Disclaimer: Hay que estar loco para ponerse en manos de Bella, sobre todo para curarse un simple resfriado.
A/N: Buenas de nuevo. Ahora suelo tardar un poco más en subir capítulos nuevos porque los estoy pensando sobre la marcha, no como antes, que tenía un montón escritos y sólo tenía que repasarlos para ver fallos. Este capítulo en concreto me ha costado un poco más de lo que pensé, supongo que porque no tengo tanto tiempo libre como antes. Y eso que estamos en crisis... es posible que incluso estemos en crisis de inspiración últimamente.
Por otra parte, gracias por los reviews (últimamente los echaba de menos, jeje), sobre todo uno en particular. Tardaste casi más tiempo en escribir el review que yo el capítulo, ¿verdad?, pero ha valido la pena, viene bien tener reviews así, me ayuda a mejorar el estilo y a darme cuenta de algunos errores que se suelen pasar por alto (como las erratas o los fallos de guión, que hasta los mejores escritores tienen, así que yo más aún, jeje). Si en algún momento Bella ha parecido una típica 'Mary Sue' no ha sido aposta, lo juro. Si le he puesto ojos violetas es porque he visto infinidad de fics, muchos de ellos muy buenos, en los que Bella tenía ojos violetas, así que supuse que sería verdad. No me acuerdo de tantos detalles y, la verdad, no me apetece leerme los libros de tirón para verlos. De todas formas, trataré de arreglar eso empezando por este capítulo; ya me dirás si he mejorado ese aspecto en particular (es decir, cuanto menos 'Mary Sue' haya, mejor) o no. En resumen, sigue poniendo esos reviews tan extensos y críticos, son buenos para mí. Y en cuanto a los demás, si tenéis que criticar constructivamente, hacedlo, eso me ayuda de verdad.
Para terminar por hoy, que esto se está haciendo más largo de lo que pretendía, este cuarto año va a ser algo llano, teniendo en cuenta que no hay muchos giros de guión en el original, a no ser que alguna idea me haga pensar en un cambio antes de tiempo, lo cual me gustaría. He pensado en poner un pequeño cambio en la segunda prueba, pero sólo es una idea, más que nada porque aún no tengo decidido qué hacer, a falta de fauna subacuática desde que Bella asó al kraken (v. final de la parte 2). Como editores de esta 'novela', ¿se os ocurre algo? :)
CAPÍTULO 20
Y LUEGO ME LLAMAN A MÍ LOCA
Cuando me levanté a las cinco, como siempre desde que decidí cometer la estupidez de hacerme pasar por estudiante de medimagia, todo parecía indicar que aquél iba a ser un día normal, uno como cualquier otro, salvo que era Halloween. No podía estar más equivocada.
Por lo pronto, todo el mundo estaba revolucionado en vez de adormilado. Era lógico pensar que era debido a que los alumnos de Beauxbatons y Durmstrang llegaban hoy, pero ese no era motivo suficiente para mí. En mi opinión, eso sólo significaba problemas. Más alumnos, más posibles enfermos, más esclavitud para mí, y encima se iban a quedar todo el año. Cojonudo, vamos. La verdad, bastante tenía ya con lo que tenía, muchas gracias.
Sin embargo, después de algunos desvaríos como el anterior y, sobre todo, tras cagarme en muchas cosas que ni te imaginas por culpa de Pomfrey y sus "tareas de enfermera" (no quieras saber cuáles son), pude hacer que el cerebro me despertara definitivamente y analizara más detenidamente el episodio de la chimenea de Gryffindor, y pronto llegué a una conclusión.
Soy idiota.
«¿Cómo se me ocurre dejarme ver ante Sirius?», pensé, dando vueltas a la tontería que había hecho con eso. «Vale, he vuelto a la adolescencia, cambié la voz aposta para evitar que me detectara por ahí, ¿pero por qué no me di cuenta de que eso da igual cuando se trata de la familia? Cualquier gesto, cualquier frase, cualquier cosa hace que te reconozcan, y la prueba está en Narcissa. Y todo por querer pasar un rato a solas con Harry. ¡Seré idiota!».
Idiota, sí, porque el rato a solas con Harry lo pasé de todas formas, como todas las noches, como Hedwig. Todo se me estaba yendo de las manos.
«De todas formas, ¿por qué tuvo que aparecer Sirius precisamente en ese momento?», pensé, elucubrando aún más sobre el tema. No le encontraba explicación.
Si Sirius aún no estaba totalmente reinsertado en la sociedad, pues estaba a la espera del veredicto de inocencia (que cuidado que son lentos, a todo esto, cuando se lo dejé chupado), ¿a qué se arriesga tanto a que le pillen?
«Debe de ser genética», pensé. No había otra explicación. Sirius era idiota por dejarse ver en un sitio en el cual atacó el año anterior y yo era una idiota por dejarme ver ante él. Lo dicho, genética.
Curiosamente, y en medio de los libros y mis elucubraciones, tenía ganas de ser Hedwig. Ahora me daba cuenta de lo fácil que es la vida de una lechuza.
—Te noto pensativa hoy, Bella —dijo Pomfrey de repente, a escasos centímetros de mí, lo cual hizo que me sobresaltara—. Perdona por haberte asustado —oh, oh… esa amabilidad repentina era harto sospechosa. Me tenía algo preparado, sin duda—. No era mi intención asustarte, ¡sino despertarte de una vez! —gritó. Ya decía yo—. ¡Eres toda una vaga, ¿lo sabías?!
—¡Joder, es que no hay quien se mantenga despierta cuando te levantan a las cinco de la mañana! —protesté—. ¡Anoche dormí dos horas!
—Te has vuelto a ir con Harry, ¿verdad? —dijo, y palidecí. ¿Se había enterado?—. Desde luego, eres idiota.
—Bueno, vale, déjalo ya que ya lo sé —gruñí—. Precisamente en eso estaba pensando. En eso y en algo que he oído de quien menos lo esperaba.
Y le conté la advertencia de Sirius. Ahora le tocó a ella palidecer un instante.
—Así que un mortífago que ha dejado la vocación —dijo, pensativa, pero con un deje divertido que me escamó—. Mira, no sería el primer caso, según tengo entendido.
Suspiré. Desde luego, era cabrona con ganas.
—De todas formas —añadió, ahora más seria y preocupada—, vigila a Harry. Si Sirius Black dice que va a por él, no le dejes ni a sol ni a sombra, pero que sea como Hedwig, no como Isabella. Tengo otra tarea para tu yo humano.
—Ya, limpiar la enfermería, lo sé —mascullé.
—Pues no, fíjate por dónde te has equivocado de pleno —replicó, y yo arqueé una ceja, confusa—. Considero que ya has pasado la prueba, así que a partir de ahora sólo vendrás aquí a estudiar cuando tus compañeros estén estudiando también. Te dejaré tiempo libre. Pero eso será una tapadera, como toda tu estancia aquí. Desde esa posición de becaria normalita y corriente vas a vigilar no a Harry sino su alrededor. Aprovechemos tus dotes de observadora, a ver si es verdad que eres tan buena como crees.
—Me parece bien —repuse—. Mientras que con mi yo animal vigilo a Harry, con mi yo humano evito lo que quiera que el mortífago quiera hacerle y cubro el doble de espacio. Es un buen plan.
—Sí, pero hazlo disimuladamente, no como últimamente, que se te ve a la legua.
«No te fastidia, la menda», pensé, molesta. «Si me estás vigilando constantemente, normal que te enteres de lo que hago».
Luego lo pensé mejor y eso me fastidió más aún, porque tenía razón. Estaba perdiendo facultades. Cuando era mortífaga también estaba siendo vigilada constantemente y no por eso me pillaron a la primera. De hecho, les costó bastante.
—Bueno, ya queda menos para que lleguen los extranjeros —dijo Lily, ilusionada, mientras paseaba por el pasillo de la planta baja junto al resto del grupo—. Me pregunto cómo serán y si habrá alguien factible.
—Supongo que serán como nosotros, Lily —murmuró Hermione—. Ya sabes, con dos brazos, dos piernas, cabeza, tórax… —hizo una pausa y la miró con un ligero ceño—. ¿Y qué quieres decir con "alguien factible"?
—Que está buscando ligue —dijo Harry, divertido, y Lily le dio un capón. Yo protesté, claro, porque casi me da a mí también, al estar posada en su hombro—. Mírala, ya está sacando las uñas.
Todos rieron, al menos hasta que Neville vio uno de los carteles que anunciaban la llegada de los elegidos de Beauxbatons y Durmstrang.
—Hala, no me había fijado en que llegan a las seis —dijo, y todos formaron corro para verificarlo.
—Genial, así no le dará tiempo a Snape para envenenarme —dijo Harry—. No creo que me afecte ningún veneno, pero de todas formas…
—Es verdad, tenemos dos horas de Pociones —confirmó Lily—. Que a Snape le suspendan la clase a las seis le va a sentar como una patada en los dientes. No creo que sea clemente con vosotros hoy.
—No lo es nunca —gruñó Harry—, sobre todo conmigo.
—O conmigo —añadió Neville.
—Ya, bueno… —Lily carraspeó—. Quiero decir que vayáis preparando el ánimo, que seguro que hoy irá a pincho a por los Gryffindor en general y a por vosotros dos en particular. Odia que le trapicheen las clases.
—Parece que disfruta torturándonos —dijo Hermione, cabizbaja, porque ella tampoco se libraba de las pullas de Snape—. Pregunta cosas, las respondo y me llama sabelotodo insufrible. Si no quiere que le responda, que no pregunte, así de claro.
—Ya, pero no te mira con esa mirada de odio que reserva especialmente para mí —musitó Harry—. Si alguna vez tengo un hijo y lo llamo Severus, cortadme los huevos, por favor, que me lo merecería.
—Peor sería si lo llamaras Albus Severus —saltó Luna, que hasta entonces no había abierto la boca.
—¡Au, no! —se quejó Harry—. ¡Si hago tal cosa, matadme directamente!
—La verdad es que sería tan absurdo como si Hermione se acabara casando con Ronald Weasley —continuó Luna—. Eso es una aberración que no sé en qué cabeza cabrá.
—¡Luna! —protestó Hermione, con cara de asco—. ¡Que luego tengo pesadillas! ¡Deja de hablar de ese tío!
Reímos (sí, yo incluida, con la cabeza bajo el ala, como siempre) y decidimos mientras ir al Gran Comedor. Ya había hambre y la hora de la comida estaba próxima. Luna y Lily se fueron a sus respectivas casas, qué remedio, y pude ver a mi yo humano dirigirse a la mesa de Ravenclaw con una perspectiva algo distinta. Iba más despacio, más tranquila, y es que me acababa de quitar un peso de encima.
Parecía que nadie estaba muy al tanto de los estudios hoy, sino de la hora, deseando que llegaran rápido las seis para salir. Todos tenían curiosidad por ver a los visitantes, y no sólo los alumnos. También los profesores estaban al detalle para que todo fuera perfecto.
«Como si en Beauxbatons o Durmstrang fuera todo perfecto», pensé, cuando McGonagall me echó del hombro de Harry siendo Hedwig o me prohibió llevar gafas de sol siendo Isabella. Lo de las gafas de sol, pase, pero era normal para un mago llevar a una lechuza colgada al hombro. Eso sí, cuando no miró volví a las andadas. Paso de cumplir normas estúpidas.
Por otro lado, entre los alumnos había apuestas acerca de cómo iban a llegar los invitados, aunque algunos tendrían que dejar de tomar anfetas.
—Hala, imagínate que vienen sobre un dragón.
—Idiota, si acaso sería sobre un hipogrifo.
Con comentarios como esos, no me extrañó que Hermione bufara con exasperación y se liara a improperios contra ellos al oído de Harry.
—Déjalos, son críos —sentenció él.
Otras opciones, en cambio, eran más lógicas, aunque no así aceptables.
—Pues podría ser que vinieran en escoba.
—¿Desde tan lejos? Ni de coña.
—¿Y en el tren?
—Puede ser, pero lo dudo.
—Igual pueden Aparecerse antes de los diecisiete y vienen así.
—¡A ver, basta ya! —voceó McGonagall, histérica perdida—. ¡Quiero orden y seriedad! ¡Esperad a los invitados como buenos anfitriones que deberíamos ser!
—Eso es —añadió Dumbledore—. No quiero que haya discriminaciones, burlas o insultos. Comportaos como… —hizo una curiosa pausa— como Hufflepuffs.
Al final, McGonagall se salió con la suya y todos esperamos en el Gran Comedor como si fuésemos soldados pasando revista. Sin embargo, no les puedes pedir a los más pequeños que se queden quietos y callados durante mucho tiempo, como se demostró entonces. En unos minutos se empezó a ver algo distinto en el cielo y se revolucionaron.
—¡Hala, hala, igual es verdad que vienen en un dragón!
—¡Que no, tonto, que es una casa voladora!
—Ya estamos otra vez con las tonterías —gruñó Hermione.
Luego resultó que no iba mal encaminado el que dijo lo de la casa voladora y eso le calló la boca a Hermione. En efecto, no era exactamente una casa, sino un carruaje, tirado por los caballos dorados más grandes que había visto nunca, y voladores además. Claro que era la primera vez que veía caballos dorados, pero bueno… Del carruaje salieron los alumnos de Beauxbatons, acompañados por su directora, que rivalizaba en altura con Hagrid. Por si acaso también le daban ganas de invitarme a cenar lechuza al ajillo, me escondí detrás de Harry, mientras Dumbledore iba a saludarla.
—¿Qué le pasa a Hedwig? —preguntó Lily a Harry al oído.
—Le asusta esa mujer, y no me extraña —respondió Harry—. Es enorme.
—¿Y por qué se asusta?
—Parece de las que desayunan lechuza en salsa —terció Luna—. Yo también me asustaría si fuera una lechuza.
Al momento entraron los Beauxbatons y se refugiaron al calor de las chimeneas, y es que hacía una rasca de cuidado y los franceses no se habían abrigado demasiado.
—Vaya, no están mal las francesitas —murmuró Fred Weasley, y George asintió, evaluándolas a ojo.
—Bah, tienen patas de gallina en vez de piernas —mascullé—. Y ahora que tienen frío, más aún.
—¿Sí? Pues fíjate en esa qué par de berzas tiene —continuó Lee Jordan.
—Bah, no son auténticas, os lo digo yo —repliqué, con desdén.
—Se te ve celosilla, enfermera —se burló George.
—¿Celosa yo? —gruñí.
—Algunas de esas tías están más buenas que tú y lo sabes —insistió Lee.
—Bah, para gustos los colores —concluí, y los tres bromistas rieron. «Serán cabrones…», pensé. Me habían vencido y me fastidió bastante.
Pero pronto pensamos todos en otra cosa cuando, con mi forma animal, oí algo en el agua. Enseguida lo noté con mi forma humana y tensé los músculos, por si tenía que pelear de nuevo con un kraken, sobre todo cuando todos pudimos ver que salía del agua una especie de tentáculo rígido que resultó ser un mástil. Ahí me relajé.
«Menos mal, es un submarino», pensé, tanto siendo Hedwig como siendo Isabella.
Del submarino, que luego resultó ser un barco pirata normal y corriente, salvo porque se sumergía y emergía como si nada, salieron los alumnos de Durmstrang, el primero el director, al que reconocí enseguida.
«¡Es Igor Karkaroff!», pensé, mitad sorprendida mitad furiosa. «¡El hijo de puta que testificó contra mí, entre otros! ¿Cómo se atreve a aparecer por aquí tan campante?».
—Bueno, supongo que estos norteños tendrán menos frío que las gallinitas francesas —me burlé, al ver a los búlgaros quitarse las enormes pieles que llevaban al entrar en el castillo. Aunque hubo uno que no se quitó nada, uno al que señalaron desde un montón de puntos distintos.
—¡Ahí va! ¡Es Viktor Krum! ¡El buscador de la selección búlgara! —exclamó Ronald Weasley, y todo fueron murmullos.
—¡Ahí va! ¡Es Ronald Weasley! ¡El hermano más inepto de la familia! —le devolvió Fred, y los murmullos se convirtieron en risas.
—La verdad, no sé a qué rama ha salido —añadió George, al oído de su gemelo.
—¿Son normales esas salidas de tono en él? —pregunté a los gemelos, fingiendo ignorancia, y ellos asintieron—. Vaya, voy a tener que hablar con la jefa sobre esto, a ver si tiene algún remedio.
Fred y George se encogieron de hombros, mientras las risas cesaban debido a una voz de McGonagall. Y es que hasta los extranjeros rieron a carcajadas.
Sin embargo, el comentario de Weasley hizo que muchas chicas se revolucionaran y se pegaran casi literalmente en busca de algún útil para escribir.
—¿Y se pegan por un autógrafo suyo? —bufó Hermione, molesta—. Pero si sólo es un jugador de Quidditch.
Ronald se tomó muy a mal el comentario y se lió a discutir con ella, hasta que se llevó un par de collejas de Draco, que andaba por ahí cerca aunque no se notara.
Al momento todo se calmó y, mientras Dumbledore presentaba a los invitados, yo seguía hablando con Fred, George y Lee por lo bajinis. No me interesaba lo que ese viejales dijera, la verdad.
—¿Entonces viste la final del mundial de Quidditch? —preguntó Lee.
—Sí, y vi también los proyectos de tiendas de algunos magos de por ahí —murmuré—. Tres pirámides como las de Giza, la Casa Blanca hecha tienda…
—Sí, eso le hizo gracia a Ron —dijo Fred—. Y luego las comparó con una supuesta tienda que parecía un campo de Quidditch…
—…que resultó ser precisamente el campo de Quidditch —añadió George, y los cuatro reímos.
La conversación giró en torno al Quidditch un momento, hasta que Dumbledore indicó la hora de sentarse a cenar, así que cada cual se fue a su sitio. Curiosamente, Weasley quería que los Durmstrang se sentaran con los Gryffindor porque estaba Krum (y George, creo, dijo algo acerca de presentárselo a modo de ligue), pero su gozo en un pozo, porque se fueron con los Slytherin. Por otro lado, los franceses optaron por venir a nuestra mesa y uno trato de ligarse a Luna, curiosamente, y curiosamente también ella se negó rotundamente.
—¿Por qué? No está mal —opiné.
—Paso —declinó ella lacónicamente.
Mientras, en la mesa de Gryffindor todo eran risas, debido a los comentarios de Fred, George y Lee. Parecía que eran esos tres principalmente los que animaban el cotarro por allí.
—Hala, ¿qué es esto? —preguntó de pronto Neville, señalando a un plato de marisco, o eso parecía. Nunca vi nada igual en mis viajes.
—Es bouillabaisse —informó Hermione—. Es un plato francés, está muy rico.
Neville lo probó, curioso, y no pareció gustarle; Harry hizo lo propio y se lo comió a dos carrillos, igual que Hermione. Cuando iba a repetir, vio otra cosa que no había probado nunca y la cogió, a ver, justo cuando llegaba una francesa.
—'Pegdón' —dijo, con su acento gutural—, ¿habéis acabado de 'segvigos' bouillabaisse?
—Sí, puedes llevártelo si quieres —dijo Harry, dándoselo, y ella lo cogió con una sonrisa—. Vaya bollito —murmuró por lo bajinis, aunque yo lo oí perfectamente y expresé mi descontento como mejor supe—. ¡Ayayayay! ¡Para, Hedwig, que era broma!
—¿Qué ha hecho? —preguntó Fred.
—¡Me ha clavado las garras! —exclamó Harry, doliéndose del hombro. Le tuve que hacer daño por fuerza, pero me dio igual. Que no hubiera admirado a aquella tía. Igual hice mal en vengarme tan pronto, porque Fred y George dijeron algo así como que Harry se iba a quedar solterón si yo permanecía a su lado.
—Vaya gachí, quién la pillara —dijo sin embargo Lee, ajeno a todo, mirándola mientras se contoneaba.
Luna y mi yo humano nos fijamos también en cómo andaba hacia nosotras y, curiosamente, nuestras opiniones eran diferentes. Yo la consideraba una buscona y una presumida, pero ella le dejó sitio.
—¿Qué haces? —susurré.
—Quiero probar lo que lleva —dijo, mientras la francesa aceptaba el sitio con un 'merci' algo seco, en mi opinión—. ¿Qué tal está esto? —le preguntó.
—Sabe a 'mag' —dijo la francesa—. Está bueno, al menos en 'Fgancia', 'pego' no sé si un estómago inglés lo 'sopogtagá'.
—Lo probaré de todas formas —dijo Luna, sin ofenderse, aunque el comentario era harto ofensivo. Lo peor fue que también me echó a mí.
—¡Luna, que yo no quiero! —protesté.
—¿Por qué no? —preguntó Luna—. No eres inglesa, ¿no?
Al final tuve que probarlo. No me gustó, pero me lo comí de todas formas para que la francesita de marras no se lo creyera demasiado. Qué mal me cayó, aunque a Luna parecía que le caía bien.
Más tarde, ya acabada la cena, Dumbledore empezó otro de sus aburridos discursos. Filch había traído otras dos sillas en ese momento y las estaba colocando al lado de las de los profesores por alguna razón que no acerté a discernir por el momento. Ya me había disculpado con Harry por haberle clavado las garras y habíamos hecho las paces, por suerte, porque si no no habría podido dar cuenta del filete que me estaba zampando, ante la mirada de escrúpulo de Neville y de entusiasmo de Fred, George y Lee, y es que estaba destripando el filete antes de comérmelo.
En ese momento se abrió la puerta del Gran Comedor y entraron dos personajes. A uno de ellos no lo conocía, pero al otro lo conocía demasiado bien, y no por gusto precisamente. Era Bartemius Crouch. Pero tampoco era motivo de preocupación. A fin de cuentas, ¿quién me iba a reconocer en forma de lechuza? Ni Sirius lo hizo el año anterior, y eso que nos conocemos bien. Así que continué a lo mío como si nada. Y en cuanto a la forma humana… ahí tuve más problemas para sentirme segura, pero Luna estaba ahí para tranquilizarme.
—Deja de ser tan paranoica, ¿quieres? —me dijo, y parecía terminante—. Nadie te va a reconocer. Eres veinte años más joven de lo que deberías. Ya sólo con eso estás perfectamente oculta, así que deja de preocuparte de una vez.
Tenía razón, después de todo. Todo el mundo creía que Bellatrix Lestrange murió en Azkaban. Si acaso, se me quedarían mirando un segundo para decir "es imposible". Todo lo más que harían sería encontrarme un ligero parecido. Ahora que lo pienso, incluso Sirius sólo me encontraría un ligero parecido con su prima psicópata. Sólo si me daba por matar a todo lo que se moviera mientras hablaba con él me descubriría.
En fin, dejemos los desvaríos. A Crouch le aplaudieron apenas, y de un modo muy formal y seco, pero con el otro, que al final resultó ser un antiguo jugador de Quidditch, fueron mucho más entusiastas. Y es que caía mucho mejor que aquel proyecto de Hitler que era Crouch.
—Presentados ya los señores Crouch y Bagman, que harán de jueces junto con los tres directores, yo incluido por supuesto —dijo Dumbledore—, procederemos a declarar abierto el Torneo de los Tres Magos. Señor Filch, traiga al árbitro imparcial, por favor.
Filch trajo una caja, de la cual sacó una copa de la cual salían llamas azules. Dumbledore la dejó a la vista de todos y prosiguió.
—Este es el árbitro imparcial del que hablaba, el Cáliz de Fuego —explicó, y continuó haciendo mención de lo que era, desde cuándo se empezó a utilizar y más paja argumental que aburriría hasta a las ovejas. Tras un rato, por fin empezó a decir algo que mereciera la pena—. Para participar, tendréis que echar un trozo de pergamino, en el que incluiréis vuestro nombre y vuestro colegio. Insisto en que los alumnos menores de diecisiete años tienen prohibido apuntarse, según la última norma establecida, y me encargaré de que esa norma se cumpla. El señor Crouch puede daros más detalles.
Fred, George y Lee juntaron las cabezas para tramar algo, mientras yo asomaba la cabeza subrepticiamente para verificar que no hubiera peligro para Harry. Aún le daba vueltas a lo que dijo Sirius acerca del complot que sospechaba habría contra Harry, y también recordaba el sueño que el mismo Harry tuvo en las vacaciones, sobre todo la parte en la cual el Señor Oscuro decía que había infiltrado a un mortífago en Hogwarts. ¿Y si era Karkaroff? Tenía que abrir los cuatro ojos, dos de lechuza y dos de humana.
Bueno, pues tal y como predije, más alumnos, más posibles enfermos, más esclavitud para mí. Resultó que Krum no se había quitado el abrigo cuando entró porque estaba resfriado y, por supuesto, me tocó a mí "curarlo", como si se pudiera curar un resfriado.
—No es nada —dije, tratando de sonar profesional—. Se debe sencillamente al cambio de temperatura. Hay varios métodos, uno convencional y otro algo más experimental, pero igualmente efectivo.
—Bella, no empieces —me previno Pomfrey.
—El tratamiento experimental es un simple hechizo que quita todos los problemas derivados del resfriado y con él te aseguro que no vuelven a aparecer —continué, haciendo caso omiso de Pomfrey. Saqué una varita (tanto Harry como yo tuvimos que comprarnos una, él por el incidente del mundial de Quidditch y yo porque no quería mostrar que no me hace falta) e hice el hechizo. Los resultados saltaron a la vista.
—¡Vaya, 'extrraorrdinarrio'! —exclamó Krum, anonadado—. ¡Se ha 'currado' de golpe! ¡'Erres' fabulosa!
—Vaya… gracias —balbucí. Los resultados saltaron a la vista, pero no porque le quitara de golpe el virus precisamente. Lo hizo, sí, pero…
—¿Fabulosa? ¡Yo diría incompetente, y con eso me quedo corta! —bramó Pomfrey—. ¿Cómo se te ocurre dejarlo sin nariz, Bella?
—¿Qué? ¿No tengo 'narriz'? —exclamó Krum, tocándose la cara.
—¿Qué pasa? —pregunté, con todo el morro—. Me parece un remedio excelente contra cualquier virus de ese tipo. No volverá a tener resfriados.
—¡'Perro' yo 'quierro' mi 'narriz'!
—Bueno, no nos sulfuremos —tranquilicé, volviendo a dejarlo como estaba a toque de varita, aunque con el contrahechizo también volvió el resfriado, claro—. Entonces pasaré al método convencional, aunque es más largo. Salicílicus.
—¿Una caja de pastillas? —preguntó Pomfrey, ceñuda—. ¿Eso es lo que se te ocurre?
—Es un método muy eficaz —dije, dándole las aspirinas—. Una cada ocho horas durante varios días, con agua, claro, así como reposo, y como nuevo.
—¿Qué es esto? —preguntó Krum, desconfiado—. No 'serrá otrro rremedio rrarro', ¿'verrdad'?
—No, es un remedio natural y sin efectos secundarios —dije—. Básicamente es corteza de sauce, mezclada con otros ingredientes naturales. Sigue mis indicaciones y se te pasará en unos días. Y perdona lo de antes, era una broma —añadí, con una sonrisa tímida.
—No se bromea con los pacientes, Isabella, ya lo sabes —amonestó Pomfrey.
Krum no parecía muy convencido, pero se llevó las aspirinas de todas formas, pues Pomfrey no puso ninguna objeción, y pareció irle bien, porque unos días después volvió y me dio las gracias y todo. Qué atento.
Aparte de eso, no hubo mucho más que destacar. Durante esa semana, en la cual se decidiría quiénes participarían, se admitieron apuestas acerca del campeón de Hogwarts. Más de uno me votó (a mi yo humano, claro), y eso que dejé claro que no iba a participar bajo ningún concepto, pero esos votos fueron desechados rápidamente. No quiero creer que fuera Krum en respuesta a mi método inicial para curar el resfriado.
Menos mal que dejaron de votarme cuando Angelina Johnson, cazadora de Gryffindor, echó el papel a la copa. Fue entonces cuando los votos a su favor la siguieron como el trueno sigue al rayo, y lo mismo pasó cuando entró un tal Cedric Diggory, por lo visto buscador de Hufflepuff, aquél que ganó a Gryffindor el año anterior.
—¿Y por qué no te presentas? —me preguntó Luna.
—Primero, porque no tengo la edad —Luna me miró con un gesto que decía claramente "mentirosa"—. Es cierto, tengo dieciséis… ahora —reímos un momento—. Luego, aunque tuviera la edad pasaría de todas formas. Ya he tenido demasiadas experiencias cercanas a la muerte, gracias.
—Y las que te quedan, si quieres continuar con lo que planeas —dijo Luna.
—Ahí la has clavao —admití—. Además, tengo que estar atenta a Harry. Hay algo que me preocupa. No sabrás quién es el traidor de Hogwarts, ¿verdad?
—Pues no —se lamentó Luna, y parecía que iba en serio.
—Creí que lo veías todo.
—Y yo, créeme, pero de algún modo me elude —Luna suspiró—. Puede que sea Karkaroff o puede que no. No estoy segura. De todas formas, Moody vigila estrechamente a Karkaroff por si acaso.
—Sí, me he dado cuenta de que tiene el ojo mágico fijo en él —confirmé—, y eso me viene bien para relajarme un poco. El trabajo de espía es duro.
Luna no dijo nada más, tan sólo permaneció de pie, a mi lado, mirando cómo los distintos participantes echaban los pergaminos. Pronto se oyó la risa de Lily, acompañada de la de los gemelos y Lee. La Slytherin se juntó con nosotras, mientras Fred, George y Lee iban hacia el cáliz.
—¿Y esos tres tienen la edad? —pregunté.
—Se han tomado una poción de envejecimiento —informó Lily, apoyando un brazo encima de Luna y el otro encima de mí—. No creo que sirva contra la raya de edad de Dumby, pero bueno…
—Se te ve cómoda, Lily —murmuré, sarcástica, y Lily sonrió, pero sin quitar el brazo de mi hombro. Cuando insistí, lo quitó por fin. Demasiadas confianzas.
—¿Poción de envejecimiento, chicos? —preguntó Hermione, por otro lado, con Harry y Neville.
—Sí, exacto —dijo Fred—. Es algo tan obvio que seguro que ni Dumbledore ha pensado en ello.
—Seguro que es en lo primero que pensó —dijo sin embargo Hermione, tranquila—. Apuesto a que no conseguís inscribiros.
Fred y George se lo tomaron como un desafío y atravesaron juntos la raya de edad, dispuestos a callarle la boca, pero fue alargar la mano para echar el papel y verse impulsados hacia atrás, dándose un buen golpe. Yo saqué dos botellitas de una poción del bolsillo de la túnica porque sabía lo que iba a pasar. No eran los primeros y no iban a ser los últimos, estaba segura.
En efecto, nada más levantarse vieron que tenían sendas barbas blancas y el pelo del mismo color. Nada más mirarse, se partieron la caja torácica de la risa, y lo mismo podía decirse de Lee, que no entró porque se lo figuraba, pero que participó en las risas igualmente.
—Vaya, otros dos que trataron de pasar mi raya —dijo Dumbledore, apareciendo de repente, atraído por las risas—. ¿Qué hacemos, señorita O'Connor? ¿Les damos ya la poción o los dejamos así un rato?
—Yo los dejaría así —dije, guardándome las botellitas—. Les queda bien la barba.
—Sí, es verdad —confirmó Dumbledore, riéndose—. ¿Os atreveríais a permanecer con las barbas un día, chicos? Sería todo un espectáculo.
—No, ni hablar —dijo Fred.
—Admitimos la derrota, al menos esta vez —secundó George.
—Pero no se acostumbre, señor —terció Lee—. Menos mal que no entré al final.
Al final no tuve más remedio que darles las pociones, aunque habría estado bien que se hubieran paseado por el castillo con esa barba. Por lo menos, se lo tomaron bien.
—Lo sabía —dijo Hermione, juntándose con nosotras, con Harry y Neville al lado—. Desde luego, mira que son gamberros. Yo tengo un plan mejor, pero paso de presentarme. Es demasiado peligroso.
—¿Cuál, pedírselo a alguien mayor de edad? —preguntó Luna.
—Sí, de grado o a la fuerza —respondió Hermione, como si nada—. Me sé los secretos de casi todos, gracias a las cotillas Patil y a Lavender, y si no quieren que los revele…
—Chantajista… —bromeó Harry.
—No es chantaje, es pedirlo por las buenas —especificó Hermione—. A la fuerza sería rompiéndoles las piernas, pero eso sería si lo demás fallara. Además, tú podrías arreglárselas después, ¿no, enfermera?
—Supongo, pero sólo soy becaria, no aseguro resultados —dije, encogiéndome de hombros, con una de mis sonrisas tétricas.
La cosa quedó así. Los del grupo pensaron que era una broma más y lo dejaron estar, pero lo cierto es que Hermione no bromeaba fácilmente. Cuando decía las cosas, las decía en serio el 90% de las veces.
El período de inscripción acabó pronto y con él la oportunidad más clara de saber si Karkaroff era o no el mortífago que atentaría contra Harry. Tenía varias razones para pensar que sería en esa semana, y la más clara para mí era meter a Harry en el torneo, teniendo en cuenta que, si salía, la participación era obligatoria. El torneo era muy peligroso y era muy posible que cualquiera de los campeones muriera, a pesar de las medidas de seguridad. Si hubiera sido yo la encargada de matarlo disimuladamente, lo habría hecho de esa forma.
Sin embargo, Moody no dio señales de sospechar de él, no más que de cualquiera, al menos, y yo tampoco vi nada raro en él. Se comportaba como el director de Durmstrang que era, ni más ni menos. Eso empezó a plantearme dudas acerca de si era o no el mortífago del cual debía tener cuidado.
«Pero no me fío», pensé, siguiéndolo como lechuza. Era de noche, la última antes de saber quiénes serían los campeones, y mientras mi yo animal dormía con Harry, quiero creer que en modo Hedwig, mi yo humano vigilaba a Karkaroff, y esta vez decidí ir más en serio y lo seguí como lechuza. Estaba dando vueltas por el castillo de modo muy sospechoso.
Luego resultó que mis sospechas eran infundadas. Sólo iba al baño y estaba buscándolo.
«Joder, patético», pensé. Pero no por eso dejé de vigilarlo. Ese tío era un traidor. Traicionó al Señor Oscuro y podría ser que traicionara también a Dumbledore. Eso me daba igual, pero si con eso se veía perjudicado Harry, ahí la cosa cambiaba.
Pero no pasó nada. Tras echar el meo, volvió a su habitación y se acabó. Yo, por si acaso, puse un potente encantamiento en la puerta, aprendido en la sección de Ravenclaw, que me avisaría si la abría antes de tiempo, y me fui a dormir.
Al día siguiente, todo estaba de nuevo revolucionado. Era normal, porque se sabría quiénes iban a ser los campeones, y nadie quería perdérselo.
Entramos en el Gran Comedor, yo colgada en el hombro de Harry como siempre, aparte de ir al lado de Luna por otro lado, y cada cual se sentó en la mesa correspondiente a su casa.
—Chicos y chicas —comenzó Dumbledore, como solía—, ha llegado el momento de saber quiénes serán los campeones que representarán a sus respectivos colegios en este Torneo de los Tres Magos —aplausos, griterío… en fin, lo típico—. En unos instantes el Cáliz de Fuego decidirá y…
Se oyeron gritos de asombro en todo el castillo, y no era para menos. El fuego del cáliz se había puesto rojo y, unos segundos después, escupió un trozo de pergamino, que Dumbledore cogió.
—El campeón de Durmstrang es… —hizo una molesta pausa de efecto que no venía a cuento— ¡Viktor Krum!
Aplausos y griterío típicos entre los Durmstrang, mientras Krum salía con la cabeza alta, le daba la mano a Dumbledore y se metía en otro cuarto. En ese momento, el cáliz expulsó otro papel que Dumbledore cogió.
—El campeón de Beauxbatons es… —de nuevo esa pausa de efecto— ¡Fleur Delacour!
La francesita seca y repelente que se metió con los estómagos ingleses salió contoneándose como una puta en un burdel, mientras un montón de tíos babeaban al verla pasar. Le dio la mano a Dumbledore y se fue con Krum. Me fijé en que Luna tampoco le quitaba ojo y eso me preocupó.
—Luna, ¿qué ves en esa presumida? —susurré.
—De algún modo es diferente, como yo —respondió Luna, dejándome peor de lo que estaba. «¿Cómo ella?», pensé, dándole vueltas.
El tercer papelito salió y Dumbledore leyó el contenido para sí mismo. Ahora no se oían más que aclamaciones. Le tocaba al campeón de Hogwarts, a fin de cuentas, y parecía que las opiniones estaban divididas entre Angelina y Cedric, porque eran los nombres que se oían a todo volumen.
—El campeón de Hogwarts es… —esta vez, la pausa de efecto fue más larga que nunca y todos esperaban el nombre como agua de mayo— ¡Cedric Diggory!
La mitad del colegio gritó "¡aleluya!", mientras que la otra mitad expresó de distintas formas su fastidio. La verdad, a mí me daba igual quién saliera, pero si tenía que elegir, prefería a Angelina. Al menos no era una presumida como Diggory.
—Vaya con los Hufflepuff —me susurró Luna—. Desde que nos libraste del kraken se están subiendo a la parra, me parece a mí.
—Me he dado cuenta, sí —confirmé, también pegada a su oreja—. Hace dos años ni siquiera sabían escribir su nombre sin el apoyo Ravenclaw y ahora incluso se hacen campeones de Hogwarts. No digo que sean más inteligentes que nosotros, estaríamos buenos, pero tendremos que vigilarlos un poco.
—Empiezas a comportarte como un cuervo —¿eh? ¡Esa voz susurrante no era de Luna! Me giré y vi a escasos centímetros de mí la gélida cara de Helena Ravenclaw, también conocida como Dama Gris—. Empiezo a creer que nuestro encuentro y tu selección no son fruto de la casualidad.
—¿Y eso por qué? —gruñí—. Además, ya no somos cuervos, sino águilas, ¿te acuerdas?
—Aves de rapiña —dijo Helena lacónicamente, pero se paró de pronto.
—¡Oh, mira! ¡No te pierdas esto! —exclamó Luna, cogiéndome una manga para atraerme a su lado otra vez.
Lo que vi me dejó a cuadros, y no parecí ser la única en quedar en ese estado, porque el colegio entero ahogó un grito para luego quedarse en silencio sepulcral, mientras el fuego del cáliz se volvía rojo una vez más, ya la cuarta, y salía un cuarto papel.
—Hala, es verdad, esto no estaba en el guión —dijo Helena, situándose encima de nosotras.
—Sí que lo estaba, aunque me pregunto quién fue —dijo Luna, que parecía ilusionada—. A ver qué pasa cuando digan el nombre.
—¿Nombre? ¿Qué nombre? —pregunté, pero algo me decía que ya sabía la respuesta. No me equivoqué esta vez.
—¡Harry Potter! —dijo Dumbledore, con voz grave.
«¿Cómo? ¿Harry Potter?», pensé, y por poco no me caí de su hombro de la impresión, aunque en cierto modo me figuraba que algo así pasaría cuando vi el cuarto papel salir del cáliz.
Todo el colegio se lo quedó mirando y Harry empezó a temblar. Parecía en shock y no era de extrañar. Hermione lo abrazó, conciliadora, y le sugirió que saliera con un gesto, pero él no pareció verlo.
—Vamos, Harry, sal —susurró, y ahí Harry salió lentamente, su cuerpo moviéndose por acto reflejo más que voluntariamente.
La voz de su hermana pareció devolverle un poco a la realidad, pero no mucho, la verdad, porque andaba como un zombi, conmigo encima, y no parecía notar mi presencia. De hecho, nadie parecía notar que una lechuza iba colgada encima del cuarto campeón.
«A ver, recapitulemos», pensé, tratando de explicármelo. «Harry no ha metido el papel ahí, y lo sé porque he estado todo el tiempo con él, ya fuera en forma animal o humana, y ni se le ha ocurrido acercarse. Aquí hay gato encerrado».
Pero, mientras trataba de liberarlo, la voz de Dumbledore resonó en mis oídos como nunca lo había hecho. Parecía tratar de controlarse.
—Una pregunta antes de que pases con los otros campeones —dijo—. ¿Has metido tú el papel?
—No, señor —respondió Harry, en shock, su mirada vacía.
—¿Y le has pedido a alguien que lo haga por ti?
—No, señor.
—Está bien, pasa por aquí —le indicó el camino y Harry fue como un zombi. Su cara era un poema de la Desesperación de Espronceda.
Dumbledore también parecía estar en estado de shock, porque, o no se dio cuenta de que yo estaba con él, o simplemente lo dejó estar, perdido en sus pensamientos. Desde luego, perdido en sus pensamientos estaba Harry, y tenían que ser realmente horrendos, porque no paraba de temblar.
«Tienes miedo, ¿verdad?», pensé, mirándolo. «Normal, chico. Yo también».
—Harry, ¿qué pasa? —era Cedric, acercándose—. ¿Estás bien?
—¿Qué pasa 'ahoga'? —preguntó Fleur—. ¿Qué 'quieguen' ahí 'fuega' que hagamos?
En ese momento entró el Séptimo de Caballería, o eso parecía, porque la pequeña sala quedó tan concurrida que apenas cabía una pluma, ni siquiera apretando. Dumbledore; la directora de Beauxbatons, Maxime; Karkaroff, seguido como siempre por Moody; Crouch junto a Bagman, Snape y McGonagall, además de los que ya estábamos dentro… aquello parecía ya el metro en hora punta.
Pero lo peor no era eso. Lo peor era que parecían tan escandalizados que aquello se convirtió enseguida en lo más parecido a un coro de gatos. El ruido era ensordecedor, gritos de Maxime, alaridos de Karkaroff, gruñidos de Moody, insensateces de Dumbledore… en fin, un desastre, hasta que Harry, dentro de su miedo, hizo algo impensable… al menos en el libro original.
—¡Caballeros! —exclamó.
Todos se callaron y lo miraron con ojos desorbitados, en especial Maxime, que parecía muy ofendida. Harry, curiosamente, no se amilanó, sino que continuó.
—Perdón, es por la altura —bromeó (ella no tenía muchas ganas de bromear, curiosamente), pero luego dio un paso atrás y se dirigió a todo el mundo con un gesto más serio, yo diría incluso que estaba indignado—. La verdad, no entiendo por qué discuten, teniendo en cuenta que soy yo quien está obligado a participar, no ustedes. Creo que quien debería quejarse soy yo, que sin comerlo ni beberlo me veo envuelto en este embrollo.
—¿Y de qué te ibas a quejar, mocoso? —aulló Karkaroff—. ¡Eres al que mejor le ha venido esta farsa de torneo! ¡Tienes lo que querías!
—Oh, sí, tengo lo que quería —repitió Harry, sarcástico—. Sí, es que estoy harto de vivir y me dije: voy a apuntarme a este torneo de locos, que tengo un 99% de posibilidades de acabar muerto —empezó a pasear de un lado a otro y, curiosamente, todos le seguían con la mirada. A pesar de la situación, parecía tenerlo todo bajo control con una sangre fría admirable—. La gloria, la fama, la admiración de la gente, la fortuna… ¿quién no querría eso, verdad? Pues yo, por ejemplo, y menos aún si pongo en peligro mi vida. En serio, ¿alguien cree en serio que yo, un chico de catorce años que apenas ha empezado cuarto, va a poder pasar por la raya de edad de Dumbledore, por la cual ni siquiera algunos alumnos de sexto han entrado? —suspiró; su furia ya había salido y ahora parecía volver a tener miedo, muy normal por otra parte—. No quiero participar, es demasiado peligroso. ¿No hay algún modo de anular esto? No estoy preparado.
—Imposible —dijo Crouch, con cara de palo, inflexible—. Una vez el cáliz selecciona a un campeón, dicho campeón queda vinculado mágicamente al torneo y no puede retirarse.
—¿Entonces no hay forma de evitar hacer las pruebas? —insistió Harry—. ¿Incapacidad de algún tipo o algo así? —Crouch negó con la cabeza—. ¿Y quién demonios querría meterse en un lío como este sabiendo que no puede salir? ¿Alguien de ustedes me ve capaz de hacer algo así?
—¿Con tu arrogancia y tu sed de triunfo? —espetó Snape—. Ya sabía yo que ibas a hacer algo así, Potter —se acercó a él peligrosamente, con la mirada de odio que sólo le dirigía a él. Hasta a mí me heló la sangre—. Ahora estás en un lío del cual nadie puede sacarte. Te está bien empleado, Potter.
—¿Entonces estoy condenado? —preguntó Harry, para todo el mundo, y todos asintieron. Suspiró y se sentó en el suelo, cabizbajo.
—Vaya, o es un buen 'actog' o está diciendo la 'vegdad' y no ha echado el 'nombgue' en el cáliz —opinó Maxime.
—Es un buen actor —opinó Snape, dándole la espalda a Harry, tan sólo para que la capa le ondeara al viento inexistente.
—Pues decidido —dijo Bagman—. Cuatro campeones, qué emocionante —añadió, ilusionado—. Las casas de apuestas van a echar humo.
Y, poco a poco, fueron yéndose todos de la sala, dejando a los campeones. Harry aprovechó para irse también, conmigo en el hombro. Yo estaba muy preocupada por el giro de los acontecimientos. He de confesar que no me lo esperaba.
«Me preocupan dos cosas principalmente», pensé: «Una, que se me haya escapado el que ha manipulado el cáliz para hacerle creer que Harry era el único representante de un cuarto colegio, porque es la única teoría que tengo para explicar que haya salido; dos, que nadie haya hecho nada para evitar que un chaval de catorce años se enfrente a pruebas que incluso ellos tendrían problemas para pasar. ¿Es que están locos o todo es una conjura para matarlo? Y luego me llaman a mí loca».
