiles que pudieran cohibirlos aún más.
-Seguro.
Y no agregó más. Nunca volveré a pronunciar esa palabra, maldita sea, farfulló Sasuke para sí, y tal vez otro tanto especulase ella. Evidentemente, había vocablos demasiado comprometedores… o más bien reveladores de sentimientos humanos y situaciones íntimas denominadas… cosillas.
-¿Hay algún otro requisito aparte de los que ya hemos hablado? –preguntó rápidamente para escapar de una buena vez por todas de la zona bochornosa.
Hinata, aliviada y agradecida, respondió:
-Ninguno. Hoy en día, siendo shinobis, los trámites tienden a facilitarse.
-Es bueno saberlo.
-Me gustaría tener un gran parque y que todas las puertas del dojo dieran a él –se ilusionó la kunoichi, ahora que podía permitírselo.
-Así será, entonces.
-Y me gustaría contar con un espacio exclusivo para la lectura.
-No me cabe duda de que contaremos con eso.
-Recuerda que también se trata de lo que tú quieres, Sasuke-kun.
Él giró el rostro hacia ella, la única presencia de la casa que lo ilusionaba y el único paisaje que le interesaba, lo apaciguaba y lo hacía anclar. Hinata era todo lo que necesitaba y una certeza tan simple como contundente le removía aún un conjunto de emociones nuevas.
Habían recorrido mucho, habían hablado mucho, habían aprendido mucho. Y muchas veces también supieron detenerse, callar y soltar, liberarse sobre todo de las ideas, las personas y las cosas en las que ya nunca podrían apoyarse, de las que ya no tenían nada que esperar.
Lo más parecido a un sentimiento de felicidad, lo más próximo a la dicha de sentirse satisfecho, completo, lo había reconocido Sasuke en cada momento compartido con ella. Era conciente de que su historia recién comenzaba, que la senda sería larga y muchas veces ardua, pero como ya no estaba solo, como ahora podía contar con Hinata, la incertidumbre ya no le abrumaba.
¿Qué podía hacer su amor?, le había preguntado Kakashi aquella vez. Si lo pensaba, ya había hecho bastante, por ella y por él. Lo demás tendría que descubrirlo día a día, instante por instante, en el acontecer de lo cotidiano. El primer paso, no obstante, ya lo habían dado.
-Olvida.
Hinata lo miró sin comprender. Sasuke la tomó de la mano y la miró a los ojos.
-Además de lo que dije la última vez, lo que quiero es esto, Hyuuga –confesó-. Olvida. Olvida lo que hemos perdido, olvida lo que jamás tuvimos. Olvida lo que pudo haber sido, olvida lo que fui y lo que no fui contigo.
-Sasuke-kun…
-Me hablaste de detalles efímeros, de escenas mínimas que quizá recordabas, y todo era bueno y familiar –prosiguió él-, pero lo cierto es que hay más sombras que claridad. Olvídalo todo, Hyuuga, así como las tonterías que he estado diciéndote como si fueran claves para la vida. La verdad es que no tengo la menor idea de cómo hay que vivir.
-No importa, Sasuke-kun, nadie lo sabe –se apresuró a decir ella, conmovida-. De verdad que no me importa.
-Lo sé, y por eso mismo te lo pido. Prefiero que me recuerdes de aquí en más, que me conozcas ahora y me pienses en este preciso momento, cuando lo único que puedo ofrecerte es la certeza de saber por fin quién soy.
Hinata guardó silencio. Con los ojos humedecidos le tomó el rostro y lo besó. Lo besó a conciencia, con entrega, para retribuirle aunque sea de ese modo la honestidad de sus sentimientos. Los enrevesados sentimientos de su adorado gurú, de su obstinado oso de felpa. Luego se apartó y le sonrió.
Algún día debería decirle también lo que vale esa sonrisa.
-Olvidaré lo que deba ser olvidado y recordaré cada detalle de la persona que tengo delante de mí –prometió Hinata.
-Espero que no tengas que arrepentirte –gruñó él reteniendo con su mano la mano de ella.
-¿De qué cosa?
-De eso, de haberte fijado en mí.
Hinata rió ante la insistente observación. Lo dicho: ese sujeto era demasiado obstinado. Pero así lo quería, así lo había elegido. El tiempo contribuiría a limar las asperezas.
-Pero tuve que hacerlo, shisho –repuso, utilizando el término adrede a modo de broma porque siempre, siempre, siempre le había gustado el gesto de disgusto que se le dibujaba en la cara cada vez que se dirigía a él de esa forma-. Realmente tuve que fijarme en ti. Aunque nunca me lo hayas aconsejado, fue un ejercicio necesario para poder olvidar el amor.
FIN
