Capítulo 19
Al mediodía el Gran Comedor lucía lujoso para celebrar la comida de Navidad. Como ese año se habían quedado muy pocos alumnos en el colegio, solo había una mesa para todos ellos. Elyon se sentó junto al grupo de gryffindors, todos más pequeños que ella esos días. Al final de la mesa se habían sentado los únicos cinco slytherins que no habían ido a casa a pasar las fiestas.
Antes de empezar a comer, Dumbledore se levantó y les deseó a todos Feliz Navidad, luego comenzó a alardear de la cantidad de calcetines que le habían regalo, diciendo que sin duda había batido un récord. Muchos de los alumnos rieron. El tema de conversación de la comida fue precisamente ese, los regalos. Todos los alumnos sonreían y fardaban sobre lo que habían recibido. Elyon no comentó nada, sonriendo para ella mientras miraba los anillos. Desde luego había encontrado unos buenos amigos. Pero también recordó la carta, quería saber de quién era. Solo de pensar en eso se le quitaba el apetito.
Snape entró en el Gran Comedor cuando ya se servían los postres, tenía el pelo mojado y llevaba una camisa negra y unos tejanos azul oscuro. La chica lo miró con atención, estaba claro que se iba a alguna parte. El joven profesor le susurró algo a Dumbledore, que asintió y le hizo un ademán dándole a entender que podía marcharse.
Después de comerse un buen trozo de pastel de chocolate, Elyon abandonó la mesa. Caminó por el Gran Comedor con calma, pensando qué podía hacer aparte de escribir a sus amigos dándoles las gracias por el regalo. Al salir de la sala se quedó plantada en medio del pasillo, mirando el exterior nevado a través de las puertas del castillo, que estaban abiertas de par en par ¿Y si salía a dar una vuelta? De las mazmorras salió Snape con paso ligero mientras se ponía un abrigo largo hasta las rodillas.
-¿Tú también te vas? –le preguntó desde lo alto de las escaleras de mármol.
El chico se giró sobresaltado.
-¿Acaso te importa? –le respondió con indiferencia.
-Todos se van a casa por Navidad –Elyon se encogió de hombros con una mezcla de tristeza e indiferencia.
-Yo no tengo casa a la que volver –murmuró él para sí mismo saliendo del castillo.
Ella se quedó allí unos minutos más. Había escuchado el comentario de Snape. "Todos tenemos un lugar al que volver" pensó ella.
-¿Has hecho ya el trabajo de Encantamientos? –dos alumnos de Hupplepuff pasaron por su lado alegremente.
Los deberes. Se había olvidado por completo de ellos, y eso que tenía que entregar incluso un par de trabajos de las clases suplementarias. Tendría que dejar el paseo para otro momento, no quería dejar todas las tareas para el último día. Los siguientes dos días pasaron sin grandes novedades, había recibido un par de cartas de sus amigos, que le explicaban cómo estaban pasando las vacaciones, y de paso se preguntaban dudas sobre los trabajos. Lo que más le extrañó a Elyon fueron las cartas de Lisa, eran muy cortas y apenas le contaban nada, y ella quería saber cómo le estaba yendo con su familia, si había conseguido solucionar algo o no.
Cansada de estar todo el día con la cabeza metida en un libro fue a dar una vuelta por el colegio. Los pasillos se habían vuelto fríos y tétricos desde que ya casi no había estudiantes, y la luz grisácea por el cielo encapotado no ayudaba a mejorar aquella sensación. Como no encontraba nada interesante, empezó a curiosear todas las aulas y habitaciones que había en su recorrido, para su sorpresa todas estaban abiertas, aunque no encontró nada interesante en su interior. Por eso se extrañó al encontrar una de las puertas cerradas. Forcejeó un poco por si la puerta estaba atascada, pero no, estaba cerrada a cal y canto. Dudó unos momentos. Si estaba cerrada quería decir que había algo interesante al otro lado, si no, ¿para qué cerrarla?
-Alojomora –murmuró apuntando con su canalizadora a la cerradura.
Con un clic la puerta se abrió sola. No se lo había puesto muy difícil. En la habitación solo había un montón de sillas y pupitres amontonados a los lados del aula. Solo eso, y algo grande cubierto por una sábana oscura detrás de un par de pupitres. Picada por la curiosidad, retiró los pupitres y tiró de la sábana. Ante ella apareció un enorme espejo, era viejo y estaba sucio, apenas podía ver su reflejo con claridad. Algo comenzó a materializarse junto a ella en el espejo. Se giró sobresaltada, pero no había nadie con ella. Cogió la sábana y limpió un poco el cristal. La tela se escapó de entre sus dedos. Ahora había dos personas junto a ella. Elyon se alejó del espejo sin dar crédito. Eran sus padres, sus padres aparecían en el espejo, pero a su lado no había nadie, estaba sola en la sala, completamente sola.
El reflejo de su madre le tendió la mano con una enorme sonrisa. Ella se acercó con paso indeciso, sin saber si aquello era producto de su imaginación. Tocó el cristal y miró a su madre, que fue perdiendo la sonrisa al ver que su hija se quedaba al otro lado. Elyon tanteó el cristal, por un momento le hubiera gustado encontrar una grieta por la que poder pasar al otro lado. Su padre le puso una mano en el hombro a su reflejo, sabía que no era real, pero podía sentir el peso y la calidez de su mano. Una lágrima surcó su rostro. Tuvo el impulso de tirar una silla y romper el cristal. Pero por otra parte sentía que si lo hacía perdería el recuerdo de sus padres para siempre. Se dejó caer de rodillas. Su madre la abrazó. Y ella lloró por no poder sentirlo, por no poder recordar el olor de su pelo, por estar olvidando esas pequeñas cosas que necesitaba recordar para no sentirse sola. Apoyó la cabeza en el cristal y cerró los ojos con fuerza, intentando imaginar que estaba al otro lado del espejo.
Dumbledore se preocupó al ver que Elyon no aparecía a la hora de la cena, estaba a punto de ir a buscarla cuando la vio entrar en el Gran Comedor. Tenía los ojos hinchados y el semblante extremadamente triste. El director frunció el ceño, ¿había recibido malas noticias de sus amigos? ¿Se había peleado con alguno? Porque durante los últimos días parecía que había recuperado la alegría, y ahora de repente, había estado llorando. Luego iría a hablar con ella.
La encontró frente al cuadro de la Señora Gorda.
-¿Ha pasado algo? –le preguntó Dumbledore mirándola con atención.
-No, ¿por? –mintió ella, aún tenía los ojos hinchados.
-Por tu cara, no intentes negarme que has estado llorando –la advirtió.
-Es que estoy un poco estresada por los trabajos, y como no están mis amigos… Solo por carta no pueden ayudarme mucho –se inventó una excusa tan rápido como pudo.
-Si realmente es por eso, puedo hablar con los profesores para que te den más tiempo. Además puedes pedirle al profesor Snape que te ayude cuando vuelva, yo me encargo –le propuso el director.
-¡No! ¡No, ni hablar! –se apresuró a decir ella, sobre todo por lo de recibir ayuda de Snape- Quiero entregar mis trabajos junto a mis compañeros.
-Como quieras, pero si realmente lo que necesitas es hablar aquí me tienes para lo que necesites. Y si yo no estuviera, siempre puedes acudir a la profesora McGonagall o al profesor Snape.
Elyon asintió y entró en su Sala Común. Dumbledore suspiró, no era tonto, sabía que algo le pasaba, y no era por culpa de los deberes. Solo esperaba no tardar mucho en descubrir qué pasaba y qué la preocupaba.
Pasaron otros dos días y la chica de cada vez estaba más pálida y ojerosa. Eso le dio mala espina, eran los típicos síntomas de depresión que sufrían los elfos, y sabía muy bien cómo podían acabar esas depresiones en los peores casos.
Una vez más Elyon estaba tumbada frente al espejo, estaba enrollada en una manta, y en el reflejo podía ver como su madre le acariciaba el pelo. Suspiró. Durante esos días el reflejo había ido cambiando, poco a poco se hicieron nítidas otras dos figuras más, dos tumbas, cada una con su respectivo nombre: Timothy McWilliams y Anya McWilliams. En esos momentos su padre estaba sentado sobre su lápida. Otra cosa que había cambiado era la expresión de sus padres, su sonrisa había desaparecido, ahora parecían tristes, casi tanto como su hija. Sintió nauseas, llevaba un día sin comer nada, quizá sería buena idea comer algo y de paso salir a estirar un poco las piernas. Pero nada más salir de la habitación sintió la urgente necesidad de volver a entrar.
Aunque sus tripas rugían apenas probó bocado, no le apetecía nada de lo que había en los platos. Se levantó de la mesa para volver junto al espejo, pero al salir del Gran Comedor tropezó con alguien que no esperaba encontrar.
-¡Feliz Navidad, Elyon! –Remus le sonrió soltando una enorme bolsa similar a un saco de dormir, y quitándose el gorro rojo lleno de nieve que le había regalado ella por Navidad.
-¿Qué haces aquí? –la chica lo miró sorprendida.
-Dumbledore me ha dicho que necesitabas compañía, y aquí estoy –sonrió él- He venido a pasar el resto de las navidades contigo.
-¿Y tu familia?
-He estado estos días con ellos, y saben que ya me he hecho mayor, así que tampoco esperaban que pasara en casa todas las fiestas –explicó el joven riendo.
-¡Genial! –Elyon se tiró a su cuello con alegría, aunque por alguna razón no se sentía del todo feliz.
Elyon lo acompañó a la Sala Común. El cuadro de la Señora Gorda miró a Remus con desagrado, pero este sacó del bolsillo una llave bastante grande, que tenía la empuñadura en forma de cabeza de león.
-¿Te la ha dado el profesor Dumbledore? –le preguntó la mujer con el ceño fruncido.
-¡Por supuesto! ¿De dónde la he sacado si no? –contestó el chico.
El cuadro se apartó y los dejó entrar.
-¿Y esa llave? –le preguntó la chica curiosa.
-Resulta que hay una para cada casa, con esto puedo entrar en la Sala Común sin ser alumno o profesor, incluso saltarme el conjuro contra mirones que tiene la escalera de las chicas –explicó Remus-. De haber sabido que existían estas llaves, seguro que las habríamos intentado robar cuando éramos estudiantes.
El chico rió y Elyon negó con la cabeza, a pesar de no ser un estudiante, seguía siendo un gamberro. Los alumnos que había en la sala se lo quedaron mirando extrañados.
-Por cierto, ¿dónde vas a dormir? –le preguntó ella.
-Pues Dumbledore me ha dicho que duerma en tu habitación, como ya no queda ninguna compañera tuya –Remus se sonrojó un poco.
-Ammm… bien, vale. Puedes dormir en la cama de Lisa, seguro que a ella no le importará –sonrió Elyon.
Si era sincera no le hacía mucha ilusión que Remus durmiera en su habitación, porque no le iba a ser fácil escabullirse por la noches si el chico dormía en la cama de al lado. "Maldito Dumbledore… viejo entrometido…" pensó ella con enfado.
Después de dar una vuelta por el colegio, el chico la ayudó con los trabajos y deberes. Al llegar la noche Elyon se durmió esperando que Remus se cansara de leer y se durmiera de una vez, por lo que se levantó de muy mal humor. Y su estado de ánimo no mejoró durante la mañana, ya que Remus no la dejó sola ni a sol ni a sombra. En la biblioteca se sintió extremadamente frustrada, no paraba de balancear los pies en su silla y de removerse en ella inquieta, le temblaban las manos y sentía una desagradable sensación de ansiedad, no podía dejar de pensar en el espejo.
-¿Qué te pasa? Llevas toda la mañana muy inquieta –le preguntó el chico en la comida.
-Nada, no me pasa nada –contestó Elyon de mal humor.
-¿Te apetece hacer algo después de comer?
"Sí, que te vayas un rato y me dejes en paz" pensó ella mirándolo con los labios apretados.
-¿De verdad que no te pasa nada? –insistió él frunciendo el ceño.
-¡Sí, de verdad! ¡No seas pesado! –se levantó de la mesa y salió del Gran Comedor pisando fuerte.
Remus la miró preocupado y buscó a Dumbledore en la mesa de profesores. El director asintió y el joven se apresuró en seguir a la chica.
Elyon se escabulló por los pasillos sin ser vista, o al menos eso creía. El licántropo la siguió a cierta distancia, y vio como la chica entraba en un aula. Cuando la puerta se hubo cerrado, Remus se acercó y apoyó la oreja en la puerta. Al otro lado no se escuchó nada. Frunció el ceño. Aún recordaba los pasillos secretos y las salas escondidas, por lo que sabía perfectamente que ese aula estaba vacía ¿Entonces, qué hacía Elyon allí?
Esperó a varios metros de la puerta, escondido detrás de una armadura. Ya había oscurecido, sus tripas rugían de hambre, estaba seguro que ya había pasado la hora de la cena, y la joven aún no había salido. Empezó a preocuparse, pero sabía que no debía entrar, no hasta que ella se fuera. La puerta se abrió y Elyon salió al pasillo, estaba pálida y con el semblante triste, era más que obvio que había estado llorando. La chica desapareció por el pasillo arrastrando los pies y con los hombros caídos.
Remus entró en el aula tras abrir la puerta con un hechizo sencillo. La inspeccionó con la vista, no había nada fuera de lo común. No entendía por qué Elyon pasaba tanto tiempo en un lugar vacío. Algo llamó su atención, en un lado de la sala había algo grande cubierto con una sábana.
-¿Un armario? –se preguntó en un murmullo.
Cogió la tela y tiró, se vio a si mismo reflejado en un enorme espejo polvoriento. Algo brilló a su derecha en el reflejo, la luna llena asomaba por una de las ventanas. Remus se giró asustado. Pero en la ventana no había luna, solo algunas nubes que tapaban las estrellas. Volvió a mirar el espejo, en el reflejo sí que estaba la luna llena en la ventana. Frunció el ceño, no terminaba de entender qué significaba aquello, hasta que cayó en la cuenta de que a pesar de haber luna llena en el espejo, su reflejo seguía siendo humano, su cuerpo no había cambiado, no veía ningún monstruo sediento de sangre al otro lado.
...
Remus se lo explicó todo a Dumbledore.
-El Espejo de Odesed –murmuró el anciano.
-¿El qué? –el chico lo miró con interés.
-Lleva años en el colegio, estaba en esa sala desde antes de que tú entraras en Hogwarts, y ningún estudiante se había fijado en él, por eso no lo he movido. Y mira que mala suerte, que después de tanto tiempo ha tenido que ser Elyon la que ha dado con él –suspiró el director.
-¿Tan malo es?
-Supongo que te habrás dado cuenta de qué es lo que muestra, ¿no? –miró al chico con interés.
-Eso creo, muestra… nuestros deseos, ¿verdad? –Remus se quedó pensando en lo que había visto.
-Exacto, muestra lo que más deseamos en este mundo. Y conociéndote, seguro que tú viste algo relacionado con tu licantropía –razonó Dumbledore con una sonrisa triste.
-Sí, vi que no me transformaba con la luna llena. Pero si solo es eso, si solo vemos nuestros deseos… ¿Qué problema hay con el espejo? –preguntó confuso.
-Que hay personas que se han consumido frente a ese espejo, se vuelve algo adictivo. Y creo que ya habrás caído en la cuenta de qué es lo que ve Elyon en el espejo –explicó Dumbledore preocupado.
-A sus padres –el anciano asintió.
-Tenemos que apartarla de ese espejo antes de que sea tarde, y creo que el único con el tacto suficiente para hacerlo eres tú.
-¿Y Snape? –Remus lo miró alzando la ceja.
-Sabes tan bien como yo que él no lo conseguiría, o eso creo yo –murmuró-. Igualmente hace días que tendría que haber vuelto, no sé qué habrá pasado.
-Bien, yo me encargo –sonrió Remus, por alguna razón se alegraba de que Snape estuviera fuera de juego.
...
Al día siguiente el licántropo dejó a la chica un poco más a su aire, ya sabía lo que escondía, y no quería agobiarla, porque si no, no querría escucharle más tarde. Esperaría a que volviera a entrar en el aula del espejo. Elyon estuvo más calmada con él, ya no parecía tan enfadada, aunque seguía sin hablarle mucho y apenas sonreía. Remus utilizó la excusa de que necesitaba una buena ducha para dejarla sola, y que así fuera junto al espejo. Pero no salió tan rodado como él quería. Para su sorpresa la chica no fue corriendo al aula, estuvo vagabundeando por los terrenos, por lo que a él le fue difícil vigilarla sin ser visto. Parecía como si estuviera posponiéndolo todo lo necesario, como si se resistiera a ir de nuevo junto a aquel espejo. Aunque finalmente entró en el castillo.
Remus inspiró hondo. No sabía muy bien qué decirle a Elyon. Solo esperaba no cagarla y conseguir que viera que aquello no llevaba a ninguna parte. Entró en el aula sin llamar. El sonido de la puerta le pareció más ruidoso que de costumbre. Elyon se giró sobresaltada, lo miró con sorpresa y enfado.
-¿Qué haces aquí? ¿Me has estado siguiendo? –la chica se apresuró en secarse las lágrimas- ¿A sido cosa de Dumbledore, verdad? ¿Por qué no me dejáis hacer lo que quiera?
-Porque eres lista, y sabes tan bien como yo que esto no te ayuda –señaló al espejo polvoriento.
-¡Me da igual! ¡Yo lo único que quiero es no olvidar a mis padres! ¡Y si esta es la única manera de conseguirlo, seguiré viniendo aquí las veces que sea necesario! –le gritó ella llena de rabia e impotencia.
-Se sincera contigo misma y pregúntate si esto es realmente lo que quieres. Si esto te sirve de algo. Mira el reflejo y dime si te sientes más feliz cuando lo miras –le dijo él cogiéndola del hombro, arrastrándola y obligándola a mirar el reflejo.
Elyon se encontró con los rostros de sus padres, que la miraban tristes, como si su hija les hubiera decepcionado profundamente. Sintió un aguijonazo en el pecho.
-¿Te sientes más feliz? –insistió el chico.
-No –musitó ella avergonzada-. Yo solo quería…
-Ya sé lo que querías, pero así solo empeoras las cosas. Aunque duela, tus padres no van a volver. Ya sé que se olvidan cosas, pequeñas cosas que consideramos importantes. Pero créeme cuando te digo que lo que queda es lo más importante –Remus recordó a sus amigos e inspiró hondo, no podía hundirse frente a ella.
Elyon rompió a llorar y lo abrazó con fuerza. Él le correspondió.
-No sé si podré dejar de venir… lo he intentado, pero no puedo… incluso intenté romper el espejo…
-Yo te ayudaré en eso –Remus le frotó la espalda-. Por curiosidad, ¿qué ves?
-A mis padres –Elyon miró de nuevo el reflejo-. Han vuelto a sonreír, hasta hace unos momentos estaban tristes. Y están sentados sobre sus lápidas.
El licántropo frunció el ceño, no era lo que esperaba escuchar. Estuvieron un rato más en el aula, sincerándose, desahogándose mutuamente. Finalmente salieron de allí y se fueron a dormir. En el dormitorio Elyon le pidió a Remus que si podía dormir con él, necesitaba a alguien a su lado, no quería sentirse sola. Aunque al preguntarlo se sonrojó hasta la punta de las orejas. El chico le hizo un hueco en la cama con una cálida sonrisa. Remus también se sonrojó cuando ella lo abrazó acurrucándose a su lado. El licántropo no pudo esconder una sonrisa antes de caer dormido.
...
Remus se despertó sobresaltado, y por un momento no recordó dónde se encontraba. Miró a su lado y vio la cama vacía, Elyon se había despertado antes que él. Apretó los labios, le hubiera gustado verla dormir a su lado.
-¿Ya estás despierto? –le preguntó Elyon desde la puerta del baño, mientras se secaba el pelo con una toalla.
-Eres muy madrugadora, ¿no? –rió él.
-No, no creas. Pero es que tus ronquidos sirven de despertador –rió.
-¿Ronco? –el licántropo se sonrojó sobremanera.
-Sí, un poco –ella sonrió quitándole importancia.
Bajaron a desayunar. La semielfa había recuperado el color en las mejillas, aunque aún parecía algo abatida. Conseguir que dejara de visitar el espejo iba a llevar algo más de tiempo y esfuerzo.
Elyon miró la mesa de los profesores, y no vio a Snape, hacía días que se había ido. ¿Dónde estaría? Porque si según él no se iba con su familia…
-¿En qué piensas? –le preguntó Remus dándole un sorbo a su café.
-¿Dónde crees que estará Snape?
-Ni lo sé, ni me importa –respondió escuetamente- ¿A ti sí?
Elyon se encogió de hombros. Remus torció el gesto, ¿a qué venía esa repentina preocupación por él? El resto del día pasó sin grandes incidentes, el licántropo intentó distraer a la chica para que no pensara en el espejo, fueron a dar un paseo por Hogsmeade y luego a Las Tres Escobas. Remus se dio cuenta de que Elyon a veces se quedaba pensativa retorciéndose las manos, aunque luego volvía al mundo real con una sonrisa triste. Parecía que ella también estaba poniendo de su parte para no volver a aquella aula. Después de la cena McGonagall los fue a buscar a la Sala Común y los llevó hasta el despacho del director. Elyon se mordió el labio, aún seguía rencorosa con el anciano, y además no era buena señal que los hiciera ir a su despacho, siempre que pasaba eso acababa habiendo una bronca y una charla interminable.
-¿Cómo estáis pasando estas fiestas? –les saludó Dumbledore con una amplia sonrisa.
-Bastante bien –contestó Remus.
Elyon se mantuvo en silencio con la vista baja.
-¿A pasado algo? –preguntó el chico con preocupación.
-¡En absoluto! Solo os he hecho venir para invitaros a la fiesta de Navidad de los profesores –rió el anciano.
Elyon levantó la vista incrédula.
-¿Y qué se supone que vamos a hacer nosotros ahí? No somos parte del profesorado –el licántropo parecía tan confuso como ella.
-No lo sé, lo que se supone que se hace en las fiestas –Dumbledore lo miró como si la respuesta fuera la más obvia del mundo-. Seréis mis invitados. Los profesores pueden llevar a algunos invitados, así que tranquilos, no creo que se fijen mucho en vosotros.
-Pues entonces gracias –el chico sonrió extrañado.
Elyon seguía sin poder articular palabra.
-Bueno, ya podéis volver a la Sala Común y pensar en lo que os pondréis, hay que ir un poco elegantes –los despidió el director.
A los dos se les calló el alma a los pies. Elyon lo único decente que tenía era la túnica negra y plata, y no le apetecía nada ponérsela, ya que le traía malos recuerdos. Y Remus apenas había traído ropa, aunque si era realista, ni habiendo traído su escaso armario a cuestas encontraría en él algo que ponerse, y por nada del mundo quería pedir ayuda a sus padres. Hacía años que decidió ser autosuficiente cansado de su sobreprotección.
-¿Crees que podremos decir que no vamos? –le preguntó Elyon al chico cuando salían del despacho.
-No lo creo, Dumbledore no nos dejará en paz hasta que nos presentemos allí –respondió él abatido.
La chica suspiró con resignación.
Al llegar a la habitación se encontraron dos paquetes envueltos en un simple papel marrón, cada uno en su respectiva cama. Remus se adelantó con una media sonrisa y abrió el suyo, del que sacó una camisa granate muy oscura.
-No sé por qué, pero me imaginaba algo así –rió para sí sacando el resto de la ropa.
Elyon abrió el suyo, del que sacó un vestido de media manga color champán y unas sandalias del mismo color.
-Es precioso –sonrió ella- ¿Cómo consigue Dumbledore tener tan buen gusto para todo?
-¿De verdad quieres saberlo? –el chico alzó una ceja divertido, ella asintió- Bueno, verás, desde hace muchos años se rumorea que Dumbledore es…. bueno, de la otra acera.
Elyon se quedó con la boca abierta.
-¿Dumbledore es gay? –no podía creérselo.
-Es solo un rumor, pero visto lo visto…. – comentó él enseñándole la camisa.
-Vaya… quién lo iba decir… yo pensaba que estaba liado con McGonagall –comentó Elyon inocente.
Remus rió con ganas. La chica cogió el vestido y lo colocó frente a ella mirándose en el espejo.
-¿Crees que me quedará bien? –se giró para enseñárselo al licántropo.
El chico frunció el ceño y torció el gesto, luego repentinamente se encogió de hombros.
-¿Qué? –la chica se exasperó al no obtener respuesta.
-Te seré sincero: no tengo imaginación para estas cosas, hasta que no lo vea puesto no te lo podré decir –contestó él.
-Eres un caso –sonrió ella dejando el vestido encima de la cama-. Pues tendré que esperar a mañana.
La semielfa miró el vestido con gesto de fastidio. Le hubiera gustado saber la opinión de Remus.
...
Se estaban preparando para arreglarse para la fiesta, cuando llamaron a la puerta. McGonagall entró con una tímida sonrisa.
-Elyon, el profesor Dumbledore me ha mandado a buscarte para ayudarte a arreglarte y acompañarte al baile –informó ella.
-No se lo tome a mal, pero creo que puedo apañármelas sola –contestó ella tímidamente.
-Anda, vete con ella. No intentes llevarle la contraria a Dumbledore, es un consejo –le dijo Remus.
Elyon se fue con la profesora a regañadientes.
-¿Qué está planeando el director? –le preguntó a McGonagall con una ceja levantada.
-Sinceramente prefiero ignorarlo, es mejor seguirle la corriente y sorprenderse después –rió la profesora.
Elyon entornó los ojos. Estaba claro que si Dumbledore lo decía había que hacerlo por fuerza, y eso la fastidiaba, no quería resignarse tan pronto a que la controlaran como habían hecho todos con ella hasta la fecha. La profesora la ayudó con el peinado, que era lo que la semielfa tenía menos claro, finalmente se dejó el pelo suelto con unas ondulaciones, y se puso la diadema de plata que le habían regalado esas navidades para adornar. La joven se sonrojó cuando McGonagall se ofreció a maquillarla, por suerte para ella, Lisa hacía tiempo le había dado un par de consejos sobre maquillaje.
Remus esperaba junto a Dumbledore en Las Tres Escobas. El local había guardado todas las mesas para dejar sitio por si la gente quería bailar. Todo estaba decorado con muérdago, y un gran árbol de Navidad presidía el establecimiento. El chico suspiró con fastidio, le hubiera gustado llegar junto a Elyon, pero estaba claro que esa posibilidad no entraba dentro de los planes del director.
-¡Anima esa cara muchacho! –rió el director dándole una palmada en la espalda- Seguro que Elyon no tardará en llegar.
Remus lo miró alarmado e intentó replicar que no estaba molesto por eso, sino porque le había hecho ir a una fiesta en la que no pintaba nada. Pero Dumbledore gritó con alegría y alzó los brazos dirigiéndose al nuevo invitado.
-¡Severus, qué alegría! ¡Pensé que no vendrías! –rió el anciano.
Snape lo miró e intentó escabullirse entre la gente, pero no reacciono a tiempo, Dumbledore empezó a darle palmaditas en la espalda.
-Cómo no venir… mi ilusión de toda vida ha sido ver a mis antiguos profesores borrachos danzando como idiotas –gruñó él.
-¡Qué melodramático! –rió el anciano.
Snape llegó a la conclusión de que Dumbledore hacía rato que había empezado a beber, y que solo le faltaba bailar mientras se tropezaba con su túnica y derramaba la bebida de la copa que llevaba en la mano sobre otra persona. Si su expresión ya estaba lo suficientemente asqueada, se agravó al ver a Remus venir hacia ellos.
-¿Qué haces aquí? –le preguntó de mal humor.
-Es mí invitado Severus, así que no quiero escenas ¡Que esto es una fiesta! –el anciano se fue riendo hacia otro lado.
-¿Te diviertes? –le preguntó Snape alzando una ceja intentando ser algo cortés.
-Tanto como tú –respondió el licántropo-. De haber podido me habría escabullido.
-¿Por qué? Para una vez que te prestan ropa para ir vestido civilizadamente aprovéchalo –le dijo Snape con una sonrisa hiriente.
-¿Oye por qué no…?
-¡Feliz Navidad, Elyon! ¡Estás preciosa! –la voz de Dumbledore se escuchaba por encima de la música.
Ambos se giraron hacia la entrada. Y vieron como Elyon se sonrojaba mientras miraba con expresión de recelo a Dumbledore, que se acercaba a ella con paso bailarín. McGonagall intentó contener una sonrisa, pero no lo consiguió. El anciano le dio dos fuertes besos en las mejillas y se fue tan feliz cómo había llegado. La muchacha lo vio alejarse, sin poder asimilar del todo lo que acababa de pasar. Luego se quitó la capa de estudiante y se la dio a un hombre encargado de los abrigos.
Remus sonrió para sí. Snape la miró con atención. Elyon llevaba puesto el vestido, que le llegaba hasta arriba de las rodillas, a la altura de la cintura la tela sedosa se plegaba un poco sobre si misma dándole un poco de vuelo y movimiento. Las mangas se abrían un poco y colgaban a los lados. Se había maquillado más que de costumbre. Aparte del perfilado oscuro, se había sombreado los ojos con el mismo tono dorado que el vestido y las sandalias, por lo que el verde de sus ojos parecía más brillante y luminoso.
-¡Hola! –les saludó ella con una sonrisa tímida- ¿Qué os parece?
La chica dio una vuelta sobre sí misma.
-Me parece que estás muy guapa –contestó Remus con una amplia sonrisa.
-Gracias –sonrió ella, miró luego a Snape, pero apartó la mirada como si no le interesara para nada. Elyon se mordió el labio decepcionada- ¿Llevas mucho tiempo aquí?
-Una eternidad –rió Remus-. Si lo dices por Dumbledore… creo que le sube muy rápido el alcohol, eso, o es un cuentista de primera.
-Yo creo que es lo segundo –opinó ella-. Lo que no entiendo es por qué no me ha dejado venir contigo y encima me ha hecho llegar más tarde.
-Déjame adivinar –se mofó Snape entornando los ojos y marchándose.
-¿Y a este qué le pasa? Vuelve después de todos estos días y todavía se pone borde… -se quejó Elyon.
-Te recuerdo que siempre ha sido un borde –el licántropo alzó una ceja- Y está así por dos motivos: el primero es que tenía tantas ganas de venir como nosotros, y el segundo es que no se esperaba verme aquí.
-Pues vaya –suspiró la chica.
El local se fue llenando de más profesores y acompañantes. Remus saludó a un montón de profesores, ya que habían venido hasta algunos jubilados a los que Dumbledore había invitado.
-¿Te apetece bailar? –le preguntó Elyon.
-Ya era hora de que lo propusieras –rió Remus-. Aunque te advierto que no se me da muy bien.
-Yo tampoco se mucho de baile de salón –admitió la joven.
Se abrieron paso hasta la zona de baile con cierta dificultad, no se habían dado cuenta de que hubiera tanta gente en el local. Elyon puso sus manos en los hombros de Remus y él la cogió de la cintura. Sintió que se ruborizaba por momentos, por eso apartó un momento la mirada. Elyon rió y ambos empezaron a mecerse al compás de la música, ya que no sabían bailar de otra forma, e igualmente aun habiendo sabido, no tenían sitio para grandes coreografías.
Snape los miraba de mal humor. Le dio otro trago a su vaso con una mueca. Solo a Dumbledore se le ocurriría poner ponche y bebidas dulces en una fiesta de adultos.
-¡Severus, hijo! ¡Qué alegría verte aquí! –le dijo un hombre rechoncho con un bigote que hacía recordar al de una morsa.
-Hola profesor Slughorn –Snape forzó una sonrisa amable.
-Albus me ha informado que ahora eres mi sucesor ¡Qué honor! –sonrió el hombre alzando su vaso- No sé por qué, pero sabía que tu acabarías de profesor en Hogwarts, eras un alumno brillante, después de la encantadora Lyli Evans, claro.
Snape sintió un pinchazo en el pecho y miró a su exprofesor con fastidio.
-Sí, lo recuerdo muy bien profesor. Y ahora si me disculpa –se despidió él.
-Claro, claro. Disfruta de la fiesta muchacho –rió Slughorn.
El joven se fue tan lejos como le fue posible. Cuando hubo perdido de vista al hombre suspiró con fastidio y se apoyó en la pared, buscando de nuevo a Remus y Elyon con la mirada.
-En lugar de mirar tanto podrías pedirle que baile contigo –le dijo Dumbledore.
-¿Ya has dejado de hacer cuento? –el chico no lo miró, dejando el vaso en una de las mesas.
-Vaya, veo que tú no te lo has creído –suspiró desilusionado.
-Por favor, no me insultes –gruñó Snape de mal humor.
-¿Ni por un momento? –insistió el director.
-Quizá durante unos segundos –murmuró Snape.
Dumbledore soltó una risotada.
-¿Has leído las cartas que te envié o Lucius no te ha dejado? –le preguntó ahora más serio.
-Sí, no es muy difícil despistarlo –contestó- ¿Ya está todo resuelto?
-No sé si del todo, pero al menos no ha vuelto junto al espejo. Menos mal que Remus ha sabido tratar el tema con tacto.
-Sí, que bien –respondió el joven profesor sin mucho entusiasmo.
-No te sientas amenazado, muchacho. Alguien tenía que hacerlo en tu ausencia. Si Lucius no te hubiera secuestrado todos estos días podrías haberlo hecho tú –rió el anciano-. Tranquilo que por el momento tu puesto de Protector no peligra.
-Yuju –gruñó mirando a Remus con enfado.
Dumbledore entornó los ojos y fue hasta la zona de baile. Interrumpiendo a la pareja que se disgustó un poco. Finalmente el director obligó a Elyon a bailar con Slughorn y se llevó a Remus, que miró por encima de su hombro y vio como la semielfa lo miraba pidiendo auxilio. La chica observó cómo se iba y la dejaba sola con aquel hombre del que no sabía cómo zafarse, y que parecía encantado con la nueva compañía.
-¿Qué pasa? –preguntó el licántropo algo molesto por la interrupción.
-Quería saber si alguno de los dos ha llegado a alguna conclusión en lo que se refiere al reflejo de Elyon –miró a ambos con curiosidad.
-Pues no… -comentó el chico encogiéndose de hombros.
-Yo sí –dijo Snape mirando a Remus con superioridad-. Deberías dejarla ver las tumbas de sus padres, como ya te pidió una vez.
-Severus, sabes que no puedo hacerlo, no sin contárselo todo –aclaró Dumbledore.
Remus apenas entendía de qué hablaban, el director al parecer no lo mantenía tan al día como él pensaba.
-Está claro que lo que le reconcome es no poder haberse despedido de sus padres –insistió el joven profesor-. Si la dejaras ir a visitarlos dejaría de llorar por los rincones y todo sería más llevadero.
-No hables así de Elyon, perder a alguien no es algo que se supere de la noche a la mañana –le recriminó Remus furioso.
-Hablaré de la manera que me apetezca –Snape le lanzó una mirada fría como el hielo.
-No discutáis que le daréis la noche a Elyon. Por cierto, alguien debería rescatarla – sonrió Dumbledore mirando hacia la pista de baile.
Remus le lanzó una mirada de odio a Snape y fue en busca de la chica.
Faltaban cinco minutos para Año Nuevo. Elyon reía al ver cómo Remus bailaba con una antigua profesora suya, mientras intentaba que la mujer no lo pisara con los tacones. Buscó a Snape con la mirada, tenía ganas de hablar con él, de saber si las vacaciones le habían ido mejor que a ella. Lo encontró en un rincón alejado, mirando a la nada. Elyon miró de nuevo a Remus, y con una sonrisa fue hacia donde estaba su profesor de pociones.
-Si te aburres es porque quieres –le dijo ella acercándose por su lado, de forma que le hizo dar un brinco al despistado profesor.
-¿Tú no tendrías que estar con el licántropo? –le preguntó con desinterés.
-Es que está algo ocupado –señaló riendo a la pista de baile- ¿Te apetece bailar conmigo la última canción del año?
Snape la miró alzando una ceja.
-Yo no bailo –contestó escuetamente.
-Ni Remus, y míralo –respondió ella cogiéndole de la mano y estirando de él hacia la pista de baile-. Vamos, solo un baile.
-Suéltame ahora mismo –le advirtió él, aunque tampoco puso mucha resistencia.
Para cuando se quiso dar cuenta ya estaba en la pista de baile. Elyon se colocó con rapidez para que Snape no escapara a la primera oportunidad. Estuvo a punto de ponerle las manos en los hombros, pero rectificó y las puso en sus brazos, hacerlo de la otra manera habría resultado algo violento para los dos, sin duda alguna. Snape la miró a los ojos, y ella sonrió. Con un suspiro de resignación accedió, y colocó sus manos en la cintura de la chica. Sintió que su corazón se aceleraba. Sus pasos eran mucho más torpes que los de Remus, pero eso a Elyon le resultó divertido, ya que le costaba bastante más seguirle.
-¿Qué tal las fiestas? –preguntó ella para romper el hielo.
-Normales –se limitó a contestar él encogiéndose de hombros e intentando no mirarla a los ojos.
-¿Solo normales? Que rollo –opinó ella.
-Supongo que no hace falta que yo te pregunte lo mismo –comentó él con frialdad.
Elyon bajó la mirada entristecida, recordando lo mal que lo había pasado, y lo estúpida que había sido al no conseguir salir de aquella situación ella sola. Snape se mordió la lengua. Ella había intentado ser amable con él, lo más normal era que él hiciera lo mismo, pero no podía, no era propio de él, siempre había encontrado más fácil repeler a todo el mundo que intentar conectar con alguien. Cerró los ojos e inspiró. Cogió la mano de Elyon, la alejó de él y la hizo girar sobre sí misma. De forma que al volver a quedar frente a él, ella puso una mano en su hombro, mientras él sujetaba su otra mano en alto.
-Pensaba que no sabías bailar –rió ella divertida.
-Supongo que observando a los demás siempre se aprende algo –comentó casi en un susurro.
Entonces se percató de que llevaba puesta en la muñeca derecha, la que él sujetaba, la pulsera que le había regalo por Navidad.
-Es muy bonita, gracias, tengo la sensación de que era algo muy especial para ti –sonrió ella sonrojándose un poco.
-¿Cómo sabes…? ¿Por qué crees que te la he regalado yo? –Snape se paró en seco mirándola alarmado.
-No hay que ser muy listo para saber que un regalo con una S grabada y acompañado de una nota con tinta de color verde es tuyo –le contestó ella.
El joven la soltó, se le había hecho un nudo en el estómago. Sabía que no debía de haberle regalado nada. Sintió la urgente necesidad de salir corriendo de la sala.
-¡Atención todos! –anunció Dumbledore subido a una silla y con una copa en la mano- ¡Cinco! ¡Cuatro! ¡Tres! ¡Dos! ¡Uno!
-¡Feliz Año Nuevo! –felicitaron todos con alegría.
-Feliz Año Nuevo –le dijo Elyon a Snape.
Y sin previo aviso lo besó en la mejilla. Luego la chica se fue con una sonrisa a buscar a Remus para felicitarle también el nuevo año.
Snape se quedó plantado en medio de la pista de baile mientras todos bailan a su alrededor. Su corazón estaba acelerado y por alguna razón no podía moverse. Se sentía mareado y confuso, no entendía muy bien qué había pasado. Simplemente seguía sintiendo el fugaz beso en su mejilla, y una extraña sensación de euforia.
Zelda frunció el ceño, no le había gustado lo que había visto, no le había gustado nada de nada. No se había acercado a Snape para ver si él la buscaba, y al parecer su plan había sido un desastre, un desatre que se había convertido en una catástrofe que podía fastidiar sus planes gracias a esa criaja de intercambio.
