Cuerpo cautivo.
Albert Wesker & Claire Redfield
Capítulo 20: En la mirada de otros.
I've been ignoring this big lump in my throat
I shouldn't be crying
Tears were for the weaker days
I'm stronger now or so I say
But something's missing
Whatever it is, it feels like it's laughing at me through the glass of a two-sided mirror
Whatever it is, it's just sitting there laughing at me.
What now – Rihanna.
Descargo de responsabilidad: Admito que la saga de Resident Evil, con novelas, juegos y películas no es de mi pertenencia y que los manipulo por mero entretenimiento.
Nota de la autora: ¡Drama, drama y drama a continuación! Muy bien, éste capítulo va dedicado a Roxanna Wesker y Nelida Treschi. Y por supuesto, a mi querida Polatrixu que es una rocola con pies y siempre encuentra la manera apropiada para prender mi foquito de inspiración. Y que ojalá olvide a sus pelones y sólo me ame a mí.
"Nuestra vida podría ser contada a través de imágenes, de sonrisas, de conexiones momentáneas. Podría ser contada por traiciones y vivencias agridulces. Pero jamás podrá ser contada a través de la mirada de otros."
Jill iba caminando por los pasillos fríos e inertes del hospital anexo, cabizbaja.
Su cabello rubio, electrizante, brotando como hebras de sol desde la nuca y amarrado en una fina coleta. Tenía los ojos grisáceos bien abiertos puestos en el suelo, sin enfocar, completamente perdida dentro de sus reflexiones.
Hacía un rato que León había abandonado las instalaciones, hirviendo de rabia. Sólo el cielo sabía a dónde se dirigió después de semejante conflicto con el mayor Redfield; Jill esperaba con todo su corazón que el agente del gobierno no tomara atajos para conseguir dar con Claire, pero su esperanza estaba estrechándose con cada recuerdo de aquella terrible discusión. Chris había gritado cosas tan duras, tan hirientes, que parecía imposible que pudieran toparse rostro a rostro sin estallar nuevamente.
Había conseguido, después de muchos remilgos y debates, que Chris comiera por primera vez en la semana algo que no estuviera batido o calentado en el horno de microondas entre las prisas y se retirara a su habitación a dormir, argumentando que el descanso era la mejor arma contra un enemigo como Albert Wesker.
Aunque el joven Redfield lo había encontrado un poco ridículo, accedió. Tenía dos semanas sin dormir apropiadamente y su cerebro empezaba a pasarle factura; le costaba trabajo recordar lo que estaba haciendo e imaginar cosas que no estaban pasando en tiempo real empezaba a volverse parte de su rutina.
Además, en cualquier momento podrían recibir noticias de Claire y entonces ya no tendrían permiso para relajarse.
Jill suspiró, sus tacones resonando dentro del pasillo vacío, con olor a limpio y a soledad.
Existía algo en los hospitales que la joven Valentine no terminaba de soportar; le traían a la memoria aquel laboratorio donde despertó después de empujar a Wesker por aquel ventanal, directo al acantilado.
Después de todo ese tiempo… seguía doliendo. Y ella sospechaba que dolería recordar tal sufrimiento lo que le restaba de vida. Podía sentir al pie de la imagen, ese artefacto de luces rojas y perniles de titanio, clavándosele en el pecho como estacas, destruyendo la belleza de sus clavículas, del inicio de su busto, rajando parte de su carne, destruyendo su libre voluntad, convirtiéndola en una esclava de su propio cuerpo, prisionera de sus sentidos.
La antiguo miembro del Alpha Team echó por la cuesta aquellas memorias lastimeras.
Llevaba mucho tiempo combatiendo esas vivencias, sobreponiéndose a la culpa y los resentimientos; algún progreso debía haber logrado hasta ese momento, con las terapias y los medicamentos. No pensaba arruinar su proceso de sanación repitiendo una y otra vez dentro de su mente, los terribles crímenes que se había visto obligada a cometer.
Chris Redfield la necesitaba, probablemente ahora más que nunca. No era apropiado encogerse ante los espectros del pasado.
Dobló la esquina y estuvo a punto de abordar el elevador, cuando notó que Rebecca Chambers se dirigía justo en dirección contraria; había utilizado las escaleras de emergencia y hojeaba los documentos de un folder con gran aflicción.
Jill trató de llamar su atención para evitar que continuara alejándose, pero Rebecca se pasó de largo. La chica rubia soltó un suspiro, resignada a que tendría que alcanzarla; debían tener una platica urgente.
Necesitaba advertirle del interrogatorio que Chris no tardaría en hacerle a su paciente, quien continuaba en calidad de detenido y con medio cuerpo molido a golpes.
Rebecca podía ser muy inocente y amable. Incluso pecaba de dulzura. Pero a la hora de que sus pacientes se hallaran en potencial riesgo de ser dañados por terceros, parecía transformarse: le nacía un instinto defensivo casi sanguíneo, como si la persona agredida fuese parte de su familia. Los ojos verdes se le atiborraban con determinación y era capaz de enfrentar al mismísimo presidente de los Estados Unidos. Por eso Jill quería prepararla para lo que venía a continuación para aquel malherido caballero, pues Chris no era exactamente el hombre con mayor tacto. Y menos cuando lo que necesitaba era información sobre el paradero de Albert Wesker.
— ¡Rebecca! ¡Rebecca, espera! —vociferó Valentine mientras corría hacia la menor, quien resultaba ser distraída hasta con la ropa, llegándose a poner pares distintos de calcetines, pero siempre era cálida y cortés.
— ¡Oh, hola Jill! Disculpa, no te había escuchado. He tenido una tarde larga y laboriosa. Pensaba ir a comer algo, ¿vienes? —dijo la médico sonriente. Desde hacía algún tiempo la muchacha se mostraba más alegre y abierta, como si esperara que con una sonrisa todos a su alrededor pudieran sentirse mejor. Y a veces funcionaba, en especial con Chris Redfield.
Algo en ella lograba transmitir calma. Aunque cuando estaba nerviosa todos podían percibirlo. Las mejillas se le encendían como focos navideños y con cada segundo parecía encogerse diez centímetros más.
Pero después de años de luchar contra su extrema timidez e introversión, había conseguido resultados inesperados. No obstante, la joven Valentine aún visualizaba a la niña de cabellos castaños como la nuez, ojos verdes de muñeca y que utilizaba gargantillas de minino.
—Claro, Rebecca. Es sólo que… hay un par de asuntos que quisiera tratar contigo. —comentó Valentine, endureciendo su expresión. —Pero podemos hacerlo durante la comida… —completó al notar el gesto de la doctora ensombrecerse. Quizá no era conveniente preocuparla antes de tiempo.
—Está bien, entonces vamos a la cafetería. Hoy iban a preparar algo de arroz con leche para el postre.
Becca pidió una sopa de col y un poco de arroz con trocitos de pechuga. También todo el arroz con leche y canela que su cuerpo podía procesar y un vaso enorme de jugo de guayaba. Desde que había regresado de aquella operación fallida junto con Frederic, no se había despegado de su cuarto de enfermo y comer dejó de ser prioridad. Como doctora era muy comprometida con su trabajo y al ver lo maltrecho que habían abandonado a ese hombre, a su suerte, desangrándose en el suelo, se sintió indignada y ya no pudo centrar su atención en otra persona.
Jill, que había estado inapetente toda la semana, se inclinó por un corte de carne y un plato de ensalada, tupido de lechuga y tomate. Era bueno sentarse a la mesa con alguien, que conservara un aire infantil y supiera disfrutar de las pequeñas cosas.
—Te ves muy preocupada, Jill. ¿Qué ocurre? ¿Han tenido noticias de Claire? —preguntó la médico. Aún no había hablado con nadie a cerca de lo que había presenciado en aquel congreso; figuraba que se acercaba el momento apropiado para externar sus hipótesis.
La mujer rubia y ojos color piedra bajó la cabeza a su plato, moviendo un tomate miniatura a lo largo de una hoja de lechuga. —Lamentablemente no. Toda la información que tenemos es que aquella reunión fue llevada a cabo para discutir parte de las inversiones y que parecían estar festejando un logro de alguna especie. Esos sin vergüenzas; el mundo podría estarse cayendo a pedazos y les valdría dos dólares. Seguirían conduciendo un BMW y comiendo langosta. —mencionó Jill con tono de queja, mordisqueando un pedazo del vegetal rojizo.
—Jill… ehm… yo—titubeó Rebecca, consiguiendo la atención de la oficial enseguida. Se sentía en extremo culpable por haberse reservado algo de tanta importancia, pero deseaba cerciorarse de que no se trataba de una alucinación de su cerebro falto de sueño. Pero esa cabellera sanguínea era inconfundible. O era de Claire Redfield o de un fantasma de la ópera.
Becca se ponía nerviosa cuando trataba de ocultar algo.
— ¿Qué ocurre? —cuestionó la joven rubia, perdiendo el interés en su platillo.
—Cuando fui a ese invernadero donde encontré al hombre herido. Bueno… No se encontraba desierto del todo.
La joven Valentine abrió los ojos sorprendida. Por el tono sobrio de la confesión sintió un golpe duro dentro de las entrañas.
— ¿A quién viste, Rebecca? —preguntó Jillian con intriga.
La menor guardó silencio, girando su vista para observar el comedor y cómo todos los agentes mantenían su distancia. Entonces, se animó a relatar lo que sus ojos color pradera habían presenciado: —Cerca de aquel invernadero, vi a una mujer vestida de blanco que brillaba como la nieve. Por eso pude notar su cabello tan vívidamente. Era igual a la sangre, Jill. Una sombra negra la alzó en vilo y la ropa le caía como cascada… Desaparecieron tan rápido que ni siquiera fui capaz de percibir la dirección en que lo hicieron.
Jill literalmente se congeló —aunque no estaba segura por qué si eso era lo que había previsto— y la incredulidad le saltó hasta la garganta, provocando que su usualmente armónica voz se escarpara, volviendo sus sílabas desiguales. — Wesker se llevó a Claire en brazos…—intuyó, presenciando como los ojos de Chambers se llenaban de una preocupación franca.
Sintió que un ambiente de pesadumbre se cernía encima de ambas, con un suspenso que se podía inhalar.
—Eso no es lo que más me preocupa. —admitió la joven protectora de la salud. —Lo que más me… desconcertó fue verla vestida de esa manera. Lucía como una princesa, Jill. Intacta. Estaba impecable y hubiera pasado como cualquier otra dama en aquella fiesta…
La antiguo miembro de los S.T.A.R.S empezó a reflexionar. Quizá no era Claire. Quizá se trataba de otra mujer con un semblante y una melena parecida a la de su amiga.
O Wesker le había lavado el cerebro de la misma forma que lo había hecho con ella. Obligándola a ser su acompañante y dar una buena apariencia ante otros empresarios.
Albert Wesker no era de las personas que se preocuparan por lo que se dijera de él, pero era capaz de cometer infamias con tal de ser convincente y empañar su verdadera imagen. Igual a un depredador que utiliza un camuflaje para cazar.
Aun así, en el fondo, Valentine era consiente de que se estaba engañando; la actitud de una persona con un aparato de control no pasaría desapercibido en una reunión "de placer". Su antiguo capitán debió de forzarla a través de otros métodos: la tortura, el chantaje, la amenaza.
Porque no podría ser de otra forma, ¿o sí?
Rebecca trató de disipar la tensión de matadero, con una mirada cálida; tomó la mano de Jill con una inocencia contagiosa. Todos los problemas tenían solución y la verdad siempre salía a la luz, tarde o temprano.
—No te preocupes, Jill. Ninguno de nosotros se rendirá hasta ver todo esto arreglado… ¿Para qué somos los amigos sino para salvarnos de las malas rachas y de las situaciones peligrosas? —Becca hizo una pausa, la cercanía de su cuerpo transportando un olor nítido a infancia y gardenias. —Desde que estábamos en el departamento de policía de Raccoon City, Chris y tú siempre trataron de cubrirme de los riesgos. Me gustaría que los dos aceptaran mi ayuda…
La joven de ojos color luna se alivió por dicha declaración. Al menos eso le facilitaba el trabajo.
Rebecca comprendía el estado de ánimo sensible de su compañera.
La guerra cambia a las personas. Los seres humanos eran capaces de mostrar su peor faceta; el cinismo, la crueldad despiadada. Sin embargo, a veces durante esas noches inundadas de sombras, brillaban las estrellas más hermosas, cualidades que combatían la maldad; el amor, la solidaridad… y el perdón.
Lo que más les afectaba a los soldados era ver la vida de sus colegas siendo destrozada por la tragedia.
Y si alguien merecía dejar de padecerla, ese alguien era Chris Redfield.
Pero parecía ser que a la diosa fortuna le gustaba responder a su sacrificio con ingratitud.
Ella admiraba al mayor Redfield por su entrega, valentía y noción de justicia.
Chris, desde los años de los S.T.A.R.S, se había encargado de echarle la mano en tiempos inoportunos, la hizo sonreír con sus bromas mañaneras y su risa contagiosa.
Nunca creyó que tendría que hacerlo, pero echaba de menos su alegría y buen humor. Chris había perdido su vitalidad, su alegría por vivir el día a día.
Pero esa alegría se esfumó con la mansión, la pérdida de su compañera, que aunque no se trató de una situación permanente, había fragmentado su alma de forma irremediable.
Y ahora, con el lamentable secuestro de su hermana, Rebecca no estaba segura de que el antiguo miembro del equipo Alpha continuara cuerdo.
Quizá el capitán de la BSAA había sido inmaduro durante su convivencia en el RPD, pero su coraje en los enfrentamientos, la valentía de polizonte le había valido el cariño y admiración de sus compañeros.
—Becca, yo… estoy sumamente agradecida. Y temo bastante por las cosas que pronto ocurrirán. Por eso… —La voz de Jill le abandonó durante una fracción de segundo. —Me gustaría advertirte de un par de cosas. Sé… sé que ya no eres ninguna niña. Pero creo que me es difícil dejar a un lado el pasado y ver cuánto has crecido. —comentó la joven de ojos color luna, recordando el instinto maternal que siempre había experimentado con la menor desde su primer día en el departamento de policía.
Rebecca sonrió con melancolía. A veces se seguía sintiendo de esa manera; pequeña, intimidada y llena de miedo. Pero lo afrontaba, había aprendido a crecer acompañada de la desgracia. Levantarse, con las rodillas raspadas, como si se hubiese caído de su bicicleta. Y seguía siendo duro ver con buena cara las enfermedades causadas por su ex—capitán. Seguía siendo lamentable saber que una persona que le enseñó que las limitaciones de su tamaño podían ser ventajas contra el enemigo, había causado toda esa agonía. Ya no era capaz de decirse que las cosas estaban bien, tirada sobre la alfombra de su solitario departamento, mirando los retratos de sus padres y recordando esos días en los que deseaba ser cantante para llevar un mensaje de aliento a todo aquel que lo necesitara.
La joven Valentine se decidió a iniciar con el preámbulo de su advertencia: —Excluyendo todo lo que te han dicho… ¿conoces algo más sobre tu paciente?
La doctora se retiró un par de cabellos castaños de su infantil rostro, despertando de su letargo.
—Frederic Downing, director de proyectos de Tricell. Cuarenta y seis años de edad. Está activo en nómina como miembro de la Junta de Salud Internacional. —mencionó la pequeña Chambers como letanía.
Jill ya conocía todos esos detalles pero deseaba confirmar que su amiga estaba enterada de los antecedentes de su paciente, así no se sorprendería de la clase de sujeto con la que estaba tratando.
No podía ser de fiar.
—No sólo eso, Rebecca. Nuestras fuentes de información transnacionales confirman que es uno de los socios más importantes en la campaña de Wesker. O al menos lo era antes del incidente que lo trajo aquí. —agregó Jill, notando el gesto de mesura que adoptaba la ex—miembro del equipo Bravo.
—Él sabe dónde está Wesker escondiéndose. Y si conoce el lugar donde se oculta ese bastardo, es probable que también esté enterado de la ubicación de Claire. Es por eso que Chris desea interrogarlo de inmediato y no estoy esperando que utilice los métodos más ortodoxos. Chris es un buen hombre, Becky, pero está cegado por su dolor…
—Downing no va a poder facilitarnos la información que estamos buscando. No de inmediato, al menos. Sigue oscilando entre la inconciencia y su desorientación será patente cuando despierte. Padecerá de lagunas de memoria. Las contusiones que sufrió son muy serias; parece que fue un rinoceronte lo que lo envistió. —aclaró Rebecca, sin entender cuál era el punto que Jill deseaba tocar en realidad.
La mujer de cabellera rubia se lamentó. Esperaba que la condición de su testigo fuera lo suficientemente fuerte para soportar la avalancha de preguntas. El laberinto se estaba volviendo cada vez más estrecho. Liberó un hondo suspiro y luego se permitió tomar un trago de agua mineral.
—Sé que es un criminal de guerra y que de la información que nos proporcione podría depender la vida de Claire, pero en un estado tan delicado como el suyo… —la guardiana de la salud hizo una pausa. —no puedo permitir que pongan en riesgo su vida. Los estudios ni siquiera confirman si será capaz de recordad quién es.
Los ojos grises de la joven Valentine se encogieron, aunque había estado esperando una observación similar de parte de su compañera.
La mayor de las chicas conocía bien sus impulsos honorables, necesarios en un médico cuya obligación es proteger cada vida humana como algo sagrado, sin importar sus pecados o sus errores.
Sabía que Rebecca Chambers jamás perdida la fe y era firme creyente de que los hombres son buenos por naturaleza. Por eso intentaría evitar que Chris Redfield asesinara al herido de un susto.
—Esa es la razón por la que necesitamos tu ayuda. Tú puedes preguntarle con todo el tacto que desees en cuanto vuelva en sí. Antes de que el capitán Redfield se aparezca y lo obligue a recordar a gritos. —puntualizó Jillian, rogando internamente porque el tal Frederic no padeciera una amnesia permanente o una regresión cerebral.
Algo debían de obtener de su testimonio, era un chance que no se podían dar el lujo de desperdiciar.
Becca mordió sus labios, rosados y pequeños, haciendo que su mentón se alzara y aludiera al rostro de un gato bebé.
La delicada joven de apenas veintiséis años deseaba ayudar. Aquello le pareció el plan más eficiente y seguro. Sin embargo, cierta inquietud se cimbró dentro de su cerebro, causándole reconsiderar la petición de Jill.
¿Y si el enfermo no conseguía recordar? Chris estaría sumamente molesto y se pondría encrespado al saber que lo estaban dejando fuera de la situación.
¿Qué ocurriría si todo lo que obtuviera fuesen mentiras?
Becky se despabiló girando el plato que contenía su postre y de su voz de felpa salieron dos cohibidas palabras: —Está bien. Haré todo lo que esté en mi poder por rescatar el paradero de Claire de su memoria.
Las chicas se dedicaron una sonrisa llena de agridulce bonanza.
Jill apretó la mano de su amiga, sintiéndose un tanto más tranquila con la presencia célica de esa muchacha despistada en todo ese turbio asunto.
Lo que no sabían era que de aquella entrevista podían obtener verdades que quizá ninguno deseaba desenterrar.
Cuando Jill regresó al cuarto que ocupaba en el edifico de mando central, se dejó caer contra la puerta, vencida por el agotamiento y la confusión.
Había sido un encuentro duro y el soportar la tensión emocional entre el agente de gobierno y su compañero de travesía, le provocó un dolor de cabeza punzante y un desagrado con sabor a hiel.
Soltó la cintilla con la que sostenía su coleta de caballo y la lanzó al perchero que estaba colocado en una esquina de la puerta, sin conseguir atinarle.
Se armó con sus últimas escaramuzas de fuerza y se levantó del suelo alfombrado, diciéndose que el sillón era un mejor lugar para morir de cansancio.
Acabó por dejar su cabeza reposar en los brazos del sillón y hasta se lastimó la rodilla por la manera ruda en la que se derrumbó, igual a un edificio que es demolido con una implosión.
Aunque no lo deseara, las palabras de Rebecca le hacían eco.
—Cerca de aquel invernadero, vi a una mujer vestida de blanco que brillaba como la nieve. Por eso pude notar su cabello tan vívidamente. Era igual a la sangre, Jill. Una sombra negra la alzó en vilo y la ropa le caía como cascada… Desaparecieron tan rápido que ni siquiera fui capaz de percibir la dirección en que lo hicieron.
—Eso no es lo que más me preocupa. Lo más desconcertante fue verla vestida de esa manera. Lucía como una princesa, Jill. Intacta. Estaba impecable y hubiera pasado como cualquier otra dama en aquella fiesta…
Que nadie malinterpretara sus pensamientos. Estaba alegre de que todo indicara que Claire conservaba su integridad física.
Pero había algo que en su mente astuta no le cuadraba del todo. Algo que le decía que Wesker no estaba tratando a Claire como la había tratado a ella después de despertarla de un coma farmacológico inducido.
Podía estar forzándola a ser una acompañante, humillándola con sus palabras venenosas, intoxicándola con sus insultos, aturdiéndola con alguna clase de droga y mellando su espíritu.
Ella mejor que nadie conocía la personalidad férrea de un Redfield y las maniobras sucias de su antiguo jefe para corromper a las personas que desafortunadamente se topan con su presencia siniestra, impregnada de oscuridad.
Un recuerdo se estrelló contra su atolondrada cabeza, haciendo que despegara el rostro de los cojines.
Claire y ella estaban sentadas en la barra de un centro de pool.
Jill disfrutaba de su bebida, comentando cosas alegremente, cuando notó que Claire no estaba atendiendo a su "amena" conversación y mucho menos a las intenciones coquetas de un joven sentado al otro lado de la barra.
Estaba embobada mirando en dirección de la mesa donde Barry, Chris y Wesker jugaban al billar.
La joven Valentine tuvo la intención de pasar su mano delante de la pelirroja diciendo: "Claire, aquí Houston, responda Claire.", pero le bastó seguir la dirección de los ojos de la adolescente para saber la causa de su estupefacción.
La Redfield más joven tenía la mirada colocada en el rubio líder de los S.T.A.R.S, quien traía el taco y estaba afinando su puntería para darle a la bola morada y a una naranja que reposaba a la distancia.
En aquel entonces la joven miembro del equipo Alpha se sonrió con malicia, creyendo que la estaba cachando con las manos en la masa y que podría hacerla víctima de sus chantajes al descubrir su interés en aquel "viejo" capitán.
—Así que ya descubriste al atractivo visual escondido entre los gruñidos de mal humor. —mencionó Jillian batiendo su bebida con un popote.
Pero la niña de cabellos fuego no dio señales de haberla escuchado.
—No te culpo, Claire. En el departamento de policía las secretarias se le quedan mirando de esa manera antes de que las mande a gritos a la zona de archivo. —manifestó la castaña de cabello corto, con una comicidad que no se molestó en disfrazar.
—Pero es un poco mayor, ¿no lo crees? Además, es Albert Wesker. Te comería viva si te descubriera mirándolo de esa manera.
Ante la mención de aquel nombre completo que exigía respeto con tan sólo ser mencionado, la hermanita de Chris despertó de ese trance, abandonando su copa a milímetros de la orilla.
— ¿Qué? Yo… yo no estaba mirándolo a él. —se defendió la pelirroja cuando sus labios lograron coordinarse para proferir algo que no fueran sonidos inconexos.
Jill rio.
—Sí, claro.
— ¡Estoy hablando en serio!
—Entonces ¿a quién mirabas? ¿A Barry? Con mayor razón me espanto. Barry podría ser tu papá. —La joven Valentine siguió sonriendo de manera ladina.
— ¡Obviamente no miraba a Barry!
— ¿A tu hermano? —bromeó la castaña, fingiendo encontrarse perpleja.
— ¡No! No soy tú para mirar a mi hermano.
Fue el turno de Jill de indignarse.
— ¡Claire!
—Tú empezaste…
La joven polizonte se aclaró la garganta y le dio otro trago a su bebida de coco y piña, para después continuar con su campaña.
—Estabas mirando al jefe. ¡Y no lo niegues!
— ¿Por qué habría de hacerlo? El tipo me dobla la edad y además es… demasiado hosco para mi gusto. —inquirió la chiquilla, fingiendo perder el interés en el juego de los tres hombres. Al parecer iban muy parejos y los tiros que sacaban eran cada vez mejores dada la competitividad que existía entre ellos, como los rivales no declarados que eran.
— No estamos hablando de su personalidad, Claire, que he de admitir no es la más amable ni le merecerá algún premio de paz. Hablamos de su imagen externa.
La menor de las chicas tosió un poco, colocando las botas vaqueras sobre los tubos de metal de su silla giratoria.
El bar-tender se aproximó para servirles un poco más de alcohol.
— No estaría con él ni aunque fuese un modelo de televisión. Tiene un carácter horrible y siempre está dándome órdenes aunque ni trabajo para él.
—Niega que es guapo y aquí paramos esta conversación.
Claire Redfield titubeó, desviando de nuevo sus ojos a la mesa de pool, donde Chris se quejaba por un tiro fallido y Barry le golpeaba la espalda con una palmadita de sus gigantescas manos.
— ¡Ajá! ¿Lo ves? No puedes hacerlo porque hay algo de él que por lo menos "no te desagrada tanto".
—Si mi hermano estuviera escuchando esta plática de mujeres, se recostaría sobre tu regazo llorando en posición fetal.
Jill soltó una carcajada.
— ¿Qué tiene de malo que te guste un hombre rubio y de ojos azules? Yo lo veo bastante normal.
Valentine debía de admitir que las copas empezaban a subírsele un poco, arrebolando su rostro y atolondrando sus sentidos.
— ¡Es tu jefe, Jill! Me dobla la edad y hasta donde sé padece tendencias violentas y usa gafas negras hasta cuando se baña.
— ¿Y qué? Eso no le quita la cara bonita y el cuerpo atlético ¿o me equivoco?
La jovencita pareció considerar las palabras de su nueva amiga, tratando de no escandalizarse por las declaraciones de una Valentine media subidita de copas.
—Pues no. Pero deberíamos bajar la voz, ¿no crees? Andan muy cerca y podrían escucharnos. —advirtió Claire, notando como Barry festejaba su tiro con una fumarola de humo en forma de dona, flotando sobre la cabeza de los caballeros.
Wesker respondió con una sonrisa de medio lado y una ceja alzada, preparando un tiro que la niña de ojos verdemar calificó como imposible. Había escuchado alguna vez que el billar tenía bases matemáticas y que un buen cálculo con los diamantes grabados alrededor del cuadro de gamuza verde, podía significar la victoria para cualquiera de los contrincantes.
Pero aún no estaba consciente de que el adjetivo imposible no existía en el vocablo de Albert Wesker.
Wesker logró meter su bola color gris a una de las esquinas, sin que la blanca que estaba cachete con cachete junto a la otra, fuera a dar al agujero también, haciendo una triangulación de fantasía.
Claire lo escuchó decir con esa presunción fastidiosa, fanfarroneando como un lobo que quiere presumir la dentadura: —Y así, caballeros, es como se hace un tiro ganador. Ahora si me disculpan, voy a beberme un vaso de whiskey.
— ¡Revancha! —se escuchó el grito espartano de Chris, con su jovialidad contagiosa y los deseos de demostrar que estaba calificado para cualquier tarea.
— ¡Venga, jefe! No puede negarse a una justa partida de vuelta. —argumentaba Burton, tratando de apoyar a su camarada.
—Creo que portarse inmaduros no ha sido parte de su entrenamiento. Pero está bien. Les daré otra oportunidad para que demuestren que saben jugar decentemente y aceptar la derrota.
Claire liberó el aire en sus pulmones con inmensa resignación. Odiaba ese sexto sentido que Jill tenía para esa clase de cosas. Su hermano le había advertido del radar ultrasónico que su compañera de equipo tenía instalado y que detectaba cualquier estado emocional, guiño, mensajes subliminales y demás. A Claire le había entrado la información por un odio y le había salido por el otro, sabiendo que su consanguíneo era fan de la exageración.
—Bueno, quizá tiene su atractivo. Pero eso no descarta su actitud prepotente y mis ganas de darle una buena cachetada.
—Si se dejara…—mencionó Jill con sorna. —Venga, deberías de verlo cuando no lleva el chaleco. El maldito se pasa las horas en el campo de entrenamiento, moliendo costales con los puños. Le enseñó a Chris una manera de hacerlo sin pestañear y los insensatos se la pasan rompiendo el material de entrenamiento por antojo.
La estudiante de arte agitó la cabeza, esparciendo su fleco rojo por toda su cara.
— ¿Por qué has hecho que me lo imagine con camisa?
—Malo que lo hubieras hecho sin camisa.
Por primera vez en la noche, Redfield dejó su ritmo escandaloso; quizá la bebida ya estaba logrando su efecto feliz en ella también.
—Prefiero verlo con un traje de noche.
— ¿Bien vestido? ¿Y qué hacer con las gafas? —cuestionó Valentine, tomando en cuenta que la imaginación de la hermana de su mejor amigo parecía estar más entrenada que la propia.
—Se quedan. Le dan ese aire de misterio. Aunque… lo más atractivo que trae encima son las mejillas.
— ¿Sus mejillas? —preguntó Jill, como si creyera que Claire padecía alguna clase de enfermedad mental.
—Digo, por el cabello rubio y el cuerpo tiene puntos, pero su rostro parece copiado de una estatua griega.
—Esa es tu forma de pensar, como buena artista. —dijo la miembro del Alpha team, comiendo una botana que les habían colocado para acompañar con su consumo. —Pero yo creo que hay muchas otras cosas rescatables en él. A pesar de que puede llegar a ser un engreído y un reverendo malnacido durante los combates cuerpo a cuerpo, deberías verlo en acción. La encomienda de manejar a una unidad de rescate no es cosa fácil y a él ni el viento lo despeina.
Creo que ha sido suficiente de bebidas de alcohol ligero para nosotras. —mencionó Jill, regresando a su madurez habitual.
La adolescentes pareció reflexionar sobre sus palabras.
— ¿De qué han estado platicando, señoritas?
Como si de una película de horror se tratara, Claire y Jill se giraron lentamente al escuchar esa voz masculina a sus espaldas. Sintieron que el alma se les iba literalmente del cuerpo aunque el entrenamiento de la joven Valentine le permitió aparentar una versión chusca de la normalidad, tumbando un par de papas fritas de su plato en el proceso.
— ¡Barry! ¡Pero qué sorpresa! ¿Cuánto… cuánto tiempo llevas allí parado como autómata? —cuestionaba Jillian en aquel entonces, apretando a la hermana de su pareja de patrulla, para que no hablara más de la cuenta. Aunque la que había iniciado el problema era ella, con todas sus interrogantes e imprudencias ocasionadas por un ligero exceso de alcohol.
Barry las miró, la malicia inundando sus ojos castaños y haciéndole lucir como el padre que era, dispuesto a reprimir a sus "hijas" y mandarlas a la cama sin cenar.
—Lo suficiente como para enterarme de sus observaciones sobre el jefe. —manifestó el bonachón miembro del equipo Alfa, encarando a Jill de manera acusatoria.
—Vale, pero si no hemos dicho nada malo—se defendió Claire, tratando de no tartamudear. —Además escuchar conversaciones de otras chicas debe ser considerada una actividad de alto riesgo.
—Eso me queda muy claro. Pero es mi obligación advertirles que tengan cuidado con el capitán, a su corta edad ya debe tener en frascos de colección algunos otros corazones rotos e inocentes iguales al tuyo, Claire. —indagó Barry, con el tono de un padre protector pensando que de sus hijas no esperaría la presentación de un hombre con la tesitura del capitán como yerno.
Burton se retiró al sanitario y la joven Valentine le dedicó a Claire un guiño divertido de sus ojos azul turquesa.
—Papá oso ha hablado. Y lamentablemente tendré que darle la razón. —dijo Jill tratando de ponerse de pie y bebiendo las últimas gotas de licor entre un montón de hielos.
— ¿Lo he escuchado decir "corta edad"? —La joven de ojos aguamarina vio a su hermano golpear la bola negra y comerse las uñas rezándole a todos los santos porque el tiro no le fallara. —Aunque… es bueno que piense que estamos un poco ebrias, al menos podré escudarme en lo inconveniente de mi estado…
No era el fin del mundo que Barry Burton espiara su charla.
—Tranquila, con suerte y Barry no recordará nada con la potente resaca que lo embestirá mañana.
Nunca tocaron el tema de nuevo; el recuerdo quedó arrumbado como un montón de vieja chatarra después de que Claire Redfield se enteró de todos los por menores acontecidos en Raccoon City, incluyendo la muerte de Albert Wesker.
Luego, para que su esquema mental estuviera completo, tenía que considerar una opción que enfermaría a Chris de ictericia o algo peor.
¿Podría ser posible que la menor Redfield hubiera caído en alguna clase de juego sucio de seducción?
¡¿Pero en qué demonios estaba pensando?!
¡Qué locura! ¡Qué estupidez!
¿Estaba considerando seriamente la posibilidad de que la hermana de su compañero estaba siendo cómplice de un criminal como Albert Wesker por buena voluntad, como un deseo o en común acuerdo?
¡Infame!
Si Chris Redfield hubiese podido adivinar sus pensamientos en ese momento, estaría exiliada del país en menos de lo que canta un gallo.
Era una tontería, ¡se refería al diablo en persona! Albert no tenía consideración con nada ni con nadie. Ni los infantes, las mujeres, los hombres con familia, con sueños, con esperanzas. Y mucho menos las tendría con la hermanita de su enemigo.
A Wesker sólo le importaba el dominio y Jill sabía que aunque conquistara la luna, jamás le parecería logro suficiente.
Lamentablemente, la rubia aún era capaz de recordar una época distinta, donde el nombre de Wesker era sinónimo de disciplina y arrojo, combate, estrategia y objetividad.
Parecía que los recuerdos no dejarían de llegar esa noche y era una lástima porque le causaban ojos hinchados y tenían el efecto de una sirena de ambulancia dentro de su cabeza, pesada como piedra.
Wesker iba conduciendo la patrulla como poseído. Jill estaba sentada de copiloto, amarrándose al cinturón de seguridad con uñas, dientes y hasta ojos. Su capitán ya había pasado varios altos y llegado a la carretera derrapando las llantas contra el asfalto y pulverizando cualquier botella de plástico o papel que se cruzaba en su trayectoria.
Ella temía que en cualquier momento pudieran estrellarse contra un árbol o atropellar a un pobre alce.
El rubio de gafas medianoche parecía un coronel que no había sido llamado a combate, irradiando rabia y exhalando humo como un dragón chino. Nada bueno salía de sus enojos y siempre corría el riesgo de despedir, disparar y hasta cometer barbaries fuera de la ley. Si bien su forma de mandar trataba de ser prudente y ajustada a las reglas, era capaz de romperlas cuando la operación lo requería y aunque Irons tenía cierto control sobre él, pocas veces le había pedido cuentas de lo realizado dentro de la estación o durante las misiones.
El problema había empezado desde que al departamento llegó un comunicado de emergencia, solicitando refuerzos; una bodega estaba en llamas, poniendo en riesgo la seguridad de todos los ciudadanos de los alrededores. Por supuesto, aquello no era su división y todo parecía ser campo abierto para los bomberos y policías de distrito, hasta que fueron detectadas seis camionetas negras saliendo de dicha bodega antes de que el incendio iniciara, causando sospechas fuertes sobre las causas del mismo.
Albert Wesker había enviado al equipo Bravo en primera instancia, y ya que él había trabajo dos turnos completos, su semblante no era el más sano. A regañadientes tuvo que retirarse a "descansar", aunque Jill sospechaba que se la había pasado andando de un lado a otro como tigre enjaulado. Era un adicto al trabajo sin remedio.
Todo el departamento estaba vuelto de cabeza cuando se recibió el aviso de un tiroteo en las calles de St. Louis y James Squart, dentro de un edificio tiznado y maltratado por las bajas urbes.
Y claro, los primeros en alistarse para acudir fueron Brad Vickers y Chris Redfield, como los temerarios especialistas en armas y acecho en equipo que eran. Sin embargo, el rubio había estado detrás de esa banda durante meses y guardaba la firme sospecha de que eran traficantes de agentes nocivos, otras sustancias químicas y hasta nucleares, que planeaban esconderse en las faldas de la ciudad cuna de la primera farmacéutica a nivel nacional y probablemente del continente: Umbrella Corp.
Todo lo había hecho de incognito, como la mayoría de las cosas que hacía el líder de los S.T.A.R.S en aquellos días.
El capitán estaba molesto porque los había tenido en la punta de los dedos sin que nadie se enterara y ahora sus pequeños imbéciles estaban jugando a las pistolas con aquellos sanguinarios, arruinando la operación furtiva y revelando que los S.T.A.R.S no eran del todo ajenos a sus operaciones.
Aquel sociópata que se decía ser su jefe iba murmurando palabras subiditas de tono y amenazando con que todo "aquel idiota que se atreviera a caer muerto en el sitio antes de que llegara estaría despedido". Lo que a ella le parecía una paradoja difícil de procesar.
La castaña de ojos celestes siempre había tenido problemas definiendo las motivaciones de ese megalomaniaco, sin importar cuantos días hubieran pasado desde su contratación. A veces pensaba que las personas, muy en el fondo de sus descompuestos sentimientos, le importaban. Otras más que al bastardo sólo le gustaba ver a los soldados bailar ante sus órdenes. Y muy raramente que el capitán, debido a la dificultad que tenía para crear conexiones con el exterior, sentía un instinto bizarro de "proteger" a quienes había aprendido a "soportar".
Sospechaba que así era su personalidad. Posesiva en todo sentido, difícil de perforar, como una coraza de plomo.
Ese hombre era un cubo de mil caras que no estaba esperando resolver pronto.
Como Wesker iba quemando llanta llegaron en un flashazo a las cercanías del enfrentamiento, donde los disparos resonaban entre los charcos de lluvia estancados en las calles, haciendo que los edificios decorados con grafitis y los tambos de basura, temblaran por el tumulto.
El rubio apagó el auto en un santiamén y cuando ambos estaban desabrochándose el cinturón de seguridad para conseguir bajar de la patrulla, la joven de boina color verde toscana sintió una poderosa mano jalando su muñeca. El capitán sacó unas esposas y la empalmó, dejándola firmemente ligada al volante.
La joven de ojos azules sintió el helado metal ceñirse alrededor de su muñeca, imposibilitando su movimiento y dejándola muy incómoda, estirada desde el asiento de copiloto.
— ¿Qué? ¿Pero qué está haciendo, capitán? —cuestionó la miembro del equipo, tratando de jalar las esposas y liberarse. — ¡¿Qué clase de broma es ésta?!
—Ninguna broma, Valentine. No puedo permitir que ponga en riesgo una operación clandestina.
— ¡Pero esto ya no es una operación clandestina! Chris y Brad requieren de apoyo inmediato.
—Es por eso que yo no me he esposado a ninguna parte del auto. —mencionó el rubio de manera suntuosa, cerrando la puerta de la patrulla.
— ¡Wesker! ¡No ha sido nada justo! ¿Cómo esperas que me quede aquí sin hacer nada?
El mayor recargó su magnum, se ajustó la escopeta Hydra y los lentes negros de carcaza delgada: —Si ve que hay problemas y tardamos en volver, llame por refuerzos.
—Lo haré aunque no tarden.
—Hágalo y estará despedida.
La mujer siguió tratando de librarse de aquel horrible aparato de tortura, no entendiendo porque aquel egocéntrico capitán la llevaría hasta allá sólo para amarrarla como un cachorro travieso que rompió la vasija de su dueño.
—No entiendo. ¡Necesitarán la mayor ayuda posible!
—Valentine… —Wesker hizo una pausa. —No voy a reconsiderar mi decisión. No tiene la menor idea de lo peligrosos que éstos sujetos pueden ser de convertirla en su rehén…
— ¿Qué acaso no me has entrenado para enfrentar esta clase de cosas? —preguntó la joven castaña, sin llegar a comprender los arranques del sociópata que tenía delante, quien se molestó por la pregunta, demostrándolo con un golpe en el toldo de su patrulla.
—La conozco, Valentine. A usted y a su estúpido instinto de sacrificio. Pero si estos hombres la toman presa… no duraran violarla hasta que no quede un sólo fragmento de dignidad en su cuerpo.
El tono asimétrico da la oración, el gesto de determinación que se manifestaba en su barbilla, logró que Jill no lo reconociera. En ese momento pensó que sorprendentemente, el adusto líder de los S.T.A.R.S era capaz de demostrar real interés en el bienestar de otro ser humano. Que a pesar de ser un policía riguroso, hermético y estricto, procuraba utilizar estrategias que causaran el menor daño colateral a los agentes a su cargo, para que sus fortalezas no se vieran volcadas en debilidades.
La chica vio desaparecer a su jefe entre un par de callejones repletos de hojas de periódico y botellas a medio vaciar, alarmada, tratando de procesar los motivos de Wesker para encadenarla.
Aún recuerda esa noche como una de las más angustiosas, largas y horripilantes de sus días de polizonte; Chris, Brad y Wesker fueron capturados y se dieron perdidos en acción durante más de 24 horas.
Uno de los eventos más duros de afrontar para ese equipo táctico, el cual se llenaba de valía con cada victoria, cada experiencia, e incluso, con las derrotas. Chris nunca reveló los detalles de aquel rapto, aunque sin duda, había cambiado su trato entre jefe y subordinado; dejó de ser una tolerancia forzada y se asemejó más a un respeto silencioso. Nadie lo mencionaba, pero existía.
Sin embargo, después de la misión de investigación y rastreo a esa mansión asesina, Jill cambió de parecer.
Lo más probable era que Wesker no la estuviera protegiendo de una tortura prolongada, simplemente había evitado que pudiera obtener información testimonial acerca de la conexión entre esa banda de traficantes y la corporación de la sombrilla blanca y roja.
Cuán ciega podía ser aun después de tantos años de supuesta madurez; las dudas la seguían consumiendo y nunca lograría esclarecerlas.
La chica de cabellos cenizos y ojos de luna agitó su cabeza en tiempo presente, pensando que necesitaba una tabla para golpearse o una cubeta de agua fría para librarse de tan obscenas memorias.
Estaban en guerra; momento inadecuado para caer en cursilerías.
Valentine se levantó del mullido sillón, gimiendo cuando sintió que la nuca iba a reventársele de la presión.
Sin duda un baño serviría. No era fanática del alcohol y sus sueños siempre estaban plagados de pesadillas.
Entró a su habitación, retirándose la blusa negra, los vaqueros color olivo, arrojándolos sobre la cama, quedando protegida únicamente por un conjunto interior color melón, sus piernas largas y entrenadas para combatir, protestando por un desgaste muscular que ella ya no resentía. Sacó del armario un pantalón de lana y un top de algodón para descansar su cuerpo de las prendas de militar.
Abrió las llaves de la tina, esperando que los encargados no hubiesen olvidado prender el calentador y la dejó llenar hasta donde la marca del constante uso lo indicaba.
Sin embargo, las emociones no tenían intención de dejarla descansar y antes de que pudiera poner un pie dentro de la bañera, cometió el error de contemplarse en el espejo de pared que le abarcaba cuerpo completo.
En su pecho, de color lechoso, antes terso a la vista, resaltaban las marcas de aquella araña roja de patas agudas que habrían roído su piel hasta hacerla jirones, causando esas perforaciones negruzcas que no sólo por estética eran desagradables, sino además le molestaban para descansar boca-abajo.
Trasladó sus manos vampíricas por el cabello albino, desconociendo su textura, su aroma, su color.
¿Quién era esa chica al otro lado del espejo, que se veía tan desolada, tan desajustada en modos y en horarios, ojerosa de días sin poder charlar con la almohada?
¿Quién era esa joven que tenía los ojos color piedra y había perdido la sonrisa cuando los recuerdos de sus crímenes forzados volvieron con su estrépito de torrencial?
Ya no se reconocía. Sentía que esa melena rubia no era la suya; debieron robársela a alguna víctima y se la injertaron como una peluca permanente. Todo era un error.
Una causa perdida. Algo que ya no se podía corregir.
Descendió la mano al sitio donde aquel aparato de control mental había residido, su respiración estresada volviéndose todavía más irregular. Estaba escuchando los mandatos de ese desalmado dictador, los gritos de súplica de sus víctimas, su voluntad luchando, deseando ser capaz de matarse a sí misma para dejar de ser un arma de guerra; sentía la máscara metálica de cuervo ocultando su rostro y la capucha oscura que había portado como uniforme, forzándola a ser una persona sin escrúpulos, sin miedo, sin nada.
Los impulsos eléctricos, la confusión, el perder la capacidad de decidir sobre sus acciones, eran fantasmas que jamás desaparecían, eran su sombra, su delirio en los momentos de soledad.
Sintió una mano enguantada posarse sobre su hombro, abriendo los ojos para observar su reflejo, mientras una única lágrima se resbalaba a través de sus mejillas arreboladas por el vapor de baño. Se encontró con Albert Wesker, su gabardina de cuero de cocodrilo, sus gafas oscuras, el gesto descompuesto por la locura, diciéndole que se había ganado el título de buena chica al destruir esas aldeas, raptar a esos seres humanos para una causa narcisista y supo que era inútil gritar contra una imagen mental, que era la representación más pura de su terror.
Ada Wong era una mujer en extremo bella. Sus ojos de un oscuro color verde transmitían seguridad, misterio, bravata y hasta seducción. Gustaba usar vestidos largos de corte oriental, el cabello negro corto por encima de los hombros. Pero sin importar su belleza, pocos hombres se atrevían a abordarla en aquel restaurante ubicado en una calle soltera de Praga, conocida como el Callejón del Oro. Su país favorito: la capital del antiguo Reino de Bohemia, le servía de residencia cuando no estaba defendiendo la vida o sus posesiones. Cuando no estaba detrás del más violento de los contratistas, espiando por dinero, jugando sus cartas lo mejor que podía.
Praga tenía las mejores tiendas de ropa, construcciones arquitectónicas sin comparación, jardines y casas de ensueño. Ada tenía cierta afición por los lujos y el vivir bien, aunque sus principales preocupaciones no eran tan limitadas como a qué vestido usaría o que boutique visitaría para surtir su guardarropa. El país era tranquilo y con eso le bastaba.
Por ese motivo le extrañó recibir la llamada de Jack Krauser, al número de su departamento. Y le extrañó entre comillas, ya que estaba enterada de que el muy maldito llevaba tiempo vigilándole los pasos.
Era un militar obsesivo y no iba a empezar a temerle, sin embargo, sabía que sus conexiones estaban tornándose demasiado fuertes como para ser ignorado. Lo mejor era estar bien enterada de las tretas que Wesker y Jack se traían entre manos. Habían trabajado juntos y no era sencillo tener que "sortear un bando".
No tenía remedio.
Ada bebió un trago de su vaso de champagne, mordiendo una de las fresas que le habían llevado por cortesía.
Las opciones no eran alentadoras: aliarse a un hombre que estaba perdiendo el control de su cuerpo sin remedio, más fuerte de lo que se podía suponer, con un nuevo virus letal a la puerta. O con un militar esquizofrénico que tenía bajo su yugo a un ejército comandado por una máquina asesina con apariencia de niña de doce años.
Y aunque la señorita Wong pudiera tratar de escapar y lograrlo, pues era astuta a mares, quería estar allí para contemplar el enfrentamiento. Sabía que cualquiera de los dos obtendría poderes inimaginables.
Pero ella no se quedaría atrás y tarde o temprano iba a sacar a la vista todas sus armas y sorpresas.
Sólo tenía que ser paciente y moderarse.
Krauser había mencionado que tenía una oferta que "no podría rechazar", pero eso estaban por verlo.
Wong era plenamente consciente de que Krauser ansiaba la venganza igual a un niño que codicia un tren de juguete para Navidad.
El problema era qué sucedería cuando obtuviera dicho juguete.
No quería tomar bandos. No quería decir que apoyaba a uno de esos lunáticos. Pero no iba a esconderse o a permitir que los ejércitos y espías, ya fuesen de su antiguo jefe o de su ex—colega, le hicieran la vida imposible.
Y, aunque lo negara, quería saber que se traía el "amigo" de Leon entre manos. Había cambiado mucho desde sus días en España y parecía que con la experiencia cercana a la muerte le había llegado una inteligencia estratégica de la careció durante el secuestro de la hija del presidente norteamericano.
Estaba a punto de levantarse de su silla para abandonar el establecimiento cuando sintió los pasos de alguien aproximándose. Debía de tratarse de una persona de gran tamaño.
—Señorita Wong. —dijo una voz que conocía a la perfección, sólo que ahora estaba impregnada de cierta cortesía y no traía consigo esa sensación de cuartel y trinchera.
Ada no volteó, vio su mirada y sus cicatrices desde el reflejo de su botella de champagne.
—Llegas tarde. ¿Eres capaz de no cometer errores, o está en tu naturaleza? —preguntó la joven de rasgos ligeramente asiáticos, pasando su cabello negro detrás de su oreja.
—No sabía que tu agenda fuera tan apretada, chica de rojo. Especialmente desde que Kennedy se la pasa evitándote. —contestó Jack Krauser con sorna, tomando asiento al otro lado de la mesa.
En realidad estaban ignorándose mutuamente, pero Jack gustaba de sentirse superior y ella no iba a dejarle entrever que le seguía importando.
A la espía le asombró que el recién llegado no portara su boina de paracaidista y observarlo vestido con un traje sastre negro, camisa blanca y zapatos lustrados, no era cosa sencilla tomando en cuenta su altura y apariencia facial.
Krauser nunca había sido desagradable a la vista, ni aún con las cicatrices que le opacaban los ojos color índigo, pero gracias a la vestimenta y el peinado, adquiría un tinte más normal, descartando su talla exagerada.
—Vamos al punto, Jack. ¿Por qué has querido que nos reunamos? —preguntó la mujer de cabello azabache, mirándolo con cierto fastidio.
El militar sonrió, mostrando su dentadura completa y sus labios curtidos por viejas heridas.
—Si supieras lo que viene a continuación no te portarías con tal insolencia.
Ada tuvo ganas de reír. ¿Desde cuándo ella tenía que portarse con reserva y buena educación?
—Entonces cuéntame y deja de hacerte el interesante. —exigió la dama de rasgos asiáticos y vestido largo, cruzando su pierna y dejando entrever la tesitura de sus músculos y sus zapatillas de broche con tacón alto.
Krauser se sirvió una copa de licor, pasando sus manos rudas sobre las velas que los meseros colocaran sobre la mesa minutos atrás.
No entendía como esa chica podía ser tan engreída y hablando en general, salirse con la suya.
A Jack Krauser le intrigaba su suerte, sus maneras ocultas de actuar, su política indiferencia. Era igual a un eclipse, fugaz, siniestro…
Y era indudablemente atractiva, aun cuando se negara a confiar en ella.
Peligrosa y muchos dirían que hasta traicionera, pero… ¿qué es una rosa sin sus espinas?
El mayor tragó saliva y bajó su copa con rudeza, causando que la estructura de madera se estremeciera y atrayendo la atención de todos los comensales que habían tratado de ignorar su presencia que ya de por sí era intimidante.
— ¿Conoces a Excella Gionne? —preguntó el trajeado, con ambos ojos puestos sobre la señorita Wong.
—Sólo algunas cosas. Era la directora de operaciones de Tricell en África Occidental hasta que se cruzó en el camino de Wesker.
—Veo que sigues haciendo un buen trabajo. No pierdes el toque con los años…
—Deja los halagos para después, guapo y ve al grano.
—Tu impaciencia no te hace lucir más bonita, ¿sabes?
—No tengo la intensión de verme bonita para ti.
Jack comenzó a reír de forma desagradable; Ada pudo notar que no iba desarmado por la forma en que su saco se arrugó, aunque de alguien tan paranoico como él, era de esperarse.
—Bien, pues Albert fue el encargado de asesinarla con una de las maneras útiles que acostumbra. Le hizo creer a la muy estúpida de que la convertiría en su reina y cuando le estorbó, sin pena ni gloria, le inyectó la cepa de Uroburos convirtiéndola en un B.O.W de ojos múltiples y tentáculos.
La mujer de rasgos asiáticos alzó una de sus cejas delineadas tan perfectamente, que no se lograba notar el mínimo rastro de maquillaje.
Vaya, así que su antiguo jefe era malo absteniéndose de sacrificar a sus aliados.
—No la muerte más pacífica, pero viniendo de Wesker, está lejos de sorprenderme. —comentó Ada, moviendo sus uñas pintadas sobre el mantel.
—Pudo haberse metido con la chica inadecuada en esta ocasión. —inquirió el antiguo soldado, con un guiño sádico en sus ojos azulete. —Su padre no está muy contento con el final de su querida niña.
Ada sonrió con sorna. Como si eso fuera importarle a un sujeto como Wesker… el dolor de un padre le era indiferente como tantas otras emociones humanas.
La mujer hizo un gesto de aburrimiento con su mano tallada en porcelana China.
— ¿Ahora te dedicas a consolar padres arrepentidos por dejar a sus hijitas buscarse novio?
Krauser mantuvo el gesto duro y continuó su relato, reprimiendo los deseos de sacar su cuchillo y jugar al tiro al blanco.
Pero aun con el comportamiento rebelde, seguía deseándola en niveles que no admitiría pronto.
—Esteban Gionne da Ángeles, quiere la cabeza de Albert Wesker servida en una charola. Me ha facilitado una cantidad aceptable de dinero para restaurar la gloria de Umbrella y encargarme del bastardo. El tal señor Gionne es dueño de las dos terceras partes de todas las fábricas de medicamentos en Europa.
La mujer de cabello negro, ante la mención de la farmacéutica de la sombrilla, se estremeció. Aunque Krauser no buscaba su aprobación, tuvo deseos de mencionar lo enfermo y poco recomendable que todo aquello sonaba.
—Pero estoy detrás de una recompensa mucho mayor…—continuó el hombre de las cicatrices, sin poner atención en el gesto de Ada. Tomó un cuchillo que se hallaba sobre el pan y otros aderezos, contemplando su brillo de plata. —Wesker ha estado trabajando en una nueva cepa. Una combinación del virus G y Uroburos que ha resultado en su mejor creación hasta la fecha. Tuvo que utilizar el virus Progenitor para asegurar su efectividad. Lo ha nombrado Génesis y es capaz de darle a un espécimen la fuerza de cien de sus congenies, la velocidad es proporcional al número de dosis inyectadas y evita que el sujeto que lo porta llegue a envejecer.
Se escuchó como a un hombre se le rompía una taza y salía corriendo nerviosamente en dirección al baño. Un mesero se acercó a llevar otra botella distinta a su mesa y se retiró enseguida, odiando en ese momento y más que nunca su oficio.
Wong adivinó que el militar deseaba obtener el génesis para formar un ejército ideal; allí era donde entraba ella en acción, al parecer. Aun sabiéndolo, no dijo nada.
— ¿Y cuál es el plan? Asesinar a Wesker no es cosa sencilla y mucho menos cuando el querido jefe es custodiado por su guardia particular y no le puedes causar daño alguno porque se regenera de manera instantánea. —externó Ada, pensando que tanta inteligencia y deseos de conquista en ese sujeto de gafas negras, iba a detonar su destrucción. Lo que era una pena, pues el mundo no había visto genio igual en muchos años.
O quizá se equivocaba y no eran sus ambiciones lo que lo conduciría a la muerte, sino su renegada humanidad. La incapacidad de detectar sus propias debilidades. Su creencia de que se trataba de un ser inmortal.
—Esteban Gionne no sólo quiere asesinarlo, Wong. Quiere verlo sufrir hasta su último aliento; quiere verlo arrastrarse sobre sus rodillas suplicando por la muerte. —mencionó el militar degustando cada sílaba como al mejor manjar.
Ada comenzó a negar con la cabeza; su antiguo aliado estaba cada minuto un poco más desquiciado.
Matar a Albert Wesker era una cosa, pero hacerlo quebrarse en pedazos y derrotar su necedad era otra muy distinta.
¿Cómo romper a alguien que no tiene nada, ni sentimientos, ni tacto, ni dolor, ni siquiera una persona que le importe?
El día que Ada Wong presenciara a Albert Wesker sumido sobre sus rodillas, ese día se volvería monja.
— ¿Y en un hombre sin corazón la forma de lograr eso es…?—cuestionó Ada, sabiendo que la continuación sería otra forma de expresar su esquizofrenia. Desde su travesía por el viejo continente, Jack Krauser mostraba síntomas de haber perdido los tornillos que le restaban.
Krauser tenía varias opciones en mente. La tortura física estaba al margen, pero primero debía cerciorarse que la sobredosis de su suero haría a Wesker sensible, como la ocasión anterior. Y había una opción en especial, que pensaba rendiría frutos de manera más efectiva. Matar dos pájaros de un tiro.
Estaba claro que su jefe carecía de las debilidades cotidianas, pero había sido cauteloso en sus investigaciones para hallarle una debilidad por banal que pareciera; un transeúnte casual, un taxista estacionado en la cuidad cercana a la residencia, una mujer vendiendo flores, habían encontrado algo inusual, reafirmando las sospechas de Jack sobre la razón de la presencia de Claire en la vida del rubio.
Albert, sintiéndose inmortal e invencible, no pondría atención en testigos tan comunes.
Sencillo resultaba enterarse de las andadas del capitán con la que siempre creyó amiga de Kennedy.
—Estoy seguro que has conocido ya a Claire Redfield. Lleva un mes encerrada viviendo junto a nuestro adorado jefe.
—La tiene secuestrada. ¿Qué tiene eso de novedoso? —trató de decir la asiática, haciéndose la desentendida.
Ella también había notado el comportamiento de Wesker un tanto sospechoso.
Había algo en él, en su mirada, en su voz aterciopelada, que no cuadraba con su actitud habitual. Con su tiranía, con la crueldad y el actuar descorazonado. Parecía que estuviera experimentando una regresión y adoptara una personalidad sobria y hasta condescendiente.
Ada lo comprendía; casi morir en un volcán ardiente con dos cohetes de mira infrarroja apuntados a tu rostro no debía ser sencillo de superar. Wesker fingía que tales incidentes no lo habían afectado.
Una espía como ella podía detectar que la realidad era distinta y Albert tenía heridas no físicas que sanar.
—Sólo digamos que la chica no está allí para cumplir trabajos forzosos ni la tiene encadenada a su pared.
La pelinegro chasqueó los labios, degustando el sabor de su labial: — ¿Has estado de cotilla todo este periodo de preparación?
—Esa mujer significa algo. Ambos sabemos que es un egoísta malnacido cuyo único propósito es mantenerse vivo y en la cúspide. Se ha hecho una fijación en la chiquilla y lo va a pagar muy caro.
—Un par de besos y salidas no dice nada, Krauser. Wesker puede estar usándola y botarla en cualquier momento.
Krauser negó con la cabeza, sus facciones endurecidas y su paciencia amenazando con agotarse.
—Lo he visto Ada. Vi miedo en su mirada al intentar matar a la chica. La salvó de mi brazo sin importarle que fuera a atravesarlo. Es un imbécil; uno a quien los trucos de magia se le han terminado y sus últimos gritos están por ser escuchados.
La mujer asiática se estremeció sin intención, sin dignarse a decir algo.
—Ada, puede que le guardes cierto… respeto a ese hijo de puta por haber salvado tu patética vida, pero eso no significa que él vaya a protegerte de la catástrofe que está próxima a suceder. —Los ojos de Krauser se encendieron, mostrando un ligero desequilibrio y llenando el ambiente con su azul sombrío. Los autos afuera parecieron detenerse y las luces de los faroles reducir su brillo. —Sé que tú también lo has percibido. Su titubeo, su debilidad, por más que lo esconda el virus en su interior se está revelando. Es nuestro momento para atacar.
Ada se empezó a sentir inquieta pero no lo demostró. Sus facciones mostraron el gesto frío y distante que la enmascaraba en las situaciones peligrosas.
—No estoy interesada en aprovecharme de su estado y repartirme los pedazos, como un buitre. —dijo la espía, apretando el arma que ocultaba en su entrepierna. Jack era peligroso hasta los dientes y estar en un lugar público no iba a detenerlo. —Que mates a la muchacha no va a dolerle en lo absoluto. Tú lo conoces, ha matado a tantas personas. ¿Por qué habría de ser diferente ahora?
— ¡Voy a tomar a la chica! ¡La usaré de carnada para traerlo a la trampa y la mataré lentamente, sin que pueda hacer nada! ¿Qué cómo sé que vendrá? Nadie toma algo que le pertenezca a Albert Wesker sin pagarlo caro… Tendrá que acercarse y yo voy a estarlo esperando…—Los ojos de Krauser parecieron quedar fijos, como si todo el sadismo que residía en su interior estuviera a punto de ser liberado. —La encadenaré a la pared y para él tendré que buscar un método mucho más efectivo: una jaula o un paralizador. Quiero que lo contemple todo desde primera fila. Primero colocaré a la pelirroja contra alguna muralla, me meteré con sus brazos, cortes ligeros, nada profundo, que la hagan mostrar una valentía que "enorgullezca". Seguramente se negará a suplicar por su existencia. Después, voy a arrancarle los labios con una mordida a ver qué sucede con esa cara… bonita. Haré que su agonía sea lo único que Wesker pueda escuchar. A él lo tendré vulnerable gracias a una sobredosis de su suero; sus sentidos estarán aturdidos y no será capaz de moverse. Lo he probado antes y ha funcionado a la perfección. —a cada palabra se iba aproximando más y más a su acompañante, con el cuchillo del pan en la mano, las venas de sus brazos brotando como enredaderas. —A Albert la violación parece molestarle bastante, ¿me preguntó que le parecerá escuchar sus gemidos clamando por auxilio al hacerla mi mujer? ¡Puede ser una, dos, las veces que me plazca! Forzaré a la pelirroja a mirarlo, antes de que le arranque las piernas a cuchillazos. Morirá temblando como la cucaracha que es. Tal vez ella grite su nombre, pidiendo que la salve. Pienso entregarle una parte de lo que quede a su amigo Kennedy y otra al… querido jefe, para que pueda contemplar en su esplendor esos ojos carentes de vida.
El militar se levantó de su asiento y clavó el cuchillo sobre la mesa, causando que la audiencia se sobresaltara, los reflejos de la espía despertándose enseguida, como un mecanismo de defensa muy bien trabajado, sacando el arma de caño corto de su escondite: —La pregunta, Wong, es si estarás conmigo o serás otro estorbo que tendré que eliminar.
Las personas comenzaron a salir del establecimiento, con los gritos de histeria y los tropiezos que causa el encontrarse en una situación de alto riesgo y no saber qué hacer.
La asiática estaba viendo el verdadero rostro de la enfermedad. ¿Cómo pudo llegar a tal grado de locura? Torturar a una chica de esa manera, siendo que no estaba seguro si tendría efecto sobre Albert.
—Estás enfermo, Krauser. Es obvio que no le causarás dolor si esa chica le es tan indiferente como supongo. —dijo la joven pelinegra, con un horror revestido de sorpresa.
—No pierdo nada con probar. Y de no funcionar, sé que no es inmune a las descargas eléctricas ya que causan heridas internas severas en altos voltajes. Con el virus de Wesker fuera del campo de batalla, será juego de niños el hacerlo arrastrarse.
Ada estaba cansada de toda esa basura. Tomó su bolso de mano sin dejar de apuntarle a su ex—colega.
—Vete al diablo, Krauser.
—Las damas primero, linda.
La chica comenzó a salir sin darle la espalda, pero ya que era incapaz de demostrar miedo y estaba muy segura de sus habilidades, dio medio giró, haciendo que su collar de listón se agitara contra el viento.
—Piensas matar a Wesker… Suerte con eso. El maldito ha logrado escapársele en más ocasiones de las que se puedan contar. —dijo la sensual mujer, con los tacones adornando su airosa salida.
—Si accedes podría considerar dejar a Kennedy fuera de esto. Él es el siguiente en mi lista. —dijo él, esperando que la muchacha retrocediera y reconsiderara la oferta.
Aunque no quisiera encarar la verdad, Ada era una aliada en extremo útil y poderosa.
Wong pareció titubear mientras sostenía el pomo del abandonado ambigú, pero duró un parpadeo. El único rastro de su presencia fue el perfume de damisela oriental esparciéndose por el aire.
Rebecca volvió a la habitación del enfermo con una manta nueva y una novela para disfrutar. Las gotas de lluvia chocaban contra las ventanas de la habitación. El frío era soportable aunque la joven no podía dejar de echar de menos su acogedora camita.
Se sintió culpable por ansiar tanto las comodidades de su hogar. Había cientos de personas allá afuera que la estaban pasando peor.
Las heridas del alma tardan mucho en sanar.
La chica de ojos verdes y labios de manzana, soltó un hondo suspiro, observando a la figura inerte que descansaba sobre la cama.
No quería pensar que su antiguo líder en el escuadrón podría surtir semejante paliza a un hombre, pero las opciones a considerar eran escasas.
Se encogió sobre el diván para visitas y cupo perfectamente ya que no era muy alta y se dispuso a leer.
Llevaba más de la mitad de su libro cuando escuchó unos murmullos débiles provenientes del herido.
Carecían de sentido pero indicaban que por fin había recuperado la conciencia sin ayuda de las drogas.
El paciente comenzó a agitarse, despacio y hasta convertirse en un movimiento causado por la euforia de no saber a dónde se encontraba o si estaba en manos amigas.
—Tranquilo… Tranquilo. Estás en el hospital. ¡No te muevas! —Al escuchar esa voz tranquila y dulce, Frederic intentó dejar de luchar, sus ojos azules expresando el terror que sus labios no podían.
La médico se levantó, dejando la cobija de lana y su lectura botadas. Vio la desesperación de muchas víctimas en él y su corazón, que nunca se había caracterizado por ser fuerte, se sacudió con una oleada de tristeza que casi logró empeñarle la vista.
Frederic Downing creyó estar muerto porque tal rostro no podía pertenecer a otro ente que no fuese un ángel. En el infierno no podía estar a pesar de la agonía que lo atormentaba. Pero el dolor era intenso y la dificultad para hablar tan marcada, que de inmediato se dio cuenta de que estaba "vivo".
Y entre comillas porque no sabía por cuánto tiempo antes de que lo mandaran a buscar para asegurarse que mantuviera la boca cerrada de manera indefinida. Como dirían los gánsteres, hacerle unos zapatos de cemento.
Algunos recuerdos le vinieron enseguida y otros estaban en la punta de una montaña que no estaba próximo a poder alcanzar
— ¿Do-dónde está ese… ese infeliz? ¡El infeliz que me hizo esto! —exclamó el ejecutivo, perdiendo la poca calma que había ganado con la voz de Rebecca Chambers.
—No… no lo sé, señor.
Frederic liberó un suspiro y se arrepintió por gritar en tan mal estado. Le hizo falta el aire y por poco vuelve a desmayarse, pero la furia que sentía no se lo permitió.
La imagen de Claire Redfield siendo llevada del brazo por Albert Wesker sacudió su maltrecho cuerpo como un explosivo. Había estado tan cerca, tan cerca de conseguir que el hombre de negro sufriera por su arrogancia, si tan sólo esa pelirroja no fuese tan ingenua para caer en sus redes, la habría sacado de allí en un santiamén y dejar que los mercenarios contratados por su jefe, Esteban Gionne, hicieran el trabajo sucio. Querían arrebatársela como le había arrebatado a su hija Excella. Y el tiro le salió por la culata, tristemente.
— Ella, la chica. Ese maldito… ¿Qué hizo para que le fuese tan…? ¿Quién podría enamorarse de ese bastardo sin alma? Sólo… una lunática. ¡Una lunática!
—Debe de... debe de tranquilizarse, por favor. —inquirió la chiquilla de cabellos cortos, sin conseguir procesar las palabras entrecortadas del ejecutivo de Tricell. Lo tomó de la mano, tratando de que el tacto con otro ser humano consiguiera apaciguar su ataque de nervios.
—Estaban juntos, en la fiesta. ¡Esa zorra, ella fue la culpable de todo esto! ¡Si cree que así podrá salvarse del apocalipsis se equivoca! ¡Nadie puede estar a salvo cerca de Wesker!
Rebecca sintió una revolución iniciar en su torrente sanguíneo, con muertos y heridos, causando que su rostro enrojeciera.
— ¿Qué? —fue todo lo que consiguió decir.
— ¡Su supuesta relación es una farsa! ¿Piensa, piensa que alguien que puede matar sin piedad es capaz de amar a alguien? ¿De… de protegerlo? Esa pelirroja debe ser… debe ser una ciega.
¿Relación?
Rebecca se hizo hacia atrás, como impulsada por cientos de resortes amarrados a su espalda.
¿De qué estaba hablando?
La pelirroja que mencionaba sin duda debía de ser Claire. Aunque no quisiera ni pensarlo. Todas esas frases podían ser consecuencia del shock.
Un error.
¡Debía de serlo!
— ¡Qué es lo que me ha hecho! —vociferó el hombre canoso, palpándose la cabeza llena de vendas exceptuando por la boca, ojos y parte de su perfil izquierdo.
— ¿Quién ha sido? Si me dice dónde se encuentra la persona que lo lastimo de esta manera, podremos ayudarle…—trató de convencerlo Rebecca, pensando que teniendo el recuerdo tan fresco y las emociones como un péndulo, todo lo que el herido confesara podría ser unido, como las piezas de un rompecabezas.
— Nadie puede ayudarme. —dijo el hombre de cabellos grisáceos, con pesadumbre. —Nadie. Ha… Ha sido Albert Wesker.
— ¿Dónde está él ahora?
—No… no lo sé. En su mansión de Suiza, vagando por Grecia, ¿parezco su guardaespaldas?
Rebecca se sintió mal por la rudeza de sus preguntas, pero lo encontraba necesario.
Si Chris escuchaba todo aquello iba a ser el fin. La insinuación de una situación amorosa entre los dos le pareció inverosímil. Quizá Frederic estaba mezclando sus memorias; debía de tratarse de otra mujer, alguien en extremo parecido a Claire. O todo podía ser una alucinación, un cerebro aturdido por la falta de oxígeno hablando incoherencias.
Chambers despertó de su aturdimiento, notando que las máquinas que vigilaban los signos vitales de Downing empezaban a mostrar un vaivén errático; una de ellas indicando una dificultad respiratoria, asfixiándose en su propio pánico. Ya habría tiempo para hacer más preguntas, para quebrarse la cabeza buscando la manera de cómo transmitir todo eso a Jill… O a Chris.
Cielo santo, no estaba preparada para aquella catástrofe.
¡¿Qué se supone que debería hacer ahora?!
El paciente. Eso era lo importante. Una vida. Un hombre temeroso, dañado, roto.
— ¡Tiene que respirar, suave! ¡No hay razón para alarmarse! ¡Está bien ahora, está a salvo! —intentó convencerlo Rebecca aunque sus palabras parecían tener efecto nulo.
— ¡Estará buscándome para aniquilar lo que resta de mí! ¡Al-Al igual que los hombres de Gionne! ¡Tiene que ayudarme! ¡Por favor no les diga que estoy aquí! —comenzó a proferir Frederic, sin importarle quedarse sin aliento en el proceso.
La doctora Chambers no podía hacer otra cosa que sedarlo; de continuar agitándose de esa manera reabriría sus suturas y la anafilaxis estaba a la orden del día.
— ¡Nada de eso va a suceder, tiene que confiar en mí, respire! Dentro, y fuera. Dentro, y fuera. —interfirió la chica entre los movimientos de histeria. Lo tomó de los antebrazos y lo primero que registraron los debilitados sentidos del mayor, fue el olor a margarita, los ojos enrojecidos y la necesidad en su voz acaramelada. Lo estaba obligando a ver el campo verde de sus orbes sensibilizadas y ya que nadie nunca había parecido necesitar tanto de su atención, se obligó a dejar de martirizar a la niña con sus desvaríos y respirar correctamente.
Tenía que controlarse.
Era un ejecutivo. Millonario. Arrogante de nacimiento. Superaría las secuelas del ataque. Y si iban a matarlo, ¿qué remedio? No podía comportarse como un cobarde toda la vida.
Frederic intentó respirar, concentrándose en la presencia de la muchacha y en nada más.
El sol costero iluminó el rostro dormido de su joven acompañante. Wesker estaba bebiendo un vaso de agua, observando el embarcadero. Una mano oculta en el bolsillo, su sombra proyectándose dentro de toda la habitación debido al haz de luz y la refracción. No se había molestado en ponerse la camisa, pero ya había mandado a traer nueva ropa para ambos.
Claire seguía en el mundo de los sueños, pero dudaba que con la intensidad de los rayos solares fuera a continuar así por mucho tiempo.
Dicho y hecho, la pelirroja abrió sus joyitas verdemar de regreso a esa habitación de recuerdo, a los pocos minutos.
Y así, lo primero que aquella ilusa chica, con más decisión de la que creía poseer, despertó de un sueño que pareció eterno, teniendo como primera imagen la espalda desnuda del tirano más letal que habría de pisar América.
— ¿Un buen descanso, corazón? —preguntó el hombre de gafas negras, viendo al mar balancearse y los yates empezando a navegar en el horizonte.
Claire lanzó un bostezo, sin olvidar cubrirse al hacerlo, estirando sus brazos de nadadora.
—Excelente. ¿El tuyo? —cuestionó de vuelta la jovenzuela, notando su falta de ropa casi al instante. Bien, ahora ¿cómo se suponía que alcanzaría su vestido de noche con Wesker parado allí, como un custodio?
—No ha estado nada mal. —respondió el rubio, aunque sus sueños eran muy poco profundos. Podía despertar ante los sonidos leves y movimientos imperceptibles. Pero en esa particular ocasión había conseguido varias horas de sueño decente y no iba a necesitar volver a pegar la cabeza en la almohada durante una corta temporada.
La pelirroja le sonrió, sintiéndose tonta segundos más tarde. Vale, no quieres que piense que eres una niña de secundaria, ¿o sí? ¡Entonces deja de actuar como una!
—Le recomiendo se tome un baño antes de partir. He mandado por ropa más adecuada ahora que no hay ninguna otra cena pendiente en la agenda. Después será mi turno y volveremos a la mansión.
La chica se preguntó internamente porque siendo que Wesker despertaba mucho más temprano, no utilizó la ducha antes.
A la joven Redfield le vino a la memoria un recuerdo en el que su hermano estaba presionándola porque se diera prisa en tomar su baño matutino, ya que su madre no le permitía utilizarlo antes que ella, argumentando que un caballero nunca utiliza la regadera antes que una dama, por muy cercanos que fueran.
Ver a Wesker como un caballero siendo capaz de tanta ira, los golpes, los engaños, no era fácil. Pero en genio y figura, seguía sus propias reglas. Un código ético construido a placer.
Al ver que la chica ni le respondía ni parecía tener intenciones de moverse, el tirano dijo: —Dearheart, para poder bañarte tendrás que salir de la cama tarde o temprano.
—Estoy desnuda.
— ¿Alguna vez ha entrado a la ducha con ropa?
—No. —lo odiaba. Odiaba su sarcasmo, su voz arenosa, sus músculos marcados, su espalda enorme. Lo odiaba enterito y por pedazos.
—Le he facilitado el trabajo, entonces.
—Date la vuelta. —ordenó Redfield, como medida preventiva para que no la observase.
Albert emitió un chasquido.
— ¿Cuántos años tienes, Claire? Después de todo lo ocurrido durante esta madrugada, dudo que debas cuidar tanto tu pudor, corazón.
La pelirroja adquirió un tono escarlata que no le pedía nada al jugoso amanecer.
—Se te está volviendo deporte olímpico el fastidiarme.
La chica comenzó a alzarse del colchón, sin dejar de apretar el lino contra su pecho desnudo.
Si, tal vez tenía razón sobre su gusto por verla con carilla de enojada y avergonzándose sin motivo. Y de haber sido declarado deporte olímpico él ya tendría varias medallas de oro en el estante.
—No piensa arrastrar las sábanas hasta allá, espero…
La chica se detuvo, ya estando de pie en medio de la habitación, rumbo a la bañera.
— ¿Por qué no podría hacerlo?
—Deben medir unos dos metros. Puede atorarse en algún lado, tropezar y morir. —mencionó el mayor, fingiendo preocupación.
— ¡Qué excusa más boba! —dijo Claire, devorándose la risa y temblando porque no tenía nada detrás para cubrirse.
—Su cuerpo no merece esta injusticia.
—Vale, yo no lo veo haciendo huelga pronto. —respondió la chica, no sabiendo si tomar lo anterior como un halago.
— ¿Sería más convincente si digo que cerraré los ojos y no violaré su privacidad?
La joven pareció pensar un momento, contemplando los músculos marcados en el abdomen de Wesker, como tamborines. Podía interpretar eso como un: "Claire me agrada tu cuerpo". Pero era tozuda y él sabría de cajón que convencerla nunca era cosa fácil. Mejor que se fuera amoldando desde ese momento a su necesidad de juego previo.
—Quizá.
—Entonces, están cerrados. —inquirió el rubio, dejando su vaso de onza y media sobre un taburete.
Sin embargo, cuando Claire estaba a punto de librarse de las sábanas para poder correr con libertad hacia el cuarto de baño, nació en ella ese cosquilleo ingenioso de grillo saltarín.
—Aguarda un instante… ¡No puedo ver si has cerrado los ojos con las gafas negras puestas!
—Usted no usa gafas, Redfield.
— ¡No me refería a mí! —exclamó ella, acercándose al capitán de manera inconsciente.
— ¿No confía en que lo he hecho? Pruebe con cruz o cuernos y verá que no estoy mintiendo.
Claire Redfield se negó a moverse un centímetro de su lugar.
—Está bien. —Albert se sacó los lentes, se dio la vuelta y cerró sus orbes bermellón. —Usted gana esta vez, Redfield.
En ese momento la pelirroja se sintió más poderosa que cualquier otra mujer sobre la tierra.
Rogó porque una cámara hubiera captado ese instante de gloria y pudiera pedírsela al hotel, pero recordó que aparecería desnuda.
Mejor olvidaba lo de la grabación.
El capitán abrió los ojos nuevamente, y Claire no alcanzó a notarlo ya que se encontraba de espaldas.
La niña se despojó de la sábana casi con orgullo y caminó al baño tranquilamente, contoneando sus curvas de sirena y con el cabello desordenado luciendo más extenso que nunca, pues las puntas del centro le rozaban el inicio de sus glúteos.
Wesker contempló su andar de guerrera masónica y la forma en que se agitó el cabello a una mano, haciendo que luciera igual al aleteo de una mariposa roja.
Cuando la chica ya había encendido las llaves del agua, el mayor acomodó su traje azul marino sobre la cama, balanceó su cuello de derecha a izquierda y luego se aproximó al lugar donde Claire estaba aseando su cuerpo y dijo: — ¿Sabías que los vidrios tienen la curiosa propiedad de reflejar imágenes, corazón?
La mujer se asustó no sólo la voz de trueno sino al percatarse de su ingenuidad.
Él había ganado.
Otra vez.
¡He vuelto! ¡Hola, cómo están! Yo, aquí trayendo un nuevo capítulo a sólo dos semanas de la última publicación. Me la he pasado muy bien escribiéndolo, ¿saben? Experimenté muchas emociones. Fue triste, emocionante, un poquillo sádico y cómico.
Y con él estoy festejando los cincuenta favoritos de Cuerpo cautivo. Muchas gracias, ya saben que la historia es para ustedes.
Y traigo dos noticias conmigo: Uno, voy a actualizar nuevamente el viernes 6 de Diciembre, un capítulo sorpresa, quizá no tan extenso pero sí tiene algo diferente. Creo que no daré detalles, por ahora.
Y dos, la historia anda en remodelación. Los primeros cuatro capítulos están revisados ortográficamente y de formato. Los vi un día y dije, ¿por qué no? Creo que las 200,000 palabras vale la pena darles una releída y corregir errores.
Muy bien, las respuestas a los mensajes:
CMosser: ¡Hola, querida! He intentado apurarme en las actualizaciones, sin poner en riesgo la calidad del capítulo. En este capítulo también experimenté muchas emociones y muy variadas. Espero que te suceda lo mismo a medida que avanzas en la narración. A las reacciones y pensamientos de Chris les voy a dedicar un capítulo completo, así que en éste no me detuve mucho. Pero espero se note el motivo del título. Los conflictos entre Leon y Chris van a continuar. Y ya veré que sucede entre Rebecca y Frederic a medida que el confiese lo sucedido.
¿Quién sabe? Tal vez lo deje de torturar. Como mencionas, no es mala persona.
Aunque Wesker… bueno, es un pastel de muchas capas y sabores.
Muchas gracias por el mensaje y espero que el capítulo te agrade al igual que el anterior. Un gran abrazo.
Polatrixu: ¡Linda! Como en todas las ocasiones anteriores, muchas gracias por el apoyo. Sin ti nada de esto sería posible. Te quiero muchísimo y gracias por las largas pláticas y discusiones. Y el brainstorm.
Yuna-Tidus-Love: ¿Idola? Awww… me haces sonrojar. ¡Muchas gracias, hermosa!
Wesker al fin parece admitir sus sentimientos, pero le costó sangre, sudor y lágrimas al pobrecito. Chris va a ponerse muy enojado y más que eso, en un mar de emociones trepidante. Pero eso será un poquito más adelante, descuida. A él le dedicaré un capítulo entero para poder adentrarnos en su mundo y sus pensamientos. Y el padre de Gionne va a obtener lo que desea, ¿quizá?
Muchas gracias por la opinión, gracias por seguir la historia. Muchos besos, paisana.
Ilawliet1: ¡Hermosa! ¿Cómo andas? Aw, me encantan tus mensajitos. Lo prometido es deuda. El capítulo 20 está aquí. Espero que te guste, son emociones mezcladas y trepidantes. Espero genere cierto nivel de interés.
Wesker se comporta de manera sensual a la vez que fastidia a Claire, creo que eso es parte de la magia de su relación. Habrá más enfrentamientos de Leon y Chris durante el desarrollo de la historia y para sus pensamientos habrá casi un capítulo, quiero explorar el personaje del mayo de los Redfield, porque creo que es uno de los que menos se ha expresado hasta ahora.
Y en cuanto a Piers, pues creo que será el conducto para ayudar a Chris un poco con su situación. Pero yo también odio a Capcom.
Frederic xD, me he portado un poco mal con él y di que no lo dejé como vegetal. Algo es algo. Veremos que sucede con él y con Rebecca más adelante.
Y lo del padre de Excella le va a poner sabor y color a las cosas. A Wesker se le vendrá la tormenta encima, no lo dudes.
Muchas gracias por todo el apoyo hermosa, en serio, todo es posible gracias a ustedes.
Prometo seguir escribiendo.
Besos y abrazos, linda.
Addie Redfield: ¡Hola!, muchas gracias por el halago, querida. Es bueno que se haya notado la profundidad del acto y de la conversación. De todo lo que Wesker está combatiendo con tal de seguir siendo el tirano y a la vez quedarse con Claire.
Wesker es mi personaje favorito de toda la saga por el simple hecho de que no puedes encasillarlo. Es alguien que siempre se saca una nueva sorpresa, que tiene muchas cualidades y defectos y te permite improvisar siempre que respetes su esencia.
En este capítulo intenté combinar muchas emociones diferentes, espero haberlo conseguido sin marear a nadie. El drama se está acercando cada vez más peligrosamente y eso es algo que quiero aprovechar, pero jugar con otras emociones me parece importante, y así darle diversidad al asunto.
Muchas gracias por el mensaje linda, se agradece infinitamente. Un gran abrazo.
Nelida Treschi: ¡Hola! ¿Cómo estás? Espero que este capítulo también te parezca revelador. Es dejar ver la historia a través de los ojos de otros personajes. ¿Estudiaste artes plásticas? ¿En la ENAP? Tengo una amiga que quiere estudiar algo de Diseño. No recuerdo que rama, pero está muy emocionada también. Claire es mi personaje femenino consentido, creo que me agrada su madurez combinada con los berrinches de mujercita.
Y Wesker, tal como lo dices, puede tener a varias chicas flotando en las nubes. Muchas gracias por el apoyo para la historia, significa mucho para mí. Nota: Revisa la parte superior.
Muchas gracias por los comentarios. Besos y abrazos. Nos leemos pronto.
Roxanna Wesker: ¡Hola! Ojalá que en esta entrega también te emociones. Si yo fuera Claire, hubiera muerto de un susto o de la vergüenza de estar con él, como dices, desnudo. Definitivamente me hubiera dado un ataque. La cosa se va a poner buena cuando entre Chris en la ecuación, pero para él me estoy reservando un poco. Ver los distintos enfoques es necesario, pero es un poquito tardado. Voy viento en popa pero a veces no me rinde el tiempo.
Y como menciones, cuando llegue el padre de Excella los golpes van a estar a la orden del día.
Saludos, querida. Nos leemos muy pronto. Besos y abrazos. Estaré esperando tu opinión.
DarknecroX: Hola, ¿cómo estás? Chris está a punto de explotar. Espero que todas las emociones de este capítulo te vengan bien. Hay más personajes en este caso. Muchas gracias por el apoyo durante todos estos capítulos y seguramente habrá sorpresas para ti cuando llegue la acción.
Muchas gracias, besos y abrazos, estaré esperando tu mensaje,
AndyPain: ¡Querida! *La abraza* ¿Cómo estás? Me alegro mucho que disfrutes tanto de Cuerpo cautivo, en serio. Me gusta hacer una buena historia, transmitir a través de ella y esto se debe principalmente a todo el apoyo que recibo de aquellos que me leen. Y me gusta mucho que la historia combine las cosas que más te gusta hacer. Para mí, todas tus palabras y opiniones son oro. Gracias por los halagos y espero que todas las emociones aquí depositadas te logren conmover de alguna manera.
Gracias por decir que soy original; creo que es la cosa más linda y lo que siempre estoy tratando de conseguir.
En serio, no me cansaré de agradecerte. Un abrazo linda y que estés muy, muy bien.
Nos leemos pronto.
Bloddy cherry: ¡Hola, cómo estás! Este capítulo está concluido, al fin y me siento muy revuelta en mis emociones. Muchas gracias por el mensaje. Me gusta ser detallista, creo que así es más fácil transportar a las personas al relato. Jejejeje, me hubiera gustado escribir los libros de Resident Evil, pero tengo el Fanfic, algo es algo, ¿no? Te agradezco que menciones todo esto, linda, de verdad. Cuando dices que soy una buena escritora, los ojitos se me iluminan. Escribir es mi pasión y me gusta saber que lo que hago causa algún efecto.
Nos leemos pronto y espero tener tu opinión de la entrega número veinte.
Mucha suerte y éxito.
Ariakas DV: ¡Hola, qué tal! Estoy dominando al mundo con Facebook. Jajaja, no es cierto. Espero que puedas dejarme tu opinión nuevamente. Prometo que la cosa se pondrá todavía mejor.
Saludos desde acá y un gran abrazo. Muchas gracias por los comentarios, significan mucho para mí.
Fer451: ¡Hola, cómo estás! Siempre es bueno ver rostros nuevos por acá. Muchas gracias por el comentario. Espero poder leerte muy pronto de nuevo por acá. Capítulo veinte arriba
Besos y abrazos desde México.
Name: ¡Hola, qué tal! En este capítulo se nota más la preocupación de sus amigos por Claire. Como dices, esuna moneda; todo tiene dos caras. La linda por así llamarla, y la que se encuentra en sombras. Quería agradecerte todo el apoyo que le has dado a la historia, significa mucho para mí.
Espero saber tu opinión de esta entrega. Besos y abrazos virtuales.
HehYolo: Hola, amiga de Laia. Me alegro de que esa muchachita de enganchara. Espero que no usara ningún método de tortura… Anyway. Muchas gracias por los halagos. Y me alegra saber que Laia está motivada para cumplir sus metas. Se lo merece. Creo que ella al igual que Chris, merece tener algo que desea tanto en su vida como es escribir. Yo sé que con dedicación lo alcanzará.
Espero que siga luchando con tanta fortaleza, no le hará daño.
Muchas gracias por seguirme y a la historia, es algo muy importante para mí. Estaré esperando tu opinión.
Muchos besos y abrazos desde México.
VioletStreat: ¡Hola, querida, cómo estás! Debo decir que la parte de la conversación fue una de las más divertidas y electrizantes que he escrito en mi vida. La encontré necesaria y me la pasé muy bien redactándola.
Yo también me entristezco de saber que hay pocos FF de la pareja, por eso espero que me ayuden a incrementar el número y con su apoyo, seguro será posible.
En serio, muchas gracias por los mensajitos y opiniones, son los que me permiten seguir adelante no sólo en la historia sino en la crudeza de los días que no siempre son sencillos.
Con la presencia del papá de Excella las cosas no se vendrán sencillas para la pareja, pero creo que allí reside lo interesante.
Muchas gracias y espero puedas dejar tu opinión del capítulo también, ahora que traté de mezclar géneros y personajes.
Besos y abrazos desde México.
Lia x3: ¡Hola! ¡Querida! Me alegro de saber que hay nuevos seguidores de la historia. Muchas gracias por darle una oportunidad a mi historia, prometo no decepcionarte. : ) ¡Qué alegría que te guste mi manera de narrar! Generalmente trato de leer varias veces el capítulo para conseguir el efecto deseado, pero a veces se me barren las cosas.
Amo la poesía. Es una de las cosas más pasionales y cercanas al espíritu humano. Me gusta tratar de mezclar la prosa como rima, tratar de incluir más cosas que la acción. Las metáforas me son realmente útiles, creo que le dan variedad y permiten construir un escrito mucho más estético…
También la personalidad de los personajes me parece importante. No podría escribir un fic cambiando todo lo que son en realidad. Sería muy malo de mi parte. Me permito un par de licencia a veces, para hacer a Wesker demostrar emociones, pero son pequeñas y siempre trato de justificar su manera de actuar.
Frederic estará un poco afectado, pero confiemos en que Rebecca lo ayude a mostrar lo que es en realidad. No tan cobarde sin vergüenza.
El papá de Excella tendrá un papel importante en la trama. Él y Jack intentarán derrocar a Wesker. Pero la accioón llegará más adelante.
Muchas gracias, ha sido muy lindo de tu parte dejarme el comentario. Espero que en el capítulo veinte me puedas extender tu opinión.
Un gran abrazo desde México.
mire2006: ¡Hola, cómo estás Mire! Muchas gracias por el mensaje. Ya he revisado algunas cosillas de los capítulos. Pero no he terminado, sin embargo, por la extensión y todo eso aún no he podido terminar de checarlos todos, jejeje. Trataré de hacerlo a la par de las publicaciones.
Yo siempre he pensado en Wesker y Claire como complementos. Personas con pasados difíciles, con demonios y memorias muy oscuras, pero que pueden llegar a curarse y disfrutar su compañía.
El lemmon fue una escena en la que intenté utilizar muchos tropos literarios y debo admitir que me costó un poco soltarme en un inicio. Y dudé bastante en publicarlo, pero ya lo tenía escrito, así que… ¿por qué no hacerlo? Me alegra que fuera posible que el momento transmitiera emociones variadas. Muchas gracias, linda. Y espero que el capítulo veinte también sea de tu agrado.
Recomendaciones musicales:
Bring Me To Life — Evanescence. Covered by Aliki. Para la narración de Jill.
Simple man — Shinedown. Para la escena de Rebecca y Frederic en el hospital.
Bad things —Jace Everett. Para la escena de Jack Krauser y Ada Wong.
Muy bien, eso ha sido todo por ahora. ¡Muchas gracias por todo! Prometo que el siguiente capítulo será una revolución.
Bueno, nos leemos el 6 de diciembre.
