Capítulo 19

-¿Qué enfermedad?- preguntó Sam, sin poder evitarlo.

El médico lo miró extrañado.

-¿No ha notado que Quinn tiene anorexia, señor Evans?- inquirió con un tono de voz bastante severo.

Eso le cayó como un balde de agua fría. Ahora entendía muchas cosas: la forma en que se había horrorizado al insinuarle que si pensaba ser madre, los vómitos, los desmayos, esa mención sobre sentirse horrible y gorda...

-Dios mío...- farfulló y se sentó en un banco cercano.- No tenía idea.

Sintió una punzada en el corazón y una serie de imágenes dolorosas pasaron ante sus ojos, como un flash.

El doctor Masterson le dio unos segundos para que asimilara la noticia. Sabía que esas cosas solían caerles mal a los familiares, que siempre preferían mantenerse ciegos antes que afrontar un problema de aquella magnitud. La anorexia no era cosa de broma y la que padecía esa chica estaba muy avanzada. Por las lesiones en sus manos, supuso que se inducía vómitos. Eso era aún peor: estaban hablando de una anorexia bulímica.

-Quinn necesita ayuda cuando antes, señor Evans.- dijo el médico, creyendo que un poco de presión lo haría reaccionar.- Aún está a tiempo de volver atrás. Pero si sigue así... morirá.

Sam levantó la mirada, saliendo de su ensimismamiento y clavó sus ojos verdes en los castaños del doctor Masterson. Hablaba más que en serio.

Asintió lentamente con la cabeza sin saber qué decir. De repente se sentía responsable de Quinn. Tenía la certeza de que, si él no hacía nada por salvarla del terrible destino que se cernía sobre ella a toda velocidad, nadie lo haría.


Una vez que pasó el efecto del calmante, pudo volver a hablar normalmente y con coherencia. Según lo que le comentó Sam, llevaba más de dos horas diciendo cosas completamente absurdas.

Le sonrió.

-Gracias. Gracias por quedarte conmigo.- masculló, avergonzada.

-No fue nada.- contestó, también sonriente. Sus ojos la recorrieron lentamente y su sonrisa vaciló. Quinn se preguntó si tendría miedo de que se desplomara de nuevo.

Iban camino a casa. Los médicos le habían dado muchas indicaciones antes de dejarla partir, pero ella no los escuchaba mucho. Solo quería huir de ellos. No le agradaba la forma en que la escrutaban.

Se sentía un poco mejor, aunque se seguía odiando por no haber tenido la fortaleza de evitar una escena así.

Samuel le había explicado lo que le había sucedido y le dijo que había sido algo insignificante, pero no lo vio de la misma manera. ¿Cómo podía ser insignificante cuando ella sabía, presentía que iba a morir? Jamás le había pasado algo tan horrible y no quería volver a pasar por lo mismo.

-Tendrás que tomar todo con más calma.- repuso él, tratándola como si fuera su hija.

Una vez que llegaron a casa, Sam le ayudó a bajar. Subieron los escalones del porche con calma y entonces ella recordó a su padre. ¿Estaría allí, preocupado, pensando qué había pasado con su hija? La respuesta surgió ante sus ojos en cuanto abrió la puerta de su casa. Su papá estaba en el mismo lugar donde lo había visto por última vez, solo que completamente ebrio.

Se angustió profundamente ante aquella imagen y deseó haberlo visto sola. Pero su novio estaba detrás de ella y también lo miraba.

No podía moverse. Estaba quieta, con la mirada fija en su padre, recostado semiinconsciente en ese sillón de piel.

Fue Samuel quién se movió primero. Pasó por su lado a toda velocidad, tomó al hombre de los hombros y, tras arrancarle una botella de la mano, lo levantó frente a él.

-¿Qué rayos te pasa, idiota?- bramó furioso.- ¿Cómo puedes estar aquí, emborrachándote, cuando tu hija más te necesitaba?

-Hey... ¿quién eres?- preguntó Russell en cambio, en un tono muy suave y confundido.

-Soy el único que se da cuenta de que Quinn necesita ayuda. No entiendo cómo puede estar con un tipo como tú que...- lo miró con asco, pero no pudo acabar la frase. Ella lo interrumpió.

-Sam, por favor.- masculló. No quería más problemas. Había tenido suficiente por un día.- Déjalo.

- Oh, no...- farfulló su padre entonces, llevándose una mano a la cabeza. Sus ojos estaban completamente irritados.- Linda... ¿estás...?

No logró soportarlo más. Empezó a llorar y se fue de allí. Se encerró en el baño, completamente destrozada después de todo lo que había sucedido.

Ver eso solo hizo que Sam se alterara más.

-Escúchame bien. Tu hija necesita ayuda y sólo tú puedes hacerlo, pero tienes que dejar esta porquería.- dependía de que Russell la quisiera lo suficiente como para superar su adicción. Si no, la vida de Quinn estaría en serio peligro.- Tienes que hacerle entender que está enferma. Quinn tiene anorexia. Si no haces algo pronto, se va a morir.

El hombre parpadeó y lo miró como si el joven no comprendiera. Le sonrió.

-No puedo meterme en su vida...- murmuró, dando a entender que era lo más lógico del mundo.- Así es como se manejan las cosas entre nosotros. Ella no me controla, yo no la controlo a ella…

-¿Quieres que se muera?- gritó. Ese tipo lo sacaba de quicio.

-No se va a morir. Cuando llegue a los treinta kilos se detendrá. Es lo que Quinn quiere...

Comprendiendo que su novia estaba completamente sola, que no había nadie que la apoyara en la recuperación, nadie que le abriera los ojos ni que le advirtiera lo que iba a pasarle, Sam lo dejó caer.


Al principio, el rubio se planteó la idea de internar a Quinn en un centro de recuperación y acabar de una vez por todas con el problema. Pero no podía. No podía ser tan frío y egoísta. No podía simplemente deshacerse de ella de esa forma.

Recostado en su cama, decidió que debía llamar a Emma. No había tenido oportunidad de contarle todo con lujo de detalles. Y, además, necesitaba su opinión. Sin que siquiera se propusiera a levantarse y como siendo llamada por sus pensamientos ella entró en la habitación.

-Hola, Emma.- murmuró, cansado.

-Hola, Sam. ¿Qué sucedió? Me he quedado preocupada.- dijo ella.

-Sí, lo lamento. No fue mi intención asustarte.- repuso suavemente.- Las cosas se han complicado un poco, eso es todo.

-¿Pasó algo malo?- preguntó, aún intentando entenderlo.- Ni Kurt ni tú quisieron contarme lo que pasó con Quinn...

-Tuvo un ataque de pánico.- explicó, recordando cómo se había sentido al tomarla en sus brazos. Tan liviana, casi como una pluma… ¿cómo no lo había sospechado?

-Dios mío. ¿Está bien?- Emma pensó que la chica parecía tener una vida bastante complicada. Sintió pena por ella.

-Sí, el médico dijo que no es nada por lo que haya que preocuparse demasiado… pero también me dijo que Quinn está enferma.- contestó.- Tiene anorexia.

Se hizo un silencio de varios segundos. Ella sintió que esa palabra la dejaba sin aliento.

-¿Anorexia?- la pelirroja no reaccionó muy distinto de lo que había reaccionado Sam.

-Si quieres que sea sincero, Emma… no sé que hacer. Su papá es un idiota y por lo que sé… no tiene a nadie más aquí. Si no la ayudo morirá, pero no puedo solamente encerrarla en un hospital y dejar que los médicos se ocupen. Me sentiría tan mal.- farfulló y esperó que ella lo entendiera. Porque si no lo hacía, entonces nadie realmente sabría cómo se sentía.

-¿Y qué quieres hacer, Sam?- preguntó ella dulcemente. Ese tono de voz siempre lo hacía sonreír.

-No tengo idea. ¿Qué se supone que debo hacer?- replicó, quitándose el cabello que le caía sobre los ojos verdes.

-¿Qué tal si hablas con su padre? Quizás puedas hacerlo entrar en razón.- murmuró Emma.- Sam, tal vez ella no quiera tu ayuda... lo más seguro es que niegue la enfermedad.

Samuel le contó lo que le había dicho Russell cuando lo instó a hacer algo por Quinn. Tuvo ganas de sacudirlo un poco más mientras lo recordaba.

-Inténtalo otra vez, pero sin golpearlo, Sam. Ni maltratarlo. Debe entrar en razón, si de verdad la quiere.

-No es fácil razonar con él. Debiste verlo: estaba tirado en el sillón, completamente borracho.- dijo, desanimado.- Ya pensaré en algo. ¿Qué tal te va a ti?
Quería hablar de otra cosa, porque no había podido sacarse de la cabeza todo el asunto de Quinn desde que el doctor Masterson le dijo la verdad.


A la mañana siguiente, Samuel se presentó en la casa de su novia y golpeó la puerta. Unos segundos más tarde, el rostro de Russell asomaba por ella.

-¿Qué quieres?- preguntó, con cara de pocos amigos. O bien recordaba lo sucedido el día anterior o desconfiaba de aquellos a los que no reconocía.

-Necesito hablar contigo, Russell.- repuso. Trató de mostrarse amable. Lo más posible, al menos, aunque el tipo no le caía bien.

-¿De qué?- quiso saber éste, escrutándolo con la mirada.

-Es un asunto serio.- explicó el rubio.

Russell lo pensó un poco. Le pareció que no tenía nada de malo hablar con él.

-¿Quinn está aquí?- A Sam le preocupaba que ella se enterara de su visita. No quería que pensara que quería invadirla.

-No.

-Genial.

-De acuerdo, pasa. Siéntate.

Samuel miró a su alrededor. Supuso que debajo de todo ese desorden habría una silla o un sillón donde sentarse.

Se decidió por el sofá y, al ir hacia allí, pisó algunas latas que estaban desperdigadas por el suelo, que crujieron bajo la suela de sus zapatos.

-¿De qué quieres hablarme?- inquirió el hombre y Sam tuvo la sensación de que llegaba en su mejor momento. Aparentemente, todavía no había ingerido nada y estaba dispuesto a prestarle atención.

-Estuve aquí ayer, ¿recuerdas?- farfulló, tratando de encontrar la mejor manera de decirle las cosas.

-Mmm, sí, eso creo. Ya me parecía extraño que supieras mi nombre.- le sonrió amablemente y entonces el rubio se dio cuenta de que no era un mal tipo: el problema era que no podía controlar su adicción.

-Mira, voy a ir directo al grano, porque creo que no hay mucho más que decir.- se decidió de una vez por todas.- Quinn está muy enferma. Se va a morir si sigue así y tú eres el único que puedes ayudarla. Pero, para eso, tienes que dejar esta basura.- Sam puso frente a sus ojos una botella que encontró a su lado.

-¿Cómo sabes que está enferma?- quiso saber, alarmado.

-Porque ayer la llevé al hospital. Y tú también lo sabes, solo que no quieres afrontarlo.- se acercó un poco a él, asegurándose de que entendiera la gravedad de la situación.- Sé que no soy nadie para ti, que apenas nos conocemos... pero no puedo evitar preocuparme, porque de repente me vi envuelto en todo esto. Y no soy de esos que simplemente se lavan las manos y se olvidan del asunto. No me corresponde a mí hacer algo para salvarla, pero a ti sí. Y si realmente la quieres, creo que debes hacerlo.

-Si trato de meterme en su vida, me dejará. No sabes cómo es. Hace lo que quiere y lo que piensa que le hace bien.- explicó Russell, meneando la cabeza.- Y, lo creas o no, la quiero. Y no me hace gracia la idea de dejarla.

-Entonces, prefieres que se muera.- el hombre lo miró ofendido. Era obvio que no quería eso.- Escucha, esto no es algo con lo que puedas bromear. No puedes permitirle que siga bajando de peso. ¡Es tu hija!

-¿Qué puedo hacer? ¿Quieres que me ocupe de hacerle la comida todos los días? ¿Para qué? Siempre vomita todo. Ahora mismo está en el gimnasio, descargando su furia. No estoy de acuerdo con lo que hace y ella tampoco lo está con lo que yo hago. ¿Y qué? No somos perfectos. Quinn se siente bien así. No creo que sea tan grave.

Tuvo ganas de golpearlo, pero recordó lo que le había dicho a Emma. Tenía que tratar de convencerlo por las buenas.

-Russell... ¿tienes idea qué significa la palabra "anorexia"? ¿La palabra "muerte"? Ambas son la misma cosa, al fin y al cabo. El médico me lo dijo ayer. Hay que hacer algo cuanto antes. Quizás no sea tan tarde.- no sabía que decirle para hacerlo entrar en razón.

-¿Qué tipo de interés tienes en Quinn?- lo contempló con el ceño fruncido y la sospecha creciendo en su mirada. Sam suspiró, irritado y se llevó una mano a la cabeza. Para calmarse.

-Soy su novio y no quiero que le pase nada malo.- la actitud del otro no cambió para nada.- Lo único que quiero es asegurarme que harás lo que te corresponde para salvarla.

Su expresión cambió un poco, suavizándose. No estaba tratando de apartar a Quinn de su lado, como lo había pensando.

Russell se sintió mal. Lo miró con impotencia.

-¿Qué puedo hacer yo? Mírame. Ni siquiera puedo controlar mi propia vida. Hace años que no tengo un empleo y soy un maldito infeliz.- por primera vez, Sam se dio cuenta de que el problema era doble: tanto Russell como Quinn estaban pendiendo de un hilo. Pero estaba seguro de que él podía salir del pozo en que estaba metido con un poco de voluntad.

Separó los labios, tratando de darle algunas palabras de aliento, que lo hicieran reaccionar. Pero en ese momento se abrió la puerta y ella entró a la casa.

-¡Sam!- exclamó al verlo y le sonrió.- ¿Qué estás haciendo aquí?

Se acercó a él y le dio un pequeño abrazo.

-Solo vine a...- farfulló y ella lo miró curiosa.- Tengo que volver a casa.

-¿Por qué? Apenas y llegué...

-Kurt me está esperando.- cortó secamente.

-Ah... qué lastima.- repuso, con una mueca. Supo que algo iba mal.

-Pasaré a verte luego, bonita.- le sonrió dulcemente.- Prométeme que te portarás bien y te cuidarás.

-Está bien, lo prometo.

Se acercó a la puerta. Miró a Russell de una forma extraña.

-Gracias por la charla, Fabray. Espero que sepas lo que tienes que hacer.- se volvió hacia ella, que lo había seguido y la estrechó entre sus brazos.- Adiós, Quinn, te quiero.

Le dio un beso en la mejilla y luego lo observó alejarse. Lo perdió de vista cuando arrancó el motor del carro y sintió un pequeño vacío en el corazón, que no pudo explicar.

Cerró la puerta. Miró a su padre, inquisitiva.

-¿Desde cuándo ese tipo controla nuestras vidas? ¿Desde cuándo alguien nos controla?- estalló, evidentemente furioso.

-¿Qué? ¿De qué hablas?- preguntó confundida.

-De Sam. ¿Qué le importa lo que hagamos? ¿Por qué lo dejas entrometerse?- se acercó a ella.

-No se entromete, sólo hace lo que le parece mejor para nosotros... para mí.- contestó con firmeza.

-¿Quién se cree que es? ¿Dios? ¿Se cree que puede arreglar las vidas de los demás con sólo decir un par de estupideces, con sólo decirle a todo el mundo lo que tiene que hacer?- gritó, enfrentándola.- A mí no me va a controlar, Quinn.

Un fuerte trueno resonó afuera y la hizo dar un respingo.

-¿Por qué no te calmas? Ni siquiera sabes lo que estás diciendo...- farfulló, harta. Últimamente las cosas le salían peor que nunca y eso le estaba agotando la paciencia.

-Sé muy bien lo que estoy diciendo.- replicó él con brusquedad.- Estoy diciendo que desde que Sam apareció mágicamente en tu vida, lo nuestro se ha ido a la basura. De un día para el otro me vienes con exigencias y discusiones...

-Eso no tiene nada que ver con Sam, papá.- exclamó frustrada.- Eso tiene que ver con que espero algo más para mí. Con que no deseó vivir así por siempre. ¿Tú sí? ¿Tú te conformas con esto?- señaló a su alrededor.- ¿Te conformas con estas paredes que se caen a pedazos, con tus botellas tiradas por toda la sala y esa inmunda rutina que tienes? ¿Esa inservible rutina, ahí en ese maldito sillón?

-¿Tú crees que a mí me gusta esto?- dijo a voces.- ¿Crees que no me gustaría hacer otra cosa? Genial. Pero no puedo, Quinn. No puedo. Porque todo es una porquería y no vale la pena intentarlo.

-¿Yo soy una porquería también? Porque estoy contigo. Y porque he estado contigo aún cuando...

-Cállate. Sólo estás conmigo porque no te controlo.- farfulló, hiriente. Ella le dio una bofetada tan rápidamente que ni siquiera pudo esquivar su mano.

-Estoy contigo porque te quiero. Porque creí que eras… algo que definitivamente no eres.- lo miró apenada. De pronto se dio cuenta de que no conocía al hombre con el cual vivía. Habían tomado tan en serio eso de no controlarse uno al otro, de dejarse ser libres...

-Siempre estás queriendo más de lo que puedes conseguir, Quinn.- musitó, meneando la cabeza.- Bajar más kilos, ser más hermosa... no puedes tenerlo todo. Y cuando te des cuenta, será tarde.

-¿Te estás escuchando, papá? Porque tus palabras no tienen sentido para mí.- dijo tristemente.- Me juzgas por querer mejorar... cuando tú estás tan estancado en tu adicción que lo más probable es que no salgas de ese sillón por el resto de tu vida. ¿Y qué harás si yo no te ayudo?

-Entonces me daré cuenta de que jamás me quisiste lo suficiente.- murmuró.

-¿Esa es la forma que tengo de probar mi amor por ti? ¿Renunciando a mis sueños? ¿Renunciando a lo que más deseo? ¡Bien! Sólo dime qué quieres que haga.- bramó enojándose. Russell estaba siendo muy egoísta y en ese momento no lo reconocía.- ¿Quieres que me siente a tu lado, rezando por el día en que no estés borracho y puedas prestarme un poco de atención? ¿Eso quieres?- se puso a llorar. Era muy doloroso. Sentía que se acercaba el final y, una parte de ella, no quería aceptarlo.

-Se acabó, Quinn.- Sus ojos estaban fijos en los suyos y vio sus sospechas confirmadas.- No puedo seguir así. No quiero seguir así.

Se quedó muy quieta, asimilando sus palabras. La estaba abandonando.

Finalmente, solo atinó a asentir con la cabeza.

No dijeron nada más. No les pareció necesario. Las cosas habían quedado muy claras.

Él fue a la habitación y abrió el armario. Sacó toda su ropa y la arrojó sobre la cama. Poco a poco juntó todas sus pertenencias.

Juntó todo en una vieja maleta. Recordó el día en que había llevado esa misma maleta con sus cosas, el día que decidió vivir con ella. Se había sentido feliz, muy feliz. Muy libre.

La arrastró por el pasillo. Afuera, la lluvia arreciaba, golpeando ventanas y haciéndolas temblar. De tanto en tanto, resonaba un trueno, luego de que un relámpago iluminara intermitentemente la calle y la casa. Aquella casa donde había sido feliz algunas veces, donde había llorado, donde había amado…

Al pasar por la sala, vio a su hija. Le daba la espalda. Contemplaba la tormenta por el enorme ventanal del balcón y no se volvió para despedirse. Todo había terminado. Era mejor conservar los buenos recuerdos... si es que aún podían acordarse de ellos.


¿Por qué esa actitud del padre de Quinn? Supongo se preguntarán. Bueno, es sencillo, una persona que vive presa de una adicción no tiene el control de sí misma y por lo tanto está consiente de que no puede tener el control de alguien más, ¿les ha pasado? Que a veces no se sienten dignos de dar un consejo porque la gente les dirá: "Mírate cómo estás! ¿Quién eres tú para venir a decirme eso?" y pues lo mejor que ellos creen pueden hacer es huir. Es por eso que él se portó de esa manera xD ¿o a poco no prefieren uds quedarse callados para que no les digan eso?

Saben lo bonito, satisfactorio que es recibir un review? ¿Saben que sacan las mejores sonrisas de mí cuando los leo y me levantan el ánimo? Bueno, dejen reviews, ¡por favor! ¿No querrán una autora enojada y que estropee el final, verdad? xDD