— 20. Algo mejor —
— ¿T-Trabajar?— la mueca sorprendida del castaño bastó para robarle una sonrisa que ciertamente, se había contenido en no expresar.
Con varios días teniendo la idea en la cabeza, con el episodio ocurrido con el banco y la posterior escena en el Hotel Lust, Candy había llegado a la resolución de que sí realmente, quería y tenía oportunidad de apoyar a Terry como amiga y esposa, lo mejor sería conger un empleo tal como el castaño y compartir a partes iguales, la carga de los pagos y as deudas. La mera imaginación de plantearle la idea al chico y hacerlo revolucionar mil y un teorías sobre su decisión, la hacía sentir nerviosa y al tiempo ansiosa, porque deseaba comprobar por vista si Terry seguía pensando en ella, como una dama cualquiera, sin suficiente fuerza para arrojarse de lleno a un mundo dónde él mismo, deseaba a ratos poder escapar.
— Yo... Hice las compras esta mañana, luego de que te marcharas. Acababa de terminar cuando volvía y vi a lo lejos una cafetería en la que hace mucho, bebí té con unas amigas. Están buscando empleadas para servir de meseras, no es muy lejos de aquí. Dos o tres cuadras. También... pedí unos cuántos informes a la gerencia y me han dicho que la paga es por hora y el horario flexible.
— Ya, pero...— las palabras del chico se vieron interrumpidas, como si él mismo estuviera considerando lo que estaba por dejar salir, mientras que frente a él, la rubia se preparaba para cualquiera que fuera la respuesta que Terry estaba por darle.
— ¿Pero...?— le animó la rubia, cuando el castaño pareció quedarse sin argumento que expresar.
— Esto... ¿es por mí? ¿quieres coger un empleo porque...?
— No es porque crea que con tú trabajo y tú esfuerzo no basta para que sobrevivamos y vivamos relativamente estables, si es lo que estás pensando— se apresuró a decir— Es más bien porque no soporto ser tan inútil. Viendote cada mañana marchar a la tienda, cada noche volver cansando y durmiendo poco... Yo... Quiero apoyarte, claro que quiero, porque es por ambos que he tomado mi deciisón también. Pero más que nada... yo... Quiero poder hacer algo más que aguardar por ti, quiero superar las mismas barreras que tú superaste cuando llegamos aquí y decidiste emplearte en la tienda. Quiero ser útil por primera vez en mi vida y demostrarme si realmente...
— Te entiendo— la cortó Terry, con una sonrisa limpia bailando en sus labios y la mano extendida sobre la mesa, sujetando la suya —Entiendo que quieras superar esto enfrentandote el trabajo y que también pienses en mí al tomar la decisión. Me alegra mucho que hayas considerado decirmelo antes de llevarlo a cabo y si realmente, es lo que tú quieres, yo te voy a apoyar. Sólo... sólo no te presiones, pequeña pecosa, no pienses que es una responsabilidad para conmigo o contigo. Consideralo una experiencia para que crezcas como persona y... para que crezcamos también como pareja...— la respuesta fue total. Haciendo gala de una agilidad digna de una pequeña malcriada, la rubia se movió de su asiento para llegar a él, tomarle las mejillas y depositar un dulce beso en sus belfos delgados. Y tal vez fuera la emoción de escuchar a Terry hablando de su matrimonio como algo más que un mero trato de tontos, que la rubia sintió en aquel beso, algo distinto, algo cálido y con sabor a alegría. Algo que definitivamente, era amor.
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Había pasado un tiempo desde la última vez que pisó Bangkok, y sin embargo, Archie todavía podía recordar, el bello paisaje que le recibió, la brisa fresca y el viaje en elefante que le pagó su padre, porque tal vez, en aquella ocasión, hubiera ido por un viaje familiar. Pese al tiempo y a que ya no era más, un adolescente quisiquilloso y travieso, el tailandes seguía siendo un idioma que simplemente no se le daba y que pese a sus esfuerzos por comprenderlo, haía terminado abandonando, casi tan rápido como el chino o el japonés.
Como muchas otras decisiones en su vida, eso había sido un gran error. Y es que, tal vez si hubiera continuado con los idiomas como su madre siempre quizo, no se hallaría tan perdido en la reunión, como lo estaba en esos momentos.
— Disculpe que le interrumpa — habló el caballero frente a él, con la sonrisa ladina de cada reunión y los ojos verdes destellando en burla al mirarle de frente, Archie casi gruñó por volverse el centro de atención. Mucho más porque después de tanto, aquella tarde, Stear estaba entre ellos prescidiendo la reunión.
— ¿Pasa algo?— cuestionó su hermano, con las cejas alzadas, y Archie fue plenamente consciente que poca gracia le haría la interrupción, cuando aquel terminara de humillarle como era su intención.
— Eso es lo que yo quería saber— sonrió el joven, porque ya no era secreto para el castaño, que él y ese, compartían la edad —¿Ocurre algo joven, Cornwall? Tal parece que le es difícil seguir el ritmo de la conversación. ¿Puedo serle de ayuda con su impedimento? ¡Oh, dios! ¿No habla usted tailandés? Eso...
— No, no hablo el idioma— le cortó el castaño con lentitud, con esa sonrisa cínica que le atravesaba los labios cuando iba de juega con Terry, con la sangre hirviendo en humillación— Ciertamente, tenéis razón al señalar mis dificultades, por lo que, si me disculpáis, pasaré a retirarme.
— ¿Y la...?
— Oh, no se preocupe, el CEO es mi hermano, estoy seguro que después me explicará...— sonrió el chico y sin mirar al pelinegro que lo iraba ceñudo, dejó la sala con la cabeza en alto y los puños apretados a los costados. Estaba harto de no comprender, no pasar noches intentado traducir documentos que no comprendía, de ser aplastado en las reuniones por sus pocos conocimientos y sus ineptitudes en cuanto a estudios.
— Parece que ha sido una buena idea comenzar desde dónde lo dejó, joven Cornwall — espetó el profesor con una sonrisa mínima, tatuada en los labios. En sus manos, el primer ensayo que había tenido que entregar reposaba inerte con la nota marcada en rojo y sólo unos cuántos errores de estructura y ortografía señalados con el mismo color. A su lado, el joven veinteañero que llevaba ya, dos semanas en la esucela, pareció complacido.
Habían pasado quince días desde que se reunió con Terry, una tarde después de que este hubiera decidido confesar sus sentimientos a su dulce esposa y desde que le hubiera pedido aquel favor tan especial, al que ciertamente, le halló cierta diversión. Como en ocasiones anteriores, el castaño le deseo suerte en el trimestre que pretendía comenzar, porque tras haber rendido un examen de conocimientos y hablado con el rector sobre los requisitos para presentar nuevamente el examen de aplicación a la universidad, Archie había logrado demostrar que podía volver y que también, podía retomar desde donde había decidido abandonar, años atrás.
— No le diré que me tiene contento tenerle aquí después de tanto, porque debería estar graduado a estas alturas, pero sí le diré que ha sido una buena decisión el volver a la escuela, sus profesores de la escuela a la que haya acudido anteriormente, estarían complacidos de saber, que el potencial que se ha tardado en explotar, sigue ahí, intacto y listo para ver la luz...— declaró el catedrático y tras devolverle el ensayo y pedirle correciones para la siguiente clase, Archie se despidió, sitiendo una satisfacción que hacía mucho había olvidado, vibrando en su pecho.
Tal y como había dicho el profesor, había personas a las que les gustaría saber que lo estaba haciendo bien y que estaba comenzando nuevamente, con el pie derecho. Stear, por ejemplo, no pasaba un día sin enviarle un texto con ánimos y orgullo por él, porque se sentía contento de verlo queriendo superarse. Algo de eso también se debía, a que mientras estudiaba, Archie le había pedido una suspensión de su labor de vicepresidente, pero sí, una oportunidad de seguir laborando para sacar sus prácticas que más adelante, conformarían su tesis. Stear como era de esperarse, se hallaba encantado con esa idea.
Acababa de dejar atrás el edificio en que tomaba Teoría de la administración cuando lo escuchó. Había estado tan pendiente en sus pensamientos, planeando el tiempo que ocuparía para cotntinuar con la tarea que Terry le había solicitado, que pasó por alto el gritito asustado y el golpe sordo que indicaba que alguien había golpeado una pared y sin embargo, había captado el rotundo No, que escapó de labios de una chica. Una chica que apostaba, conocía de hace poco.
— No intentes jugar conmigo —amenazó Johnny, con voz severa, las manos a cada costado de su cuerpo y los puños todavía cerrados en sendos puños que amenazaban con volver blancos sus delgados nudillos. Entre su agarre, pegada a la pared del aula de Ciencias de la educación, Annie buscaba desesperadamente, un hueco por el cuál escapar.
— No intento nada, lo único que quiero es que te alejes de mí. Ya os he dicho que no pretendo ni pretenderé salir con vos...— susurró la chica con la mirada baja, la barbilla casi pegada al pecho y los libros sujetos fuertemente entre los brazos.
— ¡Tonterías! ¿Te gusta hacerte del rogar? ¿Es así como lo hacen ustedes los pobres? ¿Atraer la atención de un tío como yo para jugar con él y parecer interesantes? No eres más que una mosca muerta buscando una fortuna a la cuál lanzarte cuál...— la bofetada que cortó sus palabras, bastó para voltearle el rostro y hacerle escocer la mejilla. Había propasado el límite de la paciencia de la chica y poco pensando en lo que sus acciones traerían, salvaguardar su dignidad y su orgullo, se habían convertido en una prioridad.
— ¡Eres una...!— las manos de Johnny buscaron su cuerpo para atraerlo y hacer con él lo que ella no deseaba, sin embargo, poco pudo moverla, cuando sujetandole por el cuello de la camisa y haciendo gala de una fuerza trabajada en el gimnasio, un castaño de ojos chocolate le apartó de un tirón.
— Yo en tú lugar, buscaría alguien más para joder— espetó Archie con dureza, interpuesto entre el joven de su clase de Gestión y economía y la chica a la que había conocido tropezando sin quererlo.
— ¿Y tú que demonios pintas aquí, eh, novato?— le riñó el chico sin mirarle, porque le bastaba con recordar su voz de la clase, como para pasaro completamente por alto. Su propio nombre le era indiferente y su apellido, mucho más. Después de todo, Johnny ocupaba una plaza en aquella prestigiosa universidad, gracias al dinero de sus padres y los que estaban ahí por menos que eso, no le eran verdaderamente importantes.
— ¿Walker? ¿Ese es tu apellido no es así?— sonrió Archie, con autosuficiencia, porque haber vuelto a la escuela, no podria, ni por asomo cambiar el hecho de que era un maldito cabrón y que todavía consevaba en las venas, la facilidad para picar a un cretino. ¿Cuántos no había humillado junto a Terry en sitios mejores que aquella aula vieja?
— ¿No te basta saberlo? Es mejor para ti que te largues de una vez, ya debes saber que no es una buena idea joder a un Walker— amenazó el chico con voz altiva y una pose de autosuficiencia.
— Ya, ¿que podría pasar por hacerlo? Dudo que papi quiera perder acciones en el grupo de asociados y ciertamente, ¿los Walker pueden darse el lujo? La última vez qe comprobe, estaban a un 3% de perder terreno en el sector de inversions y las cadenas de resorts no parecen estarles dando frutos.
— ¿Cómo...?
— La próxima vez que quieras joder a alguien, espero por tu bien y el de tu familia, que no sea mi novia. Si me disculpas, dile a Douglas Walker que el CEO de Cornwall Enterprises le manda saludos— y sin más que decir, buscando en su retirada la mano de la chica a sus espaldas, Archie y Annie salieron de ahí, en silencio y a paso tranquilo, con los dedos entrelazados y el corazón latiendo a mil por hora, hasta detenerse en los jardines opuestos al edificio y sin importar mucho que fueran a dar las 10 de la mañana, idicando con ello el comienzo de una nueva clase.
— ¿Te encuentras bien?— cuestionó Archie con voz suave y una sonrisa discreta luciendo en sus labios, al reparar en el hecho de que se hallaban a solas en aquel jardín.
Frente a él, Annie pareció teñirse de rojo, cuando reparó en que sus dedos, seguían aferrados a los de aquel joven tan bello que parecía irreal. Tan peligroso que era mejor mantenerse al margen, después de todo, ¿cuánta suerte podía tener para encontrar a un mimado pareció a los Grandchester? Johnny Walker era el vivo ejemplo de que muy poca y un Cornwall, era mucho peor que eso. Ahora lo recordaba.
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Una respuesta positiva de Terry le había bastado para tomar su decisión y una noche entre los brazos del hombre que comenzaba a amar, más allá de la razón, le fueron como un dulce recordatorio de lo mucho que ganaría si ponía de su parte y se esforzaba por sacar adelante el bonito matrimonio que en otra situación, tal vez no habría vivido. Así y con dos semanas de haber pedido el empleo en la cafetería Sweet Tempest, la rubia de las muchas pecas en el rostro, finalmente podía decir, que esa presión en el pecho que la acometía a diario en la soledad del apartamento, había desaparecido.
Porque después de tanto, parecía que finalmente, algo parecía ir bien en sus vidas y porque con ayuda de la hermana de Terry el primer pago al banco que debían realizar, se había congelado hasta el siguiente mes. Y si ambos ponían de su parte, tal vez un mes de prórroga bastara para que el pago a la señora Grandchester y al banco, fueran efectuados. El horario de trabajo también parecía convenirles porque tras desayunar juntos, ambos dejaban el apartamento y Terry la acompañaba lo más que podía de camino a la cafetería, antes de desviarse unas calles para volver a la tienda y ayudar a Tony con la apertura. El almuerzo lo pasaban separados, pero por las tardes, antes de que Terry marchara al salón, Candy volvía a trote a su hogar y preparaba la comida. Las noches las pasaba leyendo en la tableta, buscando información sobre el café y sus preparaciones, intentando recordar cada procedimiento que debía realizar y preparando cenas ligeras para cuando su marido volviera.
Lo mejor de la nueva rutina, sin duda alguna eran las noches, porque acunada entre los brazos del castaño, los sueños se volvían dulces y acaramelados, los besos la hacían sentir amada y el latir del corazón del chico bajo su oreja le recordaba lo que tras un mal tiempo había ganado. Afecto y protección, una protección que antes, sólo había podido soñar. Y Terry parecía tan feliz de tenerle con él, como ella de poder amarlo a plenitud.
— ¡Candy!— exclamó Yuri, la otra mesera en turno, con una sonrisa tatuada en los labios y la mirada de quién dice Lo has vuelto a hacer.
— No me digas, ¿fue el expresso, cierto?— cuestionó la rubia con un ojo cerrado y la lengua de fuera en un gesto, que hacia mucho había aprendido y dejado de hacer. Con una risa burlona, Yuri negó con la cabeza y señalo las magdalenas, Candy había olvidado servirlas adecuadamente y ahora eran invisibles tras la tarta de fresas, en el mostrador principal.
— Eres un caso perdido, deja las nubes un momento, pequeña pecosa— la riñó ligeramente la chica, porque como su superior en cuanto a las actividades, Yuri no sólo se había mostrado paciente con ella, sino también cordial y amigable— ¿Te parece si yo preparo ahora el café y tú sirves las últimas tres mesas?
— ¿Problemas con la cintura?— cuestionó la rubia, pues con dos semanas ahí, ya era bien sabido par a ella que su compañera sufría dolores severos de cintura, tras un accidente en que se lastimó la columna vertebral. Con alegría y disposición, la pecosa dejó su puesto tras el mostrador y agradeció poder hacerlo, porque ciertamente prefería servir en las mesas que en la preparación del café.
Buscando en sus bolsillos la libretita de pedidos y el boli de bolsillo que le habían dado al ponerla ahí, la rubia temrinó por llegar a la mesa del fondo donde sus ojos pronto repararon en el bolso Gucci de temporada que hacía poco había lanzado la marca. Tras la mesa, enfundada en un abrigo de piel negro y con un vestido ceñido bajo del mismo en tono coral, Susana la miraba con los ojos ardiendo en furia y los labios convertidos en una fina línea. Frente a su amiga, Neil Legan sonreía como quién más y el traje gris que llevaba puesto le sentaba casi tan mal como si se hubiera metido en una botarga muy sudada y vieja. Candy sintió un estremecimiento recorrerla, cuando Neil la miró y mordisqueó su labio inferior.
— Preciosa Candy, qué sorpresa verte aquí— espetó el chico.
— Y qué lo digas, ¿desde cuándo las gatas finas sirven el café? — atacó Susana y Candy no pudo evitar sentir aquel comentario como una daga, porque la última vez que había charlado con la rubia, esta le había prometido ayuda para su difícil situación. ¿Qué había hecho para molestarla?
Continuará...
N/A:
July patata, reportándose.
¿Qué os ha parecido? ¿Ustedes también esperan ver algo entre Karen y Tony? ¿Qué suponen que hace ahí Neil y su arpía? Y, más importante ¿quieren saber que ocurrió con Albert y Elroy?
¡Nos leemos pronto! ¡Saludos a todas y mil gracias por leer!
JulietaG.28.
