Disclaimer: Esta historia no me pertenece. Los personajes son de Rumiko Takahashi y la historia es de TouchofPixieDust, yo sólo la traduzco.

Capítulo veinte: Nueva incorporación

—¡AAAAAAAAAAAAaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhh!

El grito perforó el aire. Estaba tan lleno de dolor y angustia que Inuyasha se estremeció. Los gritos habían durado horas. Pero, aunque eran malos, los sollozos eran peor. Lo único que quería hacer era alejarse de aquellos sonidos, pero se mantuvo firme. Sufriría con ella, era lo menos que podía hacer.

Una segunda voz se unió enseguida al llanto. Con un tono más agudo y enfadado.

—¿Crees que podemos entrar ya? —preguntó Shippo en un susurro silencioso.

Miroku meneó la cabeza.

—No. Tenemos que esperar hasta que nos llamen.

Inuyasha seguía queriendo huir. Después de las numerosas amenazas sobre desmembramientos y torturas imposibles que había prometido durante el peor de los dolores, el hanyou no estaba seguro de que cualquier macho pudiese estar a salvo en la misma habitación que ella. Estaba perfectamente feliz de esperar fuera. Lejos, LEJOS de su alcance. Se preguntó brevemente si habían quitado todas las posibles armas de la habitación.

Cuando Kaede apareció finalmente en la puerta, Inuyasha se tensó. No estaba para nada preparado para aquello, a pesar de que aquel momento había sido prácticamente el ÚNICO tema de conversación durante los últimos meses. Había tenido la esperanza de que les pidieran que se marcharan y que volvieran al día siguiente… a la semana siguiente… demonios, el año siguiente ahora sonaba de maravilla.

—Ha habido más pérdida de sangre de la que habíamos anticipado —les dijo Kaede solemnemente mientras se secaba las manos. ¿Lo de su blusa era sangre? Les sonrió valientemente, probablemente preocupada porque uno (o todos) fueran a desmayarse—. Pero es fuerte y se recuperará. Podéis visitarla, pero de uno en uno, por favor. Todavía está débil.

Miroku fue primero. Fue difícil evitar que Shippo fuese con él. Pero si Kaede decía que de uno en uno, Inuyasha le haría caso.

El hanyou respiró hondo, y casi se ahogó. Kaede no había estado exagerando. Había un poco de sangre derramada dentro de la cabaña. Sus orejas se inclinaron cuando pensó en el dolor que debía de estar soportando. ¿Cómo podría una mujer permitirse perder tanta sangre y todavía seguir viva? Repentinamente se dio cuenta de lo peligroso que podía ser aquello, y se asustó. El cuerpo humano era muy frágil. Bajó la mirada hacia sus garras. Demasiado frágil.

Tiempo después, Miroku emergió de la cabaña secándose discretamente las lágrimas de la cara con la manga. En vez de sus bromas habituales, simplemente se sentó en el suelo y se reclinó contra la cabaña cubriendo la cara con las manos. Debía de estar riéndose o llorando, era difícil decirlo. Aunque estaba seguro de que debería acercarse a él para hablarle, u ofrecerle consuelo, o algo; Inuyasha se dio cuenta de que no podía moverse ni un ápice. Shippo tomó su inactividad como indicador de que le tocaba entrar.

La visita del niño no fue tan larga como la del monje. Probablemente porque era demasiado enérgico. Aunque no pareció importarle que su visita fuese corta. Cuando salió de la cabaña era un manojo de energía y grititos. Inuyasha se lo sacó de su cabeza y se lo tiró a Miroku. Dejó que el niño hablase con el monje.

Él era el siguiente.

Síp.

Justo detrás de aquella puerta.

Ella lo estaba esperando.

Ahora… si sólo pudiera mover los pies…

—¿Inuyasha?

El medio demonio suspiró. Ahora que ELLA lo estaba llamando, sabía que entraría. No podía negarle nada que quisiera. De todos modos, ¿cuándo había pasado? ¿Y por qué no había huido cuando había tenido la oportunidad?

Nunca había estado tan nervioso como cuando atravesó el gran agujero negro que era la entrada. Glup. Sus ojos buscaron automáticamente a Kagome. Se sintió aliviado cuando la vio sentada cerca del fuego. Pero no estuvo tan aliviado cuando vio los dos pequeños y llorosos bultos que estaba sosteniendo.

—Ésta es Suki. —Le sonrió al bebé y luego miró a Kaede, que estaba sosteniendo a otro bulto similar que se revolvía—. Y la de allí es Yuki.

¿Dos?

¿Dos bebés?

Inuyasha intentó sonreír. Pero le preocupaba que sus colmillos pudieran asustar a los bebés. Mantuvo sus garras ocultas bajo las mangas de su traje.

Su corazón dio una buena sacudida cuando ella empezó a acunar al bebé que estaba sosteniendo. Hablaba tan suave y amorosamente que le dolía en el interior. Eso… ella… ellas… eran tan pequeñas. Tan imposiblemente frágiles. ¿Cómo se las arreglaban los bebés para crecer hasta convertirse en adultos?

—¿Quieres coger a una?

—¡NO! —Retrocedió horrorizado.

No podía tocarla. Sus manos estaban hechas para rasgar y destruir, no para sostener a bebés extremadamente frágiles. La respiración se le aceleró hasta que estuvo bastante seguro de que hiperventilaría. Mikomi le había hecho pensar que podría ser padre, pero el ver un bebé real, de repente, le había hecho entrar en pánico. No le sorprendería que su corazón hubiera saltado, literalmente, de su pecho.

Kagome puso los ojos en blanco y se levantó. Dio un paso hacia el hanyou. Pero, a cada paso que daba hacia delante, él daba uno hacia atrás. Por lo menos, hasta que su espalda chocó contra uno de los laterales de la cabaña. Ignoró la risa de Kaede.

Suspirando, Kagome cogió su mano. Él dio un suspiro de alivio. Por un segundo había pensado que le iba a hacer sostener la cosa.

—Toma asiento —dijo mientras lo empujaba suavemente hacia donde había estado sentada. Se inclinó hacia él y susurró—. Cierra los ojos. —Cumplió obedientemente mientras trataba de ocultar una sonrisa que quería salir. Aquella voz susurrante que usaba a veces nunca fallaba en cuanto a confundirle para hacerle obedecer. Era mucho más efectiva que cualquier hechizo para "sentarse". Podía sentirla acercándose más, recorriendo su brazo con una mano…

…y depositando un bebé en él.

¡Los ojos dorados se abrieron con pánico! Estaba sosteniendo a un bebé. En sus brazos. A pulgadas de sus mortales garras. Un bebé.

—Quítamelo —rogó, temeroso de moverse por si tiraba el bulto.

—Creo que ELLA está bien donde está.

—Por favor…

Tan pronto como Kagome le quitó al bebé de sus brazos, aunque reaciamente, voló hacia el otro extremo de la cabaña.

—¡Me engañaste! —la acusó señalándola con un dedo.

—No es verdad. Bueno… no exactamente. —Se encogió de hombros—. Oh, vale, y qué si lo hice. No te matará coger al bebé.

Suki emitió un ligero gemido y Kagome empezó a acunarla suavemente. La vista era preciosa. Inuyasha permaneció en silencio viéndolas. Iba a enfadarse mucho con él en unos minutos, e Inuyasha quería recordar este pacífico momento antes de que lo sentara a seis metros bajo tierra. Agradecía que no hubiera tal cosa como el "divorcio" entre compañeros. Aunque esperaba que no lo matara por esto.

—No vas a tener bebés, Kagome.

La joven volvió su atención hacia el hanyou, quien tenía las orejas inclinadas sobre su cabeza. Kaede recogió rápidamente a Suki de los brazos de Kagome con la excusa de que el bebé necesitaba más limpieza y cuidados.

—¿Qué?

—Nada de bebés. —Inuyasha se cruzó de brazos y desvió la mirada—. Casi mata a Sango. Y ahora odia a Miroku. No vas a tener uno.

Se tensó cuando sintió que Kagome avanzaba hacia él. La sintió detenerse justo delante de él. Y definitivamente lo sintió cuando ella le cogió unos cuantos mechones de pelo y acercó su cabeza a la de ella. Se negó tercamente a abrir los ojos. Keh, no le importaba si alguien pensaba que estaba siendo infantil. Y no era ningún cobarde. Y no podía soportar los pequeños dolores que sentía en el pecho cuando Kagome parecía decepcionada. Especialmente si era ÉL el que causaba la decepción.

—Nunca te odiaré, Inuyasha. —Se enderezó y lo besó en la barbilla, haciendo que abriera los ojos—. Y Sango no odia a Miroku. Tampoco lo va a matar. Así que no te preocupes. Las mujeres a veces decimos cosas que no queremos decir cuando estamos dando a luz.

Inuyasha observó a Sango, que estaba acostada en el jergón. Se veía cansada. Pálida. Completamente deshecha. Miró a Kagome tristemente.

—Es demasiado peligroso. No te dejaré hacerlo. —No le importaba si había una queja en su voz.

—Inuyasha…

—Las mujeres mueren dando a luz todo el tiempo. Ya has visto cuánta sangre ha perdido Sango.

—Inuyasha…

Le agarró los brazos.

—No te perderé, Kagome. ¡No lo haré! —Luego la acercó a él, guareciéndola en su abrazo—. No puedo.

Sintió que Kagome suspiraba pesadamente. Él también suspiró, debido a que su suspiro no daba a entender que se rindiera. Era el suspiro que usaba antes de una gran batalla. Endureció su agarre porque deseaba hacerle comprender que no podía arriesgar su vida así. No deseaba que sufriera semejante dolor. No podía arriesgarse a que llegara a odiarlo. Tenía que hacerle ver que toda esta cosa del bebé era muy, muy, MUY mala idea.

—¿Y si nuestro bebé tiene garras? ¿Y si cuando dés a luz te corta? ¡Podría matarte! ¿Y si coges una infección o pierdes demasiada sangre? ¿Y si…?

—Inuyasha, para. —Le puso su dedo contra sus labios—. Sí, esas cosas podrían pasar. Pero tomaremos precauciones. Si quieres, podemos tenerlo en mi tiempo. Hay hospitales que lo harán mucho más seguro. Si pierdo sangre tienen suficiente como para darme más. Incluso pueden hacer que no duela tanto.

Inuyasha la miró ferozmente.

—¿Y si es un hanyou? ¿Y si tiene orejas y garras? ¿Qué harán entonces tus hospitales? ¡He visto esas fotos en tu televisión en donde los apartan y los usan para hacer experimentos!

—Ya pensaremos qué hacer. Si los escáneres muestran algo… único en nuestro bebé, entonces volveremos y lo tendré aquí. Y no más películas de ciencia ficción para usted, señor. Souta es una mala influencia. —Kagome recostó la cabeza en su pecho y sonrió soñadoramente—. Sólo piénsalo, Inuyasha. Un bebé. Nuestro bebé. Algo que es una parte de ti y otra de mí. Algo que hemos creado.

Cerró los ojos. Visiones de Kagome sosteniendo a SU bebé pasaron por su cabeza sin su permiso. Una niñita con el pelo de ella… y sus orejas. Un niñito con el pelo plateado que le ayudase a proteger a Kagome cuando creciera. Su familia. La acercó más a él.

—Tengo miedo —admitió en voz baja.

Kagome le dio una palmadita en el brazo con una sonrisilla.

—No pasa nada, Inuyasha. Yo también estoy un poco asustada. —Su sonrisa se amplió y acarició su estómago—. Por lo menos, tenemos nueve meses para acostumbrarnos a la idea.

¿Nueve meses?

Inuyasha miró con suspicacia a su compañera mientras ésta se acariciaba el vientre y le sonreía mientras parpadeaba. Su visión se tambaleó cuando entendió las implicaciones.

¿NUEVE MESES?

Una risa rompió la repentina oscuridad. ¿Por qué estaba en el suelo? ¿Por qué se había quedado dormido? Oyó a personas hablando en la distancia.

—Señorita Kagome, ésa fue una broma muy cruel para el pobre hombre.

—No pude evitarlo, Kaede. —Se rió disimuladamente—. Aunque fue divertido, ¿o no?

Inuyasha gruñó.

—Puede que sea mejor que empieces a correr, niña. —La vieja miko dejó separada la esterilla de la puerta para que la joven miko la atravesara corriendo.

—¡KAGOOOOMEEEEEEE!

Kaede meneó la cabeza cuando el hanyou la sobrepasó corriendo en medio de un torbellino rojo y plateado. Volvió su atención hacia la muy divertida exterminadora de demonios, que estaba alimentando a una de sus hijas mientras arrimaba a la otra contra ella.

—Estoy segura de que Miroku ya se ha recuperado del shock de ser padre, le diré que entre.

—Gracias, señora Kaede. —Sango tocó ligeramente la carita de su bebé y le dio un beso, luego besó la cabeza del otro—. Bienvenidas a la familia, pequeñas.

Kaede miró hacia el exterior, viendo a Inuyasha persiguiendo a Kagome hacia el bosque. Su ira sólo había sido una fachada, tal y como había sospechado. El medio demonio estaba casi… juguetón. La miko sonrió. Se merecían ser felices.

A lo mejor, solo tenían que esperar nueve meses, después de todo.