ADAPTACIÓN ESTA HISTORIA NO ME PERTENECE (MUNDO ALTERNO)

TITULO: A LA FUGA

TITULO ORIGINAL: MUJER A LA FUGA

AUTORA ORIGINAL HISTORIA: LISA MARIE RICE

AUTOR ORIGINAL PERSONAJES: KISHIMOTO-SENSEI

PROTAGONISTAS: Itachi Uchiha y Sakura Haruno

SIN FINES DE LUCRO.

solo juego con los personajes e historia para que pasen un buen rato

GRACIAS.

Capítulo 19

—Ey, Inuzuka, feliz Navidad. —La voz del joven ayudante resonó en la oficina vacía del Departamento de Justicia.

—Es Acción de Gracias, animal —respondió gruñendo Kiba Inuzuka mientras le daba un mordisco a su sándwich de pavo.

Eran las nueve de la noche y estaba haciendo horas extra.

Otra vez.

En un día festivo.

—Da igual —respondió alegremente, inclinándose para dejarle un paquete sobre la mesa—. Es tiempo de felicidad.

Inuzuka recogió el paquete marcado con el sello de URGENTE y lo abrió, despidiendo al ayudante con un gesto de la mano. Era una cinta de audio. David suspiró y sacó la hoja que venía la cinta; estaba cansado y sin fuerzas. A lo mejor Aaron le había contagiado la gripe; Aaron llevaba dos días en casa, enfermo, y a Inuzuka se le empezaba a acumular el trabajo.

Leyó el mensaje del FBI sin concentrarse del todo en lo que decía. Habían estado pinchando el teléfono privado de S.T. Akers por un caso de drogas que no tenía nada que ver con el caso de Akatsuki, pero el agente encargado le había enviado la cinta considerando que podría resultarle interesante.

Inuzuka metió la cinta en el radio cassete, picado por la curiosidad. Llevaba demasiado tiempo haciendo horas extra y, por primera vez, la idea de pasar el día de Acción de Gracias con su familia política le atraía más que estar allí. Se estremeció. Ni de broma; estaba cansado, eso era todo. Inuzuka volvió a desear que Aaron no se hubiera puesto malo.

Pulsó el botón de play. El sonido llegaba un poco mal y le costó unos minutos darse cuenta de qué decían y quién lo decía. En cuanto lo hizo, se le pusieron los pelos de punta. Paró la cinta y la rebobinó. Tamborileó unos segundos sobre la mesa, sin atreverse a volver a pulsar el botón de play; sabía que, después de eso, no volvería a trabajar igual.

Lo pulsó.

Se oyó el ruido de un teléfono y después una voz impaciente.

—¿Sí? Akers al habla.

—¿Señor Akers?

—Sí, soy yo. ¿Quién es?

—Un amigo, señor Akers. O, más bien dicho, un amigo de Pain Akatsuki.

— Le escucho.

—Sé dónde está Sakura Haruno...

—Espere un segundo. Sabe que no puedo escuchar ese tipo de información. Iría totalmente en contra de la ley.

—Bueno, y cómo…

—Pero imaginemos una situación hipotética. Imaginemos que cuelgo el teléfono ahora y conecto el contestador. Cuando deje su mensaje, yo estaré fuera de la habitación, así que no sabré qué ha dicho. E imaginemos... hipotéticamente, claro, que cuando visite a mi cliente en la cárcel me llevara la cinta. Sigamos imaginando que tuviera que mostrarle otra parte de la cinta a mi cliente. No sabré qué dice el mensaje hasta haberle dado play y, para entonces, será demasiado tarde. ¿Me entiende?

—Claro.

—Pues en cuanto cuelgue, saldré de mi oficina y estaré fuera un cuarto de hora, ¿con eso le vale?

—Sí, no es más que una dirección. Pero quiero dinero. Quiero la mitad de la recompensa. Quiero un millón de dólares...

—No sé de qué está hablando. Pero si tiene cualquier petición, dígasela a la cinta.

Se oyó el clic del teléfono al colgar y Inuzuka apagó el radio cassette. No quería seguir escuchando. Se sentó con la cabeza entre las manos y dejó que la tristeza le embargara. Tenía que hacer un millón de cosas y andaba escaso de tiempo, pero necesitaba un minuto para pensar en silencio.

El hombre que había vendido la información acerca del paradero de Sakura Haruno iba a ser perseguido por la ley. Perdería su trabajo, su pensión, sus amigos y su libertad. Atentar contra la seguridad en beneficio propio conllevaba penas de hasta 25 años de cárcel.

El hombre ya había perdido a su familia. Kiba Inuzuka acababa de oír a un hombre suicidándose. Pero no se trataba de un hombre cualquiera... si no de su mejor amigo desde hacía veinte años. El hombre que había traicionado a Sakura Haruno era Aaron Barclay.

—¡Feliz día de Acción de Gracias, Uchiha, Rin! —dijo Ino alegremente.

Era por la tarde y los primeros copos de nieve empezaban a caer.

Itachi le puso una mano en la espalda a Sakura y atravesó el umbral del Out to Lunch, muerto de miedo. Aquello no le gustaba nada.

—Venga —les dijo Ino, tomando de la mano a Sakura—. Tienes que ver cómo hemos decorado los platos, te va a encantar. Y Maisie ha hecho un pan de jerez que te mueres.

«Dios, espero que no», pensó Itachi con amargura, soltando la mano de Sakura. No quería que se alejara demasiado, aunque fuera para seguir a Ino a la cocina. Le hizo una seña a Naruto, quien se levantó y siguió a las dos mujeres. Rin se quedó donde estaba, junto a la ventana, mirando fijamente el local y la calle. Ambos eran buenos hombres.

Itachi miró a su alrededor. Por primera vez aquel día, dio gracias a que el tiempo fuera tan malo. Muy pocos que no conociera habían conseguido llegar a la cena de Acción de Gracias. Un Glenn de lo más orgulloso estaba sentado con Sai a una mesa que había cerca de la cocina. En otra mesa, los Roger, los Lee y los Munro, tres familias de Simpson, estaban como en una fiesta; y había otras dos parejas de Rupert que conocía, aunque no recordaba sus nombres.

Además, una pareja mayor a la que no conocía se deleitaba con una selección de los mejores postres de Maisie; pero ambos rondaban los setenta y Itachi resistió la tentación de acercarse y pedirles su identificación. Observó a un tipo al que no había visto nunca. Parecía un vendedor ambulante; se lo quedó mirando fijamente hasta que, un par de minutos después, el tipo apartó la vista para encontrarse con la mirada hostil de Sandy. El hombre tamborileó un par de minutos sobre la silla, dejó el tenedor en el plato y se levantó, rebuscando dinero en los bolsillos. Al poco, la pareja de ancianos se fue también.

Itachi vio a la joven rubia con la que había estado hablando Sakura cuando fue a buscarla y la sacó a rastras de la reunión de Mujeres de Rupert. Se preguntó si debería acercarse a la joven a pedir disculpas por su comportamiento del otro día, pero al final decidió que no era necesario. A la mierda los modales.

Itachi se giró con los ojos entrecerrados hacia el alboroto que había en la puerta. Ya se había llevado la mano a la pistola para cuando se dio cuenta de que sólo era la voz de Roy Munro felicitando a Maisie y a Ino. Respiró hondo para tranquilizarse. Lo había calculado a propósito para llegar justo para cuando los últimos clientes se estuvieran marchando.

Estaba casi seguro de que no habría clientes para cenar; llevaban todo el día anunciando una tormenta fuerte, y sólo un loco se aventuraría a salir a la carretera en una tierra tan aislada como aquella por la noche y con tormenta.

Itachi se sentó a la mesa que Ino les había reservado y esperó con resignación a que Sakura saliera de la cocina. Por enésima vez aquel día, Itachi se arrepintió de haber aceptado que Sakura viniera a celebrar el día de Acción de Gracias allí, y rogó por que acabara pronto. Era la última vez que le permitiría ir a un lugar público antes del juicio, fuera cuando fuera.

Luego, Itachi se dio cuenta de que la Navidad estaba al caer y gruñó para sus adentros. No habría forma de evitar que Sakura celebrara la Navidad con sus amigos; era del tipo de mujeres que consideraban un sacrilegio no celebrar la Navidad en condiciones. A él le importaba una mierda; las dos Navidades anteriores habían sido días normales de trabajo, como todos los días.

Los caballos no celebraban los domingos, los días festivos, las Navidades, o el día de Acción de Gracias. Había que alimentarlos y darles de beber, sacarlos a hacer ejercicio todos los días, sin excepción. De hecho, empezaba a costarle hacer todo.

Itachi no sabría cuánto más podría aguantar aquella situación; si pudiera convencerla para que se quedara con él... torció de pronto la boca en una sonrisa; la primera desde hacía una semana. Claro, eso solucionaría todos sus problemas. Si pudiera convencer a Sakura de que se quedara en el rancho con él, todo sería mucho más fácil. Se permitió soñar despierto un rato.

A lo mejor podría convencerla para que decorara un poco la casa, como había hecho con Ino y Beth. Que la hiciera más agradable. Tal vez pudiera convencerla para que se quedara. A lo mejor, si jugaba bien sus cartas, podría convencerla para que se quedara permanentemente...

—No sabes lo que me gusta verte sonreír —dijo Sakura, deslizándose en el asiento que había junto a él—. Empezaba a pensar que se te había quedado el ceño fruncido para siempre.

Ino puso dos enormes platos delante de ellos.

—Un poco de todo —le dijo a Itachi—. A comer. —Itachi fue incapaz de reconocer la mayor parte de lo que había en el plato.

El día de Acción de Gracias significaba pavo, salsa de arándanos y pastel de calabaza. Punto. Pero Sakura parecía saber qué era todo aquello.

—Mmm —suspiró, cerrando los ojos y saboreándolo todo—. Soufflé de patata dulce; pudding de maíz; pavo con salsa de frambuesa... Maisie se ha superado.

Ino rió feliz.

—Sí, es genial, ¿verdad? Prueba la salsa de frambuesa. El editor de The Rupert Pioneer ha estado aquí y le ha gustado tanto que va a escribir un artículo. —Ino miró a su alrededor—. Aunque menos mal que no todo el mundo ha conseguido venir; aún no tenemos todos los problemas solucionados. Hemos encargado demasiados pavos, pero pocas verduras; además, estamos quedándonos sin café y tartas. Aun así —dijo, encogiéndose de hombros—, en Navidad todo irá sobre ruedas ya. Para ser unos principiantes, no lo estamos haciendo tan mal.

Itachi se puso manos a la obra, aunque no tenía demasiado apetito. Empezó masticando despacio, y enseguida se animó. No, no lo estaban haciendo nada mal. Disfrutó de dos mordiscos antes de que su placer se viera interrumpido de golpe. Sonó su teléfono móvil y, al ver quién era, se quedó helado.

Era el número de Inuzuka.

No podía ser nada bueno.

Sakura observó a Itachi comer, divertida. Estaba claro que le gustaba la comida, y que no había probado algo tan rico demasiadas veces en su vida. La consideraba una cocinera excelente cuando era verdad que no era mala, aunque nada en comparación con Maisie. Probó un poco de la comida de Maisie y trató de no cerrar los ojos de placer.

Había hecho bien en venir.

Lo necesitaba.

Sabía que Itachi prefería estar con ella, y él también lo necesitaba. Un tiempo de descanso.

Itachi necesitaba bajar la guardia un poco; necesitaba relajarse un poco. Aunque no le había dicho nada, sabía que estaba dejando su trabajo de lado. Se estaba volviendo del revés tratando de mantener el rancho y cuidar de ella.

A lo mejor debería ofrecerse a quedarse en el rancho con él. Esa idea le habría espantado hacía unos días, pero ahora tenía cierto atractivo. Podría probarse y decorar la casa de la familia Adams de Itachi, divertirse merodeando por su cocina de kilómetro y medio, observar cómo ejercitaban esos caballos maravillosos.

Pero, sobre todo, podría estar con Itachi. Podrían disfrutar de las tardes hechos un ovillo delante de la chimenea. Esa casa tenía tantas chimeneas que podían probar a hacer el amor delante de todas ellas. Sakura se metió otro bocado en la boca, fantaseando con las chimeneas y con Itachi, y se quedó petrificada.

—¿Qué sucede? —preguntó. Itachi dejó el tenedor y sacó el móvil del bolsillo.

Al hacerlo, se le levantó la chaqueta y Sakura vio el arma que llevaba oculta. Abrió el teléfono y frunció el ceño al ver quién era.

—Uchiha.

Escuchó, apretando el móvil con fuerza. Sakura vio que se le cambiaba la cara a medida que escuchaba a su interlocutor.

—Uchiha —dijo suavemente. Giró la cabeza hacia ella, pero sin verla. Oía el sonido de la voz de alguien al otro lado de la línea, pero no conseguía descifrar lo que decía. Itachi cambió el teléfono de mano y sacó una pistola con la derecha.

—¿Uchiha? —preguntó asustada.

Colgó el teléfono y tensó el rostro.

—Sandy —dijo en voz baja.

—Sí.

—Mac.

—Aquí.

—Naruto.

—Sí.

—Llamad a Kakashi.

—Enseguida, jefe. —Sandy desapareció en la oscuridad.

Naruto y Mac miraron a Itachi y se acercaron.

—Naruto. —Itachi no levantó la vista—. Saca la Springfield y el 38 de la camioneta. Asegúrate de tener munición suficiente.

—Uchiha —Sakura tiró de la manga de la chaqueta de Itachi. Le temblaba la mano—. Dime qué pasa, por el amor de Dios. ¿Qué ha ocurrido? ¿Quién te llamaba?

Itachi se volvió hacia ella.

—Era Kiba Inuzuka —le dijo con voz fría—. Akatsuki descubrió dónde estabas hace veinticuatro horas. Lo más seguro es que sus hombres ya estén aquí.

Todo pareció suceder de golpe.

Kakashi entró corriendo, sacudiendo la nieve del chaquetón y trayendo un auténtico arsenal.

Naruto y Mac salieron unos segundos y volvieron con varias armas más. Los dos parecían serios. Todo estaba sucediendo muy rápido. Sakura alargó la mano para tocar a Itachi, pero éste ya había atravesado la mitad de la sala y hablaba con Glenn.

Sakura le observó unos momentos como si fuera un extraño. Los hombres le habían rodeado en círculo y estaba dirigiéndose a ellos en voz baja.

—¿Rin? —La voz asustada de Karin Ferguson hizo que se girara en redondo— . Rin, ¿qué sucede? ¿A qué viene tanto alboroto? —Karin se había puesto pálida y temblaba.

—Es una historia muy larga, Karin, y nada agradable. Siento mucho que te haya pillado en medio. —Por encima del hombro de Karin, Sakura vio a Maisie salir de la cocina secándose las manos en el delantal. Se acercó inmediatamente a Glenn.

—¿Rin? —Ino había salido de la cocina detrás de Maisie—. ¿Qué pasa?

Sakura se volvió hacia Ino.

Alargó la mano y le palmeó el hombro para tranquilizarla, aunque ella misma no estaba nada tranquila.

—No pasa nada, cariño.

—Sí que pasa —dijo la voz ronca de Itachi tras ella—. Ino, vienen uno tipos a Simpson. Son asesinos a sueldo y vienen en busca de... —Vaciló un segundo.

—Sakura. —Respiró hondo. ¿Qué sentido tenía seguir guardando el secreto?—. Ino, mi verdadero nombre no es Rin Nohara, sino Sakura Haruno. Y esos hombres vienen a por mí.

—¿Están ya de camino? —preguntó Ino con tranquilidad—. Bueno, pues no van a atraparte. Puedes estar segura de eso. —Ino miró a Itachi—: ¿Qué quieres que hagamos, Uchiha?

Itachi miró a su alrededor, fijándose en todos los detalles.

Estaba tenso, pero la voz sonaba tranquila, como la de Ino.

«Supongo que en el oeste no existe el pánico», pensó Sakura.

—De acuerdo —dijo Itachi—. Quiero que cerréis todas las puertas y que apaguéis las luces. Que todo el mundo se ponga en el centro, lejos de las ventanas. Y quitad todo lo que pueda romperse, cualquier cosa de cristal o de cerámica; lo último que queremos es que alguien se corte. Dejaré a Naruto, Sandy y Mac aquí...

—Y a mí. —Glenn se puso en pie—. Sé manejar un arma, Uchiha, lo sabes muy bien. Puedes contar conmigo. Estamos juntos en esto.

Sí —dijo Loren.

Itachi asintió con la cabeza.

—De acuerdo. Que Kakashi os dé un arma. Poneos en la puerta de atrás, Naruto se quedará en la de delante. Sandy y Mac cubrirán las ventanas. Confío en que no haya problemas aquí, supongo que irán a buscar a Sakura a su casa, aunque nunca se sabe.

Sakura les observó mientras Kakashi les daba armas y Glenn, Naruto, Sandy y Mac ocuparon sus posiciones. Itachi metió unos cuantos objetos que no reconoció en la bolsa de cuero y después, por extraño que parezca, metió dos toallas que había sacado de la cocina. Miró a su alrededor con un nudo en la garganta.

Las mujeres estaban ocupadas retirando los platos y moviendo las mesas; mientras los hombres comprobaban sus armas. Nadie le dijo nada. Era su problema; todo el mundo podría haber decidido salir de allí y que se ocupara ella sólita; Itachi se habría quedado con ella, después de todo, era su chica. Y Kakashi era la ley.

Pero Glenn, Loren, Naruto, Sandy, Mac, Beth, Ino, Maisie... no era su problema, sino el de ella. Las lágrimas se le agolparon en los ojos. La gente de Simpson estaba arriesgando su vida por ella, sin decir una palabra. Sakura sintió que la tocaban y se volvió para encontrarse con el abrazo de Itachi.

—Itachi —susurró—. Ten cuidado.

—Sí. —Itachi la apartó un poco para mirarla a los ojos—. Estaremos bien. ¿Y tú?

Sakura hizo lo que pudo por sonreír para tranquilizarle.

—Sí, estaré bien —dijo, antes de que se le quebrara la voz.

—Saca tu pistola.

—Ah. —Sakura se había olvidado por completo de ella.

Sacó la pistola, preguntándose si sería capaz de utilizarla.

—Recuerdas lo que te dije acerca del gatillo, ¿verdad?

—Sí, Uchiha. —Sakura parpadeó para no llorar.

—Fija el blanco en un punto pequeño e inclina el cuerpo hacia delante. Empuja, no pegues un apretón. ¿Tienes munición de sobra?

Sakura apretó el bolsillo y asintió.

Itachi le dio un beso rápido y apasionado y, para cuando la primera lágrima rodó por su mejilla, ya estaba saliendo por la puerta con Kakashi.

—¿Papá? —La voz de Sai se quebró a mitad de palabra.

Kakashi se detuvo en el vano y miró atrás.

—Dime, hijo.

—Yo también necesito un arma.

Sakura vio las emociones que reflejaban el rostro de Kakashi: sorpresa, miedo, orgullo. Ganó el orgullo. Kakashi se acercó a la mesa auxiliar donde Naruto había atrincherado las armas y escogió un rifle. Lo agarró con fuerza y se lo tendió a su hijo. Sakura no pudo soportarlo. Una cosa era que Kakashi, Itachi y sus hombres le defendieran y otra muy distinta era que Sai lo hiciera.

No era más que un crío.

—No, Kakashi —le rogó—. Es mi guerra, y no podría soportar que dispararan a un chiquillo porque...

Kakashi la calló con una mirada.

—Eres uno de los nuestros, Sakura. Sai aprendió a disparar a los seis años; yo mismo le he enseñado. Supongo que hasta ahora no me había dado cuenta, pero ya no es un niño. —Con gesto solemne, Kakashi le entregó el arma a Sai quien lo recogió con la misma solemnidad—. Protege a las mujeres, hijo.

—Lo haré, papá.

Kakashi asintió y siguió a Itachi fuera.

En cuanto salieron, una sonrisa apareció en el rostro de Sai.

—¡Joder! —gritó feliz, tomando posiciones junto a la ventana principal. Con una mano sostenía el arma junto a la oreja, como en la tele, mientras con la otra golpeaba el aire—. ¡Menuda pasada!

La nieve caía con fuerza y la capa que cubría el suelo medía ya unos centímetros, escondiendo el sonido de las pisadas. La nieve podía ser un adversario mortal, y Itachi sabía que tenía que ponerla de su parte, y no en su contra. La temperatura había caído en picado.

Itachi se agachó y fue pasando en silencio de puerta a puerta a lo largo de Main Street, seguido de cerca por Kakashi. La mente de Itachi iba a toda velocidad. El tiempo. El tiempo era crucial. Inuzuka se había mostrado claramente culpable de que uno de sus hombres hubiera traicionado a Sakura, y había trabajado duro para darle a Itachi toda la información que pudiera. S. T.

Akers había ido a ver a Akatsuki fuera del horario de visita, alegando una urgencia médica. A los prisioneros no se les permitía llamar hasta las siete de la mañana, cuando se grabó una conversación entre Akatsuki y uno de sus matones.

Inuzuka había comprobado todos los vuelos. Incluso asumiendo que hubieran tenido a un equipo de asalto listo para salir enseguida, los asesinos no podrían haber llegado antes de las dos de la tarde a Boise. Todos los vuelos que salían de Logan se habían retrasado por la tormenta; además, había un trayecto de tres horas desde el aeropuerto de Boise a Simpson con buenas condiciones meteorológicas y teniendo en cuenta que se conociera el camino.

Alguien que no conociera el territorio, y en medio de una tormenta de nieve, tardaría unas cuatro horas. Itachi comprobó el reloj. Las cinco y media. Tenía una media hora para organizado todo. Itachi maldijo en alto cuando sonó el teléfono. Antes de que sonara por segunda vez, ya lo había abierto.

—Uchiha —dijo en voz baja, sin dejar de inspeccionar Main Street.

—Soy Inuzuka. Tenemos noticias.

Itachi cerró los ojos y rezó en silencio.

—Dime que la cacería ha concluido y que los perros vuelven a estar encerrados.

—Lo siento, ya me gustaría. ¿Qué está sucediendo allí?

—Tengo a Sakura a salvo en un lugar seguro, y el sheriff y yo nos dirigimos a su casa a organizar la bienvenida para los matones.

—Bien, pues buena suerte. Diles a los malos que, de todas formas, nunca habrían cobrado la recompensa. Una camioneta giró despacio por Main Street y Itachi se puso tenso hasta que la camioneta pasó de largo y reconoció a un hombre cuyo rancho lindaba con el suyo.

—¿Qué cojones significa eso? —preguntó.

—Akatsuki está muerto.

—¿Qué? —Itachi frunció el ceño. ¿Había oído bien? No podía permitirse haber escuchado mal. No, ahora que la vida de Sakura estaba en juego—. Repíteme eso.

—Akatsuki sufrió un ataque al corazón hacia las tres.—No pudo evitar ocultar su satisfacción—. Le declararon muerto hacia las tres y cuarto de la tarde. Acabo de enterarme.

—¿Podría estar simulándolo?

—No, a no ser que haya llegado a un pacto especial con Dios. Los restos de Akatsuki están esparcidos sobre una mesa de autopsias ahora mismo. El patólogo dice que bebía demasiado y que tenía el hígado destrozado. Así que... si atrapas a esos tipos, todo habrá acabado.

Colgó y trató de olvidarse de lo que Inuzuka acababa de contarle. Tenía que centrarse por completo en la misión que tenía entre manos.

—¿Quién era?

—Luego te digo. —Itachi señaló hacia la casa de Sakura y giró la muñeca.

«A la parte de atrás».

Kakashi asintió y se dirigieron en silencio hacia atrás.

Itachi entró con su llave. Se metieron en la casa y cerraron la puerta. Sacó una linterna del bolsillo y sacó una de las trampas de la bolsa de cuero. Sacó las toallas que había cogido de la cocina y le dio una a Kakashi.

—No podemos dejar ninguna huella. —Kakashi asintió y fue secando mientras Itachi ponía las trampas.

En cuarenta y cinco segundos, habían acabado.

Itachi gruñó de satisfacción y se dirigió de inmediato al dormitorio. Estaba metiendo la ropa de Sakura debajo de la manta, para que pareciera que estaba durmiendo, por si acaso alguien miraba por la ventana, cuando Kakashi le dio en el hombro.

Itachi asintió.

Él también lo había oído. Un coche bajaba por la calle. Itachi miró por la ventana. El coche no llevaba luces y se detuvo a unos cincuenta metros de allí. Descendieron dos tipos del coche y cerraron las puertas con cuidado. Era imposible distinguirles el rostro, pero por la forma en que se movían, Itachi supo que eran profesionales.

Itachi empujó a Kakashi en el armario y cerró la puerta. Eso debería protegerles en caso de que sucediera lo peor y hubiera onda expansiva. Itachi comprobó el reloj. Los tipos llegaban quince minutos antes de lo que habían estimado. Eran rápidos, y buenos.

Pero él era mejor.

Tres manzanas más allá, Sakura oyó la explosión. Los cristales de las ventanas del Out to Lunch se tambalearon un poco y después no se oyó nada más. Sakura miró a su alrededor y vio la expresión de terror de los demás; salvo Sandy, Mac y Naruto, que habían puesto gesto serio y no se habían movido de sus sitios.

—No —murmuró Sakura. Ino miraba al suelo; Maisie avanzó un poco para rodear los hombros de Sakura con el brazo, pero Sakura la apartó—. No —dijo más fuerte.

Nadie dijo nada.

Con dedos temblorosos, Sakura volvió a comprobar por enésima vez el cañón de su arma. De pronto, se dio cuenta de que si algo malo le hubiera sucedido a Itachi, sería capaz de utilizar su arma. Le quitó el seguro y salió por la puerta con tanta rapidez que los hombres de Itachi no se dieron cuenta.

—¡Ey! —oyó chillar a Naruto—. Itachi ha dicho que...

Pero, para entonces, ya había salido a la calle. No quería escuchar a Naruto decir lo que hubiera dicho Itachi; quería que Itachi se lo dijera directamente. Quería que fuera el propio Itachi, en cuerpo y alma, quien la regañara y se quejara de que no le hubiera hecho caso.

Quería que Itachi le gritara, le dijera que se había puesto en peligro y que no iba a tolerarlo.

Quería que Itachi... quería a Itachi.

Vivo.

Sakura corrió a su casa, limpiándose las lágrimas y la nieve con el dorso de la mano, resbalándose un poco, porque no llevaba el calzado apropiado para el mal tiempo.

La nieve le llegaba casi hasta los tobillos, aunque tampoco habría importado que le llegara hasta el cuello, porque no le habría impedido seguir avanzando. Sólo quería llegar hasta Itachi. Recorrió el último trozo que quedaba hasta su casa deslizándose y, al llegar, subió los escalones de un salto y abrió la puerta de par en par. Jadeando y con los ojos como pelotas, entró en el salón y le llevó unos minutos asimilar la escena. Había dos hombres esposados sentados en el suelo, con la espalda vuelta hacia la pared, y Kakashi les estaba leyendo sus derechos con voz monótona.

Itachi salió del cuarto de baño chupándose los nudillos y con el ceño profundamente fruncido. El corazón de Sakura le dio un vuelco y la voz se le quebró en la garganta. Temblando, volvió a poner el seguro a la Tomcat y la dejó sobre la mesita del salón.

—Uchiha... —Las palabras no salieron de su boca. Tuvo que probar de nuevo— : Uchiha. —Fue un susurro apenas perceptible, pero le oyó.

Se volvió, con el ceño aún fruncido, que frunció más cuando la vio.

—Qué dem... —empezó a decir—. Naruto, creí haberte dicho que la mantuvierais a salvo.

Naruto abrió la boca para contestar, pero estaba sin aliento. De todas formas, poco importó porque Sakura se lanzó a los brazos de Itachi con un grito de alegría.

—Oh, Dios, Itachi, cuando oí la explosión creí... creí...

—Lo sé. —Itachi la abrazó con fuerza—. Oye, creí haberte dicho que te quedaras dónde estabas.

Incapaz de hablar, Sakura se limitó a asentir con la cabeza.

—Te dije que te quedaras en el Out to Lunch, ¿verdad? Tampoco era pedir demasiado, ¿no? Deberías haberte quedado dónde estabas hasta que volviera a por ti.

Sakura asintió, sacudió la cabeza, volvió a asentir y se echó a reír.

—Yo también me alegro de verte.

Era maravilloso tenerle cerca, sentir su fuerza, su solidez, hasta el olor a mojado de su chaqueta.

Se puso tensa y se quedó mirando a los dos hombres que había contra la pared.

Se soltó de Itachi para acercarse a observarlos más de cerca.

—¿Qué les ha pasado en la cara? —preguntó.

—Se dieron contra una puerta —dijo Itachi.

—Se resistieron al arresto —dijo Kakashi.

Sakura estudió los magullados rostros del enemigo. Uno de ellos era rubio, y llevaba una larga y sucia cola de caballo; el otro era moreno, y tenía una cresta y tres pendientes. Pese a las diferencias superficiales, tenían la misma mirada.

La misma mirada que había visto en Akatsuki. El tipo de rostro que se le quedaría grabado para siempre en la memoria: frío, cruel, brutal. Supo con una certeza enfermiza que no habrían dudado en matarla. Y Akatsuki aún pensaba hacerlo. Se volvió hacia Itachi con cara de horror.

—Uchiha. —Apoyó una mano en la pared para no caerse—. Uchiha, Akatsuki ya sabe dónde estoy. Puede mandar a otros...

—Akatsuki no va a mandar a nadie más aquí —respondió Itachi—. Está muerto, cariño. Murió hace un par de horas. De un ataque al corazón. La pesadilla ha acabado.

Tardó un par de segundos en comprender lo que le decía. La pesadilla ha acabado. Repitió las palabras mentalmente una y otra vez. La pesadilla ha acabado. Apenas tenían sentido.

—Ah —dijo neciamente—. Ah, qué... qué bien.

Itachi la miró con el ceño fruncido.

—Siéntate, cariño. Siéntate, no te vayas a caer.

No quería sentarse, pero las rodillas le fallaron. Le estaba costando asimilar lo que Itachi acababa de decirle. La pesadilla ha acabado. Semanas y semanas de miedo agonizante, de soledad tan profunda que a veces pensaba que moriría sólo de eso. Semanas de aislamiento y exilio. De despertarse sudando y temblando de miedo. La pesadilla ha acabado. De su pecho salió un sollozo, y luego otro. Y otro.

—Oh, Dios —dijo entre lágrimas y sin poder respirar bien.

Itachi le tomó de las manos suavemente.

—Ya está. Ya no tengo que quedarme aquí. Puedo hacer lo que quiera, puedo volver a casa. Oh, Dios mío, puedo volver a casa. No veo el momento. Oh, Dios, no veo el momento. Quiero irme a casa ya. —Las lágrimas rodaban por sus mejillas como nunca antes y el corazón le latía desbocado en el pecho.

Sakura apenas se dio cuenta de que Itachi le había soltado. Se pasó las temblorosas manos por el pelo. Sólo podía pensar en una cosa: volver a casa. La pesadilla ha acabado. Miró a su alrededor y se concentró en Itachi, que se alejaba. Kakashi también se estaba alejando. Naruto le daba la espalda y estaba quieto, junto a la puerta.

De pronto, Sakura recordó lo que había dicho y le preocupó qué interpretaría Itachi. Pensaría que se refería a que quería irse a casa y no volver nunca más. Pero no se refería a eso... para nada. Lo que de verdad había querido decir era... era... no tenía ni idea de qué había querido decir. Sakura trató de poner sus ideas en orden, pero no funcionó. Sólo le provocó dolor.

Se dio cuenta de los progresos que había hecho en comprender a Itachi, de lo bien que se le daba ahora ver en su rostro lo que pensaba. Itachi estaba de pie, frente a ella, derecho, alto y ancho, y su rostro era impenetrable.

Kakashi estaba sacando a los dos prisioneros por la puerta.

Naruto ya se había marchado.

E Itachi tenía una mano en el vano de la puerta.

—No te molestarán nunca más. —Su voz era tan distante como su rostro—. Inuzuka dijo que te llamaría para hacer una deposición, pero no será en un futuro cercano. Te reservaré un billete de avión para mañana; uno de mis hombres te llevará al aeropuerto.

—No, yo... —Sakura alargó una mano.

No podía soportar ver esa mirada perdida en la cara de Itachi. Pero su cuerpo era una oleada de sentimientos que no podía controlar. Se mordió el labio y dejó caer la mano. Quería decirle un montón de cosas a Itachi, pero al parecer no iba a poder, porque antes de que le diera tiempo a levantarse, él ya se había marchado. Puede que fuera mejor así. No había forma humana de que pudiera explicarle nada a nadie, aquella noche no y en ese momento menos aún. Sakura se recostó en la butaca; esa espantosa butaca de muelles rotos.

Le sorprendió darse cuenta de que iba a echar de menos esa estúpida butaca. La que tenía en Boston estaba tapizada con una exquisita tela beige, pero esta espantosa butaca tenía... personalidad. Iba a echar de menos un montón de cosas. Volvía a casa.

Por primera vez, Sakura se permitió saborear la idea.

Casa.

Casa.

¿Pero qué tenía allí? ¿Cuál era su casa ahora? ¿Qué le esperaba? ¿Su trabajo? Pese a que consiguiera recuperar su trabajo, enseguida se hartaría de él. Pero si hasta había barajado la posibilidad de establecerse como autónoma. Vería a Dora y a Jean.

Aunque Sakura se dio cuenta de pronto de que, en todo el tiempo que llevaba en Simpson, nunca se había preguntado qué tal les iría. En la oficina, Jean, Dora y ella se había llevado bastante bien, leían los mismos libros y quedaban los sábados a tomar un café y charlar. Pero eso era todo. No era como allí, que estaba involucrada en las vidas diarias de sus amigos.

Quería saber qué tal le iba a Ino, si el Out to Lunch sería todo un éxito. Quería seguir probando las deliciosas recetas de Maisie. Quería ayudar a Beth a redecorar su tienda. Sai le había mencionado que había escrito ciento veinte páginas de ciencia ficción y quería leerlas.

No podía dejarles. Sakura se quedó mirando el húmedo hocico que había junto a ella. Federico, su gato siamés, habría encontrado ya otra familia a la que mandar. No como Akamaru, que la necesitaba. No podía dejarle. No podía dejar a Itachi. Ni en un millón de años.

La emoción y el alivio del momento le habían hecho reaccionar así, pero ahora empezaba a verlo todo mucho más claro. Quería que Itachi volviera... su Itachi, que le hacía sentir a salvo y excitada al mismo tiempo, que la regañaba y le arreglaba las cosas.

La marabunta de emociones empezaba a remitir, dejándola más tranquila y decidida. Había sido una tonta, pero no pasaba nada. Itachi la perdonaría. Tenía que hacerlo, de lo contrario... le derrotaría. Ya habían luchado una vez en broma, y él se había reído tanto que se las había apañado para hacerle caer al suelo.

Bueno, pues aunque él tuviera ese estúpido orgullo, ése no era su caso. Sakura se puso en pie, agradecida de que por fin las rodillas le respondieran. Levantó el teléfono y se lo quedó mirando. No daba señal. Lo sacudió, como si así fuera a conseguir que volviera la señal. El teléfono sonó y, sorprendida, dejó el auricular y lo miró fijamente.

Volvió a sonar y entonces se dio cuenta de que lo que sonaba era la puerta, y no el teléfono. Fuera quien fuera, tendría que marcharse porque ahora mismo no quería hablar con nadie que no fuera Itachi.

Sakura abrió la puerta y se encontró con Karin Ferguson.

—Hola —dijo, sonriendo tímidamente—. Me marcho. Vuelvo a casa, con papá. Supongo que, después de todo, tenía razón. Sólo quería despedirme. ¿Puedo pasar un minuto?

Decididamente, Karin no era Itachi. Sakura quería que se marchara, pero sus buenos modales ganaron. Se despediría de Karin y luego echaría a correr en busca de Itachi.

—Claro. —Sakura sonrió forzadamente y retrocedió para que pasara—. Entra.

—Menuda tarde más movidita —dijo Karin. Dejó la maleta en el suelo—. Estaba muerta de miedo.

—Sí. —Sakura se dirigió a la cocina, puso agua a hervir y volvió con dos tazas—. Por suerte, todo ha acabado.

—Bueno, ese es el problema, Sakura —dijo Karin con pesar—. Me temo que no ha terminado.

Karin Ferguson tenía un arma, y la estaba apuntando a ella.

Itachi se arrepintió de haber dejado a Sakura en cuanto salió del pueblo. La camioneta hizo un quiebro al pasar por un montículo de nieve y luchó por no perder el control. La nieve le llenaba el parabrisas de nieve, y los limpiaparabrisas apenas servían. Hasta el viento quería que volviera atrás.

El orgullo era algo curioso, pensó. Los hombres Uchiha llevaban cuatro generaciones ahogándose en su orgullo. Pero el orgullo no te hacía reír, ni te calentaba la cama por las noches. El orgullo era un compañero muy frío.

Había dicho que quería volver a casa. ¿Y qué? Claro que quería volver a casa. Cualquier querría. Se había adaptado tan bien a Simpson, que casi se había olvidado de que no era de allí, de que había dejado una vida propia atrás. Ni siquiera le había dado la oportunidad de decir nada. No le había dejado reaccionar. No, señor. Se había limitado a informarle con frialdad de que alguien la acompañaría al aeropuerto.

Itachi se la imaginaba acurrucada, tratando de asimilar los sobresaltos de aquel día. Podía verla en aquella ridícula butaca de muelles rotos. Aquella noche, de entre todas, no podía dejar a Sakura sola. Se merecía que le dieran una bofetada por el comportamiento que había tenido. Debería estar allí ahora, tranquilizándola, preparando algún tipo de comida para ella, y observándola mientras se la comía con serias dificultades.

La camioneta volvió a patinar y Itachi redujo la velocidad. De pronto, se dio cuenta de que no veía el momento de volver junto a ella. No quería que Sakura pasara un minuto más sintiéndose sola y abandonada. Condujo con una mano la camioneta mientras, con la otra, buscaba el móvil para decirle que volvía. Lo encendió y marcó el número, pero no le dio señal. Debía de haber marcado mal el número.

Itachi detuvo la camioneta y volvió a marcar, frunciendo el ceño. Volvió a intentarlo otras tres veces antes de apagar el teléfono.

«Eres un maldito gilipollas», se dijo.

Le habían herido el orgullo y había sido incapaz de pensar con cordura. Nadie le había dicho que Akatsuki hubiera mandado sólo a dos matones. Podrían haber dejado a un tercero sin problemas, como refuerzo, antes de llegar a la casa. Ahora mismo, podría haber un asesino en su casa. Había dejado a Sakura sola y sin forma de defenderse.

Itachi se aferró al volante con fuerza y apretó el acelerador, maldiciéndose por haber sido tan estúpido.

—Ehh, Karin. —Sakura se lamió los labios resecos—. Cuidado con esa... pistola. Puede estar cargada.

—Claro que está cargada, estúpida. —Karin abrió la maleta y sacó una cámara de vídeo que dejó sobre la mesita del salón—. Una de las balas lleva tu nombre escrito y te está esperando desde hace casi dos meses. —Miró a Sakura con ojo crítico—. Ponte junto a la pared, necesito un fondo blanco.

—Karin —susurró Sakura—. ¿Qué estás haciendo?

—¿Que qué hago? Ganarme dos millones de dólares, querida, ¿qué crees que estoy haciendo? —Movió la pistola—. Muévete.

Sakura arrastró los pies en la dirección que indicaba Karin, sin perderla de vista. Se puso junto a la mesita del salón, donde había dejado su Tomcat. Cuando se acercó, Karin alargó de pronto la mano.

—Ah-ah-ah... Sakura. —Karin recogió la Tomcat, abrió el cargador y lo vació—. Una Tomcat 32. Alguien muy listo te ha estado aconsejando, Sakura. Aunque no te va a servir de nada.

¿Cómo había llegado a pensar nunca que Karin era una chica joven? Esa mujer debía de ser un auténtico genio con el maquillaje. Ahora que la miraba bien, Sakura observó las arrugas que tenía alrededor de los ojos.

—Karin —susurró—. ¿Por qué estás haciendo esto? ¿Qué te he hecho yo? Por favor, no lo hagas.

Karin se echó a reír.

—En primer lugar, no me llamo Karin; aunque tampoco creas que tengo intención de decirte mi nombre verdadero. En segundo lugar, por supuesto que voy a matarte. Llevo siguiéndote el rastro desde octubre. Me voy a comprar una preciosa casa junto a la playa contigo. O mejor dicho, con tu cabeza.

Karin se inclinó para comprobar la cámara y luego apagó las luces del salón. Todo ello sin dejar de apuntar a Sakura con la pistola.

—La lux tiene que ser la adecuada. —murmuró.

—Pero... —Sakura estaba tratando de asimilar lo que sucedía—. Se han llevado a los hombres de Akatsuki. Trató de cogerme, pero no funcionó.

—¿Esos ineptos? —El rostro de Karin se congestionó y Sakura se dio cuenta de pronto de que lo que había visto en el restaurante no había sido miedo, sino enfado— . No eran más que dos matones de pacotilla. Pensar que han estado a punto de quitarme mi dinero... Pero con estas instantáneas Akatsuki sabrá a quién tiene que pagar.

—¡No lo hará! —Sakura casi se pone a llorar de alivio. Estaba claro que Karin, o como quiera que se llamara, no lo sabía—. Akatsuki no te va a pagar. No puede. ¿No te has enterado? Akatsuki esta muerto. Murió esta tarde.

—¡Estás mintiendo! —le espetó Karin.

Sorprendida, Sakura miró fijamente a los ojos azules de Karin. No vio en ellos la brutalidad ni la frialdad de Akatsuki o de los dos tipos que habían entrado en su casa. Sólo vio locura.

—Mientes para salvarte el pellejo. Pero no va a funcionar. Voy a dispararte y le mandaré a Akatsuki las instantáneas. Y entonces él me enviará mi dinero.

—¡No puede! No puede mandarte el dinero. —Sakura trató desesperadamente de que la creyera, pero Karin era impenetrable, no había forma de llegar a ella.

Empezó a mover la pistola hacia arriba. «¡Tiempo!, —pensó Sakura—. Necesito más tiempo».

Si pudiera hacer algo... rebasar a Karin hasta que alguien viniera a por ella. Seguro que Itachi... Pero Itachi se había ido. Qué estúpida, qué estúpida. A lo mejor podría distraer a Karin.

—Harías bien en marcharte a casa, Karin, porque nunca cobrarás la recompensa. Si te vas ahora no se lo diré a nadie te lo prometo. Nadie lo sabrá nunca. Baja la pistola y veté. Akatsuki está muerto.

La apuntó al corazón con la pistola.

—Por favor —susurró.

—¿Por favor, qué, Sakura? —se burlo Karin—. ¿Qué demonios puedes ofrecerme que supere los dos millones de Akatsuki? Me voy a comprar una vida nueva con ese dinero. Una vida nueva, a cambio de la tuya. —Soltó una risotada corta y fría. — Me parece justo.

—No, no vas a hacerlo. —Sakura trató de mantener la calma—. No puedes comprarte una vida nueva con la mía Karin —dijo—. No vas a llegar muy lejos con esta tormenta. Te cogerán. Y todo para nada, Karin. Todo para nada, porque Akatsuki no te va a dar ningún dinero. Está muerto.

—¡Mientes! —gritó Karin y apretó el gatillo.

Sakura se golpeó contra la pared y un dolor punzante le atravesó el hombro. Se puso en pie, tambaleándose, hasta que las piernas le fallaron. Vio que Karin se acercaba y se agachó. Vio una luz y luego otra. Le llevó unos minutos darse cuenta de que era el flash de una cámara. Karin se puso en pie, resbalándose un poco con la sangre y puso cara de asco.

—Sangre. —Hizo una mueca—. Odio la sangre. A ver, un par más de fotos, querida, y luego el último disparo... a la cabeza… y ya está. Después, tengo que marcharme; tengo que coger un avión.

Sakura vio cómo se le teñía el jersey de rojo y le costó darse cuenta de que se debía a la sangre. Sakura oyó un gruñido bajo y feroz.

—¡Joder!

Karin le dio una patada a Akamaru, que estaba delante de Sakura con el lomo erizado. Ladró y se abalanzó a morder a Karin cuando ésta trató de poner la pistola en la sien de Sakura.

—Quita a ese estúpido perro del medio —siseó Karin—. Tengo que salir de aquí.

—Buen perro —murmuró Sakura—. Buen chico, Akamaru. —Le dolía horrores ahora.

—Bueno, si no lo quitas de ahí, tendré que hacerlo desde aquí. —Karin apuntó el cañón hacia Sakura y cerró un ojo.

A Sakura le pesaba la cabeza un montón. La levantó con dificultad y se quedó mirando el cañón que le apuntaba a la cabeza.

No quería morir.

Quería vivir.

Quería vivir y casarse con Itachi, romper la Maldición de los Uchiha y darle una casa llena de niñas pelirrosas que le volvieran loco. Y ni siquiera le había dicho a Itachi que le quería.

Sakura vio cómo Karin tensaba el dedo y pensó: «Se acabó».

Se oyó un fuerte ruido y la cabeza de Karin se llenó de rojo. Akamaru ladró y Itachi se arrodilló junto a ella, rasgándose la chaqueta y apretándola contra el hombro de Sakura, la tomó en sus brazos y le gritó:

—¡Sakura, Sakura! —Podía sentir sus manos sobre ella, comprobando que no estuviera herida en ningún otro sitio, y luego apretó con fuerza la herida del hombro. Quiso decirle que parara, pero el dolor no le dejaba hablar.

—Sakura. —Itachi la levantó con cuidado. Se le quebró la voz—. No te me mueras, Sakura. Te necesito. Aguanta, aguanta, te llevaré a Rupert, al doctor Adams. Aguanta. Háblame, Sakura. No te mueras, no dejaré que te mueras. Háblame, por favor. Háblame.

—Ey —susurró Sakura. Alargó una mano temblorosa y le rozó la mejilla. Estaba caliente, áspera y era sólida. Como Itachi—. Esa frase es mía.

SAKURA ESTA HERIDA NO PUEDE SER, Y PARA COLMO FUE KARIN NADIE LO VEÍA VENIR, SOBREVIVIRÁ? EL SIGUIENTE CAPITULO ES EL FINAL DE ESTA MARAVILLOSA HISTORIA NO TE LO PIERDAS...

Ofi Rodriguez