Disclaimer: Los personajes de la saga Crepúsculo le pertenecen a la inigualable Stephenie Meyer, yo sólo me divierto junto a ellos ubicándolos en un mundo paralelamente imaginario que brota de mi alocada cabecita soñadora.

.

Trato Hecho

.

Beteado por Isa :)

.

Capítulo Diecinueve: 29 besos

—Tarada.

Mi cabeza golpeó la pared.

—Tarada.

Un nuevo golpe, esta vez mi frente dolió un poco.

—Tarada.

Repetí otra vez, sin dejar de golpear mi cabeza con la fuerte y dura pared. Creo que estoy haciéndolo desde hace bastante; no encontraba otra manera de recriminar lo idiota que había sido para caer enamorada de la persona que no debía enamorarme. Es decir, sé que todo suena un completo cliché: la chica conoce al chico, ambos cansados de las presiones de sus familias, arreglan un estúpido trato que debía salir estúpidamente bien y serían estúpidamente felices hasta que el plazo terminara. Pero no, oh no, claro que no ¡la muy idiota tenía que enamorarse de él! Del novio falso, ¡de su trato! ¿Dónde está la gente de Hollywood?, aquí tenemos una buena historia para proyectar. Maldita sea.

—Tarada —volví a decir tras un nuevo golpe.

«¿Puedes dejar de hacer eso? Pareces lunática».

«Oh, claro. Tú debes estar bailando en nubes de algodones, ¿cierto?».

«No encontrarás a una persona más feliz que yo, Bellita… sólo faltan los Orlandos para completar mi felicidad».

Suspiré.

Darme cuenta que estaba enamorada no fue precisamente como creía que sucedería. Antes, y gracias a las historias de amor que leía, pensaba que cuando una muchacha se enamoraba todo el mundo le sonreía: habría estúpidos corazoncitos brillar a su alrededor, los pájaros cantarían a la mañana en su ventana y esas cosas idiotas que le hacen creer a una que el amor es completamente hermoso y real. No estoy diciendo que no lo sea, es decir, el amor es hermoso, claro que sí, más aún cuando sientes que una persona significa mucho para ti. Pero, en mi caso, todavía no le encontraba esa… hermosura. Puede que sea una tonta; está bien lo reconozco, pues lo soy un poco, pero en vez de saltar en un prado lleno de flores silvestres, con maripositas revoloteando a mi alrededor, sólo quería esconderme debajo de la cama y no salir jamás. ¿Miedosa? Puede ser. Pero supongo que era un jodido miedo lógico porque jamás me había sentido así y eso… me daba un poco de terror.

Mi abuelita había sabido dar justo en el clavo para que mi confusión tuviera al fin una certeza. Después del momento de descubrir lo que realmente pasaba, no fue un momento fácil. Sobre todo, porque tenía que asimilarlo y… tener a Edward cerca de mí todo el tiempo no ayudaba en mucho. ¿Cómo se supone que debía fingir cuando ya no era capaz de hacerlo? Definitivamente, las cosas habían dado un giro drástico. Y, estúpidamente, había arruinado todo. Soy una idiota. Mil veces idiota.

—Tarada. —Repetí por quinta vez, golpeando una vez más mi cabeza con la resistente pared.

—¿Cambiaste de religión y no me avisaste? —preguntó Alice, ingresando a la sala—. ¿Estás invocando a un Dios o algo así? No dejo de escuchar los golpes. Si sigues así, nos quedaremos sin pared, pues tu cabeza dura terminará de derrumbarla.

Entrecerré los ojos y le saqué la lengua; mi mejor amiga rió.

—En serio, no sé qué te sucede. —Se agachó para buscar sus zapatos debajo del sofá y sonrió cuando los halló—. Desde que volviste de Tacoma estás un poco rara, ¿sucedió algo?

No, sólo me di cuenta que me enamoré de mi falso novio. ¿Qué loco, verdad?

Sacudí mi cabeza, negando a su pregunta. Me miró con poco convencimiento.

—En serio, estás rara —volvió a decir con detenimiento—. ¿Quieres hablar de algo o…?

Maldita sea la manera en que me conocía. Suspiré con pesadez y me corrí de la pared para evitar golpearla más. Me senté al lado de Alice y miré hacia un punto fijo. Una de las peores cosas de mentir, es que una vez que comenzaste con la cadena, no hace más que crecer. Obviamente, no podía decirle qué es lo que estaba sucediendo en realidad, pues seguramente no me hablaría por años y jamás entendería qué me había llevado a mentirle a todo el mundo, incluyéndola. Si ahora salía diciendo: «Oye, Al, ¿sabes? Edward en realidad no es mi novio, pero me enamoré de él. ¿Qué debo hacer?». Por supuesto que mi hermoso trasero terminaría incrustado en la vereda y me quedaría sin mejor amiga. Por eso, decidí ir por la tangente…

«Cobarde».

Tampoco lo puedo negar; reconozco que soy una cobarde.

—¿Cómo reaccionaste cuando supiste que estabas enamorada de Jasper? —Mordí mi labio y jugueteé con el dobladillo de mi remera de pijama una vez que intenté comenzar el tema de conversación al que quería llegar.

Alice apoyó el zapato que tenía a medio poner frente a ella y me miró con el ceño fruncido.

—¿A qué viene esa pregunta? —inquirió, sin alisar su ceño.

Mordí mi uña y me encogí de hombros. No se me ocurría otra manera para preguntarle cómo debía reaccionar ahora que sabía que me enamoré de Edward. Realmente necesitaba hablar con alguien de todo lo que me pasaba, sólo conocer el punto de vista de mi abuela no era suficiente. Pero, si le contaba todo a Alice, me metería en un gran problema. Ella no entendería y se enojaría conmigo por haberle mentido. La conozco bien y no me lo perdonaría muy fácilmente.

—Supongo que reaccioné igual que tú —me miró con las cejas alzadas—. Ahora que recuerdo, no me dijiste cuando te diste cuenta que estabas enamorada de Edward. ¿Cuándo fue?

Oh, no. Justo lo que quería evitar. Suspiré pesadamente y volví a mirarla.

—Te pregunté a ti —contraataqué rápidamente—. ¿Cómo fue?

Alice puso esa cara típica de chica enamorada y me pregunté si yo también me veía así de idiota cuando miraba a Edward. ¡Qué horror! Mi mejor amiga se acomodó en el sofá, cruzando sus piernas y sonrió de oreja a oreja.

—No fue amor a primera vista, eso lo sabes —comenzó—. Sí hubo atracción y ese sexto sentido que te dice que las cosas no sólo se quedarán en amistad, supongo que tuvimos esa chispa. Además, a mí me interesó Jazz desde un principio, tú sabes lo que sucedió. —Asentí, alentándola para que continúe con su relato—. Al principio fue comenzar a conocernos, ya sabes, cómo funcionábamos juntos, si había cosas en común o no… supongo que los primeros momentos en una relación son similares para todos.

No pude evitar volver a recordar los primeros días después de conocer a Edward. Quizás, en nuestro caso —o bueno en el mío solamente— ya estaba estipulado que las cosas no se quedarían en una amistad, como pensé en un principio. Después de todo, quizás, la química y confianza que tuvimos desde el primer momento tenían una explicación lógica y sólo ahora era capaz de comprenderlo.

«No quiero volver a repetirte "te lo dije"; pero… yo te dije. Ojitos nunca fue un simple chico, Bella».

No tenía nada que recriminarle a Amanda; quizás, si la hubiese escuchado desde antes, me hubiese dado cuenta cuando fue que comenzaron a cambiar las cosas.

«¿Y me lo dices ahora?».

—Pero… —siguió diciendo Alice, causando que mi atención volviera a ella—. Un día todo lo cambió. No sé cómo fue realmente, pero creo que uno no se da cuenta que se está enamorando hasta que lo está. Recuerdo que miré a Jasper, y sólo lo supe… supe que estaba enamorada de él y que no quería a nadie más conmigo.

Definitivamente, lo que sentía era amor, pues a mí también me había pasado igual. No sé cuando fue qué sucedió, sólo lo supe y ya. El amor te sorprende, no te das cuenta que has saltado al vacío hasta que estás cayendo. Ahora lo sé. Largué un fuerte suspiro. Alice volvió a mirarme con atención y una ligera confusión.

—¿Qué va mal?

Inflé mis mejillas.

—Oh, no, no es nada. —Pensé rápido alguna excusa antes de que me volviera a preguntar—. Es sólo que quiero varios puntos de vista para lo que estoy escribiendo… ya sabes, necesito inspiración.

Alice me miró con el ceño fruncido y, cuando le sonreí, ella me devolvió la sonrisa. Creo que esta vez había ganado y ya no habría ningún cuestionario.

—Luego seguimos esta charla, yo también quiero saber de tu amor por Edward —me sonrió y me guiñó un ojo; hundí mis hombros disimuladamente—. Me voy a la Universidad, hasta la noche.

La saludé con un beso en la mejilla y, una vez que tomó todas sus cosas, salió del departamento. Solté un profundo suspiro y me recosté en el sofá, sintiendo que, a pesar que mi confusión ya se había acabado, ahora el peso de la noticia me tenía un poco… extraña. Fofi se trepó encima del sofá junto a mí y se acurrucó a mi costado. La acaricié y sus ojitos negros me miraron.

—Tú lo supiste desde el principio, ¿verdad? —Sus ojitos siguieron mirándome—. Por eso no le ladras, es al único chico que quieres.

«Te dije que eras una ciega que no quería ver».

«¿Cuándo perdí el control, Amanda?».

«No lo perdiste, tonta, sólo tenía que pasar».

Fofi lamió mi mano y supe que ella también estaba de acuerdo con Amanda.

—¿Y ahora qué sigue?

Si antes odiaba estar tan confundida, sin dudas ahora odiaba mucho más no saber qué hacer. ¿Cómo miraría a Edward? ¿Cómo tendría que actuar frente a él? Obviamente y tras mi descubrimiento, las cosas habían cambiado bastante y, ahora, no sé cómo actuar, ni qué decir y mucho menos qué hacer. ¿Debería hacer como que nada sucedió? Definitivamente no, no podría mentir tanto y… no sé si tengo más fuerzas para seguir haciéndolo. Dios, necesito hablar con alguien.

Fofi me miró y supe lo que tenía que hacer.

—¿Te enojas si te dejo un momento solita? —Ladeó su cabeza hacia un lado y movió su cola—. Buena chica —besé su cabecita y corrí para buscar mis zapatillas.

La calle estaba bastante transitada, como cualquier tarde de un día hermosamente soleado. Elegí caminar hacia la casa de Tanya para despabilar mi cabeza; realmente lo necesitaba. Me sentía extraña al caminar por las veredas, pues las personas me miraban raro y no entendía por qué. Una pareja me miró y sonrieron entre los dos con complicidad, alcé las cejas y no les di importancia, preocupándome en seguir mi camino. Ya a la sexta o séptima persona que me miró y sonrió con diversión, lo encontré más que sospechoso. Aminoré mis pasos y me detuve. ¿Por qué se reían de mí? Paré justo delante de un vidrio y vi mi reflejo. Oh, no, dime que no, por favor. Cerré mis ojos y volví a escuchar unas risitas a mi lado. Tierra trágame ahora.

«Esto era lo único que nos faltaba, deberían darte el premio a la loca del siglo».

Tomé una larga bocanada de aire e intenté sonar como si no me afectara.

—¿Qué pasa? —les pregunté a los que se reían de mí—. ¿Nunca vieron a una loca en pijama?

No pude evitarlo y me reí de mí misma. Una ancianita me sonrió con dulzura y mis pies aceleraron a todo lo que daba para salir de allí.

Así es; con el apuro de salir del departamento, me había olvidado que tenía el pijama puesto y salí así mismo a la calle. Obviamente, estas cosas sólo me pasaban a mí. ¿Qué persona normal se olvida que aún está enfundada en la ropa de dormir? Yo, por supuesto. Con la cabeza en alto, seguí el recorrido hasta la casa de Tanya; aunque iba sonriendo al ver como la gente me quedaba mirando con extrañeza. ¡Vamos, tampoco era para tanto!

Al llegar a la casa de Tanya, inspiré profundamente y subí las escaleritas para tocar el timbre. No tuve que esperar mucho, Carmen salió a recibirme con una amplia sonrisa. Su sonrisa se intensificó al mirarme de arriba abajo. Ella tampoco era la excepción, sus ojos chismearon de diversión en cuanto me vio. Sí, tengo un maldito pijama. ¿Y?

—Bonito atuendo, ¿ya vienes preparada para una fiesta de pijamas? —dijo con gracia; puse los ojos en blanco. Carmen largó una fuerte carcajada y se hizo a un lado de la puerta para dejarme lugar—. Pasa, Bella, Tanya está en su cuarto.

Sonreí y rápidamentemme fui hasta el cuarto de mi amiga. Al llegar allí, abrí despacito la puerta y me quedé en el umbral de ésta, mirando a Tanya con una sonrisa. Ella ni se había percatado de mi presencia. Con cuidado, entré y cerré la puerta con suavidad detrás de mí.

—¿Otra vez llorando con "Bajo la misma Estrella", Tan? —Sacó sus ojos del libro y se limpió las lágrimas y los mocos con un pañuelo.

—Es que… es que… —Marcó la página en donde iba leyendo y apoyó el libro encima de la mesita de noche, sobando sus mocos—. Es tan lindo, Bella.

Oh, los amores literarios, no hay nada como ellos. Le sonreí con dulzura y me acerqué a su cama y me senté en ella. Tanya siguió mis movimientos y sonrió de costado.

—Bonito pijama —murmuró percatándose de mi pintoresco atuendo—. ¿Por qué estás en pijama, Bella?

—Me olvidé de cambiarme —encogí mis hombros.

La suave risa de Tanya se escuchó en todo el cuarto.

—Ay, Bella… —sacudió la cabeza—. Sólo tú te olvidas de eso.

Sonreí a medias y abracé una almohada. La rubia me miró con atención y luego al pijama.

—Oh, oh —dijo, dándose cuenta de qué pijama justamente llevaba puesto hoy—. Es el pijama de Bellota.

Hice un puchero.

—La última vez que te lo vi puesto fue cuando tuviste que volver a cursar semántica.

El pijama no tenía un nombre en específico, pero daba la casualidad que sólo lo usaba cuando algo no estaba bien. Supongo que era el pijama de los lamentos o algo así. Trataba de un pijama de dos piezas: un short y una remera, pero tenía la particularidad que la remera llevaba estampado la cara de Bellota, la muñequita verde de las Chicas Superpoderosas. Era algo infantil, sí, pero el día que lo vi en el canasto de ropa con descuento no pude evitar a comprarlo. A mí me gustaba y me recordaba a mi infancia

—¿Qué va mal, Bella?

Miré sus cálidos ojos y largué todo el aire de mis pulmones. Si había una sola persona que pudiera entender toda la mentira que armé junto a Edward era Tanya, y realmente necesitaba poder desahogarme con alguien, que me escuchara y, si podía, que me diera algún consejo de cómo seguir y qué hacer a partir de ahora. Obviamente, las cosas ya no eran iguales.

«Creo que te estás ahogando en un vaso con agua. Tú y Edward juntos, es tan fácil como eso».

«Sabes que no es tan fácil como quieres creerlo, Amanda».

Volví a suspirar; ya había perdido la cuenta de cuántas veces lo había hecho. Sin pensarlo demasiado, para evitar arrepentirme de hacerlo por una buena vez, solté la bomba.

—Me enamoré de Edward.

«Lloraré. ¿Ves que no costaba mucho?».

«Por favor, Amanda, no metas más líos en mi cabeza».

Era la primera vez que lo decía en voz alta y, realmente, se sintió extraño. Creí que este día jamás llegaría y, a pesar de ello, había llegado. La Bella-nunca-me-enamoraré-Swan se había enamorado como una idiota por primera vez en su vida. Porque, obviamente, tener amores literarios o famosos no era lo mismo que enamorarse de una persona de verdad. Era otra cosa distinta. Completamente diferente.

Esperé por la reacción de Tanya, pero ella mantenía su mismo rostro sereno. Fruncí el ceño, ¿por qué estaba tan tranquila? Le acababa de decir que me enamoré de Edward y estaba como si nada.

—Tanya… —Ella alzó las cejas—. Te dije que me enamoré de Edward.

Ella asintió, sin decir ni una palabra.

—¿No dirás nada?

Se acomodó en la cama y apoyó sus puños debajo de su mentón.

—¿Qué se supone que debo decir, Bella? —sonrió dulcemente—. Es lógico que estés enamorada de él, es tu novio.

Oh, claro, qué tarada soy.

—Las cosas no son como son —intenté explicar.

—¿Eh?

Maldita sea. ¿Cómo se lo explico?

—No todo es lo que parece…

—No te entiendo, Bella —dijo, mirándome con confusión—. ¿Estás asustada por estar enamorada de Edward? ¿Es eso?

Asentí a medias. No estaba asustada por estar enamorada de Edward, sino que me asustaba el hecho de ser novata en todo esto y no saber qué hacer. Supongo que era miedo a una ruta desconocida que jamás experimenté.

—No sé por qué te asusta… —volvió a fruncir el ceño.

—Es un poco complicado… —suspiré—. Tengo miedo de arruinar todo.

—¿Qué arruinarás? —preguntó. Pobre, la estaba confundiendo más de la cuenta con mis rodeos. Pero no era fácil soltar la verdad así como si nada. Ya llevábamos mintiendo más de cinco meses, intentar hacerlo en el primer intento era casi imposible—. No sé qué está pasando por tu cabecita, Bella, pero no creo que haya nada de qué preocuparse. O sea, ¿recién te das cuenta que te enamoraste? No lo entiendo.

No dije nada; no encontré nada que decir igualmente.

—Bueno, no sé qué es lo que te preocupa realmente, pero déjame decirte que no tendrías que preocuparte por nada —me alentó—. ¿Pasó algo en Tacoma? ¿Pelearon?

—No, no fue nada de eso… —suspiré derrotada.

—¿Entonces…?

«Me estás mareando, Bella. Al grano, por favor».

—No debía enamorarme de Edward, Tanya.

Está bien, sí, estaba mareando a todo el mundo, pero vuelvo a repetir, no era fácil sincerarme al primer movimiento; mucho menos reconocerle a una de mis mejores amigas que le estuve mintiendo todo el tiempo en sus propias narices. No hace mucho me había enterado que me enamoré de Edward y, ahora, ya debía confesarme con ella. Era como mucho en poco tiempo. No terminaba de procesar algo que ya debía comenzar con otra cosa.

—¿Que no debías enamorarte? —repitió—. Bueno, no es como si uno pudiera manejar esas cosas y lo sabes, Bella. Pero no sé a qué viene todo eso. Es decir, se los ve bien… es más, jamás vi una pareja tan complementaria como ustedes. ¿Por qué dices eso? Si piensas que Edward no te corresponde, no vayas por ahí, porque no hay que ser muy inteligente para ver que los dos están locamente enamorados. Son una pareja hermosa y maravillosa, Bella. Además, fue al primero que elegiste. ¿Por qué dices todas estas cosas? ¿Por qué tanta inseguridad de repente?

Sin querer, sentí como una lágrima caía por mi mejilla. Oh, genial, ahora el melodrama tenía un nuevo componente; sólo faltaba que se largara a llover y tendríamos cartón lleno. Joder. Escuchar esas palabras de Tanya sólo hacía que todo me abrumara más. Ahora me daba cuenta del grado de mentira al que habíamos llegado y me sentí triplemente culpable por ello. Había engañado a todos, sin escrúpulos, les mentí en la cara y, estaba segura, que todo lo que ocurría ahora no era más que el karma que yo misma me había tejido. Me lo merecía, por ser Pinocho en versión femenina, me lo merezco.

Como ya estaba cansada de mentir todo el tiempo, mi boca se activó sola.

—No existe —murmuré, sin expresión alguna.

Tanya parpadeó repetidas veces.

—No entiendo, ¿qué no existe?

«Entre las dos no hago ni media. ¡Deja de dar tantas vueltas de una vez, mujer!».

Dejé escapar ruidosamente el aire por mi nariz y miré a Tanya.

—Edward, yo… nuestra relación —murmuré con el fin de sincerarme, al menos, con ella. Ya estaba cansada de mentir y mentir todo el tiempo—. Te mentí… les mentí a todos.

Tanya se quedó mirándome con el ceño fruncido hasta que, de a poco, su rostro fue cambiando a uno de entendimiento. Agaché la mirada porque realmente me sentía muy culpable de haberle mentido a ella y a todos todo este tiempo. Aunque, de alguna manera, ahora que ella lo sabía me hacía quitar un gran peso de mis hombros. Sé que decírselo a ella sola no contaba como mucho, pero realmente me sentí sólo un poco mejor. Algo es algo, supongo.

—¿Mentirnos? —volvió a repetir sorprendida—. ¿De qué estás hablando?

«Uf, ¿cómo quieres que te lo diga, querida Tanya? ¿Traigo marionetas para explicarte?».

«No seas mala con ella».

«Como sea, busca bien las palabras para que entienda de una vez; tengo ganas de golpearla así reacciona».

Rasqué mis sienes ya dispuesta a explicarle todo.

—De lo que escuchaste, Tan —dije con un poco más de tranquilidad—. Nada existe, es una completa farsa. Edward no es mi novio, yo no soy su novia, no somos novios. Todo es mentira, una puesta en escena…

Sus ojos se iban abriendo cada vez más.

—Es una broma, ¿cierto?

Sacudí mi cabeza.

—¡Dios, Bella! ¿Por qué harías algo así?

Cerré mis ojos fuertemente y volví a abrirlos, intentando que la voz no me fallara.

—Porque soy estúpida —murmuré por lo bajo—. Porque creí que era la solución perfecta para todo. En mi cabeza era un plan perfecto, ¿sabes? Supuse que si conocían a un novio y lo presentaba, las cosas serían más fáciles; ya no habría que intentar emparejar a la señorita-suda-agua bendita con nadie, ni tampoco la molesta pregunta de: «¿Y el novio?», porque ya habría alguien para acallar todo tipo de cuestionamiento. Todo parecía perfecto, nada podía salir mal. Pero claro, jamás conté con el pequeño detalle que sería tan estúpida como para enamorarme de mi trato; de mi novio falso.

Tapé mi rostro con ambas manos, sintiendo nada más que vergüenza. Decir en voz alta todas mis miserias, realmente era penoso. Tener que llegar al punto de armar todo este circo para que dejaran de romperme las pelotas era muy deprimente; aunque no tenía que arrepentirme de lo que había hecho, claro que no, después de todo gracias a ese loco trato había conocido a Edward. Ahora que sabía lo que ya sé —que estoy enamorada hasta el cuello de él—, no imaginaba una vida sin nuestro Ojitos. Supongo que todo este desastre tenía que pasar. Sino de otra forma, ¿cómo se supone que nuestros caminos se hubiesen juntado? Las posibilidades eran casi nulas.

—Entonces… ¿Es mentira? —Sé que Tanya intentaba esconder su tono dolido, pero la conocía muy bien como para darme cuenta de ello. Inspiré profundo y asentí, sintiéndome más culpable todavía—. ¿Nunca fue real? ¿Nada?

Jugueteé con mis dedos nerviosamente.

—Nada lo fue —admití—. Comenzamos a mentir desde el primer día.

—Entonces… ¿no se conocieron en el parque?

Creo que eso era una de las pocas cosas que eran reales. Eso y, bueno, lo que yo sentía por Edward, pero es un caso aparte.

—Eso es verdad —respondí—. Nos conocimos en el parque y, luego de hablar, se nos ocurrió toda esta locura. Ambos estábamos pasando por lo mismo y creímos que era una buena idea. Novios fingidos por un lapso determinado de tiempo, ¿no suena tentador?

Quise ponerle un poco de diversión a la situación pero, la verdad, era muy difícil reírse en un momento como éste. Volví a mirar el rostro de mi amiga, no había dicho nada y sólo mantenía su vista pegada en mí.

—Lo llevaste a Jacksonville, a Tacoma… —sacudió la cabeza—. ¿Nos mentiste a todos?

Agaché mi mirada.

—Lo siento… —repetí—. Pero no encontré otra escapatoria, Tanya. Creí que era una buena idea, pero ya ves que no lo fue.

—Entonces… las muestras de afecto, las historias que nos contaron… ¿Nada de eso es verdad?

Sacudí mi cabeza, negando.

—Edward y yo nos conocemos hace cinco meses.

—Nos dijeron que llevan más de siete meses de relación.

Una mentira más.

—También mentimos en las fechas, creímos que arreglar una relación más larga daría más credibilidad.

Se instaló un pesado silencio entre ambas, nunca un silencio me pareció tan incómodo como éste en presencia de Tanya.

—No puedo creer que hayan hecho esto… ni tampoco que nos hayan mentido. Me mentiste, Bella… y no sólo a mí, implicaste a toda tu familia… —Uf, la culpa sólo hacía más que crecer. ¿Por qué mierda tuve que aceptar ese trato?

«Déjame de joder con eso, es lo más bueno que has hecho en tu vida, así que calla».

«Nada justifica la mentira; eso está mal, Amada».

«¿Ni cuando es por una buena causa? Has hecho lo correcto. Además, técnicamente Ojitos fue el ideólogo del trato, así que deja el melodrama, no va bien contigo».

—Lo lamento mucho… —dije sinceramente—. Jamás creí que todo se me iría de las manos, sonaba demasiado bien, era como un plan perfecto.

Tanya tomó mi mano y le dio un ligero apretón.

—No soy quién para juzgarte, Bella —sus labios dibujaron una sonrisa cálida—. Tendrás tus razones para haberlo hecho, no lo justifico, pero creo que puedo entenderlo. Quizás, también hubiese considerado hacer esa locura. Aunque no estoy de acuerdo en mentirle a todo el mundo, muchas personas se vieron implicadas en todo esto. Tu familia, su familia, sus amigos… será difícil cuando quieran remediar todo esto.

Eso lo sabía. Si algún día nuestra mentira se hiciera conocer, supongo que todos se sentirían muy decepcionados de nosotros.

—Pero… —Los ojos de Tanya se posaron en los míos—. ¿Te has enamorado de él?

Mordí mi labio.

—Como una idiota estúpidamente enamorada.

Tanya se quedó en silencio y yo también.

—¿Cuándo te diste cuenta?

—En Tacoma —respondí—. Fue gracias a mi abuelita, estuve ciega todo este tiempo. ¡No tenía que enamorarme de él, Tan!

—¿Y por qué no? —contraatacó—. Bella, es en serio cuando te digo que no conozco a una pareja que se complemente tanto como ustedes. No sé… tienen esa química que es muy difícil de ver. A pesar que ahora sé que no son novios de verdad, ¿cómo piensas que todos pensamos que estaban enamorados? La química es palpable no sólo para mí, sino para todos los demás. Créeme cuando te lo digo, te conozco y jamás te había visto tan cómoda con un hombre.

—Edward no es un hombre para mí.

—¿Por qué esa negatividad? —preguntó—. Tú no lo ves. Bella, Edward te mira de una forma especial, confía en mí… No sé cómo explicártelo, pero… actúa como si no le importara nada más que tú.

No quería darme falsas esperanzas.

«Oh, claro… y yo no vivo porque sé que voy a morir. ¡Deja de ser absurda!».

«¿Te olvidas lo que nos dijo Edward en más de una oportunidad?».

«La gente puede cambiar de opinión, duh».

—Lo nuestro no tendría futuro, Tanya. —Decir eso se sintió como un dolor pulsante atravesar el pecho—. Él mismo me dijo que las relaciones no son lo suyo, que no sirve para una vida en pareja, que no quiere reclamos, ni celos, ni nada que conlleve a tener una novia. ¿Te das cuenta que somos muy distintos?

—No puedo creer que te quieras rendir tan fácil… —musitó, dejándome sorprendida—. Es la primera vez que te enamoras. Es la primera vez que un hombre hace despertar tu corazón dormido. El primero que llama tu atención. ¿Por qué no luchar por ello?

—Porque me da miedo —jalé un poco mis cabellos—. Porque siento que será una batalla contra la corriente. Porque en un puto mes todo se acabará y ya no tendré ninguna esperanza. Tanya, Edward es todo lo contrario a mí. Yo quiero una relación, quiero vivir plenamente esto que me está ocurriendo, pero sé que Edward no quiere lo mismo. Yo no puedo hacer nada en contra de eso, él viene pensando lo mismo hace años. ¿Crees que tengo el poder de cambiarle su mente? Yo, precisamente, no lo creo.

—¿Ni siquiera lo intentarás? —volvió a preguntar—. ¿Dejarás que todo acabe en un mes y listo?

«Oye, creo que ya no quiero pegarle. Me estás cayendo bien, Tanya ¡sigue así!».

—Es fácil decirlo, pero no hacerlo… —suspiré con pesadez—. Odio sentirme así, odio no saber qué hacer. Todo me abruma, no planeaba que algo así pudiera ocurrirme.

—Las cosas que no se planean suelen ser las mejores, ¿recuerdas?

Entrecerré los ojos.

—No uses mis palabras en mi contra —hice un puchero y volví a suspirar—. No sé qué hacer, Tan. Me siento tan encerrada, ahogada… ¿Qué harías tú en mi lugar?

Se corrió el pelo de la cara y me miró, con una mueca de concentración.

—Lo primero que haría sería revocar el trato —mis ojos se abrieron de la sorpresa—. Creo que sería lo conveniente, después de todo para ti ya no es un trato… ahora se volvió real. —En eso tenía razón, creo que el trato dejó de ser trato hace bastante, al menos para mí—. Y, luego, creo que dejaría que las cosas sigan su curso, obviamente pelearía por lo que quiero, aún más sabiendo que es la primera vez que me encuentro cara a cara con el amor. Tú sabes lo difícil que es que un muchacho llame tu atención, Bella… al fin ha aparecido uno, no lo pierdas.

Perder. No puedo perder a alguien que nunca fue mío, pero sí estaba la posibilidad de luchar por lo que sentía. ¿Haría lo correcto si doy por finalizado el trato antes del lapso de los seis meses? La idea de poder entablar una verdadera relación con Edward,me hacía sentir un nudo en el estómago. Sin dudas, Tanya tenía absoluta razón en decirme que lo correcto era luchar por eso que sentía y poder hacer cambiar de opinión el pensamiento de Edward. ¿Tendría esperanzas en conquistar su corazón? O ¿sólo sería una pérdida de tiempo? Estaba segura que si no lo intentaba jamás podría saberlo.

«El que no arriesga, no gana. ¿No dicen eso?».

«Al menos diremos que lo intentamos, ¿verdad?».

«Vamos en la misma sintonía, Bellita».

Con un poco más de claridad en mi cabeza, me acerqué a Tanya y le di un abrazo. ¿Qué haría sin ella?

—Lamento tanto haberte mentido…

—Hey, ya está… —me sonrió con dulzura—. Lo importante es que te sientas bien, Bella. No me gusta verte así de preocupada, analista y abrumada. ¿Dónde queda la chica espontánea que va hacia adelante sin que importe nada? Creo que deberías utilizar tus mismos métodos para esto también. El miedo sólo te hace perder, en la vida hay que aprender a ser valiente. ¿Quién te dijo que lo que vale la pena es fácil?

Le sonreí con una amplia sonrisa. Al fin me había calmado un poco. Gracias al cielo que había decidido venir hasta aquí. Necesitaba esta conversación con todas mis fuerzas, ya había aguantado esta mentira mucho tiempo por mí misma.

—Entonces… ¿Termino con el trato?

Tanya me miró.

—Creo que es lo mejor —sonrió con ternura—. Ya lo que sientes es real, Bella. ¿Por qué seguir mintiendo?

Tenía toda la razón del mundo. Ya el trato no tenía sentido. Ya no estaba fingiendo estar enamorada de Edward, pues lo estaba de verdad e intentaría hacer que él, al menos, comenzara a mirarme con otros ojos. Quizás, para una persona que no se cree hecho para relaciones amorosas, el camino iba a estar complicado… sobre todo, con la idea de poder enamorarlo, pero supongo que si costaba era porque realmente valía la pena. ¿No había dicho algo así Tanya?

—Tienes razón… —sonreí levemente—. Ya no habrá trato, pero lo haré luego de su cumpleaños.

No valía la pena apurar tanto las cosas, además para el cumpleaños de Edward no faltaba mucho y quería estar a su lado. Después de todo, sería el primero que estaríamos juntos.

—Sólo faltan dos días.

Asentí.

—Técnicamente, es poco tiempo, pero tampoco veo la necesidad de aplazarlo más allá de esa fecha… Además, el trato terminaría de igual manera en poco menos de un mes.

—¿Estás segura? —me preguntó mi amiga con cautela.

—Sonará cursi y quizás hasta yo misma quiera vomitar azúcar, flores y muchos colores —Tanya soltó unas risitas—, pero sé que estoy enamorada de Edward y, realmente, me encantaría que todo funcione. Estoy tan a gusto con él que la sola idea de alejarme me da pavor.

—No tiene que ser así —palmeó mi mano—. Edward no podrá resistirse a ti, es más… creo que él también está enamorado de ti.

«Ojitos ama a la Voz de Pito, por supuesto».

No era algo tan fácil; y tampoco lo creo, pero ¿qué más da?

—Supongo que el tiempo lo dirá… —encogí mis hombros.

—Ya verás que sí —guiñó su ojo y volvió a mirarme—. ¿Por qué no te quedas a dormir? Digo… ya tienes el pijama.

Sonreí y le tiré un cojín en la cabeza. Comenzamos a reír y, por primera vez desde que volví de Tacoma, me sentí aliviada y con determinación.

Haría que Edward se enamorara de mí, o bueno, al menos lo intentaría.

.

.

Terminé de pincelar mi dedo meñique con el esmalte negro y cerré el frasco para dejar que se secaran mis uñas. Ya eran las siete de la tarde y Edward vendría por mí a las ocho y, apenas, me había bañado y ahora pintado las uñas.

—¿Qué haces que aún no te cambias?

Soplé un poco mis uñas para apurar el secado y miré a Alice.

—Bueno, me retrasé un poco.

—¿Un poco? —dijo divertida—. Edward vendrá en cualquier momento y tú estás en esas fachas.

Miré mi remera agujereada y los shorts de mi padre. Bueno, no era lo más sexy del mundo, pero era mi uniforme de casa. No había nada mejor que ropa cómoda para andar en el departamento.

—Sabes que no tardo mucho —me encogí de hombros.

—Lo sé y te envidio por eso —rió—. Bueno, entonces… ¿Me repites el plan?

—¿Otra vez?

Alice hizo ojitos y comencé a reír.

—Tienen que ir a "Burqa", ¿recuerdas dónde queda? —Ella asintió. Habíamos ido a ese boliche el año pasado cuando Jessica festejó su cumpleaños. Era uno de los mejores lugares de la zona y, obviamente, muy difícil entrar pero nada era imposible para Jess, así que terminamos mezclándonos con las personas de alto estatus social y la habíamos pasado bien. Al menos no quise irme a casa temprano, eso fue una buena señal—. Edward y yo llegaremos a las doce y ya sabes, allí comenzará la fiesta.

—¡Estoy tan emocionada! —chilló con felicidad—. ¿Ya sabes qué harán ustedes mientras tanto? —levantó las cejas con sugerencia y puse los ojos en blanco—. No se entretengan tanto que la fiesta no puede comenzar sin el cumpleañero.

«Pero nuestra fiesta privada para el cumpleañero, sí podrá comenzar».

«Sea lo que sea que está pasando por tu cabeza, aleja eso de allí».

«¿Por qué habría de hacerlo? Te recuerdo que es el cumpleaños de mi Ojitos y tengo un regalo muy especial preparado para él».

«¿Un regalo especial?».

«Lo venimos reservando por mucho tiempo, Bellita, ya es momento que el regalo sea entregado».

Sacudí la cabeza, alejando la voz de Amanda.

—Sólo espero que no sospeche nada, según Rosalie el plan es perfecto, pero Edward es muy inteligente… Además, estos días no ha dejado de repetir que sería su cumpleaños y que nadie hablaba de ello. Supongo que su familia es muy expresiva en estas fechas y a él le resultó extraño que nadie diga nada.

—Tú tranquila, sólo mantenlo entretenido y verás que todo saldrá bien.

Sólo esperaba que mi plan para distraerlo funcione.

«Siempre podemos hacer un plan B, en este caso sería ir al hotel».

«Tú terminarás en el hospital si no te callas».

Miré la hora y ya pasaron quince minutos de las siete. Corroboré que mi esmalte negro se hubiese secado y me levanté de la silla para ir a cambiarme y terminar de arreglarme. No era muy partidaria de arreglarme tanto, pero esta vez quería estar diferente. Quizás soy una idiota en preocuparme por mi apariencia, pero quería que Edward me encontrara bonita. Sí, lo sé, soy idiota.

Cuando terminé de cambiarme, peinarme y maquillarme, me miré al espejo y me gustó lo que vi. El vestido que había elegido no era nada del otro mundo, pero a penas lo vi me encantó. Se trata de un vestido corto hasta la mitad del muslo, de color beige, adornado con algunas líneas, tachas negras y un cinturón del mismo color que marca mi cintura. No tiene escote y la parte de arriba es similar a una musculosa. Realmente era un vestido muy lindo. Alice había sugerido que me prestaba sus zapatos negro de tacón, pero para el lugar que tenía planeado llevar a Edward no sé si era la mejor opción, por eso no me preocupé mucho por los zapatos y decidí llevar mis zapatillas, aunque estas eran un poco más sofisticadas, porque eran a cuadros negros y blancos y, realmente, con el vestido quedaba bien.

El maquillaje que había elegido no era muy diferente al que solía usar, era más bien natural. Un poco de base en polvo y cubre ojeras, delineado negro debajo de mis ojos y apenas una sombra oscura acentuando mi mirada, un poco de rímel en las pestañas y un labial claro, dándole un poco de brillo a mis labios. Por último, mi cabello lo mantuve suelto, con algunas ondas y lo tiré a un lado de mis hombros. Me puse un poco de perfume y salí de la habitación.

Alice me sintió llegar y sonrió cuando me miró.

—Wow, Bella, estás hermosa —me halagó, le sonreí y rodé los ojos—. Edward se morirá de un ataque cuando te vea.

Tomé mi pequeña cartera negra y coloqué mi celular, mi documento y mi billetera; también, tomé el paquete que tenía preparado para esta noche.

—¿Quieres que te lleve los zapatos para después?

Encogí mis hombros, quizás no los usaría, pero sólo acepté para alegrar a mi mejor amiga. A las ocho en punto, el portero eléctrico sonó y supe que Edward ya había llegado. Mis manos comenzaron a sudar y las refregué con mi vestido para secarlas. Sacudí mi cabeza. Es sólo Edward, eso no había cambiado.

—Llámame cualquier cosa —le dije a Alice, tras despedirme de ella y de Fofi para salir del departamento.

A medida que iba bajando las escaleras para encontrarme con Edward, mis nervios iban aumentando. Sería la primera vez que lo vería luego de haberme despedido de él cuando volvimos de Tacoma. Había estado muy callada en ese viaje y, obviamente, no me había sentido yo, pues estaba demasiado abrumada con mi, en ese momento, reciente descubrimiento. Ahora, intentaría comportarme con naturalidad, después de todo, sólo tenía que ser yo misma.

Al acercarme a la puerta, me despedí de Peter y allí lo vi, apoyado junto al coche, esperando por mí. ¿Siempre fue así de hermoso o sólo mis ojos de babosa compulsiva me hacían verlo más guapo que de costumbre? Le sonreí y él me sonrió de devuelta, sus ojos me recorrieron de arriba abajo y me alegré por haber elegido este vestido. Él estaba impecable, como siempre. Esta vez había elegido un traje gris oscuro, con una camisa en un tono más claro y los dos primeros botones desabrochados, no tenía corbata y eso lo hacía ver más sexy aún. Sin contar su cabello naturalmente despeinado y la fina barba que cubría su rostro.

—Buenas noches —saludé acercándome a él.

Edward siguió mirándome y sonrió ampliamente.

—Estás hermosa —dijo, haciendo que mi corazón saltara.

«Oh, Dios mío, Ojitos. ¿Cómo hago para aguantar?».

No supe qué contestar así que sólo me limité a morder mi labio inferior.

—¿Por qué hay tanto misterio esta noche? —preguntó con un tono suave—. Has estado muy extraña estos últimos días. ¿Me perdí de algo?

Sonreí, si tan sólo supiera.

—No te has perdido nada, sólo quiero pasear hoy. ¿Está mal?

—No, y me gusta que me hayas invitado. —Alargó su mano para pedir la mía y no lo dudé ni un instante, entrelacé nuestros dedos y otra vez sentí ese nuevo cosquilleo que comenzó a aparecer entre nosotros—. Usted dirá donde vamos, señorita.

Sonreí con ganas y, juntos, bajamos las escaleritas de la entrada. Aunque al sentir un portazo desde atrás, ambos nos dimos vuelta. Allí estaba Alice, con su bata aún puesta y esa extraña crema verde que usa para limpiar el cutis de su piel. Edward se quedó con los ojos bien abiertos al verla, seguro pensó que estaba frente al increíble Hulk.

—Creí que ya no te alcanzaba —dijo mi mejor amiga respirando agitadamente—. Hola, Edward. ¿Qué tal?

El aludido sonrió con diversión.

—Hola, Alice.

—¿Qué sucede?

—Oh, sí —parecía que había olvidado momentáneamente por qué había bajado con tanta rapidez. Me miró y dijo—: Olvidé de decirte que no te olvides de los 29 besos.

«¿Ya te dije que te amo, Alice?».

Sacudí mi cabeza, mirando como el ceño de Edward se iba frunciendo.

—Uh, no creo que… —balbuceé—. Eso es muy de la familia, Al.

—¿Y? —volvió a preguntar—. Yo lo hice con Jasper.

Me callé y no dije nada, podía sentir la mirada de Edward puesta en mí. Alice me sonrió y quiso acercarse a Edward para saludarlo, pero luego recordó su rostro "a lo Shrek".

—Bien, sólo era eso —nos sonrió—. ¡Que se diviertan! Nos vemos luego.

Sin más, corrió hacia el interior, como si nada hubiese pasado. Ya cuando entró, Edward se dio la vuelta y pude ver en sus ojos la duda de lo que hablaba Alice.

—¿29 besos?

Rasqué mi nuca.

—Bueno, eso es una tradición que tenemos con nuestras familias —comencé a explicar—. No sé quién lo originó, sólo sé que toda mi vida lo hicimos y, luego, también se sumó la de Alice. Cada víspera de cumpleaños, regalamos tantos besos como años se cumplen.

—¿O sea que a mí me tocan 29?

«Podemos darte cien si quieres, Ojitos».

—Sí —respondí, sintiéndome un poco nerviosa—. Pero no tiene que ser así, no te preocupes. ¿Nos vamos?

Realmente quería cambiar de tema. Maldita sea la hora que Alice bajó y dijo todo eso de los besos y qué sé yo. ¿No podía sólo mantenerlo para nosotros? Claro que no, nunca nada salía como planeaba. Quise hacerme la boba y dar el tema por finalizado, pero claro, eso no iba a pasar. Edward me tomó de la mano e hizo que volteara hacia su cuerpo, quedando a la altura de su pecho. Inspiré su perfume y sentí el bombeo rápido de mi corazón. ¿Siempre sería igual?

—¿Por qué no quieres compartir esa tradición conmigo? —preguntó—. Alice se veía muy emocionada por eso, ¿por qué tú no quieres saber nada?

Me hice la desentendida.

—¿De qué hablas?

—Voz de Pito, te conozco —picó mi nariz con su dedo—. Y, como hoy es víspera de mi cumpleaños y en casa estilamos que cada cumpleaños es sagrado, yo quiero mis 29 besos.

Cerré mis ojos.

—Edward, en serio… no tenemos que hacerlo —musité—. Si quieres, le mentimos a Alice y hacemos de cuenta que lo hemos hecho cuando no fue así.

Él me miró y la intensidad de sus ojos casi hizo que mis piernas se volvieran gelatina… casi.

—Quiero mis 29 besos, ¿le negarás ese regalo a un cumpleañero?

Mordí mi labio. ¿Por qué tanto entusiasmo con eso?

«¿Puedes dejar de actuar como una idiota? Es la oportunidad para besarlo y besarlo todo el día. ¡No lo arruines!».

Bien, si él quería los 29 besos. ¿Quién era yo para negárselo?

Levanté mi vista y sus ojos aún se mantenían fijos en los míos. Sin pensarlo demasiado, para no arrepentirme luego, mis pies se pararon sobre sus puntas y mis brazos, enroscados alrededor de su nuca, lo tiraron hacia mí para poder besarlo con comodidad. Al principio, lo tomé por sorpresa —creo que, de todas maneras, eso era lo que quería lograr— pero no pasó mucho tiempo para que me correspondiera el beso con las mismas ganas que las mías. Ahora que sabía que él era un hombre más que importante para mí, las reacciones de mi cuerpo se multiplicaban por mil a comparación de antes. Ahora, sentía mi corazón latir en mi garganta, en mi cabeza y, por supuesto, mi corazón brincaba y brincaba de felicidad queriendo escapar de mi pecho.

Nunca había besado a ningún hombre que amara, hasta ahora, claro.

Sin dudas, besar a Edward Cullen era mi deporte favorito —y el único que practicaba últimamente—. A veces, cuando ambos estábamos así, fantaseaba con imaginar que él sentía lo mismo por mí. Que seríamos una feliz pareja descubriendo juntos lo que es una relación y amar una persona día tras día y, obviamente, que todo saldría bien y que seríamos muy felices, los dos, como una pareja real. Claro que esa falacia se rompía cuando recordaba las innumerables veces que me había repetido que no quería enamorarse y tampoco que la posibilidad de entablar una relación estaba en sus planes.

Ya cuando estaba prácticamente quedándome sin aire, me separé lentamente de él y lo miré a los ojos. Edward me devolvió la mirada y le sonreí dulcemente. Era tan hermoso, aún cuando se veía confundido. Supongo que confundirlo era bueno, ¿cierto?

—Bien, señor Cumpleañero —dije para no pensar tanto en su profunda mirada puesta en mí—. Ese fue el beso número uno.

«Todavía nos quedan veintiocho… esto será divertido».

Edward sonrió de costado y aproveché para limpiarle las comisuras de sus labios que habían quedado manchados con mi labial. Él miró la ruta de mi dedo y suspiró fuerte cuando mi índice llegó a su destino. Sacudí mi cabeza y evité que el hormigueo en mi vientre fuese más notorio; Edward, por su parte, hizo lo mismo y volvió a entrelazar nuestros dedos.

—¿Vamos?

Asentí, y me subí al coche al mismo tiempo que él rodeaba el auto para subirse al asiento del conductor.

Desde que volvimos de Tacoma, Rosalie no pasó ni un solo día sin llamarme. Resultó ser que desde hacía bastantes semanas a Emmett se le había ocurrido festejar el cumpleaños de su hermano haciendo una fiesta sorpresa. Todo el mundo estuvo de acuerdo y desde ese mismo día comenzaron con la organización y, obviamente, Edward no sabía nada de esto. Era por ese motivo que se me había ocurrido mantenerlo ocupado mientras los demás terminaban de finiquitar con los últimos detalles.

—¿Por qué te noto tan misteriosa? —preguntó cuando nos detuvimos en un semáforo.

Lo miré con una sonrisa.

—¿Misteriosa yo?

Rodó sus ojos.

—Sí, tú —volvió a decir, aunque intentaba esconder su sonrisa sin éxito alguno—. Siquiera me dices a dónde estamos yendo.

—Oh, ya lo verás —aseguré, volteando un poco mi vista para asegurarme que el paquete envuelto con papel de regalo estaba en el asiento trasero—. En la próxima dobla a la izquierda.

—Como mande, mi capitana —respondió con diversión.

Finalmente, a unos metros de donde quería ir, Edward encontró un lugar para estacionar el coche y bajamos de él. Si bien el lugar no estaba tan lejos del departamento y tranquilamente podríamos haber venido caminando, deseché esa idea porque luego necesitaríamos el coche para ir a Burqa.

—¿Se puede saber dónde estamos yendo? —preguntó cuando comencé a caminar con tranquilidad. Le sonreí y seguí haciéndome la misteriosa, sin aminorar mis pasos—. Bella, en serio, ¿dónde vamos?

«Estoy cruzando los dedos para que vayamos a un hotel».

«Amanda, no empieces».

Tiré de su mano e hice que caminara a mi lado, sin decir ninguna palabra. Edward rezongaba y bufaba por lo bajo por la falta de información. Sonreí e intenté disimular mi diversión por verlo en ese estado; yo sabía que odiaba no saber sea cual fuera la cuestión, y eso se incrementaba cuando yo manejaba información que él no.

Finalmente, el cartel rojo con esa M amarilla gigante estuvo delante de nosotros y me detuve en la entrada, haciendo que Edward lo hiciera en consecuencia. Lo miré y se veía más confundido que antes.

—¿Mc Donalds? —preguntó con asombro.

—Ajá —respondí—. Creí que sería una buena idea, ¿no te gusta o…?

—No, no es eso —sacudió la cabeza y me sonrió—. Es sólo que… bueno, hace mucho tiempo no vengo aquí.

Su respuesta no me extrañó. Él no era de esos hombres que te cruzabas en un Mc Donalds.

—Bueno, siempre existe la posibilidad de volver y qué mejor que hoy —murmuré con alegría—. ¿Podemos entrar? Realmente me muero de hambre y el olorcito que hay aquí no ayuda a calmar mi estómago.

—Está bien, entremos —musitó—. Aunque me siento en desventaja, ¿cómo tengo que pedir?

Mordí mi labio y sonreí con burla.

—Hola, ¿me das el combo más grande? —imité penosamente su voz. Él rodó sus ojos y sonrió levemente—. No te preocupes por eso, yo invité así que me hago cargo de los pedidos. —Encogí mis hombros y comencé a caminar hacia el interior del local. Realmente todo olía maravilloso, ya las tripas de mi estómago comenzaron con el festín antes de tiempo.

Edward me tomó por el codo y lo miré con confusión.

—¿Tú invitas? —inquirió con la ceja alzada.

Asentí.

—Claro, yo invito, yo pago —dije con naturalidad—. Así que entremos, muero de hambre.

—Creo que no estoy escuchando bien… —volvió a decir.

Bufé.

—Oye, déjame pagar la cena de esta noche. Siendo sincera, es el único lugar al que puedo invitarte y me siento bien haciéndolo —expliqué—. Tómalo como un regalo adelantado de cumpleaños; que una chica te pague la cena no te hace ni más ni menos hombre. Así que déjate de joder, por favor.

Edward me miró como si fuese el bicho más raro que hubiese visto en su vida.

—No dejaré que tú pagues —dijo a modo de reproche.

Me crucé de brazos.

—¿Y por qué no?

—Porque jamás he dejado que ninguna mujer me invite a cenar —respondió con el ceño fruncido—. De hecho, no conozco a ninguna que lo haya intentado.

Le sonreí con dulzura y palmeé su pecho.

—Bueno, amigo, creo que aquí tenemos otra primera vez —mi sonrisa creció. Me gustaba cuando lograba sorprenderlo y también cuando mi comportamiento era totalmente distinto a lo que él estaba acostumbrado. Me hacía sentir un poco única y especial.

«Sigo insistiendo en que me encantaría otro tipo de primera vez. ¿Puedes agilizar los trámites?».

«No empieces, Amanda…».

«El primer paso está dado, ¿por qué no el segundo?».

—¿Sabes algo? —preguntó con los ojos brillando, haciendo que mi conversación con Amanda muriera. La suave brisa de la noche agitó un poco sus cabellos y reprimí el impulso de acariciarlos con mis dedos. ¿Desde cuándo tenía el pelo tan hermoso? Sacudí mi cabeza, sin dudas, mi mente de enamorada era mucho más estúpida de lo que creí que podría llegar a ser—. Me gusta que me sorprendas y, sólo porque hoy has estado muy misteriosa, te dejaré pagar mi jodida cena… pero no esperes que esto se repita. ¿Okay?

Sonreí porque logré mi cometido.

—Lo que usted diga, señor —mi sonrisa se ensanchó—. ¿Entramos?

—No creas que es un juego ganado, sólo has triunfado en una partida —sus ojos destellaron aún en la oscuridad de la noche—. Y estoy dispuesto a hacer muy bien mis movimientos.

Mordí mi labio y le devolví la sonrisa.

—Me gustan los desafíos.

Sus ojos me miraron con fijeza y creo que escuché un gruñido, pero no estoy segura.

—Eso es una gran casualidad. —No sé si era mi imaginación o no, pero su voz se volvió un poco ronca. Me costó tragar y sentí un leve hormigueo recorrer mi cuerpo—, porque a mí también me agradan los desafíos.

«Oh, Cristo, Jesús, Santo… ¡Gracias por hacer que mi Ojitos exista!».

Nos quedamos mirando fijamente y otra vez percibí esa electricidad que cada vez nos acompañaba más y con más fuerza. Cerré mis ojos e intenté calmarme. Definitivamente, la noche que nos quedaba iba a ser demasiado larga. Sacudí mi cabeza y abrí mis ojos para volver a mirarlo; me encontré con su mirada fija en mí.

—¿Vamos por tu última cena con veintiocho años?

Edward sonrió y estiró su mano para pedir la mía. Mi pecho se emocionó y otra vez me sentí estúpida por emocionarme tanto por un simple gesto que veníamos haciendo desde hace rato. Intenté que no se notara el enjambre de mariposas que atacaban mi estómago y entrelacé mis dedos junto a los suyos; otra vez, tener nuestras manos unidas me pareció muy correcto. Con el corazón acelerado y un cálido sentimiento invadiendo mi pecho, hicimos los pocos pasos que faltaban para entrar al Mc Donalds.

—Espera —musitó, tomándome de la cintura para llevarnos hacia un costado de la puerta para no estorbar.

Lo miré con una ceja alzada por la rapidez del movimiento.

—¿Qué suce…?

Obviamente no pude terminar la frase porque sus labios colapsaron junto a los míos, tomándome completamente por sorpresa. Claro que no perdí el tiempo y le devolví el beso con ansias. ¿Ya dije que amaba besarlo? Luego de muy corto tiempo, a mi parecer, se separó lentamente de mí y me sonrió con ganas.

«Realmente mi corazoncito es fuerte ¡y eso que la noche recién comienza!».

—Dos —musitó por lo bajo, volviendo a tomar mi mano—. ¿Vamos a pedir nuestras hamburguesas?

Aún media grogui, me las ingenié para hacerme a las cajas y poder pedir la comida. La chica de los pedidos nos dio el mismo versito que hacen en todos los Mc Donalds. Sin mucho preámbulo me pedí mis dos cuartos de libra con queso y, obviamente, acompañado por las patatas fritas y mi Sprite. Edward me miró con asombro al ver la cantidad de comida que pedí, pero realmente tenía hambre. Él eligió el doble cuarto de libra con queso. Ah, claro y después yo era quien tenía el complejo de comilona. Una vez pedida nuestra cena, subimos a la planta alta y buscamos el lugar; dimos con uno contra la ventana. La vista de la ciudad iluminada por las luces era absolutamente genial.

—Creo que la última vez que había venido a un lugar así fue para festejar el cumpleaños de algún amigo de la Universidad —musitó, bañando una patata en cátsup—. Gracias por traerme.

Sonreí, dándole un buen mordisco a mi deliciosa hamburguesa.

—Tú habías dicho que nunca una chica te invitó a cenar, pues yo tampoco lo había hecho antes… —No sé por qué motivo tuve que abrir mi bocota, supongo que la alegría de alimentarme hacía que mi pico se activara solo—. Así que, supongo, que también es una primera vez para mí. Nunca antes me había hecho cargo de una cita.

Los ojos de Edward llamearon. Ay, no… ¿Qué acabo de decir? ¡Maldita manía de soltar la bocota cuando no debo hacerlo!

—Así que esto es una cita, ¿huh? —Abrí mis ojos y mi boca al mismo tiempo; intenté replicar alguna cosa sin sentido, pero él me ganó—. Me gusta estar en una cita contigo.

Quise esconderme, pero no lo vi necesario; es decir, me gustó que haya dicho aquello. En cierta manera esto era una cita y, si fuese el caso contrario, se parecía bastante. No pude evitar sentirme emocionada. Creo que él notó mi cambio de ánimo, pues buscó mis ojos y me sonrió con ternura.

—Estamos llenos de primeras veces, ¿lo has visto? —Asentí, tomando un poco de Sprite para intentar disimular la emoción que estaba sintiendo—. Realmente agradezco tanto haberte conocido, Voz de Pito.

Mi corazón se calentó.

«Igual a mí, y otras cosas también… ya me entiendes».

Puse los ojos en blanco e intenté hacer oídos sordos a las ocurrencias de mi loca conciencia.

—Yo también lo hago, Edward —vacilando, tomé su mano y él acaricio mi palma con su dedo gordo, aceptando el toque—. A veces, me pregunto qué hubiese pasado si jamás nos hubiésemos encontrado en el parque.

—No estaríamos aquí —respondió—. Pero no debes pensar en ello, lo importante es que nos encontramos y ahora estamos aquí, juntos, compartiendo otra primera vez y engordando. ¿Qué más podemos pedir?

Bueno, quizás que también se enamore de mí y seamos una pareja felizmente junta. Aunque debía ir paso a paso y dar lugar al tiempo. Si llegaba a decirle algo como eso, sé que saldría a correr desesperado y lo que menos quería era asustarlo con esto nuevo que estaba sintiendo.

—Tienes razón —sonreí, dando el último bocado de mi hamburguesa.

Nos quedamos en silencio, terminando de comer y de sólo disfrutar de estar aquí. Presté atención a los gestos de Edward y sabía que quería decirme algo pero no encontraba el momento para hacerlo. Bebí la Sprite y miré hacia afuera; justo pasaba una pareja de novios y se reían y hablaban al mismo tiempo, hasta que el chico la tomó de la cintura y la besó. ¿Podría existir eso para nosotros? ¿Era volar muy alto el querer hacer realidad este loco trato? Sé que no me quedaba un camino fácil por delante, ¿pero valdría la pena hacerlo? Volví mi vista a Edward y observé que él miraba hacia la misma pareja, ¿qué estaría pasando por su cabeza? La verdad, muchas veces creía que no le era tan indiferente. Es decir, tenía esos gestos, esas preocupaciones por mí que no lo tenía cualquiera. Él me había dicho que era su mejor amiga, pero los mejores amigos no se besan, ¿o sí?

—¿En qué piensas? —su aterciopelada voz me sacó de mis pensamientos.

Sacudí la cabeza.

—En nada.

—¿Sabes? Realmente disfruté haber ido a Tacoma.

—Mi abuelita te ama —dije con sinceridad—. Y a mi padre te lo metiste en el bolsillo, regalarle un auto fue lo mejor que hiciste para ganártelo. Una jugada sucia pero válida, creo que ahora te querrá más a ti que a mí.

Edward sonrió con diversión.

—Debía ganármelo de alguna manera —respondió—. Eres su única hija y supongo que no debe ser fácil ver como uno de afuera la quiere para él.

«¡Nos quiere para él!».

—Supongo que tienes razón.

Nos volvimos a quedar en silencio y miré la hora. Wow, ya eran las diez treinta, realmente el tiempo pasaba volando cuando estaba junto a Edward. Como ambos ya habíamos terminado nuestros deliciosos combos, decidimos irnos del Mc Donalds para ir a caminar y bajar la comida. Realmente sentía que estaba por estallar.

La noche era cálida y muy agradable; no era para menos, después de todo estábamos a 19 de junio y el verano ya nos estaba saludando de cerca. Como si de una típica pareja de novios se tratase, caminábamos mirando los distintos shows de arte callejero. Poder disfrutar de estas sencilleces junto a Edward no tenía precio alguno.

—No sé quién lo originó con exactitud —comenté. Me había preguntado nuevamente por esa tradición de los besos que teníamos en la familia—. También se estila dar jalones de orejas, creo que mi abuela lo veía muy violento y por eso inventó eso de los besos, ¿o quizás fue mi bisabuela? No lo sé, lo único certero es que cuando éramos chicos era divertido. Mis primos y yo esperábamos con impaciencia nuestros cumpleaños sólo para ser besuqueados por todos —sonreí ante el recuerdo del lápiz labial que nos quedaban en las mejillas luego del ataque de besos de mis tías abuelas y de la misma Marie—. Aunque cuando vas cumpliendo más y más años, no se hace tan entretenido. Imagínate, en el último cumpleaños de mi abuelita, prácticamente tardamos todo el día para saludarla.

Edward rió y eso hizo que mi cabeza temblara con el movimiento de su pecho vibrar. Habíamos terminado en una banca, sentados muy juntos, con mi cabeza sobre su hombro y su brazo enroscado en mi cintura, pegándome a él todo lo que se pudiera.

—Es algo original.

—Es muy nuestro también —agregué—. Alice se quedó encantada con la idea una vez que pasé mi cumpleaños allí y ella fue conmigo, desde ese momento también lo hizo estilar en su casa. Hasta el día de hoy lo siguen haciendo.

—Y ahora me sumo yo —movió sus cejas y rodé los ojos—. Por cierto, mi cuenta no se ha movido; sólo van dos escasos besos.

—Creo que te estás aprovechando, ¿sabes?

—¿No eran 29?

«Todos los que quieras, Ojitos. Te damos todo».

Lo miré con gracia.

—Tradiciones son tradiciones —siguió diciendo—. No queremos romperlas ahora.

¿Por qué tanta insistencia en ello? Obviamente como esa buena frase Carpe diem, era lo que iba a hacer. Aprovecharía al máximo cuanto me quedara de él antes de, posiblemente, nuestro alejamiento. Sé que suena un poco precipitado sacar estipulaciones, pero una parte de mí temía por perderlo cuando diera por acabado el trato por haberme enamorado de él verdaderamente.

Sin pensar demasiado en las consecuencias, me tiré encima de él y comenzamos a besarnos como dos adolescente hormonados. La verdad, no sé cómo haríamos para frenar esta atracción que parecía crecer y crecer a medida que iban pasando los días. Era como le había hecho saber en Tacoma: ya no sería capaz de aguantar más tiempo si seguíamos así… tarde o temprano, íbamos a caer. Era inevitable.

«Eventualmente, me cobraré cada Orlando que me deben. ¡Orlandolandia, ya iré por ti!».

Luego de sumar unos catorce besos más a la lista de besos —aunque posiblemente fueron más, pero sólo oficializamos esa cantidad—, sólo fuimos capaces de separarnos cuando mi celular se hizo presente en medio de nuestro ataque efusivo. Al mirar la hora, casi me caigo para atrás, menos mal que Edward me tenía bien sujeta. ¡Ya eran las once y media de la noche y nosotros aquí, jugando a la inspección de lenguas. El mensaje que había llegado era de Rosalie, avisándome que ya todo estaba listo para la llegada del cumpleañero.

Bien, ahora tenía que convencerlo para ir a Burqa.

—¿Está todo bien? —preguntó, mirándome con atención. Sus labios estaban ligeramente hinchados por nuestra pasión acumulada y tuve que reprimir mis ganas de volver a treparme a él y comenzar con una nueva sesión de búsqueda de lenguas. Suspiré y cerré mis ojos para calmar mi cuerpo, cada vez estaba más cerca de llegar a mi límite.

—Era Alice —respondí con una mentira, obviamente—. No me di cuenta que olvidé las llaves y me espera que dármelas, ¿me acompañas a Burqa para buscarlas? —No era la mejor excusa del mundo, pero hice mi mejor intento.

—¿Ir al boliche ahora sólo para buscar unas llaves? —preguntó—. No es necesario que debas volver a tu casa, puedes quedarte en la mía.

«Eso es tentador. A la mierda la fiesta, vete con él».

«Aunque muero de ganas, no podemos hacer eso».

Piensa rápido, Isabella. Piensa rápido. ¿Por qué cuando necesitaba ideas rápidas no podía conseguirlas?

—Lo sé y te lo agradezco —dije, intentando que las ideas cayeran a mi cabeza—. Pero no sé… debo ir al departamento, Fofi se quedó sola. ¿Me puedes llevar, por favor?

—Bella…

—Por favor —hice un puchero y mordí mi labio inferior. Juro por todos los santos que lo hice sin ningún tipo de maldad, no sabía que tendría algún efecto en Edward. Sin embargo, sus ojos se oscurecieron y no quitaban la vista de mi boca. Mi garganta se secó y otra vez nos rodeó esa electricidad que comenzaba a ser costumbre entre los dos.

—Con una condición —dijo con la voz ronca.

Mi estómago se contrajo.

—¿Qué condición? —pregunté en un hilo de voz.

—Primeramente, que te cobrarás el beso quince y, segundo, que la noche aún no acabará.

«Tengo pensado acabar, pero en otro ámbito, Ojitos».

Sonreí, las dos condiciones eran muy buenas. Volví a acercarme a él, aunque no dio tiempo de vacilaciones ya que su boca atrapó la mía con rudeza y pasión. Ahogué un jadeo contra sus labios y él aprovechó el momento para invadir mi boca con su cálida lengua. Yo no me quedé atrás y me vi sentada sobre su regazo, abriendo mi boca para que pueda degustarla como quisiera. Agradecí haber llevado un cepillo de dientes conmigo y usar el baño de Mc Donalds para higienizarme. Nuestros labios se movían con sincronización, aunque se podía notar en este beso el grado de frustración que llevábamos encima. Mis manos se enredaron en su pelo y agradecí al cielo que era de noche, pues estábamos en la mitad de un parque que, si hubiese sido a la luz solar, los niños lo hubiesen invadido y, precisamente, no estábamos dando un espectáculo apto para todo público.

—Me estás volviendo loco, voz de pito —susurró, besando la base de mi garganta. Largué un fuerte suspiro—. Ya no sé qué hacer para controlarme.

—Bueno, si te deja un poco más tranquilo, a mí me sucede lo mismo —pude responder con la respiración agitada, mientras dejaba caer mi cabeza sobre el hueco de su hombro—. Creo que eso contó como más de un beso.

—¿Ya llegamos a los veinte? —preguntó acariciando mis cabellos.

—Posiblemente —respondí, aspirando su perfume.

—Bendito sea el 29, aún faltan nueve más —contestó, besando el tope de mi cabeza.

Para evitar cualquier tipo de posible distracción —y hablo de distracciones que hacían que nuestras temperaturas se elevaran—, nos levantamos de la banca y, de la mano, nos encaminamos hacia el coche para poder ir al bendito boliche. Sólo una cosa tenía claro: la noche recién estaba comenzando.

Encontrar el boliche no fue difícil, después de todo era uno de los más conocidos de la zona. Edward aparcó el coche y miré el reloj, sólo faltaban cinco minutos para las doce. Tras un largo suspiro y asegurándome que Edward no sospechaba nada de lo que habíamos planeado, bajé del coche y luego lo hizo él.

—¿Vamos?

Edward me miró y luego a su reloj.

—¿No te esperaba aquí afuera?

¿No podía hacer las cosas más fáciles?

—Me dijo que me esperaba adentro, será sólo un momento —insistí—. ¿Vamos?

Aunque se veía contrariado, no dijo nada y enrolló su brazo en mi cintura para encaminarnos hacia el interior. Parecía que el jefe de seguridad de la entrada sabía que veníamos, porque con sólo vernos nos permitió la entrada muy rápidamente. Obviamente todo estaba oscuro y la música alta reinaba el lugar. Miré hacia todos lados y vi el cartel que señalaba la parte VIP del lugar. Tirando de la mano de Edward y luchando con el gentío creciente del boliche, nos acercamos a ese lugar.

—¿No te podía esperar más cerca? —dijo con un poco de molestia. Aunque sabía que estaba así porque sólo faltaban tres minutos para que empezara su cumpleaños y yo lo tenía de acá para allá. Pronto sabrás el misterio, amigo. Ahora aprendí una cosa más: Edward no tiene paciencia. Definitivamente, no sabe tenerla.

A tan sólo dos minutos de las doce, abrí la puerta que llevaba a la zona VIP y donde todos lo esperaban. Edward seguía bufando por lo bajo y yo luchaba con las ganas de reír. Finalmente, llegamos detrás de la cortina roja, faltando solamente un minutos. Nos detuve allí y Edward volvió a mirarme con extrañeza.

—¿Qué sucede? —preguntó, jalándose el cabello sin dejar de observar todo su alrededor.

El segundero iba por el treinta y dos, faltaba muy poco.

—¿Bella?

—Shhh —lo callé, sin dejar de ver mi reloj.

—¿Por qué tanto misterio? —preguntó con molestia—. ¿Qué hay del otro lado?

—¿Puedes callarte un segundo, por favor? —le pregunté, tomándolo de ambos brazos para evitar que se escapara. Dios, ¿no es que las mujeres somos conocidas por el pico suelto?—. Nueve, ocho… —El segundero seguía corriendo, cada vez faltaba menos.

—¿Por qué no me dices nada? —bufó y se cruzó de brazos como un niño pequeño. Comencé a reír al mismo tiempo que la agujita del reloj iba llegando arriba.

Por una vez por todas, el segundero llegó a la parte de arriba del reloj y marcó las doce de la noche. Lo que significaba que ya era 20 de junio, por lo tanto, el cumpleaños de nuestro Ojitos. Lo miré y le sonreí con ganas, pero no tuve tiempo de saludarlo, ya que las cortinas de abrieron y todos gritaron al unísono:

—¡Sorpresa! —Ambos nos sobresaltamos un poco pero, luego, observé que Edward miraba hacia adelante con los ojos como platos. Por lo poco que pude ver, estaban todos, Esme y Carlisle a la cabeza, seguidos por Rosalie y Emmett.

«Feliz cumpleaños, mi caliente y dulce Ojitos».

Como veía que todo el mundo se acercaba para saludarlo, una fuerza desconocida se apoderó de mí y, sin pensarlo dos veces, lo tomé de la nuca tan fuerte que nuestras narices se machucaron un poco. Pero no me importó y creo que tampoco le importó a él, después de todo era el primer cumpleaños que pasábamos juntos. Todos los presentes se pusieron a aplaudir y gritar y allí me agarró la pena. ¿Desde cuándo era así de impulsiva?

Olvidando momentáneamente de mi vergüenza, abracé a Edward con todas mis fuerzas.

—Feliz cumpleaños —dije. Su agarre se intensificó y me obligó a mirarlo. Sus ojos se mostraban brillantes, felices y alguna otra cosa que no supe identificar.

—Así que este era todo el misterio —besó mi nariz y, luego, dejó un suave y breve beso sobre mis labios. No pude evitar suspirar como una idiota enamorada—. Gracias, voz de pito.

Di un paso al costado y dejé que su familia lo saludara. Las chicas me hicieron señas y me acerqué a ellas. Todas estaban muy guapas y hermosas. El vestido de Alice era divino, ya se lo había visto puesto, pero sin dudas era hermoso. Era claro, color rosa pálido, que era más bien tirando a un tono piel. Tanya, por su lado, había elegido un vestido bordó con brillos, muy a su estilo, ni muy conservador ni tampoco muy osado. En cambio, Jessica era todo lo contrario; esta vez eligió un vestido negro bien pegado al cuerpo que si le prestabas mucha atención, llegaba a ser un poco transparente. Digo, desde aquí notaba que su corpiño negro se traslucía un poco. Sin embargo, era difícil decir quién era más bella de las tres.

—Vienes bastante presentable, así que supongo que el turno en el hotel terminó hace bastante —comentó Jess, con una sonrisa pícara.

Rodé los ojos y le saqué la lengua.

—¿Todo ha salido bien, Bella? —preguntó Tanya con su característico tono de voz dulce. Sabía a qué se refería, así que asentí. La verdad, hoy nos habíamos comportado más novios que nunca y más de una vez tuve que concentrarme para no dejarme llevar en las sensaciones.

Los minutos fueron pasaron y todos se acercaban a Edward para poder felicitarlo por su cumpleaños. Él se notaba muy feliz y sorprendido. Al final, todo había resultado perfecto; él siquiera sospechó de nada. Las chicas fueron a tomar algunas bebidas y yo me quedé unos momentos viendo como Rosalie se acercaba a mí. Ella también estaba preciosa, su cabello corto se balanceaba a medida que iba caminando. Su vestido corto violeta con algunos detalles en blanco marcaban perfectamente su figura.

—¡Bella! —murmuró, abrazándome cuando estuvo junto a mí—. Todo está saliendo perfecto, no sabes lo que agradezco tu ayuda.

—Oh, Rose, no ha sido nada. Además él jamás sospechó de nada —aseguré. La sonrisa de Rosalie creció.

—¡Me encanta que las cosas salgan tan bien! —chilló sin quitar la sonrisa de su rostro—. Y otra cosa que me encanta es que tú estás aquí.

Sonreí, yo también me alegraba mucho de estar aquí; después de todo, era el primer cumpleaños que pasaba junto a Edward. Emmett nos vio y comenzó a acercarse a nosotras con pasos descuidados y lentos. Pude verlo y observar lo guapo que se veía. Sin dudas, los genes Cullen eran perfectos. Traía un traje completamente negro, al igual que la camisa, sólo que él también había obviado la corbata.

—Estás preciosa cuñadita —dijo mirándome—. Ahora veo como es que mi hermano aguantó tanto tiempo el misterio de la fiesta sorpresa.

Puse los ojos en blanco y sonreí.

—No estarán abrumando a mi nuera, ¿verdad?

La voz de Carlisle se hizo notar y me di la vuelta para verlo. Se veía impecable como siempre. Traía puesto uno de sus religiosos trajes negros, camisa blanca y una hermosa corbata bordó con algunas líneas en blanco. Realmente, estaba guapísimo. A su lado, estaba Esme, también luciendo maravillosa en un vestido blanco largo hasta por debajo de las rodillas. Ambos me miraban con dulzura y también con agradecimiento. Supongo que ellos también se alegraban por tenerme aquí.

—Nadie me abruma, señor Cullen. —Salvo su hijo, añadí en mi cabeza.

—Es mejor así, cariño —secundó Esme—. Estás muy bonita.

—Gracias, ustedes también —respondí con sinceridad.

En ese momento sentí como un brazo me tomaba por la cintura. No había que ser muy inteligente para darme cuenta de quién se trataba. Ahora su toque causaba un extraño hormigueo en mi espina dorsal.

«Podría oler a Ojitos desde kilómetros y kilómetros a la redonda, Bellita».

—¿Cómo va todo, hijo? —le preguntó Carlisle, con una amplia sonrisa en sus labios al vernos.

—De maravilla —musitó, estrechándome más cerca—. Realmente se tenían todo guardado.

—¿Dónde queda la sorpresa si fuese lo contrario, bobo? —dijo Emmett, haciendo que sonriéramos—. La única que no estuvo feliz con esta fiesta sorpresa fue Caroline, sólo logramos convencerla de quedarse con la niñera si mañana la visitarías. Así que… ya sabes, ella te espera.

La conversación se vio interrumpida cuando gente extraña —para mí— se fue acercando a Edward para felicitarlo. Él no me soltó en ningún momento, sino que me presentaba como su novia a todos los que se acercaban a nosotros. No voy a mentir y decir que eso no me emocionó, porque estaría mintiendo sin ningún tipo de escrúpulo. Amaba como sonaba esa palabra salir de sus labios.

—Nos habían dicho que tenías una novia preciosa, Edward, pero nunca imaginamos que tanto —dijo el hombre que respondía al nombre de Aro, el jefe de finanzas de la empresa. Agaché mi mirada avergonzada y posé mis ojos en mis zapatillas.

—Ninguna descripción le hará justicia, siempre será más hermosa de lo que detallen —respondió él, haciendo que obviamente mi corazón brincara de la felicidad y del enamoramiento. Oh, Dios, que este día no termine nunca.

Sentí una mirada puesta en nosotros, pero no fui capaz de darme cuenta desde dónde provenía. Seguimos hablando con ese hombre —Aro— hasta que visualicé a las chicas y, disculpándome con los hombres que hablaban de vaya uno a saber qué, me encaminé con mis amigas.

—¿Lo has visto ya? —preguntó Jessica nerviosamente, moviendo una y otra vez la pajilla de su bebida.

—¿A quién? —pregunté, aceptando el Martini que Jasper me pasó. El novio de mi mejor amiga también se sentía muy a gusto con el lugar, según lo que nos dijo, en la empresa en la que trabajaba acostumbraban a hacer los eventos aquí, por eso estaba tan familiarizado con la zona.

—A Brad, tonta, a quién más —agregó—. Míralo, el muy hijo de su madre está intentando ligar con una rubia. ¡Con una rubia! ¿No sabe que son huecas?

Recorrí con mi vista hasta allí y efectivamente estaba Brad conversando más que animadamente con una chica rubia. Se notaba que ambos estaban coqueteando y, realmente, me sentí un poco mal por Jessica. Después de todo, habían tenido varios encontronazos y a mí no me gustaría que, luego de haber estado con un hombre, esté en mis narices ligando con otra muchacha. Aunque supongo que así era Brad y Jess no podía hacer ningún tipo de reclamo, después de todo, sus encuentros sólo se basaban en sexo.

—¡Hey! —se quejó Tanya golpeándola en el hombro—. No todas las rubias somos huecas, ¿entendido?

—Tú eres la excepción, Tan, eso lo sabemos —Jess rodó los ojos y miré a Alice y a Jazz con complicidad—. Pero… arg, ¿es que no le da vergüenza? Digo… llevo contando doce Orlandos que me regaló desde que lo conozco, ahora no vino ni a saludarme. ¿Pueden creer eso?

«¿Doce Orlandos? ¡Qué envidia! ¿Cuándo comenzaremos con nuestro conteo, adorada Bella?».

«Amanda… por favor».

«Me debes muchos, tenlo en cuenta».

—Quizás no sabe cómo acercarse, Jess —comentó Tanya, intentando reconfortar a nuestra amiga.

—No me como ese cuento, es un idiota, esa es la verdad —masculló entre dientes—. ¿Y saben qué es lo peor? Que ese idiota me puede y mucho. ¡Iré por más alcohol y que se jodan todos! —Sin más, desapareció hasta la barra refunfuñando por lo bajo.

—Supongo que es el típico ataque de rabieta, ¿verdad? —preguntó Alice—. Aunque no debe ser lindo estar en su lugar. Digo, compartieron mucho con ese chico.

—A veces los hombres son unos insensibles sin corazón —dijo Tanya soltando un suspiro.

—Supongo —respondió Alice—. Amor, ¿me acompañas a sentarme un momento?

La parejita feliz fue hasta los sillones y nos quedamos solas Tanya y yo. Sentí una vista clavada detrás de nosotras y le sonreí a Daniel cuando nuestras miradas se cruzaron. Realmente estaba muy guapo y sé que Tanya se dio cuenta de ello, pues aunque quería hacerse la desentendida, ni le quitaba la vista de encima.

—¿Lo saludaste? —pregunté.

—¿Eh?

—No te hagas, sabes bien de quién hablo.

Sus mejillas enrojecieron levemente.

—Sí, me saludó —agachó la mirada, completamente avergonzada—. Pero… no sé, Bella. Siento que…

—Que… —insistí para que siguiera hablando.

—Es que es muy perfecto, ¿entiendes? —dijo por fin—. Creo que es el hombre que siempre he estado esperando. Es como si hubiese salido de un cuentos de hadas para decirme: «Hola, Tanya, aquí estoy».

—¿Y eso qué tiene de malo?

—No lo sé —volvió a decir—. Es tan dulce, tan simpático, tan bueno…

—Tienes miedo de enamorarte de él.

Mordió su uña y asintió levemente.

—Creo que sí.

—No soy la indicada para dar consejos —le sonreí—, pero no debes tener miedo. Además, se nota que está interesado en ti.

Suspiró con pesadez. Volví a mirar en dirección a Daniel y lo vi charlar amistosamente con los demás de su grupo de amigos. Habían venido todos y la música ya comenzaba a hacerse notar. La verdadera fiesta estaba por comenzar.

—Basta de hablar de eso —sacudió la cabeza—. ¿Quién es aquella chica? ¿La conoces?

Fruncí el ceño.

—¿De qué chica hablas?

—Aquella, la de vestido rojo —señaló disimuladamente a una muchacha castaña, a unos metros de nosotras—. Desde que llegamos no ha dejado de preguntar por Edward, supusimos que era alguna prima, pero no lo sé. Realmente se veía interesada en él.

«¿Interesada en mi Ojitos? ¿A quién hay que matar?».

Sintiendo algo extraño en el estómago al saber que ella se interesó en el paradero de mi novio, porque esta noche él lo era por más que le pese a cualquiera, observé con detenimiento a la chica del vestido rojo. Se me hacía ligeramente familiar, como si alguna vez la crucé o la había visto. ¿En la empresa, tal vez?

—Creo que la vi en la empresa, pero no tengo idea de quién es.

«¿Sabes quién es, Amanda?».

«Ni la más remota idea, pero matar a un desconocido quizás nos dé menos cargo de conciencia. ¿No crees?».

Un excelente punto. La verdad, ya la chica no me gustaba para nada.

Los minutos fueron pasando y la fiesta comenzaba a dar sus inicios. Había muchas parejas que ya estaban bailando en el centro de la pista privada que se armó exclusivamente para los invitados de Edward y, la verdad, las luces de colores y robóticas estaban comenzando a marearme un poco. Disculpándome con las chicas —y no sólo de mis amigas, sino que Vanessa y Martina se unieron a nosotras—, me fui hacia el baño para descansar un poco mi vista.

Al llegar allí, me vi al espejo y maldije un poco al ver que mi maquillaje comenzaba a correrse un poco. Pero bueno, tampoco era nada del otro mundo, era obvio que no aguantaría toda la noche. Después de refrescarme el rostro y lavarme las manos, salí del cuarto de baño y recorrí el pasillo para volver con los demás. Aunque no vi a alguien y me lo llevé por delante.

—Uh, lo siento —me disculpé con la chica que había chocado.

Ella levantó la vista y me miró. Sus ojos se abrieron al reconocerme, creo, aunque yo no tenía ni puta idea de quién era. Claro que la reconocí como la chica elegante de vestido rojo. ¿En dónde la había visto antes?

«Podemos aprovechar la oscuridad para matarla. Nadie mira a nuestro Ojitos y mucho menos esta cara de moco».

—Oh, no te preocupes, venía algo distraída también —dijo alzando un poco el tono de su voz, pues la música fuerte también se escuchaba aquí—. Eres la famosa Isabella, ¿cierto?

Abrí mis ojos.

—Bueno, no soy famosa, pero sí Isabella —respondí—. Lo lamento, ¿tú eres…?

Sus ojos azules destellaron alguna cosa y curvó una sonrisita que era de todo menos cordial.

—Sophia —dijo simplemente.

Sophia. Sophia. Oh, no… dime que no. ¿Ella es Sophia? ¿La misma Sophia de la que habló Edward alguna noche? ¿La que…? Mierda, ¿qué hice para merecer esto? La miré a la muchacha y, como por arte de magia, sólo pensaba en golpearla. O sea, ¿qué se creía para estar al pendiente de cuando llegaba Edward o cuando no? Él era mi responsabilidad ahora, mi novio y de nadie más.

«Maldito Sofá. ¿Ves? Te dije que algo no olía bien?».

—Te quedaste callada, ¿me conoces? —siguió preguntando con esa sonrisita que hacía que mi puño picara para poder quitársela de un buen puñetazo. No era una persona violenta, creo que lo dije en alguna oportunidad, pero ahora sólo quería golpearla.

—¿Conocerte? No, para nada… jamás había escuchado hablar de ti —respondí su sonrisita, haciendo que la suya se borrara. ¡Ja! Toma eso, maldito Sofá. ¿Un momento? ¿Sofá? Dios, ahora ya me parecía a Edward inventando apodos a los demás.

«En realidad, yo lo inventé».

«Pero en mí queda mejor, así que chist».

—Eso es extraño, fui una persona importante para Edward. —Mis dientes rechinaron. Sabía que hacía esto a propósito. Bien, Bella, debemos calmarnos, no queremos arruinar la noche por agarrarme a los puñetazos con esta señorita riquilla que no valía absolutamente la pena.

«Maldita perra, ¿quién mierda te conoce?».

—No suele hablar de su pasado, más de una vez me dijo que hay cosas que prefiere olvidar —seguí diciendo en ese tono sarcástico, sin borrar mi sonrisita irónica de mis labios. No me iba a dejar intimidar por esta estúpida—. Nos dedicamos a vivir el presente.

—Qué bien —dijo, enrollando un mechón de su coleta entre sus dedos—. ¿Te dijo que yo le regalé las primeras veces más importantes de su vida?

Ouch, eso dolió.

«Sofá y la puta que te parió».

Tú puedes con esto, claro que sí, Isabella. Moví mi cabeza para ambos lados y fijé mi vista en ella, para que vea que no me intimidaba para nada.

—¿Hablas de un torpe beso a los 13 años y un primer polvo con un adolescente hormonal que quizás en lo único que pensaba era en ponerla? —le dije con total tranquilidad. Me sentí orgullosa de mí misma—. Realmente, ¿crees que no lo sé? Y no es por nada, pero esas primeras veces, como dijiste, no les veo la real importancia. Él y yo nos estamos regalando muchas más primeras veces de lo que puedas imaginar.

—¿Te crees la gran cosa porque eres la noviecita a la que presenta? —Sonreí con orgullo. Allí está, pude dar en el clavo para que estallara—. Mira, realmente no sé qué te vio, porque eres tan simple que tu sola presencia aburre.

«Opino que le apuntemos a la yugular».

—Eso es simple de responder: pregúntale a él —le dije, ya ni siquiera me molesté en disimular lo mal que me caía—. ¿Sabes una cosa? Puedes decirme lo que quieras, aprovecha ahora y destila todo ese veneno que parece has guardado. Pero no creas que iré a llorar a algún rincón porque una… —busqué la palabra—, muchacha como tú me intercepta en el pasillo y comienza a decir cualquier porquería. Si estás acostumbrada a tratar de esa forma a las personas, ve convenciéndote que conmigo eso no pasará.

—No te creas la gran cosa, niña.

Suspiré.

—La que se está creyendo la gran cosa eres tú —contraataqué—. Y no dejaré que sigas molestándome. No te conozco, no sabía tu nombre hace algunos minutos y, por supuesto, no dejaré que arruines mi noche. Así que si tienes un problema conmigo, dóblalo bien y métetelo en el… en donde te quepa. —Tampoco quería ser tan grosera diciendo palabrotas—. Así que ahora, con o sin tu permiso, me vuelvo a la fiesta de mi novio.

—Esa relación no durará mucho —dijo, completamente cabreada.

—Bueno, eso es un asunto de pareja —respondí de muy mal humor—. Él y yo, sólo los dos. A ti nadie te dio velas en este entierro, así que por favor, no me rompas las pelotas. Adiós.

Dejándola con la palabra en la boca, me di la media vuelta y me alejé de ella, sintiéndome más triunfante que cualquier otra ocasión. Sin dudas, debía agradecerle un poco a Lauren, después de todo, Sophia parecía de la misma camada de mi compañera de la universidad y, de alguna manera, ella me había entrenado para saber cómo había que tratar a personas como ella.

«Esa es mi Bellita, ¿cómo te quedó el ojo, perra Sofá?».

Al volver al epicentro de la fiesta, sonreí al ver bailar a Daniel y Tanya, Jessica no se veía por ningún lado y tampoco Brad, quizás este último había abandonado a la rubia para volver con mi amiga. Mis ojos encontraron a Alice y a Jasper y ambos me saludaron, perdiéndose en el gentío de las personas que bailaban con destreza.

Unas conocidas manos se posaron en mis caderas y sentí ese exquisito perfume inundar mis fosas nasales. Su respiración hizo cosquillas en mi cuello y recosté mi cuerpo en su pecho; sintiéndome en casa. Vuelvo a repetir, no quería que este día se terminara jamás.

—Te estaba buscando, ¿en dónde te habías metido? —murmuró sobre mi oído. Cerré mis ojos y controlé mis ganas de darme la vuelta y estampar mis labios en los suyos.

«No tendrás ex, Ojitos, pero tienes un molesto Sofá que es totalmente un grano en el trasero».

Estuve de acuerdo con Amanda, pero no quise decirle que fui interceptada por Sophia. No hoy.

—Sólo un percance —respondí, omitiendo mi conversación con la molesta Sophia—. ¿Para qué me buscabas?

—Bueno, porque te prometí un baile.

Sonreí de oreja a oreja.

—No recuerdo que me hayas prometido nada.

—Uf, en serio deberías consultar a un médico por la falta de memoria. —Dejó un beso en mi nuca y estuve a punto de desfallecer. ¿Es que no se daba cuenta de todo lo que causaba en mí? —. Así que… ¿Me concede esta pieza, señorita?

Me di la vuelta y enganché mis brazos detrás de su cuello.

—Esta y todas las que pida, señor Cumpleañero —respondí. Él me sonrió con esa sonrisa ladina y, sin que ninguno se diera cuenta, nuestros labios se unieron brevemente, besándose con suavidad, tranquilidad y alegría.

—¿Por qué numero vamos? —quiso saber cuando nos separamos.

«¿A quién mierda le importa los números?».

—22 —respondí, haciendo la cuenta mentalmente. Ya faltaba poco para llegar a los 29 besos.

Él sonrió una vez más y volví a posar sus exquisitos labios en los míos. Sonreí contra los suyos y cuando el rabillo de mi ojo se percató que cierta chica con cierto vestido rojo entró en mi campo de visión, retuve un poco más a Edward intensificando nuestro beso. Sabía que era algo infantil hacer algo así, pero era divertido ver como la cara del estúpido Sofá se desfiguraba del enojo. ¿Quién es la altanera ahora?

—Que sean 23 —dije, relamiendo mis labios cuando nos separamos.

Edward largó un fuerte suspiro y comenzó a caminar hacia la pista de baile.

—Realmente quieres matarme —murmuró, acercándose a nuestro grupo de amigos para sumarnos al baile.

El ambiente se notaba muy alegre, divertido y también elocuente. Jacob y Alex no dejaban de inventar pasos de baile que, verdaderamente, eran muy difíciles de seguir. Por otro lado, tanto Martina como Vanessa se notaban muy divertidas viendo a sus respectivas parejas enrollarse con sus propios pies. Tanya y Daniel estaban en su propia burbuja, ni hablar de Alice y Jasper. Y, bueno, para variar seguía sin haber rastros de Brad y Jessica, seguramente estaban probando el cuarto oscuro.

«Podríamos ir también, ¿no?».

«¿Cualquier excusa es buena para tu búsqueda incansable de Orlandos?».

«Ya no puedo soportar más la falta de Orlandos y sé que tú tampoco. ¿No crees que sería un muy buen regalo de cumpleaños?».

Hice omisión al comentario de Amanda y me concentré en mi baile con Edward. Siendo sincera, sé que mi límite de tolerancia estaba llegando a su tope. Si volviéramos a tener algún otro encontronazo como los que últimamente se estaban dando muy seguidos, no sería capaz de echarme hacia atrás; de igual manera, tampoco querría hacerlo. Dar el siguiente paso era algo muy importante para mí, pero también estaba segura que jamás me arrepentiría que Edward fuese el primero… sería algo totalmente lógico. Yo estaba enamorada de él, independientemente si era recíproco o no.

Suspiré con pesadez. ¿Qué estaba pensando? Creo que los Martini que bebí comenzaban a subirme a la cabeza. Edward nos hizo girar y el sonido de su voz hizo que perdiera el hilo de mis pensamientos.

—Jamás me imaginé que estuviesen preparando algo así —dijo por encima de la música alta—. Siempre logras sorprenderme, todavía no entiendo cómo lo haces.

Le sonreí y acaricié los cabellos sueltos de su nuca, mientras continuábamos bailando sin seguir el ritmo de la canción movida que sonaba en todo el lugar.

—Es bueno sorprenderte de vez en cuando —musité con el pulso acelerado.

Edward me miró a los ojos y sentí un revolucionado ejército de mariposas en mi estómago.

—Vives haciéndolo, mi Voz de Pito —susurró, acercando un poco su rostro al mío—. Cuando pienso que ya conozco todo de ti, siempre tienes algo nuevo que mostrarme. Eres tan especial, tan única.

«Y este es el momento en que se besan. Vamos, vamos, bésalo».

Nuestros rostros se fueron acercando hasta que nuestras narices se chocaron. Abrí mis ojos y vi las profundidades de sus orbes verdes, mucho más brillantes de lo que solían estar. ¿Cómo había tardado tanto en darme cuenta que Edward es todo lo que quiero? Él acarició mi mejilla con dulzura y todo lo demás podría haber desaparecido y siquiera me hubiese dado cuenta. Amaba nuestra burbuja. Amaba nuestra loca y extraña relación mentira-verdad. Y, lo más importante, amaba a Edward con todo el corazón. Dios mío, ¿desde cuándo me volví tan cursi y boba?

Ya cuando nuestros labios comenzaban a atraerse como si de dos imanes se tratasen, escuchamos una voz que hizo que el momento se rompiera. ¡Que alguien le corte la cabeza!

—Lo siento, ¿interrumpo algo? —dijo con voz dulce, intentando sonar arrepentida. ¿A quién quería engañar?

«Hoy correrá sangre. ¡Maldita sofá!».

Cerré los ojos y conté mentalmente hasta el millón. Que tipa más pedante, ¿no se daba cuenta que sobra aquí? Edward la miró con cara de pocos amigos y casi me pongo a brincar de la felicidad al ver el poco caso que le hacía.

—¿Qué quieres, Sophia? —se veía malhumorado. El rostro de la castaña se ensombreció, y aguanté las ganas de volver a sonreírle irónicamente. Ya nuestra discusión había pasado, no quería seguir armando lío.

—Es que mi padre acaba de llegar y quiere saludarte.

Edward murmuró algo por lo bajo y volvió a mirar a la muchacha.

—¿Sólo eso?

—¿No lo piensas saludar? —siguió insistiendo. Dios mío, ¡que alguien la agarre del cogote y no la deje respirar!

—Okay, ahora voy —rodó sus ojos y reprimí mis ganas de reír. Le indicó con una seña para que se fuera y, una vez que lo hizo, suspiró con pesadez—. Es la muchacha más insistente que he conocido en mi vida.

—Supongo que siempre tiene que haber alguien que quiera llamar la atención —encogí mis hombros.

—¿Te molesta si voy?

Negué.

—Para nada —le sonreí.

Él me miró, luego mis labios y volvió a posar sus ojos en los míos.

—¿Te he dicho lo preciosa que estás esta noche?

«Oh, mi Ojitos… tú nos quieres matar. No somos tan fuertes como parecemos».

Corazón, aguanta, por favor.

—Oh, casi olvido algo. —Sus labios volvieron a colapsar sobre los míos y no perdí el tiempo en devolverle el beso con fervor. Creo que él era el que se había tomado eso de la tradición con más seriedad. No es que me esté quejando, por supuesto que no; al contrario, estaba disfrutando a morir. Pero también me confundía en demasía su comportamiento, supongo que luego tendría tiempo para analizar las cosas—. No dejaría pasar el beso número 24.

Me dio un beso en la frente y se marchó rumbo al padre de la molesta Sophia. Por mi parte, me quedé allí con una tonta sonrisa en mis labios y ese suave cosquilleo en mi boca.

Las horas fueron pasando y con eso las cantidades y cantidades de alcohol que se habían consumido. Yo no estaba borracha, pero sí tenía la cantidad necesaria de Martini en la sangre como para perder un poco la vergüenza y también ese débil filtro entre mi boca y mi cabeza. Sin embargo, estaba bien… no así como Jacob y Martina que se veían mucho más alegres que lo normal. La fiesta había seguido su curso ypor suerte Sophia había entendido —al menos por ahora— que nadie la quería cerca de nosotros. Edward se lo había dado a entender en una charla que tuvieron y, siendo sincera, agradecí que le haya dejado las cosas en claro. Por otro lado, nuestro juego de los besos ya estaba por llegar a la meta, sólo falta uno para llegar a los 29. No recuerdo haber besado tantas veces en un solo día y eso me encantó. ¿A qué persona con sentido común no le gustaría?

Al ver como Alice y Jasper comenzaban a manosearse —cosa que pasaba cada vez que ambos perdían el control con la bebida— y también al ver como el ambiente se caldeaba, decidí ir al baño para refrescarme un poco, sin que nadie notara mi presencia, igualmente. Edward había acompañado a uno de sus tíos para despedirlos y ya no había rastro de la molesta de Sophia. Menos mal.

Una vez que salí del cuarto de baño me sorprendí al toparme con esos ojos verdes que tan idiotizada me traían. Lo miré con una ceja alzada.

—¿Qué sucede?

—Nada, supongo —encogió sus hombros—. Sólo quería agradecerte por hoy.

—¿Estás borracho? —lo molesté; bufó.

—Sabes que no —dijo. Cerré la puerta del baño detrás de mí y nos corrimos ligeramente en la mitad del pasillo. Las luces tenues apenas iluminaban el lugar—. Es sólo que… no quiero dejar la oportunidad de agradecerte por el día de hoy. Sinceramente fue uno de los mejores cumpleaños que pasé y, ¿sabes por qué? —No respondí, dejé que siguiera hablando—. Porque estás tú en él.

«Ritmo cardíaco: elevado».

—No tienes nada qué agradecer —sonreí con el pulso acelerado. Él se acercó a mí y acarició muy suavemente mi mejilla. Cerré mis ojos y disfruté de su tacto.

—En serio, no sé qué haría sin ti…

Oh, Dios. Él con esas palabras tan hermosas y yo con esas otras dos atragantadas en mi garganta. No podía decírselo ahora. Debía esperar un poco. Debía hacerlo.

—Te quiero. —No era la gran cosa, pero por algo se empezaba.

—Yo también te quiero, mi voz de pito —volvió a acariciar mi mejilla y, esta vez, su rostro comenzaba a descender en busca del mío. Ya mi fortaleza para seguir aguantando estaba cediendo, de hecho, hacía bastante tiempo que dejó de hacerlo. Sabía que si había algún nuevo tipo de tensión sexual entre nosotros, ya no dudaría y seguiría las cosas hasta el final. Quizás era como Amanda decía: había llegado el tiempo de cobrarnos esos Orlandos que Edward nos debía.

«¡Eureka!».

—Si sigues por ahí, realmente no podré parar… —susurré, sintiendo como su rostro estaba cada vez más cerca del mío. Mi cuerpo había retrocedido a tal manera que mi espalda quedó completamente pegada a la pared y Edward se había acercado tanto que prácticamente nuestros cuerpos se pegaban, haciendo que quedara en medio de la pared y él.

—Yo ya no sé cómo es que sigo aguantando… —musitó, besando la punta de mi nariz—. Es verdad cuando te digo que me estás volviendo loco… cada día que pasa es peor.

Tragué pesado, sintiendo como todo mi cuerpo comenzaba a reaccionar con sus palabras.

—El beso 29 —dije como pude. Edward abrió sus ojos confundido y me miró—. Si me das el beso 29, todo se irá a la mierda… ni tú ni yo somos capaces de aguantar más tiempo. No podemos luchar contra eso; ambos lo sabemos.

—¿Ese será el punto de quiebre? —cuestionó, rozando nuestros labios. Dios, ¿cómo me llamo? Maldita sea, no podía mantener el hilo de mis pensamientos.

—Me debes muchos Orlandos —dije en voz baja.

«Demasiados».

—¿Orlandos? —preguntó con el ceño fruncido.

—¿Eh?

—¿Quién es Orlando?

Carajo, lo que faltaba.

—No sé… algún tío quizás —dije precipitadamente—. ¿A quién le interesa ahora?

Sus manos serpentearon hasta posarse en mis caderas, para acercarme todo lo que pudo a él. Lancé un fuerte suspiro; la anticipación me estaba matando lentamente.

—Tienes razón —dijo, volviendo a rozar nuestros labios—. Estábamos hablando del beso 29, ¿estás segura de lo que me estás diciendo?

Lo miré a los ojos para que viera la convicción en ellos.

—Absolutamente.

Cerró sus ojos y creo que comenzó a tener una lucha interna consigo mismo. En lo que pareció una eternidad, esos bonitos ojos verdes volvieron a abrirse y, esta vez, los vi seguros, fieros y más oscuros que antes. Los músculos de mi bajo vientre se contrajeron de pura anticipación.

—No sabes todo lo que esperé este momento.

Sin más, su boca chocó con la mía de una manera pasional, ruda, pero con suavidad al mismo tiempo. Por la fuerza y la intensidad del beso, sentí como mis piernas comenzaban a ceder y a perder el equilibrio de a poco. Edward, como pudo, hizo que enroscara mis piernas alrededor de sus caderas. No pude evitar jadear al sentir como su creciente erección chocaba con mi palpitante centro. Realmente, ambos estuvimos esperando este momento desde hacía bastante tiempo, se podía notar con los movimientos y la frustración acumulada que demostrábamos en cada uno.

Gemí fuertemente cuando sus dientes mordieron con un poco de fuerza mi labio inferior. Jalé sus cabellos con rudeza, mientras comenzábamos a mover nuestras caderas para buscar un poco de fricción. Me desconocía totalmente, nunca había actuado con tanto fuego como hoy. El maldito y jodido beso 29 era el que cambiaría las cosas. Lo había dicho. Ya mis fuerzas para negar el deseo que siento por Edward se había esfumado como una pompa de jabón que estalla con el viento. Estaba completamente decidida. Esta vez, quería llegar hasta lo último. Ya no había vuelta atrás.

Con mucha dificultad, logré separar mi boca de la de Edward y clavé mis ojos en los suyos.

—Llévame a tu departamento esta noche. —Solté con la voz errática. Él me miró y creo que sus ojos se oscurecieron un poco más a causa del deseo.

Ya todo estaba dicho.

«Orlandolandia… ¡allá vamos!».

.

.

.


Antes que nada, lamento mucho la tardanza, pero simplemente el capítulo no quería terminarse más, es por eso que salió taaaan largo e hizo que me tardara más en actualizar.

Una vez dicho aquello:

¡Holaa a todos! Como había dicho, mi regreso sería el 25, así que aquí estoy :D. No tengo mucho que comentar acerca del capítulo, salvo que quizás ya se viene lo que todas estamos esperando, sobre todo Amanda *-*. Sinceramente, espero que el capítulo les haya gustado y haya valido la pena tanta espera.

Muuuuuuchas gracias por todo el apoyo, la paciencia y por seguir del otro lado. De verdad, no hay palabras de agradecimiento. El capítulo va dedicado a Samy (un regalo de cumpleaños atrasado, ojalá te guste). Isa, como siempre, gracias por tu magia y lamento hacerte trabajar a las apuradas. Les recuerdo que tienen el grupo de Facebook a su disposición, los links pueden encontrarlos en mi perfil de FF.

Ahora sí, hasta el próximo viernes en la posible búsqueda de los Orlandos que Amanda tanto desea. Muchos, muchos besos :*

Fueron dos semanas, pero realmente las extrañé mucho, es lindo estar de regreso (L)

Alie~