Nota del autor:

Sé que he evadido a Austria en esta historia (y eso que es el protagonista), y de paso he dejado un poco abandonada esta historia en detrimento de otras como "la gran boda" (recién terminada, con una posible segunda parte), el especial del día de las madres (porque madre solo hay una) y otros one-shots de Vat/Swiss (incitación al pecado y sorprendidos infraganti), además de diferentes historias que tengo planeadas de Hetalia, Full metal Alchemist y Harry Potter, pero aquí está la actualización correspondiente después de cas meses, bueno, ya perdí la cuenta. Este capítulo en especial hablará sobre el sistema judicial nacionalsocialista, y en especial las farsas judiciales que se montaban en esa época. El juez RolandFreisler era uno de los más implacables inquisidores del tercer Reich. Su final fue algo irónico: en pleno juicio en contra de Fabien von Schaddeldorf (citado ya en un capitulo anterior) le espetó con virulencia que: "si fuera por él, lo enviaría directo al infierno" a lo cual respondió el acusado con una irónica, pero premonitoria frase: "pues si desea, puede usted ir entonces adelante". Dicho esto, un bombardeo repentino destruyó la sala del tribunal, colapsando el mismo, y Freisler muere aplastado por una de las columnas del salón. Tres años después, Von Schaddeldorf fue juzgado por crímenes de guerra y ejecutado. Para más colmo, Hitler ordenó que no se le hiciera a Freisler funerales públicos acordes a su dignidad, debido a su "pasado bolchevique", por lo que la familia secretamente le enterró en el mausoleo familiar sin tanto escándalo.

Lo que quiere decir que el diablo si se llevó primero a Freisler y después vino por von Schaddeldorf. Y con el diablo no se juega.(de verdad, es demasiada coincidencia que después de que Freisler muriera, fuese ejecutado Von Schaddeldorf)

Austria es de Himaruya, Freisler es propiedad de Satanás (que lo está cocinando a fuego lento en la paila o el infierno, termino coloquial de Coco-chan (Colombia), no por nada fue por el primero) y Franz es de mi propiedad.

Van Der Banck: Oye, ¿y qué pasó con Iron Cross...?, sé que desde hace tiempo yo no actualizo esta historia, pero la tuya está muy abandonada. No dejes de escribirla, es buena, tiene futuro, y no todo tiene que ser FR/UK (que aunque gusta, puede ser algo monótono y cansón). Espero actualización de Iron Cross pronto. Aun me intriga lo que pudiste haber hecho con Isaac (Para los que no han leído Iron Cross, les recomiendo leer esta historia, pues tiene algunos puntos de coincidencia con esta).

Marzo de 1943.

Los días pasaban cada vez más lento. La ofensiva nazi cada vez retrocedía más rápido. Las noticias del frente ruso eran nefastas: la monumental derrota de Stalingrado no tenía precedentes en el avance militar alemán. Muchos prisioneros de guerra, muchos muertos, prácticamente el acabose.

La derrota en las orillas del Volga había sido la más mortífera para el avance alemán. La porfía de Hitler en seguir avanzando a pesar de la evidente falta de suministros, más los repetidos gritos de ayuda del mariscal Friedrich Von Paulus habían conseguido contribuir a la enorme y basilical derrota. Y para mayor colmo, los asesores del führer no acataron los consejos del general Andrei Vlassov, debido a sus reservas sobre su "inferioridad racial".

Alemania había llegado herido y maltrecho. Y la situación entre los países del eje no era la mejor.

Austria no soportaba ya la inestabilidad en la casa de Alemania. Este se encontraba bastante herido debido a la derrota de Stalingrado, al cuidado de Prusia. Y de Italia, romano o Hungría ni rastro. La ofensiva aliada en ambos frentes era despiadada, estaba Japón, el cual tenía que lidiar con china, Rusia y estados unidos a la vez, mientras que ellos se enfrentaban a estados unidos y a Inglaterra. Y para más colmo Brasil y México habían entrado a la contienda, aunque en el frente asiático.

Sin embargo, sus preocupaciones eran otras.

El sonido del teléfono lo saca del ensimismamiento, mientras miraba el pálido verde del árbol del jardín a través de la ventana del estudio de lectura.

—Aló.

—Señor Austria, habla con Karl AugustGraf Von Trapp, el padre de Franz.

Era raro, ¿por qué lo llamaba el padre de uno de sus subalternos?, desde su regreso de Dalmacia no había tenido noticias de Franz o de Albretch, algo raro. Y cada vez que preguntaba por ellos recibía un silencio por respuesta. Lo único que sabía era que Albretch había sido asignado a la zona ocupada de Vichy, a la unidad de rifleros de montaña de la SS "Nordlandss. Reichsdivizion" compuesta por alsacianos y conscriptos franceses, mientras que Franz fue reasignado de la división de artillería "Prinz Eugen" a la división de escaramuzadores "Charlemagness. reichsdivizion", una de las divisiones de inferior rango de las waffen SS.

—Que sucede, señor Von Trapp.

—han acusado a mi hijo por traición, ayúdeme…

¿Franz acusado por traición? Eso sí era una desagradable sorpresa. No sabía de qué forma ayudarle. No sabía el alcance del "crimen" que había cometido su amigo y escolta. Su más cercano confidente.

— ¿Sabe algo de Albretch Hofflander?

—Lastimosamente no sé nada del compañero de mi hijo, señor Austria —respondió el hombre.

Eso le preocupaba aún más. Pudieron haberle ejecutado, así como pudo haber caído en manos del enemigo. No sabía cuál de las dos era peor.

— ¿Me puede decir quién es el juez que está a cargo del caso de su hijo?

—es el juez Freisler, y eso me preocupa de verdad. —Respondió el hombre desesperado— sus juicios no se caracterizan por ser ecuánimes, pero sé que usted puede ayudarme,…

Se sintió impotente. Tal vez demasiado impotente, al ver a Franz bajo el peligro de la guillotina, o al pié de la horca. Cualquier declaración en falso y sería ejecutado. Y eso no se lo perdonaría a si mismo nunca.

—intentaré ayudarlo, señor Von Trapp, pero eso depende de la voluntad del juez.

Colgó el teléfono, después de echarse a llorar desconsoladamente en el buró del estudio de lectura. Realmente no sabía qué hacer, enfrentarse al aparato judicial nazi era prácticamente impensable e imposible.

Pero al menos tenía que intentarlo.

Al día siguiente…

El edificio del tribunal supremo popular se alzaba imponente sobre la ciudad de Berlín. Los acusados por lo general entraban siempre por la puerta principal, siempre bajo el escarnio popular. Austria había pedido permiso al ministro de justicia para poder entrar a la audiencia de imputación de cargos, en la que el juez Freisler imputaría la causa. Prácticamente no había escapatoria cuando se entraba al tribunal, todo aquel que entrara como acusado, terminaba generalmente en la horca. Y el record del juez Freisler era escalofriante: 23 condenas, todas con el mismo veredicto: pena capital.

Y estaba también el hecho de que Freisler era un juez que no daba oportunidad para la defensa, que ya tenía listo el veredicto antes de que el acusado entrara, e inclusive tenía un gusto enfermizo por humillar a los acusados en el tribunal. Y Franz no era cualquier niñato que se pudiese humillar con facilidad.

El tribunal estaba fastuosamente adornado con pendones de la bandera nazi. La omnipresente esvástica se veía incluso en los tallados de madera de los paneles del tribunal, y aun en los prendedores y botones de los magistrados y del propio juez. Freisler supuestamente representaba la majestad de la justicia nazi, pero aquella majestad era siniestra: su rostro duro, frio, cruel, adornado por una inmutable y fría expresión concordaban con su oscura presencia.

Austria tomó su correspondiente puesto en el tribunal, cerca de los señores Von Trapp. Los asistentes al juicio se disputaban sus correspondientes lugares, no por nada los juicios del juez Freisler eran los más concurridos.

Después de haber entrado los concurrentes al juzgado, el guarda hace el anuncio oficial.

—todos de pié para recibir a su señoría, el magistrado Roland Freisler, juez del tribunal supremo popular del Reich.

Todos se levantan, haciendo el correspondiente saludo hacia el juez Freisler, el cual ingresa con aires de prepotencia.

Austria, y los padres de Franz se niegan a saludar, ganándose las miradas reprobatorias del fiscal y los magistrados.

—pueden todos sentarse.

Los concurrentesse sientan, mientras Austria hace lo propio.

Luego, hace acto de presencia el acusado. Franz, a pesar de lucir algo demacrado, e incluso golpeado, lucia con ese aristocrático e imponente porte que había heredado de su padre. Se le había negado arreglarse apropiadamente para el juicio, luciendo una burda muda de ropa. Sin embargo, poco importaba. Todos habían quedado en silencio, al ingreso del acusado, mientras las mujeres suspiraban de forma triste al ver que semejante joven tan atractivo tendría un destino seguro: la muerte.

Después de entrar, y ubicarse el acusado en la parte de la defensa, el juez hizo la correspondiente imputación de los cargos.

—subteniente Franz Wilhelm Von Trapp, este tribunal le imputa los delitos de traición, colaboración con el enemigo, sedición armada e intento de deserción. Por tanto le pregunto, subteniente Von Trapp: ¿acepta o no los cargos?

—señoría, no acepto los cargos. —contesta Franz desafiante— simplemente hacia lo que mi conciencia dictaba como correcto.

Eso encolerizó al juez.

—entonces, usted está anteponiendo su conciencia, antes que la fidelidad a su führer y al Reich, ¿no es verdad?

—simplemente mi consciencia me impide hacer actos de esa índole, señoría.

Austria oía impasible la declaración de su amigo y guardaespaldas. ¿Qué había pasado durante los casi dos años en los que perdió el contacto con Albretch y Franz?, quizás esa respuesta la tendría en el juicio. La verdad es que durante el año en el que había transcurrido desde la visita de estado, y la reasignación de los dos austriacos, Roderich se había desconectado por completo de la realidad política y militar de la guerra. Y se arrepentía en ese momento por eso.

—subteniente Von Trapp, usted está sujeto bajo juramento a la fidelidad del Führer y a la del Reich —le recuerda el juez— y esa fidelidad está por encima de todo acto de conciencia.

—mi única fidelidad es hacia mis amigos, a mi familia y a mi verdadera patria, señoría. —respondió desafiante el austriaco— no hacia el Reich.

— ¿a qué patria se refiere, señor Von Trapp?, que yo recuerde Austria ya no existe.

—Aún existe, señoría —insiste Franz— ¿no lo ve usted? El todavía no ha muerto.

Y acto seguido, mira con un rostro de valor y confianza a Roderich, mientras este apretaba con rabia los dientes en una dura expresión de severidad, incomodidad y desafío. El aún existía, el aún era Austria, y no una maldita provincia subordinada de Alemania. El padre y la madre de Franz, con las manos agarradas, miraban severos al juez, mientras la representación de la ex república les acompañaba.

Después empiezan los testimonios. El primero en testificar es el comandante de la unidad a la que había sido asignado el austriaco. Se manifiestan las repetidas quejas, los constantes desacuerdos entre Von Trapp y sus superiores jerárquicos, su sospechosa amistad con el oficial de traducción Hofflander, su abierta oposición a las órdenes de sus superiores.

Y también el motivo por el que Franz Von Trapp estaba allí.

—coronel Liechtstoller, según tengo entendido, la noche del 23 de febrero pasado en la localidad de Saint-Gilbert-du -Nord, en la zona de ocupación francesa, se había organizado una redada en búsqueda de enemigos peligrosos para la seguridad del Reich. —inquirió el fiscal— tengo entendido que el subteniente Von Trapp había sido asignado como parte de la redada, ¿no es verdad?

—sí, señor fiscal. —contestó el militar.

—entonces, cuéntenos que es lo que sucedió en la redada del 23 de febrero en Saint Gilbert.

El oficial entonces se aprestó en comenzar su relato:

el comandante general de nuestra división, la "Charlemagne", nos había ordenado hacer una redada en búsqueda de miembros de la resistencia, judíos y personas indeseables. Todo transcurría normal hasta que ingresamos al domicilio de RosalineChevrier, de la cual sospechábamos de su ascendencia judía. Franz ingresó a la residencia, y al ver a la mujer, no sé qué rayos sucedió pero la intentó ayudar a escapar. No podíamos procesar a la señora Chevrier por ser ciudadana francesa, pero por las recientes órdenes del general Von Choltitz, gobernador de la zona ocupada, podíamos proceder libremente sin enfrentarnos con Vichy. Sin embargo, Franz opuso resistencia, aduciendo que era una cuestión moral, no podía arrestar así como así a una mujer y a sus dos hijos pequeños. Sin embargo, ordené que la señora Chevrier fuese llevada oportunamente al centro de detención para proceder con su deportación. —Se detuvo, y tomo un vaso de agua— el señor Von Trapp reaccionó de forma violenta, intentando liberar a la señora Chevrier y sus hijos, por lo que decidimos neutralizarlo a él, y naturalmente proceder como se hace en estos casos con los que se resisten al arresto.

—Me puede explicar entonces ¿cuál fue el procedimiento que se siguió con la señora Rosaline Chevrier, judía confesa de la localidad? —inquirió de nuevo el fiscal.

—es sencillo: las normas dictan que si un culpable confeso se resiste al arresto, debe de ser ejecutado de inmediato —Contesta el oficial con la mayor naturalidad del mundo.

Eso dejó frio a Austria. Ahora justificaba la reacción de Franz, él hubiese hecho lo mismo sin dudarlo dos veces.

—entonces subteniente von Trapp, ¿su conciencia le estaba dictando colaborar con el enemigo?

—esa mujer no era alguien peligroso, señoría —contesta tristemente Franz. —Esa mujer y sus hijos merecían vivir.

—CON UN DEMONIO, ERAN JUDIOS MALDITA SEA —espeta iracundo el juez— SERES INFERIORES QUE VIVEN COMO PARASITOS DE LA GENTE HONRADA Y DECENTE, NO SE JUSTIFICA QUE POR UN MALDITO JUDIO, MUCHOS ALEMANES MUERAN!

—ERAN VIDAS HUMANAS

Roderich había gritado iracundo en medio del tribunal.

—ORDEN EN LA SALA, —espeta iracundo el juez —SEÑOR ENGELSTEIN, SI NO REGRESA A SU LUGAR ME VERÉ EN LA PENOSA OBLIGACION DE SACARLO DE LA SALA.

El abogado de Franz sin embargo, le dice suavemente al austriaco de lentes.

—señor Austria, comprendo su impotencia pero no habrá oportunidad para el señor Von Trapp.

—usted me dijo que podía salvarlo, licenciado— le ruega desesperado el señor Karl August.

—lo siento conde Von Trapp. —respondió el abogado— no se puede hacer nada por él, el juez Freisler es implacable. Y no descansará hasta ver a su hijo en la horca.

Posteriormente el fiscal ordena un receso de 15 minutos.

—el juicio se declara en receso durante 15 minutos, en donde el tribunal deliberará su veredicto.

Todos se retiran de la sala, hacia los corredores y el patio interior del edificio del tribunal supremo popular.

En el exterior de la sala del tribunal…

El receso era aprovechado por todos para respirar algo de aire fresco, o tomar algún bocadillo de la cafetería de la calle cercana, fumar un cigarrillo o simplemente admirar la magnificente y sobria arquitectura del tribunal.

Sin embargo, Austria necesitaba hablar con Franz. Sin dudarlo, se dirigió rápidamente hacia las celdas del tribunal en donde estaba encerrado. Dos oficiales de la Gestapo montaban guardia a lado y lado de la puerta de la celda.

—necesito hablar con el prisionero, ahora.

—señor, por órdenes del juez Freisler no podemos dejarle ver al prisionero.

—me importa un soberano pepino lo que diga ese hijo de puta que dice llamarse juez. —espeta Austria iracundo, de forma sutil e hiriente— si estiman un poquito su vida, déjenme ver al prisionero en este instante. Si aún insisten en impedirme ver al prisionero, pueden tener seguridad que no saldrán vivos de este pasillo.

Los dos soldados estaban atemorizados. El rostro del austriaco se había vuelto intimidante, tal vez demasiado intimidante…

Al entrar encontró a Franz sentado en el catre dispuesto en la reducida celda.

—yo de verdad… no sabía lo que te había pasado.

—no se preocupe por mí, señor Austria.

Se formó un tenso silencio.

— ¿Y qué ha pasado con Albretch?

—lo último que supe es que fue asignado a la división Nordland cuando las divisiones PrinzEugen y María Theresafueron disueltas.

Ya no existían divisiones austriacas en las waffen SS. Hitler estaba cortando toda posibilidad de una rebelión militar de parte de los austriacos, en donde las populares divisiones austriacas sirvieran como un "ejercito provisional". El führer no podía exponerse a que Austria volviese a independizarse, en el sentido económico Austria era la despensa de Alemania.

Los desacuerdos ente soldados austriacos y alemanes eran demasiado evidentes: las unidades íntegramente conformadas por soldados austriacos comenzaban a mostrar descontento en las filas de la Waffen SS y el Wehrmatch. Y supuestamente, "para garantizar la unidad del pueblo austriaco y el alemán" se empezaban a integrar por asimilación forzosa las diferentes unidades compuestas solamente por austriacos, comenzando por las divisiones "SS. María Theresa" y " ".

—Tus padres están aquí, —le dice Roderich— si deseas puedo darles un mensaje de tu parte.

—la verdad no sé qué decirles, sé que moriré, así que diles simplemente que siempre los querré pase lo que pase, que los voy a extrañar mucho, que es una lástima que no vuelva a tocar el chelo por las tardes en el jardín de la casa los fines de semana, que los echaré mucho de menos.

Las lágrimas recorrieron el rostro de ambos. Roderich se aferraba a una de las manos de Franz dándole alientos para el venidero y triste final.

—Y dile a Albretch si te lo llegas a encontrar —agregó el chico de cabellera negra azabache, antes de ahogarse en llanto—… que ha sido el mejor amigo que haya podido tener, y que gracias a él, el servicio militar nunca había sido tan llevadero.

—Se lo diré.

Danke, Herr Ostërreich(Gracias señor Austria) —agradeció el joven.

Dicho esto, se abrazan los dos hombres, como una última despedida, y Roderich sale de la celda, dejándolo solo.

De regreso a la sala del tribunal…

Austria se había acercado hacia el conde Karl August enviándole los recados que le había encomendado Franz. La esposa del conde, la condesa Clara prorrumpió en un triste llanto al saber el mensaje. Lo extrañaría. Sin embargo, debían de continuar con aquella farsa.

Todos hacen ingreso nuevamente a la sala del tribunal, en donde el fiscal y los jueces Roland Freisler y Johannes Frinck, acompañados del fiscal del caso. Al ingreso de todos, y al posterior arribo del acusado, el juez procede a dictar su sentencia.

—después de haberme tomado la molestia de analizar concienzudamente todas las pruebas, el tribunal supremo popular procederá a leer la sentencia en contra del acusado, el subteniente de la unidad de rifleros de montaña "SS. Charlemagne" Franz Wilhelm Von Trapp.

"el tribunal supremo popular del Reich, en uso de sus atribuciones legales conferidas directamente por el führer, representado en la persona de su señoría el doctor Roland Freisler, juez del supremo tribunal popular, declara al acusado, el señor Franz Wilhelm Von Trapp, de cargo subteniente de la división de rifleros de montaña "Charlemagne" de la Waffen SS, CULPABLE de los delitos de traición, colaboración con el enemigo, sedición armada e intento de deserción.

Dada la gravedad del delito, y aún más en la persona del señor Von Trapp, que como suboficial de la waffen SS está atado bajo juramento a la fidelidad del führer y a la del Reich, este tribunal ha decidido condenarlo a la pena de muerte…

Las exclamaciones ahogadas de la madre del joven oficial se escucharon claramente en medio del silencio sepulcral del tribunal. El anciano aristócrata solo se limitaba a consolar a su esposa en medio de su triste y doloroso llanto, mientras que Austria solo miraba con una infinita rabia al juez Freisler.

agregado a la correspondiente degradación y exclusión deshonrosa del cuerpo de oficiales y de la fuerza armada de la waffen SS.

Esta sentencia deberá cumplirse a la mayor brevedad posible, en un plazo no mayor a tres días.

Dado en Berlín, a los 13 días del mes de marzo de 1943.

Su señoría el juez de tribunal supremo popular

Roland Freisler."

Leída la sentencia por parte del fiscal, el juez Freisler agrega a la misma.

—se le negará al acusado las posibilidades de otra ejecución que no sea la horca. —afirmó Freisler severo— además de todo auxilio o asistencia ya sea espiritual o material, como se dispone en estos casos. La ejecución será en el campo de concentración de Flossenburg, además de negársele todos los privilegios y prerrogativas de estos casos al señor Von Trapp.

Franz, con ese mismo aire severo, esa resignación sublime ante la muerte comenta a su abogado sus últimos deseos. El abogado asiente, y se levanta diciéndole al juez.

—señoría, el acusado solicita no ser ejecutado por medio de la horca, desea ser ejecutado de una forma honrosa y rápida.

—no hay derecho a apelación, señor Pögner —exclama el fiscal— el señor Von Trapp será ahorcado como lo dicta el juez.

—comprenda, que la única muerte que merece un traidor de la calaña del señor Von Trapp, debe de ser lenta y dolorosa. Si ordeno que le fusilen estaría premiándolo —exclama el juez Freisler.

—CON UN DEMONIO, SEÑOR JUEZ, TENGA UN POCO DE COMPASION CON FRANZ MALDITA SEA!

—LE ORDENO SEÑOR ENGELSTEIN QUE SALGA INMEDIATAMENTE DEL TRIBUNAL

—NO SALDRÉ, HASTA QUE FRANZ TENGA UNA MUERTE DIGNA!

La ira carcomía profundamente a Roderich Engelstein. No quería que Franz sirviese de espectáculo a una manada de lobos hambrientos y sedientos de sangre, solo porque a Franz le importo cinco el maldito juramento de fidelidad que lo ataba de por vida al tercer Reich. Si, era justo para el morir mirando hacia el frente, enfrentarse con porte y elegancia a su hora final, poder morir con honor y gloria, y no padecer la inhumana agonía de la asfixia en la horca.

—Señor Juez —rogó el abogado defensor— ahórrele sufrimiento al acusado. Tenga algo de benevolencia ante el padre y la madre del señor von Trapp, ellos no desean que su hijo sufra tan inhumano trance.

—SE HARÁ LO QUE SE DISPUSO EN LA SENTENCIA, Y NO OTRA COSA, CON LOS TRAIDORES NO PUEDE EXISTIR NINGUN TIPO DE CLEMENCIA—espeta el juez Freisler iracundo.

Sin embargo, el fiscal comenta algo al oído al juez, lo cual lo deja plenamente satisfecho al sádico y enfermo magistrado.

—he consultado con el fiscal, y he concluido en una decisión que pueda ser ecuánime para ambas partes: El señor Franz Wilhelm Von Trapp tiene derecho a ser ejecutado por un pelotón de fusilamiento de la SS, escogido por soldados al azar. —dice el juez—. Mis condiciones son las mismas: ningún privilegio de reo capital deberá de ser otorgado al señor Von Trapp, agregado a la degradación deshonrosa de su rango, la cual se hará públicamente ante sus compañeros de la SS, antes de su ejecución. ¿acepta o no acepta mis nuevas condiciones?

El acusado comenta sus deseos al abogado.

—mi cliente expresa su conformidad.

—entonces, asista con su mejor uniforme de gala, señor Von Trapp —exclama el juez sarcástico— porque será la última vez que lo luzca con elegancia.

Dicho esto, el fiscal emite de nuevo la sentencia.

—Como sentencia final, el acusado será degradado de su rango y ejecutado en un plazo de tres días en el campo de concentración de Flossenburg, bajo la modalidad de fusilamiento.

—pueden todos retirarse.

—HEIL HITLER! —prorrumpen todos a coro en el tribunal saludando con el brazo en alto, excepto Austria, Franz y sus padres.

Tres días más tarde…

El día de la ejecución había llegado. Desde el juicio, habían pasado tres penosos y humillantes días en el campo de concentración de Flossenburg. Franz había recibido los constantes maltratos de la oficialidad alemana de la SS, (la schultzstaffel como tal, no ninguna de las unidades de combate de la Waffen SS). Y por más paradójico que pareciera,había encontrado apoyo en algunos prisioneros de guerra, testigos de Jehová, algunos judíos confinados en el campo, y otros prisioneros del campo que estaban esperando un destino similar.

Quien iba a pensar que aquellas personas a las que quizás habían terminado por obra suya en esa situación terminarían acompañándolo en situación semejante.

A pesar de los golpes y lesiones, aún no había perdido el aristocrático y elegante porte que lo distinguía. Su ejecución seria esa misma noche, en el patio principal del campo, previa degradación publica de su rango.

Austria había llegado al campo no sin cierta reticencia, junto con el padre de Franz, el señor conde Von Trapp, y el canónigo Alfred Delp. Llevaba consigo una muda de ropa limpia para el reo, Franz tendría que verse bien antes de morir, además de una canastilla con algunos pastelillos y postres horneados por la condesa Von Trapp, madre de Franz.

—lo siento señor, no puede pasar con esos artículos. —dijo uno de los oficiales del campo— son órdenes del comandante, y del juez Freisler.

—Me importa cinco lo que haya dicho el juez, señor guarda —espeta Roderich iracundo— es justo para él aunque sea un poco de consuelo de parte de sus padres y de la nación que lo vio nacer.

—usted ya no existe, usted es parte del Reich señor —le afirma el guarda severo.

—a mí eso poco me importa, así que deje pasar al padre del señor Von Trapp y al reverendo Delp —respondió el austriaco de lentes algo iracundo— no le niegue a un padre la última oportunidad de ver a su hijo.

Le dejaron pasar con los otros dos hombres, la muda de ropa y la canastilla. Luego lo llevan directamente hacia la barraca de los condenados a muerte, en donde estaba Franz confinado, junto con otros reos que compartirían el mismo destino.

El lastimero estado de Franz conmovió a su padre, al reverendo Delp y a Roderich. Franz se abrazó a su padre con fuerza, mientras lloraba desesperado y asustado en su regazo. El intentó consolarle con palabras de cariño.

— ¿y mamá?

—no dejé que viniera —le respondió Karl August— sería muy doloroso para ella verte morir, pero te ha enviado unos cuantos pastelillos.

—al menos se acordó de mi última cena —contestó Franz con una amarga sonrisa.

Compartió los pastelillos con los demás condenados, en una frugal y reconfortante cena. El olor dulce del merengue, las fresas almibaradas, los bizcochos recién horneados inundaron el lugar. En una cantimplora que había también en la canastilla había algo de vino, que también fue compartido. Todos se sentían algo plenos después del austero y sencillo banquete.

El padre Delp se acerca, vestido con un sencillo traje de pantalón café oscuro, sweater gris, y una estola purpura. La confesión es breve y sencilla. Le absuelve, y luego le da un abrazo. Luego, entra el papá de Franz, con un paquete que sostenía por debajo del hombro. Al entrar, encontró el elegante uniforme de suboficial que le habían prestado para el acto de degradación. Roderich les acompañaba.

—hijo, sé que es difícil para mí decirte esto, pero quiero que mueras como un buen caballero, y que mueras con honor.

—así lo haré papa.

—Franz —le dice Austria— tu padre resignará su título de nobleza en ti. Y para eso necesita de un testigo. ¿Aceptas el título de Conde de Von Trapp?

—lo acepto con todo gusto —responde el joven.

—Desde ahora, serás conocido como Franz Wilhelm Graf, séptimo Conde de von Trapp. —Y luego agregó —larga vida al emperador.

—LARGA VIDA A AUSTRIA —gritan padre e hijo con fuerza, grito que es respondido por todos los reos con fuerza, en especial por los reos políticos. Los únicos que se abstienen en gritar o responder, son dos testigos de jehová que estaban cerca, pero que aun así, le dan su apoyo.

—rogaremos por ti y por tu familia, Franz.

—gracias.

Dicho esto, se arregla de la mejor forma posible con algo de agua que le facilitan unos cuantos reos, le lavan la cara, le arreglan el pelo y le ponen el elegante frac con la banda cruzada purpura, con un broche con el escudo nobiliario de los Von Trapp: un ciervo y un oso, enmarcando el escudo en el cual estaba representada una hormiga, símbolo de la laboriosidad y un hurón símbolo de la astucia. Se pone los guantes de gala blancos, y zapatos perfectamente lustrados de resplandeciente charol y usa el corbatín blanco con el frac. Cualquiera diría que Franz Von Trapp iría a una gala, pero su destino era la muerte.

—Es hora de salir.

Los tres hombres salieron precedidos por dos guardas de la SS, los cuales miraron reprobatoriamente al reo. Al dirigirse al patio de fusilamiento, el comandante los detuvo.

—usted debería de estar con su uniforme puesto.

—no hago parte ya del ejército, comandante —le responde sereno y desafiante el condenado— así que le he evitado la molestia de degradarme de mi rango, pues renuncio a él voluntariamente.

Dicho esto, tira la cruz de hierro que tenía empuñada y la pisotea con sus zapatos. El comandante intenta golpearlo pero Austria le detiene.

—respételo, señor. —espeta el austriaco de lentes— él ya está por encima de usted y de todos nosotros.

Se dirigen hacia el paredón, en donde estaban los soldados, la mayoría conocidos de Franz cuando estaba en la unidad de artilleros Prinz Eugen. Y le sorprendió ver quien los comandaba: Albretch Hofflander.

Franz se acerca a Albretch, el rubio estaba pétreo y distante, intentando ocultar su inmenso dolor. No quería decir palabra.

La tensión se sentía en el gélido ambiente de la noche. Solo dos tristes farolas iluminaban el paredón. Una gota de agua había caído, e inmediatamente había comenzado a llover, sería una noche fría y lluviosa.

Se negó a que le vendaran los ojos, o a que le ataran las manos. No escaparía. Estaba allí de pie, con porte ceremonioso y solemne, vestido de manera elegante como si esperara a alguien, como si fuese un novio en espera de su prometida, para iniciar una nueva vida juntos. Su elegante traje desentonaba completamente del lúgubre entorno, mientras la lluvia realzaba su augusto y atormentado porte.

—PELOTON!... —ordenó Albretch severo, y con la voz rota.

Recordó los días de su infancia, los alegres días antes de la guerra, las tardes tocando el violonchelo en el jardín para sus padres, el día en el que lo aceptaron en el conservatorio, su primer concierto con la filarmónica del conservatorio, la carta en la que le informaban la existencia de una vacante en la sinfónica de Viena.

—PREPAREN!

Y recordó también los días al lado del señor Austria, cuando sirvió como escolta. Las veces que lo oyó tocar el piano en aquel hotel de Zagreb, el anhelo de tener un chelo entre sus manos y dar un glorioso concierto junto con aquel talentoso pianista que era el señor Austria. Y deseaba ser libre, que el señor Austria fuese libre, libre de tocar lo que quisiera, libre de pensar lo que quisiera, libre de vivir lo que le placiera.

—APUNTEN! —siguió Albretch, mientras intentaba contener el llanto.

Recordó también sus días como suboficial, su amistad con Albretch Hofflander, como habían compartido sus sueños, sus expectativas, sus aspiraciones para después de la guerra, sueños que tal vez nunca se realizarán, sueños rotos y cortados por la hoz despiadada y cruel de la parca.

—LARGA VIDA A AUSTRIA! —gritó Franz Von Trapp con fuerza, antes de la orden final.

—FUEGO! —ordenó su compañero con fuerza, mientras varias lagrimas caían por su rostro.

Una salva de disparos acabó con su vida rápido. Franz había caído al piso, hacia atrás. Sus ojos habían quedado abiertos, mientras la tibia sangre emanaba de su pecho, perforado por las balas. El blanco de la camisa del frac estaba ya teñido en sangre. Albretch después de la orden final, se arrodilló llorando desconsolado, mientras los soldados hacían el saludo militar hacia su compañero de armas, mientras cantaban a viva voz el antiguo himno imperial (larga vida al káiser), himno que respondió Roderich cantándolo con poderosa voz, con lágrimas en su rostro, himno que cantó Karl August von Trapp con la mayor fuerza que daba su voz, himno que resonaba en las barracas de los prisioneros.

Solo Albretch no pudo responder a los improvisados honores de sus compañeros hacia Franz von Trapp, estaba allí llorando atormentado y desconsolado, por haber causado la muerte de su mejor amigo, de su compañero de armas, de su camarada.

—perdóname, amigo— fue lo único que dijo, mientras el crepitar de las gotas de lluvia en los techo de zinc de las barracas resonaba con tristeza esa noche de tormenta.

Austria por su parte, sin atender o percatarse por la lluvia, se acerca al cadáver de Franz, cerrándole los fríos y muertos ojos.