El sacrificio del inocente

—¿En qué te metiste, Shikamaru?

Con la luz azulada del monitor como única iluminación de la oficina, Shiho tecleaba y buscaba en la computadora portátil del joven Nara. Su padre se la había llevado casi enseguida que se la pidió, y solo unos momentos antes Yoshino había desempolvado una vieja escopeta que decoraba la sala luego de que dos sujetos irrumpieran en la tranquilidad de su casa.

Tanto Shikaku como ella habían notado extraño a Shikamaru, pero lo relacionaban más con la visita de Temari y tal vez un caso de descuido hormonal adolescente que terminaría en boda a finales de año. O al menos eso se le ocurrió a Yoshino cuando se comentó aquello durante la cena en que su hijo brillaba por su ausencia debido a una cita en el cine. Shiho, sin embargo, no había dicho nada al respecto y su opinión se inclinaba a las preguntas sobre violencia de pareja.

El chico había borrado gran parte del historial, pero para ella no había nada imposible de recuperar, un muchacho de preparatoria no la iba a vencer en algo que era su especialidad: el análisis y decodificación.

Páginas de criminología forense, estudios de descomposición de cuerpos, desaparición de evidencias, análisis de personalidad. Ensayos de estudiantes y profesionales, descargados y guardados bajo contraseña. Pero lo más inquietante era el seguimiento de diarios respecto a incidentes de terrorismo en Konoha.

Se llevó la mano a la nariz limpiando una ligera capa de sudor que tenía sobre ella. Era la primera vez en varios meses que no visitaba la casa Nara y cuando se dignaba en aparecer, era con malas noticias.

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—Aquí oficial Uchiha Tekka, la camioneta reportada va en dirección a la salida a Nami. Cambio.

Aquí Jefatura, solo son sospechosos no hay orden de aprehensión ¿Puede retenerlos? Cambio.

El oficial levantó el medidor de velocidad.

—Afirmativo, excede límite de velocidad permitido. Cambio.

Itachi-taichou va para allá, solo retenerlos, espera indicaciones. Cambio.

—Entendido.

El oficial encendió las luces de la patrulla y emitió un silbido de advertencia voceándole que se detuviera.

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—Capitán— llamó una joven desde el vano de la puerta que golpeo dos veces seguidas. Itachi levantó la vista.

—Ya rastrearon la camioneta que nos pidió— agregó entregándole el reporte escrito, retirándose enseguida. El joven Uchiha sacó su móvil.

—Pain ya los tengo, estaban por salir del país.

¿En dónde te encuentran Hidan y Kakuzu?

—Kilómetro veintinueve de la carretera a Nami.

Van para allá, Hidan está hecho una furia, no pude convencerlo para que dejara que tú encargaras, Itachi-san.

Itachi resopló con suficiencia, sabía por qué, dos mujeres lo habían apaleado en menos de dos días. Incluso él estaría de mal humor bajo circunstancias similares.

—Hay otra cosa— dijo Itachi antes de que el otro hablara para cortar la llamada—. Solo es un rumor, si pudieran enviar a alguien para confirmarlo sería mejor, creo que asesinaron a Hizashi Hyūga en Kumo.

¿Crees que…?

—No me atrevo a confirmar nada, pero recién me pasaron un reporte, Oto está metiendo la nariz.

Si las cosas continúan así deberemos de adelantar planes.

Itachi hizo un silencio incómodo.

—Debo cortar, entra otra llamada.

Pero no esperó respuesta, hizo lo propio con el botón rojo y prueba de que no mentía tomó la otra llamada.

Itachi-kun ¿No llegaras?

—Madre.

Itachi se sentía sorprendido, Pain lo había mantenido despierto dos días buscando adolescentes inoportunos y había olvidado el compromiso que tenían para ese sábado en la mañana.

—Yo, no… sucede que…

No te preocupes, tal parece que solo seremos Sasuke-chan y yo, tu padre tampoco se libró del trabajo.

—Lo siento— dijo sinceramente, él debía recogerla para llegar al almuerzo con el ministro.

No te preocupes, Sasuke-chan ya tiene su licencia— agregó adivinando sus pensamientos.

Nos veremos luego.

—Sí, adiós.

Itachi ya había salido de la jefatura, iba sobre la acera del estacionamiento para alcanzar el sitio donde debería estar aparcado su auto. Kisame, que le había visto salir momentos antes, en largas zancadas pronto emparejó su paso.

—¿A dónde sin compañía?— preguntó el enorme policía sonriendo con la coquetería de quien hace la pregunta a una chica que va sola por la calle, Itachi le dedicó una mirada que implicaba, no había encontrado divertido el chiste.

—Será mejor que vengas, debo encontrarme con Hidan y Kakuzu.

Kisame silbó, brincando hasta el lado del copiloto.

—Vas a arrancarle la manija un día de estos— se quejó Itachi sobre la innecesaria fuerza que empleaba su compañero al abrir la puerta.

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Los ojos de Inoichi se abrieron mucho, no podía creer lo que estaba viendo. Las opciones se resumían a dos: había pagado las cuentas hospitalarias de un extraño, o Zetsu era un prófugo de la justicia.

Se quedó parado en la acera frente a la tienda con la mente en blanco y la boca abierta, si antes era pálido, ahora era de un pulcro color papel, los ojos amarillos casi salían de sus cuencas, muchísimo más delgado, enfundado en un conjunto deportivo verde cuya gorra le cubría los mechones de pelo desordenados.

—Inoichi-san— llamó jadeante sosteniéndose sobre las rodillas.

El señor Yamanaka, sin embargo, apenas podía reaccionar.

—¿Ya es todo, Yamanaka-san?— preguntó otro hombre luego de cerrar las puertas de la camioneta.

—¿Eh?

—Que si es todo.

—Ah, sí, ya es todo.

—Gracias, estamos en contacto.

—Hasta luego… madame Shijimi tiene mis datos por cualquier cosa que necesite.

El hombre hizo una reverencia de despedida y se marchó dando indicación a los otros tres vehículos para que partieran también.

—¿Madame Shijimi?— preguntó Zetsu levantándose un poco.

Inoichi reaccionó.

—Sí, Madame Shijimi. Hoy es el cumpleaños de su esposo, me pidió un millar de tulipanes violetas— dijo tendiéndole una mano para ayudarle a sostenerse.

Zetsu solo sonrió, y pronto esa sonrisa empezó a ser una carcajada que acalló por el dolor de su herida.

— ¿Qué…? ¿Qué hace aquí? ¿Cómo es qué…?

—Inoichi-san ¿Ino-san? ¿Ella cómo está?

La pregunta asustó al rubio, se limitó a decirle que bien pero que no estaba en la tienda. El hombre de Kusa suspiró aliviado, no así el florista que pasó un trago amargo de saliva. Lo habían acusado del atentado contra el ministro, estaba enterado de lo ocurrido junto con Ino, la noche de su cirugía, se suponía que pasaría su rehabilitación en el hospital del reclusorio norte y evidentemente no estaba ahí. Nervioso se relamió los labios y caminó hasta el mostrador.

—Pase ¿quiere algo?

—No… no…— Zetsu respiraba de manera irregular. Concluyó que Ino estaba bien, Hidan había fallado miserablemente, pero nadie se burlaba de él, la buscaría.

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Shiho detuvo su frenético teclear, temblorosa, asustada y extasiada. Pensó en levantar el teléfono y llamar a alguien, pero ¿a quién? La paranoia de Shikamaru la contagió y entonces entendió un poco de todo el amplio panorama.

Habían ocurrido, desde hacía seis días, un total de nueve explosiones de autos. Solo una cobró víctimas pero todas habían sido evidentes signos de protesta, un tipo de terrorismo que tenía orígenes en Iwa, o al menos eso indicaba el tipo y material de las explosiones.

Su mente repasaba datos tan rápido como podía, Shikamaru la había dejado algo rezagada, pero en cuanto sacara la conclusión podría sin problemas adelantar pasos. Hizo memoria, recordó las dos únicas conversaciones que había sostenido con el muchacho, una en persona y otra por teléfono, el punto de partida de él había sido Ino, concretamente su novio, Sai.

Sai, hijo de Danzō.

Las elecciones ministeriales estaban cerca, los candidatos serían anunciados en algunas semanas y adivinaba que ese hombre estaría incluido.

De pronto, se puso de pie golpeando la palma de su mano izquierda con su puño derecho.

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—Sucede que… ella no se siente bien— mintió Shikamaru señalando a Temari que, aunque sorprendida al principio, no discutió con él.

—Ajá, el hospital está para el otro lado— inquirió el oficial mientras fingía inspeccionar minuciosamente los papeles que le había pedido al chico luego de hacerle detenerse y pedirle se bajara, con pretexto de su límite de velocidad.

—Mi médico salió de la ciudad— intervino la muchacha con una expresión de simulada angustia.

—¿Eh?

—Soy extranjera— agregó inmediatamente—. El servicio médico de Konoha no cubre mis gastos— siguió, recordando a última hora eso que les había comentado Ino a gritos recién había ingresado Zetsu al hospital.

—Ya veo ¿Y cuál es la urgencia?

El joven Nara se había quedado en silencio, a él también se le había ocurrido lo mismo, pero se quedó atrás al manejar la situación.

—Estoy embarazada— declaró tranquilamente. Shikamaru enrojeció cuando el oficial regresó la vista a él y le preguntó su edad, enseguida el hombre miró su reloj, se le agotaban las razones para retenerlos.

—Por favor, deme la infracción, no podemos perder más tiempo.

"Solo unos minutos más" pensó el policía. Entonces, casi enseguida se escuchó el acelerar de un auto, Shikamaru con los ojos bien abiertos sintió que la sangre se le helaba.

—¡Otro loco!— dijo el oficial girándose para hacerle la señal de detención, sin embargo, al levantar el brazo, Temari soltó un grito que ahogó tapándose la boca con las manos, la sangre salpicó a Shikamaru y lo único que pudo hacer fue gritar a los otros que corrieran.

La joven de Suna abrió rápidamente la puerta y Chōji bajó junto con ella, de un salto sobre el cofre de la camioneta Shikamaru les alcanzo evadiendo por casi nada una bala que rozó su mejilla. Sin esperar sus indicaciones, sus dos amigos ya habían entrado al bosque dejando detrás de sí, a un policía muerto que casi juraba, lo cargarían sobre ellos.

—Bien, pensé que estabas paranoico, Shikamaru— confesó Chōji ya sudado pese al poco tiempo que llevaban de carrera.

—Menos mal que eres mi amigo— replicó el otro tomándolo de la manga de la chaqueta igual que Temari para prácticamente jalarlo.

—Shikamaru, no podemos correr toda la vida— dijo Temari entre jadeos mirando de soslayo los troncos gruesos, esperando se asomara el demente que le había disparado al pobre hombre que nada tenía que ver en todo el asunto.

—¡Ya lo sé! ¡¿Pero quieres pararte a pensar en un plan?!

—Correr, está bien por ahora.

—No, no está bien— se quejó el chico Akimichi resoplando.

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El viejo Chevrolet se quejaba haciendo vibrar la lámina, y cada que Shiho aceleraba un resoplido más fuerte se hacía presente amenazando con pararse.

—Vamos bebé, vamos, no me falles ahora— decía la mujer peleando con la palanca de velocidades que se había atascado. En el asiento del copiloto iba su computadora portátil junto con el dispositivo para detección de red.

Con todo el remordimiento de su moralidad y lealtad al sistema que la había educado, se infiltró en la base de policías, la camioneta de Shikamaru había sido mandada a rastrear y un policía de caminos los había parado en la carretera a Nami.

—Por favor mi amor, sé que te debo un servicio completo pero no me falles ahora.

Ajustándose las gruesas gafas y pegándose más al volante para ver sobre el enorme cofre del vehículo abarcando su reducido campo de visión.

Había salido a toda prisa, y aunque sabía que su paso era lento e inseguro mantenía la esperanza, la vaga convicción de poder llegar a tiempo y llevar a Shikamaru ella misma hasta otro lugar, Nami era una buena opción como lo había previsto, pero ya era evidente que se dirigían allá, Uzushio tal vez, tenía uno o dos amigos ahí.

El tiempo pasó agónicamente lento, pero finalmente vislumbró la camioneta.

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—Tal vez, el lunes ya podríamos regresar a clases— comentó tímidamente Sakura —. Seguramente ya estamos muy atrasadas— agregó.

Ino le miró levantando una ceja.

—¿Casi nos matan y a ti te preocupa bajar las notas? Estás loca, frentesota.

Sakura bajó la vista hasta el cobertor rosado de su cama. Seguía deprimida, y seguramente lo estaría por mucho rato más, Ino sabía que Naruto la había llamado al menos unas veinte veces, y había visitado la casa cuatro preguntándole cómo estaba, si necesitaba algo, incluso más increíblemente había tomado los apuntes de dos días para llevárselos junto con los deberes. Ino estaba impresionada, eran apuntes de Álgebra, Historia, Biología y Química tomados apropiadamente con letra legible y eso suponía algo sorprendente por sí mismo.

También había llamado Hinata, Kiba que casi moría por falta de aire luego de que le contó cómo Sakura había pateado al tipo que se coló a la segunda planta ¡Incluso Shino!

Pero de Sasuke, ni un miserable mensaje.

La rubia movió la cabeza de un lado a otro, lo más increíble era que en cuanto lo viera, olvidaría todo y seguiría la vida igual que antes.

Ambas habían permanecido "acuarteladas" en la casa Haruno, a media cuadra estaba la base militar donde el padre de Sakura había servido toda su vida hasta su muerte, cinco años atrás, y varios de los que le conocieron sintieron que debían corresponder las atenciones del oficial al servicio, simplemente echando una mirada de tanto en tanto.

Ino se aburría, aunque tampoco tenía muchas ganas de salir a bailar, patinar o de compras. Desgraciadamente, esa falta de actividades la habían sumido en una horrorosa rutina de películas románticas que terminaban con ella limpiándose la nariz cada tanto.

Había pensado muchísimo en Sai, incluso esa noche, en que esos dos locos habían entrado a la tienda, lo imagino entrando por detrás, rescatándola, abrazándola y besándola entre cortadas y mustias disculpas. Pero la realidad era que ni el teléfono le contestaba.

Se acercó a la ventana, respondiendo el saludo de un joven uniformado que salía a caminar por la cuadra.

El día era claro, y en otras ocasiones habría sugerido salir a pasear. Era sábado, en el parque principal se ponía un tipo de mercado exclusivo de artesanías de otros lugares del País del Fuego. Pero no tenía ánimo para siquiera expresar la idea.

Se recargó en el barandal del balcón rojizo que tenía la habitación de Sakura, como gato adormilado viendo la vida pasar. Arrugó los párpados para agudizar la vista.

¿Qué demonios quería Lee? Si pensaba animarlas con una rutina asesina de ejercicios inhumanos, mejor que se fuera por donde vino. Buscó algo para arrojarle en la cabeza apenas empezara la sugerencia, pero a medida que ponía atención en la mancha verde que se acercaba corriendo notó que ya se había tropezado unas dos veces, cosa que con Lee sería imposible.

Se incorporó un poco inclinándose al frente.

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—Tan dichosa que era tu vida antes de Akatsuki— comentó Kisame recargando el codo en la puerta del auto una vez que bajó el cristal de la ventana para oxigenarse.

Itachi movió la cabeza de un lado a otro. A última hora había dejado que Hidan y Kakuzu siguieran solos, alguien había llamado a la jefatura denunciando a un sujeto que sin problemas de confusión encajaba con la descripción del perdido Zetsu, a quien también lo habían puesto a buscar desde la mañana.

—Sería interesante que Akatsuki, de vez en cuando, hiciera las cosas sin ti— agregó con su sonrisa burlona.

Su compañero no respondió a nada, solo se frotaba los ojos de vez en cuando, sus aún más pronunciadas ojeras ya le causaban una sensación de pesadez que tarde o temprano lo obligarían a quedarse dormido. Solo emitió un gruñido señalando fugazmente con la mirada la guantera, Kisame entendió y sacó un par de pastillas blancas dejándolas sobre la mano de su compañero que había abierto la palma específicamente para eso.

—Y falta el reporte de tráfico de autos con placas de Oto— agregó con fastidio.

—Hay muchos competidores en esta carrera.

—Ni me lo digas.

—Para lo de Oto sería más fácil si tuviéramos las notas de Hayate Gekkō, pero quien lo mandó matar eliminó todo.

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Ino soltó un chillido de incredulidad, y llamaba a Sakura y al hombre de abajo alternadamente. Su amiga se puso de pie para ver aquello que tenía tan alterada a Ino, ella misma no pudo evitar asombrarse.

—¡Zetsu-san!

—¡Ino-san!— gritó el otro desde abajo casi sin aire.

—¡Frentona! ¡Baja a abrirle!

La chica de pelo rosa dudó, su madre le había dicho que lo habían transferido a un reclusorio, acusado de terrorismo.

Tartamudeando se negó, Ino, molesta, la empujó para hacerlo ella misma, pero la aparición de un auto le hizo girar nuevamente asomándose de tal forma que Sakura debió sujetarla por la cintura temiendo que en su impulsivo acto saltara por el balcón. Cayendo al suelo, solo miraron por entre los barrotes cómo se bajaba un muchacho vestido de negro y de un empujón metía al hombre en el asiento de atrás.

El joven del servicio militar pitó su silbato, pero el auto negro de cristales polarizados se alejó a toda prisa del lugar llevándose de paso el señalamiento de límite de velocidad permitido.

—¡Lo secuestraron!— chilló la muchacha alejando a Sakura con manotazos.

—¡Lo llevan de regreso al reclusorio! ¡Ino! ¡Ese sujeto está acusado de terrorismo!

—¡A él le gustan las flores! ¡Las personas que trabajan con flores no son terroristas!

—¡No seas idiota! ¡Eso no es un argumento!

—¡No todos los extranjeros son terroristas!

—¡Mamá dijo que la bala que le sacaron era del guardia que mataron en las bodegas!

—¡Tu madre está loca!

Sakura reaccionó abofeteando a la rubia, medida necesaria para hacer el silencio en esa discusión que a su parecer no tenía sentido.

Los ojos azules llenos de lágrimas enfrentaron a los recelosos verdes de la otra chica.

Ajustándose el cierre de la sudadera dio la vuelta para dirigirse a las escaleras de la casa.

—¡¿A dónde vas?!

—¡Voy a buscarlo!

—¡Estás demente!

—Tal vez.

—¡Ino!

Ya era tarde, Sakura escuchó la puerta y enseguida buscó un pantalón para ponerse, había permanecido con unos cortos que más bien parecían ropa interior y jamás bajo ninguna circunstancia usaba fuera de la puerta. Después de todo, Ino iba caminando, la alcanzaría en algún momento.

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—¿Salimos otra vez al camino?— preguntó Temari mientras ella y Shikamaru ya casi cargaban a Chōji.

—Tengo una idea, pero…— el joven Nara estaba agotado, él había cargado casi todo el peso de su amigo para aligerarle la carga a la chica.

—¿Pero?

—Temari, llévate a Chōji.

—¡Eso sí que no!

—¡Maldición! ¡No vamos a tener aquí una discusión sobre supervivencia y cuestiones de género!

Una tonadita animosa que desconcertó a Temari sonó en medio del acalorado silencio que se había hecho en ese bosque.

—Shikamaru— habló a duras penas Chōji —. Es tú teléfono.

El aludido pareció reaccionar sacando el aparato de su bolsa, ni siquiera se acordaba de que lo llevaba. Aunque igualmente a la llamada anterior, la recepción era malísima, si bien por el identificador sabía quién era, no tardó en componerse la señal gracias a la magia tecnológica de Shiho.

—Shikamaru, estoy en la desviación de la carretera a Nami ¿En dónde estás?

El muchacho hizo una mueca de incomprensión.

—La verdad es que no estoy seguro… tal vez…— miró hacia todos lados, buscando un buen referente. Temari de pronto señaló un espectacular de una compañía telefónica.

—¡Ya! ¡Por el kilómetro veinte! ¡El anuncio de Telenoha!

"¡Qué estúpido nombre!" pensó para sus adentros desviándose del tema por segundos.

—Llego allá en unos minutos.

—Gracias.

—¡Por todos los cielos! ¡Me va a dar un infarto! ¡¿Caminamos nueve kilómetros?!— chilló el robusto amigo dejándose caer más sobre los hombros de los otros dos.

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Shiho le pasó una botella de agua que traía en su bolsa de mano, que más bien era un viejo morral de loneta color camello. Chōji se lanzó sobre ella, pero luego, un poco cohibido le ofreció un poco a Temari que igualmente estaba colorada por el esfuerzo, ella acepto un poco y enseguida se la regreso, Shikamaru declinó, iba a vomitar si lo hacía.

—Shiho, no tenías que hacer esto, te estás metiendo en problemas.

—¿Preferirías seguir corriendo?

—¿Alguien sabe que estas aquí? Están filtrando información, nos rastrearon porque…

—Porque el jefe de la policía monitorea todo— completó ella, el muchacho le miró con atención, ya sospechando que había seguido los pasos de su investigación.

—Ya decía yo que era muy extraño que un oficial de alto rango hiciera interrogatorios de rutina— comentó Temari.

—Este auto está registrado a nombre de mi ex esposo— declaró Shiho sonriendo—. Me dejó mucho antes de entrar a trabajar a los laboratorios Nara, no lo relacionarán contigo— agregó sin dejar de sonreír.

—Bueno— interrumpió la rubia de Suna —¿Qué se supone sigue? Según Kankuro, arrestaron a Akasuna no Sasori y Gaara está bien, podemos ir allá.

Shiho movió la cabeza de un lado a otro.

—Ya no podemos salir del País, de seguro ya los boletinaron acusándolos de cualquier cosa.

Chōji abrió los ojos asustado.

—Como la muerte de un policía— dijo dejando la boca entreabierta.

—Shiho…— mustió Shikamaru.

La mujer palideció viendo al frente aquello que había hecho gemir a Shikamaru.

Un Porsche color acero obstruía el camino, dos sujetos afuera permanecían de pie.

—Donde esa perra le haga un rasguño, Kakuzu— amenazó Hidan. Su compañero sonrió de medio lado sin dejar ver el gesto por debajo de la máscara—. Creí que Jashin detestaba el apego a las cosas materiales— susurró amenazando con su llave el cofre sobre el que estaba recargado.

—Hijo de puta…

El joven de plateada cabellera sacó un arma de cañón largo y la apuntó al frente tratando de centrar a la conductora.

Dentro del viejo clásico el escándalo era demasiado, Temari había sugerido seguir garantizando que los autos nuevos eran de plástico comparados con esos modelos pasados. Shikamaru quería frenar y volver a emprender la huida por el bosque, Chōji alternaba entre "Están locos" "Acelera" "Frena" quedando entre la opinión de Shikamaru y Temari.

La primera bala entró por el parabrisas.

El escaparate dio un respingo, todos pensaron al mismo tiempo que el auto se detendría.

—Shika… Shikamaru… va a pararse… yo…

Otra bala entró, todos agacharon la cabeza.

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—No va a pararse Kakuzu.

—Sí lo hará.

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—¡Shiho estás loca!

—¡Es la única opción!

—¡No, no lo es!

—¡Escucho tu plan entonces! ¡Tenemos cuatro metros!

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—Muy bien, no lo hizo— declaró Kakuzu.

—¡Imbécil!

El ruido de la coalición fue tal, que ni siquiera los gritos bastaron para minimizarlo. Los dos autos derraparon sobre la carretera, piezas de metal y plástico salieron disparadas por los espacios donde los cristales habían reventado, el tablero del Chevrolet se llenó de sangre, en algún momento todo se ralentizó, un zumbido reemplazo el ruido exterior, como un televisor sin señal que inicio quedamente para intensificarse de a poco, terminando con el crujido propio de los huesos al romperse.

Nuevamente regresó el sonido, el eco metálico de la carrocería estrujándose, el cristal haciéndose añicos y nuevamente el dolor en la espalda, el dolor de su carne al abrirse y dejarse penetrar por algo puntiagudo y largo.

Un sabor familiar recorrió su boca llenándole de su propia vida que se escapa en múltiples heridas.

Su cuerpo iba y venía, a través del parabrisas el mundo giraba con violencia, sobre su cabeza el toldo de acható golpeándole, mordió su lengua, le dolía el cuello que ya no soportaba el peso de la cabeza, se hinchó su garganta, ya no pudo respirar.

Todo se apagó, todo terminó cuando apenas empezaba.


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