Buenas, muchas gracias a quienes han vuelto a leer esta historia. Espero que les haya gustado el regreso. Hoy es un capítulo corto pero necesario. Nos vemos Pronto! GRACIAS DE NUEVO!
Capitulo 20: El Paraíso del Olvido.
Rachel permaneció en su 911 cuando perdió a Quinn de vista. Se había incorporado al momento que cerró la puerta preguntándose si realmente se iría de allí sin más. Y lo hizo, otra vez. La vio esperar aquel ascensor austero del parking, montar y cerrar la puerta. La había visto mirando hacia ella aunque sabía que el polarizado la cubría de esa mirada. Una mirada que se le clavo en lo profundo. Indirectamente, se habían mirado a los ojos. Parecía un cliché de un thriller muy visto. Pero así había sucedido. Igual Quinn lo adivinó, igual solo miró en dirección a donde suponía podía estar la morena, o quien sabe que casualidades lo provocaron, simplemente la había mirado a los ojos antes de que el acero metálico la ocultara de la vista de Rachel. Una mirada herida pero sosegada. Se quedo mirando el traumático vacío de plata antes de recostarse y volver a tapar sus ojos con una mano. Se había marchado. No estaba allí. Se había ido. De verdad se había marchado y esta vez no volvería. Y otra vez la había dejado ir. Otra vez.
Se sentó derecha. Muy recta. Aposto los pies en el asiento olvidándose su aversión a maltratar su coche. Se abrazó a sí misma como quienes quieren escaparse del mundo. Confortándose porque como fuera que lo mirará el remordimiento la carcomía. "Me gustaría que fueras por un segundo valiente… pero no lo serás…". No pudo mantenerse más quieta y se arrastró al asiento delantero, tenía que salir de allí pronto. Tomar rumbo a cualquier parte con ese coche que era lo único suyo en este mundo. El único lugar donde permanecer. Encendió el motor y se dispuso a salir pero no pudo, sus manos no dejaban de temblar y sus pies permanecían inmóviles. Dio golpes desesperados al volante mientras la atravesaba un sollozo. Paró el motor y se echó para atrás angustiada.
Apoyo su cabeza y el sollozo se detuvo dejándola con una expresión áspera. ¿Por qué? Volvió a mirar alrededor con desdén. Ahora mismo aquel refugio le parecía vacío. ¿Por qué? Quinn se quejaba de que la despojaría de lo último que le quedaba si dormían juntas pero ella ya le había arrebatado su último reducto de descanso. Ahora todo parecía vacío sin Quinn. Su exhalación retumbo y se obligo a salir del coche, directa al ascensor. Miro los botones. ¿Planta Baja o Quinto Planta? ¿La calle o casa? ¿Ir tras de Quinn o quedarse aquí, quieta? Se perdió en una fantasía hasta que el ascensor se puso en marcha, solo. Probablemente llamado por alguien más pero como una señal del destino. Se le escapo el aire y la puerta se abrió revelando a alguien que no logro reconocer pero que luego de marcar el 3 le preguntó "¿Sube?".
Le dolió el dedo al marcar el 5 vencida. ¿Por qué? ¿Por qué? Entro en casa como un ente que no caminaba sino que levitaba. Allí estaban las últimas 2 copas de vino y el aire viciado al perfume de aquella mujer que siempre había puesto su mundo de cabeza. Destruyo el espacio con unos pasos duros y forzados, pesados por la nostalgia y cayo inerte en su cama. Abrazó la almohada. No quería llorar, ni siquiera podía. Llorar era aliviar el alma y ella no podía tener alivio, apenas castigo. ¿Por qué? Deseaba con todas sus fuerzas quedarse vacía, desierta de tantas sensaciones, ser olvidada por el mundo ¿Por qué? Si no podía resistir está situación, ¿por qué? ¿Por qué no podía ser valiente? ¿Por qué no podía elegir a Quinn? ¿Por qué vivir para siempre en duelo cuando podía ser feliz?
Quinn se dejo caer en el sofá de Santana con la mirada perdida. Arrepentida. Ya estaba arrepentida de haber dejado a Rachel elegir. Debería haber aprovechado aquella simple oportunidad y tener un poco de la morena, un pedacillo de esa mujer. Aunque fuera un simple momento en toda una vida. Pero tuvo que estallar y marcharse. Ahora no podía regresar porque simplemente sería infravalorarse mucho más pero estaba completamente arrepentida de haberlo dejado pasar. Cerró los ojos y suspiró. Sabía que había hecho bien incluso cuando tuviera ganas de retroceder y cambiar las cosas. La imagen de Rachel se le coló en el pensamiento y abrió los ojos. Quizás había sido un error venir pero nunca se habría enterado que Rachel la correspondía, al menos un poco. Eso dolía más que la inopia pero valía la pena. Los besos, las caricias, la posibilidad. Quizás si volvía antes, quizás si la invitaba a cenar cuando estuvo en San Francisco, quizás si se sinceraba un día cualquiera de verano de cualquiera de los años que las habían separado. Espontáneamente. Quizás, quizás, quizás. Las maletas de los viajeros están llenas de "y si…". El alma de los amantes no correspondidos, de los amores prohibidos, de los nunca logrados está llena de lo mismo. Escenarios involuntarios que son confort y sufrimiento en partes iguales.
Un ruido en el exterior la alertó del regreso de Santana. Era fácil de notarlo porque ella y Britt volvían a casa acompañadas de Kate y Jane quienes reían con alguna ocurrencia de la primera. ¡Diablos! No podría soportar tener que explicar todo aquello, no podía pasar por eso hoy. No podía escabullirse a su cuarto y ocultarse porque esa casa era de Santana después de todo. Irrumpiría sin más. Antes de que las otras pudieran ingresar se escabullo por las escaleras y bajo a toda prisa a la calle. ¿A qué? ¿A caminar sin rumbo fijo? ¿A ver el mundo rodar con calma por ahí? No. Quería estar sola y aislada de ese mundo que seguía su curso sin importarle que su alma rota estuviera goteando ilusión. ¡Maldita suerte! ¿Dónde ir? ¿Qué hacer? Se prometió pasar un día más en New York para ver qué pasaba, para tenerle fe a Rachel pero no tenía a donde ir. O si. Pero no podía arruinar más vidas por esa noche.
En el cielo nocturno como una señal vio el luminoso cartel de un hotel. Una noche en soledad. Una sola, tenía derecho a esa noche de soledad. Camino hasta allí y las calles resultaron más de las que había calculado. Al cabo de unos minutos supo que debía haber tomado un taxi hasta allí pero no se imaginaba subiéndose y diciendo siga ese cartel. Así que no lo tomó y dejo que el dolor de sus pies aumentará. Llegó a cabo de un tiempo impreciso y pidió una habitación. Cuando el conserje le dio la llave se disculpo por tercera vez por no poder ofrecerle algo mejor porque la capacidad del hotel estaba casi completa. Subió al ascensor, otra vez. Marco el piso y entro en la pequeña y escondida habitación de más al fondo. Pequeña, algo oscura, con una ventana que daba a una pared. Un verdadero palacio de la soledad. Sarcástica soltó una risilla y se quito los zapatos. Camino apoyando los pies doloridos en el frio del suelo y se quedo viendo la pared de afuera. ¿No era esto lo que quería? Giro sobre sus talones y alrededor del cuarto hasta dejar flotar la vista sobre algo que le resultaba familiar.
El conserje estaba equivocado. Allí estaba todo lo que ella necesitaba ahora mismo. Abrió la botella de whisky y sirvió un vaso. Ni siquiera se sentó antes de levantarlo. Olió el perfume a destierro que tenía la bebida mientras observaba la ventana a la pared. Aquel era realmente un paraíso olvidado.
Sábado por la mañana. Santana López acudía a su firma de abogados a hacer algún papeleo imposible en la semana. Unas dos horas y regresaba a casa. No solía tener clientes, ni atenderlos de venir. En realidad no solía tener visitas y menos de este tipo. Miraba incrédula a la figura frente a ella, inquieta y curiosa por la repentina intromisión a su día casi libre.
-No esperaba verte hoy… tu visita me tiene muy interesada…
