Capítulo 19

Kagome subió la escalera hasta su dormitorio; estaba completamente agotada. Tenía muchas ganas de ver a su padre, pero no quería presentarse ante él vestida como una criada y con aspecto de haber pasado los últimos días entregándose a los placeres de la carne. Lo cual era cierto, pero no hacía falta que su padre lo supiera.

La doncella le preparó el baño y Kagome se metió en el agua caliente. Estaba dolorida y abatida. Y aquella era la mejor parte. Ya se ocuparía de su reputación más adelante. En aquel momento, su mayor preocupación era Claybourne. No quería que pasara la noche solo. Pero ella estaba tan cansada que casi no podía respirar. Cuando salió de la bañera, la doncella la ayudó a secarse.

— ¿La ayudo a prepararse para dormir?

— No, quiero estar un rato con mi padre. Creo que con un vestido sencillo será suficiente.

Cuando se dirigía a la habitación, empezaba a sentirse un poco mejor. La enfermera se levantó en cuanto la vio entrar.

— ¿Cómo está? —preguntó ella.

— Está bien, milady —contestó, antes de irse.

No podía hablar ni moverse, le tenían que dar de comer y bañarlo, ¿cómo iba a estar bien?

Pero entonces, su padre levantó una mano temblorosa y Kagome hubiera jurado que con aquel gesto de bienvenida se iluminaban sus apagados ojos. Se sentó junto a la cama, le cogió la mano y le besó los nudillos. Luego, deslizó los dedos por su escaso pelo plateado.

— ¿Me has echado de menos?

Él asintió con la cabeza.

— Mañana, si hace sol, saldremos al jardín. Estoy segura de que no te perjudicará. En realidad, puede que incluso te haga bien. —Sintió que las lágrimas asomaban a sus ojos—. Oh, papá, he hecho una tontería. Me he enamorado de un hombre que ama a otra mujer. Y lo más raro de todo es que, por mucho que me duela, lo único que quiero es que sea feliz. Y si ella puede hacerlo, quiero que esté con ella.

Su padre le apretó la mano. Kagome se acercó a él y apoyó la cabeza en su pecho. Entonces, notó su mano sobre el pelo.

— Creo que te gustaría.

Oyó un leve sonido procedente del pecho del hombre.

— Ya sé que piensas que no es bastante bueno para mí, pero piensas lo mismo de todos.

Se sentó.

— Papá, Arendale ha estado maltratando a Eri. Unos amigos y yo la hemos escondido para que no pueda encontrarla, pero quiero ir a verla esta noche. No quiero que te preocupes. Creo que un inspector de Scotland Yard me está vigilando, así que estaré bien. Y mañana saldremos al jardín y no dejaré de leer hasta que acabemos la historia de Oliver.

Se inclinó sobre él, le besó la frente y le susurró las palabras que era incapaz de decirle a Claybourne.

— Te quiero con todo mi corazón.


El retrato de su padre no había cambiado, pero lo parecía. O tal vez era él quien había cambiado. Aunque quizá fuera porque ahora lo observaba desde un embriagado estupor.

La primera botella de whisky ya estaba vacía, y la segunda colgaba en su mano. Ahora tendría que encontrar un nuevo proveedor. Era extraño lo diferente que parecía todo. Lo que antes le había parecido ajeno ya no se lo parecía. Cuando volvió a casa, entró en todas las habitaciones y las observó a una nueva luz, a través de los ojos del conde de Claybourne. De repente, recordaba lo mucho que lo asustaba de niño la cabeza de un león que adornaba el atizador de la chimenea, y que en su habitación había un caballito de madera que le encantaba montar. En general, cuando observaba demasiado rato aquel retrato familiar en busca de parecidos le empezaba a doler la cabeza, pero ahora no era así. Ahora no había nada excepto el relajante licor deslizándose por su garganta. Aquello también era inusual, porque normalmente buscaba olvidar, pero en esos momentos solo quería paz.

Le dolía la mano de los puñetazos que le había dado a Miroku, y el corazón de haber visto como Kikyo lo defendía. ¿Por qué había dado por hecho que ella se pondría de su lado? La reacción de Kikyo era natural. Inuyasha había entrado en el club como un loco y, al contrario que Kagome, ella no sabía todo lo que él había recordado. No había presenciado el dolor que le habían provocado esos recuerdos. Había vivido rodeado de la miseria y desgracia en una pequeña habitación de la casa de Myoga y su pequeña banda de ladronzuelos y se había sentido seguro. Habían compartido la ropa, la comida y las camas. Le habían enseñado lo que tenía que hacer para que no lo atraparan. Le habían enseñado a esconderse. Y al principio eso era lo que más deseaba: esconderse de su tío, de los gritos de su padre al morir, de las suplicas de su madre pidiendo clemencia. Cuando entró en casa de Myoga lo hizo de buen grado; quería, necesitaba, dejar su espantosa vida pasada atrás.

Era horroroso saber que alguien que le había dibujado un estanque, que le había regalado un caballito de madera, que lo había acostado y le había besado la cabeza, alguien que se reía con su padre y bailaba con su madre… era la misma persona que se reía mientras veía cómo asesinaban a su familia. Pero ahora su tío estaba enterrado.

Inuyasha oyó cómo se abría la puerta y el sonido de unos pasos ligeros. Le dio la vuelta a su sillón y se quedó mirando fijamente a Kagome. Odiaba la alegría que sentía cuando la veía, el alivio que experimentaba cuando estaba junto a él. Su necesidad de ella era tan intensa que lo debilitaba. Tenía que hacer que desapareciera de su vida y para ello debía encargarse de Arendale.

Bebió más whisky y apoyó la espalda en el respaldo del sillón.

— No deberías estar aquí.

Ella se arrodilló en el suelo a su lado y le puso las manos en las rodillas.

— Le he dicho a mi padre que iba a ver a Eri, pero no lo he hecho. Me he inventado una excusa plenamente consciente de que iba a venir aquí. No quería que estuvieras solo esta noche.

— Kagome…

— Estoy aquí como amiga. —Volvió la cabeza hacia el retrato y apoyó la mejilla sobre su muslo —. Ahora me resulta mucho más sencillo ver los parecidos.

— Recuerdo muy poco de él.

— Estoy segura de que estaría orgulloso del hombre en el que se ha convertido su hijo.

Inuyasha se rió despacio.

— ¿Por qué tienes tanta fe en mí, Kagome?

— Porque te conozco.

Se quedó con él tal como había prometido. En su cama. Sin hacer nada más que abrazarlo y dejando que la abrazara. Eran algo más que amigos y algo menos que amantes. Pero era agradable. Y aunque Inuyasha seguía sin dormir, tampoco se dejaba llevar por los recuerdos. Prefería concentrarse en cómo se sentía teniéndola en su cama: sentir su piel, oler su perfume, escuchar su respiración…

Al amanecer, la acompañó a su domicilio y le prometió encargarse del problema de Arendale en seguida. Volvió a su casa para desayunar y leer el periódico. Se alegró al descubrir que en la primera página nadie decía haber visto a lady Kagome Higurashi en un salón de juego, y se alegró incluso más al comprobar que tampoco había ni rastro de todo lo que había sucedido la noche anterior. Aunque estaba seguro de que lo publicarían.

Seguro que ocurriría.

A la última hora de la mañana Inuyasha llegó a la residencia de Jinenji Taisho. Se había vestido con gran esmero, y no tenía ninguna duda de que parecía el lord que era en realidad.

El mayordomo le dijo que el señor y su madre estaban en el salón principal. Inuyasha fue a encontrarlos allí. Jinenji estaba leyendo un libro, y su madre concentrada en sus labores. Que vida tan dura la suya.

La señora Taisho dejó a un lado su tarea, claramente disgustada al ver a Inuyasha en su santuario. Jinenji cerró el libro. Él se aclaró la garganta. Aquello era más duro de lo que había imaginado.

— Quería comunicarles que he recuperado la memoria. Debo avisarte, Jinenji, que si insistes en llevar adelante tu reclamación en los tribunales, malgastaras tu dinero, porque yo soy el conde de Claybourne.

— Que oportuno que hayas recuperado la memoria justo ahora que alguien amenaza tu posición —replicó la señora Taisho—. Pero eso no nos detendrá. Mi hijo es el legítimo heredero.

— No señora, no lo es. Su marido asesinó a mis padres.

Ella jadeó y se quedó pálida.

— ¡Eso es mentira!

— Ojalá lo fuera, pero tengo un testigo. —Miroku. Lo arrastraría hasta los tribunales si era preciso para que confesara que lo había hecho—. Sin embargo, no deseo avergonzar más a esta familia, que ya ha sufrido bastante durante todos estos años. Con un asesino en la familia es suficiente, y como yo jamás he negado lo que hice, no deseo causar más bochorno revelando lo que planificó su marido, mi tío, el hermano de mi padre.

— A ti sólo te enseñaron a mentir, engañar, matar y robar; a quedarte con lo que no te pertenece.

— Usted perdió un collar de plata que tenía tres piedras rojas.

La mujer se puso tensa.

— ¿Qué sabes tú de mis joyas? Fue un regalo que me hizo mi marido el día que se casó conmigo.

Inuyasha miró a Jinenji. Tenía la boca abierta y el asombro que se adivinaba en sus ojos confirmaba que se acordaba de ese collar. Ya sabía lo que ocurriría a continuación. Sólo ellos dos lo sabían.

— Tú nos estabas leyendo Ivanhoe, tía —dijo Inuyasha muy despacio, apresurándose a seguir antes de que ella pudiera quejarse por la intimidad con la que la estaba tratando—. Jinenji y yo cogimos el collar…

— Eso no es cierto —repuso éste poniéndose de pie—. Lo cogí yo. Tú sólo tenías seis años, yo tenía ocho. —Miró a su madre—. Incrustamos las piedras en nuestras espadas de madera, pero luego papá se puso muy furioso, y cuando vimos que interrogaba a los sirvientes sobre la joya, decidimos deshacernos de las pruebas. Ya me había pegado en más de una ocasión y quise evitar la reprimenda.

— ¿Y qué demuestra todo eso? —preguntó su madre.

Jinenji miró a Inuyasha.

— Demuestra que es mi primo. Yo jamás le conté a nadie lo que había hecho.

— Yo tampoco —dijo Inuyasha. En realidad, no lo había recordado hasta el día anterior. Volvió a centrarse en la señora Taisho. Parecía en estado de shock. No podía culparla—. No tengo ninguna intención de explicar la verdadera naturaleza de tu marido, pero si insistes en quitarme lo que es mío, lo contaré todo. No renunciaré fácilmente a todo cuanto mi padre luchó por conservar y que mi abuelo me confió.

Jinenji se aclaró la garganta.

— Hablaré con mi abogado esta misma tarde y me aseguraré de que retiren la demanda.

Él asintió.

— Muy bien. —Se volvió para marcharse…

— ¿Claybourne?

Miró a su primo.

— ¿Puedo hablar contigo en privado?

— Claro.

— ¿Cómo puedes creer lo que dice? —intervino la señora Taisho.

— Hablaremos cuando vuelva, madre. —Jinenji lo siguió hasta el pasillo y lo observó como si fuera la primera vez que lo veía—. Eres tú de verdad. Creo que ya lo sabía, me parece que siempre lo he sabido.

— Yo no —admitió Inuyasha.

— Hablaré con mi madre. Ya entrará en razón.

— Te lo agradezco. Han sido unos años muy difíciles y me gustaría poder dejar todo esto atrás.

Jinenji se humedeció los labios y miró a su alrededor como si estuviera al acecho de algún peligro.

— De eso es de lo que quería hablarte. Dijiste que una noche te atacaron.

— Sí.

— Fue una cosa de Arendale.

Inuyasha ya lo sabía, pero ¿cómo lo sabía Jinenji? Lo miró fijamente con desconfianza.

— ¿Arendale? ¿Por qué crees que fue él?

— Por lo visto, ha perdido mucho dinero jugando contigo. Tiene problemas financieros y está muy enfadado.

— ¿Y tú cómo sabes todo eso?

— Porque se acercó a mí y me dijo que me ayudaría a recuperar mi título si prometía pagarle todo lo que tú le habías robado cuando heredara.

— ¿Y quería ayudarte asesinándome?

— No sabía que ese era su plan. Yo le dije que quería hacerlo de forma legal, a través de los tribunales. Creí que me había entendido, pero he tardado demasiado en darme cuenta de que está loco.

— ¿Y no crees que me lo tendrías que haber dicho la última vez que vine?

— Me daba vergüenza haberme implicado en algo así. Y, para ser sincero, estaba aterrorizado. Me dijo que no era la primera vez que mataba a alguien, y estoy convencido de que es verdad.

— Agradezco tu sinceridad.

— La verdad es que siempre he pensado que eres un hombre decente; bueno, excepto por haber matado a mi padre.

— Tu padre violó brutalmente a una niña de doce años. Por eso lo maté. Y aunque hasta ahora no he recordado el asesinato de mis padres, quizá una parte de mí lo reconoció, porque no vacilé ni un momento en hacer lo que me pareció más justo.

— Nunca se sabe cómo es una persona sólo por su aspecto.

Inuyasha le apoyó la mano en el hombro.

— No creo que tú seas como él.

— Gracias. Será mejor que vuelva con mi madre. Ya sé que es lógico, pero me parece que se ha tomado muy mal las noticias.

Tras observar cómo su primo desaparecía en dirección al salón principal, Inuyasha volvió a centrar su atención en el problema de Arendale. Encargarse de aquel tipo iba a resultarle muy placentero.


Continuará...