XX

Sus pasos crujieron suavemente sobre la madera, fue cuidadoso al acercarse al sofá donde yacía plenamente dormido su querido Edward. Admirar su rostro dormido podría ver sido la mayor afición de Alfons, quien adoraba profundamente la paz con la cual dormía el más joven.

Se sentó a sus pies y recargó la cabeza en su regazo procurando no despertarle. Cerró los ojos y por unos instantes se dedicó a imaginarse que no estaban ahí, que habían viajado tan lejos que los problemas del mundo eran incapaces de alcanzarlos y que el tiempo se había detenido para permitirles permanecer abrazados por siempre.

Los suspiros escaparon de sus labios mientras los románticos pensamientos embargaban su mente; Alfons no descubrió el momento en que Edward despertó, simplemente sintió como la mano de este se posaba en su rubia cabellera.

-He tardado, lo siento...-se excusó con dulzura sin atreverse a levantar el rostro y romper el momento.

Edward respondió con un "Bienvenido a casa" en señal de que le alegraba verle. De nuevo estaban inmersos en los maravillosos momentos que el menor odiaba romper, sin embargo comenzó a hablar, a explicar detalladamente todo desde que se había puesto el uniforme nazi.

Alfons estaba tan sorprendido que no alcanzó a expresar palabra alguna, se levantó y de golpe se lanzó a sus brazos. Sentía un inmenso orgullo por aquel hombre que apenas dejó de llorar de alegría, le confesó sus propios planes.

La noche se esfuma entre confesiones y mutuas preocupaciones. Ahora que todo estaba dicho se enfrentarían juntos a los mismos demonios.