PRIMERA PARTE

EL PORTAL DEL TIEMPO

Capítulo V - Truce en aquél entonces

3

Por todas partes se propagaban rumores de gente que desaparecía, y de muy pocos que después eran encontrados muertos o en deplorables condiciones. No sólo se había tratado del caso de la reina; mujeres, niños, soldados, ancianos también. El muchacho se llegó a enterar de por lo menos el reencuentro con dos chicas cuya descripción encajaba perfectamente con la de Marle. Intrigado, de lejos investigó al respecto, sólo para comprobar que ninguna se trataba de la doncella que buscaba.

Se preocupó pensando que quizá Marle nunca llegó hasta la época donde se encontraba. Incluso supuso, ella pudo haber terminado en otro lado del tiempo. Eso lo preocupó bastante. Si Lucca había desconocido los extraños efectos de su invento al estropearse, mucho menos él sería capaz de averiguarlos.

Entendió el por qué al llegar al pueblo no había podido apreciar la casa de Lucca sobre el islote, y era porque no existía aún. A lo lejos, desde la costa, el terreno sobre el mar se veía desierto. No había ningún pequeño puente de caoba para llegar allá como antes.

Frente al lugar donde la estructura se levantaría en un par de siglos, estaba el jardín de una casa que en su tiempo no recordaba haber visto antes. Un lugar sencillo y humilde lleno de chatarra por los alrededores, así como herramientas dispersadas por todo el patio. Donde antes debió haber un granero, estaba un enorme horno improvisado de piedra. A diferencia de muchos de los habitantes de Truce, los ocupantes del recinto estaban afuera de la casa.

Uno de ellos era un hombre enorme alto y fornido, estaba de rodillas golpeando con su martillo una inmensa campana de bronce, deteniéndose por instantes para estudiarla a consciencia, antes de proseguir su labor dándole forma al objeto. Cerca de él, a un lado de una mesita, sentada en una silla se hallaba su esposa, una mujer en un avanzado estado de embarazo con un tejido entre las manos.

Sintió curiosidad por la pareja al sentir algo extrañamente familiar en ambos. Acercándose con acostumbrada cautela, los saludó presentándose como un extranjero recién llegado.

—¿No es peligroso que anden afuera? —advirtió Crono a la vez harto por todos los rumores sobre la guerra, pero preocupado al ver a la mujer tan vulnerable, aún bajo la protección de su robusto marido—. Los místicos podrían venir a atacar.

—Los místicos casi no vienen por aquí —respondió el hombre sin dejar de trabajar en la campana.

Era evidente que la pareja le restaba importancia a los miedos casi histéricos de sus vecinos. La llegada del muchacho pelirrojo no pareció alterarlos como a otros pueblerinos. Al ver mejor la campana en la que trabajaba, con sorpresa descubrió que el matrimonio no era lo único que le parecía familiar en la escena.

—¡La campana Leene! —exclamó sin despegar su vista de la campana principal de la plaza, donde intentó ir a rezar aquella mañana antes de conocer a Marle.

—¿Cómo sabes de ella? —en esta ocasión, el hombre se mostró cauteloso y desconfiado—. Comencé forjarla hace unas semanas, en efecto para que el rey se la obsequie a su esposa. Hasta detuve el trabajo cuando ella desapareció.

—Oh… bueno, la gente y los chismes… ya sabe.

Su esposa encogió los hombros restándole importancia, eso pareció tranquilizar de nuevo al herrero.

—Es verdad. Por cierto, soy Banta Gendius. ¿Cuál dijiste que era tu nombre, forastero?

—Cro… Crono Degjel.

—Mi esposa, Clara.

Su sorpresa fue grande al escuchar el apellido. Saludó con más entusiasmo del debido a los antepasados de Lucca. Sin darse cuenta, fijó su vista mucho tiempo en el vientre de Clara, volteó apenado cuando ella lo notó, pero la mujer le sonrió diciendo:

—No falta mucho para que nazca. Espero que sea una niña.

—Que sea tan inteligente como hermosa —agregó Banta—. Por cierto, Crono ¿de dónde vienes? Es menos imprudente salir al patio de tu casa, que hacerlo lejos de tu pueblo.

—Pues… ando perdido.

—Deberías de pedir posada.

—Casi no tengo dinero.

Gendius ladeó la cabeza.

—Esta guerra acabará con la economía de la nación. Si la gente no muere de hambre, lo hará enloquecida por tantas malas noticas. Espero que algún día termine. ¿No, amor?

—Me gustaría que la campana toque en un mundo lleno de paz —contestó melancólica.

—Escucha, muchacho. Puedes intentar pedir asilo directamente en el Castillo. Hace tiempo, antes de la guerra, lo proporcionaban, solo ten cuidado al hacerlo. Guardia está muy trastornada por todo lo ocurrido y es posible que se muestren renuentes, han estado arrestando a muchas personas sólo por parecerles sospechosas. De hecho, ayer se llevaron a dos hombres y tres mujeres que estaban en los alrededores de los cañones de Truce, presumiblemente por hacer negocios con los místicos que se están ocultando ahí. Ya me dirás si me la creo.

La piel del muchacho palideció al recordar las palabras del místico. ¿No le había contado sobre una doncella aprehendida el día de ayer? ¿Sería Marle una de aquellas personas? ¿Entonces como él, ella estaba en esta época? No podía perder tiempo.

—Muchas gracias amables señores. Intentaré seguir su consejo.

—Por supuesto, pero antes, ¿podrías asistirme en un favor, jovencito? —le pidió la señora Gendius acercándose una bolsa de la mesita—. ¿Serías tan gentil de entregarle este almuerzo al guardián del puente Zenan? El pobre ha estado todo el día de vigía, que pienso el hambre debe de estar torturándole.

—Así es mi mujer de comprensiva —sonrió Banta mirándola con cariño.

Agradecido por la información, el muchacho asintió de buena manera tomando la bolsa con el almuerzo. Casi corriendo se dirigió hasta la embocadura del puente principal, con la intención de tras terminar su encargo, ir del mismo modo rumbo al castillo.

Al llegar, su sorpresa subió un nuevo nivel. El guardia de quien le hablaron, vestía la típica armadura de la época, eso ya no era novedad, pero estaba frente a la naciente de una pequeña fracción asomando al mar de lo que pudo ser el puente.

El hombre agradeció a Crono el almuerzo, pidiéndole agradecerle también de su parte a los Gendius por su hospitalidad, si se topaba de nuevo con ellos en el camino. Crono apenas y lo escucha hablar, viendo hipnotizado los restos de lo que en su tiempo se suponía era un magnífico e imponente puente. Desde su posición, era difícil distinguir con claridad la costa del otro continente más allá del mar.

—¿Cómo es que sucedió esto?

—¿No lo sabes? ¿Cómo iba a suceder, preguntas? Fueron los ejércitos malditos de Ozzie.

—¿Quién?

—Ozzie es uno de los hechiceros de Magus, y también uno de sus tres generales más importantes. Ese ser despreciable posee profundos conocimientos en la magia negra, con ellos derribó el puente cuando levantó los cadáveres de nuestros hombres poniéndolos en nuestra contra. Pero ya veraz. Cuando el capitán Cyrus regrese, se las arreglará para lanzar en su debido momento la represalia contra Ozzie y al resto del ejército de Magus.

El hombre hablaba con anhelo, y Crono sintió cierta admiración por él y la fe depositada en su capitán. Nuevamente hace memoria sobre sus clases de historia en casa del alcalde con Sir Dianos sobre Sir Cyrus.

No recordaba mucho sobre aquél personaje en sus lecciones, salvo que fue uno de los predecesores de su maestro como capitán del ejército de Guardia, así también de su desaparición durante una expedición en los montes Denadoro en circunstancias tan misteriosas, como ocurriría después con Toma. La gente nunca perdió la fe en su regreso durante los primeros años de su ausencia, hasta que el reino tuvo que resignarse con el paso del tiempo, sobre el posible triste destino del valiente y legendario guerrero. Pasarían muchos años antes de saberse por medio de los mismos místicos sobre el lugar donde reposaban sus restos. ¿Estaría ya muerto mientras su gente lo esperaba? Se preguntó decidiendo al final olvidarse de eso por el momento y marcharse pronto al bosque.