Aun estoy viva, señores y señoras, aunque tengo un catarro terrible. Al parecer, los lectores si se murieron, porque sólo tengo un review de mi queridísima….

Tiburi: no conocía ese dibujito, así que lo busqué por internet y, en mi opinión, si, si tiene algo que ver y tiene perfecto sentido para mí. No suelo crear personajes varones y suelo hacerlos medio carentes de personalidad, pero Collins es una excepción

Capitulo veinte

La búsqueda de N. Gin

N Gin estaba encerrado en su cuarto, sin animarse a salir ni a hacer nada. Todo se había estropeado en su vida. Su horrible vida estaba bien merecida, por haber empujado a su padre al suicidio. Su hermano menor, George, se había quedado solo en la vida y sin un centavo a su nombre. Y él, Nicholas, actuó como si no existiera. Otro motivo más para su castigo. Tal vez debería averiguar sobre su paradero. Volver a unir lazos con su hermano, al que no veía desde hacía casi veinte años.

—George —murmuró por lo bajo—. Voy a encontrarte.

Un súbito golpeteo interrumpió sus pensamientos.

—Pasa, Collins, no hace falta que golpees la puerta —dijo N. Gin, arrastrando las palabras, mientras se servía un vaso de agua de la mesita de luz

Pero, al abrirse la puerta, no vio a su querido segundo al mando. Vio a la chica que le quitaba el sueño, Coco Bandicoot. El vaso de plástico se le resbalo de entre sus dedos, golpeando el suelo y mojando la alfombra.

—¿Vine en mal momento? —pregunto ella con mucha timidez, todavía sin atreverse a entrar. N. Gin trago saliva y se apresuro a recoger el vaso del suelo.

—P-p- pasa —tartamudeó, sentándose en la cama. Maldijo su suerte por haberse mostrado tan torpe en su presencia.

Coco forzó una sonrisa y se acerco muy despacio.

—Emm… Te noto muy triste —comentó Coco.

—No es nada —se apresuro a decir N. Gin—. Tan solo… reflexionaba sobre mi vida.

Coco se acercó un par de pasos más y se detuvo.

—¿Y a que conclusión llegaste?

—Que mi vida no ha ido muy bien que digamos —N. Gin agachó la cabeza—. Hice todo mal desde el principio y no he parado de hacer idioteces —se paso una mano por la cabeza—. Por eso decidí que voy a arreglar un par de cosas sobre mi vida.

—Bueno —Coco le palmeo la espalda torpemente—, es un comienzo.

levanto la cabeza, enrojeciendo ligeramente ante el contacto físico. Ella ya no lo miraba con repulsión, solo con lastima. Eso era lo que N. Gin odiaba, pero era mejor que nada.

—Gracias.

—Y… lamento lo de ayer. No te lo merecías.

—Olvídalo, mi an.. Coco.

—¿Y qué piensas hacer para rehacer tu vida?

N Gin se levanto de la cama, estirándose.

—Voy a localizar a mi hermano. No lo he visto en veinte años y me gustaría saber de él.

—No sabía que tenias un hermano.

—Normalmente no le cuento mi vida privada a nadie. Total, se supone que no tenemos sentimientos, ni infancia, ni dolor ni nada. No brotamos de la nada. Mi vida pudo haber sido distinta, tal vez mejor que esta. Ya es muy tarde para arreglar mi pasado. Voy a mirar al futuro y mejorar mi presente.

Coco lo escuchaba, boquiabierta.

—¿Cuándo lo vas a hacer? —dijo, después de un rato de silencio.

—Apenas termine unos negocios en Tanzania — se quedo pensativo un instante. Poco a poco, el miedo comenzó a apoderarse de él. Algo con lo que no había contado—. ¿Y si me odia? No he hecho nada bueno por él, más bien lo contrario.

Coco lo tomo de los hombros y lo miro fijo a los ojos.

—No tengas miedo. Nunca lo vas a saber si no lo intentas.

El almirante no pudo más que mirarla con admiración. Sabía que tenía un motivo para enamorarse de ella. No era solo por su juventud y belleza, sino que era una chica buena y con mucho carácter.

—Em… no sé. Siento mucho miedo…

Coco frunció el ceño.

—¡Pues no voy a dejar que pierdas una oportunidad para enderezar su vida solo porque tienes miedo! Yo misma te voy a acompañar a buscar a tu hermano.

N. Gin estaba cada vez mas sorprendido. Ayer, ella quería reventarle la cabeza y ahora quería ayudarlo a encontrar a George. Cada vez era más raro, pero le gustaba. Podían pasar tiempo juntos y todo.

—Si no te molesta…

—No, no me molesta —dijo Coco, con una sonrisa radiante. En ese momento, Collins entro en la habitación.

—Ya vamos a zarpar, almirante —anuncio, con tono seco, poco usual en él. Seguramente querría aparecer como todo un profesional delante de la rubia—. La acompañaré hacia la salida, señorita Bandicoot.

—Descuida, Collins. Ella va a viajar conmigo.

—Si, decidí acompañarlo

Collins puso, por un instante, una cara muy extraña, como si hubiera masticado limón, pero enseguida volvió a su semblante serio.

—De acuerdo —asintió y se marcho, haciendo un rechinante y molesto ruido con la puerta al salir.

N. Gin volvió su rostro hacia Coco.

—¿Te gustaría conocer la cabina? —pregunto.


El viaje hacia Tanzania fue más que idílico. N. Gin y Coco se la pasaron charlando alegremente. El que no parecía nada contento era Collins, que no paraba de dar órdenes a los gritos y amenazar con tirar a cualquiera por la borda cada cinco minutos, cosa muy rara en el. Incluso Coco, que apenas lo conocía, preguntó que sucedía.

—Debe estar desesperado por comprar cigarrillos, nada más —le explicó N. Gin, riéndose—. Solo se pone así cuando se le acaba el paquete.

—Me comento que hace mucho tiempo que trabaja aquí.

—Es cierto. Hace trece años.

—¿Y cómo lo conociste?

—Una "amiga" de Collins, trabajaba en el Moulin Cortex. Después de mi accidente, Neo se puso en marcha a buscar a alguien que no solo me ayudara en rehabilitación, sino que también supiera manejar un barco. Esa "amiga" llamo a Collins, un enfermero de la Marina y cuyo padre era dueño de un barco pesquero, por ende, sabía mucho de navegación. Neo lo mandó para mi acorazado y ahí lo conocí.

—Deben haberse llevado bien enseguida.

N. Gin lanzo una risotada.

—¡No! ¡Lo detestaba! ¡Lo quería fuera de mi barco! Pero se hizo valer con el tiempo y le cobre mucha estima. Cuando muera, este barco será suyo.

—¿Y Collins lo sabe?

—No. Ni siquiera quiere oír la palabra muerte.

Coco echó un vistazo por las ventanas de la cabina. Los mutantes de N. Gin iban y venían, transportando cajas llenas de wumpas. Collins estaba un poco alejado de ellos, conversando con un par de hombres vestidos como cazadores.

—¿A esto te dedicas? ¿A vender wumpas?

—Vendo de todo. Hoy wumpas, mañana armas… es todo lo que conozco.

—Qué pena —murmuró Coco.

Se quedaron un rato en silencio. Coco observo todo a su alrededor y se pregunto a si misma si ese hombre podría cambiar. Estaba muy metido en su trabajo y no cambiaría de la noche a la mañana. Que dejara todo por ser bueno. ¿Y qué demonios haría al alejarse de la maldad? ¿De que trabajaría? ¿Y que pasara con el N Team? Tal vez Tropy lo asesinaría al enterarse de su nuevo rumbo. Perdería a todos sus amigos y podría hasta ser peligroso cambiar de bando. Tal vez era mejor dejar todo como estaba y huir, olvidarse de todo….

El ruido de la puerta de la cabina al abrirse hizo que Coco interrumpiera sus pensamientos.

—Trato cerrado —anuncio Collins. La rubia no pudo evitar observarlo y darse cuenta de que había un paquete de cigarrillos marca GT One sobresaliendo del bolsillo delantero de la camisa.

—Muy bien, Collins. Ahora tomaremos rumbo hacia Phert, Australia —le respondió N. Gin alegremente, poniendo las coordenadas en la computadora.

—¿Qué debemos hacer en ese lugar, almirante?

—Collins, Collins ¿Qué te pasa que andas tan formal? Solo quiero averiguar un par de cosas allí.

El segundo al mando se sonrojo un poco, pero no aparto la vista de la de su capitán.

—Como usted quiera ¿Quiere que yo maneje el acorazado?

—Sí. Y lo más rápido posible —N. Gin se incorporó del asiento y Coco lo imito. Collins parecía hervir de rabia, pero solo se limito a sujetar el timón.

—Y asegúrate de pedir un auto cuando lleguemos allí.

Collins ni siquiera respondió. Coco podía sentir la tensión en el ambiente, pero, al parecer N. Gin no lo noto.

—Esto va a ser un viaje largo, Coco —le advirtió el almirante. Ella sonrió débilmente.

—No importa. Algo haremos para entretenernos.

Desde Tanzania hasta Phert, Australia, tuvieron muchas cosas que hacer. Vieron una película, jugaron al ajedrez y pasearon por todo el barco. Se quedaron charlando en la cubierta hasta que el sol empezó a esconderse en el horizonte y algunas estrellas empezaron a brillar. Apenas vieron tierra, decidieron frenar el barco y acercarse al puerto en una lancha para no asustar a nadie. Cuando N. Gin le dijo a Collins que iria solo con Coco, simplemente se dio vuelta y se dirigió a la cocina a grandes zancadas sin siquiera mirar atrás.

Dentro del auto alquilado, N. Gin se comenzó a poner más y más nervioso. Como era probable que se olvidara adonde tenía que ir, había tomado un mapa de la ciudad y marcado el destino.

—Es un lugar bastante bonito —comento Coco, mirando el paisaje por la ventanilla.

—Sí, esta tal como lo recuerdo —le respondió distraídamente, tamborileando los dedos sobre el volante.

—¿Y por qué te fuiste de aquí?

—No soportaba a mi padre. Cuando se suicido, me marche y me compre el acorazado con… mis ahorros.

—Debiste haberla pasado muy mal.

—Sí, pero, al irme, abandoné a mi hermano y no pensé en él, hasta hace poco tiempo — murmuro N. Gin.

—Se que estás nervioso por todo esto, pero yo voy a estar aqui para apoyarte, ¿de acuerdo?

El viaje fue muy corto. Después de casi veinte minutos de viaje, llegaron a la casa, al final de la calle. Una casa grande y muy bonita, de dos plantas... en su momento, porque parecía totalmente abandonada. El pasto estaba muy largo y las paredes cubiertas de hiedra. Un enrejado negro y oxidado protegía la antigua morada del almirante. Era obvio que allí no vivía nadie.

—N. Gin… —Coco le dio unas palmaditas en el hombro, al ver la cara de su acompañante—. Preguntémosle a algún vecino.

Con el corazón en la boca, N. Gin toco el timbre de la puerta, con dedos temblorosos.

—Vámonos de aquí —suplicó N. Gin, pero Coco lo sujetó del brazo y lo obligo a quedarse quieto.

Un hombre ya mayor, de unos setenta años, les abrió la puerta.

—¿Si? —pregunto el anciano, fijando sus ojos grises y curtidos en el cohete del almirante. Al ver que N. Gin era incapaz de pronunciar una palabra, Coco decidió hablar.

—Disculpe que lo moleste a estas horas de la noche, pero mi amigo y yo buscábamos a una persona que vivía justo al lado. Su nombre es George Gin.

El anciano abrió los ojos desmesuradamente.

—¡Ah, el hijo del empresario! Me temo que has llegado un poco tarde, jovencita. El falleció.

Coco permaneció con la boca completamente abierta, sin articular ningún sonido. N. Gin solo se limito a darles la espalda, pero Dios sabía que era lo que le estaba pasando.

—¿Hace… cuanto tiempo sucedió esto? —pregunto Coco, completamente conmocionada.

—Hace cinco años. Se ahogó un día cuando fue a pescar. Un buen muchacho. El suicidio de su padre lo afecto mucho, pero logró seguir adelante… él tenia un hermano mayor…. Nicholas, creo que se llamaba. Desapareció después del funeral de su padre. Una muy triste historia. Por si te interesa, está enterrado en East Rockinghdam.

—Muy bien. Gracias por la información.

Coco se dio vuelta y se dirigió a N. Gin, quien ya había abierto la puerta del auto y estaba observando el mapa.

—Conozco ese lugar —comenzó a decir el almirante, con una voz extrañamente calmada—. Solo tengo que tomar la Ruta 1.

—¿Te sientes…?

—Estoy bien. Súbete al auto.

Coco no estaba tan segura de que estuviera bien, pero sería mejor no seguir indagando. Estaba procesando la muerte de su hermano y era mejor dejarlo así por el momento.

El viaje hacia el cementerio fue completamente distinto al anterior. El primero estaba lleno de de nervios y expectativas. Ahora era un viaje muy incomodo y triste. No pronunciaron ni una sola palabra en todo el trayecto. En varias ocasiones, ella intento decirle algo, pero la mirada fija de N. Gin en el camino y las manos apretando con fuerza el volante, la hicieron desistir.

El cementerio estaba justo al costado de la ruta. N. Gin se bajo pesadamente y comenzó a andar despacio, casi sin fuerzas. Se detuvo en la enorme verja de hierro.

—Está cerrado —murmuró el almirante. Su voz se escuchaba bastante baja. Coco se acercó al portón, tomó una horquilla de su cabello e intento abrir la cerradura del candado. Le tomo cinco minutos poder abrirla.

—Ya está.

—Gracias.

El cementerio no era muy grande y no tardaron mucho en encontrar lo que buscaban. Una descuidada tumba, con flores podridas que rezaba:

George Gin

8 de marzo de 1971- 20 de junio de 2002

N. Gin acaricio suavemente los bordes de la lapida.

—Lo siento mucho, George. Me merezco lo peor por haberte abandonado… solo deseo que estés en un lugar mejor. Debí ser un mejor hermano. Debí llevarte conmigo cuando papa murió. Pero estaba tan celoso. Eras su hijo favorito y… —las lágrimas brotaron de los ojos de N. Gin. Se puso de rodillas y abrazo la tumba de su hermano, sollozando. Coco se quedo petrificada en su sitio. Luego, tímidamente, se puso en cuclillas y lo tomo del hombro.

—Sera mejor que nos vayamos, antes de que la policía sospeche algo —le susurro ella—. Si quieres, puedes venir mañana.

—No —N. Gin se puso de pie—. Sería inútil. Volveré al barco.

Era casi medianoche cuando finalmente llegaron al acorazado. Collins los recibió con un fuerte olor a cigarrillo impregnado en la ropa. N. Gin apenas abrió la boca para decirle que quería ir a Twinsanity a dejar a Coco en el puerto indígena y se encerró en su cuarto. Al enterarse Collins de lo que había sucedido, por boca de Coco, estuvo más de quince minutos golpeándole la puerta de su camarote y murmurando (o más bien gritando a los cuatro vientos) cosas como "Nunca debí dejarlo ir" o "Debí encerrarlo en el camarote". Al final, desistió y se fue a dormir, diciendo que era mejor dejarlo descansar hasta mañana. Pero Coco no se rindió.

—N. Gin, por favor, se que estas muy triste y todo eso, pero no tienes que estar solo en esto. Collins está muy preocupado. Yo estoy muy preocupada.

Se oyó un fuerte suspiro y luego N. Gin se asomo por la puerta.

—Nunca me di cuenta de que tan despreciable me había vuelto, hasta que vi la tumba de mi hermano, que había muerto cinco años atrás y no lo supe hasta hoy —dijo N. Gin—. Va a ser la última vez que nos veamos, ángel.

Coco sacudió negativamente su cabeza de un lado a otro.

—¿Qué?

—Te dejare en el puerto indígena, no te tirare por la borda.

—¡No! ¿Vas a encerrarte en tu cuarto como un niño? No lo voy a permitir.

—Ni siquiera te importo. Estas aquí por lastima. O porque creías que había algo bueno en mi. Ya fuiste testigo de lo horrendo que puedo llegar a ser.

—¡Basta! —Coco se puso a escasos centímetros del rostro del almirante—. ¡Fue un accidente, no murió por tu culpa!

Los ojos de N. Gin estaban fijos en sus zapatos.

—¡Míreme a la cara —insistió Coco—. ¡No puede seguir así, encerrado toda la vida en su barco, llorando por lo que alguna vez fue y tragándose su dolor! ¡Tiene que volver a vivir! —le levanto el rostro y lo beso apasionadamente en los labios.

Al principio, el cuerpo del almirante se tenso como si se estuviera transformando en piedra y luego se relajo. Una mano le acaricio el cabello rubio y termino en su mejilla. Cuando se separaron, era Coco no se animaba a mirarlo a la cara.

—¡Almirante! —Collins apareció corriendo por el pasillo, cortando cualquier atmosfera allí formada—. Me alegro de verlo, pero uno de los pingüinos de Neo vino hacia aquí. Algo paso en Iceberg Lab.