Jack se encontró al traspasar la puerta en una pequeña habitación. A su frente, su única opción, unas escaleras retorcidas de metal, que ascendían y ascendían. Con paso firme, el príncipe empezó el ascenso. De pronto un destello de luz anaranjado y un grito de Cyrce hicieron que Jack apresurara el paso todo lo que podían sus fornidas piernas. El pirata corría presuroso saltando de un escalón a otro, y mientras a su alrededor se iban formando y deshaciendo pequeñas ráfagas de viento que agitaban su cabello sedoso.
Al final de las escaleras, Jack se topó con una puerta cerrada que derribó con un solo gesto de la mano. Un vendaval chocó contra la madera deshaciéndola en astillas. Jack se miró un instante la mano sorprendido, y después recordando que era lo que le había llevado hasta allí, entró en la habitación atravesando lo que ahora era un agujero. La habitación estaba atestada de cosas: mapas, espejos, mesas, sillas, camas, almohadas… espadas… y en medio de ella Cyrce.
"Cyrce. ¿Estás bien?".- preguntó Jack saltando cosas hasta casi llegar hasta ella.
"Sí, te esperaba…". Le contestó la que se suponía era Cyrce. "vamos Jack, ven a mí…- Cyrce extendió los brazos, abriéndoles para acoger al pirata. "Vamos, ven, ven a mí, Jack…". Había un candor hipnótico en la voz de Cyrce, algo melodioso, que empujó al príncipe hacia los labios de ella, la estrechó la cintura, y cuando se encontraba a pocos centímetros de su boca, observó sus ojos. Los ojos grisáceos de la pequeña sirena, habían desaparecido, dando paso a unos atormentados ojos negros. Y justo en ese momento, Jack se dio cuenta de que tras su amoroso abrazo, se encontraba una trampa, ya que un afilado puñal apuntaba directamente hacia su corazón.
Se separó de un salto, rodando por encima de una mesa e intentando comprender.
"¡Tú no eres Cyrce, quién eres y que la has hecho a ella?". Instó Jack..
"Vamos, Jack, ¿acaso ya no reconoces al amor de tu vida? Me ofendes querido".- dijo la sirena juguetona, mientras daban vueltas alrededor de la habitación, lanzándose objetos preferiblemente punzantes.
"El amor de mi vida, no habría intentado asesinarme, o eso creo".- contestó Jack irónicamente.
En ese momento, Cyrce saltó de nuevo sobre Jack, poseída por el espíritu vengativo de Jápeto, el príncipe del fuego. Le golpeó, le aseteó y de nuevo intentó clavarle puñales, Jack se defendía de todos modos, intentando que la sirena volviera en sí, pero era en vano. Durante unos instantes se separaron, intentando recuperar el aliento. El vestido de Cyrce estaba desgarrado y roto, su pelo alborotado y Jack no podía apartar la vista de su pecho que subía y bajaba respirando costosamente, la lucha interior de la muchacha había comenzado hacía mucho tiempo, y ahora intentaba no herir al amor de su vida, mientras que algo dentro de ella la instaba a matarle.
Jack había perdido la mitad de la camisa que revelaba su pecho musculado, y por los pantalones, hacia la rodilla, la sangre del príncipe se filtraba. Se miraron, y por un momento el deseo se impuso ante la violencia, pero la cordura llegó a tiempo y Jack volvió a resistirse a ese beso mortal, mientras la asestaba un puñetazo en el estómago a Cyrce.
"Jack, por favor, sácame de aquí". Esta vez era Cyrce, la verdadera, la que le suplicaba a Jack, mientras se doblaba de dolor frente a una ventana, apoyándose en el vidriera. Pasó la palma de la mano por la cara arrastrando con ella la sangre de un corte y entonces a Jack se le cruzó por la cabeza un idea, descabellada o no, iba a llevarla a cabo. Tomo carrerilla y saltó sobre la mujer, tomándola de la cintura… juntos atravesaron la ventana de colores y cayeron al vacío. Unidos, abrazados. Los cabellos de Cyrce cegaban a Jack en la caída, la gravedad les impulsaba hacia abajo a una velocidad de vértigo… pero de pronto:
Opción 1.
Unas bellísimas alas rojizas como el sol aparecieron en la espalda del príncipe, consiguiendo que él y la sirena aterrizaran sanos y salvos en el suelo. Tras esto, la niebla volvió a envolverlos y se encontraron con sus mismas ropas de siempre y los mismos acompañantes en la estepa.
Opción 2.
Al caer parecía como si el aire se hubiera detenido, como si estuviera andando sobre la misma tierra. Al príncipe Jack solo le bastó un ligero movimiento de cadera para aterrizar suavemente sobre el suelo con su sirenita en brazos. La miró durante un instante y entonces, la niebla volvió a envolverlos y se encontraron con sus mismas ropas de siempre y los mismos acompañantes en la estepa.
Opción 3.
No se detenían, el suelo parecía estar cada vez más cerca y con más solidez, pero de pronto, al llegar a su altura, lo traspasaron como si de una pompa de jabón se tratara, cayendo aparatosamente, de nuevo uno sobre otro, en la estepa. Habían recuperado sus ropas y a sus amigos.
