Ezio miraba a Helena sin saber que decir. ¿El hombre que estaba a su lado era su hermano Enzo? Al estar los dos se fijo en que se parecían bastante: los dos tenían los mismos ojos de color azul claro, el pelo oscuro y sus rasgos eran muy parecidos, aunque con la diferencia de que él era un poco más alto y robusto y sus facciones eran más marcadas.

- ¿Así que vosotros...? – dijo Ezio sorprendido.

- Sí. – respondió una voz a su espalda. Marco apareció con los otros dos y Helena se acercó a él enfadada.

- ¡¿Por qué no me lo dijiste?

- Para protegerte.

- ¿Protegerme? – preguntó desconcertada. - ¿De qué?

- De ti misma. Eres demasiado impulsiva y decírtelo antes habría sido un desastre.

- Eso no es verdad.

- ¿Ah no? ¿Tengo que recordarte el lío en el que te metiste hace cuatro años por incumplir mis órdenes? – Helena miró al suelo avergonzada y Marco dio un suspiro. – Helena, entiende que hemos hecho esto por tu propio bien. Y ahora te permitiré que continúes con tu plan si cumples con mi condición.

- ¡¿En serio? – dijo esperanzada. - ¡¿Qué condición?

- Quédate aquí dos meses y haz lo que yo te diga.

- ¡Marco! – lo advirtió Estefan desconcertado. - ¿Estás seguro de esto?

- ¿No me ves? Bueno, ¿aceptas? – le preguntó Marco a Helena y está le miró con una enorme sonrisa.

- Claro que sí. – respondió con una sonrisa.

- Bien, ahora si me disculpáis quiero irme a dormir. – Marco se marchó con los otros dos detrás de él interrogándole y Helena miró a Ezio sonriente.

- ¿Cómo le has convencido?

- No lo sé. Te defendí y él aceptó. – Helena le abrazó agradecida

- ¡Gracias, gracias, gracias! – se quedaron así unos segundos y se separaron al ver que Enzo les observaba.

- Tranquilos. Podéis continuar. – se acercó a Helena y le dio un beso en la mejilla.

- Buenas noches hermanita. – le dijo con dulzura y se marchó. Helena dio un suspiro y se rió feliz.

- Aún me cuesta creer todo esto...

- Ya, ha sido un día de locos.

- Tampoco es eso. Será mejor que vayamos a dormir, ya es muy tarde.

- Sí. – suspiró cansado. – Estoy agotado. ¿Dónde voy a dormir?

- Tú sígueme. – le dijo ella seductora.

- Puedes decírmelo, no me perderé. – ella le lanzó una mirada provocativa y supo sus intenciones. – Ya... ¿Y a qué esperas?

Helena le cogió la mano y lo arrastró hacia arriba. Ezio se dejó llevar riéndose con la mente puesta en los dos meses que tendría que pasar allí.


Ezio dormía plácidamente hasta que la luz que entraba por la ventana le despertó. No sabía cuántas horas había dormido pero al menos se había quitado el cansancio acumulado el día anterior. Se estiró perezosamente y notó que el otro lado de la cama estaba vacío. Se suponía que Helena tenía que estar ahí aunque no le extrañaba su ausencia ya que era de las que se levantaban temprano. Se levantó y se puso el traje de asesino aunque dejó las armas en un rincón excepto el brazal. Bajó a la sala principal donde encontró a María cocinando tranquilamente. Esta se giró y le miró sonriente.

- ¡Buenos días!

- Eh, hola.

- ¿Has descansado bien? – le preguntó mientras se limpiaba las manos.

- Sí. ¿Dónde está Helena?

- Fuera entrenando con los demás.

- Entrenando... – la verdad es que no se la imaginaba entrenando. – Iré allí.

- Sí, aunque antes come un poco. – le dijo mientras le pasaba un recipiente lleno de fruta - El día va a ser muy duro.

- ¿Por qué lo dices?

- Si crees que vas a librarte de los entrenamientos ya puedes ir cambiando de idea, además, Marco te estará observando ya que eres nuevo aquí.

- Pues le demostraré que soy bueno.

- Eso espero porque no te va a perdonar ningún fallo.

Ezio comió bastante ya que nada más coger una manzana se dio cuenta de lo hambriento que estaba. Después de comer salió por la puerta trasera dónde daba al jardín y en la que había mucha actividad. Al igual que ayer unos hombres entrenaban a jóvenes en distintas habilidades pero su vista se fijó detrás de todo, en una pequeña arena. Helena se enfrentaba a varios jóvenes que empuñaban espadas e intentaban vencerla pero ella movía su arma con habilidad y los superaba uno detrás de otro con facilidad. Ezio sonrió y una parte de él tenía ganas de enfrentarse a ella pero la otra dudaba de si podría con ella ya que la habilidad y la agilidad con la que se movía le hacían dudar.

- Es muy buena. – dijo Marco detrás de él.

- Ya lo veo. Empiezo a dudar de si puedo ganarla.

- Pues para eso están los entrenamientos, para mejorar. – le puso una mano en el hombro y lo condujo a una zona más alejada.

- Empezaremos con el combate ya que es lo que más te preocupa. – dijo con tono burlón.

- Solo he dicho que dudaba de si podría ganarla, no que es mi mayor problema.

- Sí, sí... Lo que tú digas. – dijo sin cambiar el tono. Hizo un gesto a cuatro jóvenes y estos los siguieron. – Bien chicos, ahora quiero presentaros a Ezio. Vais a entrenar con él el combate y de paso le ayudáis a mejorar.

- ¿No me estarás tratando de novato, no? – le preguntó haciéndole mala cara.

- Por supuesto que no. Ahora te dejo con ellos. - Ezio sacó la espada mientras los otros hacían lo mismo y se puso en guardia. Sus contrincantes le rodearon y le miraron fijamente. Uno que estaba detrás de él le atacó el primero y Ezio le esquivó con algo dificultad y justo después rechazó otro ataque. Se puso otra vez en guardia y observó a cada uno de sus rivales. Eran muy rápidos y no pararían de atacarle pero él se concentró dispuesto a no dejarse vencer. Otra vez le atacaron por detrás y esta vez lo esquivó con más facilidad y tumbó al atacante con una patada. Como antes también volvieron a atacarle rápidamente pero Ezio se movió con rapidez y se defendió sin ningún problema. Después empezaron a atacarle continuamente sin darle ni un respiro pero Ezio supo moverse bien y fue rechazando los ataques con habilidad. Marco observaba curioso el combate y se fijó en cada movimiento que hacía Ezio. Al otro lado Helena también combatía pero también se fijo en el combate de Ezio.

- Podéis descansar un poco. – dijo ella a sus contrincantes. Tras esto se acercó a Marco y le miró interrogante.

- No está mal. – respondió él. – Le falta algo más de habilidad, pero si continúa así mejorará en muy poco tiempo.

- No me equivoqué con él, desde que le conocí supe que era bueno.

- Empiezas a tener mi instinto. – le dijo divertido – Por cierto, Ezio dudaba de si podría ganarte en un combate.

Helena se quedó pensativa unos minutos y sonrió.

- Dale una semana y entonces ya hablaremos de si puede ganarme o no.

- Si tú lo dices... – Helena se alejó para volver al entrenamiento y Marco volvió a observar a Ezio. Los cuatro jóvenes que se enfrentaban a él intentaban superarle como podían pero una y otra vez eran superados y Marco se mosqueó.

- ¡¿A qué esperáis? ¡Como paréis de atacar os quedáis sin comida! – gritó enfadado a los cuatro y estos se pusieron rápidamente en guardia. Ezio se rió divertido y movió la espada con agilidad.

- Eres muy cruel. – le dijo a Marco muy divertido.

- Soy más que eso. – replicó amenazadoramente.


Tres horas después...


Ezio observaba a sus rivales jadeando. Se había quitado la túnica por el calor sofocante que estaba sufriendo y aunque solo llevaba la camisa empezaba a pensar en quitársela también. No había parado de entrenar desde que había empezado ya que hasta que Marco no lo permitiera no podía parar ni un segundo. Siguió observando mientras sentía como unas gotas de sudor bajaban por su frente y justo cuando iba a empezar a atacar una toalla se estrelló contra su rostro. Ezio se tambaleó sorprendido y se quitó la toalla de un tirón.

- Descansad. Ya habéis hecho suficiente. – dijo Marco mientras se alejaba lentamente. Ezio se acercó a él mientras se quitaba el sudor con la toalla. – Lo has hecho bien.

- Gracias.

- Mañana entrenaras la escalada, así que ve preparándote. – lo último sonó como una amenaza y Ezio deseó con toda su fuerza no tener que estar escalando durante tres horas seguidas. Entró en la casa y encontró a Helena hablando animadamente con María.

- ¡Ezio! ¿Cómo te ha ido?

- Estoy agotado pero he podido aguantar. ¿Y a ti cómo te ha ido?

- Bien, estoy en buena forma a pesar de no haber hecho nada durante un buen tiempo. Por cierto, ¿María, has visto a Enzo?

- No, he subido a su habitación y no estaba. Estará haciendo algún trabajo.

- Oh, vale. Quería hablar con él pero ya lo haré después.

- Será mejor porque la comida ya está hecha y voy a servir la mesa, así que ya podéis ir ayudándome. – ordenó María y los dos la obedecieron sin dudarlo. A partir de ahí el día transcurrió con normalidad: en la comida estaban los tres jefes junto con Ezio, Helena y María pero sin Enzo. Marco justificó su ausencia en que tenía un recado que hacer y que no estaría durante un buen rato. Después de la comida Ezio y Helena estuvieron hablando sobre las anécdotas que habían ocurrido en el entrenamiento y observaron entre risas como unos aprendices intentaban escalar sin mucho éxito la pared de la casa. Todo transcurrió con normalidad pero sin que Enzo apareciera y Helena empezaba a impacientarse. Ya de noche Ezio salió a pasear por el mismo sitio del día anterior para tomar el aire. Después del calor que había hecho durante el día la brisa fresca y la tranquilidad que había en esos momentos le venían bien. Ezio paseó tranquilamente y no se dio cuenta de que alguien un poco más alejado de donde estaba le hacía gestos.

- ¡Ezio! – él se giró y vio que era Enzo.

- ¿Qué haces ahí?

- Nada. ¿Puedo hablar contigo un momento?

- Claro. – se acercó y se sentó junto a él. - ¿Qué ocurre?

- Hace poco en una misión robé esto a un templario. – sacó una carta y se la dio. – No entendí nada de lo que decía pero al conocerte pensé que tú lo sabrías.

- ¿Yo? – preguntó desconcertado.

- Léelo, por favor.

"Hemos intentado capturarle pero ha sido inútil. Al parecer una mujer le está ayudando y está dificultando nuestros planes, pero estamos ideando nuevos estrategias para cogerle. Seguid con lo planeado hasta ahora y sobre todo no permitáis que María Auditore escape. No podemos defraudar más al Maestro."

- ¿Entiendes algo de lo que dice? – le preguntó Enzo. Vio que a Ezio le temblaban las manos y sus ojos estaban en una expresión de desconcierto y desesperación y Enzo se preocupó. - ¿Te ocurre algo?

- ¿Qué significa esto? - dijo con un hilo de voz. Le costaba creer lo que estaba leyendo. Después de todo lo que había pasado, de ver como asesinaban a su padre y a sus hermanos y después de creer que ella también había muerto... – No es posible...

- ¿Qué no es posible? – preguntó Enzo desconcertado. No entendía nada de lo que estaba pasando y se estaba empezando a preocupar. – Ezio dime cuál es el problema.

- Los templarios tienen a mi madre. – dijo con tal desesperación que parecía estar a punto de llorar.