Esta historia es una adaptacion de un libro. La historia no me perteneces y tampoco los personasjes, solo es mia la adaptacion y algunas cosas que cuadre para que fuera mejor.


Capitulo 20

— ¿Y si me caso con vos, mi señor? ¿Me dejareis seguir mi camino? ¿No vendréis a mi lado si yo no lo deseo? ¿No os enfadaréis conmigo ni seréis mi tiran o? —Te lo juro dijo él.

Ella se le acercó con la mirada llena de ternura maliciosa

— ¡Oh, mi amor, te conozco mejor de lo que te conoces a ti mismo!

georgette heyer, El cachorro del diablo.

Alice esperó a que llegaran a la ciudad antes de decir

— Esto no te va a gustar.

—Cariño, esta noche no puedes decirme nada que no me guste

—Todavía no puedo ir a casa contigo.

Jasper pisó el freno.

—Vale. Has encontrado la única cosa que no quería oír

—Ya sé que parece una locura, pero necesito quedarme más de tiempo con Bella Swan.

— «Locura» es decir poco. — Jasper se detuvo junto a la acera, apagó el motor y pasó el brazo por el respaldo del asiento de Alice le quitó un trocito de hoja que se le había quedado pegado en la sien. Jasper le besó los dedos pero su expresión no era de alegría —Bella Swan es veneno, Alice.

Ella le acarició el mentón con el dorso de la mano.

—Ha cambiado.

— Eso es lo que dice todo el mundo, pero yo puedo asegurarte que estáis equivocados.

Alice apoyó la cabeza en el brazo de él.

-Pasamos todo el tiempo discutiendo, y en dos días le he dicho más barbaridades que a nadie en toda mi vida. Pero no se quedará aquí mucho tiempo, y puede que ésta sea mi única oportunidad de aclarar las cosas con ella.

Jasper le masajeó la nuca con un dedo.

—Cariño, a ella no le preocupa tu felicidad.

—Eso no es del todo cierto.

—Lo es créeme.— Retiró el brazo y empezó a tamborilear en el volante. —No pensaba mencionar este tema pero... anoche intentó seducirme

Alice sonrió.

—Lo sé Yo estaba allí.

— ¿Qué?

Edward y yo estábamos en las escaleras. Lo oímos todo. Bella te tendió una trampa.

— ¿Tú y Edward estabais allí escuchando cómo se me tiraba encima?

No pudimos aguantarnos. Y el resultado nos importaba demasiado.

—No me lo puedo creer.— Jasper golpeó el volante con la palma de la mano —¿Me tendió una trampa?

—Desde luego, es una diablesa.

—No me gusta la admiración que percibo en tu voz.

—Es agresiva pero no tiene malas intenciones... No como en el pasado. Y se lleva de maravilla con Mary. Me gustaría conocerla mejor.

—No tienes que quedarte en su casa para eso. Podéis ir a comer, por el amor de Dios. O de compras.

—No sería lo mismo. Tenemos que estar a solas, Bella Swan y yo, lo resolvemos o nos hundimos.— Le dio un beso en la comisura de los labios —Tengo que hacerlo.

— ¿Cuánto tiempo? — refunfuñó él.

—No estoy segura.

— ¿Qué hay de nosotros? ¿De nuestro matrimonio?

—Ahora mismo, diría que va viento en popa.— Le mordisqueó el labio inferior. —¿Te importaría mucho si nos citamos por unos días?

— ¿Citarnos?

—Por unos días

— ¿Quieres tener citas conmigo?

—Por pocos días.

—Claro que me importaría, demonios.

—Entonces tendremos que discutir, pero, por mucho que me atraiga la perspectiva , ¿podemos esperar hasta mañana?

— ¿Quienes discutir conmigo?

—Oh, sí

Jasper meneó la cabeza.

— Sé que algún día lograré comprender este lío pero ahora estoy demasiado agotado para satisfacer tu insaciable lujuria.

—Ve acostumbrándote.

Jasper rió, puso el motor en marcha y la llevó de vuelta a la cochera de Bella, donde la acompañó hasta la puerta y le dio un beso buenas noches como un perfecto caballero sureño. Con unas braguitas azules metidas en el bolsillo.

Bella no volvió a ver a Edward hasta la mañana del miércoles Al salir para la librería, le vio empujando una carretilla cargada de piedras hacia la hilera de árboles que se extendían detrás de La Novia del Francés. Gordón se alejó al trote para reunirse con él y ella frunció el entrecejo. En lugar de acarrear piedras, debería estar escribiendo

A la hora de comer, cogió su bolsa de doritos y su Coca-Cola y cruzó la calle en dirección a Tesoros del Ayer. La tienda había vuelto a abrir al público el día anterior y, desde entonces, la llegada de clientes era incesante, incluido un autocar lleno de jubilados, que también habían visitado la librería horas antes. Bella todavía no lograba acostumbrarse a la idea de Parrish como destino turístio

Saludó a Donna, la ayudante de Alice, y se dirigió a la trastienda donde encontró a la propia Alice sentada a su escritorio con mirada soñadora y soñolienta. Bella acercó una silla, apoyó los pies en el borde del escritorio y abrió la bolsa de doritos.

—Te oí llegar a medianoche. ¿Por qué no vuelves a tu casa?

— No he terminado de torturarte.— Alice bostezó y sonrió —Jasper y yo tuvimos una pelea descomunal anoche.

— Ah, bueno, eso explica tu expresión de felicidad.

—Nosotros no solíamos pelearnos.— Sonrió al inclinarse sobre el escritorio para coger unos doritos. —Las peleas son maravillosas

—Cada uno a lo suyo. Aunque sois un par de cursis, y no puedo imaginarme vuestras peleas como un peligro.

—Nos gritamos— repuso Alice, a la defensiva — Al menos él gritó. Se obstina en que vuelva a casa. Intenta ser comprensivo pero se siente cada vez más frustrado.

—No será por falta de sexo, eso seguro.

Alice rió corno una niña.

Jamás imaginé que pudiera haber tanta pasión entre Jasper y yo.

—Tú si que eres rara, no yo.

Veinte minutos más tarde, cuando Bella Swan volvió al trabajo, Sue le entregó un sobre

—Esto llegó mientras la duquesa estaba fuera.

Bella lo abrió y encontró un billete aéreo de ida y vuelta a Houston. Miró la fecha. El billete era para el día siguiente, su día libre. El vuelo salía por la mañana y regresaba por la noche. Sacó una segunda hoja que resultó el comprobante de un coche alquilado a su nombre.

Se mordió el labio inferior y miró al otro lado de la calle, a Tesoros del Ayer. Tal vez habia sido idea de Alice tener ese detalle, aunque estaba demasiada preocupada para pensar en ello. Bella apretó el billete contra el pecho. Edward.

Menos de veinticuatro horas más tarde Bella se encontraba en la entrada del pabellón del segundo piso de Brookdale, observando a Leah que estaba inclinada sobre un puzzle. Su cabello cano le caía liso, por debajo de las orejas, pero una cinta decorada con mariquitas impedía que le cubriera la cara rechoncha. Llevaba el jersey rosa que Bella le había regalado hacía varios meses, encima de una camiseta lavanda. Por un momento, Bella se la quedó mirando luego la llamó suavemente.

—Hola, cariño

Leah enderezó el cuerpo. Levantó la cabeza lentamente, los ojos llenos de esperanzas

— ¿Mi Bella?

Al instante siguíente estaban abrazadas con fuerza y Leah no dejaba de repetir el nombre de su madrastra. No pudo dejar de hablar durante media hora.

—Creí que nunca vendrías... Ya me dijiste que no estabas enfadada pero…. Entonces di el bollo sobrante a Henry... El doctor Bent me puso un empaste... Aunque Shirley sabe que sólo se puede fumar en el patio.

Mientras charlaba no dejó de sostener la mano de Bella, y siguió sosteniéndola mientras salieron a dar un paseo por los jardines. Quiso comer en Taco Bell y luegon fueron de compras, expedición que consumió lo que quedaba del sueldo de Bella. Ésta no quiso recordar que sólo le quedaban seis semanas para la siguiente cuota de la residencia.

Al final, Leah se sosegó y dijo que quería volver a Brookdale.

—Meesie se preocupa cuando tardo demasiado. — Meesie Baker era su enfermera preferida.

Más tarde, cuando pudieron hablar a solas, Meesíe le dijo a Bella:

— Creo que vuestra separación te pesa más a ti que a ella. Leah te echa de menos pero le va muy bien aquí.

Bella le acarició el cabello a Leah en el momento de despedirse.

—Te llamaré el domingo. Y pensaré en ti todos los días

—Sé que lo harás, mi Bella. Porque me quieres mucho

—Lo has pillado, genio — respondió ella, haciéndola reír. Durante el vuelo de vuelta, Bella miraba y luchaba contra el nudo que le cerraba la garganta. ¿Cuántas personas tenían la inmensa suerte de contar con el amor incondicional de alguien?

Mientras conducía en la oscuridad de la noche, trató de pensar en corno agradecer el gesto de Edward. Al final, optó por la solución más cobarde y le escribió una nota. Los tres primeros borradores delataban demasiado sus sentimientos y terminaron en la papelera, pero la versión que metió finalmente en su buzón camino del trabajo el viernes por la mañana cumplía su objetivo sin sentimentalismos.

Querido Edward:

Ayer pude ver a Leah. Te doy las gracias por ello. Estar con ella lo es todo para mí, y retiro casi todo lo malo que te he dicho hasta ahora.

Con agradecimiento,

BELLA SWAN

(Ruego no corrijas mi ortografía ni la puntuación.)

Edward estrujó la nota en el puño y la tiró al suelo, junto a la carretilla. No era su gratitud lo que quería, maldita sea, era su compañía, su sonrisa. Quería su cuerpo, claro, pero también sus opiniones estrafalarias

Su sentido del humor irreverente, sus miradas de soslayo cuando creía que él no lo advertiría.

Dejó la pala. Desde el domingo estaba tenso e irritable, incapaz de escribir, de dormir. La culpa no era ningún misterio. La culpabilidad no era una compañera agradable, y había llegado el momento de hacer algo al respecto.

El teléfono sonó a las tres de la tarde del sábado, una hora antes de que cerraran la librería.

—Libros Gemima—c ontestó Sugar Beth.

—Si quieres volver a ver tu perro con vida, ven a Rowan Oak a las cinco. Sola.

— ¿Rowan Oak?

—Si avisas a la policía el perro acabará como... comida para perros.

— ¿Te dije que hemos terminado!

Pero él ya había colgado.

No lo haría No le permitiría manipularla. Pero, poco después de cerrar la tienda se encontró en la autopista, camino del legendario hogar de William Faulkner, en Oxford. Edward había hecho posible que se reuniera con Leah, y ella se lo debía. No obstante, ojalá no le pusiera las cosas tan difíciles.

La casa y sus inmediaciones cerraban al público a las cuatro de la tarde pero obviamente, alguien tenía contactos importantes, porque un Lexus burdeos estaba estacionado en el vacío aparcamiento y la puerta estaba abierta. Como hija del nordeste de Misisipí, Bella ya había estado muchas veces en Rowan Oak: con la pandilla de las girl-scouts con los grupos juveniles de la iglesia, con las Sauces del Mar y en el último curso del instituto, con la clase del señor Edward, a bordo de un autocar amarillo. Faulkner había comprado la decrépita plantación estilo renacimiento helénico a principios de los años treinta. En esa época, la casa no tenía electricidad ni agua corriente, y se rumoreaba que la esposa de Faulkner se pasaba los días llorando en el pórtico mientras su marido se afanaba en hacer habitable su hogar. Hasta su muerte en 1962, Faulkner había vivido allí, donde se emborraba, asustaba a sus hijos con las historias de un fantasma inventando por el mismo y escribía las novelas que, finalmente, le valieron el Nobel de literatura. A principios de los años setenta, su hija vendió la casa y el terreno a la Universidad de Misisipí y, desde entonces gente de todo el mundo acudía a visitar el punto de referencia literario más importante del estado.

Bella caminó hacia la casa de madera de dos planta a lo largo de la imponente avenida de cedros, plantados en el siglo XI . Mucho antes de alcanzar el final del viejo camino enladrillado, vio a Edward apoyado contra una de las columnas cuadradas de la residencia. Con Gordon tendido a sus pies.

—Pat Conroy llamaba a Oxford "el Vaticano de las letra del Sur"— dijo él al bajar del porche.

—No lo sabía, aunque sus libros me encantan.— Bella rascó la cabeza de Gordón. —Veo que mi perro sigue con vida.

—Si no soy compasivo, no soy nada.

Edward llevaba un jersey blanco y unos inmaculados pantalones grises. El trabajo al aire libre le había bronceado, y a Bella la impresionó de nuevo el contraste entre su masculinidad y su elegancia. Ese hombre era un mar de contradicciones, altivo y cínico, pero también tierno y mucho más sentimental de lo que quería demostar. El suicidio de su mujer debió de afectarle mucho.

— ¿De qué va esto? — preguntó Bella.

— Tengo algo para ti.

— Ya me has dado más que suficiente. Ese billete de avión…

— Faulkner ha sido siempre mi autor americano preferido— repuso él, dejándola con la palabra en la boca.

— No me sorprende. Compartes su fascinación por el mismo panorama literario.

—No comparto, sin embargo, su facilidad de palabra. Ese hombre era un genio.

—Supongo que sí.

—Ni se te ocurra faltarle el respeto a William Faulknet

— Mientras no tenga que leer uno de sus libros, seré absolutamente respetuosa.

— ¿Cómo puedes decir eso? Faulkner es...

— Es un hombre, y tengo poca paciencia con los escritores fallecidos de raza blanca. Incluso con los vivos, siendo tú y el señor Conroy notables excepciones. Ahora bien, Jane Austen, Harper Lee Walker, ellas sí que escriben sobre cosas que interesan a las mujeres— Bella siguió parloteando por los codos. —Margaret Micthell Ya no está de moda pero menudo éxito tuvo en su momento. Luego tenemos a Mary Stewart, Daphne du Maurier, LaVyrle Spencer, Georgette Heyer, Helen Fielding... aunque únicamente la primera Bridget Jones. No, Faulkner no se incluye entre mis favoritos.

—Tu lista resulta demasiado romántica para mi gusto.

—Intenta pasar seis meses junto a la cama de un moribundo y luego dime que las historias de amor con final feliz no son una bendición de Dios..

Edward le dio un beso furtivo en la frente, y la ternura de su gesto casi la desarmó.

—Entremos en la casa.

Al entar, Bella inspeccionó el vestíbulo, desde donde partía la escalera que conducía al primer piso.

— ¿Podrías facilitarme también la entrada en la casa de George Clooney?

—En otra ocasión.

Deambularon por los pasillos, mirando las habitaciones desde la puerta sin entrar en ninguna. Bella no pudo resistir la tentación de señalar los libros de literatura barata expuestos en la mesilla de noche del autor, pero a Edward le fascinaba más su despacho. Mientras admiraba la vieja máquina de escribir Underwood, reflexionó en cómo habría influido en la escritura de Faulkner los procesadores de texto actuales. Bella se abstuvo de comentar que Microsoft no influía en absoluto en la escritura de Edward y que la única obra realizada en La Novia del Francés estos días estaba hecha de piedra.

Salieron de la casa y caminaron por los alrededores. Empezaba a caer el crepúsculo, pero Bella aún distinguía las forsitias y los ciruelos silvestres que florecían en la fronda de Bailey, detrás de la casa. Pronto ya echarían flores los cornejos. Gordon correteaba al lado de Edward deteniéndose de vez en cuando para investigar un arbusto u olisquear una mata de hierba. En el camino de vuelta a la casa, Edward tomó a Bella de la mano.

—Te he echado de menos esta semana.

Ella sintió la dureza de los callos en su mano y deseó seguir sosteniéndola pero qué sentido tenía atormentarse más.

—Lo que echas de menos es el sexo.

Edward se detuvo y le acarició la mejilla con un dedo, mirándola con tanta ternura que el corazón de ella se detuvo.

—Quiero más que sexo de ti, Bella Swan.

Ella tenía una respuesta picante preparada, pero dudó en el momento de disparar.

—Pues... ya sabes que no limpio ventanas.

—Por favor, amor mío, déjalo ya.— Edward lo dijo con dulzura, y el término afectuoso, que habría sonado pomposo en boca de cualquier otro hombre, la cubrió como un manto de flores de cerezo.

Bella espantó a un mosquito imaginario como excusa para rezagarse.

— ¿Qué más quieres?

—Quiero que nos concedas un poco de tiempo— dijo él — ¿ Es demasiado pedir?

—Tiempo para qué. Ya he fracasado tres veces, Edwrad. Cuatro, si contamos a Jasper.—Pretendía sonar socarrona pero tuvo la impresión de que sólo sonó triste. —Yo me alimento de hombres. Les seduzco con mis artes amatorias y les arranco la cabeza con los dientes mientras duermen.

— ¿Es así como te veía Emmett?

— El fue la excepción que confirma la regla.

— A mí no me preocupa demasiado mi decapitación a destiempo y no veo por qué debe preocuparte a ti.

—De acuerdo, por fin comprendo por qué insistes tanto en el tema. Quieres que me enamore tan desesperadamente de ti que sea incapaz de pensar en otra cosa. Entonces, cuando me haya convertido en un guiñapo que mendiga unos mendrugos de afecto, te reirás en mi cara y me dejarás. Éste ha sido tu plan desde el principio. ¿Me equivoco?

— La venganza definitiva por lo que te hice en el instituto.

Edward suspiró.

— Bella Swan, las novelas románticas...

—Pues esto no sucederá, tío, porque he cursado estudios exhaustivos en la escuela de golpes duros. He superado mi necesidad obsesiva de edificar mi vida en torno al musculitos de turno.

—Aunque tu descripción merezca mis respetos, creo que tu problema es el miedo.

Algo se quebró dentro de ella.

— ¡Por supuesto que tengo miedo! Las relaciones de pareja me hacen daño.— Él fue a contestar, pero el dolor de ella ya duraba demasiado y no quiso escucharle. — ¿Sabes qué quiero yo? Paz. Un buen Empleo y un lugar decente donde vivir. Quiero leer libros, escuchar música y tener tiempo para entablar amistades duraderas con otras mujeres. Quiero despertarme cada mañana sabiendo que tengo la posibilidad razonable de ser feliz. Y escucha lo más triste de todo: hasta que me topé contigo, casi lo había conseguido.

Las facciones de Edward se habían endurecido. Bella supo que le había herido, aunque era preferible este dolor breve y agudo a la aflicción constante que nunca ceja.

—Estoy harta de esta situación— se obligó a continuar. —Te dije que no quería verte más, pero no me hiciste caso. Bien, ha llegado el momento de que prestes atención: estoy harta de que me acoses. Capta el mensaje y déjame en paz.

El palideció y sus ojos se vaciaron de toda expresión.

—Mis disculpas. No tenía intención de acosarte.— Cogió un grueso sobre acolchado que estaba detrás de una columna y se lo ofreció con un gesto brusco. —Sé que lo estuviste buscando, ahora tienes tu ejemplar personal.

Bella le observó mientras se alejaba, altivo y orgulloso, cruzando el césped de Faulkner con sus largas zancadas.

—Gordon Ven aquí — gritó Bella

Pero su perro había encontrado un nuevo amo y no le hizo caso. Oyó el sonido del motor alejándose. Al final, miró el sobre que sostenía y sacó de su interior lo que Edward le había traído. Un ejemplar de Reflexiones.

Edward estaba ya a cuarenta kilómetros de Oxford cuando oyó la sirena. Miró el velocímetro y descubrió que iba a ciento veinte por hora. Genial Aminoró y se detuvo en el andén. Gordon se incorporó en el asiento. Un final perfecto para un día miserable.

Acosador. ¿Así le veía ella?

Mientras mostraba su carnet, pensó en los acontecimientos de la tarde, tan diferentes a lo que él había planeado. Le había parecido una buena idea sacar a Bella Swan de Parrish; y Rowan Oak, una elección apropiada. Intentó impresionarla con una visita privada, imaginándose que la combinación de un entorno romántico y su encanto personal la seduciría lo suficiente para que pudiera hablarle de Reflexiones, para que pudiera explicarse. Olvidó que el encanto personal no era lo que más que más le caracterizaba, y Bella, sin duda, estaba inmunizada contra los entornos románticos ya antes de cumplir los veintiuno. Desde luego, su intención no era tirarle el libro a la cara. Quería abordar el tema con delicadeza, explicarle cómo se sentía cuando lo escribía y señalar que lo había terminado meses antes de la vuelta de Bella a Parrish. Y, sobre todo, quería prevenirla. Luego, le hablaría del cuadro.

— Usted es el escritor— dijo el policía mirando el carnet de Edward. —El autor de ese libro sobre Parrish.

Edward asintió pero no quiso entablar conversación. No le parecía honorable intentar zafarse de una multa que se merecía. El agente sin embargo, tenía una esposa apasionada por los libros y un basset en casa, y le dejó marchar con una simple advertencia.

Edward llegó a las afueras de la ciudad pero, en lugar de dirigirse a La Novia del Francés, empezó a conducir sin rumbo por las calles. La fiereza de Bella le había asustado esta tarde. Ella no jugaba. Hablaba muy en serio. Y él se había enamorado de ella.

Le pareció que lo sabía desde hacía tiempo, la idea ya le era familiar, como si formara parte de él desde siempre. Dado su eterno gusto por lo irónico, la situación debería divertirle, pero no tenía ganas de reír. Había calculado mal, había jugado mal y se había comportado mal. En el proceso, había perdido algo de valor incalculable.

Bella quería estar a solas para leer Reflexiones, así que declinó la invitación de Alice de acompañarla a la iglesia el domingo por la mañana. En cuanto Alice se alejó con el coche, se puso

unos tejanos, cogió una manta vieja y se dirigió al lago. Le hubiera gustado la compañía de Gordón, pero el perro no había vuelto. Empezaba a parecerle que nunca volvería.

Extendió la manta en un lugar soleado, no lejos del embarcadero desierto, y examinó la cubierta del libro. Rezaba: «Copia sin corregir Prohibida su venta.» Esto significaba que Edward le había dado uno de los ejemplares impresos para los críticos y libreros, antes de que la versión definitiva saliera al mercado dentro de un mes. Pasó la palma de la mano por la tapa y se preparó para leer lo que estaba segura pondría acerca de su madre. Puede que Renee fuera despótica pero también Había sido una fuerza impulsora del progreso y, si Edward no lo reconocía, jamás lo perdonaría.

La campana de una iglesia sonó a lo lejos, y Bella empezó a leer

(«Vine a Parrish dos veces, la primera, para escribir una gran novela y, más de una década después, porque necesitaba volver a casa. »)

El autor era un personaje más. Esto la sorprendió. No pasaba lo mismo con Ültimo apeadero. Leyó de un tirón el capítulo inicial, que hablaba de sus primeros días en Parrish. En el segundo capítulo utilizaba su encuentro con Esme («Tu pelo es demasiado largo, jovencito, incluso para ser extranjero») para situar la historia en los años sesenta cuando empezó el desmoronamiento económico de la ciudad. Su relato de la casi bancarrota de la fábrica de ventanas se leía como una novela de intriga, viéndose la tensión realzada por anécdotas divertidas de la localidad, como el concurso de la Gran Ensalada de Patatas en la iglesia del Cristo Redentor. Entrando en la década de los setenta Edward cifraba el coste humano de la política racial de la ciudad en la familia de Laurent Da Revin. Y hablaba de Renee y Charlie, como Bella ya imaginaba. No la molestó demasiado el retrato que esbozaba de su padre, pero sus mejillas ardieron de rabia cuando vio que su madre hermosa y altiva quedaba retratada como una mujer que se pa seaba por la ciudad dejando atrás una estela de ceniza de tabaco y con descendencia. Aunque Edward no olvidaba mencionar sus éxitos, era una descripción devastadora.

Cuando le quedaban unas cien páginas por leer, cerró el libro y bajó hasta la orilla del agua. Suponía que la historia terminaba en 1982, con la apertura de la nueva fábrica, pero aún quedaban tres capítulos y la inquietud había formado un nudo en su estómago. Tal vez Renee no fuera el único personaje que debiera preocuparle.

Volvió a la manta, abrió el libro y empezó a leer el siguiente capítulo

(«En 1986 yo tenía veintidós años y Parrish era mi nirvana particular. Las gentes de la ciudad aceptaban mis rarezas, mis grandísimos defectos como profesor, mi acento extraño y mis pretensiones engreídas Estaba escribiendo una novela Y Misisipi ama a los escritores más que a nadie. Por primera vez en mi vida me sentía aceptado. Era feliz, completa y arrebatadoramente feliz… hasta que mi Edén del Sur fue destruido por una joven llamada Valentine.

A sus dieciocho años era la criatura más hermosa que nadie hubiera visto jamás. Verla contonearse por la acera camino de la entrada del instituto Parrish, era observar la sensualidad en movimiento... »)

Bella terminó la página, leyó la siguiente y siguió leyendo mientras su respiración se tornaba entrecortada y los colores le subían a la cara. Valentine era ella. Edward había cambiado su nombre, había cambiado los nombres de todos los que eran adolescentes en aquella época, aunque nadie se equivocaría con respecto a sus verdaderas identidades.

(«Valentine era una vampiresa adolescente que chupaba la sangre de sus desafortunadas víctimas para acompañar los Chicken McNuggets que tornaba después del instituto. Sin embargo no se tornó realmente peligrosa hasta que decidió no conformarse con el plasma de los muchachos adolescentes y salió en busca de presas decir, de mí. »)

El sol rozó la superficie del lago y la atmósfera se enfrió. Cuando terminó la lectura, Bella estaba temblando. Dejó el libre a un lado y se hizo un ovillo. La parte de la historia dedicada a ella ocupaba menos de un capítulo, pero se sentía como si las palabras le hubiesen sido grabadas en la piel, como los tatuajes de tinta que los chicos se hacían en las muñecas con un bolígrafo cuando se aburrían en clase. Todo estaba allí: su egoísmo, sus manipulaciones, su mentira. Todo expuesto a los ojos del mundo, para que lo viera y lo juzgara. La vergüenza ardía en su interior. También la ira. Él lo sabía desde el principió. Mientras se reían, se besaban y hacían el amor, él sabía lo que había escrito acerca de ella, y que ella lo leería algún día, y sin embargo no la había prevenido.

Se quedó junto al lago hasta que anocheció, envuelta en la manta

Y las rodillas pegadas al pecho. Cuando volvió, la cochera le pareció vacía y opresiva. Alice le había dejado una nota sobra la mesa pero ella pasó de largo. No había comido en todo el día, y ahora la sola idea de comer le provocaba náuseas. Subió arriba, se lavó la cara y se tendió en la cama, pero el techo que Esme había contemplado durante cuatro décadas la oprimió como la tapa de un féretro. La vida de su tía había sido una endecha de desgracia y aflicción, vivida hasta el fin en el nombre del amor

Bella no podía respirar. Se levantó y bajó a la planta baja, pero también allí la amargura de Esme lo impregnaba todo. Los muebles deslustrados, el empapelado descolorido, las cortinas amarillentas… todo manchado de la ira de una mujer que había hecho del amor perdido la obsesión de su vida. Empezó a dolerle la cabeza. Ese no era un hogar, era un mausoleo; y el estudio del pintor, su corazón. Agarró la llave y salió a la noche. Forcejeó con la cerradura del estudio en la oscuridad. Cuando consiguió abrirla, le dio al interruptor que encendía la bombilla desnuda que colgaba del techo. Mientras observaba el patético monumento que su tía había erigido al amor perdido, trató de trató de imaginarse las explicaciones de Edward, sus justificaciones. «Escribí el libro mucho antes de que volvieras. ¿De qué habría servido advertirtelo?» ¿De qué habría servido, realmente?

Se adentró en el caótico corazón del espíritu tenebroso de su tía y empezó a arrancar los plásticos mugrientos. Ella no viviría su vida de la misma manera. Nunca más. No sería prisionera de sus propias carencias. Prendería fuego a todo esto, haría que esa energía demencial de cuadros y pérdidas se consumiera entre las llamas.

Los colores se arremolinaron delante de sus ojos. Su corazón latís desbocado. Las manchas y salpicaduras frenéticas giraban a su alrededor Y entonces lo vio.

El cuadro de Lincoln Ash.

espero les este gustando y me lo dejen saber en sus comentarios :*