Hubo una vez, en que Luna intento suicidarse durante la noche. Recuerdo que había salido a las servicios, cuando me encontré a Luna en medio del campo. Ella miraba la alambrada, como si estuviera hipnotizada por la misma. Me acerque un poco a ella, pues ella me daba la espalda. Antes de que me acercara, ella empezó a correr para las alambradas. Yo tire el balde, y corrí tras ella. Atravesó varios cadáveres que estaban en el camino y antes de que llegara a la alambrada salte sobre ella y la derribe. Ella me golpeo, he intentaba sacarme de encima de ella. Ambas, estábamos totalmente exhaustas tanto por la carrera como por el trabajo de ese día. Ella me gritaba que la dejara, que ya no quería vivir, que "¿Qué sentido tenía la vida si toda su familia había muerto?" Yo le gritaba que no la dejaría matarse. Estaba nerviosa, pues si un guardia nos descubría nos fusilaría, y mi esfuerzo por salvarla no hubiera significado nada. Luchamos por unos minutos, hasta que finalmente ella se calmo.

Quede abrasada a ella unos segundos. Pude ver que su traje, estaba andrajoso, sus manos esqueléticas lastimadas y su cuerpo se asemejaba demasiado a un cadáver, pues estábamos cerca de uno que descansaba en la alambrada cerca de nosotros. Solo en ese momento, y por unos pocos segundos, volví a sentir esa incomodidad de ver un cadáver humano, y recordé lo efímeros y frágiles que éramos.

Tardamos unos minutos, pero finalmente ella volvió a hablarme, esta vez en un susurro.

-Ya no quiero vivir.

Luego lloro un poco, y puso su rostro en mi pecho, cual niña en el pecho de su madre. Finalmente quedo en silencio.

-No Luna, no digas que ya no quieres vivir, sufrir siempre fue fácil por eso muchos creen que la vida es solo sufrimiento. Pero dejarse morir siempre es la opción más fácil, siempre es la salida que en un momento de desesperación nos ciega y no nos deja ver una solución. Dime Luna ¿Por qué corriste a la alambrada?

Luna no contesto de inmediato, al principio solo tartamudeaba algunas palabras: "Perdí a mi hijo…Un sueño…una realidad…una pesadilla…" Tardo un poco, y finalmente sus palabras empezaron a tener sentido.

-En un sueño, volví a vivir cuando me lo quitaron. Me lo quitaron todo, mi esposos, mi hijo, mi libertad, mi hogar, mi familia, mi identidad ¿Qué sentido tiene seguir viviendo cuando ya no te queda nada por lo que aferrarte, nada en lo que sostenerse en los momentos en los que más sufres?

Estas fueron las palabras que nunca pude decirme a mí misma, pero que siempre habían estado en mi mente, pero que digo, no solo en mi mente, sino en todos los prisioneros de este campo, de todas las personas que lo han perdido todo en ese siglo, y en todos los que la humanidad ha vivido. El lamento de los esclavos que resuena en un silencio sin tiempo, por los siglos de los siglos. Solo una cosa resonaba más en mi mente que todas esas voces: ¿De qué forma podía ayudarle? ¿Qué decirle?

La abrase más fuerte, y finalmente le conteste.

- ¿Qué hubiera sucedido, Luna, si usted hubiera muerto primero y su esposo y su hijo hubieran sobrevivido?

Le ayude a levantarse y nos miramos unos segundos. Luego desvió la mirada.

-para ellos hubiera sido terrible, habrían sufrido muchísimo

A lo que le repliqué

-Lo ves, Luna, usted le ha ahorrado a ellos todo ese sufrimiento; pero ahora tiene que pagar por ello sobreviviendo y llorando su muerte.

Ella no dijo nada, pero me miro asombrada. Me sonrió y me abraso una vez más.

Volví a mi barracón, y esa noche me recordé un poema de William Ernest Henley: Invictus.

Más allá de la noche que me cubre,
negra como el abismo insondable,
doy gracias a cuales dioses fuere
por mi alma inconquistable.

En la cruel garra de la circunstancia
no he gemido ni llorado.
Sometido a los golpes del azar
mi cabeza sangra, pero está erguida.

Más allá de este lugar de ira y llantos
yace sino el horror de la sombra,
Y aún la amenaza de los años
me halla y me hallará sin temor.

No importa cuán estrecha sea la puerta,
cuán cargada de castigos la sentencia,
soy el amo de mi destino,
soy el capitán de mi alma.

Lo que en verdad necesitábamos era un cambio radical en nuestra actitud hacía la vida. Tenemos que aprender por nosotros mismos, y luego enseñar a los desesperados que en Realidad no esperamos nada de la vida, sino que la vida espera algo de nosotros. Tenemos que dejar de hacernos preguntas sobre él significado de la vida y, en vez de ello, pensar en nosotros como seres a quienes la vida inquiere e incesantemente. Nuestra contestación a la pregunta de ¿Qué significado tiene vivir? Tiene que estar echa, no de palabras, no de meditaciones, sino de una conducta y una actuación rectas. En ultima instancias, "vivir" significa asumir la responsabilidad de encontrar la respuesta correcta a los problemas que la vida plantea y cumplir las tareas que la vida asigna continuamente a cada individuo.

Dichas tareas y, consecuentemente, el significado de la vida, difieren de una persona a otra, de un momento a otro, de modo que resulta completamente imposible definir el significado de la vida en término general. Nunca se podrá dar respuesta a las preguntas relativas al sentido de la vida, en términos generales con argumentos aparentes. "Vida" no significa algo abstracto, sino algo muy concreto y real, que configura el destino de cada ser humano, distinto y único en cada caso. Ningún ser humano, ni ningún destino pueden compararse al de otro ser humano o a otro destino. Ninguna situación se repite y cada una exige una respuesta distinta.; algunas veces la situación en la que se encuentra un hombre puede exigirle a que emprenda una acción; otras, puede resultar más ventajoso aprovecharla para meditar y sacar las consecuencias adecuadas. Y, a veces, lo que se exige al hombre es simplemente a que acepte su destino y cargue con su cruz. Cada situación se diferencia por su unicidad y en todo momento no hay más que una respuesta correcta al problema que la situación plantea.

Cuando un ser humano descubre que su destino es sufrir, ha de aceptar dicho sufrimiento, pues esa es su sola y única tarea. Ha de reconocer el hecho de que, incluso sufriendo, el es un ser único y está solo en el universo. Nadie puede redimir su sufrimiento, ni nadie puede sufrir en su lugar. Su única oportunidad residía en la actitud en que adopte al soportar su carga.

En cuanto a nosotros en general, tales pensamientos no eran especulaciones alejadas de la realidad, eran los únicos pensamientos capas de ayudarnos, de liberarnos de la desesperación, aun cuando no se veía ninguna oportunidad de salir con vida del campo.

Ya hacía tiempo que había pasado de pedirle a la vida un sentido, tal como alcanzar una meta mediante valiosa, mediante nuestro sufrimiento. Para mí, él significado de la vida abarcaba un círculo muy amplio, como son los de la vida y la muerte y por este sentido era él que luchaba, día tras día.

Una vez, me fue revelado el significado del sufrimiento, nos negábamos a minimizar o aliviar las torturas del campo a base de ignorarlas o de abrigar falsas ilusiones o de alimentar un optimismo artificial. El sufrimiento se había convertido en una tarea a realizar y no quería volverle la espalda. Habíamos aprehendido las oportunidades de logro que se ocultaba en él. Oportunidades iguales a las que había llevado al poeta Rilke a decir: Wie viel ist aufzuleiden "¡Por cuanto sufrimiento hay que pasar!" Rilke había hablado de "conseguir mediante el sufrimiento", donde otros habían hablado de "Conseguir mediante el trabajo". Ante nosotros teníamos una buena cantidad de sufrimiento que debíamos soportar, así que era preciso hacerle frente procurando que los momentos de debilidad y de lágrimas se redujeran al mínimo. Pero no había ninguna necesidad de avergonzarse de las lágrimas, pues ellas testificaban que el ser humano era verdaderamente valiente; que tenía el valor de sufrir.

No obstante, muy pocos lo entendían así. Algunas veces, alguien confesaba avergonzado haber llorado, como una vez que una compañera me respondió en una pregunta.

-Como había vencido el edema que tenía en sus pies.

-Lo saque de mi cuerpo a base de lágrimas.

En los campos, en estos últimos tiempos luego de lo ocurrido con Luna, me había puesto un plan que llamaba "Procedimiento para salvar la vida". Dichas acciones, por una regla general con vista a evitar el suicidio. Había tomado esta decisión debido a que, una regla general en los campos era de que no se debían tomar medidas con tendencia a salvar la vida a un prisionera que tratara de suicidarse. Para dar un ejemplo: se estaba terminante prohibido cortar la soga de un prisionero que intentaba ahorcarse, por consiguiente, era de suma importancia que no se llegara a tales extremos.

Recuerdo dos casos de suicidios frustrados de dos prisioneros que guardan alguna semejanza al episodio con Luna que quisiera contar. Ambos prisioneros habían comentado sus intenciones de suicidarse basando su decisión en los argumentos típicos: "Ya no espero más nada de la vida", y "Ya no soporto seguir sufriendo más". En ambos casos, se trataba de hacerles comprender, de que la vida todavía esperaba algo de ellos. A una le quedaba todavía un hijo que ella adoraba mucho y que la estaba esperando en América. En el otro caso, no era una persona lo que le esperaba, sino una cosa ¡su obra! Era una artista que había empezado una colección de obras que debía concluir. Nadie más que ella podía terminar su trabajo, lo mismo que nadie más podía reemplazar a la madre en el afecto de su hijo.

La unicidad y la resolución que diferencia a cada individuo y confiere un significado a su existencia tienen su incidente en la actividad creativa, al igual que la tiene el amor. Cuando se acepta la imposibilidad de reemplazar a una persona, se da paso para que se manifieste en toda su magnitud la responsabilidad que el hombre asume en su existencia. El hombre que se hace consiente de su responsabilidad ante el ser humano que le espera con todo su afecto o ante una obra inconclusa no podrá nunca tirar su vida por la borda. Conoce el "Porque" de su existencia, y podrá soportar casi cualquier "Como".

Chrissalis, nuestra jefa del barracón, no era tan autoritaria y tenía precisamente por su forma de ser y actuar, tenía mil oportunidades de ejercitar una influencia de largo alcance a los que estábamos bajo su jurisdicción. La influencia inmediata de una forma de conducta es siempre más efectiva que las palabras. Pero, a veces como lo comprobé, las palabras resultan efectivas cuando la receptividad mental se intensifica con motivos de las circunstancias externas. Recuerdo un incidente para que puedan entender, como consecuencia de la intensificación de su receptividad provocada por una determinada situación externa.

Había sido un día muy malo. A la hora de la formación de ese día se había leído un anuncio sobre los muchos actos que, de entonces en adelante, se consideraban como sabotaje y, por consiguientes punibles con la horca. Entre estas faltas se incluían nimiedades: Como cortar pequeñas tiras de nuestras viejas mantas (Que las usábamos como vendas improvisadas) y "Robos nimios".

Hace unos días que una prisionera al borde de la muerte de inanición, había entrado en el almacén de víveres y robado algunos kilos de patatas. El "Robo" se reconoció y algunas prisioneras reconocieron a la ladrona. Cuando las autoridades del campo se enteraron de lo sucedido, ordenaron que se les entregaran a la culpable; si no, todo el campo ayunaría un día entero. Claro está que, los 2500 prisioneros del campo decidimos callar. La tarde de aquel día yacíamos exhaustos en los camastros. Nos encontrábamos en las horas más bajas de la noche. Apenas se decían palabras, y las que decían estaban cargadas con un aire de irritación. Entonces, para empeorar más las cosas, se cortó la luz. Los estados de ánimos llegaron a los estratos más bajos, hasta el punto que se escuchaban maldiciones que no me atrevo a escribir aquí. Pero Chirssalis, era una mujer sabía, e improviso una pequeña charla donde debíamos decir todo lo que bullía en nuestra mente en aquel momento.

Chrissalis, empezó a narrar sobre los muchos prisioneros que en esos últimos días habían muerto, ya sea de enfermedades o de suicidio, pero también hablo de cuáles fueron las verdaderas causas de esos suicidios: "La pérdida de esperanza". Aseguraba que debía haber una forma para que en el futuro, prevenir que futuras víctimas llegaran hasta esos extremos. Y al decir esto, me indica a mí para que les de algún consejo, apelando a que en estos últimos días, había salvado a numerosos prisioneros.

Les seré sincera: tenía frio y sueño, y estaba agotada e irritable, pero hube de sobreponerme a mí misma, y aprovechar la ocasión. En aquel momento, era más necesario que nunca infundirles ánimos.

Seguidamente, hable del futuro próximo. Y dije, para el que quiera ser imparcial, este se presentaba muy negro y concorde con cada uno que nuestras posibilidades de sobrevivir eran mínimas: Aun cuando ya no había epidemia de tifus yo estimaba que mis propias oportunidades estaban en razones de uno a veinte. Pero también les dije que, a pesar de ello, no tenía intenciones de perder la esperanza y tirarlo todo por la borda, Pues nadie sabe lo que el destino nos depara y todavía menos, lo que ocurrirá la hora siguiente. Y aun cuando no cabía esperar ningún acontecimiento militar importante en los días sucesivos, quien mejor que nosotros, con nuestra larga experiencia en los campos para saber que a veces se ofrecía, de repente, grandes oportunidades, cuando menos a nivel individual. Por ejemplo, cabía la posibilidad de que, inesperadamente, uno fuera designado a un grupo especial que gozara de condiciones laborales particularmente favorables, ya que este tipo de cosas constituían la "Suerte" prisionero.

Pero no solo hable del futuro y del velo que lo cubría. También les hablé del pasado: de todas sus alegrías y de la luz que irradiaba, brillante aun en la presente oscuridad. Para evitar que mis palabras sonaran como las de cualquier predicador, cité de nuevo al poeta que ya había escrito: "Was du erlebt, kann Macht der Weld ir rauben" (Ningún poder de la tierra podrá arrancar lo que has vivido). No solo ya de nuestras experiencias, sino cualquier cosa que hubiéramos hecho, cualesquiera pensamiento que hubiéramos tenido, así como todo lo que habíamos sufrido, nada de ello se había perdido, aun cuando hubiera pasado; lo habíamos hecho ser, y haber sido es también una forma de ser y quizá la más segura.

Seguidamente me referí a las muchas oportunidades existentes para darle un sentido a la vida. Hablé a mis camaradas (Que yacían inmóviles, si bien de vez en cuando se oía algún suspiro) de que la vida humana no cesa nunca, bajo ninguna circunstancia, y de que este infinito significado de la vida comprende también el sufrimiento y la agonía, las privaciones y la muerte. Pedí a aquellas pobres criaturas que me escuchaban atentamente en la oscuridad de aquel barracón que hicieran cara a lo serio de nuestra situación. No tenía que perder las esperanzas, antes bien debían conservar el valor en la certeza de que nuestra lucha desesperada no perdería su dignidad ni su sentido. Les aseguré que en las horas difíciles siempre había alguien que nos observaba (Un amigo, una esposa, alguien que estuviera vivo o muerto, o un dios) y que sin duda no querría que le decepcionáramos, antes bien, esperar que sufriéramos con orgullo (Y no miserablemente) y que supiéremos morir.

Y, finalmente, les hable de nuestros sacrificios, que en cada caso tenía un significado. En la naturaleza de este sacrificio estaba el que pareciera insensato para la vida normal, para el mundo donde imperaba el éxito material. Pero nuestro sacrificio sí tenía sentido. Los que profesen una fe religiosa, dije con toda franqueza, no hallarían dificultades para entenderlo. Les hablé de un camarada que al llegar al campo había querido hacer un pacto con el cielo para que su sacrificio y su muerte liberaran al ser que amaba de un doloroso final. Para él, tanto el sufrimiento como la muerte y, especialmente, aquel sacrificio, eran significativos. Por nada en el mundo quería morir, como tampoco ninguno de nosotros. Mis palabras tenían como objetivo dotar a nuestras vidas de un significado, allí y entonces, precisamente en aquel barracón y aquella situación, prácticamente desesperada. Pude comprobar que había logrado mi propósito, pues cuando se encendieron las luces, las miserables figuras de mis camaradas se acercaron renqueantes hacia mí para darme las gracias, con lágrimas en los ojos. Sin embargo, es preciso que confiese en este pequeño diario, que solo muy raras veces hallé en mi interior fuerzas para establecer este tipo de contacto con mis compañeros de sufrimiento y que, seguramente, perdí muchas oportunidades de hacerlo desde que llegue al campo. Esto es algo que me recrimino continuamente, en estos últimos días.