TSUKIAKARI NI KAGE

(Sombras a la Luz de la Luna)

-por Jinsei no Maboroshi-

parte XX

Fecha de publicación: 03 de marzo de 2007 - Corrección: Ogawa Saya.


El sol ingresaba por la ventana, arrebatándoles el calmo sueño con sus dañinos e tozudos rayos luminiscentes que caían sobre la cama.

Hyde despertó tras un suave parpadeo, apreciando el cálido cuerpo a su lado y el perfume juguetón con el que se mixturaba su propio aroma. Fragancia a pasión, maderas, y dulce sexo.

En un principio, quizás aún sumido en el sopor de la soñolencia, se acurrucó contra esa cálida complexión que yacía a su costado. Cerrando de vuelta sus ojos, suspiró escondiendo su rostro en el pecho de su amante. Sin embargo, el respirar de éste, le llamó la atención. Allí había demasiada materialización de su quimera. ¿Acaso no era un sueño? Y, sorprendido por esa revelación, frunció su ceño, se incorporó con violencia de la cama, y miró a Tetsu, el cual, extrañado, levantó una ceja. Había pasado horas apreciando el semblante de su adormecido amante sobre su pecho, acariciándole la espalda con suave toque, distinguiendo el inconsciente erizamiento de la piel que esa sigilosa caricia generaba en el vocalista.

-¿Ocurre algo?

-¿Tetchan? –parpadeó varias veces, incomprensible.

-Mn. Soy yo, Hyde... ven aquí... tranquilo. No ha pasado nada malo... –comentó tras sentir un suave punzar en su pecho. Nada malo para ellos, pero incorrecto. Tetsu extendió sus dos brazos en el aire, aún recostado sobre las revueltas sábanas. Hyde, dubitativo en un principio, le sonrió con amabilidad, casi igual a aquella lejana vez cuando finalmente habían logrado hacer el amor sin ese rechazo permanente que opacaba sus acciones. Se dejó caer sobre el pecho del gentil japonés, acariciando con su mano el cuello y el abdomen del bajista, en un ir y venir lánguido, percibiendo el aroma de sus cuerpos satisfechos, el perfume jovial de Tetsu, y ese intenso aroma seductor que caracterizaba al cantante.

-Tetchan... eres tú... –afirmó el vocalista, cerrando sus ojos para degustar los mimos que su amante derramaba por sobre su espalda. Tetsu delineaba caminos entre su cintura y su cuello, y al llegar a éste, sus suaves dedos se arremolinaban en la nuca del vocalista, sumiéndolos en el cabello revuelto del cantante, advirtiendo cómo a éste se le erizaba la piel, ahora con plena conciencia.

-Mn. Soy yo... –se mantuvieron unos minutos en silencio, acariciándose maravillados, satisfechos, con ese sentimiento pacífico vertiéndose uno en el cuerpo del otro, hundiendo sus almas en un cálido letargo de bienestar.

-Has borrado todo... –sonrió el vocalista, sin mirarse. No lo necesitaban. Tetsu peinó el cabello de Hyde, sintiendo la suave humedad que aún persistía en ellos, a causa de la apasionada noche.

-Quisiera hacerlo de raíz… -susurró casi no queriendo ser escuchado–… Hyde... ¿te dejarás largo el cabello? –le preguntó, cambiando de tema, al advertir cómo esa melena casi superaba los hombros del cantante.

-Tal vez... ¿tú crees que se pueda hacer el tiempo atrás? –Tetsu se mantuvo callado, y súbitamente ante aquellas palabras detuvo sus caricias. Había entendido el mensaje.

-No lo sé.

-Tetchan... ¿tú querrías?

-¿Yo? ¿A mí me preguntas? –sonrió con un centelleo de felicidad. Había olvidado el resto del mundo en aquel preciso instante.

-Yo... te dañé... déjame repararlo... –hundió su rostro en el cuello del bajista-… perdóname... ahora soy yo quien debe curarte... –Tetsu sonrió, posando su mano en la nuca de su amante, acercando a éste, más a su nuez, notando el delicioso beso que le marcaría la piel.

-Claro que quisiera, Hyde... –declaró presto.

-Te amo... –se alejó de la perfumada cueva que era el cuello del bajista, y levantando su rostro, le miró a los ojos–… perdóname Tetchan... Kaori no tenía razón... te ahogarías de todas formas... –susurró animado por la respuesta afirmativa de su amante, quien no le había hecho aguardar, quien no le hacía, ni siquiera, inquietar con la espera, pues su bondad se manifestaba hasta en el detalle más insignificante. Sin embargo, tras su contestación, Tetsu tensó todo su cuerpo, y abandonando el lánguido cariño sobre la espalda de Hyde, le tomó de las mejillas, con cuidado a pesar de su asombro súbito, y le miró con ojos expectantes.

-¿Kaori? ¿Qué dijiste?

-Olvídalo, Tetchan... fue hace años... –le sonrió tímido. No estaba consciente de lo que había dicho: se había olvidado por completo de sus secretos, los que siempre se desnudaban ante Tetsu: Su único ángel curador.

-¿Qué? ¿Me abandonaste porque ella te llenó la cabeza? –preguntó rápidamente, leyendo en la mirada de Hyde.

-No, Tetchan... ella, para mí, en ese momento, tenía la razón...

-¿Qué te dijo?

-Olvídalo.

-¡Tengo que saber! ¡Hyde, piedad! –declaró en tono de exigencia, mezclado con súplica. Su ceño fruncido y alzado, realzaba su expresión de dolor y angustia ante la espera innecesaria. Él quería la verdad, luego de cinco años de desprecios, de sufrimiento, de aquella incertidumbre. Era lo mínimo que podía pedir. El cantante suspiró fuertemente, y se dejó desnudar en alma una vez más, frente a su confidente, a ese niño adulto que tanto necesitaba, a ese hombre cuya ausencia le volvía loco. Se lo debía.

-Me dijo que te dejara, que ella te salvaría de mi oscuridad. Si yo estaba a tu lado, te ahogarías... porque no puedo dar bienestar... además... Si no aceptaba, ella se habría suicidado...

-¿Y le creíste…?

-...

-¡Mierda…! –Tetsu soltó las mejillas de Hyde, regresando las manos a la espalda de su amante, atrayéndolo contra sí, para que descansara en su cuerpo, casi en una actitud protectora. Recordó al Hyde de aquella noche de deserción, y tragando la amargura de la evocación, logró darle una resignificación a ese misterioso pasado. El ayer se le presentó claro en cuando a aquel abandono respectaba. Kaori nunca le había dicho aquello, ni siquiera insinuado. El gusto a traición recorrió su boca, generándole una gradual y profunda ira. Cinco años de culpa por ser el objeto de deseo de alguien a quien no correspondía, rumiando día y noche aquel dolor, sintiendo que ella siempre tenía razón, y ahora... esa devota se le revelaba como su propia hereje. Y un dios, ante el sacrilegio, no pide más que venganza.

Sin embargo, sus reflexiones fueron súbitamente interrumpidas, por el sonido de la puerta de entrada de la casa. Alguien había ingresado.

Mas aquello no lo percibieron tan audible sino hasta que el eco de un grito infantil llamó su atención.

-¡PAPA! ¡TADAIMA!

Tetsu miró aterrado a Hyde.

-¿Hyde? Pero... ¿no era que se habían ido por dos semanas? –susurró, aún teniendo a su amante entre sus brazos.

-¡Mierda!

El cantante, reconociendo lo que aquella situación ocasionaría, saltó de la cama, recogiendo su ropa esparcida por el suelo, y vistiéndose desarregladamente, salió del cuarto, dejando la puerta abierta.

Hyde bajó las escaleras y miró a Megumi, quien creyendo percibir aún el dolor de su esposo, evadió la mirada, observando a su pequeña hija.

-Nijiko, ve a tu cuarto... –le exigió la madre con suave voz, y la niña, recelosa, accedió a tal pedido, subiendo las escaleras.

-¿Qué haces aquí? –preguntó el cantante sin tacto, con el fastidio evidente, mostrando cierto nerviosismo que llamó la atención de Megumi, mas no lo tomó en cuenta, atribuyéndolo a un síntoma producto de la traumática experiencia. Sólo reacciones insensatas, sólo cosas que ella no quería ver en su magnitud real.

-Mis padres tenían programado un viaje para esta semana, así que tuvimos que adelantar el regreso.

-Oh –parpadeó con extrañeza. Debía sacarla de allí antes de que la esperanza renovadora y la promesa de la cura verdadera se desvanecieran.

-¿Pasa algo, Daarin?

-No.

-¡TETCHAN! –la voz de Nijiko alcanzó a ser escuchada en la planta baja. Megumi levantó una ceja extrañada. Observó una vez más, ahora en detalle, la forma desarreglada de la vestimenta de Hyde, y tras un leve fruncimiento de ceño, caminó rápidamente escaleras arriba. El cantante intentó detenerla, pero no la pudo alcanzar. Los nervios le estaban traicionando.

Tetsu salió de la cama, y recogió su pantalón que estaba en el suelo. No pudo encontrar su ropa interior. Se calzó la vestimenta, y justo cuando abrochaba el cinturón, la voz de su pequeña damita le sorprendió con su grito agudo y penetrante.

Nijiko, camino a su propio dormitorio, había visto de soslayo la presencia de aquel gentil japonés, por causa de la puerta abierta, y ansiosa por aquel inesperado reencuentro, dejó que su entusiasmo se tradujera en aquel chillido alegre y feliz.

-¡TETCHAN! –por el sobresalto, el bajista se sentó súbitamente sobre la cama, y miró con temor a la niña.

-¿Ah?

-¡Tetchan! ¡Cuánto tiempo! –corrió en dirección de su maestro, y se arrojó contra él, abrazándole.

-¡Nijichan! –rió nerviosamente, aceptando el abrazo, un poco avergonzado de su torso desnudo, aún sin tener conciencia de aquella evidente marca en su cuello y espalda.

-¡Te extrañé! –susurró la niña, quien percibía un aroma extraño en el ya conocido jovial de aquel hombre.

Tetsu frotó con suavidad la espalda de la damita, pero inmediatamente se tensó al ver la figura de Megumi sobre el umbral de la puerta. La observó con atemorizada expresión, notando cómo la mujer contemplaba la cama revuelta, la poca ropa esparcida sobre el suelo, y el torso desnudo de Tetsu, mientras éste le miraba con un semblante que trasparentaba la incomodidad de la situación. Evidente verdad.

Megumi abrió levemente sus labios, en un gesto de estupefacción absoluta, negando con su cabeza.

-¿Tú? –susurró hacia el bajista, quien bajó su mirada, sonrojándose. Ya estaba condenado. En ese momento Hyde apareció detrás de la mujer, tan pasmado como Tetsu. El ambiente se había tensado de forma súbita.

-¿¡Mama! ¿Tetchan puede quedarse a almorzar con nosotros? –preguntó la niña, no consciente de la situación. Hyde le había hablado de las rudezas de la vida, de las grotescas situaciones, de la perversidad humana, pero nunca de la vida real, diaria, de los errores que se podían cometer amando. Aún no podía reconocer aquello, o simplemente, tenía demasiada confianza en su maestro de vocalización como para pensar de él en algún sentido maligno. Tetsu no era así. Para ella, era verdad absoluta.

-Nijiko, ve con tu padre.

-Pero, mama…

-¡VE! –le gritó estresada. Sabiendo que el susodicho estaba detrás de ella, giró su rostro y le miró directamente–. ¡LLÉVATE A LA NIÑA! -Nijiko, percibiendo que allí se daba inicio a una nueva discusión, prefirió acatar la orden sin dilaciones, y con paso lento, abandonó el cuarto, dirigiéndose escaleras abajo. Hyde no la siguió, y se quedó para observar el desarrollo de la situación. Tras la ausencia de Nijiko, Megumi giró su rostro con violencia, y avistó furiosa a Tetsu-. ¿¡Cómo pudiste! ¿¡Cómo mierda pasó esto! –regresó a fijar sus ojos en Hyde–. ¿Así te curó la otra vez?

-Megumi-san, por favor... es mi culpa... yo no te lo conté... –intentó intervenir Tetsu mas Megumi le contempló de nuevo con repugnancia. La mujer, iracunda, presionaba el puño que tenía apoyado sobre el marco de la puerta, dañando con sus uñas la fina madera del mismo. Su corazón latía exageradamente, y las ideas confusas, con lentitud, se ordenaban, encastrando las piezas de sus dudas, una por una. Cada recuerdo, considerado irrelevante desde hacía años, tomaba una nueva significación en aquel claro panorama, y redefinía el pasado, permitiéndole vislumbrar, al fin, la verdadera dimensión de los hechos. Se sentía profundamente traicionada en su orgullo. No había visto más que sombras. Sombras con formas que sólo su mente había creado para propia satisfacción.

-¿CONTARME QUÉ? ¿¡TÚ ERES LA PUTA DE MI MARIDO! ¿TÚ? MALDITO TRAIDOR... ¡USASTE A MI HIJA! ¡HIJO DE PUTA! –le gritó con lágrimas en los ojos, temblando de indignación.

-¡NO LE DIGAS ASÍ! –bramó Hyde, tomándola del brazo, y empujándola fuera de la habitación–. ¡VE ABAJO, HABLAREMOS! –calmando su exasperación, miró a Tetsu por un segundo, demasiado tarde para protegerle–. Por favor, quédate aquí...

Hyde parpadeó un par veces, notando el estado culpable y miserable en el que se hallaba Tetsu, quien contemplaba el suelo ausente, con ojos brillosos, sentado en la vera de la cama, recargando su peso en los codos apoyados sobre los muslos. Lo peor que alguien podía haberle dicho al bajista era que había usado la inocencia de un ser como su alumna para alcanzar un objetivo que nunca creyó posible. El vocalista advirtió cómo toda la realidad se había tergiversado en la mente de Megumi, y que él, en parte tenía culpa por todo ello.

Hyde suspiró, sabiendo que más tarde apoyaría a su amante para afrontar aquel nuevo dolor, mas regresó con el mirar fiero hacia Megumi quien estaba sobre los primeros peldaños superiores de la escalera, esperándole con una actitud entre repulsiva y molesta.

Le volvió a sujetar el brazo y bajaron juntos hacia el salón.

-¡SUÉLTAME, IMBÉCIL! –le gritó, esquivando el agarre, una vez que Hyde intentó sentarla en el sofá. Nijiko estaba en la alfombra, al lado del televisor, comenzando a abrillantar sus ojos, notando una vez más el caos en su vida.

-¡Nijiko, vete a tu habitación! –ordenó Hyde, mas la niña no se movió. Tuvo un presentimiento.

-¡Qué sorpresas tiene la vida! ¿¡Y desde cuándo me engañas con ése!

-No hables así. Está Nijiko -le gritó con enfado, descubriendo que por primera vez, deseaba proteger a su hija. No quería destruirle la imagen de Tetsu, porque a pesar de todo y muy en el fondo, él sabía que nada había hecho mejor para su hija, que haberle permitido conocer a su amante. Un ser que todo lo que tocaba, curaba.

-Pues eso a ti no te importa mucho, trayendo a 'ése' a 'nuestra' casa, para acostarte en 'nuestra' cama.

-Te digo que no hables así.

-¿¡Y desde cuándo me engañas! ¡Contesta! Desde que comenzaste a llegar tarde, ¿verdad? ¡HIJO DE PUTA! Y me hacías creer que estaban distanciados...

-CÁLLATE, MEGUMI...

-¡Oh! Tal vez... ahora entiendo –comentó con el rostro derramando lágrimas, mas continuaba manteniendo su semblante fiero, en un súbito instante de comprensión–. Ahora entiendo cómo te curó aquella manía tuya... ¿te folló bien?

-¡MEGUMI! ¡ESTÁ NIJIKO! ¡Y TÚ, CRÍA! ¡TE DIJE QUE TE FUERAS! –gritó a su esposa, y luego a su hija que continuaba empecinada en mantenerse allí presente. Nijiko, de súbito, entendió todo ante aquellos reclamos de sus progenitores. Reconoció el daño que su padre había impreso en Tetsu, manchándole la mirada por años, y cómo la presencia de su maestro en la habitación tenía una nueva significación en aquellas circunstancias. Se shockeó. Sólo percibía las palabras de aquella discusión en un lejano eco que reverberaba en su interior.

-¿Qué tiene él? ¡Oh! Lo siento, ya sé... entonces eso explica por qué no te intereso, ¡te gusta sentirte puta! ¡Sólo mira cómo tienes el cuello! ¡Mierda…! ¡Qué asco…! ¡Te estuvo follando toda tu vida! ¿…y te casaste conmigo? ¿Para qué? ...tienes cultura de prostituta... primero el baterista ése, ahora este hipócrita... ¡no mientas más, y acepta que te gustó lo que te hizo Sakura! ¿Quisiste evadirlo llamándolo violación? Te gustó, Hyde... ¡ERES UNA RAMERA! ¡ERES PEOR QUE UNA PUTA RELAJADA! –Megumi le gritó con su más aguda voz, cobrándose en venganza todos los insultos que por años había soportado de aquel cantante.

Hyde le miró por un instante con furor, suspiró hondo y por primera vez, con toda su fuerza y su velocidad, le asestó un puñetazo en el rostro a su esposa, quien chocó contra la pared, un poco mareada. Nijiko gritó, mas el trance de Hyde era profundo, y sin contenerse, tomó el cuello de la mujer entre sus manos y comenzó a presionar, recordando cómo cada noche le forzaba, cómo se sentía presa de ella, cómo sentía una violación cada vez que le besaba y le acariciaba.

Ella le había condenado a esa niña, y le hacía cargar con la culpa.

Ella era su Sakura.

Sólo era un burdo reemplazo de su gentil amante.

¿Cómo pudo alguna vez pensar que con ella iría a mitigar la soledad?

Nijiko, asustada por esa reacción violenta, corrió escaleras arribas e ingresó de súbito al cuarto, donde Tetsu aún estaba en un estado ido, pero consciente de los gritos que había escuchado abajo. El ingreso repentino de la pequeña con sus alaridos de auxilio le sacó de sus pensamientos y contempló a la niña.

-¡TETCHAN! ¡TETCHAN!

-¿Qué pasa?

-¡PAPA QUIERE MATAR A MAMA! ¡NUNCA SE LLEVAN BIEN! ¡SIEMPRE PELEAN! –gritó desesperada, llorando incontroladamente.

-¡Tranquila, quédate aquí, no bajes!

-¡AYÚDALA!

Tetsu, viendo la desesperación corroer el bello mirar de su alumna, se levantó rápidamente y apenas bajó los primeros peldaños de la escalera, vio a su amante ahorcando a su esposa. Corrió a su encuentro y le sujetó los brazos, alejándole del cuello de la mujer, interponiéndose en el medio de los cónyuges.

-¡Basta, Hyde! ¡No hagas una locura!

-Estoy harto de ella... –musitó emergiendo de la hipnosis.

Megumi cayó al suelo, tomando su garganta entre sus manos, respirando agitadamente, aspirando todo el aire posible. Tetsu, una vez tranquilizado su compañero, se percató de su torso desnudo, generándole una profunda vergüenza que sonrojó su rostro. Incapaz de enfrentarse a ella con esa apariencia, le daba la espalda, cabizbajo. Hyde le contempló con culpa. Una vez más, por su causa, su amigo pasaba una desagradable situación.

La mujer observaba su espinazo, notando la marca de los dedos que habían presionado sus omóplatos, y un poco de la mancha en el costado del cuello que Hyde le había dejado.

-Eres un... hijo de puta... Tetsu... –le susurró Megumi, respirando con dificultad.

-No es lo que parece...

-¡Claro... imbécil! ...te follaste a mi marido... no parece...

-Megumi, yo nunca quise...

-Se nota... –comentó incisiva, llorando, herida en su orgullo y su soberbia, en su seguridad y jactancia. Mas aún así, forzándose a tomar bocanadas de aire, se levantó del suelo, ayudándose de la pared para ello. Prefería morir de pie que recuperarse arrodillada.

-Nunca usaría a Nijiko... –intentó explicar, aún de espaldas a Megumi, escondiéndose de la mirada de su amante. Hyde lo observaba con admiración. Aún en medio del grave problema, el gentil japonés quería proteger a Nijiko.

-Basta, Tetchan... ella no entiende... nunca entendió nada...

-¡Par de putos! ¡Váyanse de aquí! ¡Y no quiero volver a verlos nunca más! ¡Y tú, Tetsu! ¡No te aparezcas ante Nijiko nunca más en su vida! ¡IMBÉCIL! ¡DEPRAVADO! ¡VIOLADOR! –a Tetsu se le nubló la vista, y se quebró, llorando, desangrándose ante aquellas palabras. Su damita, su propio honor, su inocencia, y su estúpida preocupación por el resto, eran, una vez más, pagados de aquella forma. Hyde, controlándose sólo por ser consciente del estado de su amante, se acercó a él y le rodeó con un brazo, ayudándole a salir de esa casa, no sin antes gritarle a su esposa.

-¡BASTA! ¡MEGUMI! Nijiko es también mi hija, que no se te olvide.

-¡VÁYANSE LOS DOS...! –les bramó desquiciada.

Finalmente abandonaron la casa.

Hyde ayudó a su amigo a ingresar a su auto, y tras subirse al mismo, condujo al único lugar que podrían ser bien recibidos en tal crisis. Tetsu como autómata, continuaba llorando, sentado en el asiento del acompañante.

Entre lágrimas, miró por última vez la casa, y vio desde la ventana del primer piso, a su pequeña damita, quien tras asomarse, le saludó con una mano.

No podía estar haciéndole aquello a la personita que le había hecho revivir de su moribundo universo. La niña que le había dado un sentido a su existencia cuando carecía de alguno.

Fue cuando rompió en llanto amargo, conmoviendo a Hyde, quien manejaba con notable angustia.


-¡Ah…! ¡Por favor, Ken! ¡Para! ¡Ahh! No es necesario... ¡Ken! ¡Aaaahhh! –Yukihiro se mordía el labio inferior, sintiendo cómo su amante comenzaba a besarle los muslos, recorriendo un camino marcado con su lengua hacia la cara interna de éstos.

-Yukki, tú lo has hecho miles de veces por mí... no es justo que por mi culpa tú no goces... yo no peligro así... relájate y disfruta... -comentó con deleitable voz, un poco ronca, con su lejano tono nasal.

-¡Ay! Basta, Ken... ¡ahhh! –se negaba al éxtasis.

Se habían despertado tarde, como siempre hacían los domingos, y en medio de aquella necesidad que tanto les presionaba, Ken se había dispuesto a ayudar a su amante a liberar un poco de su tensión diaria.

Yukihiro estaba extendido sobre la cama, boca arriba, aferrándose a la almohada, sintiendo el íntimo toque de su amante, que con profesionalismo y delicadeza, le estaba dando placer en la única forma que el baterista había aceptado. Aún faltaban dos meses para que aquellas heridas internas finalizaran de cicatrizarse.

-¡Ay! ¡Ken…! ¡Ah…! ¡Ahh…! ¡Te quiero arriba mío! -suspiró frustrado. Ken sonrió en su silencioso trabajo, divertido por aquel pedido ilógico. Él sabía muy bien a lo que se refería su amante. Nada era lo mismo, si no se unían cuerpo a cuerpo, absolutamente hundidos en el placer, abrazados con desesperación, ambas partes por igual.

El movimiento comenzaba a intensificarse, sintiendo los gemidos de Yukihiro, el cual ya se alejaba de la realidad, sumiéndose en los inicios del éxtasis. Sin embargo, de un instante a otro, el timbre arruinó la concentración de ambos.

Ken se detuvo, obligado por la mano de Yukihiro, quien le alejó de su placer, ya absolutamente consciente de la realidad, respirando con agitación. Ken rió frente a su amante, incorporándose con lentitud, mientras su amigo le ayudaba.

-¿De qué te ríes, Ken? –le preguntó con leve molestia producto de la frustración.

-Es que Tetchan tiene una habilidad espantosa para interrumpirnos...

-¿Cómo sabes que es él? –inquirió mientras comenzaba a vestirse–. Aún no toca de nuevo...

-Mn... no sé. Pero sé que es él. Nadie nos estorba, sólo él. ¿Será que me tendrá celos? –comentó con gracia.

-¿Eh? –Yukihiro le miró con el ceño fruncido, en una expresión de ridiculez ajena. Negó con su cabeza en silencio, abrochándose la camisa. Se levantó de la cama, y miró a su amante sentando en la vera del lecho.

-¿Mn? ¿Qué pasa, Yukki?

-Arréglate... –se aproximó a él y le besó en los labios, con un rápido movimiento–… y gracias...

-No llegamos a nada... ¡no agradezcas!

-¡Ya! Ya, cállate ¿¡sí! Y ¡arréglate! Ponte decente... ¡mírate cómo estás!

-Lo sé, ¿te dije alguna vez que te pareces a mi ex?

-¡Ya, Ken! –respondió divertido, saliendo de la habitación.

Yukihiro se acercó a la puerta de entrada esbozando una sonrisa por el comentario que hacía instantes había realizado su amante, mas el sonido de un llanto tras la portezuela intranquilizó de súbito su expresión, tornándola seria.

La abrió con curiosidad, notando con asombro a Hyde, quien abrazaba a Tetsu, desnudo de torso, sollozando desahuciadamente. El cantante elevó su mirada hasta el baterista y éste, casi por inercia, permitió el ingreso de ambos, indicándoles que tomaran asiento en el sofá.

Ken salió de la habitación, caminando con paso suave, llamada su atención por el llanto de un hombre. Apenas divisó a sus dos amigos sobre el sillón, miró con intriga al baterista que aún estaba frente a ellos, en medio del salón, aún sin palabras que explicasen los hechos.

-¿¡Qué mierda le hiciste a Tetchan! –vociferó rudo el alto japonés hacia el vocalista, quien le miró con el ceño fruncido.

-¡Imbécil! ¡Fue Megumi!

-¿Eh?

-Le insultó y además... le exigió que no viera a Nijiko nunca más en su vida...

-¿¡Eh! –Ken y Yukihiro exclamaron al unísono.

Comprendiendo la dureza de la situación de inmediato, el baterista suspiró, y se llevó a Ken a la cocina, a pesar de su berrinche. Una vez allí, el guitarrista contempló con inquisidora mirada a su amante, reclamando en silencio una explicación.

-¡Ne! ¿¡Yukki! ¿Por qué no hablam...?

-Déjalos un rato...

-Por si no te enteras, el imbécil ése es quien más ha hecho sufrir a Tetchan... ¿¡no sé si comprendes! –ironizó el alto japonés, mirando a su amante con la boca torcida.

-Mn. Lo sé, lo sé. ¿Pero no te parece extraño?

-Ajá. Es muy extraño que Hyde se preocupe ahora... –comentó molesto y satírico.

-¡No! Bobo. ¡Tú no entiendes nada! –exhaló con resignación, colocando la cafetera sobre la hornalla, para preparar infusiones.

Ken resopló con fastidio, y miró desde la cocina a sus dos amigos, que parecían haberse calmado. Tetsu ya estaba sentado erguido sobre el sillón, apoyando sus codos sobre sus muslos, en una actitud de suma preocupación.

Tras un par de minutos, y luego de la preparación de los tés, Yukihiro llevó una bandeja al salón, apoyándola sobre la mesa pequeña, sentándose en un sillón individual, mientras Ken hacía lo mismo con el asiento del otro extremo.

Entretanto, Hyde les miraba con tristeza, y el bajista, demasiado turbado, sólo contemplaba el suelo.

Un súbito escalofrío hizo temblar a Tetsu. Ante ese brusco movimiento percibido por el baterista, éste se dirigió a la habitación en silencio, regresando con una prenda entre sus manos, la cual entregó a su líder.

-Toma. Aún no llega la primavera –le sonrió al ofrecerle la camisa.

-Mn. Gracias –respondió el bajista, sin vislumbrarle. Ken demasiado impaciente, contemplaba con fijación a Hyde, quien cansado de aquella presión, le observó con un suave fruncimiento de ceño.

-¿Qué pasa?

-¿Mn? ¡Soy yo quien debe preguntar eso! –exclamó el guitarrista, tomando la taza que le ofrecía su amante.

-Ya les dije. Megumi se alteró, insultó a Tetchan, y...

-¿¡Are *24! –Yukihiro parpadeó, antes de asir la taza que entregaría a Tetsu, y miró al cantante con una sonrisa incrédula–. ¿Dijiste 'Tetchan'?

-Eee –afirmó tras una suave carraspera.

-Mnnn. Ya veo –el baterista manifestó con suavidad, extendiendo la taza a su líder, quien tenía su rostro hinchado por el llanto.

-Y... le prohibió ver a Nijiko... –finalizó Hyde, sonrojándose levemente, ante la mirada comprensiva de aquel callado japonés. Mientras tanto, Ken examinaba la situación, no interpretando por completo al vocalista, aquél que había dejado de conocer desde ese día en que había ingresado al cuarto lleno de cuadros demoníacos.

-Tetchan... –susurró el baterista, entregando la penúltima taza a Hyde, y sujetando la propia en su regazo. El llamado permitió que el aludido levantara su rostro con temor–. Por más que Megumi te prohíba verla, Nijiko hace lo que quiere, Ken se encargó de enseñarle muy bien eso –sonrió con amena expresión, aliviando la angustia del amable japonés.

-Yukki... me dijo que había utilizado a Nijiko... y tú sabes que no es así... todos saben que yo nunca supe que era la hij...

-Está bien, Tetchan –le detuvo Yukihiro. No necesitaba que el bajista le explicara nada. Podía advertir su dolor en el silencio, sabiendo cuán duro era para el gentil japonés la idea de ser tergiversado en sus sentimientos más puros. Era un símil de mentira, de traición, que le costaba lo que más había apreciado en los últimos meses: su damita. El baterista miró a Hyde, quien apoyaba su mano sobre la espalda del líder, reconfortándolo en un suave movimiento. Sonrió con sutileza, percibiendo un profundo alivio.

Ken, finalmente comprendió en aquel mutismo, lo que la verdadera noticia representaba. Y en esa afonía, el resto continuó sorbiendo sus tés, pensando y maquinando estrategias y preguntas para superar la situación, que sabían, se les avecinaría con la fuerza del escándalo.

El líder terminó su té, y se levantó del sofá con la determinación de irse. La información recibida esa mañana aún latía en su mente, envenenándole. Extrañado, Hyde intentó detenerle con la mirada, sin animarse a preguntar, sabiendo que tal vez, su amante necesitaba paz y tranquilidad en la soledad a la que se había acostumbrado. Y es que los seres entristecidos siempre terminaban por regresar al encierro: el único lugar que les acogía con suavidad, y en el que se habían desarrollado, acostumbrados a la reflexión dolorosa y pura.

-¡Ey! ¿¡Tetchan! ¿Dónde piensas que vas? –intervino con su tono nasal el alto japonés, al ver la predisposición de su amigo.

-Quiero calmarme un poco... es mejor que me vaya... quiero pensar... –acotó sin mucha convicción, caminando con paso lento hacia la puerta de salida. Por un instante, regresó su vista al baterista–… Yukki... mañana te la devuelvo –explicó, tocando la camisa que vestía. El callado japonés asintió sin dudar. Tetsu fijó su mirada en Hyde, y éste se tensó–. ¿Me prestas tu auto? –Hyde levantó una ceja. Temía por lo que fuera a hacer.

-¿A dónde vas?

-Hyde... sólo préstamelo...

-¿No harás locuras?

-Hyde... no soy tú –le sonrió con amabilidad cansada, y el cantante, tras un suspiro que mostraba su reprobación, hundió su mano en el bolsillo del pantalón, y le arrojó las llaves al aire. Tetsu las atajó sin dificultad.

Sin más comentarios, salió del departamento.

Los dos espectadores de aquella conversación en código, fijaron su vista en el cantante. Yukihiro no hablaría, pues sabía que su amante era el más indicado para controlar a alguien tan salvaje como Hyde. Solamente tomó una actitud de oyente, sorbiendo de vez en cuando su taza que mantenía unos fríos restos de infusión. Ken, demasiado callado para su personalidad, finalmente rompió el silencio.

-¡Bien! ¡Habla! ¿Qué mierda pasó?

-¿Necesitas que te lo explique? Yukki lo captó, ¿¡tú no!

-¡No, imbécil! ¿Qué pasó exactamente con Megumi?

-¡Qué quieres que pase, si prácticamente nos encontró en la cama! –comentó con desdén y molestia. Recordar el momento le perturbaba. Yukihiro se atragantó con su té al escuchar tal noticia, comprendiendo cuán fuerte habría sido aquella escena para Megumi.

-¿Qué? ¿Los encontró en su propia...? ¡Pero, mierda! ¡Hyde! ¿¡Qué no tienes lucidez! ¿No tuviste mejor lugar para elegir? ¡Piensa con la cabeza que está sobre tu cuello! –protestó el guitarrista, torciendo su boca en desaprobación.

-¡Oye! Las cosas se dieron mal... ¿sí? –desvió por un instante la vista, avergonzado de aquella verdad.

-¡Explícate!

-Megumi y la cría...

-¡Nijiko! ¡Es tu hija! –le corrigió con molestia. El callado japonés, recomponiéndose de su atragantamiento, sonrió divertido ante aquella insistencia paternal que dejaba emerger su amante en sus momentos de descuido.

-¡Bah! ¡Lo que sea! Se habían ido a visitar a mis suegros en Yokohama por dos semanas. ¡Pero regresaron antes de tiempo! ¿¡Qué carajo iba a saber yo!

-¿Y qué pasó? ¡Mierda! ¿¡Estaba Nijichan! –le miró con angustia.

-Eee. Y Megumi le gritó de todo a Tetchan, frente a la cría...

-¡No! –Ken abrió los ojos con preocupación–. ¡No! ¿¡Cómo pudo hacer eso! Mi Nijiko… –susurró lleno de pena. Hyde y Yukihiro, hasta ese momento tan perturbados como Ken, le miraron con extrañeza tras unos segundos de profundo silencio. El baterista sonrió divertido, y miró a Hyde, quien tenía levantada una ceja.

-¿Dijo 'su' Nijiko? –preguntó el cantante, mientras Yukihiro alzaba sus hombros.

-¿¡Y qué se supone que vas a hacer! –inquirió de súbito el guitarrista, demasiado turbado por su alumna como para escuchar incipientes bromas.

-Tranquilízate, Ken. Megumi sabe que aunque no me guste, soy el padre de la cría. Por la noche iré a hablar con ella. Tendremos que aclarar estas cosas...

-Mn. Bien... pero... le acabas de decir a Tetchan que no haga locuras... ¿hay algo más que debamos saber? –interrogó suspicaz el guitarrista, exhalando. Hyde torció su boca hacia un costado, y miró la superficie de la mesa en silencio–. ¡Ay! ¡Hyde! ¡Qué mierda es! –insistió con intranquilidad, conociendo en demasía a su amigo, escrutando en aquella prolongación un secreto a relucir.

-Le dije a Tetchan la verdad...

-¿Mn? ¿De qué?

-De que yo le dejé hace casi seis años porque Kaori me había convencido de ello.

-Mierda... ¿y qué te había dicho? –preguntó con temor, frunciendo su ceño, con escrúpulo ante la respuesta.

-Que Tetchan se hundiría por mi oscuridad y ella se suicidaría si continuábamos juntos...

-¿Eh? –Ken miró a su amante, quien parpadeó con extrañeza, y terminó de dar el último sorbo a su taza.

Aquello no auguraba nada bueno.


Kaori ingresó cansada a su casa. Se sacó el abrigo, y tras colgarlo en el perchero de la entrada y descalzarse, dejó las llaves sobre el borde de la biblioteca del salón. No dio ni dos pasos, pues quedó paralizada ante la figura de Tetsu, quien sentado en el sillón del lugar, le contemplaba con gesto extraño. Le sonrió con ternura, mas su expresión se desvaneció al notar el ceño fruncido de su amor platónico.

-Tadaima, Tetsu –susurró con temor, pero no recibió respuesta.

El bajista se levantó del sofá, y se dirigió a ella con paso decidido. Un poco sobresaltada por esa conducta completamente anormal de su amigo, caminó hacia atrás, hasta que éste, a pocos centímetros de ella, la tomó por el cuello de la blusa, y la acorraló contra la pared.

-¡AY! ¡TETSU! ¡ME ASUSTAS! –le gritó al sentir esa violencia, mas el bajista no le hablaba. Sólo le contemplaba con pura animadversión.

Kaori extendió sus manos hasta tomar el brazo del hombre, aferrándose a él, acariciándole con compasión. Sabía que ese día llegaría, y que su dios nunca le iría a perdonar su herejía. Finalmente, el juicio final se daba inicio.

-Tetsu... ¿qué ocurre? –insistió, no queriendo ver lo evidente. Preguntando lo que ya tenía respuesta.

-¿No hay nada que me quieras decir?

-Te amo... –susurró sin titubear, bajando la vista de la mirada dañada de aquel bajista.

-¡No! ¡Tú no me amas! ¡No puedes hacerlo!

-Lo hago... siempre lo hice...

-¡Hyde me contó lo que le dijiste hace cinco años! ¡Mierda! ¿Pensaste que nunca me enteraría?

-¿Hyde?

-¿¡PENSASTE QUE NUNCA ME ENTERARÍA! –gritó sin atender el espanto que las palabras de la muchacha evidenciaban.

-¡Lo siento, Tetsu, estaba desesperada! ¡Yo te necesito…!

-¡Yo necesitaba paz! ¡Y tú me la negaste!

-¡No!

-¡Tú! ¡Egoísta! ¡Me ocultaste durante tanto tiempo eso! ¡Yo pasé cinco años preguntándome la causa de tan perverso abandono, cuestionándome lo que había hecho mal o bien, qué era en lo que había fallado, y nunca encontraba respuestas! ¡Nunca! ¡Te había preguntado miles de noches, y tú lo callabas, consciente!

-¡Perdóname! Yo sólo quería ayudarte -comenzó a llorar.

-¿¡Cómo! ¿¡Cómo mierda pensaste que ibas a hacer algo para ayudarme cuando eras tú la que me condenabas! ¡Años culpándome de cosas que no me correspondían!

-¡Tetsu, estaba desesperada!

-¿¡Desesperada! Yo moría, yo te preguntaba a ti, y siempre creía en tus consejos. Siempre habías tenido la razón para mí, pero... ahora... ¡eres una maldita mentirosa! ¡Me usaste!

-¡NO! –gritó desgarrada en dolor. Sus rodillas fallaron, y se deslizó al suelo. Tetsu no le detuvo, y liberándola del agarre del cuello de la blusa, permitió que el cuerpo de la muchacha cayera, apoyándose en la pared.

-¡Sí! ¡Me usaste a tu antojo! Creíste que me harías olvidar, que me harías renacer... ¡mierda! Yo creí que tú realmente querías ayudarme... ¡Kaori! ¡ME HAS TENIDO COMO TU MASCOTA POR MAS DE CINCO AÑOS! -gritó incrédulo, dolido, terriblemente traicionado. Su amiga, su hermana, la mujer con la que casi se casaba, su devota, también le dañaba.

-¡Perdóname!

-¡Yo pasé cinco años angustiándome por no amarte! ¡Por no poder corresponderte! ¡Y tú... ocultándome todo este tiempo lo que habías hecho con Hyde! ¡Le habías llenado la cabeza de ideas absurdas que tú bien sabías que él las creería! ¡Mierda! Sabías que él estaba muy débil, recién comenzando algo estable, y le desbarataste todo... y lo peor, ¡le amenazaste con matarte!

-No... Tetsu... POR FAVOR... ¡PARA! –vociferó llorando, ocultando su rostro en los brazos que se apoyaban en el suelo, hipando desgarradoramente, no queriendo escuchar la ira de su dios.

-Por temor a que fallaba tu treta, la reforzaste con una amenaza de aquella índole... ¡a Hyde! ¡Mierda! ¡A Hyde! ¡A él! ¡Que bien sabía lo que significaba estar al límite! ¡Te aprovechaste de él en ese entonces, y luego de mí... Kaori! ¡DEJA DE LLORAR! ¿¡Y DIME POR QUÉ!

-¡TE AMO…! ¡TE AMO! ¡Y YO ME MUERO SIN TI! –aulló desaforada.

-¿¡Y me amas de esa forma! ¿¡Me amas hasta el punto de ahogarme! –le cuestionó con voz baja. Kaori se detuvo un par de segundos, impresionada por lo que acababa de escuchar, para romper en llanto compulsivo. Quería morir, quería perder su existencia, con tal de no escuchar la ira de su dios.

-Te necesito, Tetsu... te necesito... ¡sólo por eso erré…! ¡Sólo por amarte, erré! ...yo te amo como nadie podrá nunca hacerlo... ¡y tú lo sabes! ¡Y por esto te pido perdón! Perdóname... pero no puedo estar sin ti... yo quería salvarte... no te usé... pero...

-¡BASTA, KAORI! ¡BASTA! ¡ESTO SE TERMINÓ! –la muchacha, asustada por aquellas determinantes palabras, elevó su rostro hinchado por el llanto, y contempló desde el suelo a su dios, más imponente que nunca, más divino que humano, más cruel y soberbio que jamás mortal haya visto.

-¡No me dejes…! ¡Por favor…!

-¡Quédate con tu casa... quédate con todo! Yo no quiero nada... sólo mi vida... pero es imposible: tú no me devolverás los años que he perdido sufriendo por ti, creyéndome incapaz de amarte, culpándome de haberte engañado cuando estábamos de novios, sufriendo por tu adicción a esas pastillas depresivas... ¡mierda! ...tú misma buscaste esta situación, y me arrastraste hasta aquí, maltratando a Hyde, a mí, y a ti...

-Haré lo que quieras, pero no me dejes... no me…

-Mañana regresaré para llevarme mis ropas...

-¡Tetsu! ¡Cualquier cosa! Dime lo que quieras, lo haré...

-¿Cualquier cosa? –le miró antes de girarse y salir de la casa.

-Sí... sólo dime...

-Dame mi vida... la que se marchitó por cinco años...

Y ante el silencio de la joven, una evidente negativa, aún tirada sobre el suelo, temblando en congoja, partió sin mirar atrás. Era imposible de regresar aquella pérdida. Los años pasaban dejando huellas imborrables e irreversibles.

El sonido de un coche alejándose fue lo último que pudo percibir Kaori, quien tras notar el gran silencio de la soledad, rompió en llanto inútil.

Ya nada podía hacer.

Sólo tenía la única opción.

El juicio final había concluido con aquel veredicto.


-¿Dónde era que estábamos? –comentó con sensualidad Ken, sentado en la cama, mirando a su amante en el baño, mientras éste se cepillaba los dientes. Yukihiro finalizó su aseo, y tras apagar la luz del cuarto, se metió en el lecho.

-¡Ya! ¡No molestes! –dijo serio, sintiendo cómo su amante se inclinaba sobre su pecho, besándole con suavidad–. No estoy de humor... ahora tenemos encima ese problema... –comentó tras un suspiro de resignación.

-Vamos, Yukki... no finalizamos...

-Sí. Lo hemos hecho... –afirmó, alejando con delicadeza a su amigo–. ¡Ya! Vamos a dormir, apaga el velador.

Pero Ken, insistente, se posicionó con lentitud sobre el cuerpo de su amante, cuidando de su herida, sintiendo un escalofrío cuando aquella sensación de vacío le punzaba el interior.

Recordó lo que le había dicho su compañero aquella mañana, antes de que Hyde y Tetsu llegaran. Y lo cumpliría.

Comenzó a besarle el cuello, acariciando sus costillas, escabullendo por ambos cuerpos una de sus manos, notando cómo a pesar de las negativas de su cómplice, éste disfrutaba aquel contacto, que no podía ser profundizado por la condición delicada de Ken. Recordó cuando el baterista le hacía gozar en aquella dura época donde no podían amarse sin reservas, debido al profundo sentimiento de culpa que caía sobre él, generada por el rechazo de sus progenitores. Su compañero siempre había estado dispuesto para él, de alguna u otra forma.

Empezó a tocar lascivamente a su amante, notando cómo éste gemía disfrutando aquellas sensaciones tan autocensuradas por ambos. Ken sonreía, rozando con sus labios el escote de su compañero, sintiendo cómo las manos de éste se clavaban llenas de pasión sobre su espalda rememorando el pasado, cuando se entregaban mutuamente. En ese momento, las dos situaciones se superponían: el pasado y el presente. A pesar de que notaban el deseo del otro, sabían con plena conciencia que no podían dar rienda suelta a su pasión, y el guitarrista, plenamente lúcido de la frustración que su salud ocasionaba en su amante, accedía gustoso a esa forma incompleta de satisfacción, para agradecerle a su amigo por su paciencia y su amabilidad.

-¡Ay! ¡Ken!

-Yukki, relájate... –le susurraba comportándose, controlando su necesidad de hacerle el amor allí mismo, olvidándose de sus heridas.

Pero el momento no logró perpetuarse, pues un timbre insistente interrumpió una vez más aquel insignificante paso que separaba a Yukihiro del orgasmo. Ken se detuvo, sabiendo que su compañero lo haría inmediatamente. Le besó en la boca, notando su desilusión.

Yukihiro, dominándose, regresando a la normalidad, aún con su respiración fuertemente agitada, abrió sus ojos, y miró a su compañero, que ya había dejado de tocarle tan eróticamente.

El guitarrista le miró con una sonrisa en el rostro, divertido.

-¡Ne, Yukki! ¡Quédate en la cama! Seguro es Tetchan... –Yukihiro resopló, intentando aquietar su respiración, extendido en la cama. Mientras tanto, el alto japonés se incorporaba de la misma, en dirección de la puerta de entrada.

Ya resonaba por tercera vez un timbre más largo que en las dos anteriores veces. Era indudable la presencia del bajista.

Sin más retraso, Ken abrió la puerta y vio a Tetsu, con un rostro de angustia.

-¿Mn? ¿Tetchan? ¿Te encuentras bien? –le preguntó, desistiendo de hacer cualquier tipo de broma.

-Ken... perdóname... pero... no tengo dónde dormir... –se disculpó el bajo japonés, mirando el suelo.

-Mn. No hay problema, Tetchan, ven, pasa.

Le permitió a su amigo ingresar, y le condujo hasta la cocina.

No podía negarle nada a ese amable japonés que le había liberado de un agónico futuro, que le había dado la oportunidad de su vida con la música, y que aún en las épocas de mayores crisis, le había abierto sus puertas. No podía, ni quería.

-¡Ne! ¡Tetchan! ¿Qué pasó? –preguntó casual, mientras preparaba dos cafés.

-Perdona, Ken. Perdona. Sé que no son horas de aparecer, pero... no teng...

-Ya lo sé, Tetchan. ¡Ya me dijiste que no tienes lugar! ¡Pero no te preocupes! ¡Mierda! ¡Tetchan! Toda tu vida me has ayudado, ¿qué pretendes que haga a cambio? –le sonrió con amable gesto, intentando minimizar su acción, aliviando la tensión que padecía su amigo.

-Gracias... Ken...

-Naaa... ¡olvídalo! Ya te dije, te debo muchas... ¡demasiadas!

Se acercó a su colega, y le frotó el crecido cabello, el que nunca había vuelto a teñir, el que seguía manteniendo con esa tricolorimetría, donde la mitad del mismo mostraba el achocolatado marrón de su naturaleza, mas las puntas se decoloraban en un gris, antiguo negro, con sus mechas coloradas, ahora rosadas y desgastadas.

Yukihiro apareció por la puerta de la cocina, con el ánimo reestablecido, y miró curioso la escena.

-¿Todo bien? –preguntó al advertir a su amante que finalizaba de revolver la cabellera del bajista, y deslizaba su mano hasta la espalda de éste, frotándola con ese movimiento típico de afecto y contención.

-¿Mn? ¿Yukki? ¿Celoso? –bromeó el alto japonés, haciendo sonreír al líder, mientras el baterista bufaba incrédulo, negando en silencio con su cabeza, a la vez que tomaba asiento al lado de su amigo bajista.

-Perdona, Yukki, yo sé que no son horas... –reinició la disculpa que había dado al alto japonés, pero ahora dirigida al callado hombre de su lado.

-¡Ya! ¡Tetchan! ¡Te escuché desde la habitación! –sonrió amable.

-¡Ya, Tetchan! –intervino el alto japonés, agregando una taza más a su bandeja, y volcando el agua caliente en las mismas, sumergiendo a la cocina en un agradable aroma de café–. No repitas lo mismo... sería más eficiente si te compras una grabadora y nos las reproduces a cada uno...

-Gracioso –comentó fastidiado el líder. Ken entregó las tazas, y sentándose frente a su colega, le miró con determinación.

-¿Todo bien? –repitió la pregunta una vez más. Yukihiro sólo observaba la charla en silencio.

-Supongo... que ahora sí...

-¿Mn? Esta mañana nos preocupaste con tu salida tan extraña...

-Lo sé. Por cierto... ¿Hyde?

-Se fue a su casa por la tarde.

-¿Y le dejaron? –preguntó sobresaltado. Ken levantó una ceja.

-Oye, Tetchan. ¿Aún tienes desconfianza de él?

-¡No! No es eso... –comentó con temor.

-¿Y entonces?

-Es que hoy a la mañana, casi mata a Megumi...

-¿Eh?

-Sí. La tomó por el cuello, y si Nijiko no me gritaba que ayudara a su madre, Hyde habría hecho una locura.

-¡Mierda! –Ken miró a su amante, quien mostraba igual rostro de asombro–. No nos dijo nada.

-Eee –afirmó el baterista, regresando su atención al líder. Ken volvió a fijar su vista en Tetsu.

-¡Hyde está loco! –comentó el guitarrista.

-No. Está agotado...

-Bueno, no te preocupes Tetchan, no creo que haya hecho nada malo... ¡aún no nos enteramos del funeral! –sonrió divertido, más ninguno de sus dos compañeros se agració del inoportuno comentario–. Perdón... lo siento... –carraspeó incómodo el alto japonés.

Se mantuvieron en el silencio, sorbiendo sus cafés con tranquilidad. Yukihiro, sin embargo, no estaba tranquilo con aquel breve relato, y habiendo presenciado la huida de su líder por la mañana, presentía que su 'soledad' no había sido muy reconstructiva, pues un dejo de cansancio, posterior a la crisis, se evidenciaba en el bajista.

-Tetchan –intervino el japonés de cabellos largos y rubios, llamándole la atención–. ¿Te has tranquilizado?

-¿Eh? –parpadeó a su camarada.

-Es decir... hoy dijiste que ibas a dar una vuelta para descansar... Hyde te esperó hasta la tarde, creyendo que regresarías rápido...

-Es que... –intentó desahogar el nudo que tenía en su garganta, mas necesitaba un empujón, como todo en su vida.

-¿Sí? -insistió el baterista, con una neutra expresión en su rostro.

-Fui a casa... –finalizó el bajista, sintiendo alivio.

-¿A qué? ¡Oye, Tetchan! ¡Te angustiaste más! –comentó de inmediato el alto japonés. Su amante y él habían captado rápidamente la posible situación que habría vivido.

-¿Hyde les dijo?

-Ajá.

-Pues... necesitaba reclamárselo...

-¡Mierda! ¡Tetchan! Kaochan erró, es verdad, pero...

-¡Pero nada, Ken! No tenía el derecho...

-Sí, lo sé –afirmó el guitarrista con angustia. A pesar de todo, su redención a través de las mujeres le hacía inclinarse en defensa de su compañera que por muchos meses de convivencia, se había mostrado tan dulce y amena como su amante, con una gran complacencia en la que se había perdido la personalidad de la joven.

-¡Ken! ¡Me arrastró a sentirme culpable de tener en ella a una mujer tan entregada a mí, y yo, sin ser capaz de amarla! ¡No era justo! ¡Cuando ella era la que estaba operando todo! ¿Sabes que también manipuló a Hyde?

-See. Nos lo ha contado.

-Ella sabía que diciéndole que se suicidaría en caso contrario, obligaría a Hyde a verse a sí mismo reflejado en ella. Por eso Hyde hizo lo que hizo... los tres nos lastimamos tanto por su estupidez... –manifestó Tetsu con molestia, con el ceño fruncido. Ken calló, sabiendo que en el fondo, un poco de razón había, mas Yukihiro suspiró sonoramente, agregando su comentario.

-No. Por su desesperación. Tetchan, cuando se ama demasiado se cometen muchos errores, más cuando esa persona se entera que no pertenece a la felicidad de su ser amado –bajó la vista, clavándola en la superficie de la mesa. Él sabía lo que aquel estado generaba. Era terrible ser usado y manipulando como lo manifestaba Tetsu, pero igual dolor sufría quien, amando, no era más que ignorado. Ken percibió las palabras de Yukihiro con incomodidad. Aún el pasado no desaparecía. Las cicatrices quedaban.

-Tal vez, Yukki. Pero hay personas que se apartan cuando ven que ese ser amado es feliz sin ellos. Aunque represente su propia perdición. Kaori no es de ésas –Yukihiro le miró a los ojos, comprendiendo el mensaje secreto recibido, sonrojándose un poco. Ken esbozó una amarga sonrisa, advirtiendo aquel comentario–. Kaori es la que mata a su ser querido, aunque no quiera. O eres de ella, o no eres de nadie.

-No hables así... Tetchan. Sabes que no es así, no del todo –el baterista defendió a la joven, que aunque habiéndola tratado pocas veces, había visto el basto mar de tristezas en el interior de sus pupilas.

-¿Qué estaba haciendo si no?

-Tetchan, ella se apartó cuando Hyde estaba a punto de matarse... tú lo sabes. Ella lo hizo por ambos.

-¿Y? ¿Ahora?

-Luego se dio cuenta de que estaba desesperada y hundida en la soledad. Tetchan. Ella lo intentó, mas no pudo.

-Pues ahora que pueda.

-¿Qué? ¿La abandonaste? –el baterista le miró con asombrada expresión. No obstante, Tetsu, cansando y agotado de la culpa, le contempló con indiferencia.

-Le dije que todo se terminaba aquí. Mañana voy a retirar mis ropas, y veré si consigo un departamento.

-¡Ne! ¡Tetchan! –interrumpió el alto japonés–. Cuenta con nosotros. Puedes quedarte todo el tiempo que gustes aquí...

-Ee. Gracias.

-¡Y mira la hora que es! Es mejor que durmamos, ¿no creen? –invitó el guitarrista, estirando su espalda, y extendiendo sólo su brazo izquierdo, pues el derecho aún le generaba molestias al elevarlo demasiado.

-Mn. Ve a la cama, Ken... –comentó el baterista, mientras recogía las tazas, y el alto japonés se incorporaba con un gesto de asco en su rostro, producto de la sensación de vacío en su interior.

-¡Buenas noches, Tetchan! –comentó el guitarrista, saliendo de la cocina–. ¡Te espero, Yukki! ¡Tenemos que continuar lo que interrumpió 'alguien'! –gritó antes de ingresar a la habitación. Tetsu se sonrojó, tensionándose, aún sentado.

-¡Mierda! ¡Ése y su boca! –rezongó por lo bajo el baterista, mientras terminaba de secar las cosas.

-Etto... perdona, Yukki... –titubeó el bajista. Hasta a él mismo le incomodaba aquella puntualidad mórbida e inconsciente.

-¡Naaa, olvida, Tetchan! Ken siempre molesta... ven... –le indicó con un suave movimiento de mano, saliendo de la cocina.

Yukihiro le guió hasta una puerta que se hallaba en la esquina lejana del salón. Ingresó en el cuarto, con el piso en tatami, y tras abrir el armario que allí había, le entregó a su amigo un futón.

-Tetchan, si quieres dormir en el salón, hazlo. Este cuarto es un poco frío por los aislantes sonoros para que los vecinos no se quejen... tanto... ya ves. Sólo están los instrumentos.

-No te preocupes –sonrió amable Tetsu, mirando las guitarras esparcidas por el lugar, y una batería en una esquina, junto con un bajo, el único de aquel callado japonés.

-Siéntete como en tu casa... y buenas noches.

-Eee. Gracias. Igualmente. ¡Ah! ¡Yukki! –comentó de súbito, al comenzar a desabrochar la camisa. El baterista se dio vuelta y miró curioso a su amigo–. Perdona... fui a casa, pero no me di cuenta de buscarme una camisa... préstamela hasta mañana... –le sonrió con ternura.

-¡Bah! ¡No hay problema! –le retribuyó el gesto, y cerró la puerta con suavidad.

Con parsimonia, regresó a su habitación, y tras quitarse el suéter que tenía encima de su pijama, ingresó a la cama con suavidad, aún manteniendo inconscientemente el cuidado de los primeros meses tras la operación de Ken.

El guitarrista se acercó a su amante, y escabulló un brazo por debajo del cuerpo de su amigo, obligando a acercársele. El callado japonés, apoyó su cabeza sobre el hombro izquierdo de su compañero, y extendió su brazo por las costillas de éste, en un tierno y cálido abrazo. Desde aquel accidente, no pudo descansar más sobre el cuerpo de su amante, pues aunque el guitarrista le insistía, sabía que aquella sensación extraña de la que siempre aludía el alto japonés, se hacía presente en ese momento, cuando su propio abdomen comprimía el de su compañero.

-¿Yukki?

-¿Mn?

-Estás incómodo... lo noto... –manifestó con suave voz, sabiendo que aquello sólo significaba un cuestionamiento al extraño proceder del baterista.

-No. No es nada.

-Yuuuuukki... –comentó insistentemente.

-Olvídalo...

-Vamos, Yukki... es lo que dijo recién Tetchan, ¿verdad?

-Mnnn... más o menos...

-Vamos, Yukki... ¡no me hagas molestarte! –le amenazó con tono cariñoso.

-Es que, Tetchan dijo que la había dejado...

-¿Y?

-No me siento bien... –susurró con angustia. Ken miró en la oscuridad a su amigo.

-¿Otra punzada?

-No. No, no es del corazón. Es por ella –explicó con seriedad. El guitarrista resopló.

-Já. Me haces sentir tan celoso, Yukki... Kaochan es linda, ¡pero no tiene mis piernas!

-¡Ken! ¡No estoy bromeando! –frotó su mejilla en la piel del hombro de su amante, incrédulo de aquella personalidad que podía hacerle esbozar una sonrisa aún en las circunstancias más serias.

-Ja ja ja. ¡Ya! ¡Ya! Pero no te preocupes. Mañana hablaré con Kaochan. Es una buena chica...

-Mn. No lo dudo, pero... –el baterista seguía intranquilo.

-¿Qué pasa?

-No me siento bien... –susurró aferrándose a Ken, quien acariciaba la espalda del baterista gracias al brazo que había pasado por debajo de su cuerpo.

-Ya verás que no es nada. Duerme, Yukki...

~Continuará~


Notas:
-Já: esta expresión tiene que ver con una exhalación de incredulidad, más que una risa. Me olvidé de aclararlo en la secuela anterior, pero por las dudas...

-Eee: es el equivalente de 'hai' pero informal (afirmación: sí)
-Mn: es el típico sonido informal de afirmación (muchos lo escriben 'un'). Cuando es alargado, implica el de duda, y el de interrogación estará acompañado por sus correspondientes signos.


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