Gracias a untouchrk, Isabel, MoonyStark y Wind Love por sus reviews.
CAPÍTULO XIX
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Mientras se levantaba y dejaba a Rin en la cama, al lado de su hermana, Kaori rezó a los Dioses de su marido para no despertarlo. Bien sabían que su hijo estaba aún demasiado afectado por la muerte del Sultán para quedarse dormido solo.
Afortunadamente, Rin no se inmutó. Kaori lo arropó con la manta que cubría a Gou y Sousuke, dando un beso en la frente a los tres niños antes de coger un manto para protegerse del frío y salir de la habitación mientras, en la Torre de Justicia, alguien gritaba de nuevo.
Se dirigió hacia la fuente del sonido. Quería verlos con sus propios ojos, conocer a los asesinos de su marido, a los que habían planeado el altercado para matar al resto de su familia. Merecía eso, al menos.
El guardia que vigilaba la entrada de la Torre de Justicia intentó cortarle el paso.
—Alteza, no… No podéis pasar.
—¿No? —Kaori entornó los ojos—. ¿Me estás negando ver los rostros de quienes han roto mi familia?
—No… No, por supuesto que no… pero Alteza, los prisioneros están… —el hombre se acobardó ante la mirada de la Sultana—. Han confesado hace un rato; los guardias han ejecutado a la mayoría…
—¿Qué? ¿Y el juicio? —Kaori palideció; era consciente de las barbaridades que se permitían en el reino de su marido, pero eso…
—Confesaron —repitió el guardia—. Se les dio el castigo pertinente.
Kaori sacudió la cabeza. No. No. No podían haber hecho eso.
—¿Están todos muertos? —inquirió con un hilo de voz.
El guardia abrió y cerró la boca varias veces. Un grito agudo, de mujer, estremeció la edificación, pero fue aún peor el silencio que se comió la voz.
—En su mayoría.
—Llévame hasta ellos —ordenó Kaori, y algo en su mirada disuadió al guardia de la idea de volver a oponerse.
Tres pasillos y una puerta más tarde, la Sultana tuvo que apoyarse en la pared; sus piernas no eran suficientes ante el grotesco espectáculo en que se había convertido el interrogatorio de los traidores. Se tapó la boca con una mano, tratando de contener las náuseas al ver los cadáveres que regaban el suelo y reprimiendo el impulso de salir de ahí.
—Alteza —masculló uno de los guardias al percatarse de su presencia.
—Los habéis matado —susurró Kaori, buscando algún rastro de vida entre los cadáveres. Se le revolvió el estómago aún más al percatarse de un cuerpecito acurrucado junto a la pared del fondo, cubierto de sangre—. ¿Qué hace un niño aquí?
Dos de los guardias se miraron.
—Es… Era hijo de dos de los traidores. Está vivo —Kaori quiso acercarse, pero otro guardia se puso en medio—. Es peligroso, Alteza.
—¿Peligroso? —una rabia que no había sentido en años amenazaba con desbordar a la Sultana—. ¡Es un niño!
—Sus padres planearon la muerte del Sultán y los disturbios de esta tarde. Ambos afirmaban que el crío no sabía nada, pero con gente así nunca se sabe. Probablemente…
—No os atreváis —lo cortó Kaori—. Es inocente.
—Estos traidores asesinaron al Sultán; lo han confesado.
—¿Y por qué no se les ha juzgado? —la Sultana alzó la voz en un intento de que la cabeza dejara de darle vueltas. Toraichi, Rin y ahora eso—. Hubiesen sido condenados a muerte de todas formas, ¿me equivoco? —miró a los guardias, uno por uno; los hombres agacharon la cabeza—. Este lugar está lleno de monstruos —susurró.
—Suponíamos que querríais venganza —dijo alguien.
—¿Venganza? No; lo único que quería era justicia —la voz de Kaori temblaba—. Ignoraba que en esta tierra la piedad es desconocida —tragó saliva, y cuando volvió a hablar sus palabras fueron firmes—. No me importa lo que hayan hecho sus padres; matad al crío y vosotros seréis los siguientes.
Nadie la detuvo mientras se acercaba al niño. El niño que supuestamente era peligroso, que se estremecía con cada sollozo y ni siquiera estaba lo suficientemente despierto como para intentar apartarse de la desconocida. Kaori se mordió el labio al darse cuenta de que debía de rondar la edad de sus hijos; sus ojos podrían haber sido preciosos si no hubiesen estado apagados, muertos.
—¿Qué hacemos con él, entonces?
—Está emparentado con la dueña de la posada que hay cerca de la puerta oeste.
Kaori no prestó atención a su conversación. Se quitó el manto de los hombros y lo utilizó para tapar al niño, igual que había hecho con su hijo no mucho antes. El apenas audible mamá que escapó de sus labios cuando sus ojos se cerraron resquebrajó la voluntad de la Sultana, que saboreó una lágrima al comprender que no era su familia la única que estaba rota.
Lo siento, quiso decirle, pero sabía que de haber tenido fuerzas el chiquillo probablemente hubiera intentado sacarle los ojos.
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Al escuchar un familiar tintineo de pulseras, Kaori apartó la mirada del cuadro de su difunto marido; se giró justo a tiempo para ver a Rin caminando por el pasillo a paso rápido, seguido por Haruka. Los dos iban callados, serios, y la mujer se percató del deseo del hijo de los traidores de tomar la mano del Príncipe, quizá en un intento por aliviar su expresión preocupada.
Lo siento, quiso decirle, y diez años más tarde sabía que el joven probablemente la odiaba tanto como aquella noche.
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Haruka estaba habituado a las pesadillas.
Hubo un tiempo, cuando sus padres aún estaban vivos, en que apenas las tenía en cuenta. No obstante, era incapaz de recordar de qué estaban hechas aquellas noches, y en ocasiones le costaba creer que realmente hubiesen existido.
Sin embargo, con el tiempo se había acostumbrado a ellas. No dejaban de ser aterradoras, y probablemente nunca escaparía de la sensación de ahogo que lo despertaba en mitad de la noche, pero el paso de los años lo había ayudado a regresar a la realidad más rápido, a tardar menos en comprender que aquella tortura, al igual que sus padres, no volverían.
A lo que no estaba acostumbrado era a las pesadillas ajenas. Quizá por eso le llevó tanto reaccionar cuando el temblor de las finas sábanas de Palacio transmitió los estremecimientos de Rin, cuando el murmullo ininteligible que era su voz se convirtió en palabras.
Abrió los ojos justo a tiempo para ver la silueta del Príncipe incorporarse de golpe en la cama, un grito ahogado resonando en la habitación.
—Rin —lo llamó, incorporándose también.
—¿Te has dado cuenta? —Rin miraba alrededor, buscando algo. Estaba demasiado oscuro para que Haruka viese su expresión, pero el joven se movió hasta quedar de rodillas, dándole la espalda—. Tú también lo hueles, ¿no?
Haruka olfateó el aire, pero no logró comprender de qué hablaba el joven. Todo lo que percibía era el suave aroma de los mirtos y las azucenas de los jardines mezclado con el olor a desierto que hablaba de familiaridad. Volvió a mirar a Rin, o al menos a su espalda; seguía temblando pese a que la noche no era excesivamente fría y el pelo se le pegaba al cuello por el sudor.
Y entonces lo comprendió, maldiciendo la somnolencia que había retrasado ese momento y el juicio de la Condesa, que no parecía terminar nunca. Rodeó la cintura de Rin con los brazos y apoyó la barbilla en su hombro, queriendo ver el rostro del joven y al mismo tiempo agradeciendo los mechones rojos que se lo impedían.
—Huele a flores —dijo, pero Rin negó con la cabeza.
—Huele a quemado —replicó, su voz estrangulada—. Huele a quemado otra vez —un sollozo hizo temblar a Haruka con él—. La Condesa… Quiere…
—No estamos en Atia —lo interrumpió Haruka, reforzando su abrazo—. Nadie va a hacerte nada —le aseguró; las manos de Rin cubrieron las suyas, frías y temblorosas, y apretaron como para asegurarse de que estaban ahí—. Eh, estoy aquí —Haruka depositó un beso en su hombro desnudo; el Príncipe giró la cabeza para intentar mirarlo—. Estoy aquí.
No era la primera vez que despertaba y encontraba a Rin así, asustado y desorientado; había ocurrido dos veces en el viaje de regreso a Al-Dimah. Y no estaba seguro de que eso fuese lo mejor, pero al menos tras unos minutos el joven se calmaba y el olor que sólo existía en su mente desaparecía. En esta ocasión no fue distinto, pero en lugar de recostarse en el regazo de Haruka Rin se inclinó hacia adelante, apretando sus manos con fuerza.
—Lo siento —susurró con la voz temblorosa—. No quería despertarte.
—No pasa nada —aseguró Haruka. Paseó la mirada por la espalda de Rin, por los músculos que se tensaban a causa de los residuos de su llanto, por las vértebras que daban relieve a su piel. Se detuvo en la cicatriz de la quemadura—. No es tu culpa que tengas pesadillas.
Rin se estremeció.
Haruka observó la marca: un círculo en cuyo interior estaba atrapada la silueta de una llama. Fuego grabado con fuego. Había visto ese dibujo en multitud de ocasiones, pero nunca había creído que llegaría a detestarlo tanto. Sabía que sólo era una parte del motivo de la aflicción de Rin, pero de buena gana la hubiese arrancado a mordiscos. No podía, sin embargo; se conformó con besarla, notándola arder bajo sus labios. No la borraría, pero al menos aliviaría el ardor que acompañaba a Rin allá donde fuese.
—¿Cómo lo soportas? —inquirió el Príncipe en voz baja—. Las cicatrices.
Haruka apoyó la frente en su hombro y cerró los ojos. En algún momento Rin había entrelazado sus dedos con los de él, y ahora jugaba con ellos en un intento por distraerse.
—Al principio sangraban mucho —murmuró—. Apenas podía moverme porque se abrían y tenían que cambiarme los vendajes —recordaba aquellos días como un sueño; las horas que pasaba mirando al vacío y los instantes en los que la realidad se abría paso a través de su sopor y creía estar cubierto de sangre de nuevo—. Pero se curaron. Eso quería decir que había sobrevivido.
El sonido que Rin emitió era curiosamente parecido a una risita. Echó la cabeza hacia atrás, haciendo cosquillas a Haruka con su pelo.
—Eres increíble, ¿sabes?
Haruka esperaba que el Príncipe no se diera cuenta del calor que irradiaban sus mejillas. Se enderezó y tiró un poco de la cintura de Rin.
—¿Ya estás mejor? —el joven asintió—. Vamos a dormir.
Rin se acomodó a su lado, utilizando su hombro como almohada. Su respiración volvía a ser profunda y pausada y Haruka no tardó en alejarse de la vigilia arrullado por el sonido.
—¿Haru? —Haruka intentó responder, pero estaba demasiado cerca de quedarse dormido—. Gracias.
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Objetivamente, Rin sabía que Haruka tenía poco que hacer en el juicio de la Condesa, y agradecía que mientras tanto se encargase de otros asuntos para partir lo más pronto posible.
Sin embargo, no por eso se alegraba de que no estuviese con él. Pese a que estaba flanqueado por guardias y Sousuke no se encontraba a mucha distancia, Rin temía que el aire se le escapase de los pulmones de nuevo y que el olor a quemado regresara en cualquier momento; nadie más sabía sobre eso y la posibilidad de que no supieran qué hacer y no pudiesen ayudarlo a respirar era aterradora.
Con todo, no era tan horrible como había pensado. El Círculo se encargaba de hacer las preguntas y las votaciones pertinentes, y él sólo tenía que hablar en instantes puntuales; después de todo, tomar al Príncipe como rehén e intentar matarlo era únicamente un agravante. Era más agotador el trabajo de Gou, a quien la Condesa apelaba continuamente, reiterando una y otra vez que Atia no pertenecía a Awaash.
—No podéis gobernar un pueblo que os odia —decía la Condesa—, y mi gente lo hace. No os conocen, ni os reconocen como Sultana, porque Al-Dimah nunca se ha preocupado por nada más que acallar las protestas de los atienses.
—La región de Atia fue anexada a Awaash hace dos siglos, por tanto pertenece legítimamente al reino —replicó Gou—. No dudo que haya gente que aún se oponga, pero se trata de una minoría que terminará aceptando los hechos.
—¿Aceptando que pretendéis privar a mi pueblo de su principal fuente de ingresos? —era curioso cómo, incluso con las muñecas encadenadas al suelo, la Condesa se las ingeniaba para mantener la cabeza alta. Rin había oído a los guardias que la habían custodiado hasta Al-Dimah y sabía que era una fachada, pero una parte de él la admiraba pese al odio que le profesaba.
Uno de los miembros del Círculo carraspeó.
—Me temo que éste no es el momento adecuado para un debate —Gou entrecerró los ojos—. Condesa Asuka de Atia, estáis acusada de insubordinación y desobediencia de órdenes directas, atentado contra la vida de la Sultana y secuestro, tortura e intento de asesinato del Príncipe. ¿Negáis haber cometido alguno de esos actos?
Rin no se movió cuando la mirada de la mujer se clavó en él.
—No —respondió la Condesa, y en sus labios se formó una sonrisa desagradable.
—¿Hay algo, además de vuestro desacuerdo con las decisiones de la Sultana, que queráis utilizar para justificar vuestros delitos?
El silencio que siguió a esa pregunta pareció prolongarse varias horas.
—No —al fin, la Condesa apartó la mirada de Rin—. Sin embargo, me opongo a que mis argumentos se reduzcan a un desacuerdo con vuestro gobierno.
»Me opongo al final de la esclavitud porque traerá hambre y penurias para mi gente. Me opongo al final de la esclavitud porque es una pantomima, porque seguirá existiendo aunque se le dé otro nombre y otras condiciones. Me opongo porque sin el miedo a caer en ella el pueblo dejará de pagar impuestos. Porque no es más que una broma. Por eso no escuché vuestras órdenes, por eso utilicé al Príncipe —sonrió de nuevo—.
»No obstante, en Apona firmé mi rendición. Evité que esto se convirtiese en una guerra civil, pese a que al arrebatarles a su líder sólo habéis conseguido soliviantar al sector más radical de Atia. Lamentaré todas y cada una de las muertes de los míos, porque aunque mueran a manos de soldados de Awaash habrán sido mis decisiones quienes los maten. Pero no me arrepiento de querer proteger a mi gente.
—Teníais la intención de dejar morir al Príncipe —siseó Gou entre dientes, y Rin tuvo que entrelazar los dedos para disimular el temblor que los recorría.
La Condesa rio.
—¿De verdad estáis furiosa por eso, Alteza? ¿No es lo que hubieseis hecho vos? ¿O acaso vuestros Dioses ven con buenos ojos ese tipo de desviaciones?
Rin luchó por mantenerse inmóvil. Buscó las palabras de Haruka entre la niebla que enturbiaba su mente, la cabeza dándole vueltas. Que se calle, que se calle, que se calle.
La Sultana había palidecido.
—No sé de qué habláis. Pero no estamos hablando de…
—Oh, ¿no conocéis al amante de vuestro hermano? —Rin apretó los dientes mientras los presentes ahogaban una exclamación sorprendida. La poca confianza que había depositado en la posibilidad de que la Condesa no cayese tan bajo se evaporaba por momentos. La mujer sabía que iba a caer, y no tenía intención de hacerlo sola—. No es de extrañar que os cediese el trono; ni siquiera podría engendrar un heredero…
—Es admirable que podáis pensar en vuestro despecho incluso en esta situación, Condesa, pero a quien se está juzgando es a vos.
Rin se volvió, sorprendido, hacia Sousuke. Una sonrisa bailaba en sus labios, pero era un gesto que gritaba peligro; al joven no le hubiese gustado tener esa mirada amenazante clavada en él.
Incluso mientras la sentencia de la Condesa se sometía a votación y los miembros del Círculo debatían en voz baja los detalles –la pena de muerte estaba fuera de la cuestión, pero se barajaban otras opciones mucho más dolorosas que ésa–, los cuchicheos llenaron la sala. Rin era consciente de ser el tema del que hablaban, así como sentía que se encogía ante las miradas acusadoras; sabía que había sido lo suficientemente prudente desde que regresara a Al-Dimah –nadie salvo Rei sabía que Haruka pasaba las noches en su dormitorio–, pero lo que Sousuke le había dicho en Apona resonaba una y otra vez en su mente.
—El Círculo ha tomado una decisión —el silencio se hizo en la sala—. La sentencia de la Condesa constituirá un castigo ejemplar, que servirá no sólo para hacerla pagar por sus delitos, sino también para advertir a posibles futuros rebeldes de las consecuencias de desafiar a la Sultana.
»La Condesa será la última esclava de Awaash. Será marcada como tal en un acto público el día en que entre en vigor la nueva legislación y pasará el resto de sus días en la Torre de Justicia.
Mientras veía cómo la fachada confiada de la Condesa se caía a pedazos, cómo la mujer gritaba al Círculo y tiraba de sus cadenas en un vano intento por liberarse, Rin pensó que debería sentir alegría. Debería estar satisfecho con la promesa del sufrimiento de quien tanto daño le había hecho, quien había estado a punto de matarlo; pero no podía. Una parte de él quería protestar, pedir al Círculo que buscase otra solución. No era capaz de desear a nadie que pasara por eso, que tuviese esa marca grabada a fuego en su piel como recordatorio de que no era lo suficientemente humano. Ni siquiera a la Condesa.
No protestó, sin embargo. Salió de la sala sin esperar a Sousuke ni Gou, alejándose rápidamente de los pasillos que empezaban a llenarse de gente sin prestar atención al lugar al que se dirigía; sólo cuando el suave olor de los arrayanes llegó a su nariz comprendió que estaba en su jardín, el pequeño remanso de tranquilidad en el que nadie lo molestaba. Se dejó caer en el banco de mármol, alzando la mirada hacia el cielo y tratando de respirar hondo y concentrarse en el aroma de las flores.
—Rin —el joven casi saltó al escuchar la voz de Sousuke—. ¿Estás bien? No esperaba que la Condesa fuera tan…
—Gracias por eso —lo cortó el Príncipe, girando el cuello cuando su amigo se sentó a su lado—. Pero no es eso. En unos días partiremos de nuevo y se olvidarán… Es… No sé si estoy de acuerdo con el Círculo.
Sousuke miró al cielo.
—Es lo mínimo que se merece. Intentó matarte —le recordó.
—Lo sé. Es sólo que no… Ser marcado no es exactamente agradable, ¿sabes?
Rin quiso retroceder cuando la mirada de su amigo se clavó en él, sus ojos brillando con una furia inusitada.
—Estoy acostumbrado a que confundas bueno y tonto, pero por ahí sí que no voy a pasar —declaró entre dientes—. Esa bruja está detrás de que apuñalaran a Gou, te secuestró y quiso dejarte arder en un castillo, por si se te ha olvidado; incluso cuando ahora, cuando no tiene nada que ganar con ello, ha intentado buscarte problemas. ¿Y me vas a decir que le tienes lástima?
Rin bajó la mirada.
—Quizá —murmuró. Notaba la mirada de Sousuke aún clavada en él—. Vas a decir que soy un completo imbécil, ¿no?
Sousuke negó con la cabeza.
—No. Pero eres demasiado honrado para tu propio bien —Rin jugueteó con una de sus pulseras—. Estás deseando marcharte, ¿verdad?
El Príncipe asintió.
—Kisumi me preguntó si vas a venir —recordó de repente.
—Eso de estar siempre viajando no es lo mío —replicó Sousuke—. Además, Gou me ha propuesto convertirme en el director del orfanato y estaría feo negarme.
Rin lo miró con las cejas arqueadas.
—Sousuke, odias a los niños.
—Lo superaré —el joven le quitó importancia al detalle con un gesto vago—. Quiero hacer algo útil.
La primera sonrisa sincera del día se asomó a los labios de Rin.
—Seguro que lo harás.
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Dejaron a Hana en el recién abierto orfanato de Al-Dimah el día anterior a su partida.
Rin, comprendió Haruka, no quería quedarse para ver el castigo de la Condesa. El Príncipe no se lo dijo con palabras, pero su entusiasmo cuando Makoto anunció que no podían aplazar más su viaje lo delató. Después de saber la decisión del Círculo, Haruka no podía culparlo.
La niña no podía hablar, pero su resentimiento era evidente pese a que la decisión no le cogía por sorpresa. Haruka no había esperado que se encariñase tanto con él –apego que había terminado por extenderse a Rin, a Makoto y a los demás–, pero tampoco había creído que se sentiría tan mal al dejarla allí. Prometió ir a verla cada vez que regresara a la ciudad, y Ran y Ren le aseguraron que se encargarían de que no estuviese sola, pero aun así Haruka tenía la sensación de que estaba cometiendo una traición imperdonable al despedirse del puchero que se había formado en el rostro de la niña.
—No puede venir con nosotros —le recordó Rin.
—Lo sé.
—Mira el lado bueno: la próxima vez que la veas sabrá leer y escribir y podrá contarnos cómo terminó en el castillo de la Condesa siendo tan pequeña.
Haruka ladeó la cabeza, pensativo.
—Quizá sus padres la vendieron para evitar ser marcados. No es raro —agregó al ver la expresión horrorizada de Rin. A veces se le olvidaba que el joven no estaba tan acostumbrado como él a ver barbaridades.
Rin no pronunció palabra hasta que estuvieron a las puertas de Palacio. Haruka se dio cuenta de que no era el único que evitaba mirar hacia la Torre de Justicia; apretó los puños para evitar coger su mano.
—¡Hala! —Rin se dio una palmada en la frente, deteniéndose de golpe—. Se me había olvidado… Siempre se me olvida enseñártelo.
—¿El qué?
El Príncipe sonrió.
—Ven.
Bajaron varias plantas, y Haruka se preguntó qué profundidad tenían los pisos subterráneos del Palacio. Pronto dejaron atrás las cocinas y las despensas; la única fuente de luz en esos corredores eran las antorchas de las paredes, y no tardaron en llegar a un punto en que los criados ni siquiera se preocupaban por encenderlas. Haruka se detuvo y observó el pasillo que se extendía ante ellos, que parecía tragarse la luz de la última antorcha encendida, la que Rin había cogido del soporte.
—¿Lleva a las mazmorras? —inquirió.
Rin negó con la cabeza.
—Aquí no hay mazmorras. Todos los presos están en la Torre de Justicia. De hecho, creo que aquí no viene nadie desde hace bastante.
Tomó la mano de Haruka y se internó con él en la oscuridad.
No había bifurcaciones, sólo un pasillo cada vez más estrecho, con un techo cada vez más bajo, semejante a un túnel, que serpenteaba sin ningún patrón aparente. En algún punto el suelo y las paredes dejaron de estar cubiertas de baldosas y ladrillos; Haruka buscó en la roca signos de que la hubiesen cavado, pero en el caso de haberlos el tiempo los había borrado. El terreno sobre el que caminaban se hizo irregular, aunque a Rin no pareció importarle; en un par de ocasiones disminuyó el ritmo para que Haruka no tropezase, sin soltar su mano en ningún momento.
—¿Falta mucho? —inquirió Haruka, al tiempo que Rin alzaba la antorcha sobre su cabeza y anunciaba:
—¡Hemos llegado!
Haruka soltó la mano de Rin de la sorpresa.
El túnel se abría a una cueva más grande que cualquier habitación que Haruka hubiese visto jamás. El techo era más alto que el de un templo, con gigantescas estalactitas colgando sobre sus cabezas. Las más antiguas ya se habían fusionado con las estalagmitas, creando impresionantes columnas que parecían sujetar la estructura.
Pero lo más sorprendente era el lago. Haruka caminó hasta el borde, quedándose a unos centímetros de que lamiese sus pies, y observó la inmensa masa de agua allí acumulada. Cuando Rin lo alcanzó, iluminando la superficie cristalina con la antorcha, la luz se perdió en la oscuridad, dando una idea sobre la profundidad del lago.
Haruka se volvió hacia Rin.
—¿Qué es esto?
El Príncipe sonreía, claramente satisfecho por haberlo impresionado.
—El motivo por el que Al-Dimah es la capital de Awaash. Hace mucho tiempo, antes de que el reino existiese como tal, la gente que vivía aquí intercambiaba agua y comida en lugar de dinero. El desierto entonces no era desierto; cuando el agua empezó a escasear, los habitantes de este lugar se enriquecieron gracias a éste y otros lagos subterráneos —explicó—. El agua de muchos de ellos sale a la superficie en manantiales al este, cerca de la costa. Y muchos se han agotado, pero hay pocas personas que conozcan éste; de todas formas, la única entrada es la que hemos utilizado nosotros. Mis antepasados se encargaron de que nadie robase nuestra agua.
Haruka volvió a mirar el inmenso lago. Dio una patada a una piedra y la observó caer al agua y hundirse hasta que desapareció de la vista.
—¿Podemos bañarnos?
—Podemos hacer lo que queramos. Los criados tienen prohibido bajar aquí, y de todas formas la mayoría tienen demasiado miedo a la oscuridad para atreverse. Y los nobles y los miembros del Consejo y el Círculo no suelen molestarse en bajar siquiera a las cocinas, así que no muchos saben que esto existe… ¡Eh! ¡Haru! ¡Escucha a la gente cuando te habla!
Haruka ya se había desvestido y metido en el agua. Estaba fría, pero su piel acalorada por el desierto lo agradeció. Rin dejó la antorcha apoyada entre dos piedras y no tardó en seguirlo.
—¿Por eso sabes nadar? —inquirió Haruka con curiosidad. Recordaba haber estado sorprendido la primera vez que vio al Príncipe en el agua sin problemas aparentes para no ahogarse.
Rin se apartó el pelo de la cara.
—Sí. Pasé mucho tiempo aquí de niño —Haruka tragó un poco de agua cuando Rin lo abrazó sin avisar, hundiéndolo durante unos segundos—. ¿Te gusta?
Más tarde, Haruka achacaría su poca resistencia al hecho de que estaba tosiendo cuando Rin lo arrinconó contra una de las columnas que atravesaban la cueva. Y quizá a la ausencia de espacio entre ellos y el roce que le hacía olvidar la temperatura del agua.
Fue una suerte que Rin encontrase un saliente en el que apoyarse y una forma de agarrarse a la estalagmita; él estaba aferrado al joven para evitar hundirse, su respiración desacompasándose con cada beso, cada centímetro que la mano libre de Rin caminaba por su espalda hacia abajo, sus piernas atrayéndolo aún más cuando los dedos del Príncipe llegaron a su destino.
—Mañana… salimos —logró decir con la firmeza que había necesitado varios minutos para reunir. Su voz se desfiguró en un gemido que se mezcló con el de Rin en el eco de la cueva.
Rin dejó un rastro de besos por la línea de su mandíbula.
—Mañana —repitió—. Hasta entonces, podemos hacer lo que queramos.
Escuchar la voz de Rin en su oído hubiese sido suficiente para que Haruka olvidase todo lo que no estaba con ellos en esa cueva, pero el joven devoró sus labios para que dejase de hablar; pese a que, por fin, Rin había dejado de escuchar las voces de quienes no querían dejarlos ser felices, aún existía una realidad que no podían ignorar.
Realidad que tendría que esperar.
Notas de la autora: Y esto está casi terminado. Ya sólo queda el epílogo; sí, con boda.
¿Qué os ha parecido?
