Arciria
Aferré la espada con mis manos. Lianne acababa de morir en mis manos. Con lágrimas en los ojos, furiosa, me puse en pie y miré a aquel crío a los ojos. Mis lágrimas, al tocar el suelo, formaban pequeñas baldosas heladas, apagando el fuego que se había formado antes. Peter seguía sonriendo, seguro de que yo no era ninguna amenaza. Vi como hacía un gesto y la daga con la que acababa de matar a Lianne volvía a sus manos. La hizo girar y me miró.
_ Tanto esfuerzo por evitar que te clavase esto en el pecho y ahora es exactamente el lugar en el que va a acabar. Saluda a Lianne en el infierno cuando llegues._ Dijo, lanzando la daga de nuevo.
La cogí antes de que impactase y él quiso repetir el mismo numerito que había hecho con Lianne conmigo. Pero no pudo, porque la daga se quedó completamente helada y la hice añicos con un giro de muñeca. Ahora entendía a lo que Anzu se refería al decir que la magia estaba en mí. Peter se acercó, espada en mano, y lanzó un mandoble contra mí. La espada se congeló un poco antes de llegar a mi piel y se hizo añicos al tocarme. Peter dio un paso atrás, y luego se elevó por los aires. Estaba visiblemente asustado.
Yo, de algún modo, supe lo que tenía que hacer. Apunté hacia el cielo con las manos, y simplemente deseé que ocurriese. De mis manos empezó a manar una estela que dejaba una nevada a su paso. Los copos comenzaban a caer sobre las llamas, minando su fuerza, mientras yo ganaba puntería con cada tiro que Pan esquivaba. Lianne había sido clara antes de desaparecer, debía acabar con Peter ahora, mientras estuviese debilitado porque de lo contrario huiría y quizás nunca pudiésemos derrotarlo.
Lianne me había regalado mi vida, y eso ardía dentro de mí con tanto fervor como helaba el hielo que lanzaba, como lo hizo el que impactó sobre la pierna de Pan. Hice un gesto con la mano, como si tirase de una cuerda, y comenzó a perder altura. Se debatía por escapar volando, pero mi hechizo era más fuerte. Tras unos tirones lo empujé contra el suelo y mi mato entró en su pecho. Di un tirón, y el corazón de Henry, brillante, salió de su pecho. Con la otra mano aún sobre él, comencé a extender una corriente de hielo por su cuerpo. Iba a convertirlo en una estatua y a hacerlo trizas de una patada.
_ ¡Arciria, detente!_ La voz de Anzu me devolvió a la realidad.
_ Ha matado a Lianne… ha estado a punto de matar a Henry. ¡No puedo dejar que escape!_ Exclamé, notando una vez más como las lágrimas se apoderaban de mí.
_ ¡Querías ser una heroína!_ Me dijo_ ¡Las heroínas no actúan así!
Aquello era cierto. Y por ello cogí la espada de pirata que aún llevaba colgada del cinturón y se la acerqué al cuello. Vi como Peter tragó saliva y me miró. Aquel niño malvado al que todos temían, ahora no era más que eso, un niño asustado por alguien más fuerte que él.
_ Libera a Anzu, y júrame que te irás de este mundo. ¡Júrame que no volverás nunca más!
_ Lo juro… ¡Lo juro!_ Exclamó, cuando presioné la espada contra su garganta.
Anzu pudo salir de su prisión. Yo me levanté y me acerqué a ella para ver cómo estaba. Parecía encontrarse bien, aunque su rostro estaba tan húmedo como debería estarlo el mío. Cogió la espada que llevaba en la mano y me tomó de la mano para avanzar juntas. Lo siguiente que ocurrió, pasó muy deprisa. Escuché una rama romperse, y noté como Anzu me soltaba la mano. Vi a Pan, intentando lanzarme un hechizo, pero antes de poder reaccionar, vi como una mitad de su cara comenzaba a deslizarse sobre la otra. Poco a poco, su cuerpo comenzó a desmontarse, como un tétrico puzzle. Cuando hubo caído al suelo, vi a Anzu tras él, con la espada de Lianne en la mano.
_ No me dejó otra elección._ Dijo, enfundándose la espada. Se acercó a mí y me pasó la mano por el hombro, al tiempo que se volvía y le lanzaba una bola de fuego a los restos._ Sólo… por si acaso.
Henry Mills
Arciria me había salvado. Todos habían colaborado, de hecho. Al despertar, me había visto agobiado por un abrazo de parte de mis madres que me había dejado sin aliento. Pero, aunque fue un momento muy feliz, los que siguieron no lo fueron tanto. Asistir a un funeral nunca era agradable. Pero Arciria parecía muy afectada, y no quería dejarla sola. Nos habíamos reunido todos en el puerto. Arciria se acercó a las aguas, y al colocar la mano sobre estas creó un pequeño barco de hielo, como una miniatura con todos los detalles, incluidas las velas.
_ No soy la persona más adecuada para hablar sobre esta mujer… sobre esta heroína._ Dijo, en un tono en que todos la pudimos oír._ Apenas la conocía, pero sé que si vino hasta aquí, fue por mi causa. Le debo mi vida y sé que también otras muchas cosas de las que no soy consciente. Hubiese deseado poder demostrarle mi gratitud como se merecía. Hace apenas unas horas, ella me di las lecciones más valiosas que creo que haya podido aprender en mi vida. Ser quien deseo ser, y no dejar que nadie me lo impida. Vencer mis miedos, y tener valor.
Desde que había conocido a Arciria, siempre la había visto como a una compañera de juegos. Ahora, sin embargo, estaba seria, casi se parecía a mi madre. Pero era de entender. Garfio se acercó, y colocó su espada sobre la barca, a la que Anzu dio un leve empujón. El barco comenzó a desplazarse por las aguas. Y lo observé, como todos los estábamos haciendo. Pequeños barquitos comenzaron a rodearlos, adornados con velas. Miré a mis madres y las encontré mirándose la una a la otra, casi parecía que se sentían culpables.
Ruby parecía tener una expresión serena, calmada. Sin embargo, de sus ojos caían sendas lágrimas, que ni ella parecía entender de dónde provenían. Killian, que parecía inusitadamente serio, la tomaba por la cintura y le decía palabras de ánimo.
_ Apenas crucé unas palabras con ella… pero me siento como si hubiese perdido a un miembro de la familia._ la oí decir.
Poco a pocos todos se fueron marchando, hasta que Arciria fue la única que se quedó mirando el horizonte. Mis madres también parecían tener intención de marcharse, pero yo no quería dejar a Arciria sola. A fin de cuentas, yo era su mejor amigo, y los amigos estaban para eso.
_Id volviendo a casa._ Le dije a Emma y a Regina._ Yo volveré con Arciria.
_ De acuerdo, pero tened cuidado._ Dijo la alcaldesa._ Yo todavía no me fío de que esto haya terminado.
Asentí y me dirigí hacia Arciria, que aún observa la embarcación de hielo que se iba alejando. Ya casi se había perdido en la distancia, pero ella aún parecía capaz de seguirla. Su expresión era serena cuando le puse la mano en el brazo para llamar su atención.
_ Al final lo lograste._ Le dije.
_ ¿El qué, Henry?_ Me preguntó, agachándose para quedar a mi altura._ No siento que haya conseguido nada.
_ Venciste a Pan, como una heroína._ Le dije.
_ No pequeño. Lianne es una heroína. Yo sólo soy una mujer que lanza chorros de nieve. No es la magia lo que hace al héroe, o el haber vencido a un villano. Es su corazón. Y en eso, no puedo competir con ella.
11 años más tarde
Tercera persona
Los árboles del bosque encantado estaban agitados. El viento parecía arremolinarse de forma inusitada aquella noche, iluminada tan sólo por los estrellas. Había sido una noche particularmente silenciosa. El sol comenzaba a despuntar anunciando el amanecer. Las ardillas comenzaban a salir de sus madrigueras. Todo parecía en completa calma, hasta que se escuchó un relincho y luego un grito. El caballo, negro como la noche, cabalgaba dejando las marcas de los cascos que había bajo sus patas blancas.
Su amazona, que apenas llegaba a completar la primera década de su vida, en lugar de sentada, se hallaba de pie sobre su corcel, haciendo prácticas de equilibrio y lanzando un grito primoroso fruto de lo mucho que se estaba divirtiendo. Se encontraba vestida con una casaca azul y unos pantalones del mismo tono. Su rostro, adornado con dos zafiros por ojos y una nariz perfilada, estaba coronado por una larga melena pelirroja que se arremolinaba por el viento.
La niña volvió a subirse a la silla al ver un carruaje en su camino. Tiró ligeramente de las riendas y el caballo aminoró, trotando de forma elegante hasta situarse a la altura del carruaje. La pelirroja tocó junto al agujero que permitía a los ocupantes respirar y observar alrededor y una joven, de unos veinte años, con un sombrero ladeado sobre la cabeza, la sacó y sonrió.
_ Te ha quedado muy bonito… pero te he visto hacer surf sobre Angus hace un momento.
La pelirroja puso los ojos en blanco y emitió un sonido similar al relincho de un caballo, que provocó que el mechón rebelde que siempre tenía delante de la cara se elevase por unos segundos antes de ocupar su posición habitual.
_ ¿No se lo irás a decir a mamá, verdad?_ Dijo, mirando a la ocupante del carruaje._ Siempre está con que no arriesgue mi vida y esas cosas.
_ No sé… ¿Qué clase de hermana sería yo si no le dijese a mi madre que mi hermana podría haberse desnucado para que le aplicase un justo correctivo?_ Dijo la joven del carro, con tono dramático.
_ ¡Grace, dale cancha!_ Le pidió el otro ocupante del carro, con una mirada inquisitiva.
_ Henry… si me conocieras sabría que no se lo decía en serio._ Dijo la joven, bufando porque le habían estropeado la broma._ ¿Qué voy a hacer con este novio mío? Tu corazón de oro me trae de cabeza.
La pelirroja suspiró aliviada, pues tanto el carruaje como el caballo llegaron a una pequeña casa que se encontraba junto a un huerto. Grace y Henry se bajaron del carruaje, mientras que la menor llegó hasta el establo que había en la casa y metió el caballo en su cubil. Grace tocó la puerta y su madre, exactamente igual que la recordaba, no tardó en abrir.
_ Se ve que en el palacio saben lo que se hacen._ Dijo la vampiresa._ Has crecido varios centímetros desde tu última visita.
_ Bueno, tú estás exactamente igual._ Dijo Grace, alzando las cejas._ Empiezo a sentir celos, dentro de nada serás más joven que yo.
Anzu negó con la cabeza y le dio un abrazo a su hija. La joven se lo devolvió sin reservas. Aquellos diez años que habían pasado juntas, los últimos, las habían unido más que nunca. Henry saludó a su suegra y ambos entraron en la casa. Anzu, en cambio, salió fuera y se fue al establo, donde su hija menor se encontraba dándole de comer a su montura.
_ ¿Qué tal han ido esas prácticas de equilibrio?_ Le preguntó, sin más.
_ Pues han ido…_ la joven se cortó en mitad de la frase, sintiéndose descubierta._ Al final Grace me ha delatado. ¿Verdad?
_ No ha hecho falta. Eres mi hija, y eres exactamente igual que yo. Puedo saber en qué piensas con sólo mirarte a la cara.
La joven se esperaba que le echase la charla, pero su madre tan sólo se acercó y le revolvió el cabello pelirrojo y se llevó el dedo a los labios para que guardase silencio.
_ Como tu padre ha estado toda la mañana en su taller… y él no sabe nada de esto… quizá a mí se me olvide contárselo si me prometes que no volverás a hacerlo.
_ Vale…_ murmuró la joven, de mala gana.
_ Si no te pones gruñona te haré un arco nuevo._ Dijo su madre, haciéndole un guiño._ Ahora vete a buscar a Lianne. Ya sabes que es su cumpleaños y que debemos ir al castillo para la celebración.
La joven sonrió ante la perspectiva de un arco nuevo y una fiesta en el castillo. La princesa Arciria siempre insistía en que, si Lianne quería, celebrasen la fiesta en el castillo real, pues estaba muy unida a la que era mejor amiga de la niña pelirroja. Anzu no tuvo que repetírselo para que comenzase a correr a trote por el camino que llevaba a la playa.
Anzu, por su parte, volvió a su cabaña, donde el sombrero, su hija y Henry se encontraban esperándola para conversar. Se acercó a su marido, le dio un beso casto, y se sentó a la mesa.
_ ¿Ha vuelto a hacerlo, verdad?_ Preguntó el sombrerero, mirando a su mujer.
_ Efectivamente_ Dijo Anzu, sin poder evitar sonreír de oreja a oreja._ Y esta vez ha batido su record.
_ Eso lo ha sacado de ti._ dijo el sombrerero._ En mi familia nunca hemos hecho prácticas de equilibrio sobre caballos.
_ Quizá una combinación de tu locura y de mi temeridad._ Se defendió la vampiresa._ En cualquier caso, me encanta.
_ ¿Tengo que ponerme celosa?_ Preguntó Grace, bromeando.
_ Os quiero a las dos por igual._ Dijo Anzu._ No seas tonta.
Lianne Jones
"Nos veremos en otra vida" Había dicho, y luego, había llegado la oscuridad. Pero luego había sentido de nuevo mi cuerpo. Estaba muy quieta, temiendo lo que podía pasar si abría los ojos. Sentía el viento agitándose, escuchaba voces. Un aroma delicioso empezaba a llegar a mi nariz. Me armé de valor y abrí los ojos. Me encontraba en una habitación propia de un niño. Había juguetes en las estanterías, algunos de motivos náuticos, la mayoría de hecho. Me llamó la atención uno que había sobre la mesilla. Era una réplica del Jolly Roger. Al tocarla me percaté de que estaba fría. La cogí, con mis manos que veía ahora muy pequeñas, y la examiné. Estaba hecha de hielo de diferentes colores. "Arciria me regaló esto", me vino repentinamente a la cabeza.
De hecho, me vino el recuerdo de ella colocándolo en mis manos, sonriendo. Aquello fue en mi octavo cumpleaños. Uno por uno, recuerdos comenzaron a unirse a ese. Recordé una vida completa, paso a paso. Una vida bien distinta a la que yo recordaba. Y con cada recuerdo, lágrimas acudieron a mis ojos. Porque esa vida, esa vida que recordaba, era muy feliz. Me puse en pie y cogí un espejo que ahora recordaba que estaba en la mesilla. Me miré, y la niña de mi reflejo me devolvió la mirada.
Porque yo tenía diez años. A fin de cuentas, era la edad que tenía realmente cuando Anzu y yo nos quedamos atrapadas en el tiempo. Aunque eso, jamás había llegado a pasar. Yo era la única que recordaba. Miré por la ventana, y vi el Jolly Roger atracado en un muelle que había construido para tal fin. El olor que me había levantado venía de la cocina.
Corrí hacia la cocina, y las lágrimas volvieron a acudir a mis ojos. Allí estaban, los dos. El pirata y la loba. Mis padres, conversando sobre temas baladíes. Una sonrisa se instaló en mis labios. Me lancé sobre el pirata y lo rodeé con los brazos con tanta fuerza que temía que no pudiese respirar. Aunque, lo cierto es que mi cuerpo infantil no tenía fuerza como para preocuparme por aquello.
_ Vaya… ¿Estás feliz de que sea tu cumpleaños, pequeñaja?_ Me preguntó, revolviéndome el cabello con su única mano._ Buenos días.
_ Alguien se ha levantado de bueno humor._ corroboró Roja, colocando un plato sobre la mesa, el culpable de aquel olor que me había despertado._ Y además tiene su plato favorito puesto sobre la mesa.
Sabía que debía actuar con cierta naturalidad. A fin de cuentas, lo más especial de aquel día para el resto, era simplemente mi cumpleaños. La puerta se abrió repentinamente y una joven pelirroja entró, soltando un suspiro para apartar su cabello pelirrojo de la cara.
_ ¡Mérida! Llegas pronto._ Intervino mi madre._ Lianne aún no ha desayunado.
_ En el castillo ya la esperan._ Dijo la recién llegada, muy digna.
