Disclaimer: Harry Potter no me pertenece, tampoco son de mi invención Luna Lovegood o Theodore Nott. Todo, absolutamente todo pertenece a J. K. Rowling (desgraciadamente), y bien merecido que se lo tiene. De mi invención es la viñeta (y cualquier error cometido, claro). Apiadaros de mi, anda, y dejadme un comentario. ¿Please?


El brillo de Cassiopeia

Cassiopeia brilla por las noches, pero nadie puede verla

(I Act: Rising of the dead)

Otra columna perece a su lado y estalla en mil pedazos. Las piedras caen a sus pies y ruedan hacia todos lados en un caos desenfrenado y debe agacharse tras una estatua medio destrozada para esquivar otro hechizo.

Tiene la boca seca y los labios agrietados de tanto gritar, pero no se da por vencido y avanza gateando, sorteando todos los obstáculos que se ponen en su camino y evitando ser descubierto por los enemigos antes de que tenga la posibilidad de recuperar el aliento. Su principal objetivo es salir vivo de esta y luego irse a esconder en alguna playa de Brasil y olvidar el infierno vivido del último año. Tal vez hasta se anime a ir en busca de ella. Pero debe apartarla de su mente por el momento, porque las cosas empiezan a ponerse feas de verdad y no puede distraerse; eso podría ser su fin.

Su mente viaja a cien por hora, desfilando por senderos prohibidos, provocando su histeria y su desesperación. No puede sacarse de la cabeza esa piel pálida y suave, incluso mientras se concentra en sobrevivir. Siente la madera de su varita como una extensión más de su brazo y la agarra con fuerza, atrayéndola hacia sí con la intención de protegerse del más mínimo indicio de dolor. Pero no hay nada que hacer con el sufrimiento interno, porque al parecer nadie ha tenido la pericia de encontrar la cura.

Aun no entiende cómo ha podido pasar, en qué momento se le ocurrió dejarla ir, por qué no estuvo a su lado en todo momento. Y ahora la ha perdido irremediablemente, porque ha desaparecido de la faz de la tierra. Podría estar en cualquier parte, con cualquiera. Podría haberse olvidado de él o podría amar a otra persona. Podría estar recibiendo sus besos y sus caricias, podría estar susurrándole al oído cómo solía hacerle a él, podría estar haciéndole el amor y procurando su felicidad. Otra persona podría estar gozando de sus hebras de seda dorada, de su piel de terciopelo cremoso, de sus ojos perlados, de su sonrisa de ángel, de sus labios de caramelo y su voz de sirena. Alguien más podría estar admirando lo que él lleva protegiendo desde hace tanto tiempo.

O podría estar en peligro.

Porque en realidad, no sabe nada de lo que le ha ocurrido. Ni una carta, ni una visita. Nadie sabe nada y él teme conocer la verdad.

No quiere pensar en ello y se convence a sí mismo de que tan solo se ha fugado, que está perfectamente bien. Porque la otra opción lo tiene aterrorizado y le impide pensar con claridad. La otra opción no es más que una pesadilla, algo irreal, el miedo provocado por los difíciles momentos por los que está pasando. La otra opción podría destrozar su mente, su corazón y su sanidad. Podría acabar con sus esperanzas, a las que odia por mantenerlo en vilo, esperando a que aparezca ante sus ojos. La esperanza es lo último que se pierde según el mito de Pandora, pero también es lo que, poco a poco, te destruye por dentro y carcome tu alma.

La otra opción es que esté muerta.

Y eso lo mataría por dentro.

Poco a poco. Lentamente.

El pasillo es un Infierno, las pesadillas de Dante hechas realidad. Hay una niña, no debe tener más de doce años, que se esconde entre la piedra. No la han evacuado junto a los demás, así que corre peligro. No puede dejarla allí. Años atrás, incluso meros meses atrás, la habría ignorado, habría pasado de largo; pero ahora todas las mujeres le recuerdan a ella, aunque tengan los ojos oscuros y el pelo como la negra noche.

Daphne Greengrass emerge de la nada y lo aparta de un empujón de la línea de fuego. Una llama carcome la estatua detrás de la cual se había estado escondiendo. Echan a correr.

—¡Corre, imbécil, corre!

La voz de Daphne es un ronquido por encima del tumulto de la guerra. Ruedan por el suelo hasta la niña, cuyos ojos temerosos los observa llenos de lágrimas.

—¿Estás bien? —pregunta Daphne, dulcificando el rostro y la voz.

La niña asiente; le recuerda vagamente a Estelle Tarson-Murphy, a la que no ha visto desde que terminó el colegio. Tampoco ha venido a luchar y sabe del cierto que su ascendencia muggle podría haberla matado. Todos podrían morir en las siguientes horas, indiscriminadamente del bando al que pertenecen.

—Tenemos que sacarla de aquí —dice Theo.

—Lo haré yo; cúbreme.

Daphne agarra a la niña y la rodea completamente con los brazos. Theo se prepara.

—Ten cuidado, Greenie.

Daphne asiente y se pone en cuclillas, dispuesta a saltar y echar a correr en cuanto se le presente la oportunidad. Puede que esta sea la última vez que la vea con vida y se esfuerza por recordarla tal y como siempre fue: sarcástica, fuerte, divertida.

Agita la varita sin pensarlo, rezando para que salga algún hechizo aceptable. Uno de los mortífagos, no es su padre, es envuelto por las llamas y arde rápidamente; sus gritos se pierden entre los de los demás. La gente se aparta, aterrorizada, y Theo no puede hacer otra cosa que mirar como el hombre se consume hasta el tuétano del hueso y se convierte en cenizas. Es la primera vez que mata a alguien y se da cuenta de que siente un regusto amargo en la boca. El vómito amenaza con salir, pero lo obliga a bajar. Más tarde; cuando haya matado a tantos que se conviertan en un borrón en su memoria.

Traga toda la bilis que se ha ido acumulando en la boca y se esfuerza en concentrarse. Un destello dorado se desliza por el rabillo de su ojo, pero al girarse no encuentra nada; sólo muerte y destrucción, el caos materializado en su hogar. Desalentado, sale de su escondite y apunta la varita hacia otro de los mortífagos, el compañero del que ha matado. Esta vez, todos están más preparados y su enemigo esquiva la nueva llamarada, aunque esta le pasa rozando el hombro.

La chica inteligente de los leones, la que siempre acompaña a Potter, se gira en su dirección y le sonríe. Esas llamas la han salvado de una posible muerte y ella se lo agradece. Hermione, recuerda que se llama. Y los ojos castaños de ella, enmarcados por pestañas finas y claras como su pelo enmarañado y lleno de polvo, cenizas y yeso, son velados por el miedo y la desesperación.

—¡Theodore! —grita, pero su nombre se pierde entre todos los demás gritos.

—¡Expelliarmus!

Es un grito en toda regla, que hiela la sangre a cualquiera.

Se da la vuelta justo cuando uno de los licántropos de Greyback sale volando en dirección contraria. El mortífago al que ha intentado atacar cae redondo al suelo por obra de otra persona y el caos se ordena durante unos instantes, lo suficiente para quedar fascinado por esos ojos tempestuosos, de tormenta veraniega.

—Ve con más cuidado, Theo —le dice ella con una sonrisa que le ilumina el rostro, mientras se aparta el pelo dorado de la cara—, no queremos que te pase nada malo; si no fuese por mí, ahora serías un revoltijo de carne y ropa. Puede que yo no esté siempre presente para salvarte, ¿no crees?

El corazón se le para al verla saltar de una columna de piedra derribada. Sus pies a penas tocan el suelo cuando se da la vuelta para seguir adelante.

Ha vuelto.

Está viva.

Y es, prácticamente, como si la Muerte la hubiera dejado regresar de sus dominios. Como si despertara de entre los muertos. Una visión angelical.

Luna sonríe al adentrarse en el Infierno y otra columna perece detrás de ella, impidiéndole seguirla. Y vuelve a perderla.

(II Act: Downfall of darkness)

Es como si ella se hubiera levantado de entre los muertos. Había aparecido de repente, de la nada. Y, de la misma forma, se había esfumado.

Desde algún lugar ve cómo el gran Lord Voldemort cae al suelo, lívido y muerto, y ve como el ángel de la guadaña se lo lleva en volandas hacia alguna parte. Pero aun así, sigue sin saber dónde se encuentra exactamente. La visión lo ha trastocado, la guerra lo ha cambiado para siempre. Piensa en el hecho de que todo el mundo que se encuentra presente, todo aquel que lo rodea, podrá ver a los Thestrals. Y el pensamiento lo entristece, porque le muestra lo mucho que han perdido todos; pero también lo mucho que acaban de ganar: la libertad.

No les cuesta nada suprimir a los demás mortífagos, que se dejan capturar con relativa facilidad. Su padre no se encuentra entre ellos, porque está demasiado mayor, demasiado cansado, demasiado enfermo. Pronto morirá y tiene claro que no quiere hacerlo en Azkaban, sino en alguno de los sillones de su casa, con un libro en las manos y una copa de licor al lado. Como se marchitan y mueren todos los Nott.

Pasa junto al cadáver de Bellatrix Lestrange, asesinada por una madre con el corazón lleno de dolor, pero también de amor hacia sus hijos. Todos han luchado por unos ideales, y eso no convierte a nadie en villano. Ni siquiera a aquellos que en algún momento de la guerra perdieron la razón.

Hay muchos muertos a su alrededor, muchos que reconoce, como ese profesor que tuvieron una vez, Lupin, y su mujer. Ambos se ven demasiado jóvenes, con demasiadas experiencias por vivir aun, pero sus pieles están frías y sus ojos desenfocados. Había oído que no hacía mucho que habían tenido un hijo, y piensa en el bebé, sin padre ni madre.

Más allá, los Weasley lloran la pérdida de uno de los gemelos, el que aun tenía ambas orejas, y el corazón se le encoge; los había admirado, había reído sus gracias, habían sido su vía de escape de toda la negrura que atenazaba desde los muros del castillo, esa negrura que poco a poco se había ido apoderando del que había sido su hogar. Y tiene la certeza de que jamás volverá a reír como lo había hecho en el pasado, y que el gemelo sobrante jamás volverá a ser el mismo.

Ve muchos muertos, pero también muchos vivos; sin embargo, sólo busca a una persona, y no la encuentra en medio de todo ese caos. Las lágrimas, los sollozos, el llanto, los gritos y la desesperación lo rodean y hacen que le quiera estallar todo el cuerpo, y sus ojos se pasean a su alrededor en busca de lo que más desea. El estómago no para de darle vueltas y el corazón le late a un ritmo desenfrenado, y está seguro de que la fiebre le subirá en cuestión de minutos, pero no se rinde. Y hace bien, porque poco después ve algo.

Ve una cabellera rubia esparcida por el suelo en miles de rizos y hebras onduladas, y el estómago le tiembla—al igual que todo el cuerpo—mientras sus pies actúan por sí solos y se precipita hacia adelante. De sus labios escapa su nombre a gritos, en una plegaria desesperada para que se levante, y la garganta le quema como si la estuvieran raspando con una lija.

Unos dedos le rodean la muñeca y tiran de él, pero se debate por llegar hasta allí. La persona que lo agarra es fuerte, aunque sus dedos se notan delgados y pequeños, y lo hace girar sobre sí mismo. De repente, es rodeado por unos brazos en un abrazo férreo e intimidante. A su nariz le llega el olor de sudor y muerte, cenizas, sangre, fuego y destrucción. Y, muy escondido, el del champú que tan bien conoce, el de girasoles y verano y agua de mar, mezclado con vainilla y cera fundida, junto a galeones, ranas de chocolate y caramelos de limón. Briznas de hierba, mangos maduros y el Londres muggle. Y los reconoce. Reconoce los rizos dorados como el sol que le hacen cosquillas en la nariz, la piel suave bajo las palmas de las manos.

Ella se separa y los ojos grises le dan la bienvenida a su corazón, a pesar de estar repletos de lágrimas de tristeza.

—Luna…

Las palabras le mueren en la boca cuando le cruza la mejilla de un guantazo.

—Por tenerme preocupada —le espeta sollozando—. Y por no venir a por mí —susurra finalmente.

Theo la acerca más hacia sí y le toma la barbilla entre los dedos, obligándola a mirarlo a los ojos.

—Lo siento —murmura—, lo siento mucho.

Luna asiente, satisfecha. Las lágrimas le corren libremente por el rostro y tiene la boca semiabierta. El aliento se mezcla con el suyo.

Ella, siempre ella, posa los labios en los suyos y presiona y, antes de que puedan darse cuenta, tienen las bocas pegadas y las lenguas danzan al son de una canción imaginaria, mientras las manos de él se enredan en el pelo de ella. Y el corazón les late a la vez. Y a duras penas piensan en respirar.

Y sabe que Luna brilla tanto como Cassiopeia, o más, aunque nadie salvo él lo vea. Aunque nadie salvo él sepa apreciarlo de verdad.

Finite incantatem

Este es el final de Cassie, el final definitivo. Como dije en un principio, veinte viñetas sobre Theo y Luna durante su infancia y adolescencia, desde los once hasta los diecisiete. Ha sido un placer escribir todas y cada una de las viñetas que han formado este proyecto desde un principio, aunque algunas (como esta) han costado más que otras.

No ha quedado tan perfecta como yo quería, pero supongo que eso es imposible, porque siempre se puede mejorar. Y espero hacerlo. Espero poder volver algún día, leer esto y decir, voy a escribir algo así, pero mucho mejor. Y espero que, en ese caso, llegado el día, me apoyéis tanto como lo habéis hecho durante casi dos años. Me siento muy afortunada por haberos tenido a todos vosotros y a los que tal vez lleguéis más tarde. Gracias, de verdad.

Sé que no siempre he cumplido con los plazos, que no he estado aquí siempre, que muchas veces he tardado en responder comentarios y que hace dos meses que estoy trabajando en esta viñeta, pero lo he hecho lo mejor que he podido. Todos tenemos altibajos y yo he procurado superar la mayoría de ellos para llegar a este lugar, al final de algo a lo que quiero tanto como lo es Cassie, algo de lo que estoy orgullosa y a lo que he dedicado horas, esfuerzo, sudor y mucha preocupación. Y por eso quiero disculparme por haber tardando tanto con el final y por el hecho de que no sea tan magistral y fantástico como desearía, pero no soy perfecta y es todo lo que puedo dar de mí a estas alturas, pero en un día no muy lejano lograré un final como Dios manda, sólo que aun no es el momento, supongo; necesito más práctica. Quiero rozar la perfección y eso sólo se consigue con la práctica y eso es lo que ha sido Cassie, un camino, un paseo, una escalada, lo que sea, lleno de nuevos descubrimientos y nuevas emociones, una pequeña porción del camino que me he decidido a recorrer. Y ha sido maravilloso.

Con cariño y hasta el próximo fic: nos leemos.

Un beso,

Ellie.