EPÍLOGO
Ravenswood
Nueve años después
— ¡Socorro, Kagome!
Kagome acudió corriendo al patio que había detrás de la torre al escuchar el grito frenético de Inuyasha. Se detuvo cuando lo vio rodeado de cuatro niños que le golpeaban con espadas de madera, mientras otro se agarraba a su pierna izquierda y otro más colgaba precariamente de su cuello.
Kagome se rió al contemplar semejante espectáculo.
— Es culpa tuya —le dijo a Inuyasha.
— ¿Y eso?
— De seis hijos, ¿no podrías haberme dado al menos una niña?
Inuyasha soltó una carcajada mientras Jace se encaramaba a su espalda y envolvía su brazo larguirucho alrededor de la cabeza de su padre, tapándole los ojos.
— ¡Mamá! —gritó Christopher, de seis años de edad, dando una patada contra el suelo—. Se supone que no puedes hacer que se ría el dragón. Eso le hace parecer menos fiero.
— ¿Menos fiero? —preguntó Inuyasha, arrojando a Jace sobre su cabeza y colocándolo sobre el suelo; luego cogió en brazos a Christopher y empezó a hacerle cosquillas—. Ya te daré yo ferocidad, picaruelo.
Kagome meneó la cabeza al contemplar su juego. Su hijo mayor, Enrique, miró hacia arriba y les gritó a sus hermanos:
— ¡Mirad, viene el abuelo con el primo Harry!
Kagome se volvió para ver a su padre entrando en el patio con el hijo de Kikyo a su lado. No dejaba de sorprenderla lo mucho que Harry se parecía a Kikyo, con su pelo negro y sus ojos idénticos a su madre, mientras que ninguno de sus propios hijos tenía ninguno de sus rasgos, excepto Christopher, que tenía los ojos cafés.
Pero todos ellos tenían el orgullo de su abuelo, y su alegría. Y, a pesar del miedo que una vez había sentido por la seguridad de sus hijas, su padre se deleitaba con sus nietos, y en especial con su única nieta, que Kikyo le había dado hacía tres años, procedente de su matrimonio con un noble escocés.
Aunque no veían a Kikyo mucho últimamente, Harry, que estaba siendo criado por su abuelo, les visitaba tan a menudo que era casi uno más de los hijos de la casa.
Antes de que pudiera parpadear, sus hijos salieron corriendo hacia los dos recién llegados con el mismo vigor que habían utilizado para atacar a su padre. Saltando una y otra vez, abrazándose, hablando todos al mismo tiempo, conseguían que entender a alguno de ellos fuese algo imposible.
Inuyasha silbó ruidosamente.
Y al momento se callaron.
— Está bien, chicos —dijo Inuyasha—. Portaos bien con vuestro abuelo o no os llevará de caza.
— Lo siento —dijeron ellos, casi al unísono.
— Bien —dijo Myoga dijo con una sonrisa—. ¿Estáis todos listos?
— Sí.
— Entonces vámonos. ¡He visto un ciervo enorme justo sobre esa colina!
Cuando se fueron, Kagome y se acercó a Inuyasha y colocó los brazos alrededor de su cintura para darle un fuerte abrazo.
— Escucha —susurró ella—. ¿Lo oyes?
Inuyasha frunció el entrecejo.
— ¿Si oigo qué?
— El silencio —dijo en voz baja—. ¿No es realmente espeluznante?
Él le puso un brazo sobre los hombros.
— Desde luego. No puedo recordar la última vez que escuché algo así.
— Entonces, dime una cosa, milord —dijo ella mientras paseaban cogidos del brazo hacia el torreón—. ¿Qué vamos a hacer esta tarde sin niños alrededor?
Él consideró las posibilidades.
— Podríamos intentar buscar esa hija que quieres. Creo que todavía hay una posición en ese libro tuyo que no hemos probado… ni diez veces.
Kagome rió.
— ¿Sabes?, eso me recuerda un chiste.
Él puso los ojos en blanco.
— Otro no…
— Sí. ¿Conoces el del rey y su caballero?
— No —dijo él, con un suspiro de resignación.
— Pues ambos mantenían una discusión sobre lo que suponía acostarse con las mujeres. El rey miró al caballero y dijo: «En nuestra opinión, acostarse con una mujer supone un cincuenta por ciento de placer y un cincuenta por ciento de esfuerzo». El caballero respondió: «Sire, perdonadme, pero debo discrepar en eso. En mi opinión, es un setenta por ciento esfuerzo y un treinta por ciento placer». Durante horas, dieron unos y otros argumentos, sin llegar a ningún acuerdo. Finalmente, el caballero se volvió hacia su escudero y le pidió que les diese su opinión sobre el asunto. El escudero dijo: «Milord, Majestad, en mi opinión, debe ser un cien por cien placer, porque si hubiese requerido algo de esfuerzo, Su Señoría me hubiese ordenado hacerlo en su lugar.»
Inuyasha se rió.
— ¿Pero de dónde has sacado una cosa así?
— De tu hijo mayor, milord. Parece que tu hermano se lo contó durante su última visita.
Inuyasha frunció el ceño.
— Tendré que hablar unas cuantas cosas con Miroku sobre lo que les está enseñando a los niños. Pero ahora ven, muchachita —dijo, y su rostro se suavizó instantáneamente al contemplarla—, déjame comprobar por mí mismo cuánto placer se puede conseguir en ese trabajo en particular
— Sí, milord, creo que, definitivamente, tendré que haceros trabajar para quitaros esos kilos de más.
— ¿Kilos de más? —preguntó él, ofendido.
— Sí, creo que Christopher dijo que eran tus "Cuernos de Dragón".
Inuyasha resopló.
— Te voy a enseñar yo a ti mi Cuerno de Dragón, jovencita.
Kagome se mordió los labios mientras le miraba hambrienta.
— Y te aseguro que yo le daré un buen uso, granuja.
Fin
Ahora es oficial ha terminado esta historia, les agradezco a los que le leyeron y comentaron, es un honor compartirles esta novela de esta gran autora, espero que les gustase y nos vemos en mis historias y en mis próximas adaptaciones.
Hasta pronto.
