Disclaimer: Frozen no me pertenece. Esta película pertenece a Walt Disney Animation Studios. Lo único que me pertenece es... el amor de Sora S2.


Castillo en el aire

Capítulo 20: ¡Conozco tu secreto! Parte I

Arendelle...

Los rumores siempre llegan volando a todas partes, y esta vez no fue la excepción.

En Arendelle, los habitantes del reino quedaron devastados al enterarse de la terrible noticia: Su reina estaba muerta.

La más afectada con todo esto, obviamente, era la princesa Anna. Kristoff ya no sabía como animarla, así que solo atinaba a abrazarla y dejar que se desahogara en su pecho.

¿Qué haría Anna ahora? El reino iba a quedar en sus manos, y no sabía nada sobre gobernar. En ella ahora estaba toda la responsabilidad. ¿Cómo sacaría a Arendelle adelante con esta guerra? Era mucho para una inexperta como ella.

–No sé qué hacer –confesó Anna en pleno llanto –. ¡Todo está arruinado! Con Arendelle a mi mando no tenemos posibilidades de progresar como nación.

–Lo harás bien –la apaciguó su novio –. No te angusties por eso, todo el pueblo te apoya.

–Elsa... ¡¿Por qué tú, hermana?! –exclamó llena de ira. Maldito a aquel que le dio muerte. No le importaba si era Hans (en quien aún no confiaba) o el rey de Weselton. Quién haya sido, las pagará. Y muy caro.

Grand Pabbie se acercó a la pelirroja y le sonrió.

–No siempre la verdad es la que llega a nuestros oídos –dice el troll.

Anna seca sus lágrimas y se muestra confundida.

–¿A qué te refieres, Grand Pabbie? –pregunta la princesa.

El anciano troll se puso serio y cerró los ojos, como si estuviera concentrado.

–La reina está con vida –afirmó seguro de sus palabras –. Puedo sentir su presencia aún.

–¡¿Qué?! –exclamó Kristoff exasperado. Anna, por su parte, seguía paralizada por lo que el troll dijo –. ¿Estás seguro de eso, Grand Pabbie?

–Por supuesto –dijo abriendo nuevamente los ojos –. Ha sobrevivido... Pero sigue en peligro. Quieren matarla, eso es seguro.

–¡Dime quién fue! –exigió Anna en un rugido histérico, recuperándose así de su shock temporal –. Asesinaré con mis propias manos al que quiso hacerle daño a mi hermana –Kristoff trató de calmarla. Luego de respirar más relajada, la pelirroja prosiguió –. Quiero saber dónde está –dijo mientras las lágrimas seguían cayendo por sus mejillas –. Estoy muy preocupada por ella. ¿Dónde estará? –se preguntaba a sí misma.

–Querida, ven conmigo a solas, por favor –pide el anciano troll, comenzando a rodar y alejándose de donde estaba. Anna, algo curiosa, lo siguió rápidamente.

Cuando ya estuvieron ocultos detrás de unos árboles, el troll prosiguió.

–Puedo hacer una magia para que puedas ver a tu hermana –confesó, sorprendiendo a la peli-naranja.

–¿Qué? ¿Es en serio? –pregunta Anna, volviendo a alarmarse.

–Sí, pero necesito que te calmes, Anna –dijo seriamente.

La princesa asintió y trató de regular su respiración y controlar su ira.

Grand Pabbie hizo entonces un movimiento con sus manos y de ellas comenzó a salir una nube plateada que tomó una forma circular frente a ambos. Ahí se comenzó a formar una figura difusa.

Al paso del tiempo, la imagen fue más clara. Anna pudo ver entonces a su hermana dormida sobre un bote de hielo en medio de la nada.

–Elsa... –susurró confundida –. ¿D... Dónde está? –le pregunta al troll.

–No puedo saberlo, Anna. Lo siento –reconoce apenado.

Ella se acerca un poco a aquella nube para observar bien. A pesar de que Elsa estuviera con vida, no se veía nada bien. Al fijarse con más atención notó que otra persona estaba en el pequeño bote.

–¿Y ella? ¿Quién será ella? –se pregunta Anna. Esa pregunta llegó a los oídos de Grand Pabbie.

–Te sorprenderás cuando lo sepas –dijo el anciano troll soltando una carcajada.

–¿En serio? ¡Dime! ¡Dime! –insistió Anna infantilmente.

–Mira eso –dijo el troll, cambiando radicalmente de tema.

Anna vuelve a ver la imagen y puede observar a una enorme embarcación acercarse al pequeño bote de hielo.

–El emblema de esa nave... ¡Conozco ese emblema! –exclamó Anna, más alegre –. Apuesto que la van a ayudar.

Y efectivamente, los hombres de aquel barco hicieron lo posible por rescatar a ambas jóvenes inconscientes.

Una imagen que tranquilizaba enormemente a Anna.

–Ya estoy feliz –soltó ella –. Lo único que quería era que mi hermana estuviera bien... ¡Y se cumplió! ¡Gracias Grand Pabbie! –y se agachó para quedar a la altura del troll y poder darle así un enorme abrazo.

–No hay de qué, querida –dice el anciano conmovido –. Bueno, lo mejor será que les digas a tu pueblo la verdad. No queremos más lágrimas derramadas, ¿verdad?

–Tienes razón. Pero también hay que tomar precauciones y decirles que esta información no puede salir de este lugar. No es bueno que soldados enemigos se enteren de esto.

–Bien pensado, Anna –dice Gran Pabbie, mostrándole una sonrisa –. Ahora ve.

Anna asiente y se aleja corriendo, por primera vez en mucho tiempo sintiéndose alegre.


The Southern Isles...

Corrió por todos los pasillos del enorme palacio para poder llegar a su destino: El despacho del rey. ¿Y cómo no? Después de recibir una carta proveniente de su hermana, era natural que estuviera ansiosa (y preocupada a la vez) por saber el contenido de la misma.

Luego de un largo rato corriendo, llegó hasta la oficina de Su Majestad.

Golpeó varias veces hasta que obtuvo un "adelante" por respuesta. Al ingresar fue recibida por la alegre sonrisa del rey

–Buenos días, Viktoria. ¿Qué te trae por aquí? –saluda el rey animadamente.

–Buenos días, suegro –corresponde el saludo la princesa de Tyholmen –. Lo que pasa es que mi hermana me ha escrito una carta.

–¿En serio? –pregunta el rey, y su expresión se torna más seria –. ¿Acaso hay noticias de Hans? –interroga preocupado.

–No lo sé, pero es muy probable, por eso se la he traído a usted para que la lea primero.

Le entrega la carta a su suegro y este la observa detenidamente.

–¿Estás segura de que quieres que la lea primero? Puede que no te escriba precisamente por Hans –cuestiona él.

–Estoy muy nerviosa para leerla por mí misma, así que correré el riesgo. Prefiero que usted me cuente todo –pide Viktoria cruzando sus manos, sintiendo curiosidad.

El rey asiente y abre la carta para comenzar a leerla.

Querida Viktoria:

Perdóname por escribirte tan tardíamente, pero la verdad es que fue hace muy poco que llegaron noticias de Hans a mis oídos. Para tu tranquilidad y la de la familia de este, él se encuentra vivo, sano y salvo. Lo malo de esto es que está arrestado en mi reino por encubrir a la reina Elsa de Arendelle. Te ruego que no te enfades, pero ese asunto está completamente fuera de mis manos. Veré si en estos días puedo hacer algo al respecto para sacarlo de ahí y hacer que regrese con ustedes.

Eso es todo por ahora. Cuando sepa más información te la haré saber.

Tu hermana, Emilie.

El rey Malkolm Westerguard respiró un poco más tranquilo al saber que Hans se encontraba con vida. Pero no estaba feliz por el lugar en el que se encontraba.

–Está a salvo –dice para informarle a la princesa que tenía al frente sobre lo que decía aquella carta.

–¡Oh, qué alegría! –exclama Viktoria –. Me da mucho gusto saberlo, suegro.

–Pero me hubiera gustado que no estuviera en un calabozo –confiesa para sí mismo, y ella pudo escucharlo.

–¿Qué? Ay no. ¿No me diga que está encarcelado? –pregunta con leve terror.

–Sí –afirma el rey –. En los calabozos de Weselton. Al parecer, al rey Klemens no le gusta que interfieran en sus planes...

–Usted debe estar tranquilo, mi rey. Emilie no es mala, y sé que algo hará al respecto –afirma Viktoria muy convencida de sus palabras.

–Espero que sí, querida –suspira el rey, algo angustiado por la noticia –. Espero que así sea.


Weselton...

Buscó desesperadamente por cada rincón del castillo, pero no había rastro del pequeño príncipe. Estaba preocupado, pues si al niño le pasaba algo sería su responsabilidad. Al parecer nuevamente tendría problemas con el rey Klemens.

Ya entrando en desesperación, salió del palacio y comenzó a buscar en los jardines. Seguramente estaba jugando en el lodo, como siempre. Pero al buscar bien notó que no se encontraba en el lugar donde solía embarrarse.

Buscó en los otros jardines del castillo, pero nada. A esas alturas ya estaba bastante intranquilo.

Posiblemente pasó una hora buscándolo, pero finalmente logró encontrar al príncipe en los establos. Martin al parecer estaba hablando "solo", mirando hacia el interior de una caja. Por ahora su guardaespaldas ignoraría eso.

Antes de dirigirle la palabra trató de controlar su respiración. Quedó exhausto de tanto correr.

–Martin –el guardia personal del príncipe se acerca a este, bastante serio. El niño se asusta con la llegada del joven y lo primero que hace es poner la caja detrás de él para poder ocultarla, lo cual no daba gran resultado –. Te estuve buscando por todas partes. ¿Qué haces aquí? Sabes perfectamente que no puedes salir del castillo sin antes avisarme –dice, regañándolo, pero sin llegar a estar enojado.

–¡Lo lamento! Lo olvidé –reconoce el niño con una mirada inocente –. Es que encontré algo en el castillo y pensé que mi padre se enojaría si lo ve, así que lo traje aquí –confiesa el chico.

El soldado levanta una de sus cejas y apoya una de sus rodillas en el suelo para quedar a la altura del niño.

–¿Qué encontraste? –pregunta sin abandonar su semblante serio –. Espero que no te hayas metido en líos –dijo algo asustado.

–No... No se trata de eso –Martin voltea hacia la caja, lo que no sorprendió en lo absoluto al soldado Harr.

El joven se sorprendió al ver lo que Martin sacaba de la caja.

–Encontré a este gatito rondando por los pasillos del castillo –confiesa el príncipe de Weselton.

El soldado toma al pequeño animal y sonríe.

–No es un gato, es una gata –le dice a su pequeño amigo –Es una gatita muy linda –opina él, observando a la pequeña gata blanca. La miró detenidamente, encontrándole (extrañamente) algo familiar.

El animal comenzó a maullar desesperadamente.

–¿Qué... Qué tiene? –pregunta Martin, asustándose por el comportamiento de la gata.

–Posiblemente tiene hambre –dice el soldado –. Habrá que darle algo de comer. Si gustas te ayudaré con esto para que no te regañen.

–¿En serio? Wow, ¡gracias! –dice abrazando a su guardaespaldas. Luego mira a la gata –.¿Oíste, chiquita? Te ayudaremos para que no estés triste.


Recorrieron los pasillos lentamente, tratando de no encontrarse con su majestad. Martin estaba muy nervioso, pues las reacciones que solía tener su padre no eran muy buenas.

Mientras ambos caminaban tratando de llegar a la cocina, el soldado seguía pensativo. Estaba seguro de que había visto a esa gata antes.

Escucharon la voz autoritaria del rey, y ambos rápidamente se escondieron detrás de unos jarrones con plantas que estaban en medio del pasillo.

–Ya te dije que no tengo intenciones de soltarlos –dijo el rey, apareciendo por aquel corredor. La reina Emilie iba persiguiéndolo a paso lento.

–Pero no es necesario tenerlos aquí después de todo –replicó ella –. Puedes liberarlos y mandarlos a su hogar bajo máxima seguridad, o algo parecido.

Klemens se detiene y voltea para enfrentarla.

–Ellos están donde tienen que estar –dice de manera cruel –. Los que están en mi contra lo pagan caro.

–Klemens –habla Emilie con voz calmada –, no hay necesidad de hacer esto. Envíalos a casa... será mejor.

Él se acerca a su esposa lenta y desafiantemente.

–¿Por qué te preocupas tanto por ellos? –cuestiona, incomodándola –. Tal parece que estás de su lado...

Emilie traga saliva.

–No digas tonterías, amor –río, nerviosa –. ¿Cómo crees eso? Ellos no me preocupan, es solo que...

–Entonces si no te preocupan, no vuelvas a pedirme que los libere –la toma bruscamente del brazo, alertando al pequeño Martin, quien odia verlos pelear. Su guardia le cubre la boca y lo sujeta con fuerza para que el niño no salga de su escondite –. Y pobre de ti si descubro que estás en mi contra –le dice amenazantemente para luego soltarla y disponerse a retirarse, pero unas palabras lo detuvieron.

–Perdona si te lo pedí, pero es lo que pienso. Creo que no te daña en nada el hecho de que estén libres ahora que la reina está... muerta –dice Emilie –. Además, si no quieres liberar al príncipe Hans Westerguard, o a su tripulación, siento que debes liberar al menos a John Solberg, quien fue un gran amigo de tu hermano.

El soldado del príncipe sintió escalofríos, no solo por la mirada que puso el rey al ver que mencionaban a su difunto hermano, sino que también por escuchar aquel nombre. Sí, John era amigo del antiguo rey de Weselton, y el soldado Harr llegó a conocerlo cuando era tan solo un niño. Recordar su infancia no fue muy grato para él en ese instante.

–No vuelvas a mencionar a mi hermano, ¿quieres? –dice desafiante –. Ahora si me disculpas... –y se aleja de ahí muy molesto.

–¡Al menos piénsalo! –exclama Emilie para retirarse en dirección contraria.

Por fin Martin y su guardia pudieron salir de su escondite e ir rumbo a la cocina para alimentar a la gata.

El soldado Harr iba bastante pensativo, y Martin estaba riendo ya que la gata le hacía cosquillas con su lengua.

–¿Tendrá nombre? –pregunta el príncipe.

–Bueno... A pesar de que tiene hambre ahora, no parece estar desnutrida. Debe tener dueño pero tal vez se perdió... O la abandonaron.

–¡Si eso es así, yo me la quedaré! –exclama feliz el chico, abrazando a la gata.

–¡Hey, ve con calma! –dice el soldado –. Recuerda que aún está la posibilidad de que esté simplemente extraviada, y de ser así alguien debe estar preocupada buscándola.

–Pero... No es justo –gruñe el niño, haciendo una pataleta –. Yo me la quiero quedar. ¿Me dejas? –pide, poniendo ojos adorables –. Prometo que mi padre no la verá. La alimentaré, la cuidaré y jugaré con ella. ¡Será genial!

El soldado soltó una risa.

–De acuerdo, pero con una condición –dice él, llamando la atención del pequeño –: Si por alguna razón, encontramos al dueño, se la devolveremos, ¿vale?

El niño borró su expresión feliz y suspiró.

–Está bien –acepta finalmente este –. Pero olvidémonos de eso por ahora... ¡Aún hay que darle de comer!

El niño con su mano libre toma la mano de su guardia y comienza a correr hacia la cocina del palacio.

Este último solo reía con la actitud del príncipe. Pero a pesar de estarse divirtiendo, aún revoloteaba en su mente aquella conversación que tuvieron los reyes.


Abrió lentamente los ojos, fatigada por estar tantos días sin probar un solo bocado. Miro a su alrededor lentamente y se sintió extrañada. No se encontraba en el pequeño bote de hielo que había fabricado de improviso al caer al mar. Estaba en una cabina, muy similar a la que tenía en la embarcación de Hans.

"Hans...", pensó.

Se encontraba recostada en una cama y notó las sabanas levemente congeladas debido a sus poderes. A pesar de recuperar el conocimiento al cien por ciento, no se sentía tranquila.

Elise no estaba ahí.

Se asustó levemente al escuchar que alguien golpeaba la puerta, tomándola por sorpresa. Pero claro, cuando se está en un lugar desconocido no puede haber algo que la ponga tranquila.

–¿Majestad? ¿Ha despertado ya?

Elsa pudo oír la voz ronca de un hombre desde el otro lado de la puerta. No sabía que responder. ¡Le aterraba saber de quién se trataba o cuáles eran las intenciones de aquella persona!

Tomó un profundo respiro e hizo un esfuerzo para que las palabras salieran de sus labios.

–Sí, ya desperté –respondió lo suficientemente alto como para que aquel señor pudiera oírla.

La puerta de abrió entonces, dando paso a un hombre uniformado. Elsa no tardó en reconocer aquel emblema. Aquel sol resplandeciente era del reino de Corona, donde vivían sus tíos y su prima Rapunzel. Se sintió más relajada al ver que se trataba de Corona y no de un reino enemigo, como Weselton o alguno de los aliados de este.

–Su majestad –el hombre que ingresó al cuarto se inclinó en señal de respeto –. Es un honor verla en persona. ¡Gracias a Dios se ha podido salvar!

Elsa no sabía que hacer, o que decir. Estaba muy confundida.

–Yo... –atinó a soltar, pero nada más salió de sus labios.

–Las encontramos a usted y a la otra señorita en medio del mar, y no dudamos ni un segundo para poder ayudarlas –contó aquel soldado anticipándose a las futuras interrogantes de la reina de las nieves.

–¿Lizzy? –exclamó angustiada, temiendo lo peor –. Ella...

–¿Se refiere a la muchacha que también rescatamos? Ella se encuentra muy bien. Despertó hace ya varias horas y se está mejorando rápidamente. De hecho hace poco la vi caminar por la cubierta.

Elsa se relajó al saber que su amiga se encuentra sana y salva. Ahora podría solucionar todo este embrollo. Ella era la única solución para esto.

Elsa ya tenía un plan para poder acabar con todo esto. Con la guerra y con el sufrimiento.

–Necesito verla –dijo Elsa decidida, tratando de ponerse de pie, pero el soldado hizo que se recostara de nuevo en aquella cama.

–No, majestad. No puede ir en tales condiciones –le ordenó el guardia de Corona, tomando por sorpresa a la rubia y haciéndola enfadar un poco –. Usted debe descansar y recuperarse. Debe sentirse mejor para nuestro desembarco en Arendelle –dijo cruzándose de brazos sin intenciones de permitir que la reina dejara su camarote en ese estado.

Pero Elsa por un segundo olvidó el asunto que involucraba a su amiga . Al menos por un rato. Ahora solo le importaba lo que acababa de escuchar.

–Usted... ¿Usted ha dicho... Arendelle? –interroga ella, creyendo haber escuchado mal y que todo era producto de su imaginación –. ¡Responda! –ordena en un ladrido, asustando así al guardia de Corona.

Unos copos de nieve comienzan a caer sobre las cabezas de ambos.

–Tranquilícese, reina Elsa –pide él, asustado por el repentino cambio de humor de la mujer y por los peligrosos poderes de la misma –. Sí, Arendelle fue lo que dije. Verá... Nuestro reino brinda ayuda al suyo en esta guerra. Somos aliados y por ende un grupo de soldados va rumbo a su nación, y en el camino nos las encontramos a ustedes en aquel bote hecho de hielo.

–Esto es un milagro –dijo Elsa para sí misma. No lo podía creer. ¡Finalmente iría a Arendelle como tanto quiso! –. De verdad no terminaré jamás de agradecerles esto. Gracias por rescatarnos y por llevarnos a Arendelle. No se imagina lo que significa para mí volver ahí –agradece ella tratando de acercarse al hombre, pero su dolor corporal se lo impedía.

–Majestad, no debe levantarse –dijo apenado por las muecas de dolor de la reina –. No tiene que agradecernos. Fue un gran placer –confesó mostrando una sonrisa –. Me imagino que está deshidratada... ¿Le ofrezco algo para beber? –pregunta.

–Le agradecería enormemente un vaso con agua, por favor –pide Elsa casi rogándole, pues cuando se encontraba en medio del mar estuvo días sin comer o beber algo. La verdad necesitaba algo para refrescarse.

–Como desee, su majestad, le traeré lo que me pide. Con su permiso –y se dispuso a retirarse no sin antes hacer una reverencia, al igual que cuando llegó al cuarto.

–¡Espere! –pide Elsa en un grito, recordando el tema anterior que sostuvo con aquel guardia –. ¿Podría pedirle a Elise que venga aquí, por favor?

El soldado asiente con el rostro para después abandonar la habitación.

Elsa respiró hondo y sonrió como nunca. La noticia le vino de maravilla. Por fin, después de tanto tiempo, podría ver a su hermana Anna, a Kristoff, a Olaf, a Kai y Gerda. Por fin vería a todas las personas de su reino y se reencontraría con su amada familia.

No le importaba la guerra. Si tenía que exponerse para poder ver a sus seres amados, lo haría. Y lo volvería a hacer las veces que fueran necesarias.

Puso las manos en su pecho, tratando de contener la felicidad que la invadía. La sonrisa que se formó en sus labios sería muy difícil sacársela. O eso pensaba ella.

La puerta se abrió nuevamente, pero esta vez dio paso a una chica pelinegra de ojos negros, piel blanca y no tan alta como la misma Elsa. Se trataba de una Elise que no estaba tan alegre como se le conocía. Se le notaba deprimida y algo seria.

Entró a la habitación en la que Elsa se encontraba, sosteniendo un vaso con agua, y cerró la puerta tras de sí. Avanzó unos pasos en completo silencio y le entregó aquel vaso a la reina de las nieves.

Elsa lo tomó velozmente como si de aquella agua dependiera su vida. Bebió hasta la última gota en un tiempo un breve, demostrando lo sedienta que estaba.

–Me alegra que estés despierta –confiesa Lizzy con una sonrisa no tan animada como de costumbre.

Elsa asintió.

–Gracias. Igual tú. ¡Que bueno que estés a salvo! –respondió la rubia casi entre risas.

Obviamente, las expresiones de felicidad que mostraba Elsa no pasaron desapercibidas por la sureña.

–Se ve que estás muy feliz, ¿no? – interroga Elise, extrañada por como se estaba comportando su amiga.

–¡Demasiado! –asegura la platinada en un grito lleno de emoción –. No te imaginas cuánto tiempo estuve esperando para poder regresar a Arendelle. ¡Finalmente volveré a mi hogar! ¿No te parece fantástico? –dijo Elsa muy alegre, tomando las manos de su amiga quien estaba parada junto a la cama.

Lizzy la mira con seriedad y con suavidad aparta sus manos de las de Elsa, para luego cruzarse de brazos.

El silencio que se formó incomodó a la reina de Arendelle, acabando con su expresión de alegría para luego hablar más seriamente.

–¿Qué te sucede, Lizzy? –pregunta confundida –. Acabo de contarte algo muy bueno, pero no te lo tomas como esperaba. ¿Por qué... Por qué no te da gusto por mí?

Hubo un silencio enorme en el que Lizzy solo atinaba a mirar el suelo con un rostro lleno de enojo y dolor. Una expresión que Elsa no podía descifrar.

–Me alegro por ti, Elsa. No dudes de eso –asegura ella con voz firme –. Pero, por favor, no me pidas que me muestre feliz por fuera –dice al momento en que levanta la cabeza y mira a la rubia a los ojos –. ¿Es que acaso ya olvidaste lo que pasó? ¡Mi hermano debe estar muerto a estas alturas! ¿Acaso olvidaste ya todo eso? ¿Olvidaste a Hans, o a Siri, o a Eva, o a todos los hombres de Hans que nos acompañaron?

Elsa abre los ojos como platos. La verdad, escuchar todas esas cosas por parte de su amiga hizo que su corazón diera un vuelco. Respiró profundo y habló:

–Lizzy... Perdóname, pero si te soy sincera... Ese asunto se me había olvidado por completo –confesó Elsa avergonzada. ¿Cómo pudo olvidarlo? Y lo peor, ¿como fue capaz de mostrarse feliz frente a Elise en un momento tan duro de su vida? –. Perdóname.

Lizzy negó varias veces con su cabeza.

–No lo puedo creer –dijo llena de decepción –. Es que... Simplemente no lo puedo creer. Yo creí que te importaban todos ellos...

–¡No me juzgues! –interrumpió Elsa en un grito –. Tú no tienes idea de lo mucho que me importan.

–Pues no lo parece –dijo cortante Lizzy –. Perfectamente podrían estar todos muertos ahora mismo y ni siquiera te hubiera interesado. ¿No que amabas a Hans?

Escuchar ese nombre hizo que la reina sintiera un nudo en la garganta. Lizzy no sabe lo mucho que Elsa ama a Hans.

–¡Lo lamento! Fui muy desubicada, pero no fue con malas intenciones. Y estás muy equivocada. Todos ellos me importan y mucho. Y Hans... Fue en lo primero que pensé al despertar –confesó en un hilo de voz.

La enfadada Elise suspiró y se recriminó a sí misma.

–No, tú perdóname a mí. He estado muy afectada con todo y eso me tiene de mal humor –reconoce, apenada por su comportamiento.

–No te preocupes, está bien que estés enfadada –opina con una sonrisa que se desvaneció casi al instante –... Después de todo, ha sido un golpe bajo para ambas, pero sobre todo para ti... Espero que John esté bien –dice intentando animar a la isleña.

–Maldita guerra –suelta de la nada la chica –. Ojalá se acabe pronto.

Se veía que Lizzy estaba muy afectada con todo, así que se dispuso a salir de ahí para no ponerse a llorar frente a Elsa. No le gusta que la vean débil.

–Descuida, Lizzy, hay una forma para acabar con esto –confiesa Elsa con una mirada astuta.

Elise voltea repentinamente y arquea una ceja. Su expresión seria vuelve a aparecer.

–Elsa, ya sabes que no estoy de ganas para que bromees conmigo –dice con una leve ira –. Bien sabes que la única forma de que esto acabe es que el rey de Weselton decida ponerle fin a la invasión, y ya sabemos como es él... ¡Jamás lo va a permitir!

–Pero...

–¡No, Elsa! ¡Ya basta con las falsas esperanzas! –pide, ya bastante enojada y comenzando a soltar lágrimas –. ¡Esa es la única forma, y es imposible que se dé, así que ya ríndete! –y volteó nuevamente para dejar el cuarto, pero un grito la detuvo cuando ya estaba frente a la puerta.

–¡No es verdad! ¡Hay otra forma! –exclamó tratando de sonar convincente. Al ver que su amiga se quedaba quieta prosiguió –. Tú eres la solución.

–¿Qué? – Elise, realmente confundida, voltea para ver a la platinada –. Elsa... Creo que ya te volviste loca –asume.

–No, te equivocas –dice ella –. Puedes acabar con el mandato de Klemens con tan solo tronar los dedos –dice con una pequeña sonrisa. Con una serie de dificultades logra ponerse de pie para caminar hasta donde su amiga, la cual está completamente extrañada. Elsa le toca el hombro y la mira a los ojos con bastante seguridad –. No es así, ¿princesa de Weselton?


I'm sorry!

Perdón por tardar tanto :c, pero entré en un período de muchas pruebas q.q ahora que terminaron tengo más tiempo libre, así que espero avanzar más con el fic :3

Oh well.. ¿qué puedo decir del cap.? jijiji algunos ya sospechaban lo de Lizzy? Yo creo que sí, porque parece que lo hice muy notorio (?

Muy bien chicos/as lindos/as y preciosos/as S2 debo partir. Espero que hayan disfrutado el cap nwn nos vemos a la próxima :3

Omg, recuerden ayudarnos a mi Beta Reader y a mí con un likecito en nuestra pág de FB. Estamos recién empezando y ya hemos subido algunos dibujos... Espero pronto subir alguno de este fic. El link está en mi perfil c:

Sayonara, mijos! S2

Tapitey.