Capítulo 20
Y, finalmente, después de semanas interminables de preparativos, compras y acuerdos llegó el esperado día de la boda. Aquella noche, Sora durmió en casa de Mimi y Kari también se unió a la fiesta mientras que Tai se quedó en casa de sus padres para poder descansar como toca antes de su día importante pues llevaba días un tanto preocupado por equivocarse de palabras durante la ceremonia o meter la pata de cualquier otra manera, cosa que no era rara en él. Además, las últimas noches a parte de que le acosaban todos esos pensamientos se había visto obligado a satisfacer un millón de antojos. Cada noche, Sora le sorprendía con uno nuevo y más extraño que el anterior. Con el último antojo a Sora le habían venido ganas de comer comida francesa a las dos y media de la madrugada y el pobre de Tai se había vuelto loco para encontrar algo que satisficiera a su chica.
Aunque para su desgracia luego le era imposible conciliar el sueño de nuevo y se limitaba a observar a su pelirroja que dormía como un lirón entre sus brazos. En esos momentos, llevaba una mano a su vientre y en más de una ocasión había recibido una patadita como respuesta de alguno de los pequeños y no había podido evitar sonreír.
Mimi y Kari, advertidas por Tai, compraron toda clase de comida o bebida para poder atender a Sora en uno más de sus innumerables antojos pero aquella noche la joven no tuvo ninguno y dejó dormir tranquilas a sus dos amigas. Las tres jóvenes se despertaron de buena mañana para preparar las cosas e ir hacia el palacete de la familia Tachikawa que se encontraba en la cima de una pequeña colina a unos cincuenta kilómetros de la capital, allí sería donde se celebraría la esperada boda. Sora estaba echa un manojo de nervios y durante todo el viaje en coche no dejó de pasarse la mano por la tripa como si aquel sencillo gesto fuese a calmar el huracán de sentimientos que contenía en su interior.
—Vas a deformarte la barriga, Sora. — comentó Mimi al ver por el retrovisor del vehículo desde el asiento del copiloto que la joven no paraba de repetir el movimiento una y otra vez. Kari rió suavemente porque ella también se había dado cuenta de los nervios de Sora. La pelirroja las miró a ambas y paró de hacer aquello, no se había dado ni cuenta de que no había parado de hacerlo en todo el camino pero lo cierto es que la piel ya casi le escocía por el roce continuo de la ropa contra la piel. Tras una hora de camino en coche, se detuvieron delante de una gran verja de hierro pintada de verde oscuro. El conductor estiró el brazo y llamó al timbre y unos segundos más tarde la puerta se abrió con un ligero chirrido. Sora y Kari se acercaron a los asientos delanteros viendo la enorme mansión que se les presentaba delante a la que iban a llegar por un camino de piedra que se abría en una zona cubierta de césped bien cuidado y recién cortado para la ocasión. De los frondosos árboles caían cintas blancas con grandes lazos que estaban colgadas de las ramas. En unos minutos, recorrieron el camino y el coche se detuvo delante de la gran casa. Kari bajó rápidamente del coche y corrió al otro lado para sacar a Sora del automóvil pues a la joven le costaba moverse con el peso que llevaba ya en su tripa de seis meses.
—Dios mío... — fue lo único que pudo articular Sora mientras observaba la espectacular casa de dos pisos pintada de color verde claro con las ventanas de color verde oscuro como la verja que habían cruzado con el coche.
—Pues espera a ver lo que hemos preparado con todos los adornos que compramos... — dijo Mimi con una sonrisa mientras conducía a las dos chicas por el recibidor de mármol hasta una puerta que daba a un grandioso jardín trasero en el que se habían colocado unas cien sillas blancas con lazos del mismo color a los lados y en el centro de esos dos bloques de sillas había una pérgola donde los novios se darían el sí quiero delante de un sacerdote.
—Es precioso... — susurró Kari con un hilo de voz y Sora se limitó a asentir conforme con la descripción que Kari había hecho del lugar. Era definitivamente precioso y condenadamente prefecto.
—Pero esto ya lo disfrutarás más tarde, ahora tenemos que ir a prepararte y luego Kari y yo bajaremos a encargarnos de los invitados que vayan llegando.
Sora dejó que Mimi y Kari la arrastraran escaleras arriba hasta una gran habitación donde se encontraba su vestido colocado en un maniquí en el centro de la habitación. Pasó los dedos por la sedosa tela del traje pero las castañas no le dejaron observarlo más y la hicieron sentar en un taburete delante de una cómoda llena a rebosar de todo tipo de potingues, maquillaje de distintos tonos, sombra de ojos, lápiz de labios...
—Vas a estar preciosa cuando Kari y yo terminemos. — sentenció Mimi.
La pelirroja se dejó hacer y Kari se puso a maquillarla. En primer lugar, le puso una base de maquillaje que quedaba genial con su tono de piel. Luego, cogió una sombra de ojos de un color parecido al dorado y le dio unos cuantos toques en los párpados. Después, le dejó caer unas pinceladas de colorete en las mejillas y por último le pintó los labios de un suave tono rosado. El dorado suave de los párpados apenas se notaba pero destaca sus grandes ojos rojizos de una manera increíble.
—Mi hermano se va a caer de bruces en cuanto te vea así de guapa.
—No quiero que le coja algo, caramba. — comentó Sora un tanto seria antes de estallar en risas.
Mimi tomó el relevo de Kari y se encargó de hacerle la manicura francesa a Sora en las uñas de las manos. Le cortó las uñas, le pasó una capa de líquido transparente y luego dibujó una fina raya blanca al final de la uña. Observó maravillada su obra de arte... Sora abrió la boca para alabar el buen trabajo de Mimi cuando llamaron a la puerta. Kari fue a abrir y Sora se levantó de un salto.
—¡Mamá!
Toshiko Takenouchi cruzó el umbral con una tímida sonrisa en el rostro. Hacía muchos meses que no veía a su hija aunque estaba al tanto de todo lo sucedido y de que iba a ser abuela muy pronto. Mimi y Kari desaparecieron silenciosamente de la habitación para arreglarse y dejaron a las dos mujeres solas. Sora dudó unos segundos pero finalmente fue a refugiarse en brazos de su progenitora. A pesar de que ambas habían estado durante un tiempo distanciadas siempre se mostrarían el amor que sentían la una por la otra en los momentos importantes, en esos momentos en el que hay que dejar de lado las diferencias.
—Me alegro de verte, Sora. ¿Cómo están mis chiquitines? — preguntó con ternura al fijarse en el avanzado embarazo de su hija. — ¿Y tú como estás, cariño?
—Muy nerviosa, mamá. ¿Podrías ayudarme con el pelo?
—Por supuesto. — dijo la madre feliz de formar parte de la boda de su hija. Sora miró a su madre que iba con un vestida con un precioso kimono y suspiró, ahora que tenía a su madre allí parecía que los nervios la azuzaban un poco menos.
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Tai fue a casa de T.K. en cuanto se levantó, su madre y su padre estaban arreglándose y quedaron en encontrarse ya en el lugar de la boda porque iba a acudir allí con Matt, T.K. e Izzy. Cuando llegó al apartamento lo invadió una profunda nostalgia al recordar los momentos pasados allí con sus compañeros planeando el atraco que le hizo caer de nuevo en los brazos de Sora, ese atraco había sido el detonante, había sido el que le había llevado hasta ese punto y agradecería mil veces a quién fuera por haberlo realizado justo el día en el que su hermana y su pelirroja estaban allí.
Matt lo sacó de sus pensamientos y lo empujó hacia su habitación para que se cambiase de ropa y se pusiera la camisa blanca, la chaqueta y los pantalones negros. T.K. que también iba de traje y chaqueta se había colocado una corbata de color amarillo pálido que le quedaba francamente bien. Tai, por su parte, miró la corbata y la pajarita que había encima de su cama, ninguna de las dos le convencía lo suficiente.
—Izzy ya ha llegado con el coche. — dijo Matt mientras Tai seguía debatiéndose entre ponerse la corbata o la pajarita. — Coge las dos y muévete ya o llegaremos tarde.
El moreno aceptó la recomendación del rubio y cogió las dos. Salió apresuradamente, bajó las escaleras y se metió en el coche sentándose en el asiento del copiloto mientras sus dos amigos se situaban detrás de ellos.
—Hola, Izzy. — dijo Tai saludando al pelirrojo que había acudido desde la ciudad en que vivía ahora para asistir a su boda. Izzy sonrió a Tai, le estrechó la mano y arrancó el coche partiendo hacia el palacete de Mimi.
Salieron de la capital y Tai parecía ausente, tenía la cabeza apoyada en la ventanilla y la mirada perdida en cualquier punto del horizonte. Pronto dejaron atrás la ciudad y empezaron a recorrer kilómetros por una carretera secundaria de esas que tan solo están rodeadas de campos abandonados. Aquel camino era una vía alternativa para ir hasta la mansión de Mimi mucho más tranquila y rápida que la carretera principal. Tai iba distraído pero Matt se dio cuenta de que algo no iba bien, se acercó al asiento de Tai y miró por el retrovisor y vio que salía un extraño humo negro del tubo de escape del coche. Frunció el ceño, aquello no podía ser una buena señal. Y tenía razón, un par de kilómetros después el coche yacía parado en el arcén mientras cuatro jóvenes observaban con ojo crítico el motor que echaba humo también. Tai estaba pálido, no había dicho nada desde que había bajado del coche para ver el estado penoso en que se encontraba el motor. Izzy, T.K. y Matt no se atrevieron a decirle nada por si acaso se desmayaba o algo así, tenían un gran problema pues no solo no tenían coche si no que tampoco tenían cobertura en esa carretera desierta alejada de la mano de Dios que prácticamente solo usaban cuatro personas para acceder a la casa de Mimi y a cuatros grandes mansiones más que había en aquella zona. Matt miró el reloj y vio que faltaba una hora y cuarto para que empezase la boda. Ahora mismo se encontrarían a medio camino entre la capital y la casa de Mimi y era físicamente imposible que llegasen a tiempo. Tai se apoyó en el automóvil consciente de que su peor pesadilla estaba a punto de cumplirse. ¿Qué pesadilla? Dejar a Sora plantada ante el altar con todos los invitados mirando como él se comportaba como un miserable al no aparecer por allí y aún más estando la novia embarazada de seis meses.
—Sora me va a matar... Tendríamos que haber subido por la otra carretera, no por este camino de montaña...
Los otros no supieron que decirle, querían ir por allí porque se llegaba antes pero sabían que si esto les hubiera pasado yendo por el otro camino seguro que se habrían encontrado con alguien que los hubiera ayudado o se hubieran encontrado con los demás invitados a la boda que se hubieran encargado de llevar al menos al novio hasta el lugar del enlace. Pero allí, no había nadie así y no podían hacer nada.
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Toshiko acabó de arreglar el pelo pelirrojo de su hija en un gracioso recogido del que se desprendían algunos mechones y le colocó el velo sobre la cabeza, lo estiró suavemente para que no quedara arrugado y se apartó para ver lo espléndida que estaba su hija.
—Estás preciosa, cariño.
—Gracias, mamá.
Mimi y Kari subieron a la habitación para ver a Sora y la encontraron más que perfecta.
—¿Ya ha llegado Tai?
—No, mi hermano aún no ha llegado pero mi padre y mi madre sí y dicen que ya tendría que estar aquí porque se ha marchado temprano para venir con Matt y los chicos. — contestó Kari.
A Sora no tardó en invadirla la preocupación y el miedo, ¿dónde se había metido Tai?
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Tai golpeó con los puños el techo del coche, tenía los ojos cerrados y estaba apretando con fuerza los dientes conteniendo su furia, ¿porqué tenía que pasarle hoy una cosa así? T.K. le posó una mano sobre el hombro para intentar tranquilizarlo. Matt que se había quitado la chaqueta de etiqueta para observar con más detenimiento el motor, se acercó a Tai, lo hizo volverse y le pegó un tremendo puñetazo que le partió el labio.
—¿Vas a rendirte sin luchar? Maldita sea, Tai. —Tai arremetió contra el rubio mayor y lo golpeó en la nariz. Los dos se enzarzaron en una fuerte pelea, volaron puñetazos y patadas por parte de ambos hacia su oponente y ni T.K. ni Izzy sabían como parar aquello. Matt y Tai estuvieron a punto de caer en la cuneta donde quedaba barro de las lluvias de hacia unos días atrás. Sin embargo, lo que cayó allí por el forcejeo fue una pequeña cajita de terciopelo...
Tai y Matt dejaron de pegarse en el acto, se quedaron blancos como la cera y se miraron a los ojos, aterrorizados. Aquello ya no podía salir peor... Matt dio un salto y se metió dentro de la cuneta, se arremangó la camisa y empezó a buscar las alianzas. Tai se quitó la chaqueta, se subió las mangas de la camisa y empezó a hurgar en el barro rezando por encontrar los anillos. Izzy y T.K. se centraron en ver si podían arrancar el coche de algún modo pero les fue imposible. Un rato después, vieron a Matt y Tai salir de la cuneta con los brazos cubiertos de barro hasta los codos pero con la cajita de los anillos, totalmente embarrada, en la mano.
—Creo que vamos a tener que empezar a correr si queremos tener la más mínima oportunidad de llegar a la boda. —sentenció T.K. a lo que Matt asintió mientras Tai miraba con pena la caja de los anillos.
—Vamos, es el día de tu boda. Tienes que llegar a tiempo.
Tai miró a Matt y se fijó en que llevaba la cara cubierta de golpes. Se giró, y miró su reflejo en la ventana del coche, llevaba la camisa mal colocada, por fuera de los pantalones, abierta hasta la mitad del pecho, tenía el labio partido , un ojo que se le estaba poniendo morado y una ceja que sangraba. Suspiró y la determinación apareció en sus ojos.
—Vamos.
Acto seguido, cogió la chaqueta y empezó a correr por la carretera. Unos cuantos kilómetros lo separaban de la mujer de su vida y pensaba recorrerlos fuera como fuese. Izzy cerró el estropeado coche y siguió a sus compañeros en su carrera.
Mimi y Kari estaban recibiendo a los últimos invitados en el recibidor y no podían evitar mirar con cierta preocupación el caminito por el que se entraba a la mansión intentando ver si Tai y los demás llegaban ya o no.
—¿No será capaz de marcharse otra vez, verdad? —preguntó Mimi a Kari con un hilo de voz.
—Por el bien de mi hermano, espero que no. —susurró Kari. Su corazón también estaba siendo presionado por la preocupación pues si su hermano se había marchado, posiblemente T.K. le habría seguido. Sacudió la cabeza intentando disipar esos horribles pensamientos, tenía que tener esperanza.
Los invitados se aposentaron en sus respectivos lugares, los padres de Tai estaban sentados junto a la madre de Sora en la primera fila. Kari vio que su padre le hacía un gesto para que se acercase y se aproximó.
—¿Dónde está tu hermano? — Tanto la madre de Kari como la madre de Sora también miraban a la muchacha. Kari lanzó una breve mirada a Mimi que estaba intentado llamar a Matt al móvil pero cada vez que lo hacía una vocecita mecánica le decía que estaba apagado o fuera de cobertura. Lo mismo pasaba con el móvil de Tai, T.K. e Izzy. Mimi negó con la cabeza.
—No tengo ni idea de donde está Tai, estamos intentando localizarlos.
—¿Esto lo sabe Sora? —preguntó Toshiko.
—Por el momento, no. Pero, si no llegan dentro de poco tendremos que decírselo. — concluyó Kari.
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Tai y los demás estaban completamente empapados en sudor, habían pasado ya varios carteles que indicaban el lugar donde se encontraba el palacete de los Tachikawa, pero el último cartel que habían visto marcaba que faltaban unos quince kilómetros para llegar y tan solo diez minutos para que empezase la boda. Sin embargo, Tai no se detuvo en su desesperada carrera, no pensaba dejar plantada a Sora en el altar, le había prometido que no la dejaría sola nunca más y él no era de esos que rompían las promesas así como así. Además, a saber como podía afectar un disgusto así a los niños...
Sora seguía esperando en la habitación a que Kari y Mimi fuesen a buscarla pero de alguna manera, sabía que Tai aún no había aparecido. Se secó una pequeña lágrima que estaba cayendo por su mejilla. No podía evitar pensar que él la iba a abandonar de nuevo. Sus amigas fueron a buscarla con el semblante serio, la hicieron bajar al jardín pero allí no estaba Tai esperándola.
—¿Dónde está Tai? —susurró a punto de echarse a llorar.
Ni Kari ni Mimi supieron qué decirle en ese momento, tan solo acertaron a acercarle una silla para que pudiera sentarse antes de estallar en llantos.
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Tai sentía que le ardían los pulmones. "Espérame, Sora" pensó mientras se esforzaba para correr más rápido aunque sus piernas estaban empezando a pedirle que parara de una vez o iban a fallarle en cualquier momento después de aquella tremenda carrera de casi diez kilómetros que llevaba a su espalda. Los otros tres lo seguían como podían, no pensaban dejar a su líder solo en el día más importante de su vida.
El ronroneo de un motor los hizo detenerse en seco y volverse hacia la carretera. Una pequeña camioneta subía por la desierta carretera. Tai se colocó en medio y la hizo parar. Se acercó a la ventanilla del conductor y le explicó entre sofocados resoplidos que se les había estropeado el coche y que estaba a punto de dejar a su novia plantada en el altar. El hombre, al verlo tan desesperado, los hizo subir a todos a la camioneta pues él era el encargado de llevar la tarta del enlace a la casa de Mimi. Tai estuvo a punto de echarse a llorar cuando se sentó en la camioneta junto al pastelero.
En apenas veinte minutos divisaron la gran mansión, el pastelero dejó que Tai bajase en la puerta principal pues él tenía que dar la vuelta para entrar por la puerta de servicio. Los demás chicos bajaron también y vieron como el moreno corría como un desesperado por el camino que llevaba a la mansión, decidieron seguirlo. Tai apartó de un manotazo a los mayordomos que se encontró en el hall y que al verlo tan sucio y cubiertos de heridas intentaban barrarle el paso.
—¡Que soy el novio, maldita sea! — siguió corriendo y al cruzar vio el jardín y vio un montón de gente reunidad en un mismo sitio. — ¡SORA!
Los invitados se apartaron dejando que la joven pudiese ver quién la llamaba, estaba llorando y a Tai se le rompió el corazón en pedacitos al verla así. Bajó los escalones a tropezones porque las piernas le temblaban. Sora se levantó, sorprendida y empezó a esbozar una tierna sonrisa en el rostro.
—Tai...
Tai tropezó con uno de los enanitos de jardín que llevaban un lazo en la cabeza pero se levantó casi antes de caer al suelo. Sora no pudo evitar reír al pensar que antes Kari le había dicho que su hermano caería de bruces en cuanto la viera vestida novia. Caminó hacia él y lo abrazó en cuanto lo tuvo al alcance.
—Lo siento, no sabes la de cosas que me han pasado... —susurró el pobre de Tai. Sora se extrañó de que él no correspondiese a su abrazo pero lo entendió todo en cuanto vio que llevaba los brazos cubiertos de barro y la camisa empapada de sudor.
Me alegro de que estés aquí...
Kari echó a correr en cuanto vio a T.K. cruzar la puerta de cristal del jardín, T.K. la miró embelesado al fijarse en el precioso vestido amarillo claro que llevaba que le sentaba como un guante. Matt por su parte, miró a Mimi y le dedicó una media sonrisa y poco a poco se aproximó a ella. Mimi se rió de él antes si quiera de pedirle explicaciones al ver como llevaba la cara hecha un mapa y los brazos cubiertos de barro.
Mimi arrastró a Tai para que se apresurase a arreglarse, la novia ya lo había esperado demasiado. La castaña también se llevó a los demás para que al menos se cambiasen de camisa. Poco después, Tai ya estaba colocado en el altar, con una camisa blanca que le había dejado Mimi que quedaba muy bien con el pantalón y la chaqueta. La castaña y su hermana Kari había estado deliberando entre ponerle una corbata o una pajarita y al final le colocaron una corbata gris preciosa. El joven vio como Sora avanzaba lentamente por el altar, parecía un ángel, vestida con su traje de novia, nunca la había visto tan guapa. Finalmente, la joven llegó a su lado y el chico estiró el brazo para tomarle la mano que ella aceptó. Se miraron a los ojos, aquel sin duda iba a ser el mejor día de sus vidas.
Hasta aquí dejo el capítulo, en el próximo terminaré la boda :) Espero que os haya gustado!
