ENCENDIÉNDOME
Capítulo 19 - Respira
Un nuevo día nace con los primeros tenues rayos de sol verdosos, aunque no son ellos los que consiguen despertarme, si no un punzante dolor en la cara. Extrañado y medio adormilado aún, me llevo la mano a la cara para comprobar qué es lo que me lo está causando. Bueno, mejor dicho, lo intento ya que al final acabo dándome un buen guantazo con la mano abierta.
Dejo escapar el poco aire que tenía retenido en mis pulmones para no perder los nervios y liarme a decir insultos como un descosido. No quiero despertar a mis compañeros y que mi humor empeore más, si es que eso es posible. Ahora, con mucho más cuidado, me palpo el origen de este repentino dolor y palpo como tengo una herida superficial que me ocupa casi toda mi mejilla derecha.
Acojonado, me miro los dedos con los que he tocado el corte para comprobar si es reciente o no. A pesar de que apenas puedo diferenciar siluetas con la poca luz que entra por las pequeñas ventanas, al rozarme los dedos unos con otros compruebo que lleva un rato hecha porque no tengo rastro de ningún líquido. Hago memoria por si ayer alguien me raspó la mejilla y, como consecuencia, ahora tengo esta cicatriz. Mas encuentro nada.
–Qué extraño–susurro. ¿Podrá haber sido durmiendo entonces?
Con mucho cuidado salgo de la cama después de un largo debate en mi mente de si debo quedarme un poco más o salir ya de aquí. Al final me decanto por la segunda opción, hoy tengo energía que gastar, me siento lleno de ella y no me puedo estar quieto.
Medio hago la cama para que no se note mucho que soy un chico despreocupado por la organización de mi espacio y me cambio de uniforme ya que como decidí meterme con el del día anterior, pues ahora no lo puedo usar. Tengo que tener un mínimo de presencia en esta escuela al menos. Además, antes de salir pitando, cojo los materiales necesarios para hacer mis deberes y salgo de la habitación a hurtadillas.
Para aprovechar que me he levantado temprano, me apetece respirar un poco de aire fresco. Supongo que no pasará nada si salgo unos minutos afuera para apreciar cómo de precioso tiene que ser el inicio de un nuevo día en esta escuela, por lo que me dirijo hacia la entrada principal, ya que no sé otra forma de salir al exterior. Por suerte, ésta está abierta, aunque me da muy mal rollo el hecho de no haberme topado aún con ningún ser vivo.
Hace frío, más de lo que me esperaba y mis pocas capas de ropa no ayudan contra él. Aun así, sigo con ganas de darme un pequeño paseo matutino. Me apetece escuchar los sonidos de la vegetación perturbada por la brisa a las diferentes horas del día y el cantar de los pájaros. Sin embargo, todo parece estar aún dormido, incluso los cuadros con los que me he topado por el camino hasta la puerta.
Salgo y una idea no muy buena me azota la cabeza, la de descalzarme para sentir el césped en la planta de mis pies. Pero no quiero perder estos por congelación, así que la reprimo y chasqueo la lengua molesto. El sol aún no ha salido, mas sí que se puede entrever unos pocos rayos de luz que salen por el horizonte, al este aproximadamente. Cojo una buena bocanada de aire y lo dejo salir en forma de suspiro. ¿Seré el único estudiante que se ha levantado tan temprano para hacer los deberes? Seguro que alguno habrá pasado la noche en vela, pero es sábado y eso significa descanso. Bueno, al menos tendré la biblioteca para mí solo.
Doy una pequeña vuelta imaginándome cómo será el día de hoy mientras mi corazón late con fuerza. ¿Por qué ha tenido que tardar tanto en aparecer esta sensación? Siempre que he ido a un sitio nuevo es lo primero que me ha ocurrido, el simple hecho de no saber qué amistades voy a tener o qué va a ocurrir me conduce a este estado. En cambio, todo aquí ha sido diferente y no he caído hasta ahora en esta enorme distancia a la realidad.
Como no quiero perder mucho más tiempo, vuelvo hacia la entrada y me dirijo hacia la biblioteca para trabajar tranquilo en mis obligaciones como buen estudiante. Cuanto antes los haga, antes pasará lo que tanta curiosidad tengo por experimentar.
Me llego al comedor antes por si acaso puedo encontrarme con Luna y así poder pactar a qué hora le vendría bien quedar. Por desgracia no está, bueno, está cerrado. Supongo que será demasiado temprano como para que mis compañeros y los profesores se hayan levantado. Creo que me he acostumbrado a dormir tan poco que ya no soy ni capaz de hacerlo por un largo periodo de tiempo. Aunque también puede ser los nervios por hacer algo emocionante y social tras tantos días cohibido con cada persona que se me acercaba.
Pienso que será mejor desayunar después de terminarlo todo ya que así me voy a dar más prisa. Mi estómago no tiene mucha paciencia que digamos. Aproximadamente tardo una hora y media larga en acabar las tareas que tienen mayor urgencia para ser terminadas. Obviamente no me puedo quitar de una tacada el trabajo de una semana para la otra.
De vuelta me paso de nuevo por el comedor para lo mismo y, aunque ahora sí está abierto y ya hay estudiantes pululando de un lado a otro o comiendo como si no hubiera un mañana, Luna no está por aquí. Así que voy hacia mi habitación a paso ligero para no encontrarme con nadie y dejo todos los enseres de estudio. Por suerte, mis compañeros aún no se han levantado y me alegro mucho, no quiero que me estropeen el día. Ni ellos, ni nadie. Luego voy al mismo paso de antes para ir a desayunar algo porque mi estómago ya se está quejando.
Como hoy es el partido de los de mi casa, parece ser que se han quedado hasta más tarde en la cama para guardar fuerzas, porque apenas somos diez estudiantes en la mesa. Lo agradezco, la verdad. Se respira tranquilidad por ello en toda la sala.
No tardo mucho en terminarme el plato de tostadas con tortilla que me he preparado y, antes de que me vaya a llenar este con más, alguien me sorprende por la espalda. Es Luna, por fin.
–¿Cómo te has hecho eso en la cara? –me dice arrugando la nariz. Vaya, si qué se nota la herida.
–No lo sé, me he levantado con ella esta mañana –Me encojo de hombros–¿Qué tal estás esta mañana?
–Bien, aunque apenas he podido pegar ojo pensando en nuestros atuendos–Me responde con la mirada perdida en el horizonte–¿y tú como estás? –sigue tras estar un buen rato en las nubes que yo aprovecho para llenarme el plato.
–Pues nervioso también. Ayer no te pude decir que te quería ayudar con los trajes. ¿Qué tienes pensado? –Esto le saca una sonrisita en la cara, aunque no era mi intención.
–Ay, quería que fuera una sorpresa. Desayunemos juntos y ya luego te enseño lo que tengo pensado.
Yo, sin pensármelo dos veces acepto su propuesta y voy hacia su mesa con mi comida y bebida. Me siento raro al hacerlo, pero como apenas hay slytherins en el comedor, quiero aprovechar esta ocasión para hacer lo que me dé la real gana. No creo que se me presenten más momentos así. Hoy se avecina un día maravilloso.
Veo que en su mesa hay bastantes más estudiantes y nos sentamos al lado de un pequeño grupito que reconozco al instante. Son algunos de sus amigos que me presentó la tarde anterior.
–Hola gente, buenos días–les saludo efusivamente con la mano. Luego me siento un poco idiota por reaccionar de esta forma, pero me ha salido del alma.
Todos me saludan en respuesta y me animan aún más a que me siente con ellos. Luna me dice por lo bajo que les he caído bastante bien y que se alegran de que me haya convencido para que los conociera. No puedo evitar soltarle un gracias por todo. Veo como algunos de ellos también han hecho lo mismo que yo, sentarse en una mesa que no corresponde con su casa, eso me hace sentir aún más seguro.
–Hombre, pero si es el chico que no le importa nada su casa–dice el chico al cual tengo a mi lado y, cuando le miro, me doy cuenta de que es Anthony. No le había visto porque estaba de espaldas a mi cuando no hemos acercado y saludado.
–Vaya, si es Anthony, el prefecto de los ravenclaw–Le suelto para hacerle saber de que ahora sí me acuerdo como se llama.
–Te has acordado, ya me veía yo teniéndote que recordar otra vez mi nombre.
Le hago una mueca acordándome de la vergüenza que pasé por haberle tenido que pedir que me refrescara su nombre. Él, al ver mi reacción, suelta que es una broma y me ayuda a integrarme en la conversación que tenían antes de que llegáramos. Aunque sin no dejar a parte alguna broma más sobre mi mejilla. La verdad es que no me había dado cuenta del buen ambiente que hay en el resto de casas hasta hace poco. Como se ríen, como hablan de cosas interesantes y como se apoyan los unos a los otros. Es aquí donde vuelvo a maldecir sobre todo lo existente por no haber entrado en alguna de las demás restantes. Aunque bueno, tampoco ha ido tan mal después de todo. Supongo que no he sabido juntarme con la gente más indicada o no la he podido encontrar yo solo.
Supongo que era cuestión de tiempo que encontrara un huequito para mi.
El desayuno marcha bien, a pesar de que apenas puedo comer más pues ya me había llenado antes. Es la segunda vez en todos estos días en los que no me tiemblan las manos ni tengo una opresión sobre el pecho que me limita mis movimientos. Rodeado por ellos puedo ser yo mismo y me siento libre de expresar lo que yo quiera, porque sé que o se van a reír conmigo o me van a dar su opinión o experiencia sobre ello.
Tras habernos quedado un poco más de lo que debíamos, mi amiga me pide que nos vayamos ya que al final se nos va a hacer muy tarde y no quiere andar con prisas. Yo me mantengo a su lado mientras me guía hacia su sala común, a la cual, por desgracia, no puedo entrar. En algunos momentos tengo que apretar los pasos ya que me he confundido de camino por no estar atento a la dirección que toma. Subimos varios escalones, eternos, de una escalera de caracol blanquecina y preciosa (creo que todo lo que no tiene líneas rectas me encanta) después de caminar por muuuchos pasillos y, por fin, llegamos al final.
En esta nueva y pequeña estancia que estoy visitando hay una enorme puerta de madera sin ningún pomo o cerradura y a un lado se encuentra una enorme águila de bronce muy detallada. Yo me quedo con la boca abierta ante tal obra. Luna me echa una mirada de aviso por mi embobamiento. Creo que quiere algo de intimidad.
–¿Qué fue lo primero, el ave fénix, o la llama? –suena un susurro qué, por lo que supongo por el rabillo del ojo, proviene del águila. ¿Es de esta manera por la que acceden los estudiantes de esta casa a su interior? Que curioso.
Ella le responde algo por lo bajito y se da la vuelta.
–Quédate aquí fuera, no voy a tardar nada.
He de reconocer que tanto secretismo me molesta un poco, pero supongo que los estudiantes son bastante recelosos con su propia intimidad, así que lo respeto. Yo no soy quien para saltarme las normas de aquí. Hago lo que ella me dice y me apoyo sobre una de las paredes más cercadas de piedra. Ya que estamos, voy a curiosear un poco qué es lo que hay por aquí.
La cúpula de la torre es cónica y bastante alta. A decir verdad, todos los techos de esta escuela son enormemente elevados, pareciendo que es mucho más grande por dentro de lo que se puede ver por fuera. La roca que conforma la estructura de la torre es homogénea y de un color blanquecino y grisáceo. A parte de esto y las escaleras, solo hay tres cosas más: ventanas. Otra cosa de la que me he percatado es que aquí la gran parte de ellas no tienen cristales. Están conectadas directamente al exterior y a veces se nota demasiado, porque corre una brisa que te hiela los huesos. Aunque también está cuando te rozan los candentes rayos del sol y te despejan la cabeza.
Por suerte, el cielo de hoy está despejado y entran unos cuantos por ellas. Me acerco a una ventana para poder atraparlos con mi piel y me quedo quieto mientras intento dejar mi mente en blanco.
–Hoy se te nota diferente–si no me sintiera tan a gusto en este momento hubiera pegado un salto curioso–¿Por fin has conseguido que Draco te deje tranquilo?
–Eso parece–respondo escuetamente. Cuanto menos piense en él, menos voy a sufrir. Me ha costado mucho aprenderlo.
–Me alegro. Sabía que lo ibas a conseguir–y, de pronto, siento como me abraza por la espalda. Es la primera vez que lo hace, bueno, que alguien decide mostrar de esa forma sus sentimientos conmigo y mis ojos comienzan a aguarse–Pensé muchas veces en preguntarte, pero no sabía si eso iba a ser mejor o peor que a limitarme a estar contigo como normalmente lo hago.
–Gracias–me limito a decir para que no se note que me tiembla la voz. Aunque me ha dejado de agarrar, aún siento su calor corporal en mi ropa.
Me estoy muriendo ahora mismo por dentro. Nunca me imaginé el día que la conocí que íbamos a acabar siendo tan cercanos como ahora. Porque conociéndola no creo que haga estas cosas de costumbre con sus compañeros o conocidos. Me alegro de haberme topado con ella. Es una persona muy reservada, sí, y algo difícil de comprender, pues también, pero sabe cómo alegrarte el día. Creo que ha sido la única cuerda a la que me he podido sostener en todo este tiempo de angustia y desesperación.
–Bueno, pues ya tengo todo lo necesario para lo de hoy. ¿Qué te parece si vamos afuera y así estamos tranquilos trabajando? Conozco un sitio donde podemos tener la privacidad suficiente como para que esto siga siendo una sorpresa para los demás.
–Te sigo.
Observo como recoge varias cosas del suelo que ni llego a comprender qué son. Al ver que va muy cargada, sin preguntarle, me hago con algunas de ellas para ayudarle. Creo que nos queda un largo trabajo por delante, al menos tenemos tiempo hasta el partido de esta tarde.
5
