Capítulo 19

Raditz, boca arriba en la cama, contemplaba a Maron yendo de un lado a otro de la habitación. Cuando ya no pudo soportar más ese silencio opresivo, preguntó con voz plañidera:

—¿No piensas volver a dirigirme la palabra?

Ella le clavó una mirada feroz y él repitió por centésima vez:

—Cariño, siento no haber sabido quién eras, ¿vale? Pero tampoco me duró mucho, y tienes que darme un poco de cuartel. No fue culpa mía que perdiera la memoria, y desde luego no hice que me aplastaran la cabeza para estropearte a ti el día.

Ella seguía ignorándole. Se acercaba a la ventana, donde se detenía apenas el tiempo suficiente para tamborilear con los dedos en el repecho y hacer un mohín ante la lluviosa mañana, y luego iba hacia la mesa y las dos sillas de la esquina, al cuarto de baño, y vuelta a empezar. Raditz la miraba con creciente tensión. La cabeza le palpitaba con violencia, sentía una embarazosa debilidad y a pesar de todo, con cada paso que ella daba, la deseaba más. Y lo que era peor: deseaba su aprobación, y eso era lo que más le irritaba. Pero dejando a un lado sus sentimientos, sabía que no iba a conseguir su aprobación en mucho tiempo. Lo notaba en esa ira contenida de Maron, tan fuerte que casi tenía todo el pelo de punta. Pero el hecho de que no aceptara sus disculpas, estaba empezando a sacarle de quicio.

—Maldita sea, Maron —explotó, después de que ella hubiera completado otro circuito—. ¡Tenía una conmoción cerebral! Joder, seguramente todavía la tengo. Y no solo me olvidé de ti.

Por fin consiguió llamar su atención. Maron se volvió bruscamente hacia él con ojos llameantes y gesto malhumorado.

—No —saltó.

Él se la quedó mirando perplejo.

—¿Que no qué?

—Que no tienes ninguna conmoción.

—¿Ah, no? —saltó Raditz desafiante, ante su tono inequívoco—. ¿Y tú qué coño sabes? Todavía tengo un dolor de cabeza espantoso.

—¿Te acuerdas del médico de la clínica? Me dijo los síntomas que debía observar. Y a eso de la medianoche ya no tenías ninguno.

Raditz apenas se acordaba del médico. Recordaba haber despertado con el cuerpo más frío que la muerte, excepto la espalda, que tocaba el asfalto caliente, y el antebrazo, que estaba enterrado hasta la muñeca entre las tetas más exquisitas que había visto en su vida. Recordaba que su mano sobresalía entre las susodichas tetas y que una despampanante peliazul se la aferraba y se inclinaba preocupada sobre él. Y desde luego se acordaba de que la peliazul le había soltado la mano como si fuera un infecto saco de basura cuando él le preguntó si se conocían.

El trayecto en coche hasta la clínica era un borrón, así como el posterior examen médico. Tenía la impresión de que luego habían vuelto a viajar en coche, pero no recordaba ningún detalle. Sabía que la peliazul le iba despertando de vez en cuando, y que ya era muy tarde cuando por fin le dejó dormir en paz. Por la mañana, al despertarse, se dio cuenta de que había recuperado casi toda la memoria y que se encontraba en brazos de Maron. Pero cuando le ofreció una sonrisa somnolienta y la saludó con su perezoso: «¿Qué hay, princesa?», ella saltó de la cama como un gato escaldado. Y desde entonces ni Maron había abierto la boca ni su furia remitía, a pesar de que había sido a él a quien habían partido la cabeza por razones que ni siquiera recordaba. A saber.

—Toma. —Unos dedos de uñas escarlatas aparecieron de pronto debajo de sus narices—. Tómate eso.

Raditz tendió la mano y le cayeron en ella tres aspirinas.

—Voy a traerte un vaso de agua —dijo ella en un tono frío, y salió de la habitación.

Maron dejó que corriera el agua mientras, apoyada en el lavabo, miraba ciegamente su imagen en el espejo e intentaba recuperar la compostura. Raditz tenía razón. Tenía que darle un poco de cuartel. Pero, joder, era muy, muy difícil cuando sus emociones corrían enloquecidas desde hacía veintitantas horas. Jamás en su vida se había sentido tan aterrorizada por alguien. En muchas ocasiones había tenido miedo por ella o de alguna situación en la que andaba metida, pero jamás había experimentado el terror de temer por la vida de otra persona. El día anterior Raditz recobró el sentido justo en el momento en que Maron comprendió que sus sentimientos hacia él eran serios. Lo último que esperaba tras darse cuenta de que por primera vez en su vida estaba enamorada, era que él ni siquiera sabía quién demonios era ella. Le había llevado a una clínica, y eso supuso otra pesadilla.

El médico y la enfermera tardaron lo que le pareció una eternidad en estabilizar la temperatura de su cuerpo. Solo entonces le dieron el alta, con una lista de instrucciones más larga que su brazo. Maron jamás se había enfrentado a ese tipo de responsabilidad para consigo misma, y mucho menos para con otra persona. Había pasado la noche aterrorizada, convencida de que metería la pata de alguna manera y haría que Raditz se hundiera en un coma irreversible. Luego, cuando él despertó por la mañana como si no hubiera pasado nada, el miedo se había transformado en ira.

Maron se sentía como si se estuviera desintegrando. Pero por mucho que le apeteciese seguir enfadada, lo cierto es que Raditz no tenía la culpa de nada. Todavía se le veía un feo chichón en la nuca, cuyas dimensiones apenas se habían reducido durante la noche. Mierda. Maron no tenía más remedio que superar aquello. Aunque no le gustara nada. Llenó el vaso de agua y cerró el grifo. Una vez en la habitación, se sentó a un lado de la cama.

—¿Qué recuerdas de ayer? —preguntó.

Raditz frunció el ceño.

—Esta mañana, en cuanto me desperté, supe quién eras. Pero, por lo demás, solo tengo algunos flashes, y es como si los viera a través de una cortina.

—¿Puedes explicarme lo que recuerdas?

Raditz se concentró.

—Muy bien. Recuerdo que entré en el bar para quedar con tu her… —De pronto alzó la mirada con expresión horrorizada—. Ay, mierda, cariño. Tu hermana. No puedo creerme que me haya olvidado. Dejé que se la llevaran, ¿verdad? —De pronto se incorporó sobre un codo y su cara perdió todo el color—. ¡El Cadenas! Le estaba haciendo a Bulma los signos que tú me enseñaste cuando de pronto apareció el Cadenas. —Raditz lanzó una maldición y se frotó la cabeza—. ¡El muy hijo de puta! Él fue quien me golpeó. No se llevaría también a tu hermana, ¿verdad?

Maron se abrazó.

—No lo sé. Mientras te buscaba por Arabesque, no vi ningún revuelo porque hubiera desaparecido una mujer. Pero en cuanto a lo que haya podido pasar desde entonces… —Maron se encogió de hombros. Luego añadió con estudiada indiferencia—: Supongo que Zarbon pensaría que era yo, ¿no? — Deseaba desesperadamente que Raditz se lo negara.
Pero sus deseos no se vieron cumplidos.

—Sí. —Era evidente que los sucesos comenzaban a cobrar claridad en la mente de Raditz—. No tenía razones para pensar lo contrario. Y está aquí siguiendo órdenes de Freezer.

Maron gimió. Menudo lío había armado. Pero cuando Raditz intentó sentarse en la cama, le puso las manos en el pecho para impedírselo.

—¿Adonde crees que vas?

—A traerte a tu hermana.

—¡Por Kami, no seas gilipollas! —«Muy bien, Maron, hiérele en su vanidad. Seguro que así se vuelve más sensato.»—. Quiero decir… que es todo un detalle por tu parte, pero no estás en condiciones… —«No, no, no, no, ¡NO! Pero ¿qué te pasa? ¡Manejabas mejor a los hombres cuando tenías doce años!»—. Eh… Lo que quiero decir es que el médico ha dicho que tienes que descansar un par de días. Dijo que era absolutamente… ¿Cómo dijo él? Ah, sí: imperativo.

Raditz rodó hacia el otro lado de la cama, apartándose de ella.

—¿Imperativo? Y una mierda. Y al médico que le den por culo.

Maron había pasado una noche espantosa. Se sentía cada vez más rabiosa, así que de un golpe volvió a dejarlo tumbado en la cama. El hecho de que pudiera tumbarlo con tanta facilidad mostraba la debilidad extrema de Raditz.

—¿Que le den por culo? ¿Que le den por culo? —Maron montó a horcajadas sobre él y le miró furiosa—. ¿Eso lo dices también por mí? —Le plantó las manos en los hombros y apoyó sobre él todo su peso para inmovilizarlo—. ¿Tienes alguna idea del miedo que he pasado, Raditz? Estábamos a más de cuarenta grados en ese maldito coche, ¡y tú ibas completamente envuelto en una manta, y estabas helado! El médico dijo que era aconsejable que te llevase hasta un pueblo que estaba a más de doscientos kilómetros, por si necesitabas cuidados intensivos, así que volví a meterte de nuevo en el coche y me puse a conducir como una loca hasta ese sitio dejado de la mano de Kamisama. Pero el médico también me dijo que no debías dormir más de media hora seguida, así que tenía que despertarte continuamente para observar la reacción de tus pupilas, y tú ponías tu sonrisita encantadora y me preguntabas quién era. Ah, y me comentabas lo mucho que te gustaban mis… mis tetas.

Seguía agarrándole por los hombros, y le dio una sacudida que habría sido violenta de no haber estado Raditz inmovilizado contra la cama por su peso. Maron miraba fijamente sus bonitos ojos negros.

—Pues voy a decirte una cosa, amigo: estoy hasta las narices, y no pienso aguantarte ni una más. No tengo ni idea de cómo cuidarme yo, pero de alguna manera he logrado cuidar de ti, y no voy a permitir que ahora te pongas a zascandilear por ahí como si fueras un super-héroe y eches por tierra todos mis esfuerzos. Mientras me quede un poco de aliento, no voy a permitirlo, así que más te vale asimilarlo, tío. Y a la mierda con tu vanidad ma… masculina.

Maron no se dio cuenta de que estaba llorando hasta que él le enjugó las lágrimas de las mejillas. Luego le tocó los codos para que los doblara y la estrechó contra él envolviéndola entre sus brazos.

—Chist. —Le hizo apoyar la cabeza contra su cuello y la mantuvo allí poniéndole el mentón en el pelo. Maron le rodeó el cuello con los brazos mientras él la acariciaba allí donde le alcanzaban las manos—. Chist. . No pasa nada, princesa. Lo has hecho muy bien. Y yo haré lo que tú me digas.

—He pasado mucho miedo, Raditz.

—Ya lo sé, cariño, ya lo sé. —Raditz bajó la barbilla—. Pero lo hiciste muy bien. Hiciste lo que había que hacer. Como habría hecho tu hermana.

Maron alzó la cabeza para mirarle. —La he cagado del todo. Tengo que encontrar a Bul y sacarla de este lío.

—¿Has llamado a Scott?

—No. ¡No! Se me había olvidado. —Maron se zafó de sus brazos—. Voy a llamarle ahora mismo. Quince minutos más tarde Maron colgaba el teléfono. —Los sacaron de otro autobús, pero esta vez Scott no cree que haya sido ninguna maniobra de Bul. En el ordenador de la compañía Greyhound hay una nota para hacerse cargo de la cuenta del motel, y no solo les darán otros billetes, sino que el siguiente autobús hará una parada especial para recogerlos. Llegará a Laramie esta tarde a las cinco.

Maron comenzó a meter en la maleta las pocas cosas que no había guardado ya. Raditz se incorporó sobre un codo.

—¿Qué estás haciendo?

—Voy a buscar ese autobús.

—¿Y para eso necesitas la maleta? —A Raditz no le gustaba nada el vértigo que empezaba a sentir en el estómago. Maron se detuvo para mirarle.

—Si no puedo arrebatársela al cazarrecompensas, tendré que entregarme.

—¡No!

—¿Qué otra cosa puedo hacer, Raditz? ¿Dejar que maten a Bulma en mi lugar?

—¡Sí! No. No lo sé. Pero ya se nos ocurrirá algo.

—Pues como no se nos ocurra en un par de horas no me quedará otra opción. Tengo que salir con tiempo para llegar a Laramie.

—¿Dónde coño estamos ahora?

—En Cheyenne.

Raditz se frotó la cara.

—Tiene que haber otra solución.

—Desde luego estoy abierta a cualquier sugerencia. Tengo la mente en blanco. Lo único que sé es que no tengo más remedio que hacer esto. Y me da terror. —Maron se pasó los dedos por el pelo y exhaló. Luego le miró a los ojos e intentó explicarse—: Toda mi vida he dejado que Bulmis se encargue de todo. Yo lo aceptaba sin más, como algo natural. Pues bien, anoche supe por primera vez cómo debía de sentirse. Y he tenido horas y horas para pensar en lo joven que era para cargar con tanta responsabilidad. Ningún niño debería tener esa responsabilidad, pero ninguno de nosotros, tanto mis padres como yo, tuvimos reparo alguno en echarle encima todos nuestros problemas para que los solucionara.

Raditz hizo un esfuerzo por incorporarse y se sentó a un lado de la cama.

—Ojalá me dejara de doler la cabeza —masculló—. No puedo ni pensar. —Se frotó las sienes y luego la miró—. Había pensado que podíamos irnos tú y yo a Las Vegas y comenzar de nuevo. Allí hay muchas oportunidades para gente como nosotros. Muchos locales y espectáculos para alguien con tu talento. Y qué demonios, seguro que yo podría conseguir ser el encargado de algún importante casino.

Maron se lo quedó mirando, desgarrada. Siempre había pensado que Raditz no era más que un tipo para pasar un buen rato. Pero ahora le estaba ofreciendo mucho más de lo que nunca había esperado de él. Y deseaba con toda su alma aferrarse a ello. Pero aun así…

—No puedo dejar que hagan daño a Bulma por mi culpa, Raditz. Ya he pisado la línea entre el bien y el mal demasiadas veces. No creo que fuera capaz de vivir con esto.
Raditz no conocía a Bulma, de manera que sí tenía que elegir, prefería mil veces que cayera ella antes que Maron. Discutió hasta quedarse ronco, pero no hubo forma de que Maron cambiara de opinión. Así que no tuvo más remedio que quedarse de brazos cruzados mientras ella salía de la habitación con sus tacones de diez centímetros varias horas más tarde. Lo último que Raditz vio antes de que se cerrara la puerta fue el contoneo de sus redondeadas caderas embutidas en licra, el sol llameando en su pelo y la maleta rebotando en el marco para golpear su bien formada pantorrilla.

Maron dio un tirón impaciente, y la puerta se cerró. Raditz se dejó caer de nuevo en la cama con una maldición. No le gustaba nada aquel impulso de hacer algo noble y estúpido, pero de todas formas la idea seguía rondándole la cabeza. Tenía la espantosa sensación de que seguiría ese impulso si tuviera un poco más de fuerzas. Porque todavía le gustaba menos el burbujeo que notaba en las tripas al preguntarse cuándo volvería a verla. Pero resultó que fue antes de lo que pensaba. A las siete menos veinte, esa misma tarde, Maron irrumpió de nuevo en la habitación. Dejó caer la maleta en la puerta y tiró el bolso sobre la cama. Raditz se incorporó de un brinco, con una enorme sonrisa.

—¡Has vuelto! —Tendió las manos hacia ella, para estrecharla entre sus brazos—. Joder, cómo me alegro de verte. —No podía apartar las manos de ella—. ¿Te acuerdas de la regla esa de que nada de sexo hasta que recuperemos a Bulma? Pues bien, princesa, en cuanto recupere algo de fuerza, se acabó la regla. De pronto se dio cuenta de que Maron no parecía tan entusiasmada como él, de manera que bajó la cabeza para mirarla. —¿Qué ha pasado? —preguntó poniéndose tenso—. ¡Ay, mierda! ¡No habrá aparecido el Cadenas!

—No. Por lo menos eso espero. —Maron se acurrucó entre sus brazos —. Bul no estaba, Raditz. El autobús llegó, pero ni Bulmis ni el cazarrecompensas iban en él.

—¿Y por qué tengo la sensación de que eso no significa que podamos largarnos a Las Vegas? —El conductor dijo que paró para recogerlos, tal como le habían indicado, pero que al ver que no había nadie esperando en el bar, se marchó.

—¿Y?

Maron alzó la cabeza para mirarle a los ojos.

—Estoy preocupada, Raditz. ¿Dónde demonios se habrán metido?


Gracias por los comentarios, que alegria que les haya gustado ;3
Y el prox. veremos que paso con Vegeta y Bulma