Capítulo 19

El DVD contenía las grabaciones de unas cámaras de seguridad, y en ellas se veía claramente cómo Neil se sentaba delante de la computadora de Terry y copiaba unos archivos en un USB. Se veía incluso cómo mandaba un e-mail y luego, con mucha calma, apagaba la computadora. En la pantalla aparecían la hora y el día de la grabación. Era el pasado lunes, justo después de que Terry saliera disparado de su despacho al enterarse del accidente de Candy. Se puso tan nervioso, se asustó tanto, que se olvidó de que Neil estaba allí. Y ni se le ocurrió apagar o bloquear la computadora. Dios, ¡qué estúpido había sido! El alivio inicial que sintió al darse cuenta de que Candy no era quien le había robado el artículo, se transformó en dolor al ver lo que había hecho. Tom tenía razón: había echado de su vida a la única mujer que jamás querría.

Tom se sentó a su lado y empezó a hablar.

—Antes de irme a Escocia, mandé instalar un montón de cámaras de seguridad ocultas. Hay una en cada despacho, un par en las salas de reuniones y tres en la zona de los diseñadores y los editores. —Tom le puso a Terry la mano en la espalda—. Con las prisas del viaje me olvidé de decírtelo, y luego, cuando hablábamos por teléfono, había tantas cosas importantes que comentar que ya no volví a acordarme de ellas.

Terry era incapaz de decir ni una sola palabra.

—El sábado, Jack me llamó para contarme lo que había pasado con Candy. —Tras una pausa, Tom añadió—: Y cuando se lo dije a Paty, ella me dijo que era totalmente imposible. —Al ver que Terry levantaba la cabeza y lo miraba intrigado, continuó—: Luego te cuento lo de Paty, ahora déjame que acabe con lo de mi «querido» sobrino. En fin, Paty insistió en que te llamara y, al ver que no me contestabas, creí que ya estaría todo solucionado. —Tom se levantó—. Esta mañana, cuando llegué al despacho, lo primero que he hecho ha sido revisar las grabaciones de las cámaras. Como comprenderás, ver a Neil hurgando en tu computadora no me ha hecho especialmente feliz, pero tampoco puedo decir que me haya sorprendido. Aun así, antes de venir a verte, le he pedido a un informático que comprobara qué archivo era el que Neil había copiado, y me ha confirmado que es el del artículo de las mafias asiáticas.

A Terry nunca le habían temblado tanto las manos como en ese momento.

—Pero... —Fue incapaz de continuar—. No entiendo nada.

—Yo tampoco, pero supongo que Neil nos lo aclarará. —Tom volvió a sentarse—. Le he «pedido» que nos espere en mi despacho. No te preocupes, Jack y Amanda le están haciendo compañía para que no se aburra. ¿Qué dices? —Le dio un golpe en la espalda—. ¿Quieres venir?

Terry se duchó y se vistió en un tiempo récord.

Media hora más tarde, Tom y Terry llegaban a The Whiteboard. Tal como Tom le había dicho, en su despacho los esperaban Neil junto con Jack y Amanda. Al verlos entrar, Jack y Amanda salieron para dejarlos a solas, pero antes de salir, Amanda miró a Terry con reprobación. A él no le sorprendió, se lo tenía merecido.

—Neil —dijo Tom—. ¿Te importaría explicarnos qué significa todo esto?

Neil se levantó de la silla y los miró desafiante, pero no le contestó.

—Mira, Neil —lo amenazó Tom—. Tengo pruebas de que fuiste tú quien envió el artículo a The Scope, así que más te vale empezar a hablar.

—Tienes mala cara, Terry —se burló Neil—. ¿Has perdido a tu novia?

Terry no pudo más y le dio un puñetazo. Llevaba años deseando hacerlo, y al oírle mencionar a Candy, estalló.

— ¡Terry, suéltalo! —Exclamó Tom—. Y tú —se dirigió a Neil—, empieza a hablar.

Neil se puso bien la chaqueta y se lamió el borde del labio, del que le caía una gota de sangre.

—¡El santo de Terrence! No te soporto desde que nos conocimos en la universidad. —Neil miró a Terry con cara de asco—. Tú y tus rígidos y absurdos principios.

Terry tenía los puños tan apretados que los nudillos empezaban a quedársele blancos por falta de circulación.

—Cuando conocí a tu padre en esa fiesta y vi que era un borracho, no lo podía creer. —Volvió a lamerse el labio que no dejaba de sangrar—. Creía que esas fotografías de él en ese estado tan patético te mantendrían a raya.

— ¿Qué fotografías? —preguntó Tom, pero ninguno de los dos le hizo caso.

—Pero no —continuó Neil—. Tú tenías que entrometerte en mis negocios y descubrir lo del desfalco de Nueva York.

— ¿Estuviste involucrado en el desfalco de Nueva York? —Tom estaba atónito, aunque empezaba a entender lo que pasaba. Su sobrino nunca había sido santo de su devoción, pero él creía que tenía algunos límites. Era obvio que no—. Dios mío, Neil, ¿por qué?

—Porque me encanta vivir bien. Además, las arcas de la familia ni siquiera se inmutaron. Pero por desgracia, Terry sí lo hizo, y estuvo a punto de delatarme ante ti y ante el consejo. —Neil miró a Terry y a Tom—. ¿Sabes por qué no lo hizo?

Terry tenía ganas de volver a pegarle.

—Porque llegamos a un acuerdo. Él no le decía nada a nadie y yo no publicaba ni vendía a ningún medio las fotografías de su querido papá borracho como una cuba, vomitando en medio de la calle e incapaz de mantenerse en pie.

—Terry —le interrumpió Tom—, tendrías que habérmelo dicho.

Terry seguía sin hablar.

—O no, tío, Terrence nunca necesita a nadie. Él solo puede con todo. ¿No es así? —Neil se sentó en la silla que había en el despacho—. Después de llegar a nuestro acuerdo, me fui durante un tiempo, pero cuando regresé no paraba de oír elogios de Terry y de The Whiteboard. Me daban náuseas. Además, cada vez que trataba de intervenir en la gestión de la revista, el bueno de Terry me recordaba lo de mis pecados en Nueva York. Ya iba a darme por vencido cuando se me ocurrió; el mejor modo de hundirte —dijo mirando a Terry— era hundiendo tu preciosa revista.

—Tú robaste los artículos y los vendiste a The Scope. —Terry abrió la boca por primera vez.

—Sí y no. Yo robé los artículos, pero pagué para que se publicaran. A lo mejor te cuesta creerlo, pero me costó bastante lograr que aparecieran en The Scope. —Neil se pasó las manos por el pelo—. Aunque tengo que reconocer que sólo con verte sufrir para mantener la revista a flote, ya me sentí recompensado.

Tom no daba crédito a lo que estaba oyendo. Neil no había tenido ningún escrúpulo a la hora de tratar de hundir la revista.

—¿Y Candy? —preguntó Terry, apretando los dientes.

—¿Candy? —Neil se rió—. Me temo, mi querido Terrence, que no puedo atribuirme el mérito de eso. Si llego a saber que perder a esa chica iba a hacerte tanto daño, yo mismo me habría acostado con ella.

Terry lo tomó por el cuello de la camisa y lo golpeó contra la pared.

—¿Con quién estás más enfadado, conmigo o contigo? —se burló Neil sarcástico.

—Terry, suéltalo. —Tom se levantó—. Yo también tengo ganas de pegarle, pero eso no arreglará nada.

Terry no lo soltó y le apretó el cuello aún más.

—¿Candy no tiene nada que ver? —insistió arrastrando cada palabra.

—No. —Neil no dejaba de sonreír—. Nada en absoluto. Tú solito has conseguido que se fuera. —Soltó una carcajada—. Y si los chismes son ciertos, después de lo que le dijiste delante de todos, no creo que vuelvas a verla nunca.

Ante ese último comentario, Terry retrocedió como si le hubieran dado un puñetazo. Por repugnante que fuera, Neil tenía razón. Él solo tenía la culpa de que Candy se hubiera ido.

—Me tengo que ir —dijo Terry tras soltar a Neil—. Tom, ¿te encargas tú de este individuo?

—Será un placer —respondió Tom mirando a Neil—. ¿Qué vas a hacer?

—Voy a hacer algo que debería haber hecho hace mucho tiempo. Voy a buscar a George Johnson y a preguntarle qué hacía ese día en mi casa con Candy.

Terry salió del despacho de Tom muy aturdido. ¡Candy no había robado los artículos! Y si no lo había hecho, ¿por qué no se defendió cuando él la acusó delante de todos? «Sí lo hizo, cretino, pero tú no quisiste escucharla —le dijo una voz dentro de su cabeza—. Y tampoco quisiste creerle.»

No tenía ni idea de lo que Tom decidiría hacer con Neil, y la verdad era que le daba igual. Lo único que le importaba era que ella no lo había utilizado y, de algún modo, saber eso hizo que su corazón volviera a latir de nuevo.

Llegó a The Scope y, cuando le dijo a la recepcionista que Terrence Grandchester quería hablar con el señor Johnson, ella le respondió que podía subir, que el señor Johnson lo esperaba en su despacho. Había sido mucho más fácil de lo que se imaginaba. Llegó arriba y George abrió la puerta antes de que él pudiera golpearla para entrar.

—¡Terry! Me alegro mucho de verte. —George le tendió la mano amistoso.

Terry no entendía nada.

—¿Candy no está contigo? —Cada vez estaba más perdido.

—¿Sabes? Me alegro de que por fin ella y Nana te hayan contado lo del artículo de tu padre. A mí no acababa de gustarme la idea de publicarlo sin que tú pudieras verlo antes.

—¿El artículo de mi padre? —Terry empezó a sudar y a marearse, y su cara debió de perder color porque George le ofreció que se sentara y le trajo un vaso de agua.

—No sabes de qué estoy hablando. —No era una pregunta sino una afirmación.

—No tengo ni idea. —Terry bebió agua y se frotó la cara—. Pero me encantaría saberlo.

George se sentó en su silla y lo miró preocupado, luego abrió un cajón del escritorio y sacó una carpeta.

—Mira esto. —Empujó la carpeta hacia él.

—¿Qué es? —preguntó Terry ansioso, y empezó a hojear los papeles.

—Hace unas semanas, Candy me llamó y me dijo que quería hablar conmigo sobre Richard.

Al oír el nombre de su padre, Terry levantó la cabeza.

—No sé si te acordarás —continuó George—, pero tu padre era mi mejor amigo. Como comprenderás, me intrigó mucho que, tantos años después de su muerte, alguien quisiera hablar de él, así que acepté reunirme con ella.

Terry bebió un poco más de agua y murmuró:

—En el café Meridien.

—Exacto, ¿cómo lo sabes? —preguntó George curioso, pero al ver que Terry no contestaba, siguió con su historia—. Esa tarde, me contó que ella y Nana estaban preocupadas por ti y por el recuerdo que tienes de tu padre. —Hizo una pausa—. Eres muy afortunado de que las dos te quieran tanto.

Terry se sonrojó al oír cómo ese hombre, al que casi no conocía, le recordaba lo estúpido que había sido.

—La verdad —continuó George— es que yo siempre había lamentado no haber sido capaz de ayudar más a Richard. Él era un gran periodista y no se merecía acabar como acabó. Así que, entre los tres, tuvimos una idea; publicar un reportaje sobre tu padre.

Terry sentía cómo empezaban a escocerle los ojos y George se levantó de su silla para colocarse a su lado.

—Siento no haberlo hecho antes —dijo George también emocionado—, y siento no haber tratado de hablar contigo durante todos estos años. Creía que tú no te habías enterado de todo eso. —Tras unos instantes en silencio, añadió—: En fin, el miércoles pasado Candy me entregó unas fotografías tuyas para añadir al artículo y yo le dije que creía que lo mejor sería que tú lo supieras todo antes de que apareciera publicado, pero ella y Nana querían darte una sorpresa.

—El miércoles fuiste a mi casa a recoger las fotografías. —A Terry le costaba pronunciar cada palabra.

—Sí. —George tomó la carpeta—. El artículo va a quedar así. —Le dio tres hojas—. Si a ti, a Nana y a Candy les parece bien, esta misma tarde lo mandaré ya como definitivo.

Terry tomó las hojas y empezó a leer. El reportaje era perfecto; en él se repasaban los logros de su padre como periodista, había extractos de sus mejores artículos y también se hablaba de él como persona sin caer en la sensiblería ni en el chismorreo. Había unas fotografías de Richard de joven y un par de mayor en las que también aparecía Terry, una de pequeño y otra de cuando tenía veinte años, sentados juntos delante de una chimenea, charlando. Ésa siempre había sido una de sus favoritas. En ese instante, Terry comprendió que su padre había sido mucho más que un hombre enfermo y derrotado. Había sido un gran periodista, un gran padre y, tal como había dicho Candy, un hombre valiente que se atrevió a sentir. Terry se avergonzó de haberlo utilizado como excusa para no entregarse nunca a nadie.

— ¿Qué te parece? —le preguntó George, obligándolo a salir de su ensimismamiento.

—Es perfecto. —Terry no levantó la vista del artículo—. No sé cómo darte las gracias.

—No tienes que hacerlo —respondió George—. Me conformo con que cenemos los cinco. —Al ver que Terry tampoco sabía nada de esa cena, le explicó—: Nana ha organizado una cena, y mi mujer está impaciente por conocerlos a ti y a Candy. Así celebraremos juntos la publicación del reportaje de Richard y brindaremos por él.

Terry no tuvo valor de decirle que Candy no iba a estar en esa cena. ¡Era un imbécil! ¿Cómo diablos se había equivocado tanto? Lo que George le dijo a continuación, acabó por hundirlo en la miseria.

—Casi se me olvida. —George se levantó y se dirigió a su computadora—. Candy también me contó lo de los artículos robados. Lamento no haberlo sabido antes, pero hoy mismo he descubierto quién es la culpable.

Terry ya no sabía cómo dejar de sudar; Candy no sólo lo había ayudado a recuperar a su padre, sino que también había salvado la revista. Nunca podría perdonar lo que él le había hecho.

—Nosotros hoy hemos averiguado quién robaba los artículos en The Whiteboard—dijo Terry.

—Neil Leagan —lo interrumpió George—. Lo sé. Una de mis editoras, ahora ya ex editora, aceptó ciertos valiosos regalos a cambio de publicar esos artículos en nuestra revista. Ella y Neil habían mantenido una relación hace un par de años.

Terry estaba petrificado, pero logró preguntar:

—¿Qué has hecho con ella?

—La he despedido. —George se frotó la cara con las manos—. No puedo hacer nada más, pero si ustedes tienen intención de iniciar algún proceso legal, pueden contar con toda mi ayuda.

—Gracias.

—Como ya te he dicho, lamento no haberme dado cuenta antes de que pasaba algo raro.

Terry levantó la mano para quitarle importancia al comentario.

—¿Te parece bien a las siete? —Preguntó George mirando su agenda—. Conozco un restaurante precioso donde podríamos cenar. A tu padre le encantaba.

—¿A las siete? —Terry estaba tan aturdido que no podía pensar.

—Dentro de dos semanas. El viernes. Para celebrar lo del artículo. —George lo miraba con una sonrisa en los labios—. Cuando frunces el ceño te pareces más a Richard.

—Sí, a las siete está bien. —Terry se levantó—. Allí estaremos. —Ojalá estuviera diciendo la verdad—. Gracias por todo, George. —Le tendió la mano.

—De nada. —George le dio un afectuoso apretón, lo acompañó hasta la salida y añadió—. Saluda a Nana y a Candy de mi parte, y diles que estoy impaciente por verlas.

—Se lo diré —respondió Terry. Él también estaba impaciente por verlas.

El lunes, Candy todavía estaba fatal. Ya no lloraba tanto, pero la tristeza la estaba consumiendo. Eso de enamorarse era horrible, en todas las novelas que había leído, se suponía que el amor era maravilloso, pero para ella no lo había sido. Bueno, sí. Pero había durado muy poco, y cuando el viernes Terry la miró a los ojos y le dijo que nunca la había querido, destrozó los recuerdos que ella tenía. No podía ser cierto. Se negaba a creer que él no hubiese sentido nada. Se negaba a creer que fuera capaz de hacer el amor de ese modo con otra mujer, que le sonriera así a nadie más. No, era imposible. Ya estaba, ya volvía a llorar de nuevo. Tenía que hacerse a la idea de que sí, de que él no había sentido nada por ella. De haberlo hecho, no la habría creído culpable de los robos y no la habría echado sin parpadear.

Terry salió de The Scope y se fue a su casa. Desde allí, llamó a Tom y le contó todo lo que había pasado. No tenía valor de decírselo a la cara y ver cómo él lo miraba con reprobación. Tom lo escuchó con atención y, cuando acabó, no le recriminó nada, sino que se limitó a preguntar:

—¿Qué vas a hacer?

—No lo sé. —Terry fue sincero—. Pero creo que ya no puedo hacer nada.

—Vamos, no digas tonterías —lo animó Tom—. Candy te quiere, seguro que te perdona.

Terry no estaba tan convencido.

—No sé, tal vez sí me quería. Pero después de lo que le dije el viernes no creo que quiera volver a hablar conmigo.

—Ya se te ocurrirá algo. —Tom suspiró hondo—. ¿Por qué no te quedas en casa y descansas? Seguro que no has dormido nada en todo el fin de semana. Ya verás como luego lo ves todo más claro.

—Quizá tengas razón —respondió Terry—. La verdad es que estoy agotado, casi no puedo tenerme en pie. ¿No te importa?

—No, tranquilo. Nos vemos mañana.

Y, por extraño que fuera, se durmió en el sofá.

No se despertó hasta el martes por la mañana, y lo primero que hizo fue llamar a Candy. Como era de esperar, tenía el celular apagado. Lo intentó tres o cuatro veces y ninguna tuvo éxito. Luego llamó a Albert. El celular de Albert sí estaba encendido, pero su amigo no tomó ninguna de sus llamadas. Llamó diez veces. Las nueve primeras no dejó ningún mensaje. La décima le pidió por favor que lo llamara pero, típico de Albert, éste ignoró su petición. Bueno, la verdad era que no le extrañaba. Se había comportado como un cretino.

Esa tarde hizo algo que había estado retrasando: llamar a Nana para contárselo todo. Cuando Nana dejó de regañarlo, le preguntó:

—¿Qué vas a hacer?

Últimamente todo el mundo le preguntaba eso.

—No lo sé —respondió él de nuevo.

—¿Es que eres idiota?

Bueno, en eso, Nana se había diferenciado de Tom.

—Te he preguntado si eres idiota —insistió su abuela—. Dios, no sé quién es peor, si tú o tu padre.

—¿Por qué lo dices? —preguntó Terry.

—Porque tu padre se empeñó en luchar por una mujer que no lo amaba y tú no eres capaz de hacerlo por una que te quiere con locura.

Terry no supo qué responder a eso.

—¿De verdad lo crees, Nana?

— ¿qué? —Nana estaba enfadadísima—. ¿Que eres idiota o qué Candy te quiere?

—Lo de Candy. —Terry no se veía capaz de pronunciar la pregunta entera—. Lo de que soy idiota ya lo has dejado claro.

—Claro que te quiere, Terry —respondió Nana ya más cariñosa—. ¿Por qué crees que quiso hacer lo del reportaje de tu padre? ¿O por qué crees que no se defendió de tus estúpidas acusaciones?

—No lo sé. —Terry tenía un nudo en la garganta.

—Sí lo sabes. —Su abuela no iba a darle tregua—. Pero lo que de verdad es importante es si tú la quieres a ella.

—Con todo mi corazón —respondió Terry sin dudarlo.

—Entonces, no tienes nada más que pensar. —Nana se sintió orgullosa de su nieto—. Ve a buscarla.

Terry se dio cuenta de que Nana tenía razón, tenía que ir a buscar a Candy. Ya había perdido demasiados días.

—Nana, te quiero. Eres la mejor.

—Ya lo sé. Llámame desde Chicago. —Su abuela sonrió—. Y dale un beso a Candy de mi parte.

—Lo intentaré.

Colgaron el teléfono y Terry encendió la computadora para comprar un boleto para Chicago. Miró las páginas de todas las aerolíneas para encontrar el primero que llegara a la Ciudad y tuvo suerte, pues había un vuelo de British Airways que salía el miércoles a las ocho de la mañana. Sólo quedaban plazas en la categoría de business, pero lo compró igualmente. Como decía ese anuncio de tarjetas de crédito, hay cosas en la vida que no tienen precio, y recuperar el amor de su vida era una de ellas. Se preparó una bolsa con un poco de ropa y guardó en ella El conde de Montecristo; si ella no lo perdonaba, no tenía intenciones de devolvérselo. Llamó a Tom para decirle que no iría a trabajar en un par de días. Antes de colgar, Tom le hizo prometer que lo llamaría para contarle todo lo que pasaba, y oyó cómo Paty le deseaba suerte. Iba a necesitarla.

El vuelo salió de Hearthrow a la hora prevista. Terry se pasó las horas del trayecto pensando en qué iba a decirle. No sabía por dónde empezar. Tenía miedo de que ella no quisiera verlo; de hecho, le había dicho que cuando descubriera al verdadero ladrón no fuera a buscarla. Él había revivido ese último encuentro una y otra vez en su memoria y, por más que lo intentaba, no lograba cambiar el final. No podía olvidar lo triste y dolida que se veía ella, ni lo estúpido y engreído que había sido él. El avión aterrizó y, cuando Terry pisó el suelo del aeropuerto, se dio cuenta de que no tenía ni idea de adónde ir. No sabía dónde estaba Candy. Conectó su teléfono y llamó a Albert. Como era de esperar, no contestó. ¡Maldita sea! Decidió alquilar un coche; se negaba a presentarse en casa de los padres de Candy en taxi.

Salir del aeropuerto de Lakewood en coche no es nada fácil, y menos si hace años que no lo haces. ¿Por qué colocan las señales cuando ya no estás a tiempo de girar? En fin, Terry supuso que no era tanto culpa de la señalización como de su estado nervioso, y después de la segunda vez que se perdió, logró por fin dar con la autopista.

Llegó a Lakewood y vio que la memoria no lo había traicionado; la casa de la familia White seguía siendo tan acogedora como recordaba. Estacionó el coche y se dirigió a la entrada. Las manos no dejaban de sudarle. Llamó al timbre y Rose, la madre de Candy, le abrió la puerta.

—¿Terry? —preguntó ella mirándolo de arriba abajo—. ¿Eres tú?

—Me temo que sí —respondió él inseguro.

—Pasa, pasa. —Rose se apartó de la puerta para que pudiera entrar—. Supongo que has venido a ver a Candy.

—Así es. —Antes de que Rose pudiera decir nada más, él añadió—: Siento mucho todo lo que ha ocurrido.

Rose lo miró, se acercó a él y le pasó la mano por el pelo.

—Lo sé —dijo ella enigmática—. Sólo hay que mirarte a los ojos para ver lo mal que lo estás pasando.

Terry no intentó disimular ni negar lo que ella acababa de decirle.

—¿Puedo hablar con Candy?

—Pues la verdad es que no. Ella y Albert se han ido al hospital, a Chicago. —Al ver que él se ponía tenso al oír la palabra «hospital», aclaró—: Candy está bien, han ido a que le quiten los puntos de la ceja. Pero luego se quedará en Chicago.

—Ah —fue lo único que él atinó a responder.

—¿Quieres que te dé la dirección del apartamento de Candy? —Rose empezó a escribir en un papel—. Toma.

—No lo entiendo. ¿No estás enojada conmigo? —No pudo evitar preguntar.

—Bueno —respondió Rose—, claro que estoy enojada por el daño que le has hecho a mi niña. Pero, a diferencia de su padre y de su hermano mayor —añadió mirándolo a los ojos—, creo que tiene que ser ella la que decida si quiere volver a verte o no.

—Gracias. —Fue lo único que Terry consiguió decir.

—Vamos, vete. —Rose lo acompañó a la puerta—. Ya tendrás tiempo de agradecérmelo más tarde, si es que aún quieres hacerlo. —Ella sonrió—. Creo que mi hija te hará pagar todo lo que le has hecho pasar.

Terry intentó devolverle la sonrisa, pero no lo consiguió y, tras agradecérselo de nuevo, se fue y se dirigió hacia Chicago.

Candy y Albert salieron del hospital y fueron a desayunar. Ella estaba un poco más animada. Había pasado unos días muy malos, pero estaba convencida de que saldría adelante. Sus padres y sus hermanos la habían malcriado descaradamente en esos tres días, pero había decidido volver a instalarse en su apartamento de Chicago. Albert la había acompañado al hospital para que le quitasen los puntos, y ahora, con una nueva cicatriz en la ceja, Candy estaba dispuesta a enfrentarse al mundo. Empezaría a buscar trabajo; gracias al tiempo pasado en Inglaterra, tanto su currículum como su experiencia en el periodismo habían mejorado mucho, y estaba segura de que encontraría algo en seguida. Albert le había sugerido un par de empresas por las que debería interesarse y, si no, siempre podía hacer un máster o un posgrado. Iban hablando de todas esas cosas cuando él redujo un poco la velocidad.

—Candy, creo que hay alguien en el portal de tu edificio. —Empezó a maniobrar para aparcar. Habían tenido mucha suerte de encontrar un sitio cerca de su casa.

—Bueno, eso no es nada raro. Cerca hay una academia, y muchas veces se sientan en el escalón de entrada para charlar o para fumar —respondió ella sin mirar.

—No, Candy. Creo que es Terry —dijo Albert, y detuvo el coche—. Si quieres nos vamos de aquí ahora mismo. No tienes por qué verle.

Candy se fijó en el chico que estaba de pie frente a su casa y supo sin ninguna duda que era Terry. No porque le viera la cara, sino porque su corazón empezó a latir sin control.

—No, está bien —respondió Candy, aunque apretó insegura el bolso entre sus manos—. Tengo que hacerlo. No puedo, ni quiero esconderme de él. ¿Me acompañas?

—Por supuesto, peque.

Albert salió del coche y caminó junto a su hermana hasta el portal del edificio donde ella vivía. Albert detectó el preciso instante en que Terry se dio cuenta de que ellos dos se estaban acercando, pues vio cómo se erguía y cerraba los puños con fuerza. Nunca había visto a su amigo tan nervioso.

—Hola —saludó Terry. No era muy original, pero no se le ocurrió otra cosa que decir.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Albert enfadado, sin apartarse de su hermana.

—He venido a ver a Candy —contestó Terry mirándola a los ojos. La había echado tanto de menos que sólo con verla ya empezaba a sentirse mejor.

Candy no dijo nada.

—Ella no quiere verte —respondió Albert—. Es mejor que te vayas, Terry.

—No voy a irme a no ser que Candy me lo pida. —Terry intentó acercarse más a ella, pero Albert, que era enorme, seguía en medio de los dos—. Candy, ¿quieres que me vaya? —preguntó, y aguantó la respiración.

—Claro que quiere que te vayas —insistió Albert.

Candy seguía sin decir nada. No podía. Ver a Terry de nuevo la afectaba más de lo que había supuesto.

—Candy, por favor, necesito hablar contigo. —De algún modo, él logró decir eso sin que le temblara la voz—. Luego, si quieres, me iré.

Albert miró a Terry y a su hermana, era obvio que aún tenían muchas cosas que decirse, así que se dio la vuelta y tomó a Candy por el hombro.

—Candy, ¿quieres hablar con él?

CONTINUARA...


Pues que puedo decir.. LO LOGRARON!

GRACIAS POR LOS REVIEWS, en especial a Julissa, Anon, cyt y oligrandchester... por ustedes subi este capitulo!

Perdón por la tardanza, pero estaba algo ocupada, y después no se que paso con FF que no me subía el capitulo, pero ya!

BESITOS...

ahora si.. HASTA MAÑANA!